Jugando con fuego (Libro 5, Capítulo 44)
La arena es testigo de una humillación que no duele, sino que enciende. Mientras un hombre la domina con posesión y otro la castiga con rencor, ella grita su placer bajo la mirada fija de quien solo puede mirar.
CAPÍTULO 44
María, con la polla de Edu en la boca, miró hacia arriba, hacia él, y detuvo entonces sus manos, y las bajó, y sus brazos cayeron muertos, y su imagen era morbosa e insólita, pues solo estaban en contacto por ALLÍ… por aquel miembro colosal que seguía ensartado en aquella boca exigida. Y se quedaron quietos… y yo estaba asfixiado y en vilo por la última orden de Edu.
Los ojos de María eran retadores, y yo no sabía cómo pretendía retar ya a nadie… teniendo aquel pollón en su boca… Pero ella creía que desafiaba, que incluso se imponía, consiguiendo de alguna forma que pudiéramos llegar a creerlo los demás.
Y entonces ella retiró finalmente su boca, pero se mantuvo arrodillada, con la camisa apartada, a ambos lados de sus tetas, mostrando unos pechos hinchados y una respiración profunda, con una polla excelsa y empapada apuntándole a la cara, y con una mediocre y seca proponiéndose por un flanco.
Temía su giro. Si girase su rostro hacia aquel lado el miembro de Víctor le sería accesible; aquel miembro de Víctor que ya lucía descabezado y que, pálido, algo curvado y liso, se contraponía con la rugosidad recta, oscura y repleta de venas abultadas de Edu.
Aquel hombre que la alumbraba con una mano y que se agarraba el miembro, por la base, con la otra, se relamía, esperando su turno, y su semblante desprendía que él creía que era posible.
La mirada de María seguía enfocada en Edu, y yo pensaba que sus ojos cambiarían el desafío por la clemencia, pero aquel cambio no se producía, y ella se llevaba una mano a los labios, y bajaba un poco la cara, como si un pelo o algo le molestase en su lengua o en su boca.
Miré a Víctor, y era ansia pura, y dio entonces un pequeño paso adelante: con sus pantalones negros, unos calzoncillos blancos bajados hasta sus muslos y con su camisa oscura; y nervioso, y mirándola a ella. Y entonces María, que parecía sacar un pequeño pelo de su boca, susurró:
—No… No voy a hacer nada con él. Ya te lo he dicho. Y dile que se aparte.
—Qué toca huevos eres… —dijo Edu inmediatamente, y comenzó a descender, pesado, cansado, hasta sentarse sobre la arena y respaldarse contra la pila de hamacas.
María, de rodillas frente a él, le daba espacio y él abría las piernas y las estiraba. Una vez sentado, él se agarró la polla, que apuntaba hacia aquel cielo estrellado. Y yo miré a mi alrededor y volví a ver al chico, de pelo fosco, a unos quince metros, allí, de pie, cerca de la orilla, y, al ver que yo me giraba hacia él, se encendió de forma abrupta un cigarrillo y miró hacia el mar. Y yo no sabía muy bien cuánto le ayudaba el móvil de Víctor en su intento de poder ver qué hacíamos.
Escuché entonces como Víctor farfulló algo desagradable, contra María, por no acceder a la petición de Edu, y María tenía la polla de Edu allí, presta para ser montada… Y pude ver su deseo, y pude sentir que ella sabía que por fin, después de tanto martirio, llegaba su momento, momento por lo que todo valía la pena. Y entonces ella hizo ademán de acercarse a él, y Edu susurró:
—Shhh… No está dura del todo… Trabájala un poquito más…
María, que había evitado su interacción con el hombre que la repugnaba, y sin ganas de discutir, se apartó el pelo de la cara y se lo echó a un lado, dispuesta a cumplir, y siempre fingiendo que Víctor no existía, y siempre sabedora de que yo estaba allí, a su lado, completamente vestido y sin tocarme, excitado, admirándola y en sus manos.
Se inclinó entonces hacia adelante, hacia Edu, y posó sus manos en la arena, y bajó la cabeza… y Edu mantenía su miembro, enorme, anchísimo, descabezado y brillante, apuntando hacia arriba, esperando que el calor de la boca de María volviera a envolverle… Y ella acercó su boca, lamió aquel glande en un círculo que hizo temblar por fin un poco a Edu, y enterró su boca allí. Y Edu alzó un poco la cadera hacia arriba, metiéndosela más… y ella acogía aquel pollón de nuevo… y sus labios se deslizaban babeantes y regando aquel tronco de manera hipnótica… y el sonido líquido nos envolvía, y la luz que partía del teléfono de Víctor la iluminaba… Y yo otra vez miré fugazmente a aquel extraño chico, y comprobé que seguía a aquella distancia, intentando disimular y con lo candente de nuestra situación tapada parcialmente por mí.
María, a cuatro patas, con las palmas de las manos y las rodillas en la arena, subía y bajaba su cabeza en movimientos no demasiado largos, pues su boca no podía vencer más que un tercio de la longitud de la polla de Edu. Y aquel vaivén me mataba, de celos y de morbo, y mi polla quería explotar… pero no me la sacaba, como sí había hecho Víctor que se pajeaba, tembloroso, y aquel temblor afectaba a la iluminación de María, que se ofuscaba hacia abajo, y de la que no se podía ver su cara, sino solo aquella cabeza arriba y abajo.
Y Edu se apartó un poco la camisa, gustándose, y llevaba después sus manos al pelo de María, y se lo apartaba o jugaba un poco con él, mientras ella volvía a gemir en su polla aquellos “¡Mmmm!” “¡Mmmmmm!” dramáticamente morbosos, y después él llevaba una mano a su cabeza, para acompasar aquel sube baja, y me miraba, chulesco, haciéndome partícipe, y después miraba a su amigo, como explicándole cómo se domaba a una mujer como María, pero Víctor solo tenía ojos para aquella cabeza que subía y bajaba.
