Las putas de Yeray (Cap. 11)
El volante tiembla en sus manos, pero no es por el frío. Detrás de él, el jadeo de su esposa y la orden del Capitán le recuerdan que ya no es el dueño de su vida, sino solo el chófer de su propia degradación.
NOTA DEL AUTOR:
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CAPÍTULO 11
DÍA 8 (continuación)
Media hora después, Pedro estaba al volante de un amplio turismo, detrás de él las dos mujeres, ambas completamente desnudas y, entre ellas, el Capitán Yeray.
—Venid con papi— les dijo; y las dos mujeres se lanzaron a lamerle los pezones y con la mano sujetarle la polla una y los testículos la otra.
—Buenas hembras, — hoy tengo trabajo para vosotras, que eso de hacer paseos en velero no da para vivir.
“¡!!¿¿Cómo??!!!!” Se sorprendió Pedro al escuchar las palabras del Capitán. “¿A dónde iban?”. Pedro no tenía ni idea, sólo seguía las indicaciones del GPS y desconocía el destino final del trayecto.
—¡Ummmm!!! Jadeó el capitán cuando una boca sustituyó la mano que sujetaba su polla. Pedro no sabía cuál de las dos mujeres le estaba practicando la felación al capitán. El trayecto era muy complejo y con tanta curva no podía desviar la atención de la carretera, además, el retrovisor no estaba orientado correctamente para observar a los pasajeros.
—¡Ahhhhhh!!! Joder Pedrito, que bien la chupa tu esposa — dijo hirientemente.
Ya no le hizo falta a Pedro verlos para saber que la mujer que le chupaba la polla era su esposa.
—¡Ummmmm!!!! Tranquilas, tranquilas, hay polla para las dos. ¡Ahhhhh!!!
El improvisado chófer, nuestro inefable Pedro, no pudo mantenerse ajeno a lo que estaba sucediendo a sus espaldas y su polla empezó a endurecerse. Pero no se la podía tocar porque la carretera requería de toda su atención.
—¡Ahhhhhh!!! Asiii, hasta el fondo.
—Ahora tu María... ¡Ummmmm!!!! Vaya par de chupapollas más aplicadas... ¡Ahhhhh!!!!
—¿Cuánto queda para llegar al destino? —le preguntó a Pedro que sorprendido al ser requerido en medio de una casi orgia respondió apresuradamente:
—Según el GPS quedan 20 minutos.
—Perfecto, hay tiempo. Ya lo habéis oído putas, tenéis veinte minutos para hacer que me corra.
Y al oír aquello las dos mujeres se apresuraron a chupar, lamer y masturbar la polla del Capitán Yeray.
—¡Ahhhhhh!!! Trágatela entera María...
—¡Ahhhhhh!!! Ahora tu Cris...
Pedro sintió una oleada de rabia al sentir que llamaba a su esposa con el diminutivo “Cris”; sólo él la llamaba así y ahora el Capitán le robaba un poco más a su esposa.
—¡Ahhhhhh!!!
—Túmbate aquí— le indicó a una de las mujeres — y chúpame el culo.
—Y tú, — le dijo a la otra, —chúpame la polla hasta que me corra.
¡chup! ¡chup! ¡chup!
—¡Ahhhhhh!!!
Pedro escuchaba los gruñidos y jadeos del capitán así como los acuosos lametones de las dos mujeres aunque no sabía cuál de ellas le chupaba la polla y cual el culo. Aunque en el fondo, eso era lo que menos le preocupaba.
—¡Ahhhhhh!!! ¡Dale! ¡Dale! ¡Dale! ¡Dale! — gritó el capitán cuando empezó a alcanzar el clímax.
—¡Ahhhhhh!!! ¡Me corro!!!!
—¡Ahhhhhh!!! Trágatelo todo, ¡Ahhhhhh!!! Déjame la polla bien limpia, reluciente.
—¡Ahhhhhh!!! — y después de un último gemido, el Capitán Yeray se corrió dentro de la boca de una de las dos mujeres aunque Pedro nunca supo en cuál de ellas.
Un minuto después, Pedro detuvo el motor en doble fila y dijo:
—Hemos llegado.
Frente a ellos, iluminado con luces de neón azul el perfil de una mujer desnuda y un cartel con las palabras: “Las putas de Yeray”.
