Xtories

Diario de un cornudo II

Iván no es solo el espectador; es el arquitecto de su propia humillación. Mientras su esposa y su mejor amigo se acercan, él se esconde en las sombras, espiando cada mensaje, cada mirada, cada paso en falso. La pregunta no es si lo descubrirán, sino si él podrá soportar ver cómo su juego se vuelve contra él.

Ivan9.4K vistas8.7· 6 votos

Silencioso e incómodo retorno a la ciudad. Mi amada se había relegado a mirar por la ventana en todo momento, usando sus oscuros lentes. Ni una sola broma, ni un solo comentario… ni siquiera una sola palabra abandonó su boquita después de despertar aquel día.

Walter por su parte iba muy serio también, pero al menos intentaba mantener vivas las conversaciones y disimulaba de mejor manera lo acontecido la madrugada anterior.

No la podía culpar la verdad. Después de tamaño encuentro, podía sentir su pesar y la culpa que de seguro acosaba su cabecita tan correcta como ella sola, tan inocente… tan… tan… tan “Karencita” mi Karencita por dios.

La miraba de reojo sin distraerme demasiado de la carretera. Mi mente revivía desatada lo que cobardemente presenciaron mis furtivos ojos en el encierro de aquella dichosa pequeña carpa, estimulándome una vez más completamente fuera de control y enloqueciéndome al recapacitar de que yo había sido el autor intelectual de aquel asqueroso adulterio.

Posé mi mano en su regazo y acaricié su femenino muslo arriba a abajo, me miró con su carita afectada y levemente entristecida. Me tomé unos segundos para mirarla directo a sus ojitos. A pesar de estar destruida entre resaca, remordimientos, playa y por haber sido reventada por un potro salvaje… su boquita me regaló su característica sonrisita de “estoy bien mi amor”. Entrelazamos los dedos de nuestras manos y besé la suya enternecido y completamente enamorado.

Pero mientras que por fuera intentaba verme como un esposo amoroso y preocupado, por dentro no podía dejar de revivir aquel encuentro… una y otra vez como demencial obsesión. La miraba y miraba e intentaba revivir en su cuerpo los roces, caricias y lamidas ajenas impregnadas en su inocente, clara y hermosa piel.

Finalmente de vuelta en la ciudad, pasamos a dejar primero a nuestro acompañante. Me bajé para ayudarlo con sus cosas, mientras que mi Karen prefirió despedirse de manera escueta sin siquiera bajarse de nuestro vehículo. Un abrazo, un apretón de manos y nos despedimos prometiéndonos que tendríamos una próxima aventura todavía más grande.

Finalmente en casa, descargamos y ordenamos lo mejor posible… lo mejor que nuestros apaleados, salados y arenosos cuerpos pudieron.

—Ve a bañarte mientras que pongo a lavar la ropa —le dije todavía en mi faceta de esposo amoroso y consentidor. Me respondió con un dulce y agradecido beso en mis labios.

Sacudí nuestras toallas y ropas arenosas y una a una fui sacando las prendas de nuestra mochila. Hasta que todo enrollado, salió el diminuto bikini elegido por mi malicia y mal intencionada lascivia… el condenado traje de baño que lo gatilló todo. Lo miré detalladamente, mientras que con mis dedos extendidos intentaba darle la forma de la intimidad del cuerpo de mi amada. —¡Diablos! —. Continuaba sin poder creer que se atreviera a utilizarlo en primera instancia. Una última olfateada en la zona en que descansó toda intimidad de mi hembrita y para dentro de la lavadora se fue.

Fui al baño para ir por la ropa que usaba mi amada, la que igual necesitaba ser aseada con urgencia. Entré y me la encontré sentadita orinando. Me acerqué pidiéndole que levantara sus bracitos y quitarle así su lindo top veraniego y su sujetador blanquito con los que había decidido ir en nuestra aventura. Con sus pechitos libres y al desnudo la dejé.

Para cuando me incliné y llevé mis manos hasta sus tobillos para ayudarle a quitarse su short y calzoncitos blanquitos de niña buena, un rotundo y nervioso “no” me soltó. La miré extrañado y confundido en mi papel de idiota bonachón… pero por dentro estaba convencido y tenía más que claro el porqué no quería que me encargara de aquellas prendas.

—Yo puedo lavar esto mi amor… no te preocupes —me dijo en culposo nerviosismo, inclinando sus piernas cerraditas a un lado y manteniendo mis manos fuera del alcance de aquellas ropas enrolladas en sus tobillos, afirmándomelas nerviosa con las suyas.

—Basta —le respondí sereno y comprensivo. —No tienes nada que ocultarme —

—Pero es que de verdad mi amor yo pue… —

—¡Basta! —insistí asertivo.

La miré directo a su rostro mientras mordía mi labio inferior, buscaba en su hermoso y tierno semblante preocupado, aquella carita de terror, culpa y perversión con la que me miró en la carpa… esa que moría de miedo a la vez que ardía de placer y excitación desbordadas al estar siendo empotrada por un ajeno semental.

Sin previo aviso ni mediación alguna, embestí mis labios contra los de ella, para comenzar a besarla con ardiente deseo. Mientras bajaba mis besos lentamente hasta sus deliciosos senos, aproveché que sus manos fueron hasta mi nuca y que cerrara sus ojitos del delicioso placer.

—No te muevas de aquí —demandé con firmeza, mientras arrebataba las prendas inferiores que a toda costa no quería que mis ojos vieran.

Salí rápido de ahí con la escusa de querer lavar la ropa cuanto antes. Mientras abandonaba la fría intimidad del baño, mis manos se derritieron con el calorcito y humedad impregnados en su shortcito y calzoncito. Pero cuando cerré la puerta en mi salida, exploté en morbo cuando mis ojos atestiguaron la enorme, abundante y espesa evidencia de tan pecaminoso encuentro… y la razón porque me los ocultaba con tanto empecinamiento. La semilla abundante de su semental había humedecido toda la intimidad de su prenda interior, ni siquiera esa suave doble capa que se encuentra en las prendas íntimas femeninas pudo contener tanto semen. Se impregnó y humedeció todo, incluso su short, bajando aquellos juguitos hasta llegar a su culito. La parte más espesa y blanca de aquella evidencia, dibujaba una enturbiada linea naciente justo desde la entradita de su vagina.

Ese… ese condenado olor a perversión, fluidos sexuales, sudor, hormonas y pis de hembra en celo. Casi voy a dar al suelo cuando mi olfato percibió tan intensa fragancia salvaje.

Volví al baño junto a mi amada, la que obediente y sumisa esperaba por mí, mientras terminaba el asunto que la tenía sentadita en el sanitario. Sus ojos nerviosos intentaron mirar a los míos poseídos, pero nerviosa era incapaz de regresar mis penetrantes miradas… terriblemente preocupada del como yo reaccionaría al ver el deplorable estado en el que habían quedado sus prendas y la evidencia incriminatoria de su crimen.

