Xtories

Jugando con fuego (Libro 5, Capítulo 49)

Dos días antes de la boda, el silencio de su prometida se rompe con una notificación en el móvil. Él sabe que, sin ese tercer hombre, la relación se desmorona, pero esta vez la dinámica cambia y el control escapa de sus manos.

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CAPÍTULO 49

Si las semanas anteriores habían sido malas, las siguientes fueron peores. Pues María no solo estaba más apagada sino que aquello se juntaba con que la boda se acercaba; y la combinación entre no solo su estado, sino también el mío, y el día que se avecinaba… era una combinación terrible y que solo podía augurar un inminente fracaso.

Además, era frecuente que tras nuestro sexo automático, tras mis orgasmos y sus silencios, ella me pidiera tiempo y espacio, y entonces yo le daba el arnés o lo cogía ella misma, y la dejaba a solas con su imaginación y con Edu.

Aquellas veces, una vez sabía que ella había terminado, yo entraba en el dormitorio alerta y receloso de que ella me dijera que quería suspender la boda. Pero solo me encontraba con un mutismo desolador.

Todo estaba parado y a la vez acelerado. Yo sentía que las cosas no sucedían cómo habíamos imaginado y planeado. Lo de intentar tener un hijo en aquellas circunstancias me parecía un error, pero con la boda tan cerca no me atrevía a discutir sobre su decisión. Y todo era un mar de dudas y de sensaciones que plasmaban que no estábamos bien y que no estábamos siguiendo el camino adecuado. Hasta el nimio hecho de que la boda fuera a celebrarse un domingo, cuando ella siempre había querido que fuera un sábado… hasta eso evidenciaba que nuestra vida no iba como habíamos deseado.

Lo de Edu estaba estancado, siempre sin noticias, con aquel cajón cerradísimo, pero nuestra vida seguía irremediablemente adelante, adelante hacia la incertidumbre.

Y fue otra vez un viernes, dos días antes de nuestra boda, que Edu volvió a hacer saltar todo por los aires.

Yo ya había llegado a casa aquella tarde de finales de septiembre, habían pasado dos semanas desde nuestro encuentro fallido, y llevaba un rato sin revisar mi teléfono, y me encontré de golpe con más de cuarenta mensajes entre María y Edu.

Me senté en el sofá, posé el teléfono sobre la mesa de centro y me llevé las manos a la cara. Era plenamente consciente de que nuestra vida no podía estar en su poder de aquella manera, pero tampoco le veía solución. Sin él el sexo no funcionaba. Sin sexo no podíamos sobrevivir como pareja. Y él no acababa de aceptar una vida con nosotros, no acababa de aceptar encuentros puntuales, sin guerras ni trucos. No acababa de aceptar la única forma de vida que podría salvarnos.

Cogí mi teléfono y me alegré de encontrarme con que Edu había empezado la conversación, y que la había empezado conciliador. Pedía disculpas repetidas veces, y María, reacia a perdonar, al menos se prestaba a escuchar. De nuevo él volvía a plantear una dinámica, y entrecomillaba la palabra formalizar, pero María protestaba queriendo mostrarle que él no era ningún salvador, y le mentía escribiéndole que no le necesitábamos. Cada vez que ella batallaba yo leía con ansia la siguiente frase de Edu, temiendo que su paciencia se colmara.

Finalmente Edu le proponía, o nos proponía, ir aquella misma noche a una casa que había alquilado a unos kilómetros, e incluso pasar la noche allí, y María le preguntaba si estaba loco, insistiéndole “por si no se había enterado” de que nos casábamos en dos días.

La conversación finalizaba simultáneamente a que María entraba en casa, ruidosa, acelerada, sulfurada, hablando por teléfono. A la segunda o tercera frase supe que hablaba con Edu. Posó el bolso, se sentó en el otro sofá, cruzó las piernas y seguía con su tono chulesco, y yo deducía que la tonalidad de Edu seguía calmada y afable.