—¡Vamos!, — dijo el capitán indicándole a Cristina que abriera la puerta, —nos están esperando.
Los tres pasajeros salieron a la vía pública, ellas dos totalmente desnudas pero, antes de irse, el capitán Yeray metió la cabeza por la ventana y le indicó al cornudo de Pedro:
—Aparca donde puedas. Si quieres entrar dile al portero que eres el esposo de Cristina.
Y se fue agarrando a las chicas una con cada mano. Se perdieron dentro del local y Pedro se quedó fuera, con el coche detenido y sufriendo palpitaciones que lo dejaron incapacitado durante casi cinco minutos.
Finalmente, cuando un coche le pitó para que no entorpeciera más la vía pública arrancó el vehículo sin saber hacia donde debía ir. Aparcar en aquella puta ciudad no era una tarea fácil, estuvo dando vueltas y vueltas completamente perdido hasta que, media hora más tarde, encontró una plaza de aparcamiento.
Cuando salió del vehículo se dio cuenta de que no tenía ni idea de donde había dejado a su esposa.
Perdió otros cinco minutos en consultar su ruta en el Maps y localizar el puticlub. Estaba lejos y necesitaría más de quince minutos para llegar andando. De hecho tardó casi veinte porque la mayor parte del camino resultó ser de subida.
Cuando finalmente se encontró frente a la puerta metálica del club “Las putas de Yeray” tuvo que detenerse a recuperar el aire y descansar. Después de una caminata como aquella estaba sudando a cántaros.
“Una hora”, pensó; “Ya hace más de una hora que mi esposa está en este antro de mierda. ¡Y desnuda!”.
Las piernas le flaquearon. Al otro lado de la puerta estaba Cristina, su amada Cristina, y aun así no se atrevía a cruzar la puerta.
“¿Qué se encontraría al entrar?”, “¿A su mujer prostituyéndose?”, “¿Follando con puteros y pajilleros?”, y cuanto más pensaba en ello más le flaqueaban las piernas.
—¿Vas a entrar? — le dijo un cliente empujándolo para pasar él primero.
—¡Ah, sí! — respondió saliendo del leve trance en la que se había sumergido.
Cuando se encontró frente al portero, un hombre robusto que le sacaba dos cabezas dijo las palabras mágicas sin pensar: “Soy el esposo de Cristina” y este, con una sonrisa en la cara, le señaló la taquilla en la que debía pagar la entrada.
“¡Me cago en el cabrón del Capitán Yeray!” masculló, “¿Tengo que pagar para ver como prostituyen a mi esposa?”.
Después de comprar el ticket de acceso, el portero le abrió paso con un “que lo pase bien” irónico y burlesco.
Pedro, se encontró en el interior del local; estaba oscuro y el ambiente que se respiraba era turbio, cargado de perfumes, olor a sexo y humo. La estridente música, el ruido, los gritos y las luces abotargaban los sentidos de Pedro y le desorientaban.
Vio a chicas semidesnudas atendiendo a los clientes, vio una barra con bebidas y dos chicas con las tetas gigantes sirviendo bebidas, pero no fue capaz de encontrar a su esposa.
“¡Cris! ¿Dónde estás?” gritó mentalmente.
A su derecha risas, a su izquierda los altavoces a toda potencia, sobre su cabeza las luces parpadeantes y al fondo una tarima con dos barras verticales en las que dos chicas cubiertas con un minúsculo tanga bailaban y se contoneaban colgadas de las barras mostrando un equilibrio sorprendente.
DRING... DRING... DRING... ruido de copas, risas y jadeos... ¡Ummmmm!
“¡Cristina!!!!”
Pedro recorrió el local de un extremo a otro sin encontrar a su esposa y cuando estaba a punto de rendirse oyó como un cliente hablaba con otro.
—¿Has visto las nuevas? Están dando un espectáculo de cojones en el privé.
“¿Las nuevas?”, “¿El privé?”, “¿Dónde estaba eso?” se preguntó Pedro.
Pero no le hizo falta preguntar porque los dos hombres iniciaron la marcha y se limitó a seguirlos.
—Son dos pibones que te cagas, ¡no veas que tetazas calzan!
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