Me follaron sin que mi esposo lo supiera (4)
Rolo no solo la defendió de las miradas avariciosas de sus colegas; él mismo planeó su caída. Ahora, bajo la mirada fija del enfermero, Ana debe entregar su cuerpo a un extraño para cumplir la fantasía que ella misma desató.
Este cuento formará parte de una serie, y del segundo tomo del libro de relatos eróticos, que se encuentra publicado en Amazon, titulado “Historia de Ana. Doctora y algo más”
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Terminado el congreso, y de regreso al trabajo del hospital, tenía temor de encontrarme con el doctor Ramirez, quien me había follado por el culo, machacándolo, y había conocido el lado perverso de ese médico.
Con ambas manos llevaba la bandeja del comedor en busca de una mesa para sentarme, cuando me enfrenté con él. Vino hacia mí, con una sonrisa cruel. Me esperaba lo peor.
—Buen día colega. ¿Cómo está hoy mi culo preferido?—, lo dijo mirándome la entrepierna, y con un tono de voz, que podía llegar a oídos de los otros médicos y enfermeras que se encontraban en el comedor.
Mis calores y colores subieron hasta mi cara turbándome y buscando, sin lograrlo, las palabras adecuadas para contestarle. El bochorno no me dejaba hablar, cuando un cuerpo se interpuso entre ese médico y yo, salvándome de responder.
—¡Ramirez! Nunca, nunca más te dirijas a mi jefa, la doctora Ana. Ni le hables, ni la mires siquiera, sólo podrás saludarla, y con educación. De lo contrario te romperé tanto tu cara, que ningún cirujano podrá repararla.
Rolo con cada frase golpeaba con su dedo índice el pecho de Ramirez, y a cada golpe el doctor daba un paso atrás.
Tomé la manga de Rolo, intentando retirarlo, y sentí los músculos del brazo duros y tensionados. Hasta este momento no había tomado conciencia de la fuerza de Rolo. Había admirado su espalda desnuda, pero nunca sentido su fuerza. Además Rolo lo había llamado simplemente Ramirez, en cambio se dirigió a mí como «mi jefa, la doctora Ana».
—¿Lo entiendes?—, continuaba con los golpes de su índice contra el pecho del doctor, y a cada golpe el doctor daba un paso atrás. En los ojos del médico pareció surgir alguna rebeldía, pero enseguida, la perdió, surgiendo el temor.
Asintió con la cabeza, y se retiró, sin darle la espalda, y salió del comedor.
—Hola Ana. ¿Quieres acompañarme a comer?—. Como si nada hubiera ocurrido me llevó hasta su mesa, no sin antes levantar la vista, recorriendo todo el comedor, logrando con esa mirada, que el silencio incómodo que se había producido por las acciones anteriores, terminara, y volvieran los ruidos de cubiertos y conversaciones.
Cada actitud de Rolo me mostraba un hombre excepcional, escondido tras su fachada de enfermero dentro del hospital.
El Doctor Ramirez desapareció de mi vista, el trabajo volvió a la normalidad, volví a ser feliz dentro de mi rutina laboral, pero aquello terminó cuando mi esposo me comunicó que debía viajar otra vez al extranjero, por su calidad de fotógrafo profesional, y en esta oportunidad estaría dos meses fuera.
Volvería a extrañarlo y angustiarme con su partida, y mis días y noches sin él, dentro de nuestra casa sólo traerían dolor.
Con el paso de los días, ya tenía todos los síntomas anteriores, y deambulaba por el hospital. Era un jueves cuando Rolo me llevó aparte, para hablar a solas.
—Ana. ¿Qué te ocurre? Andas por el trabajo como sonámbula, triste y cabizbaja.
—Pedro, mi esposo, se ha ido nuevamente a trabajar al extranjero, en esta oportunidad por dos meses, y aunque sólo han pasado dos semanas, ya lo extraño mucho, y ello me angustia.
Su mirada me escrutaba, decidiendo.
—Te encontraré en el parking a la hora de salir, ya encontraré algo para ayudarte—, diciendo esto me dejó sola.
Ese día terminada la jornada laboral, encontré a Rolo recostado en mi coche.