—Eso está lejísimos, además —decía María, mirando su reloj, y lo cierto era que tenía razón, pues según lo que había leído, la casa alquilada por Edu estaba a casi cien kilómetros de allí.

Su conversación continuaba. María se resistía y yo la miraba: trajeada, elegante, y sexual… tan sexual que podía leer en su cuerpo la necesidad de volver a ser complacida… Y ella le volvía a recriminar su actitud, su manera de aparecer y desaparecer, y yo deducía que él, por fin y de una vez por todas, quería acabar con aquel desorden.

—¿Has leído la conversación? ¿Tú quieres ir? —me preguntó ella rápidamente, en tono bajo, tapando su teléfono un instante.

—Yo sí —respondí.

—¿Sí? ¿Te fías de éste? —preguntó ella entonces, sin tapar el móvil—. No, estoy hablando con Pablo —le dijo después al teléfono.

Cuanto más se alargaba la conversación más se intuía que María acabaría aceptando, que solo quería escuchar a Edu prometiendo y disculpándose. Y Edu no cometió el error de revolverse, sino que aguantó, con paciencia estratégica, hasta que ella volvió a mirar su reloj, resopló, y dijo:

—Pues calcula que diez y media mínimo, antes no llegamos.

Mientras me vestía y María se duchaba no podía evitar pensar en que aquello tenía mucho de farsa. Que María fingía no desear que Edu la colmara y que Edu fingía poder ser un amante constante y regular, sin tretas ni forzamiento de situaciones.

Hicimos una pequeña maleta, para pasar aquella noche y quizás la mañana siguiente, con el acuerdo mutuo y necesario de estar de vuelta para comer al día siguiente, en nuestra casa, y centrarnos en el otro compartimento estanco de nuestra vida.

Otra vez la incertidumbre, otra vez María acicalándose para él. Pero esta vez menos tierna, más explosiva, quizás más poderosa, o quizás más necesitada, pero el espléndido y jovial vestido camisero de dos semanas atrás había dado paso a una falda de cuero y a una sedosa camisa azul, y sus sandalias de verano habían sido suplantadas por unos zapatos negros de tacón… María irradiaba seguridad, quizás envalentonada por haber interactuado con un Edu más manso. E irradiaba sexo pues el acuerdo y el ansia eran expresos e indisimulables.

Y no sé por qué, dentro de la duda, yo tenía más esperanza en aquella noche, y por momentos quería creer que Edu no desaprovecharía más oportunidades y que quizás sí hubiera intenciones reales de afianzarlo todo.

Tras la autovía una carretera de curvas, no tanto de montaña pero sí serpenteábamos por la ladera de un valle. Y silencio en el coche, y a veces hablábamos de la zona por la que pasábamos, y a veces de las casas que veíamos, en una calma tensa, bajo una noche cálida y estrellada de finales de septiembre.

En un momento dado casi sucumbo a la ñoñería, sobre todo por contexto, de decirle que estaba muy guapa. Pero lo cierto era que lo que estaba era extremadamente sexual, quizás más que nunca, tanto que solo por verla durante un instante, uno sabía que aquella mujer no podía conformarse ya más con nada que no fuera lo justo, preciso y merecido.

Llegamos pasadas las once de la noche y dejamos el coche en el propio camino asfaltado, junto al muro de la casa, imitando a otros coches que había visto pegados a otras parcelas, si bien yo deduje que tendría que haber alguna entrada por algún otro sitio.

La casa estaba en la propia ladera escarpada, y no se podía apreciar si constaba de dos o tres plantas. Timbramos al lado de una verja oscura y yo me puse de puntillas y me asomé, por encima del muro, hacia abajo, y vi unas escaleras, una piscina, unas hamacas y una mesa de cristal con varias sillas, y más abajo, más ladera y más casas pudientes.

Edu nos abría la puerta, luchando contra una llave algo oxidada, al tiempo que una luz se encendía en la casa y me parecía ver a alguien. Se hizo caballerosamente con la maleta de María y a mí me volvía a sorprender su sobriedad y su vestimenta formal, con un pantalón de vestir tostado y una camisa blanca.