Edu alargó entonces un poco sus brazos y tiró de la camisa de María hacia sí, de tal manera que el culo de ella, parcialmente oculto por sus bragas negras, y la parte baja de su espalda, quedaron expuestos.
Y entonces Edu, volviendo sus manos a la melena de ella, y solapando con un susurro los “¡Mmmm!” “¡Mmmm!” de María, le dijo, de forma burlescamente tierna:
—Enséñales algo… ¿no?
María detuvo por un instante aquella mamada, pero no retiró su boca de él, y llevó sus dos manos a sus bragas, y comenzó a bajarlas, siempre con su boca ocupada y vertiendo saliva en aquel pollón… y sus bragas descendieron unos centímetros, y Víctor no perdía detalle de aquella exhibición… Y yo volví a mirar a aquel chico, que parecía una estatua, vigilante en la distancia, y después me moví también para ver cómo María exponía su coño, y, como consecuencia de mi cambio de posición, el chico podía ver entonces más que antes, quizás lo suficiente como para confirmar que la belleza del cigarro, a cuatro patas y con las bragas bajadas, se la chupaba a un hombre que, sentado, le acariciaba el pelo y la cara.
Y lo que vino después fue que María volvió a llevar una de sus manos para apoyarse, pero la otra la coló bajo su cuerpo, y la usó para separar los labios de su coño… y se pudo escuchar el preciso instante en el que eso se produjo, pues un sonido líquido revelaba una pringosidad extrema, tanto que Víctor emitió otro “jo-der…” y Edu sonrió y la animó a que desarrollara aquel alarde. Y pronto María reinició aquel movimiento, arriba y abajo de su cabeza, engullendo aquel pollón, acompasado por la mano de Edu, al tiempo que jugaba a exhibirse, al tiempo que jugaba con su coño, mostrando un conocimiento de sí misma y una maestría intimidantes.
Y Victor se masturbaba al ver cómo aquellos labios gruesos se separaban y se podía ver una oquedad rosada que nos mataba a todos… y podía ver también su vello púbico encharcado… y ella terminó por meterse un dedo en su interior… al tiempo que sus “¡Mmmm!” “¡Mmmmmm!” seguían gimiéndose y enterrándose en aquel miembro hinchadísimo… Y aquel dedo se hundía en la blandura de su coño carnoso y empapado, y salió viscoso. Y entonces Edu le ordenó que enseñara también su culo, y ella llevó entonces sus manos a sus nalgas, manteniendo el equilibrio, apoyada con sus rodillas y con su boca en aquella polla, y estiró sus nalgas hacia los lados, mostrándonos un ano cerrado… y después volvió a intentarlo… y se pudo ver cómo se abría un poco, enseñando un agujero mínimo y oscuro… y Edu movía su cadera arriba y abajo, ya follándole la boca mientras ella se estiraba las nalgas y nos ofrecía su ano, y un “date en el culo” fue susurrado, y un “¡Mmmm!” humillantemente excitado fue gritado por María en su polla… y entonces ella se azotó sutilmente en sus propio culo… y Edu le exigió que se volviera a dar… y ella respondió con otro azote, más sonoro… y la tenía allí, entre sus piernas, comiéndole la polla… mientras ella nos mostraba a mí, y a Víctor, su coño, su ano y se azotaba a sí misma, completamente entregada, tanto que sobrecogía.
María, con su nalga enrojecida, quiso coger aire, y yo miré de nuevo al chico, y él parecía pretender acercarse un poco, y yo empecé a temer que pudiera hacer que todo se interrumpiese y se malograse. Cuando Edu, viendo como María se incorporaba y se ponía de nuevo de rodillas frente a él, le dijo con sorna:
—Estás especialmente guapa hoy, María.
Ella no le respondía, y, acalorada, ardiendo, se despegaba el pelo de la nuca, de nuevo con aquel pavoneo que no encajaba con su contexto.
Y Edu, entonces, llevando sus manos a la parte baja de la camisa de ella, y abriéndola un poco para volver a ver sus tetas, susurró, en un tono protector, que entrañaba una terrible hipocresía:
—¿Quién quieres que te folle… de esos dos… mirones…?
María se giró entonces, y yo temí muchas cosas, entre ellas que viera al chico, pero solo me miró a mí, y susurró:
—Pablo…
—Qué cabrona… con lo visto que lo tienes —dijo Edu, y ella volvió a apoyar sus manos a ambos lados del cuerpo de él, con su boca cerca de aquella polla que ahora caía pesada sobre aquellos abdominales marcados.
Yo sabía que aquello no podía salir bien. Que mi miembro duro respondería, pero que su tamaño no solo me humillaría a mí, sino a los dos. Y entonces llegué a pensar que eso, precisamente, era lo que buscaba María.
Miré rápidamente en la dirección del chico, y no lo vi, y supe que aquello nos beneficiaba, y entonces María miró hacia atrás, otra vez hacia mí, ansiosa, pero yo sabía que no de mí, sino de nuestra vejación conjunta, y yo comencé a desnudarme, torpe pero rápidamente, y me coloqué tras ella, apoyé mis rodillas en la arena, y vi aquel coño al tiempo que ella se recogía un poco la parte baja de su camisa y Edu le acariciaba la cara. Y Víctor hizo un comentario al respecto de mi miembro que yo no quise retener.
Yo sabía que no tenía tiempo para adorar aquellas nalgas, para embriagarme del olor de su coño, ni para rozar mi miembro con los labios blandos y salientes de María… Sabía que ella no quería mi recreamiento, sino que le demostrásemos de nuevo a Edu que sin él no éramos nada, y que sin él no podríamos seguir adelante. Y quise cooperar con su intento de humillación conjunta, y miré hacia Edu, y él me miraba, tranquilo, mientras posaba sus dedos en los labios de María y yo podía deducir que ella los chupaba.
