Jugando con fuego (Libro 5, Capítulo 45)
María irradiaba sexo, olor a sexo, y daba la impresión de que ella lo sabía. Mientras el mundo exterior se desmoronaba, ella recuperaba la paz de la superioridad, dejando atrás los celos asfixiantes para abrazar una conexión que nadie más podía entender.
CAPÍTULO 45
Lo que sucedió después me sorprendió y me impresionó. Y es que vi a una María seria, serena y satisfecha, y a un Víctor incómodo, que parecía no sentirse bien, y que desprendía incluso la sensación de que le pediría disculpas a María en cualquier momento.
María, teóricamente ultrajada por la segunda corrida de Víctor, desprendía paz, la paz de la superioridad y la paz de saber, de confirmar, que había un camino… Confirmábamos los dos el qué, el cómo y el con quién, y eso nos daba la tranquilidad que no habíamos tenido en quince meses.
María no se revisaba abochornada y yo no había sentido la necesidad de irme como las primeras veces. Los celos eran terribles, y el dolor de ver cómo María disfrutaba y se corría con otros hombres había sido asfixiante, pero todo lo había vivido y sentido con un trasfondo de saber que se estaba produciendo exactamente no solo lo que queríamos, sino lo que nos salvaba.
Víctor parecía sorprenderse del rencor que él mismo había sacado, y parecía no reconocerse, y por eso se apartaba un poco. Y también se apartaba Edu, pero él lo hacía para darnos espacio, pues a él le interesaba que María y yo estuviéramos bien.
Yo miraba a mi alrededor y veía que no había rastro ya de aquel corrillo de chicos y deduje que nuestro espía habría tenido que irse con ellos, perdiéndose así lo mejor, y siendo relevado, sin saberlo, por el hijo de Víctor. Y no sabía qué trato tenía con su padre, pero pensé que lo más probable quizás sería que nunca dijera nada.
María se ponía las bragas, y después la falda que había usado para limpiarse la cara, y se la cerraba y metía la camisa por dentro de ella, como si no hubiera pasado nada. Me acerqué entonces un poco a ella y, debido a la oscuridad, no se podía observar que toda su ropa había sido mancillada, pero, impactándome, descubrí que sí se podía oler: María irradiaba sexo, olor a sexo, y daba la impresión de que ella lo sabía.
Yo sentía mi calzoncillo empapado y la brisa húmeda del mar en mi rostro, y María cogía sus zapatos, me los daba para que los sostuviera un instante mientras se recolocaba el pelo, y, mientras lo hacía, sí pude ver, por un instante y alumbrada por la luna, cómo su camisa impregnada de semen ondeaba y permitía que sus pechos se transparentasen, y pude casi sentir la humedad viscosa, en su momento caliente, ahora tibia, que ella tenía que estar sintiendo allí, pero nada le afectaba, y se remangaba la camisa y se recomponía un poco los cuellos, y no parecía en absoluto que aquella vejatoria humedad la incomodase, sino todo lo contrario.
Apenas unas palabras y Edu le dijo a María que recordara que había dejado el bolso en la barra del chiringuito de la playa. Y ella le respondió, como casi siempre con él, en un ramalazo belicoso:
—Ya, gracias, tranquilo, no te preocupes.
—Igual te habías despistado —dijo él, sin querer perder.
—No, no, tranquilo, que mis orgasmos no me producen pérdidas de memoria. Al menos por ahora —dijo ella, y él esbozó una mueca que plasmaba que no quería entrar ya en guerra alguna con ella.
E hizo de nuevo por dejarnos solos, buscando con Víctor otro camino de tablas que les llevara al paseo, buscando que ella y yo fuéramos hacia el chiringuito rehaciendo el camino que habíamos hecho previamente.
No hubo más despedida, ni acuerdo, ni compromiso para próximos encuentros, pero yo sabía que María pretendía que aquello se hiciera sino rutinario al menos sí con una periodicidad suficiente. Que fuera creando metas a corto o medio plazo.
Caminábamos por la orilla y noté por primera vez un poco de frío. Sobraban las palabras, y yo sentía una especial conexión con ella, y era aquella conexión la que en su día había creído que podría perder. Y fui consciente, y valoré, la conexión y a ella, y la admiré, admiré su fortaleza, su sexualidad, su capacidad para resistirlo todo y aun así ganar; su capacidad para llevar a Víctor, a Edu y al que fuera, sabiendo cómo hacerlo para hacerles creer que mandaban ellos. También su capacidad para llevarme a mí.
Llegamos al pie de aquella tarima, en la que había menos gente y la música sonaba en un tono algo más tranquilo, y le propuse ser yo el que pidiera su bolso y que ella se quedase algo apartada, pues su apariencia resultaría cuanto menos llamativa, y ella accedió, y yo miré a mi alrededor mientras esperaba por el bolso, y vi que la chica del beso con Edu no estaba, ni sus amigas tampoco. Y sentía cómo si una vez María había terminado y quedado satisfecha, toda la noche, su peso y sus integrantes, hubieran quedado dispersos, leves e irrelevantes.
Camino al aparcamiento pasamos por al lado del restaurante que, cerrado, parecía otro, y yo quería decirle algo a María, pero no sabía qué. La sentía complacida y en paz, pero necesitaba un último matiz. Y el matiz lo acabó poniendo ella, pues llegamos al coche, ella abrió el maletero, se quitó la camisa y se hizo con una sudadera blanca que estaba allí para cuando los días de playa se complicaban. Se vistió con ella, y de golpe todo cambió. Y fui hacia ella y la sentí especialmente tierna, y hasta juvenil… y vi a la María que había conocido, de la que me había enamorado, y sentí que lo estaba más que nunca.
Y un pequeño beso en los labios salió solo. Y un abrazo salió solo. Y me susurró un “te quiero… aunque seas un enfermito…” y yo sonreí, y respondí con un “bueno… para enfermita tú…”, y ella sonrió, y mi pecho se encendió, y me sentí a salvo, y su mirada era tan pura que tuve la absoluta certeza de que todo iría bien.
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