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El calor que no le di (capítulo 6)

La clave del celular cambió sin previo aviso. Para Martín, ese pequeño detalle es la prueba definitiva de que su pesadilla no fue solo un sueño, sino un presagio que su mente se niega a aceptar.

Ragnar 20236.8K vistas8.6· 17 votos

Capítulo 6

Martín jadeaba, el sudor corriéndole por la frente mientras el colchón crujía bajo el peso de sus cuerpos entrelazados.

La habitación estaba envuelta en una penumbra densa, solo rota por un filo de luz que se colaba por la persiana rota, proyectando sombras largas sobre las paredes húmedas.

Elena estaba debajo de él, la piel brillante de transpiración, el pelo negro pegado a la cara en mechones desordenados mientras gemía con la boca entreabierta, los labios rojos temblando con cada respiración entrecortada.

Sus piernas estaban abiertas de par en par, las rodillas flexionadas contra el pecho, las tetas bamboleándose con cada embestida profunda que él le daba, la verga dura como piedra entrando y saliendo de su concha con una urgencia que lo consumía.

El aire olía a sexo crudo, a sudor, a esa mezcla dulce y pesada que se le metía en los pulmones y lo mareaba de deseo.

—Martín… más, no pares… —gruñó ella, la voz áspera saliéndole del fondo de la garganta, las manos clavadas en las sábanas arrugadas como si quisiera arrancarlas del colchón.

Él apretó los dientes, las manos temblándole mientras le agarraba las caderas con fuerza, los dedos hundiéndose en la carne blanda hasta dejarle marcas rojas que brillaban bajo la luz tenue.

La volteó con un movimiento brusco, poniéndola boca abajo, el culo de Elena alzándose redondo y tembloroso, las nalgas separadas mostrando el agujero húmedo y abierto que lo calentaba más.

Le metió dos dedos en la concha, sintiendo la humedad caliente resbalándole por las yemas, los músculos cediendo mientras ella gemía fuerte, el sonido resonando en la habitación como un eco que lo volvía loco.

—Sos mía, Elena… solo mía —dijo

La voz ronca, el morbo subiéndole por la espalda como un incendio mientras se arrodillaba detrás de ella, escupiendo en su mano para lubricarse la verga antes de metérsela otra vez, profundo, duro, el somier viejo crujiendo con cada empujón.

Ella se arqueó, las tetas aplastadas contra las sábanas, los pezones duros rozando la tela mientras gritaba, las piernas temblándole de placer.

La concha le chorreaba, el líquido caliente goteando por los muslos y manchando la cama, y él aceleró, el calor subiéndole por los huevos mientras la cogía con una brutalidad que no reconocía en sí mismo.

Elena se corrió, el cuerpo convulsionando bajo él, un alarido saliéndole del fondo mientras la concha se le apretaba alrededor de la verga, llevándolo al borde.

—Martín… joder, Martín… —jadeó ella, la voz quebrada, girando la cabeza para mirarlo con los ojos vidriosos, la boca abierta dejando escapar jadeos cortos que se cortaban con cada embestida.

Él gruñó, el semen subiéndole rápido, y acabó dentro, el calor explotándole en las venas como si fuera a reventar, el líquido caliente llenándola mientras se derrumbaba sobre su espalda, jadeando contra su cuello, el sudor de los dos mezclándose en la piel pegajosa.

Un golpe seco lo arrancó de todo.

Martín abrió los ojos de golpe, el corazón latiéndole en las sienes como un tambor descontrolado, la respiración agitada mientras miraba el techo de la habitación.

Las manchas de humedad seguían ahí, dibujando formas extrañas bajo la luz grisácea que se colaba por la persiana rota, pero el aire estaba quieto, frío, sin el olor a sexo, sin el calor de Elena pegado a su cuerpo.

Estaba solo en la cama, las sábanas arrugadas y frías a su alrededor, el lado de ella intacto, como si nunca hubiera estado ahí.

Se sentó despacio, la cabeza dándole vueltas, el jean todavía puesto y la remera pegada al pecho por el sudor de una noche inquieta que no podía explicar.

¿Un sueño? Parpadeó, el eco de los gemidos de Elena todavía resonando en su cabeza, el calor de su concha latiendo en su memoria como si hubiera sido real.

Se pasó las manos por la cara, el sudor frío corriéndole por la nuca, y respiró hondo, intentando calmar el nudo que le apretaba el estómago.

Todo volvió en fragmentos: el pasillo oscuro, la puerta entreabierta, Elena desnuda sobre la cama con Javier, los gemidos desvergonzados, el video grabado en el club, la humillación pública, Sofía extorsionándola con esos videos de ella masturbándose…

Pero mientras más lo pensaba, más se deshacía, como humo que se escapaba entre sus dedos. ¿Javier? ¿El profesor de tenis? Elena no iba a clases de tenis. Nunca había mencionado un club, ni raquetas, ni nada que se le pareciera. Y Javier… no había ningún Javier en sus vidas, ningún entrenador, ningún tipo de espalda ancha y tatuajes descoloridos. Era imposible.