Y no me podía demorar más, y apunté, y me moví más hacia adelante, y María, con las piernas separadas un palmo, y con sus bragas tensas, esperaba deseosa la penetración, que sería nuestro desastre, que plasmaría nuestra miseria, y mi miembro avanzó, y me volqué… y comencé a penetrarla… y me deslizaba lentamente… sin oposición, sin tacto… sin textura… solo había acuosidad y calor… y ella ni se inmutaba… y yo jadeé y cerré los ojos… y la penetraba… la follaba… Y un hiriente “ni se entera… joder…”, fue pronunciado por Víctor, y entreabrí los ojos, y Edu sonreía y María acogía mi miembro como si nada… como si nada ni nadie la invadiese.
Me retiré entonces un poco hacia atrás, y me salí completamente, y se la volví a meter… y casi ni sabía si estaba dentro o no… y no me podía creer la humedad y dilatación a la que Edu había llevado aquel coño… Y comencé un mete saca lento y bochornoso… en el más absoluto silencio… y después se pudieron escuchar mis jadeos… y el ruido de mi pelvis chocar con su culo… y a Edu decir:
—Qué ridículos sois…
Y María acogía su insulto, y un dedo de él en su boca, y mi polla en su coño… acogía todo y todo lo que acogía era humillante, y, precisamente por eso, ella no rebatía ni se quejaba, y alzaba la mirada, falsamente orgullosa, y seguía chupando de aquel dedo, y sus pechos iban y venían, y yo la sujetaba por la cadera y la follaba, cada vez más rápido, pero mi polla nadaba en la inmensidad de aquel coño… y entonces Edu volvió a provocar:
—Ya es mala suerte que haya coincidido la polla más minúscula… con el pedazo de coño que tiene María…
Y yo me di cuenta de que aquella frase buscaba no solo humillarnos a nosotros sino encender también a su amigo, el cual ya no se masturbaba, pero contemplaba gozoso nuestro esperpento.
Y yo no me detuve, y seguí, seguí follándola… y jadeando… y resoplando… y desgastándome y cansándome en aquel coño que, fundido y abierto, no me correspondía… y ella ni resoplaba, ni jadeaba, y entonces Edu le susurró:
—Gime… anda…
Y Edu retiró su dedo, y ella, allí, a cuatro patas, y con su rostro cerca de él… me mató… y nos humilló… pues jadeó un “¡Ummm…!” falso, y yo se la volví a meter, y ella comenzó a fingir… y comenzó a jadear… y podría parecer creíble para alguien ajeno… pero sus gemidos y suspiros, sus “¡Ammmm!” “¡Ohhhh…!” era teatrales y autodenigrantes… y Edu sonreía, y Víctor sonreía… y aquello era una pesadilla, y el sonido de nuestros cuerpos chocar y mis resoplidos eran lo único real… y entonces María dejó de fingir… y volvió a su silencio, y yo me detuve, y me salí de ella, humillado como nunca, y mi polla salió tiesa y blancuzca. Y entonces ella, alzando más su cara, hacia él, susurró, totalmente vencida:
—Fóllame… Fóllame tú…
Y yo me retiraba y me ponía en pie, dejando aquellos labios apartados y aquella oquedad abierta. Y Edu le acariciaba la cara, y le iba a decir algo, mientras Víctor se dispuso a iluminar aquel coño… y, para verlo aún mejor… se arrodilló tras ella.
Pero la que habló fue María, que susurró un lloroso y desesperado: “Venga… Fó-lla-me…”que sonó rogado y que emitió marcando las silabas, y entonces pude ver cómo Victor, arrodillado y encogido tras ella, posó un beso, sonoro, en una de sus nalgas… Y María giró la cabeza, y vio allí a aquel hombre que odiaba, y, ardiendo, cachonda y sorprendida… protestó por su presencia allí, y entonces Víctor dijo:
—Tranquila…
Y otro beso fue posado en sus nalgas. Y Edu dirigió su mano hacia la cara de María, buscando que ella volviera a mirarle, y que se dejara hacer por Víctor, que no mirara hacia atrás, que solo sintiera, y ella dejó llevar su rostro de nuevo al frente, pero miró a Edu con unos ojos que pretendían decirle que aquello no iba a suceder… Y entonces la polla de Edu palpitó sola y llegó a golpear los labios de ella… al tiempo que Víctor besaba, otra vez… en aquel culo… pero, esta vez… besaba cerca de su ano.
Aquel beso, tan cerca de lo prohibido, la hizo estremecer y temblar, y Edu, ahora ayudado de su mano, consiguió llevar otra vez su miembro hacia la boca de ella… y ella accedió, chupó y llenó su boca y cerró los ojos, y aquello parecía que la calmaba, que la adormecía… y Edu acariciaba su cara y apartaba su melena y ella engullía de nuevo… Y otro beso sonó en alguna parte de su culo, y otro respingo… y se podía ver cómo las piernas de María temblaban… y se podía ver cómo su piel se erizaba… y Víctor supo que no podía dudar… y sacó su lengua… y la punta se posó en el ano de María… la cual no solo tiritó, sino que jadeó en la boca de Edu un “¡Mmmm…!” que no se sabía si era de protesta, de desesperación o de entrega… y Edu seguía tranquilizándola y acompasando la mamada con su mano… Y yo resoplé, afectado porque María se dejara lamer por Víctor así… y agaché la cabeza… y aparté mi mirada… y sentí que la ultrajaban, y que me ultrajaban a mí… pero después necesité volver a saber, y volví a ellos… y no solo vi aquel subir y bajar de su cabeza, y no solo vi a Víctor, encogido tras ella, lamiendo su ano y acariciando sus nalgas… sino que vi también al chico, al chico de aquel corrillo, oculto ahora, cerca, cerquísima, al otro lado de las hamacas.