—¡Doctora! Problema solucionado. He logrado que tanto tú como yo tengamos libre desde mañana viernes a primera hora de la tarde, hasta el lunes. He reservado un hotel en la costa, prometo alegrarte, y lograr que pierdas esa tristeza que te abruma.
—Lo que has programado tiene indicios de cita para mantener relaciones durante un fin de semana, en una habitación de hotel.
—Ana, no tendremos relaciones, más no haré nada que tu no quieras, y te aseguro que lo pasarás bien. Lleva el vestido rojo que usaste la última noche del congreso, me gustaría mucho verte con él.
Acepté todo, y ese viernes Rolo manejó durante tres horas en su coche, conmigo a su lado. Durante el trayecto, escuchamos música, nos contamos historias, y lo pasé bien. Rolo era un buen compañero.
El hotel estaba en la costa, tenía solamente dos alturas, formaba una herradura, con un gran patio central, hacia donde daban todas las habitaciones, y en cada una de ellas, un gran ventanal del piso al techo que miraban al patio.
Nuestra habitación era grande y cómoda, pero decidimos salir a conocer las cercanías y la costa.
Regresamos a la tarde, contenta con la invitación de Rolo. Se llevaba mis penurias; y por ello, al regresar a la habitación, y antes de ducharnos para salir, le pedí hacerlo juntos.
Volvió a portarse como un caballero, durante la ducha, lavó todo mi cuerpo con esmero y cuidado, sin olvidarse de mi vagina y mi trasero. Luego me secó, y cuando terminó, preguntó: —¿Quieres un masaje de descanso? Soy bueno con ello.
Todos los enfermeros son buenos masajistas. Deben realizarlos a los pacientes que se encuentran mucho tiempo hospitalizados.
Acepté, y desnuda, boca abajo me recosté en la cama. Rolo fue hasta su maleta, de donde sacó lociones y aceites.
—Has venido preparado—, le dije.
—Doctora, para Usted siempre lo mejor.
Se subió a la cama, sobre la parte trasera de mis muslos, se untó las manos con aquellas lociones, y cuando fue hasta mis hombros, sentí como su polla pasaba por todo mi trasero.
Decidí relajarme, y Rolo lo estaba haciendo bien. Masajeó hombros, espaldas, lumbares, columna. Mis músculos se aflojaban, y también me excitaba. Aquel hombre desnudo sobre mí, con su polla acariciando mis nalgas, cuando sus manos iban y venían por mi espalda, me provocaron los primeros gemidos.
—Ahhh….
—¿Le gusta Doctora?
—Siii…. Sigue….
Bajó hasta apoyarse sobre mis pantorrillas, y ahora su masaje iba directamente a mis piernas, y mis nalgas. Los calores iban en aumento, y mi vagina se mojaba, intenté llevar una de mis manos a ella para acariciarme, pero Rolo me detuvo.
—Ana tienes que prometerme algo.
—No puedo prometerlo, si no sé que es. Ahhh….—, sus manos se concentraban en mis nalgas, y más gozaba yo.
—Confía en mí, tú sabes que nunca he hecho algo malo, o algo que no desearas.
—Dime.
—Prométeme, que no te tocarás, ni te masturbarás, como lo hiciste la primera noche del congreso.
Nuevamente me convenció. —Lo prometo.
Entonces aquellos masajes relajantes, pasaron a ser sexuales. Sus manos acariciaban mis nalgas, abriéndolas, y luego pasando sus manos por mi vagina y mi culo.
—Aggg…., Rolo vas a lograr que me corra….aggg….
—Aún no Doctora.
Entonces metió sus dedos dentro de mi vagina, que ya chorreaba jugos, con esos dedos empapados, los llevó arriba, hacia mi culo, y metió uno, y luego dos. Comenzó a meterlos y sacarlos.
Las primeras pulsaciones llegaron a mi coño, desde lo más profundo, e intenté nuevamente llevar mi mano.
—No Doctora, lo prometiste.
Ardía de deseos de correrme, cada vez que retiraba los dedos de mi culo para llevarlos a mi coño, yo levantaba mis caderas buscándolos.
