Xtories

Diario de un cornudo

Él no solo lo permite; lo planea. Mientras su esposa se desnuda ante otro hombre en la arena, él se esconde en la oscuridad, temblando no de rabia, sino de una excitación prohibida. La traición ya no es un miedo, es el regalo que él mismo se ha dado.

Ivan15K vistas9.0· 14 votos

Bueno… toda esta locura la venía arrastrando desde hace un buen tiempo ya. Al par de años de casado con mi dulce Karencita, comencé a ser bombardeado por demenciales fantasías sobre ella en brazos de otros machos. Machos lascivos, dotados y degenerados que la hacían gozar como toda mujer se merece.

Dichas fantasías fueron empeorando en cuanto a intensidad y perversión… convirtiéndose mi mujer en una especie de musa para mis delirios más íntimos y prohibidos. Ya mi locura comenzaba a alcanzar niveles realmente preocupantes

No sé que tenía mi amada… realmente me era imposible comprender tal obsesión enfermiza que despertaba en mí. No sabía si era por la dulzura y suavidad que aun continuaba conservando a sus 27 añitos: siempre amistosa, siempre bondadosa e inocentemente coqueta con todo el mundo. O quizás su demencial figura, la que siempre le acomplejó en demasía por algunos problemas y mal entendidos que le trajo en el pasado… en particular por su dotado trasero, que según sus propias palabras: “se sacaría un poco si pudiera”.

De cintura ajustadita, pechos pequeñitos pero firmes y redonditos. Una figura esbelta y envidiable gracias a sus afortunados genes, alimentación saludable y por los suaves ejercicios que con tanto ahínco y compromiso hacía a diario. Su carita de angelita, su cabello castaño, largo y de natural alisado; me derretía por mi Karencita.

Fui realmente afortunado de cruzármela siendo tan jovencitos. Al ser criada como niñita de iglesia, bajo estricta dictadura moralreligiosa… creció encerrada en la torre más alta. Yo fui su único contacto con el mundo exterior, volviéndonos inseparables. Después de años de puberta amistad terminamos siendo noviecitos en secreto y desde ese día nunca más nos separamos. Demás está decir que yo he sido el único hombre en su vida… en todo sentido.

El salto de la fantasía a la realidad se veía completamente imposible… y esto me volvía loco. Era consciente de que jugaba con fuego y me arriesgaba a quemar lo más valioso que tenía en la vida, pero seguido estaba maquinando planes en mi cabeza y buscando posibles candidatos a la altura que permitieran hacer realidad mis desquiciantes delirios, a la vez de que me cuestionaba si realmente algo así sería posible sin sufrir consecuencias de las que me arrepentiría por el resto de mi vida.

Cuando entró a trabajar en aquel centro médico como la maravillosa psicóloga en la que se convirtió, estaba seguro de que algo cambiaría en ella, algo que pudiera avivar todavía más mis delirios de cuernos consentidos… no lo sé: con tantos colegas viéndola con otros ojos, o la típica, algún jefe que se quisiera aprovechar de su posición. Pero nada. A diario me contaba de su normal y aburrido ambiente laboral y la nula compenetración y complicidad que sentía con sus compañeros varones. Muy a su estilo, simplemente cerraba toda puerta que se pudieran dar algo más que simples relaciones profesionales con ellos y punto.

Al parecer, todos mis delirios quedarían solo en mi cabeza, como la espina efímera que me despertaba con tremenda erección por las mañanas o como ese fuego que encendía mí libido hasta arder en pasión lujuriosa. Moriría de la frustración de nunca poder hacerlo realidad. Hasta que… Walter volvió a la ciudad.

Walter era como mi hermano… un maldito hijo de perra que estuvo ahí, en mi peores y mejores momentos. Apoyándome y cubriéndome en todo. Este mal nacido, buscando una mejor opción laboral, había partido de la ciudad… pero la vida lo trajo de vuelta.

Sumergiéndome todavía más en mis delirios… Walter resultaba ser un tremendo candidato para mis turbias fantasías. De piel trigueña y cabello castaña oscuro, condición física envidiable de levantamiento de pesas en una figura gruesa y fornida. Barba bien cuidada a medio pelo y una actitud galana que le consiguió incontables conquistas en el pasado. Además… alimentando la parte más morbosa de mis delirios, siempre cargó con una fama de semental en la cama y dotado.

Decenas de recuerdos invadieron vehementes mi cabeza, recuerdos de distorsionadas convivencias pasadas, recuerdos efervescentes por un hecho que era innegable: de todo el mar de energúmenos que alguna vez llamé “amigos”, mi amada solo se llevó bien con Walter. Esto… esto… me dio indebidas esperanzas.

Invité ese mismo día a mi viejo camarada a nuestro modesto apartamento, Incluso yo mismo fui por él al aeropuerto. Esa misma noche nos pusimos al corriente a punta de frías cervezas en mano. Cuando mi amada llegó a casa, cansada y con ganas nada más que de dormir, se encontró con la sorpresa de nuestro visitante, al que saludó con un amoroso beso en su mejilla y un cálido abrazo: de todos los que alguna vez pasaron de visita por casa, solo a él saludaría de esa forma.

La invité por mera cortesía a que compartiera un par con nosotros, a pesar de que estaba seguro de que preferiría ir a la cama: debido a su evidente cansancio y por su reticencia a beber alcohol. Pero tomándome completamente desprevenido y desafiando todo lo que creí conocer de ella… aceptó mi invitación. Se quitó su calzado y se sentó junto a nosotros en el sofá, compartiendo las vivencias, chistes e indirectas… claro que desde su forma más recatada, educada y conservadora.

Las semanas volaron, con Walter habíamos vuelto a ser los mismos críos inseparables de antaño. Nos juntábamos sagradamente los fines de semana e inventábamos locuras y aventuras que nos sacaran de nuestras rutinas y poder olvidar así las ásperas semanas y la vicisitudes de nuestras respectivas vidas. Pero lo que definitivamente más me gustaba, era que mi Karencita ya no era solo una silente testigo que compartía unos minutos nuestras locuras para irse a acostar temprano… sino que ahora también se hacía parte en nuestros planes y convivencias.

