Larga batalla por una esposa. 2
La duda lo corroía hasta el alma. Decidió que no se conformaría con mirar; iba a ver, a saber, a poseer la verdad. Pero lo que encontró en esa carpeta digital no era solo traición, era un abismo del que no sabía si podría salir indemne.
Larga batalla por una esposa. Capítulo 2.
Ese fin de semana resultó un infierno para mi. Y no sabía que, en realidad, apenas era el inicio del purgatorio. Nada era capaz de conseguir abstraerme de la visión habida ese infausto, o revelador, jueves. Lo cierto es que apenas estuvimos en el chalet, menos mal, porque visitamos a una cuñada, con piso en el mismo Valladolid y finalmente nos marchamos a casa, en León, el mismo domingo después de comer. Esos días no volví a tocar a mi esposa. Tampoco le dije ni pregunté nada. ¿qué es lo que realmente había visto? ¿qué significaba esa escena?
Lo cierto es que la duda me corroía el alma y se me ocurrió tentar a la (mala)suerte o, mejor, provocarla. Le dije a Beatriz que no podría tener ese año los quince días de vacaciones habituales en agosto, porque justamente me encargaban una auditoria esos días en la fábrica de Montpellier, en Francia. Creí percibir un leve brillo en sus azules ojos mientras me decía que era una pena, la primera vez que ese tiempo no era para descansar juntos. Curiosamente, me pareció sincera.
Llegado el día 15 salí conduciendo y sin rumbo, porque en verdad la empresa me había concedido las vacaciones habituales. Llevaba una maleta, hecha por mi esposa, y la cabeza dando vueltas en cómo conseguir saber lo que ella iba a hacer, tantos días sola. Suponía que algo iba a pasar y yo debía saberlo.
En teoría, Beatriz se iría a Zamora ese tiempo, a casa de sus padres. Decidí coger una habitación en un hotel en el extrarradio y vigilar ese portal. Durante dos días no pude ver su Audi en el parking donde habitualmente lo dejaba en esas visitas, ni señal alguna de ella, aunque por teléfono me decía que estaba con su familia, y de compras por la ciudad del Duero. Fue agotador, horas interminables vigilando, escondiéndome, sin advertir nada, sintiéndome como un verdadero idiota. Era lunes, de tarde, cuando ya tomé la carretera hacia la finca de los susodichos, Joana y Rubén, en la provincia vecina. Sí, allí estaba aparcado su vehículo… no me había equivocado.
¿Qué podía hacer? Entrar no era una opción. Introduje mi viejo Mercedes en un camino rural y esperé agazapado entre los árboles, al otro lado de la carretera, sin saber bien a qué. Sudando, porque el calor era insoportable, bebiendo botellines de agua caliente que llevaba en el maletero y sudando lo indecible. De repente, ya casi de noche, vi salir el imponente Porche Cayenne de la pareja, y las tres cabezas dentro, mi mujer atrás. Sin temor a la alarma (afortunadamente no la pusieron, simplemente porque habían salido sólo a cenar fuera, como luego supe), me introduje en el recinto, saltando la valla. Tal que esperaba, dando la vuelta a la casa, pude llegar al área posterior de la piscina y jardín. Allí estaban las toallas, signo de que se habían bañado. Abrí la gran puerta acristalada de varias hojas y entré al gran salón sin dificultad. Desde luego no sabía qué buscaba exactamente, iba como un trastornado, febril. De repente, encima de una mesa de despacho que ocupaba un rincón, vi la cámara, esa que tenía fijada en la retina. Al lado, un portátil, y ambos conectados por el cable pertinente para bajar imágenes… Las ideas se agolparon en mi cerebro. Al tocar una tecla el ordenador se encendió, estaba en reposo, pero me pedía una clave… instintivamente pulsé la que era habitualmente usada por Beatriz, y que ha sido siempre la misma, las letras mayúsculas de la A hasta la E y los números seguidos desde el 1 al 9… Fue, como digo, un impulso, absurdo, pero irrefrenable. Y resultó que acerté, increíble, seguramente era la propia del trabajo común que compartían los tres… Apareció, justo en el centro de la pantalla, una carpeta, con el epígrafe “Beatriz”. Al abrirla, surgió una ristra larguísima de documentos, fotos en formato jpg y videos, no podría decir el número, pero muchísimos. Estaban nominados por fechas. Tenía que copiar eso y llevármelo. Casi tropezando con mis propias piernas, salí corriendo hacia mi coche, donde siempre llevo un maletín, con varios pendrives para mis proyectos. El corazón se salía del pecho, fui y volví como un poseso, llevado de una fuerza enloquecida,,,,. Al volver, tuve que repetir el tecleo de la clave, me confundía porque mis dedos temblaban. Tardó un buen rato, que también se me hizo eterno, en copiar aquella multitud de archivos. Tuve, no obstante, la sangre fría de intentar dejarlo todo tal y como lo había encontrado. Creo que lo conseguí. Retorné finalmente a mi “posición” de vigilante, frente a la entrada de ese lugar enervante. Quería saber si volvían y cuándo. La noche se hizo profunda, seguía el calor y continuaba sudando. Por fin, cuando ya eran las 2 de la madrugada sentí el motor y vi las luces. Entraron en animada conversación y luego se hizo el silencio. Como un autómata, conduje entonces hasta el hotel, abatido, con la ansiedad de ver lo que acababa de recoger. Y con mucho miedo, mezclado con excitación, incluso sexual. Pese al cansancio, el pene estaba erguido, duro como pocas veces había podido advertir. A saltos subí las escaleras, porque no quería perder tiempo esperando el ascensor. Sin quitarme la ropa, encendí mi propio iBook y me puse a la tarea. La más extraña, intrigante y excitante de mi vida.
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