Esposos cornudos 1 (Capítulo 13)
Rafa no entiende cómo terminó encerrado en esa habitación, pero la respuesta está afuera, en la terraza, donde su esposa y su mejor amigo están a punto de cruzar la línea. Mientras Daniel prepara la escena con crudeza y descaro, el teléfono de Rafa vibra con las preguntas prohibidas de Carolina: ¿qué quiere que pase si queda con otro? La puerta se cierra, los gemidos están por llegar, y Rafa debe决
CAPÍTULO 13
Voces. Pisadas. El sonido de la puerta de la entrada cerrándose. Pasos en el vestíbulo. Pero lo que más atronaba era mi propio estupor, el golpeteo rítmico de mi corazón bombeando sangre; sentía la incómoda vertiente interna, como si se me hubieran taponado un poco los oídos y pudiera sentir así y con más fuerza mi palpitar interior.
Giré sobre mí mismo. Me llevé las manos a la cara. No entendía cómo había terminado allí encerrado. Las luces de la ciudad se filtraban a través del cristal y la cortina fina, proporcionándome la luz suficiente en la penumbra.
Me mantuve en un silencio pétreo para intentar descifrar siquiera una sílaba de lo que se decían. Pero solo era capaz de captar que se alejaban. Escuché cajas siendo arrastradas y después pasos y voces aún más lejanas. A los pocos segundos parecía evidente que estaban ya en la terraza.
Miré mi teléfono, lo desbloqueé, y una proyección de luz artificial iluminó mi entorno inmediato. Daniel no me contestaba pero había leído mi mensaje.
Intenté tranquilizarme. Después supe que debía huir.
Pero cómo.
Podría coger mi equipaje sin encender luz alguna, abrir la puerta y llegar al vestíbulo para marcharme. Pero desde la terraza se podría atisbar dicha entrada. Me imaginaba a Carolina viéndome escapar a hurtadillas y no podía existir situación más inexplicable. Después pensé que casi era tan inexplicable su presencia allí. Y pensé que nadie estaba dónde debía, solo Daniel.
Solté aire. Quise destensarme, en la medida de lo posible. Me hacía tantas preguntas que apenas podía empezar a intentar responder una antes de ser asaltado por la siguiente. Casi todas versaban sobre Carolina y sobre el hecho de que estuviera allí. Susurré para mí: “El juego”. “Contármelo después y excitarnos”. Pero, ¿por qué él? ¿Por qué así? ¿Por qué después de tanto tiempo? ¿Por qué después de que había salido aquel juego tan mal? ¿Y hasta dónde jugaría? ¿Cómo lo pararía? ¿Qué me contaría? Pero la curiosidad más inminente versaba sobre qué estarían haciendo, juntos, en su dichosa terraza, en aquel preciso momento.
Escuché entonces pasos. Rápidos. El sonido era de chasquido, no contundente. Pisadas que cruzaban el salón. Solo una persona. Pasaban la entrada. Era Daniel. Seguro. Eran sus extemporáneas chanclas. Pensé que pasaría el pasillo, que rebasaría la puerta del dormitorio donde yo me encontraba para ir quizás a su dormitorio en busca de algo. Pero no. Bajó la manilla de la puerta que yo tenía ante mí y entró inmediatamente. Me miró, parecía venir a cerciorarse de mi presencia, pero a la vez daba la impresión de pretender algo más. Cerró la puerta tras de sí y dijo en un susurro:
—La tengo en la terraza… calentita. Ahora que espere ella.
Enseguida apartó la vista de mí y comenzó a maniobrar en una maleta roja que estaba en el suelo.
—Leí tu mensaje tarde —dije sin pensar.
Los dos en la semioscuridad. Él abriendo cremalleras y cerrándolas. Buscaba algo y no lo encontraba.
No respondió a mi frase y dije entonces:
—Yo me voy ya.
—No, joder —susurró tenso, y sin levantarse ni mirarme, mientras seguía buscando—. Ahora si te oye salir igual flipa. Además, cargado como vas y con toda la mierda que tengo en el salón vas a hacer más ruido que el carajo. Quédate aquí. Descansa un poco. Yo qué sé. Yo en diez minutos tengo esto gestionado. Paso de meterle palique. En diez minutos o nos piramos y ya te piras con calma… o me la follo. Y cuando nos oigas follar salte.
—No voy a esperar aquí como un idiota —susurré.
—Ya… Pues… Te hubieras pirado antes, joder —contestó.
Volví a coger aire. Sentí una inquina incontrolable. Mientras aquel imbécil buscaba en otra maleta imaginé lo que le haría si no pesara noventa o cien kilos, y si no estuviera mi mujer a quince metros.
Para colmo en mi cuerpo aún rebotaba su “o me la follo” y su gesto con la cabeza en dirección a la habitación contigua, dónde debía de estar su dormitorio.
—Hostia… ¿pero dónde está la puta colonia? —preguntó en voz baja.
Yo lo miraba: torpe, grande, cabezón.
—Tenías que haberla visto —comenzó a farfullar apartando camisetas—. Timbré a su puerta y me aparece la muy cochina en camisón. Unas tetazas… Y le dije que cambiaba lo de mañana por tomar algo esta noche.
Mientras él hablaba comencé a sentir vibraciones en mi mano. Era mi teléfono. Lo metí en mi bolsillo. Intentaba disimular, pero las vibraciones no cesaban.
—Y ella… —continuó Daniel— me dijo que se cambiaba en un segundo. Me dejó plantado en la puerta… pero valió la pena esperar. Menudo zorrón. Me tiene a mil. Tendrías que ver las botas y la falda… Está para reventarla. O para que me reviente ella a mí. Tan pronto la vi con las botas me la imaginé pisándome los huevos… yo encantado —sonrió en una mueca asquerosa y yo tragué saliva e intenté adivinar a qué botas se referiría—. Después la lié para tomar una copa aquí primero. El plan evidentemente es follármela hoy y follármela mañana. Nada, tío. Que le den a la puta colonia. ¿Tú tienes?
—No. No tengo —mentí mientras seguía sintiendo más y más vibraciones en mi bolsillo.
—Bueno… —dijo poniéndose en pie y abandonando su infructífera tarea. Salgo. Eso. Vete después de que nos vayamos o cuando me la esté follando —sonrió—. Cuando la empieces a oír gemir como a una perra puedes pirarte con calma… que no va a escuchar nada.
—Ya… —susurré y aquel gilipollas se machó.
Cerró la puerta con cuidado y yo cogí mi teléfono inmediatamente. Como sospechaba, era mi mujer la causante de tantos mensajes. Primero leí aquello que me había escrito hacía un rato: “Vale, pero antes de dormirte avísame, por favor”. Después comencé a leer todas aquellas frases causantes de las vibraciones:
—No me contestas. Te he dicho que me escribas antes de dormir.
—En serio, Rafa. Es urgente.
—No me llames pero antes de acostarte quiero que me escribas. Es sobre el juego y la sorpresa.
—Es una pregunta clara.
—¿Si quedara con un hombre qué querrías que pasara?
—Nunca supe hasta dónde querías llegar con eso.
—Necesito escucharlo. O leerlo. De ti.
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