Me encantaban nuestras juntas a solas entre los tres, me encantaba el exceso de alcohol, me encantaba la comicidad a punta de bromas absurdas e infantiles, me encantaba la complicidad y camaradería, me encantaba nuestro sentido de humor obsceno y negro como la noche, me encantaba que pudiéramos ser nosotros mismos con la seguridad de que no nos juzgaríamos ni criticaríamos. Una libertad que hace décadas no sentíamos con nadie.

Me fascinaba que nuestras juntas comenzaran a sumirse poco a poquito en esta excitación morbosa que los tres sentíamos: de eso no había duda. No era solo mi enturbiada cabeza deseosa por hacer realidad mis delirios engañándome para hacerme creer algo que no era. Cierto aroma embriagador en el ambiente aparecía en las madrugadas, embelesando nuestros sentidos cuando ya estábamos bien pasados de tragos… en especial a mi Karencita. Aparecía cierto sabor en el aire de nuestra sala de estar, espeso y con adictivo gusto a chocolate, frutos rojos… y a prohibido.

Me enloquecía que mi amada me permitiera hacerle cosas que normalmente provocaban su enojo e incomodidad, como cuando me ponía meloso o cariñoso con visitas en casa. Siempre que estábamos en presencia de un tercero, entre nosotros se levantaba un muro de recato y pudor que me impedía acercarme a ella, teniendo que reprimir mis incontrolables deseos por un beso, una caricia o una suave nalgada. En cambio, desde la llegada de Walter, era ella la que no se despegaba de mi lado, dándome besos apasionados y rogando por mis caricias atrevidas en su cuerpo cada vez que quedábamos momentáneamente a solas. El colmo fue la noche en que, durante una ida de nuestro hermano al baño, mi amada asaltó mi boca en el beso más impúdico… un tipo de beso de aquellos, de esos reservados solo para nuestras noches más íntimas y lascivas. Me separó sus piernas levantándose su vestido, exhibiéndome su entrepierna y su fogosa vagina cubierta por su humedecido calzoncito blanco de niña buena. Caí… caí completamente rendido a sus encantos. Nos devoramos entre gemidos y caricias íntimas, al menos hasta que oímos la puerta del baño abrirse y mi amada retomó sus cabales y su correcta posición sobre el sofá.

Una noche de aquellas, ya pasaban de las cuatro de la madrugada y simulé quedarme dormido ahogado de borracho. Estaba realizando una interpretación bastante convincente recostado sobre el sofá, mientras observaba a ojos entrecerrados. Lo único que alumbraba era el video musical puesto en la televisión a volumen moderado y una discreta lámpara en junto, lo que mantenía todo a nuestro alrededor sumergido en la justa oscuridad. Ayudado por el manto de seguridad otorgado por la tenue y escasa luz, atestiguaba cobardemente la conversación entre mi esposa y mi hermano: sus miradas fijas y directas a los ojos, sus halagos mutuos bien recibidos, sus chistes en doble sentido, sus caricias amistosas y discretas, sus manos posándose en las rodillas y hombros del otro al reírse o agregar algo… hubiera vendido mi alma por un acercamiento más pasional entre ellos en ese momento.

Buscando romper la rutina, comenzamos a planificar un pequeño viajecito a la playa. No estábamos en temporada, pero vivimos en un zona en que los inviernos y otoños son bastante discretos, al punto de que si tienes un poco de suerte y sol, puedes de la nada sacarte un gran día de playa… playa casi solo para ti por lo demás.

Yo era el último en salir del trabajo ese dichoso día de nuestra aventura, por lo que mi Karencita y Walter esperarían por mí en nuestro apartamento. Pero una mala noticia atrasó momentáneamente nuestros planes: mi amada necesitaba un traje de baño nuevo y no se había percatado de esto hasta el último minuto. Bastante molesto por esta situación, partí rápidamente a comprarle uno que fuera de su gusto, me dio algunas indicaciones de cómo podría ser y partí apenas salí del trabajo.

Ahí me encontraba, incómodo en aquella enorme tienda, específicamente en la sección de ropa interior femenina. Solo, incómodo y visiblemente molesto… pero mi enojo se convirtió rápidamente en siniestra alegría, pues una atrevida idea había llegado a mi desviada cabeza: cambiaría ligeramente la recatada preferencia de mi mujer en cuanto a trajes de baño, por algo mucho más atrevido y exhibicionista. Ahora en lugar de usar uno de una sola pieza, de discreto color y que mostrara lo menos posible… usaría un pequeño bikini tipo tanga, de un llamativo color rosa puta. En la parte de su colita solo se unían unos delgados hilos, en la parte de enfrente tenía un diminuto triangulo que cubría solamente su sexo y sus senos solo serían sostenidos por una pequeña cantidad de elasticado género. Pagué rápidamente y tremendamente excitado salí corriendo a nuestra dichosa aventura.

Al llegar a casa, ya estaban ambos esperando por mí. Mi mujer quería llevar puesto lo que había comprado para ella, pero excusándome con que llevábamos un retraso considerable, le exigí que se cambiara allá, dentro de la discreción de la carpa. Cargamos las últimas cosas en la camioneta y partimos en ansioso y juguetón jolgorio.

En el camino me fui poniendo cada vez más nervioso, pero a la vez me sentía más extasiado de lo que jamás había estado en mi vida. Una extraña sensación golpeaba mi pecho… entre terror mortal y excitación desenfrenada. Con la excusa de estar pendiente en la carretera, disimulé mi silente nerviosismo, pero miraba a cada instante a mi amada sentada junto a mí y todo de mí se estremecía de solo imaginarme la velada que nos aguardaba, algo incontrolable.