Su mano fue por el papel sanitario, pero fue detenida por la mía que tomó firmemente su delicado antebrazo. Todavía sentadita, me puse frente a ella, cada vez más cerca… cada vez más invasivamente cerca. Mi pobre temblaba del terror, ya ni se atrevía a levantar su mirada.

Hasta que la creciente erección en mi pantalón quedó muy apegada a su rostro. No entendía nada mi pobre inocente criatura, podía sentir su aura nerviosa, confundida, asustada… presintiendo que algo oscuro y demencial pasaba por mi cabeza. Definitivamente sentía que algo había cambiado en su marido, pero era incapaz de descifrarlo la pobre.

Mi mano acarició su cabecita con perversa y maliciosa ternura, mientras que disimuladamente la jalaba hacia mi bulto endurecido. Mi mano libre comenzó a desatar mi bañador y las sorpresivas manitos de mi amada fueron hasta mi paquete: sin tener que pedírselo como normalmente tenía que hacerlo. Bajamos juntos mis prendas, dejando libre mi pene erecto y endurecido a más no poder.

No tuve que pedir nada, no tuve que recurrir a manipulaciones ni a trabajos mentales para conseguir una deliciosa y tímida felación de su boquita pulcra y recatada; como siempre tenía que hacer en el pasado si era que deseaba una. Esta vez, la manito de mi amada tomó por su propia cuenta mi pene y acercó su boquita para llenarlo de esquistos besitos por todos lados. Me provocaba morder con más fuerza todavía mi labio inferior.

—Abre tu boquita —demande con ternura y suavidad. Mi pequeña obedeció sin rechistar, luchando a muerte contra su timidez y nerviosismo inconmensurable.

A mi hembrita le costaba introducirlo de buenas a primeras, por el considerable grosor de mi glande y por su autosometimiento extremo al pudor y recato, así que siempre comenzaba con lamidas y besos tímidos en este.

Cuando se atrevió a abrir su boquita, ella solita introdujo por completo mi glande, sintiéndose de maravillas sus húmedos labios suavecitos y su lengua completamente ensalivada.

Si ya me traía loco mi mujercita, ahora, después de tal encuentro con el maldito dotado de Walter… mi locura por ella y por verla desatada se habían acrecentado hasta el cielo.

En ese momento deseé tener un pene descomunal como el de ese hijo de perra, pero mis gruesos quince centímetros tendrían que poder ser capaces de hacer feliz a mi amada.

Ya con mi cordura diciéndome adiós una vez más, la tomé de su mano y la guié para que se pusiera de pie, pero esta nuevamente intentó alcanzar el papel sanitario, siendo detenida su mano una vez más por la mía. La jalé suavemente logrando que se pusiera de pie y la guié para quedara frente a mí con ambas apoyadas en la fría pared de nuestro baño.

—Amor, ¡Amor!… deja limpiarme primero… —me exclamó incómoda y preocupada súplica, intentando detenerme mientras me arrodillaba a sus espaldas.

Me volví a poner de pie para volver a tomarla de ambas manos y dejárselas apoyadas contra la pared una vez más, dejándole claro que no quería que se moviera de esa posición. Con suave caricias y lamidas a su zona lumbar y tomando sus caderas con firmeza dominante, le guié para que arqueara hacia atrás su colita y me empinara su culito. Con mi pie golpeé sus tobillos internos para que separara un poco más sus piernas.

—A… amor… ¿Qué me haces? —me decía con su exhalaciones comenzado a acelerarse.

Silencio absoluto de mi parte. Me arrodillé a sus espaldas asegurándome de que esta vez no se moviera. Mi rostro quedó a pocos centímetro de sus trasero desnudo y toda intimidad vista desde atrás. Mis palmas se posaron una en cada carnoso glúteo separándolos y levantándolos suave y cuidadosamente, mientras que mis pulgares se encargaron de separar sus labios mayores de igual manera. No había rincón de su intimidad que no quedara a mi completa admiración demencial. Su orificio trasero minúsculo y entradita vaginal a mi completa disposición, a mi completo deleite… por la que alcanzaba a dar una vista más hacia el interior de su sexo.

Su maravilloso genital se contraía y dilataba palpitante, comenzando a estimularse con mi indecorosa vista endemoniada. El morbo y terror de que pudiera llegar a ver evidencia de su pecaminoso encuentro con otro hombre dejada en su interior, ponían a mi pobre amada en estado catatónico.

Casi morí de la morbosa e infartante sorpresa que me dio su sexo palpitante. De los nervios y por la extraña posición en que la obligué a ponerse, dejó salir todavía de su orificio de mujer restos de la abundante y espesa semilla del macho que se la inseminó la última noche.

Exploté en demencial lujuria, poniéndome de pie raudo y empotrando mi verga en su intimidad. Antes de que el grueso y espeso hilo blanquecino y ajeno cayera al suelo, lo recibí con punta de mi pene y lo llevé de regreso a la palpitante y tremendamente sensible entrada de la que salió.

Un gemido que hizo eco en la intimidad de nuestro baño soltó la boquita de mi amada cuando clavé mi glande inmisericorde en su vaginita ya dilatada. Su interior se sentía colapsado de íntimos fluidos, y su entrada extasiada permitió mi ingreso sin oposición alguna.

Comencé a penetrarla despacio y misericordioso, pero su cuerpo carente de fuerzas y temblante entraba en calor al instante, al igual que sus deseos carnales. Ella misma aceleraba los retrocesos con su culito ansiosa porque le diera con todo. Al parecer, a pesar de todo: de toda culpa, de todo remordimiento, de todo arrepentimiento por su crimen. La volvía igual de loca que a mí el que haya caído a los brazos de otro, junto a la incertidumbre terrorífica de suponer qué tanto sabía yo al respecto y el cómo me lo tomaba.

Ambos estábamos tan calientes y extasiados por lo vivido, que no necesitamos de mucho para que explotásemos en un delicioso orgasmo que nos estremeció por completo, dejándonos sin aliento al borde del desmayo. Su vaginita se contraía y palpitaba mientras recibía mi semilla, la que se hizo una sola con la semilla de su amante en su interior, abandonando profusamente ambas mezcladas desde el interior de su sexo colapsado. Interminables riachuelos descendieron por el interior de sus muslos y espesos goterones blanquecinos llovieron, humedeciendo y manchando el piso del baño.

Nos besamos y nos besamos extasiados y drogados de morbo, placer y lascivia indebida.

Después de asearnos mutuamente, tomamos una larga y necesaria siesta bajo el agua de la tina. Temprano nos fuimos a acostar completamente rendidos.

Los días pasaron, las cosas entre nosotros estaban mejor que nunca. A pesar de que no nos habíamos atrevido a tocar el tema de lo ocurrido aquella noche en la carpa, de cierta manera se había convertido en un secreto para ambos… un morboso secreto que despertaba nuestras ganas y deseos más tórridos. Se había vuelto el elefante rosa en nuestra habitación, pero supuse que por el momento, era mejor disfrutar del placer culposo de jugar a que nada pasó y dejar las explicaciones para después. Además, yo tampoco estaba seguro de cuanto ella sabía que yo sabía… En fin.