—Agggg…., Rolo quiero corrermeee….., sigue por favor….aggg…..—, sin embargo la única frase que repetía era: —Aún no Doctora—, y continuaba llevándome casi hasta la desesperación, y luego volvía la caricia a mis nalgas, cuando yo lo único que deseaba era que me follara de una vez, y poder descargarme con un buen orgasmo.
Otra vez sus dedos en mi culo entraban y salían, cuando dijo: —Ana recuerdas lo que me pediste la última noche del congreso, luego que Ramirez te follara por el culo.
—Agggg….—, entre las pulsaciones y espasmos de mi vagina, y mis deseos, traté de recordar…, pero no pude. —Agggg…… —, sus dedos continuaban entrando despacio, una y otra vez, —Por favor…. sigue…., quiero correrme.
—¿Lo recuerdas?
Poniendo toda mi voluntad traje a mi memoria que había ocurrido aquella noche, y recordé. —Siiii……aggg…..sigue…., si lo recuerdo.
—¿Qué me pediste?
—Aggg…., que quería que me trataras como una puta….aggg… sigue…por favor…..quiero correrme….
—Que más.
—Que quería ser una puta…, que me trataras como una puta….. agggg…..— No aguantaba más, me iba a correr, —Sigue que me voy a correr….agggg…..
Retiró despacio sus dedos de mis entrañas, y sus manos fueron a acariciar mis nalgas, deteniendo de esa forma el orgasmo que llegaba.
—Nooooo… sigue…por favor… ¡Fóllame ahora!
—¿Ana, Quieres ser una puta ahora?
Y lo dije.
—Siiii…. quiero ser tu puta…. Quiero que me folles…., que me folles mucho…., por todos lados…. Quiero ser tu puta…..aggggg……, quiero correrme.
Se bajó de la cama, llevándome con él y diciéndome. —Ponte el vestido rojo.
No entendía que ocurría. ¿Quería follarme con el vestido puesto? Aún con las pulsaciones recorriendo mi vagina, y todo mi cuerpo, me puse aquel vestido que apenas me tapaba.
—Las bragas también.
—Rolo estoy muy mojada, se humedecerán.
—Mejor. Los hombres sentirán el olor a hembra caliente.
Había dicho “los hombres”. Continuaba sin entender que ocurriría.
—Ahora bajaremos al bar, serás una puta, te ofrecerás, y por dinero te follará el primero que desee hacerlo.
—Rolo…no…no sé si seré capaz….
Metió su mano debajo de la falda, y dentro de mis bragas, hasta que sus dedos volvieron a entrar en mi coño, con su otra mano tomaba mi rostro.
—Pediste ser una puta. Tranquila, estaré a tu lado, nada malo te sucederá.
—Aggggg…., lo pedí, porque aquel día…agggg… lo merecía…..
—Ahora te follarán, y te correrás como lo deseas, como una puta.
Entonces me llevó abajo, y me indicó me sentara en un asiento alto en la barra del bar, y el hizo lo mismo, dos sillas más allá. El vestido que llevaba, era tan corto, que casi dejaba las bragas a la vista, y casi no podía evitar que se vieran. Allí sentada, quedaban mis pechos casi a la vista, y todas mis piernas.
Al cruzar las piernas, apreté mi vagina, y mis deseos regresaron, tenía un orgasmo pendiente, sin concretarse. Estaba nerviosa, sin saber que ocurriría, ni que haría Rolo.
Con esos pensamientos, sentí que un hombre mayor, de más de cincuenta años, se sentaba a mi derecha, y a mi lado.
—¿Puedo invitarte con una copa?
No sabía que contestar. Desconocía como actuaban las putas. Qué actitud tener para conquistar aquel hombre. ¿Debía sonreír y aceptar? ¿Debía demostrarle que era una puta? Yo merecía ser puta, me había comportado como tal, y debía pagar por ello. Lo había pedido, y ahora debía serlo.
Me decidí. Lo miré a los ojos, y dije. —Yo valgo más que una copa.
Sus ojos al inicio sorprendidos, enseguida comprendieron y se alegraron.
—¿Cuánto vales?
Tampoco sabía que contestarle. Debía poner un precio, no conocía mi precio, ni el precio de cualquier puta. Mis nervios iban en aumento, también la excitación de lo prohibido.