Una vez llegamos a nuestro apartado destino descargamos las cosas, preparamos la carpa, la parrilla y nos dispusimos a compartir amigablemente. La carpa era grande y cómo en ocasiones anteriores, llevamos un gran colchón inflable para nosotros y uno pequeño para el tercero, quedando un espacio como de medio metro entre ambos. En el pasado no habíamos tenido problema alguno con esto de compartir los tres una misma carpa, ya que era poco lo que dormíamos y siempre me acostaba yo en medio como para evitar posibles roces involuntarios e indebidos entre mi mujer y mi amigo.

El lugar era maravilloso… de aguas cristalinas y blanca arena. Hermosa playa bien oculta, a la que solo los lugareños sabíamos bien como llegar y el escarpado camino se encargaba de ahuyentar a los inexpertos. Esto nos dejaba prácticamente tan mágico paraje solo para nuestro deleite.

Cuando ya teníamos todo listo, le pasé a mi amada el pecaminoso traje de baño que le había comprado… mi mano tembló de los nervios, llegando incluso a pensar en abortar toda aquella locura. Sin mirarlo detalladamente, solo tomó la elegante bolsa que lo contenía y se encerró en la carpa para proceder a ponérselo. Se tomó mucho tiempo para salir poniéndome más y más nervioso por su reacción. Realmente creí que se negaría rotundamente a usarlo y se molestaría seriamente conmigo, arruinando completamente la velada por la que tanto nos habíamos esforzado. Para mi media suerte no fue así: se lo puso, pero decidió ocultar su parte inferior conservando puesto su short de jeans que había decidido usar para ese día. Los nudos y tirantes del indebido y diminuto bikini sobresalían por sus caderas por sobre aquel short y sus hermosos senos se veían magníficos en ese pequeño brasier de llamativo rosa que poco los cubría.

Al salir de la carpa, me clavó su mirada impactada por mi atrevida compra. La pobre estaba muy cohibida y avergonzada, provocando que la clara piel de su bello rostro se enrojeciera cada vez más, al punto de quedar muy ruborizada. La notaba demasiado incómoda, intentando taparse inútilmente sus hermosos senos… pero se le lograban ver en detalle y cuando el viento soplaba erizaba su piel y sus pequeños pezones se marcaban claramente.

Al vernos tan tensos y nerviosos sin comprender el porqué, Walter, en su inmensa sabiduría nos insistió en que fuéramos a nadar un poco. Yo ya estaba listo y dispuesto para ello, pero mi amada no quería quitarse su short; en ese momento hubiese dado lo que fuese por verla sin este. Así que fuimos solo él y yo.

Después de algunos minutos de nadar y juegos infantiles, Walter salió decidido a conversar con mi Karen, la que se acaloraba sentada sola en la arena. Los vi conversar y conversar… reír y reír. Hasta que salí del agua para hacerme parte. Cuando estuve a pocos metros de ellos, solo oí a Walter decir: “¡Venga!… somos solo nosotros, no tienes nada de que avergonzarte”. Por lo que supuse al instante que mi mujer se había atrevido a contarle el dilema del traje de baño… pero cuando llegué donde ellos, simplemente cambiaron de tema.

Preferimos comenzar a encargarnos del almuerzo, Walter y yo preparamos la comida y mi amada se encargó de las bebidas. Pude notarla abstraída en las olas, como anhelando refrescarse en aquellas hermosas aguas… pero a la vez la podía notar muy nerviosa y dubitativa, restregando sus manos entre ellas y mordisqueando suavemente las uñas de sus pulgares. Hasta que decidida comenzó a quitarse sus sandalias y sus dedos fueron directo hasta el botón de su short.

—¿Qué hace? —pregunté con mi mejor cara de estúpido.

—Voy a nadar… —fue lo único que me respondió sin atreverse a mirar en la dirección en la que nos encontrábamos Walter y yo.

Después de un par de cervezas y tormentosas inseguridades, bajó atrevida y desafiante su prenda inferior, de un solo jalón como para que doliera lo menos posible… como diciendo: ¡Al diablo con todo!. No lo pude creer… en el maniquí de la tienda se veía atrevido y erótico, pero sobre su inocente carne femenina recientemente depilada, era casi pornográfico. Prácticamente era como si mostrara su dotado culo al desnudo, casi como si hubiera preferido despojarse de absolutamente todas sus prendas y nadar como Dios la envió al mundo.

Se alejó lentamente de nosotros, caminando nerviosa pero decidida sobre la caliente arena a pies descalzos. Boquiabiertos quedamos con Walter, atónitos, sin poder creer tal escenario.

De su rajita trasera solo brotaba un pequeño hilito y en su frente no quedaba nada, pero nada a la imaginación, siendo cubiertos solo los incipientes labios de su vulvita. Su hermosa y trabajada figura se lucía cómo nunca antes, al igual que su tersa y clara piel. La depilación íntima que se había hecho casi obligada y a regañadientes por acompañar a una amiga le había venido de maravillas. Walter necesitó unos largos segundos para reponerse y tomar el control de sí mismo, además de restregarse sus ojos repetidas veces. Por mi parte tuve que esforzarme por ocultar la enorme erección que se había dibujado en mi bañador.

La admiramos a discretos intervalos, embelesados y embobados mientras terminábamos la comida. Cuando llegó la hora de comer, le avisamos para que se acercara. No pudimos controlarnos ni evitar devorarla con los ojos en cada paso que daba de regreso, decepcionados y a la vez tremendamente agradecidos con la vida cuando cubrió su cuerpo con la toalla, haciendo un nudo con ella en su vientre y cubrir así sus privacidades inferiores.

Ya sedientos y hambrientos nos dispusimos a comer y beber, para luego tomar algo de sol y descansar sobre la suave arena. Extendimos algunas toalla y nos recostamos sobre ellas, quedando mi amada boca abajo. Disfrazando mis oscuras y asquerosas intenciones cubriéndolas de preocupación por su piel, le ofrecí echarle bloqueador solar por su espalda, siendo aceptada mi oferta.