La puerta del baño se abrió con un chirrido suave, y Elena salió envuelta en una toalla blanca, el pelo húmedo cayéndole sobre los hombros en mechones oscuros, las gotas de agua brillando en su piel bronceada mientras lo miraba con una sonrisa tranquila.

Estaba hermosa, como siempre, con ese brillo en los ojos que lo había atrapado diez años atrás en la fiesta del barrio, cuando se conocieron entre birras y risas.

No había culpa en su mirada, no había tensión, solo una calidez que lo hizo dudar de todo lo que había soñado. Se acercó descalza, el suelo de madera crujiendo bajo sus pasos, y se inclinó para darle un beso corto en los labios, el olor a jabón de coco llenándole la nariz.

—Buenos días, dormilón —dijo, la voz suave, casi cantarina, mientras se enderezaba y caminaba hacia el placard—. ¿Soñaste algo feo? Tenés cara de susto.

Martín tragó saliva, la garganta seca como papel, y forzó una sonrisa mientras la veía sacar una remera vieja del cajón, una de esas que usaba para estar en casa. —Sí… algo raro.

Una pesadilla, supongo —mintió, el eco de sus propios gemidos todavía latiendo en su mente, el calor de la escena imaginada subiéndole por las piernas como un recuerdo que no podía sacarse de encima—. ¿Y vos? ¿Dormiste bien?

—Como piedra —respondió ella, poniéndose la remera con esa naturalidad que él conocía de memoria, la tela cayendo sobre sus curvas mientras se giraba para mirarlo—. Soñé con el mar, algo tranquilo. Nada de sustos.

Él asintió, la cabeza dándole vueltas mientras la veía bajar las escaleras tarareando una canción que no reconoció, el sonido perdiéndose en la casa silenciosa.

Se quedó sentado en la cama un rato más, las manos temblándole sobre las rodillas mientras intentaba ordenar sus pensamientos.

Había sido un sueño, nada más. Celos enfermos que se le habían metido en la cabeza como un parásito, tejiendo una historia absurda que lo había destrozado desde adentro. Elena no jugaba al tenis, no había ningún club, ningún Javier Morales.

Todo era una mentira que su propia mente había armado, alimentada por quién sabe qué: una pelea vieja, una mirada perdida, una noche de silencio entre los dos.

Pero el nudo en el estómago no se iba, y mientras se levantaba para empezar el día, algo seguía picándole, un eco que no podía apagar.

El día pasó lento, pesado, como si la pesadilla hubiera dejado un rastro que se le pegaba a la piel.

Martín intentó concentrarse en el laburo, en el ruido ronco del Fiat viejo tosiendo al arrancar, en el café quemado que tomó en la oficina mientras revisaba facturas que no le importaban. Pero su cabeza seguía volviendo a Elena, a la cama, a las imágenes que había soñado, a esa sensación de traición que, aunque falsa, seguía quemándole las tripas.

Era ridículo, lo sabía. No había pruebas, no había nada real, solo sus propios miedos jugando con él. Pero cuando volvió a casa esa tarde, el silencio de la sala lo recibió como un golpe, y algo lo empujó a encerrarse en el baño con el celular en la mano, buscando una salida a esa tensión que no lo soltaba.

Cerró la puerta con llave, el vapor de la ducha que Elena había tomado todavía flotando en el aire, el espejo empañado reflejando su cara pálida mientras desbloqueaba la pantalla.

Abrió la galería de fotos, navegando con dedos temblorosos hasta una carpeta vieja que no tocaba desde hacía años: las fotos que habían sacado una noche de verano, cuando todavía jugaban a calentarse como si fueran pendejos enamorados.

Ahí estaba Elena, desnuda sobre la cama, las piernas abiertas de par en par, la concha brillando bajo la luz del flash mientras lo miraba con una sonrisa pícara, los labios rojos entreabiertos como si estuviera a punto de gemir. En otra, estaba a cuatro patas, el culo abierto y en alto, las nalgas redondas y firmes separadas por un hilo de humedad que le corría por el muslo, el pelo cayéndole sobre la cara mientras le guiñaba un ojo a la cámara.

Habían sido su idea, un juego que los había puesto tan calientes que terminaron cogiendo hasta que el sol salió, el colchón empapado de sudor y fluidos.

Se bajó el jean con una mano torpe, la verga ya dura contra el bóxer, palpitando con un calor que le subía por las piernas mientras miraba las fotos una por una.

Empezó a pajearse despacio, el roce de su mano contra la piel sensible haciéndolo jadear, los ojos clavados en la pantalla mientras imaginaba a Elena así otra vez, tocándose para él, gimiendo su nombre como en esas noches que habían quedado enterradas en la rutina.