Rolo fue mi salvación; vino hasta nosotros, sentándose a mi izquierda. —Soy Rolo. Esta es mi puta. Es la mejor, y es cara. Si quieres una manada cuesta cien euros, si la follas por el coño cuatrocientos, y si la follas por el culo quinientos. Completo serían mil euros. No tienes que pagar habitación, ella tiene un cuarto en este hotel. Tú decides.
El hombre miró mis piernas, luego subió su mirada a mis pechos, que gracias a aquel vestido, y sin sostén, estaban casi a la vista. Volvía a excitarme. Este hombre estaba calibrando la mercadería que le mostraban; y ese objeto era yo. Aquí estaba ofreciéndome.
—Estoy dispuesta. Y como te dijeron antes, tú decides—, le dije casi atragantándome con esas palabras.
Llevó una mano a mis tetas, las apretó, y al parecer tenían la firmeza que buscaba, porque las soltó, metió su mano en un bolsillo, y la sacó con billetes. Colocó un fajo sobre el mostrador. —Aquí tienes quinientos, una mamada, y me la follaré por el coño. Su culo será en otra oportunidad.
Rolo los contó, eran diez billetes de cincuenta euros. —Ahora ella subirá a su habitación. Es la ciento seis. Tú esperas aquí dos o tres minutos, y luego subes tú. Yo me quedaré aquí, y cualquier cosa que hagas fuera de lo acordado, tendrás un problema, y te sucederán cosas graves. ¿Lo entiendes?
El hombre calibró el poder de Rolo, y asintió con la cabeza.
Subí al dormitorio, luego de entrar dejé la puerta entreabierta. Por aquel ventanal vi a Rolo que se dirigía al jardín interior. Cuando llegó al centro del mismo levantó la vista hacia nuestra habitación. Nuestras miradas se cruzaron, yo detrás del cristal, y Rolo en el Jardín, allá abajo.
En ese momento la puerta se cerró, me volví, y aquel hombre venía decidido hacia mí. Volví mi mirada a Rolo. Me estremecía. Sabía que iba a suceder, me iba follar un desconocido que había pagado por follarme, lo iba a hacer, y yo debería dejarlo. También me excitaba, nunca había hecho algo similar, tan prohibido.
El hombre detrás de mí, desató los cordeles que sostenían mi vestido, desde la parte trasera de mi cuello, y éste cayó al suelo, quedando sólo en bragas. De inmediato, pasó sus manos adelante, tomó mis pechos, y los apretujó fuerte, hasta llegar a mis pezones, y los apretó más aún, haciéndome doler.
Abrí mi boca asustada y excitada al mismo tiempo, sin dejar de mirar a Rolo. Estábamos enfrentados, yo casi desnuda, detrás del cristal, mientras otro hombre estrujaba mis tetas, y Rolo mirándolo todo. A la distancia, sus ojos se mantenían fijos, mirándome, y viendo como las manos de aquel hombre recorrían mis caderas, mi culo y volvían a apretar mis tetas. Sentí a lujuria que aquello significaba. No podía dejar de mirar a Rolo. Ambos sabíamos que pronto otra polla entraría en mi coño, sin consideración, y seguramente yo lo disfrutaría.
Aquel hombre había pagado por disponer de mi cuerpo. Sentir que era una puta, que era la puta de Rolo, que debía cumplir, ser la mejor de las putas, hacía que los ardores regresaban. Mi cuerpo estaba dispuesto.
Intentaba mantener mi mirada en Rolo, pero el hombre volvió a apretar mis pezones, y todo el dolor, y el calor subió hasta mi garganta haciéndome expulsar mi primer gemido. —Ahh……—. Entonces cerré los ojos, y me abandoné.
El hombre debió sentirlo, porque me retiró del ventanal llevándome al centro de la habitación, y también lejos de la mirada de Rolo. Ahora debía pagar el precio por el cual me habían comprado.
Se quitó los zapatos y la camisa. A continuación dijo. —Quítate las bragas.
Lo hice. Estaba desnuda y ofrecida a alguien que no conocía, ni siquiera su nombre.