Le dí un suave y merecido masaje por sus hombros y espalda, yendo en lento y demencial descenso. Ya mi enorme bulto se podía notar claramente en mi bañador, mientras que mi amigo aprovechaba sus oscuros lentes para mirar a destajo a mi Karencita. Llegados mis masajes untados en el cremoso bloqueador hasta la frontera marcada por su toalla, sin preguntas ni nada colé mis manos bajo ella y le solté el nudo para quitársela… creí que se molestaría y me diría que solo llegara hasta ahí, pero en lugar de eso, despegó levemente su vientre del suelo para permitírmelo: nuevamente nos dejó sin palabras.

Mis manos aceitosas y resbalosas recorrieron extasiadas los carnosos glúteos expuestos de mi mujer, haciendo círculos con ellos y separándoselos levemente en mi pasar. Estaba jadeando extasiado de placer, deleitando su íntima piel con un tercero como directo testigo. La pobre, a pesar de estar gozándolo estaba completamente avergonzada, no podía despegar su rostro de la toalla que había extendido sobre la arena, sin poder creer el espectáculo que nos estaba dando.

Ya descansados volvimos a la pequeña mesa, sacamos los vasos y preparamos los mojitos sobrecargados en alcohol. Mi amada ya se había acostumbrado a su atrevido traje de baño y a nuestras atrevidas miradas, quedándose descubierta, actuando ya con más naturalidad y confianza.

Las horas pasaron y el sol comenzó a retirarse, pero a pesar de ello, el ambiente aún seguía cálido y agradable. Con las barrigas llenas y las mentes aletargadas y adormecidas en alcohol, nos pusimos en un plan más íntimo y atrevido. Charlamos de la vida en profundidad, estrechando aún más nuestros lazos. Luego nos pusimos traviesos y comenzamos a bromear entre nosotros, Walter bromeando duro y sin tapujos; muy a su estilo. Nos insinuó que aquella podría ser nuestra playa nudista, a lo cual respondí de inmediato poniéndome de pie de un salto y quitándome rápidamente el bañador, dejando toda mi masculinidad al descubierto. Entre risas y jolgorio una sensación de libertad indescriptible había llegado a mí. Walter no demoró en seguir mi locura y al igual que yo, se despojó de su bañador quedando también como Dios lo mandó al mundo, desnudo por completo e ignorando totalmente la presencia de mi recatada Karencita y sus inocentes ojitos, la que no paraba de reír mientras mientras presionaba su estómago con ambas manos.

Una vez calmados, nos quedamos disfrutando de la libertad de estar desnudos en la naturaleza y en tan buena compañía. A cada instante podía notar las tímidas miradas de mi amada que se perdían en mi pene semierecto y en el de Walter… el que evidentemente poseía gran tamaño a pesar de estar en descanso. Ambos estábamos intensamente estimulados por la rica presencia de ella y su pequeño traje de baño.

Completamente desinhibidos y alcoholizados, la comenzamos a convencer de que debería hacer lo mismo que nosotros y quitarse el traje de baño, a lo que tímidamente respondía mi amada negando con su cabeza. Después de insistir un poco, accedió a quitarse la parte superior de este, entre risas nerviosas y vergüenza desbordada… una vez más se ruborizó completamente la pobre. Con su ternura e inocencia que la caracterizan tanto, llevó lentamente sus manos hasta su espalda y comenzó a jalar del nudo que sujetaba el diminuto sujetador, hasta que este se soltó completamente en su frente, Se los quitó rápidamente y dejó libres sus hermosos y delicados senos. Sus pequeños pezones color caramelo estaban duritos. La excitación se comenzaba a notar en mi pene y en el de Walter, que estábamos disfrutando a destajo las furtivas miradas a los antojables senos de nuestra compañera.

No podía creerlo, mi tímida y reservada Karencita mostrando sus senos a otro hombre, tal panorama me hacía sentir mariposas de excitación en mi estómago, mis piernas temblar y mi vista se nubló de lo caliente que me ponía todo esto: Mis sueños más atrevidos, morbosos y lujuriosos podrían llegar a ser realidad… pensé. Me encontraba al borde de la locura.

Empezamos a jugar una inocente partida de verdad o reto, que comenzó bien infantil, pero que poco a poco fue poniéndose cada vez más atrevido. Pero la guinda de la torta fue cuándo mi Karen escogió "reto" en su turno, a lo que Walter sin perder la oportunidad, la retó a quitarse la parte de abajo de su traje de baño. Ella me miró preocupada por lo que yo podría llegar a decir, tomándonos unos segundos de miradas incómodas. Pero le dejé bien en claro de que no tenía problema alguno con ello, es más, estaba muriendo que lo hiciera. Titubeó nerviosa y cohibida, no era fácil para ella revelar la intimidad de su desnudez a otro hombre por primera vez, por lo que, para ayudarla, tomé lentamente una de las amarras del atrevido bikini y suavemente comencé a jalar el elasticado tirante. Mi amada solo cubrió su rostro con ambas manos, mientras reía muy nerviosa… incapaz de creer que se estuviera atreviendo y permitiendo tal cosa.

Para cuando uno de los nudos se desató, esta agarró un poquito más de confianza y me permitió jalar del otro alzando levemente esa cadera hacía mí, para que pudiera alcanzarlo. Cuando ambos estuvieron desatados… el diminuto frente que cubría su pubis cayó, convirtiéndose en el acto más atrevido, impúdico, morboso e inmoral de toda su vida… —Uff… si mi suegra pudiera ver a su bebita inocente en este momento… —dije en la privacidad de mi cabeza, mientras admiraba el pubis de mi mujer al desnudo y el comienzo de vagina. Pude notar a Walter morder con demente lascivia su labio, antojado por la carne privada de mi esposa. Despegó fugazmente su culito de la toalla y en un rápido movimiento de su mano, jaló su íntima prenda, despegándolo de entre sus nalgas. Lo hizo bolita y lo dejó junto a ella, medio escondiéndolo bajo su muslo izquierdo.

El resto de la noche, mi amada mantuvo una posición discreta. Torciendo sus piernas a un lado, manteniéndolas bien cerraditas como toda señorita y cubriendo su regazo con una de las toallas… buscaba la mejor forma de mostrar los menos posible. Pero no importaba… nada importaba, por más que quisiera preservar su inocencia y la inexplorada santidad visual de su intimidad a ojos ajenos… era suficiente su estado para hacernos perder la cabeza al invitado y a mí.