Lo triste sí, fue que mi amada se cerró a hacer cualquier cosa que involucrara al Walter. A cada propuesta que le tenía para ofrecer le mostraba motivado interés y deseo… pero bastaba con mencionarle, e incluso insinuar siquiera que podríamos considerarlo a aquel, como para que se retractara de inmediato y me inventara mil escusas. Pero… ¿La podía culpar?

Por parte de Walter se mostraba dispuesto a retomar la convivencia, a pesar de que también cambiaba a un tono más serio cuando le nombraba a mi Karencita, comenzando a mostrarse algo más retraído. Pero al menos seguía contando con él para lo que fuese.

Buscaba y buscaba desesperado la mejor forma de que aquellos se dos atrevieran a juntarse una vez más… tanto por mis asquerosas intenciones, como por la necesidad de que recuperásemos la confianza y la gran amistad que tan necesaria y mágica se había vuelto para los tres.

Ya entrando en la mayor de las decepciones, comenzaba incluso a arrepentirme de haberme salido con la mía; estúpido y cobarde, lo sé. Pero realmente me afectó el haber perdido los fines de semana descarriados e íntimos entre los tres. No pude evitar poner todo el tema sobre la balanza… ¿Valió la pena realmente?

Una mañana noté a mi amada sospechosamente abstraída en su móvil, pero no simplemente atrapada en algo interesante… más bien como con preocupación y miedo. —¿Todo bien? —le pregunté honestamente preocupado. Me aseguró que no había sido nada malo ni de importancia, pero no pude sacarlo de mi cabeza. Tenía acceso al móvil de mi Karencita, al igual que ella al mío. Pero nunca jamás, en todos los años en que llevábamos juntos, me vi en la necesidad de mirarlo sin su consentimiento.

Intenté pasar el asunto por alto… pero una tarde volvió a actuar de la misma manera. Recibió un mensaje, miró la pantalla, como que se asustó, se puso muy nerviosa y volvió a dejar el móvil en la mesa y para cuando le pregunté al respeto… solo me respondió con desviaciones y con repetidos “nada” nerviosos y difíciles de tragar. —¿Qué diablos ocurre? —me preguntaba hasta el hastío.

Dominado por viejas y olvidadas inseguridades estúpidas, tomé la determinación de que debía hacer algo. Abandonando por completo mi sentido común y dignidad, tomé su móvil en una larga ida de mi amada al baño. No encontré nada fuera de lo normal, así que solo lo regresé a su lugar. No quise seguir alimentando el delirio de que estuviese haciendo algo a mis espaldas.

Para hacer un seguimiento más extenso y discreto, sincronicé su aplicación de mensajería con mi computadora portátil. Ahí obtuve completo acceso a sus mensajes futuros, convirtiéndose mi escritorio en casa en una especie de refugio para mi obsesión y asquerosa inseguridad. Día a día llegaba desesperado a mirar si había recibido algún mensaje sospechoso o indebido que explicara aquellos comportamientos… pero nada.

Intentaba con todas mis fuerzas no pensar estupideces, rebuscando y sobreanalizándo una explicación que diera sentido a su comportamiento, mientras que me repetía incesantemente que mi Karencita jamás sería capaz de cometer alguna estupidez… al menos no una que escapase de mis manos. —¡Pero espérate imbécil!… ¡¡si tú mismo la hiciste caer en en una!! —.

—¿Qué irónico no…? ¡Hijo de perra! —me encaraba a mí mismo en mi cabeza, molesto por mi descaro e inseguridad después de haber sido yo mismo el autor de tan asquerosa maraña.

No podía lidiar con la posibilidad de que mi esposa buscase su propio placer a espaldas mías. Como todo un idiota inmaduro, creí que podría hacerla perder sus estribos emocionales y morales, junto a toda razón que la mantuviera cuerda y leal a sus principios y que se emputeciera manteniéndose bajo mi control en todo momento… subestimando nuestros primitivos instintos y emociones, pretendiendo relegarla ilusamente solo a una especie de juguete para mis distorsionados y mórbidos placeres. Pero me daba cuenta de lo estúpido y egoísta que fui… las cosas jamás funcionaron así… jamás se pueden controlar a ese nivel… la naturaleza terminaba siempre haciendo su trabajo.

Estaba en mi obsesiva vigilia, cuando de repente un mensaje desde un número desconocido le llegó. Lo abrí sin parpadear, sin siquiera brindarle un ínfimo instante a las consecuencias. Pero antes de que pudiera leerlo… desapareció en un parpadeo. —¡¿Qué diablos?! —grité desesperado al mismo tiempo que golpeaba mi escritorio. Al parecer mi Karen había sido más rápida y lo eliminó apenas le llegó.

Cuando mi adorada compañera de vida fue hasta la oscura habitación en la que me encontraba delirando, me preguntó qué había sido eso, ya que en nuestro hogar no eran nada comunes esos arrebatos de ira. Solo disimulé lo mejor posible y le inventé una estupidez sin sentido.

Había algo que me resultaba… familiar de aquel número. Más que en el número, la imagen del contacto. Definitivamente lo había visto antes, pero desgraciadamente desapareció la conversación antes de poder analizarla en mayor profundidad. Dí el asunto por terminado y partí a enfrentar a mi esposa, era evidente que algo pasaba… algo que ella no quería que yo supiera, pero ya había sido demasiado de esa mierda.

Mi inminente salida fue detenida por otro mensaje más, se trataba de Walter…— ¡¡¡Todo este maldito tiempo se trató de él!!! —grité en mi cabeza, con un desconocido y horrible sentimiento de celos mezclados con un nuevo placer gestante… uno completamente nuevo, desconocido e indomable. Los que subían inclementes por mi estómago y asfixiaban mi cuello. Este loco estaba tratando de conversar con ella, pero mi esposa cerraba toda puerta a sus acercamientos, dejándolo claro al volver a eliminar también ese último mensaje sin brindarle respuesta alguna. No supe como sentirme al respecto.

Todo mi control y aplomo se convirtieron en lo que realmente siempre fueron: efímera seguridad ignorante, efervescida por mis delirios asquerosos por ver la inocente carne de mi amada a merced de una bestia hambrienta. Pretendí conseguir que el amor de mi vida se encamara con otro, sin que hubiera consecuencia alguna, como si las relaciones y cruces entres seres humanos fueran fácilmente manipulables a mi antojo. Como si tal nivel de acercamiento y conexión íntimo-carnal pudiera ser llevado a cabo sin despertar nada por el lado emocional y afectivo de ellos. Que estúpido que fui.

Por más que creí poder jugar a controlarlo todo, por más que pretendí que existiera un morboso crimen de adulterio sin consecuencia ni victima alguna… comenzaba a darme cuenta que jamás tuve el control de nada. Y ahora… ahora, las consecuencias de mis actos comenzaban a aparecer.