—Vamos puta. Has tu trabajo.
Desconocía cuál era el proceso, no sabía que hacían las putas en estos momentos. Lo aprendí de inmediato. Aquel hombre puso sus manos en mis hombros y empujó hacia abajo. Debía arrodillarme, y mamársela allí, en esa posición, mientras él se mantenía de pie.
Desprendí su pantalón, y lo bajé junto con sus calzoncillos, y él terminó de sacárselos. Surgió una polla medianamente erguida, y también ingresó por mis fosas nasales el olor de sus genitales.
Abrí mi boca, cerré los ojos, y cubrí la cabeza de su miembro con mis labios.
—¡Mírame!—, me dijo tomando mi cabello para que levantara mi cara hacia él.
Lo miré a los ojos, abrí más mi boca, y comencé a meterme la cabeza. Sin saber si entraría toda, continué hasta que tocó mi garganta. Casi provocó una arcada, la evité, aplicándome con experiencia. La fui retirando despacio mientras la apretaba con mis labios, y chupaba con mi lengua.
—Muy bien puta. Lo haces bien, sigue… sigue….
A este hombre del cual no conocía su nombre, y el tampoco el mío, si le dijeran, que esta mujer que le estaba mamando su polla, era la Doctora Ana, una respetada profesional, jefa de sala del hospital de un pueblo del centro del país, nunca lo creería.
Su miembro se endureció, tomé con una mano sus testículos, y los apreté apenas, y continué chupando con ganas. Continuaba excitándome. Todo era prohibido y morboso. Ya no era Ana; era la puta. Rolo había dicho que era de las buenas, y lo sería, cumpliría.
Aquel miembro ya estaba tan duro como un hierro, cuando bruscamente tiró de mi pelo hacia atrás, retirándome. —Basta puta, no quiero correrme en tu boca.
Quedé de rodillas en el suelo, sin saber cómo continuar.
—Ve a la cama puta, y acuéstate boca abajo.
Me puse en pie, fui hasta la cama, pero antes de acostarme le dije: —El acuerdo era que me follabas por el coño, no por detrás.
—Y lo cumpliré puta. Te follaré por el coño, pero me gusta en esa posición. A las putas se las pone boca abajo, con el culo hacia arriba, y así se las folla.
Aprendía algo que desconocía. A las putas se las folla en esa postura, y justamente era una forma donde yo disfrutaba, porque me sentía dominada. ¿Entonces ya era una puta? Fui a la cama, puse un cojín debajo de mi pelvis, me acosté boca abajo sobre él, y abrí mis piernas. Debía estar ofrecida, dispuesta, y dejarme follar; por ello habían pagado.
Continuaba excitada y me mojaba cada vez más.
El fue hasta su ropa, extrajo un preservativo y se lo colocó. Tomó precauciones, en este momento yo era una trabajadora sexual, y quizás no era pura y limpia.
—Puta, Abre bien las piernas.
No dejaba de llamarme así. Obedecí, y sentí como pasaba su mano por mi coño.
—¡Pero si serás puta! Estás mojada y caliente.
Sentí la punta de su miembro en la entrada de mi vagina, y luego como se deslizaba rozando todo mi interior. Era grande y lo ocupaba todo. Cuando su pelvis llegó a mi trasero, llevé las manos atrás, abrí mis nalgas, para que su penetración fuera más profunda. Estaba caliente y deseosa por follar.
—Parece que te gusta. Serás de las putas buenas como dijo tu chulo. Vamos a ver cómo te mueves, y haces que me corra.
Por supuesto que sabía moverme. Cuando su polla se retiraba, yo levantaba mis caderas, llevaba mi culo hacia atrás, buscándola, y cuando me penetraba, regresaba, apretando con los músculos de mi vagina, y mi coño aquel miembro que tenía bien adentro.
—¡Eso mismo! Sigue puta, sigue así que me gusta.
Llevé mi mano derecha a mi vagina para masturbarme, y con la izquierda aferraba las sábanas sobre mi cabeza, afirmándome y empujando con mi culo, para que entrara más profundo. Los calores y las pulsaciones bajaban directo a mi coño. Tendría un orgasmo con un hombre que no conocía, y que había pagado por follarme. Todo ello me excitaba más, y comencé a gemir y pedirlo.