En un viaje de nuestro acompañante a orinar en la oscuridad, por instinto salvaje nuestras bocas se devoraron desesperadas, como si nuestras vidas dependieran de besarnos de la manera más degenerada posible. En el pasado, tal muestra de intimidad con alguien presente, hubiera provocado rechazo absoluto por parte de ella… pero esta vez era distinto, muy distinto, ahora era ella la que deseaba perdidamente ser tocada y besada con lujuria y deseo. Sorpresivamente, me abrió sus piernas por completo, dándome toda una panorámica de su hermosa y deliciosa vagina, la cual no dudé un solo segundo en acariciar delicadamente cual flor. Grande fue mi sorpresa cuando descubrí lo empapado que estaba su sexo, sus suaves y carnosos labios parecían una cascada que alcanzó a mojar incluso la toalla dónde estaba sentadita. Me rogaba en silencio por que la penetrara en ese mismo instante, con la expresión más demencialmente excitada que había visto estampada en su hermoso rostro. Pero nos vimos interrumpidos por el retorno de nuestro compañero… yo hubiese seguido sin más, pero no quise que se sintiera presionada y se bloqueara después de haber llegado tan lejos con esto. Así que no me quedó de otra que calmar mis instintos y seguir esperando el momento oportuno para que todo fluyera. Todos nos encontrábamos a punto de explotar de excitación.

Llegada la madrugada, comenzó a enturbiarse el ambiente, tornándose excitante para los tres… esa extraña y densa atracción apareció una vez más, para armonizar nuestras conversaciones y efervescer nuestros instintos más salvajes. La luminaria que habíamos llevado se había descargado, pero la blanquecina y mágica luz que nos brindó la luna casi llena que nos acompañó durante esa cálida noche, continuó alumbrando nuestra velada. Era algo limitada, pero nos permitía distinguir con claridad la siluetas de todo lo que nos rodeaba. Demás está decir que a esas alturas estábamos ya bien pasados de copas, en especial nuestra pequeña hembra que ya veía enturbiado incluso su hablar.

Repitiendo mi excelente interpretación de borracho ahogado, me disculpé con ambos y partí a acostarme entorpecido y sobrepasado, actuando como si estuviera a punto de caer inconsciente a causa del exceso de alcohol. Me despedí con un fuego en mi vientre y en mi miembro, rogando porque mi mujercita encontrara el valor para quedarse con aquel y no partiera detrás mío por el miedo a quedarse a solas con Walter. Y así fue… jadeaba de la excitación mientras me adentraba solo en la carpa, sin nadie siguiéndome. Incapaz de creer todavía que todo aquello estuviera ocurriendo, que todas mis asquerosas fantasías tuvieran una posibilidad, por pequeña que fuese... de volverse realidad.

Me dejé caer sobre el colchón pequeño, continuando con mi papel y preparando la escusa de: “no me fijé dónde me acosté… solo me dejé caer en lo primero que vi de lo mal que estaba”. Ahí me encontré, sobre ese rechinante y pequeño colchón, escuchando cada amistosa y coqueta palabra que los otros dos se soltaban afuera de la carpa. El mar armonizaba la noche desde la corta distancia, con ese mágico sonido del agua cuando recoge y de las olas cuando salen y rompen.

Minutos que desee que fueran eternos. Quizás no había acercamiento físico alguno entre ellos, quizás no había nada que se le pudiera parecer a un contacto intimo ni nada parecido… pero el simple hecho de que estuvieran a solas conversando y desprovistos de toda prenda, bastaba para hacerme flotar en un nube de morbosa excitación, convirtiéndose en el momento más excitante de toda mi maldita vida. Mi cuerpo todavía podía sentir el mar meciéndolo suavemente cuando cerraba mis ojos, con la erección más endurecida de todas… la que no me atrevía a rozar si quiera porque la más insignificante estimulación hubiera sido suficiente para haberme hecho acabar al instante.

Unas incontenibles ganas de orinar interrumpieron la conversación entre ellos, un repetitivo meneo incómodo de las piernas de mi Karen la delató… por más que se rehusó a aceptarlo frente a su indebido acompañante. Pero la necesidad superó a la vergüenza y debido a su dificultado andar, no le quedó de otra que aceptar la ayuda de aquel morboso caballero cuando su vejiga estuvo a punto de reventar.

—¡Mi traje de baño… mi traje de baño! —exclamó mi amada, rogando para cubrirse su intimidad antes de ponerse de pie, pero se quedaba sin tiempo. Con sus manos rebuscando entre la oscuridad intentaron encontrarlo, pero fue inútil… ni siquiera cuando encendieron las linternas de los teléfonos lo encontraron. Solo el: “No te preocupes por eso preciosa… está muy oscuro y no veo nada, así que tranquilita”. Que le soltó aquel, fue lo único que le permitió atreverse a intentar ponerse de pie.

La conocía… la conocía tan bien, que podía saborear, palpar y visualizar el terror por el que tuvo que pasar en ese momento. Solo escuchándola hablar, supe al instante lo horriblemente difícil que estaba siendo para ella. Pero a pesar de todo… continuó con aquella locura.

Él se puso de pie primero, extendiéndole sus manos para ayudarla a levantarse. Las piernas de mi Karencita estaban adormecidas de haber mantenido tanto tiempo aquella posición que buscaba salvar su privada desnudez. Sus pasos eran débiles y erráticos, casi volviendo a caer sobre la arena, pero su caballero la atajó con sus fornidos brazos… coqueta risa soltada por la boquita risueña de mi Karen. Aquél tomó fugazmente algo de la mesa de playa, para luego volver a apegarse con todo a las espaldas de ella, atraiéndola completamente a su pecho para envolverla en un abrazo por su cintura y caminar así de juntos y apegados, como si se hubiesen tratado de una sola persona.