Como acto reflejo, por absurdo que fuera, me cubrí. Cubrí mi miembro que era lo menos relevante de aquella locura. Y no podía ver bien al chico, y no sabía si hasta se masturbaba, pero no había duda de que él ya veía todo.
Deseé con todas mis fuerzas que no cometiera el error de mostrarse, y que siguiera allí, oculto, y mirando por entre las hamacas… Cuando entonces volví a escuchar otro beso, estruendoso, y María gimió en la polla de Edu otra vez, y su cabeza subía y bajaba… y vi el teléfono de Víctor que, posado en la arena, alumbraba hacia arriba en una torre de luz, y le vi a él llevarse un dedo a las gafas, para colocarlas, y otro gemido de María… un “¡Mmmmmm!” terrible… que hizo que el chico que nos espiaba emitiera algún sonido que solo yo parecía ubicar… Y miré a Víctor… y me dolió, y lo sufrí… pues ya le lamía el ano… ya le comía el culo… ya dejaba saliva sobre aquella oquedad… y todo mientras se masturbaba lentamente… opaco, oscuro… relamiéndose, con calma… en aquel culo… Y si aquello era dolor puro… más lo fue cuando un larguísimo “¡MMMmmmmm!” de María fue escandalosamente gritado en la polla de Edu… y se pudo ver cómo la cintura de María se movía mínimamente… se movía ella misma… restregando su ano… por la cara de aquel sucio aprovechado que se recreaba e intentaba someterla con su lengua.
Y si aquello era desoladoramente excitante, más lo fue cuando Víctor se agachó más… y su lengua hizo un recorrido largo… que alcanzó mínimamente un coño tan abierto y desatendido… que hizo que María temblase y jadease. Y lo peor no era la inminencia del hecho, sino el anuncio, el humillante anuncio que salió de aquel hombre… un ruin y desagradable: “te voy a comer el coñito… María…” que retumbó en mi pecho y que hizo que María dejase su cadera quieta; y después de detenerse liberó su boca, y miró hacia atrás, me miró a mí, y no entendí su mirada, pero le lloraban los ojos del ansia, y miró hacia aquel hombre que odiaba, agazapado tras ella, y susurró:
—Ni… ni se te ocurra…
—No. Claro que ni se me ocurre. Yo solo hago lo que tú quieras —dijo Víctor, con su voz rasgada, sarcástico, incorporándose hasta ponerse de rodillas, tras ella, con su polla a escasos centímetros de su ano y de su coño.
—Pues eso. Apártate —dijo ella, a cuatro patas, girada hacia él.
Y entonces Víctor avanzó un poco, con sus rodillas en la arena, y llevó la punta a casi milímetros de su coño. Y yo veía la belleza absoluta de María, su esplendor, su tez morena, su melena densa, y todo aquello jugaba en su favor, pero en su contra su camisa rosa de traje abierta, comprada por los dos para excitar precisamente a aquel hombre grimoso… y también en su contra aquel coño abierto, sus bragas bajadas y sus mejillas ardientes.
Víctor avanzó más y se pudo ver el instante en el que la punta rosada de aquella polla pálida entraba en contacto con uno de los labios enormes y apartados del coño de María.
—Que… te apartes… —suspiró ella, sorprendida por su insistencia y su insolencia… Y él empujó, y yo no me lo podía creer… y era imposible… pero se abría camino… su glande apartaba los labios abiertos de María… y le metía la punta… y se quedaba allí, con aquel falo mediocre invadiendo el precioso coño de ella… y María abrió más los ojos… sorprendida, bloqueada… por su descaro, por su atrevimiento… por el contraste imposible entre ella y él… y un “qué… haces…” fue suspirado… Y él empujó más… y le metía aquel repulsivo glande… aquella antiestética punta… y él recogía la parte baja de la camisa rosa de ella, con cuidado y extraña delicadeza, sintiendo su tacto… y admiraba aquellas nalgas… y empujó un poco más… y la sujetó por la cintura… Y ella terminó por cerrar los ojos… y sus párpados cayeron pesados en una caída de ojos derrotada. Y un jadeo de ella adornó todo, un jadeo incrédulo, humillado pero placentero, un “¡Aahh…!” lastimoso y sentido… y yo no podía creer que Víctor la penetrase… y no podía creer ver cómo le metía aquella mezquina y vulgar polla hasta la mitad.
Y él se llevó de nuevo un dedo a las gafas para ajustarlas a su nariz. Y aquel hombre feo y mayor… que María despreciaba… le metía la polla… poco a poco… se iba deslizando… y ella abrió los ojos… y me miró… y se abochornaba pero a la vez me pedía que la comprendiera, que comprendiera que ya no podía más… Y Edu, en silencio, contemplaba su obra, y el chico que nos espiaba parecía inmóvil y resguardado… Y Víctor jadeó entonces un desagradable y victorioso: “Eso es… Joder… Cómo entra…”, al tiempo que se enterraba en ella, por completo, hasta los huevos… Y un “¡Aaaaahh…! desgarrador y más largo de ella… y una nueva caída de ojos de María… le mostraba, nos mostraba a todos, que aquella polla normal… vulgar… sí la calmaba, al menos un poco.
Entonces Edu llevó una mano a la cara de María, y la quiso hacer girar, pero ella hizo una parada para mirarme a mí… Y me humillaba, y me decía con su temblor, con una caída de ojos, y con un sentido “Ahhmm…” que prefería la polla de Víctor a la mía… lo cual suponía la mayor vejación, pero ella se figuraba que aquello me excitaba aún más, y yo reprochaba su caída, pero la adoraba por hacerme sentir aquello, y me agarré mi mínima polla, mostrándole que su sospecha era cierta.
