Xtories

Jugando con fuego (Libro 5, Capítulo 47)

El sexo se ha vuelto un ritual vacío y doloroso. Ella quiere un hijo para salvar lo que queda; él teme que sea una huida. Pero cuando el fantasma de su pasado sexual regresa con una sola frase, ambos saben que la boda puede esperar.

Tanatos124.9K vistas8.9· 11 votos

CAPÍTULO 47

Su parquedad y posterior falta coincidió además con semanas de nuestras vacaciones, y todo lo que había sido esperanza, armonía, orden y parte de un plan trazado, se convertía en incertidumbre.

A finales de esa última última semana de agosto, en la que Edu nos castigaba con su ausencia, sucedió algo que yo no supe si entrañaba la mejor noticia imaginable o un craso error:

Habíamos estado en la playa casi todo el día y después habíamos ido a casa, nos habíamos duchado, y habíamos decidido arreglarnos y volver a la playa para dar un paseo al anochecer. Yo llevaba unos días sintiéndola intranquila, apagada, y eso me dolía, pues sabía que el motivo era Edu. Y el sexo había desaparecido de nuestras vidas una semana atrás, y aquel día la notaba especialmente callada y pensativa.

Caminábamos por la orilla y el resplandor parecía eterno. Buscábamos la arena más dura y mojada, con nuestros zapatos en nuestras manos y había gente que pretendía cenar allí e incluso gente aún bañándose. Yo, aprovechando los dilatados silencios, que habían comenzado a surgir con la desaparición de Edu, comencé a elucubrar sobre qué le pasaba a María, pero en seguida y antes de que yo pudiera entrar en una vorágine de suposiciones, ella sacó aquello que llevaba tiempo dentro: me dijo que quería tener un hijo, que quería dejar de tomar la píldora desde aquel momento e intentarlo desde aquella misma noche.

Mi mezcla entre alegría, miedo, y desconfianza de que aquello fuera una huida hacia adelante en un momento inapropiado, no pasaron desapercibidos para una María que me recriminó que no mostrase una mayor alegría o efusividad.

Era un tema que habíamos hablado varias veces. Yo sabía que a ella le encantaban los niños y, medio en broma medio en serio, muchas veces, habíamos hablado de posibles nombres y yo daba por hecho que ella quería tener no uno, sino dos o tres. Y yo estaba encantado, siempre lo había estado, y hasta había fantaseado con esa vida, pero nos casábamos en un mes y un mes atrás habíamos entendido que sin nuestro juego, es decir, sin Edu, nuestra vida sexual y por ende nuestra vida en común, estaba abocada al fracaso.

Por tanto yo no sabía bien qué sentir, pues no sabía si con su decisión de tener un hijo en aquella situación pretendía hacer borrón y cuenta nueva, cerrar el cajón de Edu y no volver a abrirlo. Y esperaba que esa no fuera su intención, pues me parecería su enésimo autoengaño.

Lo cierto es que no tuve la valentía de plantearle mi duda y esa noche hicimos el amor, de manera mecánica, y yo tuve mi orgasmo, y ella no, y yo me corrí dentro de ella, y ella miraba al techo, paciente, mientras yo sufría mis espasmos y jadeaba en su oído.

Y la noche siguiente igual. Y la siguiente igual. Y empezó septiembre y volvimos al trabajo y todo el tema de la boda estaba cerrado, sin necesidad de más preparación. Y era el viaje de novios, que sería en octubre, lo que nos salvaba de no tener que hablar de un Edu que seguía desaparecido, y de no tener que hablar de un sexo automático y lastimoso como nunca.

Y entonces, el viernes de esa primera semana de septiembre, mientras yo ya contaba los minutos para marcharme de mi oficina y empezar el fin de semana, Edu reapareció, y escribió en nuestro grupo de tres, y planteó que fuéramos los dos a su casa esa misma noche.

No dio explicaciones por su desaparición. Ni mucho menos pidió disculpas. Y yo le escribí a María inmediatamente para planear conjuntamente qué hacer, qué decirle, y tan pronto acabé de escribirle apareció por la parte superior de la pantalla de mi teléfono… que ella le preguntaba a qué hora quería que fuéramos.

Continúa en