Los días siguientes fueron de interminables delirios, miles de preguntas acosaron mi cabeza —¿Nunca volverá a hablar con él? ¿Cuáles serán las intenciones de Walter… retomar la amistad o algo más? ¿Si tanto lo odia o no quiere hablar con él… Porque simplemente no lo bloquea? ¿Que sentirá mi Karen cuando le llegan esos mensajes? ¿Serían capaces de tener algo a mis espaldas? —no… no sabía que esperar, ya ni si quiera sabía lo que yo quería o pretendía de todo aquello. Era un atado de nervios, inseguridades, celos y un culposo placer tan incontrolable como asqueroso. Al borde de saltar por la ventana me dejaban estos dos.

Ya bastante superado de la angustia e incertidumbre, solo quería dar por superado el asunto. Ya íbamos para los tres meses desde la súper aventura en la playa, tres meses de aquel encuentro suscitado en la pequeña y calurosa carpa, tres meses que se habían vuelto puro delirio agonizante y desquiciante. Ya comenzaba a intentar dejar todo el asunto en el olvido. —¡Al diablo con todo! —finiquitaba todos mis delirios obsesivos, pero no pasaba mucho para volver a caer y revolcarme en esa brea. Hasta que me sumergí por completo en toda mi locura, cuando recibí la última sorpresa que me abofeteó con todo… a mi amada se le había ocurrido escribirle de vuelta a aquel maldito afortunado.

«¿Walt?» escribió desde el sofá en nuestra sala de estar. A la que pude notar nerviosa, mirándola ansioso y cobarde por el pequeño espacio que dejaba la puerta semiabierta de la habitación en la que tenía mi escritorio.

«¿Qué tal Karencita?» respondió aquel casi al instante… como si hubiese estado todo el tiempo esperando por ella y su respuesta.

«… ¿Bien y tú?»

«Bien, bien. Extrañándolos… muchísimo.»

«… Sí, yo también, como que comienzan a hacerme falta las juntas. Iván está bien serio y distraído… supongo que él más que nadie las extraña.»

«Sí… me lo imagino»

Incómodo rato sin mensaje alguno.

«Estaba pensando… no lo sé… quizás hacer algo un día de estos, por él más que nada.»

«Sí… claro… siempre han contado conmigo, solo no quería presionar después de… tú sabes.»

Otra ventana agonizante sin respuesta alguna.

«Eso… jamás pasó Walt ¿Ok?»

«¿A qué te refieres?»

«… Jamás tuvo que haber pasado… nunca se volverá a ocurrir… ¡Jamás pasó! ¿Ok? Nadie tiene que saberlo además de tú y yo.»

«Si tú quieres olvidar y jugar a que nada pasó… cosa tuya. Yo lo atesoro con todo mi ser»

«¡¿Qué?!… ¡¡¿¿Acaso estás loco??!!»

«No… solo soy honesto, demasiado honesto para ti al parecer»

«¡Walter!… ¡Basta!… ¡Hay que olvidarse de todo y punto… fue un terrible error!»

«No puedo dejar de recordarlo… no me arrepiento… y daría la vida por que se repita»

«¡¿Sabes qué?!… ¡¡¿¿Sabes qué??!!… ¡¡¡Vete a la mierda!!!»

Vi a mi amada lanzar su móvil al sofá furiosa y colapsada, refregando su rostro con ambas manos en frustración. Jamás, nunca, la había visto tan superada y molesta.

Solo pude cerrar la puerta, apagar la luz y reclinar mi silla hasta el límite, abstrayéndome completamente en el oscuro techo. Me sentí… vacío, colapsado por todo el asunto y los confusos sentimientos que traía a mi pecho. Un asqueroso sabor a celos amargó intensamente mi boca y una extraña presión provocaba dolor en mis piezas molares y ahogaba mi pecho. Hacía semicírculos en el limitado espacio de la pequeña habitación, girándome en la silla empujando el suelo con mis pies.

Para el siguiente sábado, mi Karen se atrevió a volver a hablarle una vez más. Esta vez, mientras volvía a casa después de su trabajo.

«¿Walt?…»

«¿Ajam?… ¿Quién por ahí?»

«¿Qué dices?… sabes que soy yo, no es el momento para bromitas tontas»

«¿No que teníamos que olvidarnos de todo?»

«No seas infantil Walter, por favor… sabes a que me refería»

«Tú haz lo quieras… yo NO haré como que nada pasó y punto»

«¿Al menos podríamos hacerlo frente a Iván… tu mejor amigo?… ¿A él sí lo recuerdas… verdad?»

«Por supuesto… jamás lo lastimaría.»

«¡Exacto!… yo tampoco lastimaría a mi hombre. Por eso tenemos que dejar todo en el olvido…»

«No… no creo poder hacerlo.»

«¡Pero Walt! ¡¿Por qué carajos no?!»

«Simplemente no puedo…»

«… Entiendo… ¿Al menos podríamos intentar a retomar la amistad… por los tres?»

«Supongo que… podría intentarlo.»

«Bien… así me gusta. Maduro y estable»

«Se intenta…»

«Sigue intentándolo… bueno te dejo. Estoy por llegar a casa.»

«Cuidate… besos.»

«… adiós Walt.»

Unos días después…las cosas poco a poco tomaban un aire más amistoso y de confianza.

«Ja,ja,ja… hoy te vi.»

«¡¿Qué?!… cállate mentiroso.»

«Te lo juro, ibas con uniforme clínico, entraste en las oficinas de la empresa de en junto a la que trabajo yo.»

«Jajaja… maldito, no te rías. Estoy trabajando algunas horas ahí, tomando exámenes ocupacionales a los postulantes.»

«Mira tú… qué afortunados ellos ¿Muchos loquitos?»

«¿Así… por qué tan afortunados según tú?… No, no veo nada muy complejo, solo me aseguro que cumplan con el perfil requerido (el único loco que conozco en realidad eres tú).»

«Afortunados por poder contar con una gran profesional como tú, claro está. (¡Oye… yo no estoy loco!)»

«jajaja, un poco admítelo.»

«Loco… por ti.»

«Walt… no empieces.»

«Ok, ok. Lo siento… “olvídalo”. Algún día podrías pasarme a saludar, yo trabajo al lado»

«Lo sé, recordaba que nos habías contado donde entrarías a trabajar. Entraba nerviosa en la oficina, preocupada porque me vieras.»

«¡Ja!… ¿Y por qué te ponías tan nerviosa?»

«No lo sé… solo me ponía muy nerviosa.»

«Ja, ja, ja… y el loco soy yo.»

«Maldito.»

Algunos días después, a medio día aproximadamente.

«¡Karen!… ¿A qué hora tienes colación?»

«Esteee… de una a dos ¿Por?»

«Para que almorcemos juntos pues niña ¿Para qué más va a ser?»

«¡¿Qué?!… ¿Estás loco?… no, que vergüenza.»

«¿Vergüenza por qué niña? Solo es comer.»

«Sí pero… no, gracias.»

«¡Vamos!… no te voy a morder.»

«Lo voy pensar…»

«¡Qué mala que eres!… me tendrás ilusionado y expectante.»