Y éramos cinco, y todos menos yo pensaban que éramos cuatro, pero en realidad éramos tres, los que habíamos creado aquello, aquello que había desembocado en que aquella María apareciera… y en que Víctor la estuviera follando. Pues eso hacía ya. Follarla. Y María miraba a Edu y le decía con su mirada que aquella follada era también gracias a él, o por su culpa. Y Víctor la sujetaba por la cadera y miraba hacia abajo y se recreaba, incrédulo… en cómo su polla se deslizaba por el interior de aquel precioso coño. Y después tiraba de la parte baja de la camisa de ella, un poco hacia atrás, y cubría su culo con ella, y acariciaba sus nalgas cubiertas por la ropa, en unas caricias sobre la tela rosa que rozaban el fetichismo, y cerraba los ojos, y María también, y ella jadeaba avergonzada y él resoplaba triunfante. Y se solapaban los “¡Ahmmm!” desgarradores de María, gemidos hacia Edu, con los “Ooh-Ohhh…” entrecortados, ásperos, pletóricos y grotescos de Víctor, emitidos para sí.
Y pronto el sonido de sus cuerpos chocar se hizo más notorio, y los huevos de Victor iban adelante y atrás, y alargó entonces una de sus manos y la sujetó por la melena… e hizo que María levantara su rostro y mirase más hacia Edu… y ella comenzó a gemir más fuerte, con unos “¡Ahhhh” ¡Ahhhh!” que la humillaban y con un “¡Ahh! ¡Dios! ¡Damee…!” bochornoso que la humillaba aún más… y él la penetraba en golpes secos y largos, con unos “¡Hummm!” “¡Hummm!” metódicos, rítmicos y exultantes… y, en respuesta a ella, un: “¡Shhh…! Ya te doy… María… ya te doy…”, tremendamente burlesco… que me dolió infinito, pero que hizo que comenzara a masturbarme… Y Edu se llevaba la mano a la polla y se la acariciaba… Y yo… al borde del desmayo… con mi pecho explotando… llevé la mirada hacia el chico que se ocultaba… y descubrí que no era el del pelo alborotado que le había dado fuego a María, sino Javier.
Casi me desplomé, y acabé arrodillado, al lado de una María que recibía la follada de aquel hombre, y jadeaba… y su cuerpo iba adelante y atrás… Y la follada de aquel señor poco agraciado era presenciada por su propio hijo, que no podría creer ver a su padre así, follando a aquella belleza, aquella seria y digna abogada que acababa de conocer un par de horas atrás.
—Ohh… qué bueno… —jadeó Víctor, siempre grotesco, en sus frases y movimientos, y se inclinó un poco hacia adelante.
—¡Ahhmmm! —gimió entonces María, con los ojos cerrados, y cada gemido sentido era más humillante que el anterior.
—Ven aquí… No te escapes —dijo entonces Víctor, sabedor de que con sus embestidas habían avanzado un poco hacia adelante. Y entonces se salió de ella y tiró de las piernas de María hacia atrás, y ella se dejó arrastrar levemente, y Edu, sentado con las piernas abiertas y recostado contra las hamacas, quedó completamente expuesto.
Víctor le bajó más las bragas a María, y ella volvió a mirarme… y se culpaba, y a la vez me pedía que la entendiera… y a la vez sabía que yo lo deseaba… y a la vez se dejaba hacer… y a la vez deseaba que Víctor se la volviera a meter. Y ahora eran dos, solo ellos dos, el centro de todo. Y yo sabía que el hijo de Víctor contemplaba atónito cómo su padre se disponía a volver a follarla, y cómo la cara de María imploraba que aquello ocurriese. Y Víctor, algo tenso, excitado, más acelerado, con la responsabilidad consciente de saber que aquella belleza era suya, se llevó la mano a la polla, apartó los labios de aquel coño con desprecio y prisa, como si fuera una cualquiera, y volvió a enterrarse en ella, y él fue el primero en exteriorizar la penetración con un “¡Hummmm!” largo, animal, grotesco y humillante… y ella respondió con un “¡Ahhhmmm…!“placentero y bochornoso… que plasmaba un gusto terriblemente culpable.
Y otra embestida fuerte, en otro golpe seco, y otro “¡Hummmm!” pletórico de él, y otro “¡Ahhhhmmm!” desgarrador de ella. Y la follaba… y aquella polla se deslizaba… y entonces él recogió un poco la camisa de ella, por un lateral de su torso, y se pudo ver cómo las tetas de María caían pesadas y rebotaban una contra la otra por el movimiento agitado de su cuerpo, y ella dejó de mirar a Edu, y bajó la cabeza, avergonzada, pero fundiéndose por el humillante deleite de tener aquella polla dentro… Cuando Víctor jadeó:
—¡Ohmm…! Que… qué bueno… joder…
—¡Auu…! ¡Ahmmm! —jadeaba María, con su cabeza agachada.
—… No eres tan… chula ahora… eh... —jadeaba Víctor, con súbita inquina.
—¡Ahhmmm! ¡Ahmmm! —gimoteaba María y sus pechos rebotaban, y la gargantilla de su cuello adelante y atrás… y la pelvis de Víctor chocaba con las nalgas de María en un “¡clap! ¡clap! ¡clap!” acelerado y vergonzante.
—No eres tan digna, eh… Me vas a saludar a partir de ahora eh… a que sí…
—¡Ahhmmm…! ¡Ahmmm…! ¡Dios…!
—Dios ¿qué…? Te gusta… ¡Eh, cabrona…! ¡Te gusta cómo te follo… eh!
—¡Ahhh…! ¡Síí…! ¡Dioos…! Damee…
—¡A las niñas ricas también os gusta que os follen, eh! ¡A las pijas de buenas tetas como tú, eh…! —jadeaba Víctor, y aquel “¡clap! ¡clap! ¡clap!” se hacía estridente, y se volcaba sobre ella, casi con su pecho en su espalda, y llevando sus manos a sus tetas, aferrándose a ellas, casi haciendo que María se desplomase hacia la arena, pero ella resistía, completamente montada por aquel cabrón que la follaba con saña, y ella parecía querer más, y gimoteaba:
—¡Ahhh…! ¡Síí…! ¡Damee…! ¡Dios…! ¡Dame…!
