Xtories

Jugando con fuego (Libro 5, Capítulo 46)

Edu les había dado algo que ninguno de los dos podía darse a sí mismos. Ahora que el silencio lo invade todo, el narrador sabe que la paz no durará: la cuenta atrás para volver a sentirse insuficiente ya ha comenzado.

Tanatos125.3K vistas8.9· 11 votos

CAPÍTULO 46

Ya conduciendo hacia casa vi cómo mi teléfono se iluminaba, y María cogió el suyo, por lo que supe que Edu nos escribía a los dos, o al menos pretendía que los dos lo recibiéramos. Y, no sé por qué, pero pensé en que no habría allí reproches ni burlas, sino algo que nos beneficiaría.

Y hasta supe, por la manera en la que María guardó su móvil tras leer, que aquello era positivo. Pero me dejó en ascuas, y hasta que la carretera no me lo permitió no pude leer el escueto texto de Edu en el que parecía pretender formalizar nuestro juego, y además cerrándolo, sin que fueran frecuentes elementos incapaces como Rubén, o resentidos hasta lo enfermizo como Víctor.

No le dije nada a María y volví a posar el teléfono. Tampoco había demasiado que decir. Y esa noche, al acostarnos, no palpé felicidad, sino algo incluso mejor: armonía. Armonía con nosotros mismos y con nosotros como pareja. Y a la vez ilusión por la nueva vida que parecía avecinarse.

Quizás fuera frívolo, pero la vinculación entre la satisfacción sexual y la avenencia de nuestro noviazgo, casi matrimonio, era latente.

Pero había dos dudas, dos cabos sueltos: primero Edu. Edu en sí mismo. Su inconsistencia. Su inestabilidad. Y segundo nuestros encuentros sexuales sin él presente.

Al día siguiente sentí el impacto agradable de una mañana de sábado de verano en la que todo estaba en su sitio, y no hablábamos de lo sucedido, ni siquiera había gestos o sonrisas cómplices, como si hubiéramos normalizado lo anormal. Y era curioso porque no era común, de hecho yo lo sentía como la primera vez realmente asumida y ordenada.

Una amiga de María la llamó para proponernos que fuéramos a comer a su casa, e iba a poner alguna excusa por nuestro cansancio, pero acabamos aceptando. Y aquello suponía volver a la vida real, dejando todo lo referente a Edu en un cajón, en una especie de secreto maravilloso, pero sentíamos que tenía que existir el cajón; que aun estando cerrado tenía que poder abrirse de vez en cuando para que no desapareciera aquella armonía.

Fuimos a la casa de su amiga. Allí estaba su marido y su hijo de unos dos o tres años. María vestía unos shorts vaqueros y una camiseta blanca de algodón, y hubo un momento en el que su amiga fue al dormitorio del niño, con él, al parecer con la intención de que el hijo volviera con algo para enseñarnos, que él había hecho o dibujado; y entonces María se quedó hablando con aquel hombre, bastante agraciado, y yo no solo me quedaba encandilado por los movimientos de ella, sino que no podía creer que fuera la misma que la de la noche anterior.

El hombre charlaba con ella, algo tenso, sin confianza, y bajo la intimidación involuntaria de María. Y yo pensé entonces en el descomunal desajuste entre ella y Víctor, y en que aunque aquel apuesto hombre estuviera soltero se autodescartaría para intentar nada con María… Y también pensé en qué pensaría de ella, y de nosotros, si supiera lo de aquel cajón.

La comida la pasé yo con ellos, y María con el niño, cosa que había adivinado tan pronto le había visto en brazos de su madre. Y sentí a María más viva, más plena, más en paz que nunca.

Esa noche, ya en casa, María, después de ducharse, se vistió con un camisón verde oscuro y despejó una de las dos dudas: hicimos el amor, con calma, con ternura, con mi orgasmo, con el suyo. María, calmada por Edu, recuperaba la capacidad de disfrutar de un sexo tranquilo y afectivo conmigo. No fue un polvo fuerte, no hubo gritos, ni muelles exigidos, pero sí algunos besos tórridos, jadeos, orgasmos placenteros y la confirmación de que una María saciada por Edu podía disfrutar de mí.

Precisamente Edu le escribió a María el domingo, y lo hizo por nuestro chat común, y yo le hice prometer de nuevo que si le hablaba en privado ella debía decírmelo.

El contenido de la conversación fue banal y las formas casi incluso rozando lo afectivo. Y hasta pareció una formalidad para sustentar el pacto tácito. Eso sí, al final, Edu no pudo evitar soltar una pulla tan suya, y es que le escribió:

—Mañana es lunes… No olvides saludar a Víctor…

Pero María y yo sabíamos que aquel tipo de conductas eran un mal menor y asumible.

No le pregunté a María al día siguiente sobre si Víctor se había comportado de tal o cual manera, si bien me daba la impresión de que él, una vez conseguido su oscuro anhelo, no forzaría ni provocaría demasiado. De hecho tampoco le pregunté nada, los días siguientes, sobre tal o cual momento allí en las hamacas. Ni le dije nada del hijo de Víctor. Y es que yo volvía al razonamiento del cajón: cerrado hasta que Edu reapareciese.

Y nuestra sintonía sexual se mantenía: aquel lunes, y también el miércoles, María me confirmaba lo que podría parecer un contrasentido, y era que, saciada, sí disfrutaba del sexo conmigo.

María se escribía con Edu de vez en cuando, y yo lo veía en mi teléfono y no le comentaba nada. Y todavía no sentía en María la necesidad de un nuevo encuentro, y nuestra vida sexual era plena, y todo encajaba, e íbamos a la playa y disfrutaba de cómo la miraban y después nos besábamos en el mar. E íbamos a cenar y disfrutaba de cómo la miraban y después acabábamos haciendo el amor en nuestra casa. Y todo era perfecto. Todo era perfecto porque la posibilidad aún no se daba, pero existía.

Sin embargo, yo sabía que nuestra vida era un contador, una cuenta atrás. Y a la tercera semana, semana en la cual Edu estuvo más seco y menos activo en nuestro chat, empecé a preocuparme, y empecé a sentir que yo, en breve, volvería a ser insuficiente.

Y tras esa tercera semana Edu volvió a desaparecer.

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