—Ahhh….sigue…. fóllame fuerte…. Más..., más…agggg….
—¡Por Dios! ¡Eres bien puta! Te gusta que te follen, pues te voy a dar más.
Me tomó por las caderas, y comenzó a follarme fuerte y rápido. Su polla ya era un hierro candente, que me perforaba una y otra vez.
Toda mi lujuria se desató, perdía el control, mi cuerpo se agitaba, alzaba las caderas y mi culo, buscando más y más, y lo único que deseaba era que aquella polla me clavara profundo, y fuerte, muy fuerte.
—Asiii….. siii…. Ahhhh, sigue….más fuerte, más…… dame más….quiero más…..quiero correrme………ahhhhh….sigue. Clávame hasta el fondo….
—¡Los estoy haciendo puta! Te la voy a meter ahora, bien hasta el fondo…ahhhhh….., me corrooooo……..
Apretó fuerte y con ganas mis caderas, y noté como su miembro llegaba hasta lo más profundo. Se tensó, y también sentí sus pulsaciones, mientras se corría, dentro de su preservativo.
Empujé mi culo ayudándolo, y también explotó mi orgasmo, llegó fuerte, bajó desde lo más profundo de mi vagina, ocupándolo todo, exprimiendo y soltando su polla, una y otra vez. Continuaba, sin detenerse; una contracción tras otra, primero rápidas, juntas, y luego más espaciadas, y largas.
Hasta que al final me aflojé. El hombre no se apoyó en mi espalda, sino que se mantuvo con su polla adentro, y con sus manos en mis caderas.
—Buena follada. Eras buena de verdad.
Se retiró despacio, quitó su preservativo, con experiencia le hizo un nudo para evitar que su semen se derramara, y lo tiró sobre la cama diciendo: —Para ti puta.
Luego se vistió, y antes de irse de la habitación, sacó veinte euros de su bolsillo, los que también tiró sobre la cama.
—Esto también es para ti. Eres bien puta. No has fingido, y te lo mereces.
Allí quedé, cansada, bien follada, luego de un buen orgasmo, que me lo había provocado un extraño, que conocí momentos antes, y que había pagado para follarme. Había caído a lo más bajo.
Rolo ingresó a la habitación, me preguntó si me encontraba bien, le indiqué por señas que sí, fue al baño, a preparar la bañera, luego pidió por el teléfono que vinieran a cambiar las sábanas, y cuando el baño estuvo listo, me tomó en brazos como a una niña, y me higienizó toda nuevamente.
Al salir ya habían cambiado las sábanas, y me acostó con delicadeza, se desnudó, y se acostó a mi lado.
Me apoyé en su hombro, y volví a preguntarle: —¿Quieres follarme?
—Ana, siempre quiero follarte, pero ahora es momento que te aflojes y descanses. Ya habrá tiempo.
—Rolo. ¿Qué he hecho? Fui una puta. Un extraño pagó para follarme.
—Sólo has tenido una experiencia distinta. Tú me dijiste que te tratara como una puta, que querías serlo. ¿Disfrutaste?
—Me da vergüenza decirlo.
—Dime.
—Sí, lo disfruté, y me corrí abundante.
—Entonces está bien. Disfrutar y gozar. Y si es follando, no importa la forma.
—Me haces ruborizar. Fue muy raro mirarte a través del cristal, mientras un extraño me desnudaba, y me manoseaba frente a ti. Sentía que me abandonabas, que me entregabas, para que me follaran. Quedaste allí mirando lo que ese hombre me hacía, y luego aunque no lo vieras, sabías que me estaba follando.
—Fue algo distinto. Lo importante es que lo disfrutaste. Ya vendrás otras cosas.
—¡Por Dios! ¿Qué más podría hacer?
—Ya lo verás, tranquila, hay tiempo, ahora descansa.
Me apretujé contra su pecho. Cerré los ojos, y pensé que hoy había sido una puta. Pero una puta de las buenas. Había hecho correrse a aquel hombre que había pagado por ello, y al mismo tiempo lo disfruté.
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