—Sí ¡Eh…! Te gusta cómo te follo, eh…
—¡Ahhh! ¡Sí… sí…! Cerdo… ¡¡Fóllame así…!! —jadeaba ella, y levantó entonces su cabeza, y miraba hacia Edu, pero ya no veía nada, solo sentía aquella salvaje follada.
Víctor, entonces, se incorporó rápidamente, se bajó más los pantalones, encolerizado, para ya no penetrarla estando de rodillas, sino que apoyaba sus pies sobre la arena y flexionaba las piernas para darle más duro y penetrarla más al fondo. Y le susurró:
—Te gusta, eh… Maldita chulita, joder… ¡Qué ganas te tenía…!
—Sí… Mmmm… —jadeó ella—. No te puedes creer estar follándome… Cabrón… —le provocó, lujuriosa… y matándome… y como si aún quisiera sacar más de él.
Y Víctor entonces aceleró más, y el ruido de su pelvis contra el culo de María se hizo atronador, y la follaba con ensañamiento y ella gritaba unos “¡Ahhhh!” “¡Ahhhhh!” y después gimoteó, diciéndolo a gran velocidad y sorprendiéndose a sí misma, un “joder… dios… me voy a correr…” que le excitó y envalentonó aún más, y él le dijo en el oído:
—Te vas a correr… eh… ¿Te corres ya…? ¿Te vas a correr así?
—¡¡Sí…!! ¡¡Síí! ¡Diooos…! ¡¡Haz que me corra…!! ¡¡Haz que me corra…!! —nos avergonzaba María y yo no podía dejar de masturbarme al verla así.
—¿Sí…? ¿Te corres? ¿Te corres con mi polla dentro, cabrona…? —le jadeaba en la cara y yo miraba aquella polla entrando y saliendo, perforándola… salvajemente —¿Se corre la rancia y digna del despacho, eh…? ¡Te fundes joder…! ¡Qué coño tienes… de guarra…! ¡Nunca imaginé tu coño tan abierto, joder…! —casi le babeaba él en la cara, enrabietado, apartándole el pelo, volcado sobre ella.
—Cállate… ¡Dios…! ¡Y sigue…! ¡Sigue que ya me corro, cabrón…! —gimoteaba ella, y yo me moría, y Edu la escudriñaba y se pajeaba… y yo sentía que a veces me miraba…
…Y entonces Víctor se salió de ella, y yo pensaba que no podría más y que eyacularía en las nalgas de María, pero apuntó su polla dura y blanquecina, por todo lo que había soltado María, a su culo, a su ano, y yo no me lo podía creer, y María sintió la presión inmediatamente allí, en su ano, y no solo no protestó sino que llevó sus manos a su nalgas, para separarlas…
—Eso es… joder… dame tu culo de niña pija… —jadeó él, con un rencor enfermizamente acumulado.
Y ella bajó otra vez la cabeza, consciente por un instante de la humillación de dejarse dar por el culo por aquel hombre… y él presionaba, y aquella polla durísima empujaba, y ella llevó una de sus manos a su coño, a su clítoris… y yo no me lo podía creer… pero entonces un “¡¡¡Auuuu!!! ¡¡Ahmmm…!!” terrible y entregado, fue casi gritado por María, y la polla de Víctor la iba penetrando, y su glande duro y decidido ya estaba dentro del culo de María… El culo de mi novia acogía la polla de aquel cabrón que empujaba, casi con saña, y que resoplaba, en bufidos… y jadeaba un amenazador “te voy a romper el culo… María…” y se la seguía metiendo… y jadeaba otro intimidante “llevo años deseando esto, joder…”. Y ella temblaba, se tensaba, se retorcía, pero le asumía con entereza, aguantando su polla ensartada, y se frotaba el clítoris a gran velocidad. Y aquella polla entraba más y más, y yo, arrodillado, casi me desmayaba, y Edu miraba y se acariciaba tranquilo, y Javier, oculto, también era testigo de cómo su padre enculaba a María, y de cómo acababa por clavársela hasta la mitad… y una vez con la mitad de su polla metida, comenzó a ir adelante y atrás, buscando cada vez metérsela hasta más al fondo, y María alzó de nuevo la cara, y su melena ondeó con falso orgullo, y Víctor dijo:
—Vaya culo estrecho tienes… joder…
Y pensé que María se quejaría, pero gimoteó:
—¡Ammm…! ¡Dioos…! ¡Dame… Así…!
—¡Hummm! —jadeó Víctor, entonces, enterrándose más.
—¡Ahhh! ¡¡Dios…!! ¡Dame…! ¡Dame así…!
—Sí… Te doy… Te estoy dando por el culo… María…
—¡¡Mmmmm!! ¡¡Ahhh…!! —casi gritaba ella, entregada, ensartada, alzando su cara y cerrando los ojos, apoyándose con una mano y acariciándose una teta con la otra.
