Xtories

Jugando con fuego (Libro 5, Capítulo 48)

El ascensor sube, pero el estómago del protagonista se hunde. María se prepara para otra noche, pero esta vez el miedo a perderlo todo pesa más que el deseo. ¿Qué pasa cuando la fantasía choca con la realidad de un hombre que ya no quiere jugar?

Tanatos125.7K vistas9.3· 9 votos

CAPÍTULO 48

Sin tiempo a sorprenderme de la rapidez de la respuesta de María, recibí un email de uno de mis jefes que me indicaba que mi fin de semana debía esperar, un fin de semana que daba un vuelco repentino.

Aquello me mantuvo ocupado, pero solo mantenía ocupada mi mente, no mi cuerpo. Aquella intranquilidad soterrada, aquellas manos sudorosas, aquel frío en la piel a pesar de sentir mi cuerpo caliente. Aquella sensación del detonante, de la incertidumbre, aquella sensación siempre era la misma.

Por fin conduciendo hacia casa sí mi mente pudo acudir, desear, imaginar y suponer… lo cual acababa por agitar ese cóctel, ese cóctel que era yo ansiando que sucediese todo.

Subiendo en el ascensor revisé mi teléfono móvil y vi que María me había escrito, preguntando por mi tardanza y diciéndome que ya había cenado algo. Tan pronto crucé el umbral de la puerta de nuestra casa escuché el sonido de la ducha y supe que María se arreglaba, se preparaba, pero yo no sabía qué María lo hacía, pues todo era extraño, raro, hasta frío… Y yo sentía que semejante oportunidad, semejante apertura de cajón, merecía una previa, una preparación, una creación de expectación.

Quién no parecía necesitar mayores preparativos era mi estómago, el cual, tenso y cerrado, no admitía lo que le ofrecía una nevera abierta. Mi teléfono vibró entonces y Edu nos enviaba la ubicación exacta de lo que era su apartamento de la playa. El ruido de la ducha había sido relevado por el de aperturas y cierres de puertas de armario; solo había algo más excitante que María engalanándose para una noche conmigo, y era María engalanándose para una noche con otro hombre.

Y yo me preguntaba si iba a ser así, de repente todo tan fácil. Y era algo que había imaginado, hasta supuesto los días y primeras semanas tras la noche de la playa con Víctor y Edu… pero una vez ante la situación, y además con su desaparición mediante, no acababa de verlo claro y no acababa de creérmelo.

Fui al salón. Después fui al dormitorio mientras María volvía a estar en el cuarto de baño. Después volví a la cocina. Los nervios y la sensación de no acabar de creer que nuestras vidas pudieran pasar de la nada al todo por un mensaje se acrecentaban. Hasta que escuché los tacones de sus sandalias acercarse, y su perfume y su sonido llegaron antes que ella. Y yo me dejé abordar por detrás. Y ella me pidió un vaso de agua. Y yo se lo servía y mi pulso me fallaba. Hasta que me giré. Se lo di. Y la vi: con un vestido camisero, con botones por delante, sedoso, largo y anaranjado que yo recordé haber comprado con ella, y un cinturón marrón que combinaba con las sandalias, y sobre todo una mirada radiante, con el blanco de sus ojos blanquísimo que contrastaba con su piel morena, y su melena voluminosa y cargada… Y ella bebía de aquel vaso… y yo la amé desesperadamente… a la vez que me la imaginé siendo follada por Edu… y mi pecho se oprimió, pues cuanto más sentía que la quería… más me dolía y más loco me sentía… y a la vez más deseaba que sucediera todo.

Salimos casi en seguida y en el coche no sabíamos ni qué decir. Pues qué hablar de aquello y de qué hablar si no. Yo intentaba descifrarla y me parecía ver algo similar a lo que había en mí: una ilusión tensa, una desconfianza latente, una expectación desconfiada.