«Ahí te confirmo loquillo.»

Esa misma tarde…

«Fue agradable comer contigo.»

«Ajam.»

«¿Por qué tan poco expresiva?»

«Por nada.»

«¿Estás bien?»

«Sí, sí… bueno… no lo sé. Siento como que no debíamos.»

«Niña… solo comimos… nada más. No es un crimen comer con un amigo.»

«Sí… supongo.»

«¿Te puedo pedir un último favor?»

«¡Qué miedo!… pero supongo que sí.»

«¿Me regalarías una foto?»

«¿No sabes ponerte límites verdad hombre?»

«Cuando se trata de ti, definitivamente que no.»

«Walter… por favor»

«Solo una foto… una inocente foto, nada más.»

«Ahí tienes.»

«¡Cielos!»

«¡¿Qué?!»

«Nada… nada.»

«Ja, ja, ja ¿Qué pasa idiota?»

«Nada… es solo que… te ves hermosa»

«Adiós Walter»

«Nos vemos niña hermosa»

Algunos días después…

«Maldita sopa… ¡me cayó súper mal para el estómago!.»

«Te dije que no te la comieras, porfiado.»

«¡Se veía rica pues!… ¿Qué mas podía hacer?»

«Ja, ja, ja… claro. ¿Qué otra opción tenias frente a esa vieja sopa que la misma mujer te dijo que estaba añeja?»

«Ya mamá… en lugar de regañarme y burlarte de mí dolor deberías venir a cuidarme. ¿Trabajas en un centro médico, no?»

«Soy psicóloga tarado.»

«Bueno… ¡Hazme el maldito test de rorschach mientras me haces nanai en la panchita!»

«Ja, ja, ja… maldito, hiciste que escupiera mi café.»

«Te veías muy hermosa hoy… tu uniforme clínico… ¡uff!.»

«Bueno… tu no te veías nada mal en ropa de oficina tampoco.»

«No podía dejar de mirarte niña… en especial tu retaguardia.»

«Walter… no comiences por favor.»

«Lo siento, lo siento… tenía que sacarlo de mi sistema. ¿No se supone que debemos evitar guardarnos las cosas… mi súper psicóloga?»

«Sí cuando puedes herir u ofender a alguien inocente, niño. ¿Y desde cuándo que te atiendes conmigo?»

«Ja, ja, ja… desde hoy al parecer. ¿Y te molestan u ofenden mis halagos entonces?»

«No… no sé como sentirme al respecto todavía.»

«Mmm… ya veo. En todo caso quédate tranquila, que yo no podría ser paciente tuyo.»

«¿Y eso por qué?»

«Me distraería todo el tiempo con tu belleza y tu… “retaguardia” sin igual. Solo entraría a babear.»

«Ok niño… hablamos después.»

Expectantes días sumiéndose poco a poco en íntimas conversaciones.

«Te puedo preguntar algo sin que te molestes… aunque creo que será imposible.»

«¡Qué miedo me das!… ¿Qué sería?»

«Alguna vez… ¿Piensas o recuerdas lo ocurrido en la carpa?»

Días sin respuesta alguna por parte de mi Karen.

«¿En serio no me volverás a hablar solo por una simple pregunta niña?»

«¿Tú qué crees?»

«No lo hice con malas intenciones, de verdad.»

«¿Y cuales fueron las súper intenciones que te llevaron a preguntarme semejante sandez?»

«No lo sé… curiosidad en su mayoría. Pero… es solo que, yo no puedo sacarlo de mi mente… me desespera no poder hacerlo. Y me preguntaba si a ti te pasa algo parecido.»

«No Walter… jamás pienso en eso… ya lo olvidé por completo… jamás pasó para mí.»

«¿Qué puedo hacer para superarlo?»

«¡Dios mío Walt!… ¿Por qué me pones en estos aprietos?… ¡Tengo mis malditos propios problemas con los que lidiar!»

«Solo te pido ayuda… como amigo, nada más.»

«Mira Walter… eres un joven hombre, apuesto, viril, divertido. Báñate, perfúmate, vístete bonito, sal por ahí, conoce alguna chica y distráete con ella. Te aseguro que te olvidarás de todo lo otro al instante… y también de mí.»

«Sí, supongo que sería lo mejor… después de todo no ha pasado mucho por aquí después de aquel suceso innombrable, de seguro eso me tiene tan inestable e incontrolable. Seguiré tu consejo.»

«¡Sí… por favor!»… «¡Espera!… ¿Realmente esperas que crea, que no ha vuelto a pasar nada con ninguna otra después de… aquello?»

«¡¿Qué?!… ¿No me crees?»

«¿En serio esperas que me lo trague?»

«Justamente niña ¿Qué es tan difícil de creer?»

«No lo sé… no me puedo imaginar que alguien con un pasado tan… alegre en su haber, lleve tanto tiempo sin nada de… “compañía”.»

«Bueno… por mucho que te cueste creerlo niña… es verdad. No tengo necesidad de mentirte… ni a ti ni a nadie. Si me hubiera ido de putas… lo diría. Si me hubiera cogido a medio mundo… lo diría. No tengo pelos en la lengua niña, ni filtros.»

«Está bien, está bien… te creo Walt. Disculpame por ofenderte.»

«Que no se vuelva a repetir… soy un tipo sensible.»

«Ya no te pases tampoco.»

«Ja, ja, ja. Bueno, pero creo que sí tienes razón en algo.»

«¿En qué?»

«Creo que ya es momento de que dé vuelta la página e intente continuar con mi vida. Necesito algo de compañía femenina.»

Interminables y agonizantes días sin mensaje alguno.

«Otra vez me haces la ley del hielo ¿Qué hice o dije ahora? ¡Vamos! Extraño almorzar contigo, mis colegas ya comienzan a preguntar qué le pasó a la linda señorita que me acompañaba.»

«Ja, ¿Ley del hielo?… no sé de qué me hablas.»

«Karen… ¡Karen!. Por favor.»

«No me molesta nada, solo no tenía mucho qué decir.»

«Ajam…»

Algunas horas después…

«¿Cómo te fue con lo de buscar algo de compañía femenina?»

«¿Por qué?… ¿Te preocupa mi vida sexual?»

«No… ¡Claro que no!… no es asunto mío, solo quería iniciar una conversación.»

«Ajam… ¿Y no se te ocurrió nada mejor que preguntarme si me encamé con alguna otra?»

«¡No fue eso lo que te pregunté!»

«Bueno, con otras palabras… ¡Pero es lo mismo mujer!… no nos engañemos.»

«Solo me preocupa… como amiga.»

«Mhm… bueno amiga, te cuento que no ha pasado nada. Ni siquiera me atrevo a intentarlo.»

«¿Y eso por qué?»

«No te lo puedo decir… al menos no sin que te enojes y dejes de hablarme por un buen tiempo, conociéndote.»

«Te otorgo un minuto de confianza e inmunidad…»

«¡Realmente que quieres saber niña curiosa!… ja, ja, ja.»