—¡¡Hummm!! ¡¡Joder…!! ¡Mira cómo te estoy jodiendo, María…! —jadeaba entrecortado Víctor, y volvía a llevarse el dedo a las gafas, y le daba por el culo con ferocidad, y la insultaba de nuevo, la llamaba pija, la llamaba engreída, y le agarraba aquella teta que quedaba libre, y se volcaba sobre ella, y le lamía la cara, la oreja, y allí le decía: “Mira cómo te doy por el culo…” y ella jadeaba, con los ojos cerrados, y él, repulsivo, insistía: “todos los días calentándome… embutidita en tus trajes de niña rica…” y tiraba entonces con saña de su camisa rosa hacia atrás, casi rompiéndola, y liberando su cuello, y su hombro, y babeaba allí, y casi le rompía también la gargantilla que yo le había regalado, invadiendo de manera siniestra nuestra cariñosa intimidad, y seguían sus tirones y su follada salvaje… y la enculaba con rencor y resentimiento…
… y de golpe vi como Edu se incorporaba un poco, y no me podía creer tanto deseo y tantas ganas de humillar, pero lo cierto era que la humillación era lo único que colmaba realmente a una María que recibía la polla de Víctor en el culo, y que recibía aquel magreo rudo y soez en su teta, y sus lametazos baboseantes en su cuello, y jadeaba, y gemía, y se frotaba el coño, a punto de correrse… con unos “¡¡Aahhh! ¡Ahhhh! ¡¡Dameee!! ¡¡Dame, cabróon!!”, al tiempo que Edu se masturbaba frente a su cara, y resoplaba… y María ya se corría… y cerraba los ojos y jadeaba unos “¡¡AHHH!! ¡¡DIOOOS!! ¡¡CABRÓNN!! ¡¡¡RÓMPEME EL CULO!!!”…
… Y yo temblaba, y casi me corría sin tocarme, al ver a María, allí, ensartada, fingiendo dignidad, pero enculada por aquel hombre grotesco que sonreía en una mueca tétrica… y la empalaba y le babeaba la cara, y jadeó entonces en su oído un resentido: “¡Córrete…! ¡Córrete… perra…! ¡Córrete cómo una perra… que en el fondo es lo que eres… joder...!”, y entonces Víctor apartó su cara de ella y echó su torso hacia atrás, y el cuerpo y el rostro de María quedaron expuestos de nuevo, como si la enseñase, como si nos la mostrase… y al instante y por sorpresa la cara de María fue ultrajada por un latigazo blanco que brotaba de la polla de Edu, y después otro, y otro, y otro, y Edu descargaba, y la bañaba, y ella, con los ojos cerrados, se corría y sacaba la lengua para recoger y saborear lo que Edu vertía… como una guarra, como una puta, como lo que Víctor la llamaba… completamente entregada… y un latigazo de semen le llegó hasta el pelo y su mejilla era todo un charco espeso, y entonces un “¡¡ME CORROOO!! ¡¡CABRÓN!! ¡¡ME CORRO!!” fue gritado por María, y Víctor quiso castigarla más, y se detuvo, queriendo cortar su orgasmo, pero entonces ella comenzó a echar su culo hacia atrás, y seguía gritando mientras se follaba ella, con su culo, la polla de Víctor… el cual sin usar las manos veía cómo María se lo follaba, con su cara bañada… y gritaba unos vergonzantes “¡AHHHH!” “¡¡¡AHHHH!!!” “¡¡¡ME CORROOOO!!!” “¡¡¡ME CORROOOO!!!” ensartándose ella misma y mientras gotas del semen de Edu discurrían por su rostro y caían en la arena…
Y, con su cara bañada entera, acabó por no poder más y cayó desplomada, hacia adelante, y Víctor fue con ella, con su polla siempre metida en su ano. Y la cubría, y ella reposaba allí… y él se la seguía metiendo por el culo… en movimientos más lentos… Y entonces le jadeó un provocador: “qué culo estrecho de niña pija tienes… cuantas veces me provocaste con él por el pasillo… y míralo ahora… con mi polla dentro…”, y ella no respondía, y parecía tan exhausta que apenas sentía ya nada.
La follaba por el culo, lentamente… hasta que acabó por sentirla tan derrotada que optó por salirse y pude ver el hueco que dejaba en su culo, y cómo su ano tardaba un poco en cerrarse… y entonces María sí resopló, al sentirse abandonaba y vacía, y Víctor comenzó entonces a masturbarse, mientras hablaba grotescamente consigo mismo, y se repetía aquellos: “joder… qué culo estrecho de niña pija tienes…”. Y se pajeaba… y jadeaba, echando su cabeza hacia atrás, con el cuerpo de María vencido, debajo de él. Y comenzó entonces a brotar un semen caliente y espeso… y unos “¡¡Oooh!!” impactantes y desgarradores resonaban mientras aquel semen caía en las nalgas desnudas de ella, y se pudo escuchar el sonido del impacto, de su semen caliente aterrizando en la piel erizada de María, marcándola y manchándola… y los disparos más largos caían en la espalda de ella, en su camisa, bañándola, y calándola, y más “¡Ohhh!” “¡Ohhhh!” “¡Oohhhh!”, eran jadeados por un Víctor que, triunfante, sentía que humillaba con su corrida a una María, calmada y sumisa, que recibía aquellos latigazos sin haberse repuesto de su orgasmo.
Víctor se retiró entonces. Y María se incorporó un poco. Y su cara estaba marcada por dos latigazos blancos, cada uno en un un lado de su rostro, y todo era tremendamente humillante, pero ella conseguía plasmar que no era tal humillación, y que no lo era, por el hecho de ser buscada. Y entonces Edu le dio su falda, y ella se limpiaba la cara con ella, y yo no podía imaginar nada más vejatorio, pero ella conseguía que aquella no fuera la sensación real.
Ella, arrodillada, se limpiaba, y yo busqué movimiento tras las hamacas, y me asomé un poco, y pude ver cómo Javier ya estaba algo alejado, y se alejaba más, tras haber visto todo, y yo di gracias por aquella discreción suya que nos había salvado a todos.
Y miré a Víctor y vi que se recomponía un poco, y que se guardaba aquella polla mediocre. Y pensaba que efectivamente no se podría creer haber follado a María, por el coño y por el culo. Y el dueño de ese miembro vulgar aún lucía alterado y con la respiración agitada.
Y entonces Edu le dijo a María:
—Ven. Túmbate ahí.
—¿Qué?
—Túmbate. Te voy a follar —dijo él, serio.