La carpita ardía con mi calor corporal desbordado en excitación y morbo. Esta tenía cuatro aberturas, una en cada uno de sus lados, con un enmallado que hacía de especie de ventana, la que permitía ver hacía afuera más no hacia adentro. Buscaba y buscaba desesperado con mi cabeza el mejor ángulo que me diera vista hacia ellos, hasta que aparecieron justo por la ventana en la que yo me encontraba. Pude notar como el enorme pene de Walter se enterraba descaradamente en el culazo de mi mujercita, y ella, en lugar de molestarse por eso, parecía derretirse en su pecho masculino y apegarse lo más posible a aquel hombre ajeno.

Así llegaron hasta aquel oscuro rincón detrás de la carpa, dándome completa visual con mi cuerpo sobre el colchón, a pocos centímetros rasantes al suelo. Mi amada tomó aquella posición natural que toda mujer debe tomar para dejar libre su acuoso asunto en la naturaleza y el caballeroso de Walter se inclinó hacia adelante con sus piernas separadas, mas no dobladas, como para sujetarla en todo momento desde su pequeña cintura. Entre risas nerviosas y temblantes mi mujer se disculpaba con él por tener que molestarlo con algo de tamaña envergadura e intimidad.

El metro ochenta y tres, junto a su fornida condición y grueso cuerpo... en comparación al metro sesentaicinco de mi pequeña, hicieron ver a Walter enorme e imponente junto a mi amada.

—No tienes de qué disculparte… esto solo queda entre nosotros dos —agregó él en suave susurro directo al oído de mi vulnerable mujercita, la que le respondió solo con un delicioso gemido y una cautivada risa.

Sin previo aviso y con algo de dificultad, el dorado chorrito de mi mujer comenzó a brotar de su intimidad… con esos característicos sonidos al salir de su sistema y al impactar en la arena. ¡Diós!… ¡¡¡Ese aroma sobrecargado en desquiciantes feromonas de mi hembrita!!! me estaba volviendo completamente loco y estaba seguro de que también aquel afortunado galán.

Liberadas las últimas gotitas, sin dudarlo un solo instante, Walter tomó unas cuantas servilletas en su mano y con completa naturalidad y dominio, las utilizó para secar la intimidad de mi esposa… la cual no dijo una sola palabra, solo separó bien sus piernas cuando el blanco y suave papel rozó cuidadosamente de adelante hacía atrás absolutamente toda su intimidad femenina.

Regresaron igual de apegados, dispuestos ya a dormir… supuestamente. La atracción y tensión sexual entre ellos era descomunal… casi sofocante. Cuando entraron en la carpa, el que yo estuviera en el colchón pequeño no fue tema para ellos, solo se apoderaron del colchón matrimonial.

Maldición… no podía ver absolutamente nada entre la oscuridad, solo alcanzaba a distinguir algunas siluetas y sombras. Pero al menos, al estar tan cerca de ellos, lograba escuchar todo con lujo de detalles.

Tranquila y serena mi amada tomó el lugar mas cercano a mí, mientras que Walter tomó el lugar hacia la pared opuesta. Me encantaba, me encantaba… ¡me encantaba que compartiera el lecho con otro… y completamente desnudita! No había movimiento ni sonido alguno que acusara un indebido acercamiento entre ellos… pero no importaba, el simple hecho de que compartieran tan íntimo espacio me arrojaba directo a la lujuria demencial.

Los minutos pasaron lentos y arrastrados, mientras que el señor océano no dejaba de danzar fuera de la carpa. Parecía que ya habían caído dormidos… además de acomodarse un poco para dormir, no había habido mayor acción en su colchón. Morfeo ya estaba llegando por mí, algo decepcionado me encontraba por no atestiguar un acercamiento más intimo y carnal entre ellos. Pero recordé lo imposible que parecían mis fantasías, con mi mujercita tan correcta e inmaculada y agradecí lo vivido, poniendo mis esperanzas en una siguiente aventura que nos volviera a juntar.

Caía dormido a intervalos, pero el aura de mi mujer a pocos centímetros y los deseos ardientes porque ocurriera algo entre ellos me volvían a despertar una y otra vez… hasta que volví a caer completamente dormido y sin regreso.

Desperté una última vez… cansado… ya necesitaba dormirme definitivamente, ya que el señor sol comenzaría a aparecer en cualquier momento. Pero el exceso de alcohol y de mórbida excitación me la continuaron haciendo imposible. Una última vuelta sobre el pequeño y rechinante colchón, una última cerrada de mis ojos y me despedí de aquella tórrida aventura.

Dormía profundamente… al menos hasta que un inexplicable y a la vez familiar sonido me despertó. Era casi como acuoso… pero no se trataba del mar, más bien de algo resbalando o restregándose contra algo muy húmedo. —¿Un animal curioso se acercó a la carpa? —me pregunté intentando encontrarle una explicación. Fui por el origen, centré mi oído fuera de la carpa… pero nada, definitivamente estaba ocurriendo dentro. Cuando vine a darme cuenta, provenía de mi lado… más específicamente de donde supuestamente dormían aquellos dos.

Abrí mis ojos, los primeros rayos del sol ya dejaban ver algo con su fría luz mañanera. Mis ojos ardían y mi cabeza daba vueltas sin parar. Debía ser cuidadoso o sería descubierto pecando de cobarde y sucio mirón.

Me percaté que provenía de debajo de la delgada sábana que cubría a mi esposa y a mi amigo en el gran colchón vecino, los que se habían cubierto completamente con ella. Mi pecho se comenzó a acelerar al igual que mi respiración, mis oídos ensordecidos comenzaron a retumbar con la presión de mis latidos. —¿Son ellos? ¡¿Son ellos?! —me pregunté eufórico, concentrándome a más no poder para escuchar absolutamente todo.

Aquel sonido de roce acuoso se intensificó, siendo interrumpido solo por las olas más grandes en el exterior. Todavía no lograba dilucidar si efectivamente eran ellos, mi mente traicionándome o algún extraño animal que se coló en la carpa. Al borde del infarto me volteé discretamente, actuanándo como profundamente dormido y dejando mi rostro cubierto por una de las almohadas apuntando directamente hacia ellos, quedando con mis ojos escondidos.