«Ya adiós Walter»

«¡Ok… ok!. Lo siento… Es solo que, después de ti… como que algo cambió. No sé que sea, no sé qué es lo que pretendo… siendo tú quien eres para mí y para mi hermano. Pero simplemente no puedo imaginarme ni acercándome a ninguna otra. Y si me permites ser todavía más estúpidamente honesto… todavía tengo la esperanza de que se repita lo de aquel día en la playa… pero ahora sí como corresponde, no a lo tonto y a lo loco en una pequeña carpa y sobre un penoso colchón inflable»

«¿Realmente no ha pasado nada con nadie?»

«Absolutamente nada… estoy desesperado.»

«Yo… te mentí el otro día Walter…»

«¡¿Qué?!… ¿Con qué?… ¿Cómo te atreves?»

«Sí... pienso mucho en lo ocurrido ese día… demasiado.»

«¡Cielos niña!… ¿Me hablas en serio?»

Nuevamente una larga temporada sin mensaje alguno.

«¿Cambiaste de perfume?»

«Sí pequeña, se me acabó el que normalmente uso. ¿No te gusta?»

«No está mal, pero te asienta mejor el otro.»

«Hoy mismo vuelo a comprarlo, lo que sea por su deleite “olfático”.»

«Ja, ja, ja. Loco, solo decía.»

«Te veías tan hermosa hoy… si me permites el atrevimiento de decírtelo.»

«Te lo permito… pero no te malacostumbres.»

«Jamás. Por cierto… te asienta mucho la ropa clínica blanca.»

«Nooo… detesto ese uniforme. Ni debería usarlo, no son ni los colores correctos para el area de salud mental en el centro médico. Pero se me olvidó lavar mi ropa de trabajo y como solo iba a las oficinas de la empresa, no me quedó de otra que ponérmelo.»

«Bueno, deberías usarlo más seguido… se te ve increíble, en particular por un pequeño gran detalle.»

«Creo saber cual, conociendo tus ojos perversos… me imagino a qué te refieres.»

«Sí… eso mismo. Me encanta como se te marcan los calzoncitos.»

«¡Maldita sea… lo sabía!. Realmente solo lo usé porque no me quedó de otra. Es por eso mismo que detesto usarlo.»

«Pero porque tanto castigo… tienes una increíble figura niña, nada de qué avergonzarse ni nada porque sufrir.»

«Lo siento… pero simplemente no, no soy así.»

«Lo entiendo, lo entiendo… a la vez es eso lo que te convierte en un mujer tan especial e… irresistible.»

«Walter… por favor.»

«Lo siento… lo siento. Momento de debilidad mental.»

«Tranquilo… al final… tú eres uno de los pocos que me conoce... "completa".»

«Bueno, para hacerte honesto, estaba bastante oscuro esa noche… así que completa completa, no sé si podría decirlo.»

«Pero alcanzaste a verme en ese ridículo y minúsculo traje de baño… ¡¿Qué mas quieres?!»

«Je, je, je… todavía falta mucho por ver.»

«No comencemos Walter… tendré que rechazarte, tú terminarás horriblemente frustrado una vez más y nos terminaremos distanciando durante algunos días… y no quiero que eso vuelva a ocurrir... nunca más.»

«Yo tampoco, pero no lo puedo controlar… lo siento. ¿Si pudiéramos viajar al pasado… Lo repetirías?»

«¡Qué clase de preguntas me haces por dios!»

«Solo esta y te dejo tranquila… te lo juro.»

«No lo sé Walter… no lo sé.»

«Sí o no.»

«Adiós Walter»

Algunas horas después, ya de madrugada.

«Sí… lo repetiría… absolutamente todo… y más.»

«¡Cielos Karencita… me dejas sin aliento!.»

Yo… no… no sabía como sentirme con este nuevo panorama, del cual yo no era parte para nada. —¿Iban en serio? —repetía fatídica pregunta en mi cabeza. Moría de la intriga, de la inseguridad, culpándome a diario con que todo había sido mi maldita culpa por juntarlos en primera instancia. Al mismo tiempo, cierto estímulo nunca antes sentido ardía en mi estómago y se apoderaba de mi entrepierna, comparable únicamente a mis primeras exploraciones sexuales durante mi inocente infancia. Tan intensas, tan salvajes e incontenibles, que me provocaban intensas cosquillas en mi vientre y genitales, también hacían mi vista nublarse y me mareaba al punto de casi tirarme al suelo en desmayo.

Cada tarde, cuando mi amada llegaba a casa, me tomaba varios minutos completos para mirarla fijamente. Tomaba sus mejillas con ternura y completamente silente admiraba su hermoso rostro hasta que se pusiera muy incómoda por mi penetrante y obsesiva admiración.

—¿Me amas? —preguntaba casi casi desconectado de la realidad.

—Sí mi amor… con todo —me respondía con tierna incertidumbre.

—¿Sabes que puedes contarme lo que sea verdad?

Sus ojos y expresión se preocuparon levemente.

—Claro mi amor… cla… claro que lo sé.

La besé con la mayor pasión de toda nuestra historia juntos, nuestros pechos acelerados se quedaron sin aliento cuando nos separamos después de unos interminables minutos. Esa noche hicimos el amor, fue indescriptiblemente apasionado… derramando y escurriendo amor, lascivia y pasión en cada pirueta, roce y estocada.

—¿Me amas? —insistí.

Detuvo sus caricias en mi pecho desnudo y me miró directo a los ojos.

—¿Qué te pasa mi amor? Has estado… extraño todo este último tiempo.

—¿Me amas? —necesitaba escucharlo una vez más antes de caer en la completa locura.

Me miró fijamente frunciendo levemente el ceño y estirando su labio inferior en tierno puchero. Se veía hermosa completamente desnuda, cubriéndose nada más que con nuestra sábana. Su largo y castaño cabello levemente enmarañado la hacían parecer una sirena asomándose en el más tranquilo mar. Con la blanquecina luz que se colaba por la ventana haciéndole de contraste.

—Me estás asustando.

—Necesito saberlo… es todo.

—Claro que te amo tontito… no me preocupes así.

Volvió a tomar su lugar en mi pecho, apoyándome su cabecita.

—¿Me dejarías?

—Jamás mi vida… ya deja de asustarme por favor —besaba cada uno de mis dedos mientras me respondía aquello.

—… Si es que alguna vez tienes oportunidad y deseos de estar con otro… ¿Sabes que no me molestaría verdad?… mientras recuerdes que tu corazón es única y completamente mío… lo demás sería solo placer.

Silencio sepulcral y extenso se apoderó de la noche. Los dulces besos a mis dedos se detuvieron y todo el amor que desbordábamos se convirtió en fría incomodidad.

—¿De qué me estas hablando Iván? —la seriedad e intensidad se apoderaron de su rostro y de su tono de voz. Volvió a levantarse para mirarme fijamente a los ojos.

—Solo necesitaba que lo tuvieras claro

Por supuesto que no me respondió nada, solo se cristalizaron sus ojos y se dio media vuelta sobre su lado del colchón, dándome la espalda. Aquella mágica noche terminó funesta.