María le miró entonces con extrañeza, pues sabía que se acababa de correr, pero parecía que aceptaba aquella presuntuosa propuesta. Y yo no sabía si aquella pretensión de Edu partía del deseo, de un pacto, o de las dos cosas, pero en seguida María se quitaba las bragas, se tumbaba boca arriba, y Edu se volcaba sobre ella, cubriéndola completamente. Y la besó, y ella correspondió aquel beso, que empezó lento y mutó en soez casi inmediatamente, y ella sacaba la lengua, de forma burda, sintiéndose guarra, por lo que acababa de pasar, y por tenerle ahí… Y le abrazaba, con sus brazos y con sus piernas. Y entonces una mano de Edu fue abajo, y dirigió una polla, que no había acabado de decrecer del todo, hacia aquel coño abiertísimo… y apuntó, y María movía la cadera, y terminó por bajar ella también una mano, y le ayudó… y se dejó invadir… y aquella polla pesada la llenaba por fin… Y María emitió entonces un suspiro tan increíblemente agradecido… que me impactó más que verla enculada por Víctor.
Y María giró entonces la cara, y me miraba, con sus ojos entrecerrados, y se besaban y la follaba, y las piernas de María le envolvían… y se entregaban el uno al otro… y jadeos, y suspiros… y Edu era una manta corpulenta azul que cubría a una María, que hecha un guiñapo, manchada, sudada y desbordada, recibía el pollón de Edu, el cual, como si nada, como si fuera ya su sitio, entraba y salía, y la penetraba, cada vez más rápido, con una polla cada vez más dura… y María volvió a ladear la cabeza… y anunció, de nuevo y enseguida, otro orgasmo… el cual sería el primero, con él, de varios… el primero de tres o cuatro que jadeó y gimoteó, rodeándole con brazos y piernas, en los minutos siguientes.
Y yo me moría, pero a la vez entendía que era aquello, que era justo aquello. Entendía que con Víctor antes o sin nadie antes, pero que era aquello, con Edu follándola y yo mirando. Y ella me miraba también, y Edu le metía la lengua en la boca y después me miraba fugazmente, haciéndome plenamente cornudo, pero dándome tiempo para que me masturbara mirándoles. Y los dos me hacían partícipe todo lo que Víctor no había hecho, pues lo de Víctor con María había sido personal y sin intención particular de encajarme.
Y yo me masturbaba… y les miraba… y en seguida me corría… allí, arrodillado en la arena, al lado de ellos, viendo cómo la polla de Edu entraba y salía y cómo los labios del coño de María abrazaban aquel miembro colosal… y me fascinaba cómo enganchaba ella un orgasmo tras otro. Y en aquel momento lo teníamos todo, y lo entendíamos todo, y yo miraba, tranquilo, por primera vez, cómo jadeaban y se besaban, y el culo duro de Edu adelante y atrás, y las manos de María a las nalgas de él, y emitiendo unos “¡Mmmm!” “¡Mmmmm!” sentidos, animales, ásperos y profundos… todo en un polvo puro, sexual, sentido y merecido, de, ahora sí, dos bellezas que se correspondían y merecían.
Y María a cada orgasmo más exhausta… hasta que Edu, cansado de follarla y de arrancarle un orgasmo tras otro, la abandonó, sin haberse corrido él. Y ella quedó rendida, boca arriba… con la camisa abierta, con las piernas flexionadas y abiertas, y con los ojos cerrados… Y entonces vi cómo Víctor, que había asistido a aquellos minutos y había recobrado su excitación… se arrodillaba al lado de ella… cerca de su torso… y se masturbaba… y echaba su cabeza hacia atrás… y pretendía correrse sobre sus pechos hinchados y enrojecidos… y María abrió los ojos… y le jadeó un: “eres… un… cerdo…” y comenzó a cerrarse la camisa, a abotonarse, allí tirada, lentamente… mirándole…
Y él se ajustaba las gafas y se hacía una paja frenética mientras ella se abotonaba, y una gota transparente cayó después sobre la camisa rosa de María y la calaba, humedeciendo su teta que palpitaba debajo, y es que su torso ya estaba completamente tapado por la camisa fetiche de él, y yo deduje que su maniobra de cubrirse y de conseguir así que él manchara ropa y no piel, pretendía ser un favor, y que, al hacérselo, ella se mantenía siempre por encima de él. Y entonces un “¡Ohhhh!” de Víctor anunciaba su verdadero orgasmo y se abandonó, y un “¡OOHH!” “¡Toma... jo-der… creída de mierda…!” fue jadeado con inquina… Y se descargaba de nuevo, y después gimoteó, dándole la razón a ella, un “¡Ohhh…! Te mancho tu ropa cara de mierda… joder… Ohhh….!”, corriéndose grotesca y abundantemente sobre la camisa de traje de María, impregnando la tela delicada con aquel semen que caía ahora sí más blanco y consistente… en cuatro o cinco latigazos espesos… y María se llevaba las manos allí, a aquella camisa que él manchaba, y ella le llamaba cerdo… y curiosamente llegaban a conectar sexualmente, de una manera extraña, con desprecio máximo y recíproco.
Víctor, extenuado, sintió entonces que ni dándole por el culo, ni corriéndose en su ropa, conseguía vencerla. Y María jugó un poco con aquel semen espeso de él, descubriendo que sus areolas y pezones se transparentaban gracias a todo lo que él había vertido. Y no le importaba su intento de vejación a su camisa… y después terminó por incorporarse.
María, manchada, follada, enculada, parecería la humillada, pero no lo era. Y me miró, y supe que era aquello. Que era aquello lo que la colmaba. Solo aquello. Y que por eso con nadie más que con Edu aquello tenía sentido. Pues solo con él las humillaciones tenían aquella doble cara. Y Víctor era un accesorio, como Marcos, como Rubén, como Carlos, y como tantos otros; timoratos, agresivos o con cuentas pendientes… daba igual, eran solo complementos.
Y lo vi entonces, lo vi en su mirada… y supe que me decía que aquello tenía que seguir adelante. Siempre con Edu. Y siempre conmigo.
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