Hasta que una discreta acomodada sobre aquel colchón, junto a un suave y ahogado gemido casi inaudible directo de la boquita de mi Karen me lo confirmaron. No lo podía creer… no lo podía creer… algo pasaba bajo esa delgada sábana. Pero solo la silueta de sus cuerpos cubiertos era lo único que lograba distinguir. Centré mi vista con todas mis fuerzas… los bultos de sus cuerpos estaban completamente apegados.

Hasta que ahogados por la falta de aire bajo el manto que los ocultaba, se descubrieron hasta sus pechos para poder respirar, mi Karen me dio una aterrada mirada directa, que de no haber sido por mi precaución de haberme tapado con la almohada, hubiera descubierto que me encontraba despierto.

Mi mujercita no paraba de mirarme con culpa y terror en sus ojos, mientras que Walter comenzó a besar su mejilla y cuello, implorándole entre susurros ahogados por otro beso, mientras que su mano amasaba con firmeza los senos desnudos de mi mujer. —Va a despertar… nos va a ver… no… no podemos —susurró mi Karen ahogada.

—Está dormido… relajate… solo un último beso y nada más —respondió aquel excitado a morir, mientras llevaba su mano bajo las sábanas, bajando por el abdomen y vientre de mi amada. La sábana acusaba movimientos bajo ella, justo sobre la intimidad de mi Karen. —Tu boca dice no… pero tu vagina está suplicándolo —

Duros gemidos de mi esposa, falta de aire al punto de estar casi ahogándose y la vez permitiéndole todo acercamiento. —¡Estás loco! —le respondió.

—Loco por ti niña… desde que te volví a ver que no he dejado de pensar en ti… en tu cuerpo… en tu culito… en lo rico que debe ser hacerle el amor a tu vagina —suelta aireado, directamente en el oído de ella.

—No… no podemos. Te lo suplico —

—No nos verá… está completamente ido —

— ¡Mhm!… no… no podemos… no debemos —

—Lo séee… lo sé… pero no lo puedo evitar. Te tengo completamente desnudita a mi lado… ¡Qué esperas!… Mira como me tienes —tomó la mano de ella y la llevó bajo las sábanas hasta su enorme pene endurecido y erecto a más no poder.

—Walt… Walt… no me hagas esto… por favor, te lo suplico —

—Un beso… solo un beso de tu boquita y tu lenguita te pido y no te molestaré más —

Extasiada mi pequeña volteó su rostro hacia él, dándole el beso más fogoso y lascivo de su vida. Sus bocas se devoraron y sus lenguas se lamieron como animales desenfrenados. Ese beso… ese impúdico beso vehemente digno del mismo Asmodeo, terminó gatillando todo.

Mi amada separó sus piernas mientras continuaba besándolo, creando un par de montañas en las sábanas, con sus rodillas separadas a más no poder como simas. La mano de Walter volvió a descender por su cuerpo, yendo directo a su entrepierna. Aquel sonido acuoso volvió con todo, siendo acompañado esta vez por ahogados gemidos de mi amada, los que eran devorados por la boca de aquel.

Falta de oxigeno, tuvo que despegar su rostro del de su ahora amante para tomar una bocanada de vital aire. Sus manos fueron a detener la mano que hacía lo quería en su intimidad, pero fue inútil.

—Estas empapada… tienes todo el colchón mojado —agregó aquel experto con sus manos. —¿Me vas a dejar meterte mis dedos ahora… o solo puedo seguir jugando con tu clítoris? —

Gemidos eufóricos a labios apretados para que no se oyeran. —¡Mhm!… ¡ah!… ¡¡mhmm!!… ¡¡¡Métemelos… méteme tus dedos!!! —

No pude evitar recordar todas las veces en que me detuvo las exploraciones de mis manos en su vagina, por su descomunal recato y por su fobia a infecciones paranoícas. No podía creer que ahora se atreviera a rogar tal cosa.

Aquel macho en celo, se reclinó levemente, lo suficiente como para comenzar a mamar los pezoncitos de mi mujer… llevándose y estirando sus senos con sus profundas succiones. Mientras su mano intensificó su danza en aquella entrepierna recatada e inexperta. Los sonidos acuosos ahora parecían de una maldita cascada aterrizando directa en el plástico lecho.

—¡Me orino Walter!… ¡me corro y me orino! —

—Aguanta mi amor… aguanta —

Gritos ahogados. —¡¿Qué me estás haciendo?!… ¡Có… cómo es posible? —

— Son solo mis dedos buscando tu punto G mi amor… y mi palma estimulando tu clítoris al rozar contra tus labios —

Antes de que pudiera terminar con su explicación, un incontenible gemido imposible de amortiguar con su labios escapó a todo pulmón. Desesperada abrazó la cabeza de aquel, enredando sus dedos entre su cabello y apretándolo contra su pecho para que intensificara las hambrientas mamadas a sus senos. Comenzó a acompañar la danza de los dedos de Walter con movimientos pélvicos que hicieron rechinar el condenado colchón, mientras que abundante líquido comenzó a brotar de su intimidad escuchándose golpear sobre este. Cada vez más rápido, cada vez más fuera de control… hasta que se quedaron pegados e inmóviles en lo que pareció ser un intenso orgasmo de mi mujer.

—Basta… basta ¡basta!… por favor —exclamó descontrolada súplica, intentando recobrar el aliento.

—¡¿Acabaste?! —

Solo confirmó con su cabeza, mientras que unos aireados “sí” casi imperceptibles salieron de su boca.

—Ahora viene lo mejor… ya no hay vuelta atrás. Voltéate —

Mi pequeña todavía con su pecho extasiado expandiéndose y contrayéndose a máxima velocidad, como si hubiese corrido por su vida, obedeció. Se volteó para que aquel macho se apegara y la abrazara por su detrás, mientras que me miraba con sus ojos lánguidos y perdidos. Solo quitó su vista de mí cuando el otro tomó su rostro completamente posesivo y apretando con firmeza sus mejillas, la hizo voltear para que lo besara fogozamente. Ese sonido… ese maldito sonido de sus lenguas lascivas retorciéndose y pasándoselas desenfrenadamente de boca en boca, junto a sus exhalaciones extasiadas devoradas a destajo.