Desde ese día que no volvió a responderle a Walter, de hecho, lo había bloqueado esa misma noche. No supe si mi amada se enteró de que estaba al tanto de sus conversaciones, si habían despertado sus recuerdos y la posibilidad latente de que yo haya atestiguado su indebido encuentro con aquel en la carpa o si solo se trataba de una medida desesperada para lidiar la inminente caída a sus brazos ajenos otra vez. Sea como fuese, toda aquella historia había llegado a su final para ella.

Los días, con fría y distante dificultad fueron retomando cierta normalidad. Su frio comportamiento y distanciamiento quedaban atrás, mientras que los besos y caricias retomaban discretamente su lugar. Al menos hasta que cayera preso de mis inseguridades y desconfianza una vez más.

Casi un mese más pasó, un mes completo en que finalmente la normalidad había retornado a nuestras vidas… pero que honestamente se sentía como una normalidad frágil y resquebrajada. Intenté… realmente que intenté dejar atrás y superar toda mi locura, pero era imposible. A diario era acosado por nuevas fantasías que tenían a mi esposa y a mi hermano como actores principales, mientras que hacían todo a mis espaldas y sin que me enterase de nada. Hasta que no pude soportarlo más.

Caí una vez más… caí y caí por un agujero sin fondo ni retorno. Enloquecido completamente entre celos y lascivia. Llevándome a cometer otro asqueroso crimen contra mi propio y adorado matrimonio.

—La próxima semana estaré fuera de la ciudad unos cuantos días… en el trabajo me envían a hacer unas capacitaciones de un equipo nuevo —vil mentira que respondía a mis últimos y más maquiavélicos planes, capaces de enviarme al mismo infierno.

Su atención se mantuvo en los platos que lavaba con esmero. —Te extrañaré… no me gusta quedarme solita. Hace mucho que no te envían a ti… creí que esos viajes habían terminado —

—Sí, bueno… así es la cosa. Desgraciadamente no podía decir que no. Pero no te preocupes, que hablaré con Walter para que venga a darse una vuelta de ves en cuando, para ayudarte con lo que necesites —solté antes de dar un profundo sorbo a la copa de vino, expectante a si caía o no en la trampa.

Dejó de golpe los platos que lavaba, casi rompiéndolos. —Estee… sí. Suena genial… pero… tranquilo, realmente que no será necesario, mejor no molestemos a tu amigo —pude sentir a la distancia su descomunal incomodidad.

¡¡¡¿¿¿Qué mierda estaba pretendiendo???!!! Honestamente... ni yo mismo estaba seguro. No podía dejar de jugar con fuego, no podía dejar de presionar la delicada situación en la que había sumido a mi propia esposa. Aún a sabiendas de que me arriesgaba a perder o lastimar a la mujer que era todo en mi vida, continuaba pretendiendo jugar con ella… como si de un objeto insignificante y sin importancia se tratase mi adorada Karencita, creada solo para el placer de mis asquerosas fantasías.

La tarde de ese mismo domingo mi mano temblaba a teléfono en mano. Ya había escrito las palabras, solo faltaba presionar “enviar”. Pero no me atrevía. Vacilaba y vacilaba dando vueltas en el pequeño cuarto cual león enjaulado. Aborté… —¡Al diablo con toda esta mierda! —grité mientras borraba la indebida petición para Walter de velar por mi amada mientras yo supuestamente no estuviera en la ciudad por trabajo. Abandoné mi móvil y salí de ahí antes de que fuera demasiado tarde.

Pero lentamente, poco a poquito… los delirios indebidos llegaban a mi cabeza una vez más. Eran potenciados por la real vivencia que ocurrió en la playa, haciéndome jadear y babear de solo delirar con un segundo encuentro. —Es imposible maldito idiota… ¡es completamente imposible!… Piensa en todo lo que arriesgas —exclamé en desquiciado soliloquio. Pero no pude más.

«Viejo… esta semana estaré fuera de casa por trabajo, me preguntaba si podías echarle un ojo a la Karen de vez en cuando y estar atento por si necesita ayuda con algo»

«Ahí estaré cuando sea, para lo que sea que necesite…»

Mi teléfono voló con violencia a la pared, estrellándose con ella sin miramiento alguno.

Partí en mi imaginario viaje, en realidad, solo había pagado por la habitación de un marginal motel en una alejada y perdida carretera. Todo lo demás fue pura paupérrima y patética actuación. Un abrazo y un beso apasionado a mi amada y partí en mi falso viaje.

Sobreoxigenaba y sudaba todo el tiempo, nervioso, como si estuviera cometiendo el peor crimen que un hombre y esposo pudiese cometer. Nuestro apartamento lo había llenado con pequeña cámaras: sala de estar, cuartos… ni el baño se salvó de mis electrónicos ojos enturbiados.

Llegué con la máxima discreción al perdido motel. Convertí aquella pequeña habitación en una especie de cuartel de operaciones para mis perdidas intenciones. Mi computadora en el pequeño mueble que funcionaba también como escritorio, abultados audífonos que me permitían oír todo con lujo de detalle y mi alma revolcándose en la fechoría mas asquerosa que jamás pude haber cometido.

No comía, no bebía nada, no salía de ahí. Solo aprovechaba los minutos que demoraba la encargada en hacer aseo y cambiar la ropa de cama como para estirar las piernas.

Los primeros días fueron bastante tranquilos. Solo admiré a mi amada, completamente embelesado hacer su día a día con santa normalidad. La veía comer, asearse, limpiar, descansar. Pero lo que más me encantaba, era verla dormir como un inocente angelito en nuestro lecho.

A cada instante miraba sus conversaciones, pero todavía no se atrevía a desbloquear a su amable cuidador para hablarle de absolutamente nada. Al parecer realmente se había tomado en serio su distanciamiento de él y prefería no molestarlo ni considerarlo para nada… ni siquiera en un caso de emergencia.

Lunes, martes, miércoles… fueron exactamente igual de pasivos y tranquilos. Hablábamos hasta tarde, deseándonos todo el bien del mundo y declarándonos perdidamente enamorados.

Cierto tono de incertidumbre incómoda comenzaba a notarse en su rostro. Tomaba su teléfono, rebuscaba algo, se perdía su mirada como estar sobrepensando algo complejo, lo volvía a dejar a un lado y comenzaba a mordisquear sus uñas o a menear sus pies inquietos. Algo rompía la calma de mi mujer… la pregunta era, Qué.

Hasta que el miércoles… ese maldito y condenado miércoles, de manera completamente inesperada, me despertó con una pregunta incómoda e inquieta… la que a pesar de estar ahogada por soltármela, le costó demasiado liberarla de sus labios.

Mi teléfono sonó en el pequeño velador.

—Amor… ¿Estás?

—Sí, sí… dime. ¡Buenos días!… ¿Todo bien? —dije intentando disimular mi voz de recién despertado.

—Sí… todo bien en su mayoría —la notaba vacilante.

—¿Cómo que en su mayoría?… ¿Pasó algo?