Bajo la tensión y semioscuridad de una noche incierta, descendimos por unas escaleras flanqueadas por plantas de jardín, que nos llevaron a la piscina y después giramos hasta entrar por la planta baja de la casa. Nos enseñó un amplio salón, que parecía cargado de retales de otros lugares, la cocina, el aseo y dos dormitorios, uno de los cuales era el suyo y el otro, contiguo, era el nuestro, donde dejamos las maletas. María se fue entonces al cuarto de baño mientras yo veía unas escaleras interiores que iban hacia arriba, y rompía el mutismo para preguntarle a Edu si la estancia era solo para nosotros, y él me decía que la planta baja y toda la zona de la piscina, sí.

Tras su respuesta la consciencia de estar a solas con él, y la incomodidad, y el silencio más espeso. Y dudé en luchar contra todo, y en romperlo todo, y preguntarle qué quería de nosotros, y si de verdad quería afianzar aquello, o si solo era el enésimo juego. Pero no sabía cómo plantearlo sin que sonara a súplica.

Acabó por hablar él, ordenándome que cogiera unas copas y que las llevara afuera, al tiempo que él abría la nevera y se hacía con una botella de ginebra, queriendo plantear un contexto similar al de dos semanas atrás, si bien todos queríamos un final diferente.

María volvió, las copas se sirvieron en aquella mesa de cristal, entre la piscina y la ladera, y pronto los tres bebíamos y nos asomábamos a una barandilla arcaica, y Edu hablaba de que a veces alquilaba allí, pues ni en su casa de la playa llegaba a desconectar de verdad.

—A ti lo de desconectar se te da muy bien —dijo María entonces, queriendo ser hiriente y dominante, pero más bien plasmaba, exteriorizaba, una desesperada necesidad.

Edu no quiso enredarse e hizo como si no hubiera escuchado nada, y yo comencé a temer que esta vez fuera María la que echase todo a perder.

Terminamos por sentarnos a aquella mesa de cristal, situada a metro y medio escaso de la barandilla, por lo que podíamos disfrutar de las vistas de la ladera; y bebíamos con calma, iluminados por la noche estrellada, por pequeños farolillos dispersos por aquel exterior bien cuidado, y hasta por las luces de la propia piscina. Y yo llegaba a sentirme a gusto, allí sentado, los tres alrededor de una mesa redonda, y me sentía bien porque por fin éramos tres, sin cabeceras en aquella mesa, sin bandos, y sin intereses diferentes.

La noche no podía ser más agradable. La brisa cálida hacía ondear la melena de María en ráfagas puntuales, y, como dos semanas atrás, la conversación era amena, tan inusualmente amena, tan serena, que yo esperaba la frase de Edu que lo cambiase todo.

Pero esta vez había algo diferente, y es que sobrevolaba la posibilidad de que cuando Edu quisiera entrar realmente al tema que nos había llevado allí, fuera con intención de explicar aquella “formalización” de la que había hablado.

Edu demostraba ser un chico, o un hombre, con reflexiones interesantes, sin alardear, en su sitio, pero siempre le daba una vuelta a cada razonamiento, hablásemos de lo que hablásemos. El tiempo pasaba, yo comenzaba la tercera copa y María y Edu acababan su segunda, cuando empecé a sentir en María una cierta intranquilidad, quizás impaciencia; bebía y miraba a la ladera, dejaba que Edu y yo hablásemos más… Y Edu debió de notar lo mismo que yo, pues cogió su teléfono y escribió en él, e inmediatamente después, el móvil de María, que yacía sobre la mesa, vibró.

Se hizo un silencio y María leyó, y mi teléfono, huérfano, ni se había inmutado. Mandato, propuesta, sugerencia, favor… lo que fuera yo no lo sabía, y quise descifrarlo en el semblante de María, pero no me dio tiempo, pues ella se levantó en seguida tras leerlo y dijo:

—El orden no era ese. Ve pensando en… explicarte.

Y, tras decirlo, se marchó en dirección a la casa.

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