Podía ver en sus ojos, en sus gestos, en las manos a su pelo, aquella incertidumbre aumentando. La miraba de reojo y de nuevo la veía tan atractiva, tan espléndida, que no podía creer que nada ni nadie pudiera hacerla sentir así. Miré a sus piernas esbeltas, estilizadas, cruzadas con estilo y dejando ver algo de muslo por una apertura lateral. Miré a sus pechos y supe que llevaba sujetador y me extrañó que Edu no hubiera ejecutado ninguna petición, como la vez anterior.

Durante los minutos siguientes no quise pensar más ni indagar más de María, me limité a cumplir los pasos automáticos necesarios hasta que Edu nos abrió la puerta de su apartamento. Y no sé por qué esperaba un Edu más informal, pero me lo encontré con un pantalón de traje azul marino y una camisa azul celeste, y deduje que vendría directamente de su despacho, de haber cogido el tren o el coche hasta allí sin haberse cambiado.

Nos saludamos formalmente, y yo seguía sintiendo que todo era demasiado directo, demasiado pactado, hasta demasiado natural.

Nos preguntó si habíamos cenado, nos quiso ofrecer algo de comer, y solo aceptamos bebida. Yo le respondía y se me hacía raro poder mantener una conversación normal con él, a la vez que se me hacía raro volver a estar allí, en aquel apartamento en donde había escuchado cómo se había follado a aquella chica llamada Alicia… Me parecía que había sucedido en otra vida.

Yo sentado en un sillón. María en un sofá y él en otro. Cada uno con su copa de ginebra. El apartamento olía a verano, a verano despreocupado, con posas cosas, todas útiles, y yo participaba con ellos de una conversación amena, que saltaba de sus trabajos, a nuestra boda, después a nuestro viaje de novios, y después incluso a temas de política, y en todos los temas parecía haber una sintonía, pero una sintonía escéptica.

A María se le iban encendiendo los ojos a medida que su copa iba bajando y yo miré, sin querer, a una entrepierna de Edu, enfundada en sus finos pantalones, y pude vislumbrar y ubicar no solo el lugar, sino el tamaño, la colocación y la dirección de aquello que él no podía ocultar ni siquiera relajado.

Y seguíamos hablando y llegaron tres copas más, y todo era extrañamente distendido, tanto que yo esperaba el cambio, el abuso, lo improcedente, seguramente en forma de frase beligerante o en forma de orden desairada… pero no se producía.

Después hablábamos de su casa y yo fingía no haberla visto nunca y sabía que él no cometería el error de decir nada sobre aquella visita mía. Y sabía que Edu no necesitaba de mi ausencia para cambiarlo todo, pero aún así lo hice, yéndome al cuarto de baño.

Una vez allí mi calzoncillo me mostró que mi miembro había estado fantaseando con lo que podría pasar en cualquier momento en aquel salón, mientras habíamos estado charlando. Y aquel hecho me dio la idea de pensar e imaginar… y supe que me moría porque sucediese todo, todo y cuanto antes. Y deseaba poder disfrutarlo, durante horas… con calma, acercándome y alejándome de ellos. Masturbándome y deteniéndome… Y me excitaba imaginar que cuando volviera del aseo ellos ya hubieran empezado. Y me imaginaba que María se cansaba de charlar y se desabrochaba algún botón de aquel vestido, o que dejaba ver mucho más muslo del que había exhibido… Y me imaginaba la primera orden de él… y todas las órdenes que imaginaba eran tan soeces como plausibles.

Volví del cuarto de baño y los encontré de pie, en el medio de aquel salón, y las miradas eran tensas, enrarecidas. Pero no había una tensión sexual, sino una repulsa palpable. Y me acerqué más, y un “pues mira chico, que te den, nos vamos y ya está”, fue expuesto por María con un enojo palmario. Y Edu, si bien molesto por su afrenta, no ponía pega alguna en que nos marchásemos.

Yo, nervioso, temeroso del fracaso del encuentro, intentaba entender qué sucedía, pero María cogía su bolso en silencio y Edu pegaba un trago a su copa, dando por bueno el desmoronamiento y sin intención de corregir el altercado.

Antes de que me pudiera dar cuenta nos habíamos ido de su casa.