Pasó a otra foto: Elena de rodillas, las tetas apretadas entre los brazos, los pezones duros y oscuros apuntando al lente, la lengua asomándole apenas mientras lo miraba con esa mezcla de inocencia y deseo que lo volvía loco. La respiración se le cortó, el semen subiéndole rápido, y aceleró, la mano moviéndose con una urgencia que lo mareaba.

El sonido del agua corriendo en su memoria se mezcló con el roce húmedo, el calor explotándole en las venas mientras acababa con un gemido ahogado, el líquido caliente chorreándole entre los dedos y salpicando el suelo de cerámica.

Apoyó la frente contra la pared, jadeando como un animal, el corazón latiéndole en el pecho como si quisiera salirse.

Se limpió con papel, el sudor corriéndole por la nuca mientras intentaba calmarse, la cabeza dándole vueltas con una mezcla de placer y culpa que no podía explicar.

Salió del baño con las piernas temblorosas, el celular todavía en la mano, y encontró a Elena en la sala, sentada en el sillón con las piernas cruzadas bajo una manta vieja, el pelo húmedo brillando bajo la luz de la lámpara de pie.

Estaba mirando algo en su propio celular, los dedos deslizándose por la pantalla con una calma que contrastaba con el torbellino que él llevaba adentro. Todo parecía normal, tranquilo, como cualquier otro día: el ruido de la tele apagada, el olor a café que venía de la cocina, el crujido del sillón cuando ella cambió de posición.

Pero algo lo picó, un impulso que no pudo ignorar, una chispa de duda que el sueño había dejado latiendo en su cabeza.

Esperó a que ella se levantara para ir a la cocina, dejando el celular sobre la mesa con un movimiento casual, la pantalla apagada reflejando la luz tenue de la lámpara. Martín lo miró un segundo, el pulso acelerándosele en las sienes, y lo agarró rápido, los dedos temblándole mientras deslizaba el pulgar por la pantalla.

Clave nueva. Una maldita clave nueva que no conocía.

El aire se le escapó de los pulmones, el nudo en el estómago apretándose como un puño mientras miraba el celular en su mano, la pantalla negra devolviéndole su propio reflejo: ojos abiertos, cara pálida, respiración entrecortada.

Elena nunca había cambiado la clave, no en diez años de casados. Siempre había sido la misma: 2508, el día que se conocieron, un detalle estúpido que los hacía reír cuando lo recordaban en alguna cena con amigos. Pero ahora era otra, algo que no podía descifrar, algo que lo dejaba afuera de su mundo.

La furia le subió por el pecho, caliente y sorda, mezclándose con el eco del sueño que todavía lo perseguía como un fantasma. ¿Y si no había sido solo una pesadilla? ¿Y si sus celos no eran tan infundados como quería creer? La cabeza le daba vueltas, las imágenes de Elena con Javier volviendo como flashes: el culo temblando bajo las embestidas, los gemidos resonando en el pasillo, el olor a sexo colándose por la rendija de la puerta.

Pero no, era imposible. No había clases de tenis, no había Javier, no había nada. Entonces, ¿por qué la clave? ¿Qué escondía ella detrás de esa barrera que nunca había existido antes? Las manos le temblaban, la verga todavía sensible dentro del bóxer, el morbo del baño chocando con la rabia que le quemaba las tripas. Quería gritarle, encararla, arrancarle el celular de las manos y exigirle una explicación, pero no podía moverse, no podía respirar.

Desde la cocina, el ruido de una taza contra la mesada lo sacó del trance. Elena volvió a la sala con una sonrisa leve, los ojos brillando bajo la luz mientras lo miraba desde la puerta, ajena al torbellino que lo estaba despedazando por dentro. —¿Querés café? —preguntó, la voz tranquila, casi dulce, como si nada hubiera cambiado entre ellos. Martín apretó el celular en la mano un segundo más, la pantalla fría contra su piel, y lo dejó en la mesa con un movimiento lento, forzando una sonrisa que no sentía.

—Claro… gracias —respondió, la voz temblándole apenas, los ojos fijos en ella mientras ella se daba la vuelta y volvía a la cocina, el tarareo suave llenando el silencio otra vez. Se quedó ahí, sentado en el sillón, las manos apretadas en puños sobre las rodillas, la cabeza dándole vueltas mientras la duda crecía como un cáncer en su pecho. No dijo nada, no hizo nada, pero dentro de él todo se rompía, la locura latiendo en cada rincón de su mente, el eco de una traición que no podía probar pero que ya no podía ignorar. La clave nueva era un cerrojo, un secreto que lo miraba desde la mesa, y mientras el olor a café llenaba la casa, Martín supo que esa duda no lo iba a soltar nunca.