—No sé, como que no me he sentido muy bien qué digamos

—¿Por qué?… ¿Estás enfermita?

—No lo sé, me siento extraña en casa sola. Hace mucho que no partías por tantos días y como que mi cabeza no se lo está tomando muy bien.

—¿Pero qué es lo que te pasa?… ¿Qué es lo que sientes?

—No estoy segura… me siento como nerviosa. Me ha costado mucho dormirme estas últimas noches y me siento como asustada todo el tiempo.

—Mmm… de seguro estas ansiosa. Tú sabes mucho más que yo de eso.

—Mhm… sí, puede ser un cuadro de ansiedad.

—¿Cómo puedo ayudarte con eso desde acá?

—Mmm… no lo sé amor.

—Tal vez puedas hacer algún ejercicio para distraerte y relajarte… tú conoces muchos de esos.

—Mmm… puede ser —. Pude saborear la decepción en su hablar.

—¿Y si vas donde tu madre… y llamas a tus hermanas para que hagan algo en familia?.

—No sé, no sé… como que no tengo muchas ganas de salir.

Mas que una llamada en búsqueda de ayuda para lidiar con su ansiedad, se sentía más como una especie de súplica por confirmación… un “sí” necesitaba de mí, pero todavía no lo descubría. Hasta que en un momento de revelación, supuse de qué se trataba, supuse a quién indirectamente estaba deseando invocar… pero a mi boca también le costaba mencionar a aquel individuo.

—Esteee… mmm… —despejé mi garganta con dificultad. —¿Y si Walter te va a hacer un poco de compañía? —silencio absoluto cuando lo nombré.

—Estee… mira… no lo sé… podría ser… ¿Pero no se te haría raro? —disimulaba el hecho de que le dí justo en el clavo de lo que ella quería escuchar.

—¿Raro?… ¿Por qué?

—No… no lo sé… digo… contigo lejos.

—Amor, lo voy a llamar… me preocupa más que estés sola y angustiada.

—Está bien… no te preocupes, yo puedo hablar con él. Gracias por permitirlo.

—Tranquila, si no confiara en ustedes diría que no…

—Gra… gracias amor.

Me cortó disimulando su exaltada emoción… pero su enorme sonrisa y estremecimiento nervioso acusados en la cámara, me lo dejó más que claro. Casi como si se tratase de un persona completamente diferente a la que me llamó, en ese mismo instante desbloqueó su contacto y le escribió.

«¿Walter?»

«¡¿Pasó algo… necesitas que vaya?!»

«Estoy bien… solo quería hablar. Disculparme y explicarte más que nada, tú sabes, por todo este tiempo sin hablar.»

«¿Sin hablar niña?… ¡¿Es en serio?!… el que no hubieras querido hablarme es una cosa… que, aunque no lo hubiese entendido… lo hubiese respetado. ¡Pero tú me bloqueaste!… sin aviso, sin advertencia… sin explicación… sin nada.»

«Lo sé, lo sé. Me siento terrible por haberlo hecho, pero creerme que tenía mis razones.»

«Ya es tarde para explicaciones. ¿Te ocurrió algo? ¿Necesitas ayuda con algo?»

«No, estoy bien, de verdad.»

«Ok, entonces solo háblame si necesitas que te vaya a ayudar o en algún caso de emergencia. Se lo prometí al Iván y es la única razón por la que te estoy respondiendo ahora.»

«Walt… realmente lo siento.»

(Ni un solo mensaje más… hasta que dieron las tres de la madrugada aproximadamente).

«Walt… ¿Estás ahí?»

«¿Pasó algo?… ¿Necesitas ayuda con alguna urgencia?»

«No puedo dormir… necesito explicarte.»

«Walt… por favor»

«De verdad estoy muy triste por todo… y te extraño… extraño hablar contigo Walter.»

(Sin respuesta alguna por parte de él una vez más.)

(Jueves. 9:00 am).

«¿Sigues odiándome?»

«Supongo que sí. Yo sigo extrañándote Walter… espero podamos recobrar la amistad»

(Jueves. 23:33 pm).

«Walter… respóndeme… te lo suplico.»

(Viernes. 3:48 am).

«Walter… ¿Cómo puedo demostrarte lo arrepentida que me siento?»

«¡Realmente que haría lo que fuera por que me permitieras explicarte…!»

«… Duérmete niña… ¡Mira la hora que es!»

«¡¡Walt!!… mi Waltercito. No me dejes por favor… te lo suplico.»

«¿Estás bien?»

«No… la verdad que no… te extraño como jamás he extrañado a nadie y me siento terrible por lo que te hice.»

«Ah… aham… ¿Y que se supone que esperas de mí?»

«Nada… solo que me perdones y vuelvas a ser el de antes.»

«Ash… niña. ¿Por qué eres así conmigo? No tienes idea lo mal que dejaste… no tienes idea lo patas para arriba que se ha vuelto mi vida desde ese condenado día en la playa. Y cuando por fin comencé a superarte… me sales con esto.»

«Lo sé, lo sé… soy una estúpida. Permíteme enmendarlo… dame una oportunidad.»

«Niña… no está bien… dejemos las cosas así y punto, créeme, será lo mejor para todos.»

«No… no puedo… ya no.»

«¿A qué te refieres?»

«Nada… olvídalo. ¿Por qué no vienes y lo conversamos?»

«Esteee… no, no creo que sea buena idea.»

«Claro que sí… por favor. Hablémoslo como amigos.»

«¿Tú y yo a solas en tu apartamento?»

«¡Ajam! ¿Cuál es el problema?»

«Niña… accedí a ir en caso de emergencia… de una real e-mer-gen-cia. ¿Te das cuenta lo turbio que suena el que vaya simplemente porque sí?»

«¿Turbio por qué?… somo adultos… y amigos.»

«¿Qué va a decir el Iván?… me va a matar.»

«Para nada… de hecho ya le pregunté. Me dijo que no tenía problema alguno.»

«¿En serio dijo eso?»

«Walter… relájate. Solo será una amistosa charla amena en son paz.»

«Sigue sin parecerme una buena idea…»

«¿Te espero entonces?»

«Ok, ok… estaré ahí en una hora aproximandamente.»

«Nos vemos»

Apenas dejó su teléfono a un lado, a punta de nerviosos y eufóricos saltos llegó hasta el baño, aseándose emocionadísima. Fue de aquí para allá, preparando un ligero picoteo en la mesa de la sala de estar, puso a enfriar unas cervezas y vistió un top ligero, corto y ajustado… supuse que quería estar cómoda. Mientras que para abajo se puso un leggins… ¡Un maldito leggins! Tipo de prenda que supuestamente detestaba porque no dejaba nada a la imaginación, se le metía en las santas partes de su cuerpo que no acostumbraban quedar tan violadas y porque según ella: su trasero quedaba expuesto como un jamón en carnicería.

A la hora en punto sonó el timbre, podía notar a mi amada aterrada y nerviosa, a la vez que de un salto de felicidad llegó hasta la puerta.