Todavía cubiertos, Walter tomó la pierna de mi mujer y la alzó completamente, mientras acomodaba su miembro para rozarlo morbosamente contra su culo y acercárselo a su vagina desde detrás.

—¿Ahora qué me haces? —

—¿Qué crees tú que estoy haciendo? —respondió.

—Trátame con suavidad por favor… no creo poder con tan… —

—Sh sh sh… tranquilita. Seré cuidadoso por ser tu primera vez con uno de este tamaño —le susurró a su oído entre lamidas y besos en este. —¿Lo sientes…? —

—Ahy… sí… lo siento. ¿Cómo condenados puede ser tan grande? —exclamó aterrada y la vez extasiada.

—Espérate a que lo tengas todo dentro —

—No me va a entrar todo eso… imposible —

—No subestimes tu cosita mi amor… tiene la capacidad de traer vida al mundo… claro que puede con esto. Solo debes desearlo con todo —

Lascivos movimientos pélvicos de Walter acusaban sus morbosos roces directo a la entrada femenina de mi mujer, retornando sonidos de húmedos y lubricados roces al ambiente. Mientras que la boca de mi amada gemía suavemente.

—¿Lo deseas... lo deseas pequeñita? —

—Ay Walter... mhm —

—¿Lo hago?… ya estoy en posición, solo bastaría con un pequeño empujóncito —

—No sé Walter… no… no podemos. Nos vamos a meter en problemas —exclamó entre gemidos.

—Mi glande está justo en la entrada de tu vaginita… ya está separando tus labios mi amor. ¡Dios!… ¡¿Cómo puedes estar tan apretadita?! —

—Aahm… Walt… Walter… —

—¿Lo hago… lo hago? —

—Sí… sí… hazlo… ¡hazlo! —

—Pídemelo… pídemelo con tu boquita exquisita y ahogada —

—Métemelo Walter… mételo todo… te lo suplico —

Con su primera empotrada, un intempestivo sonido acuoso resonó, dejándo claro que su glande había vencido la resistencia opuesta por la estrecha entradita de mi mujer, introduciéndose en ella finalmente. Un seco y corto gemido soltó, acusando desconmensurado placer y terror a partes iguales. Oficialmente estaba siendo penetrada por Walter.

—Despacito… despacito… despacito. Por favor Walter —

—Tranquilita, tranquilita. Lo estas aguantando muy bien. Cielos… estás tan mojadita, tan calentita en tu interior. Tu cosita palpita y se contrae… me aprieta exquisito la verga —

Transpirando ardientes bajo la cubierta de la sábana, Walter se las quitó por completo para intentar refrescarse un poco. Ahora tenía completa visual de sus cuerpos sudados y desnudos, la íntima posición en la que estos se enredaban y el enorme dote de caballo semental entrándole a mi amorcito… la que todavía tenía gran parte afuera.

Con su antebrazo, Walter se aseguraba de que mi amada separara completamente su pierna y con los mismos dedos de ese brazo rosaba la zona de su clítoris y separaba sus labios en cada lenta introducida de su pene en la vagina de esta. Su otro brazo pasaba bajo su cuello, tomando su rostro firmemente cuando jadeaba por un beso y tambien bajaba a jugar y amasar sus deliciosos y firmes senos.

—Ya no puedo más contigo niña… no puedo verte sin que se me endurezca al máximo… no puedo estar cerca tuyo sin derretirme… no puedo dejar de fantasear con tu cuerpo, con tu aroma, con tu culo y con tu sexo… —declaraba el macho mientras aceleraba y profundizaba sus carnosas estocadas fálicas.

Mi pequeña parecía desfallecer sobre aquel colchón, mientras que era mecida con violencia de arriba a abajo con cada empotrada de aquel. Solo cuando este comenzó a acelerar a máxima velocidad y yendo hasta el fondo, mi pobre comenzó a gemir con todo. El condenado colchón parecería que reventaría, sus cuerpos resbalaban restregándose sobre todos los fluidos liberados por mi amada y la zoná púbica de aquel desquisiado golpeaba duramente los gluteos dotados de mi mujer.

—Me corro Karencita… me corro con todo. Voy a soltar un litro dentro de ti —

Por parte de mi amada ya no había respuesta alguna, solo parecía un cuerpo inerte sobre aquel lecho corrompido. Cuando parecía estar al borde del orgasmo más intenso de su vida, comenzó a gritar y gemir a todo pulmón. Ya nada importaba, ni que los escuchara, ni mi presencia, ni nada… solo llevar a cabo tan salvaje e inpúdico acto pecaminoso y el placer de una fornicación morbosa, de entregarse a quien no debías. Follada digna de un pase directo al mismo infierno.

Terminado tan impúdico acto, se quedaron pegados unos minutos, recobrando el sentido común y el recato, mientras el imponente pene de Walter se aseguraba de liberar hasta la última gota de su espesa blanca semilla al interior de mi Karen, la que la recibió toda con morbo, placer y asesina culpa.

Solo se quedaron en esa posición, inmóviles... mientras que sus pechos intentaban recobrar el aliento y sus embriagadas mentes la cordura. Pude notar los espasmos y contracciones de la vagina de mi mujer, los que apretaron el pene cada vez más lacio de Walter, provocándole espasmos incontrolables.

Luego de unos interminables minutos se despegaron. Cuando la verga lacia de Walter salió de su interior, el espeso remanente de su semilla abandonó la santidad de mi amada, con ese sonido de espeso y denso fluido brotando de su empapada y dilatada entrada de mujer. Silentes cada uno se fue a los extremos opuestos del colchón. Mi amada cubrió su desnudes enrollándose con la sábana maltratada. Walter fue por su bañador para ponérselo y volverse a acostar. Ambos cayeron completamente rendidos.