En el ascensor, y aun a riesgo de sufrir yo la explosión completa que no había sufrido Edu, le pregunté por lo que había sucedido. María, chula, frente al espejo, se apartaba el pelo y lo llevaba al otro lado de su rostro, y se miraba fijamente, como satisfecha de sí misma. Y ante mi pregunta solo me ofreció un espeso silencio.

Conduciendo de vuelta a casa no me podía creer la oportunidad perdida y me preguntaba qué podría haber sido tan terrible y cómo había podido cambiar todo en tan pocos minutos. La miraba de soslayo y veía su gesto recto y digno, pero también sus mejillas ardientes por la tensión y las pupilas dilatadas. A mi segunda o tercera mirada María interpretó que le insistía para que me contara qué había sucedido, y dijo finalmente:

—Mira, lo único que ha pasado es que me preguntó por nosotros, le dije que había dejado de tomar la píldora, que queríamos tener un hijo… Y se volvió loco.

—¿Cómo que se volvió loco? ¿Por qué?

—Pues por qué, no sé. Pero eso. Y me dijo una mierda de las suyas.

—¿El qué? —le preguntaba nervioso, mientras conducía.

—Pues… una barbaridad de las suyas, algo como: “pues no tengo condones, y por el culo no te voy a dar”, y yo le dije que si estaba de coña, que si le parecía normal dirigirse a mí en aquellos términos, y que a qué coño venía aparecer y desaparecer… y poco después llegaste tú.

Apesadumbrado, decepcionado… y sobre todo molesto con un Edu que casi siempre acababa estropeándolo todo, esperaba que María continuase con su narración, pero nos abrazó un silencio que yo utilicé para intentar adivinar si en ella había más ira o más frustración. Y después quise descifrar a Edu, y tras unos instantes elucubrando, le dije a María:

—Edu teme que si tenemos un hijo se le acabe esto.

Ella, tras escucharme, revisó su teléfono. Y no dijo nada.

Tenía la sensación de que íbamos de error en error, y ese sentimiento quedó aún más patente cuando, ya en casa, María me buscó, y además lo hizo como una noche cualquiera de aquellas en las que había un objetivo preestablecido para el acto; me buscó como si no hubiera pasado nada, como si no viniéramos terriblemente frustrados del apartamento de Edu.

Después de lo que acabábamos de vivir me parecía tan desacertado que estuve a punto de preguntarle si de verdad quería aquello, pero finalmente no lo hice. Y nuestro encuentro sexual no fue tórrido por haber estado tan cerca de otra experiencia con Edu, sino que fue especialmente áspero, especialmente silencioso, y especialmente deplorable.

Con aquel acto ella pretendía decirse a sí misma que no había sucedido nada, que seguíamos con nuestras rutinas, con nuestra vida, que ella ganaba. Pero, tras mi orgasmo y su silencio, me pidió algo desolador, y me decía con su petición que ella no podía fingir victoria alguna, que la derrotada era ella: me pidió que me vistiera con un pantalón de traje y que me pusiera el arnés. Y obedecí, si bien sabía que solo serviría para conseguir un clímax culpable.

De rodillas tras ella, en nuestra cama, durante casi una hora, aquel miembro de goma, que asomaba por la apertura de mi pantalón, penetró incansablemente a una María que, a cuatro patas, jadeaba y bajaba su mano puntualmente para tocarse el clítoris y así correrse, varias veces, siempre pensando en él, siempre imaginando que aquel pantalón era el suyo y que aquella goma enorme era la polla de Edu, matándola de placer. Y a veces echaba una mano hacia atrás, y me tocaba la pierna cubierta por el pantalón, en un toque entregado, aciago y bizarro…

… Y gimió y sollozó sus orgasmos, hacia el cabecero de la cama, y siempre conteniéndose lo justo como para no pronunciar su nombre; y nunca miraba hacia atrás, pero a veces sí miraba hacia un lado, y yo quería creer que ella me imaginaba a mí en aquellos momentos, aquellos momentos en los que todo era perfecto. Todo era perfecto y por eso nos salvábamos.

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