La boda de mis sueños (2)
El día de tu boda, el deseo no espera a la ceremonia. Mientras te preparas, sabes que él está ahí fuera, mirando. Y esta vez, no vas a dejar que la ceremonia te quite la oportunidad de demostrarle quién eres realmente.
Me desperté súbitamente a las 06:00h de la mañana, me encontraba inmersa en un sueño en el que me quedaba dormida y no podía asistir a la ceremonia de mi boda, sí, había llegado el día de mi boda, y si todo salía a pedir de boca, el día y la boda de mis sueños.
Tenía el estómago hecho un nudo, en apenas unas horas empezaría uno de los mejores días, pero a la vez uno muy bonito y estresante. Giré mi cabeza, como si todavía tuviera que ubicarme, ya que esa no era la habitación a la que estaba acostumbrada. Sí, era mi habitación, pero estaba en casa de mis padres, aquel cubículo todavía estaba igual que el día que me fui, me había visto crecer y también había visto algunas otras cosas, no sé si me entendéis, quizá os ayude deciros que en ella, también perdí mi virginidad y mi vergüenza.
Dormía con mi pijama habitual, una camiseta “over-size” de John, y un tanga, creo que uno de los mejores conjuntos que existe para ir por casa, eché en falta que alguien me apretujara mi culo dándome los buenos días, como John siempre hacía, y si tenía suerte o John estaba inspirado, quizá me levantara con una buena comida de coño o con un poco de semen encima de mi cuerpo, me podía esperar de todo. No sé por qué, pero esos pensamiento me encendieron como una moto, tenía tanta tensión en mi cuerpo por todos los preparativos que necesitaba liberarme urgentemente, abrirme de piernas, y que viniera algún tío y me follara sin miramientos.
Esa opción no era posible en ese momento, así que empecé a reseguir mi cuerpo con mis manos, empezando por mi pechos y bajando poco a poco hasta mi coño, rozándolo con mi dedo por encima de mi tanga de color rosa, de repente, mis ojos se abrieron de golpe cuando un pensamiento vino a mi cabeza:
-¿Podría ser posible que todavía…?- Pensé en mi interior, levantándome de golpe y dirigiéndome al fondo de mi armario, y ahí estaba, una caja de la “Barbie” con todos mis recuerdos del instituto y la universidad, la abrí y sí, ahí estaba, un consolador de color rosa que me regalaron mis amigas cuando tenía 18 o 20 años en un “amigo invisible”.
Como era de esperar no tenía pilas, pero igualmente cumpliría con su función. Mi coño estaba ardiente, coger ese vibrador provocó que pasaran rápidamente por mi cabeza todas la situaciones que había vivido con él de joven, empecé a mamarlo, a pasármelo entre mis pechos, y a meterlo dentro de mí de todas formas, rápido, lento, brusco, suave.. en mi mente pensaba en el día que no esperaba y como lo disfrutaríamos John y yo, sabía que me había preparado alguna sorpresa, estaba expectante para saber cuál sería, ya que hacía unas semanas me había preguntado cuál iba a ser mi mejor regalo de bodas, y des de luego, no se esperó la qué fue mi respuesta, pero creo que le gustó demasiado.
Después de un largo e intenso orgasmo en el que dejé mi tanga y mis sábanas empapadas, suspiré y me levanté para afrontar finalmente el día. Fui a desayunar, mi familia ya estaba por la casa preparando las últimas cosas para irnos hacía la finca, dónde nos vestiríamos, nos maquillaríamos y esperaríamos la hora de la ceremonia.
Llegamos a la finca a la hora acordada y nos recibió el dueño dándonos la últimas explicaciones y haciendo un repaso conjunto para que todo estuviera perfectamente en su sitio y dónde debían estar, me dijo, que John todavía no había llegado, y que nos acompañaba a nuestros aposentos dónde podríamos estar tranquilas. No sin antes presentarnos a Samuel y Aitor, dos hombres de seguridad que siempre trabajan en la finca para controlar que todos se comporten como es debido, y que nadie pueda acceder a nuestros aposentos durante toda la ceremonia, así podríamos dejar todos los regalos a buen recaudo.
Sí, como ya los conoceréis del relato anterior, Samuel era el chico moreno y bastante atractivo, bien entrada en la treintena, como nosotros. Aitor, era un hombre, más cerca de los 50 que de los 40, bastante más corpulento y algo regordete. Aitor, me dio la mano dándome la bienvenida, y Samuel ni corto ni perezoso, hizo lo mismo pero dándome dos besos.
-Contrólate un poco-. Le dijo Aitor a Samuel, escuchándolos como hablaban mientras me estaba alejando.
-¡Joder! ¿Pero has visto que tía? ¿Quién es el novio? ¡Menuda zorra tiene el cabrón!-
Y razón no le faltaba, iba lo más cómoda posible, si algunos ya me conocéis, sabréis que llevaba mis Crocs habituales, y un conjunto de deporte compuesto por un top blanco de algodón sin sostén y unas mallas de color negro, que se aferraban a mi cuerpo y a mi culo como una segunda piel.
El tiempo iba pasando y el momento de la verdad cada vez estaba más cerca, la peluquera ya me había peinado y maquillado, solamente faltaba vestirme cuando llegara el momento, el vestido, perfectamente planchado, colgaba de un espejo, de estos de cuerpo entero que se encontraba en medio de la habitación. Mi madre entró de repente y me dijo que los invitados ya estaba llegando, y que había visto a John e iba muy, muy guapo.
Había llegado el momento, mi madre me dejó a solas para que pudiera vestirme a conciencia y con tranquilidad. Fui a cerrar la cortina del ventanal que había en la habitación para que nadie pudiera verme, al acercarme, y mirar a través de ella, pude ver todo el banquete montado bajo una carpa y unas luces espectaculares, cuando miré hacía un lado, mi cuerpo dio un brinco, ahí estaba Samuel, fumándose un cigarro, nos miramos mutuamente y le sonreí, él por supuesto, me devolvió la sonrisa y me levantó el dedo pulgar. Entre mis labios le susurré detrás del cristal “Lo siento”, y cerré las cortinas privándole de un buen espectáculo.
Me desnudé entera delante del espejo, me había preparado para la ocasión, mi cuerpo se veía esbelto, definido, mis abdominales se marcaban sutilmente y mi culo era un monumento. Estaba realmente cómoda y orgullosa del cuerpo que había conseguido, y en gran parte también gracias a John. No había ni un ápice de pelo en él, me había depilado a conciencia un par de días antes para esa ocasión, John me lo iba a agradecer durante la noche de bodas.
Abrí una caja que mi madre me había comprado en una de las mejores tiendas de Donosti, dentro, había un conjunto de lencería espectacular, medias blancas con liguero y un tanga de encaje de alta costura, también había un sostén a conjunto, pero para ese día no lo necesitaba, mi vestido ya estaba diseñado para ello. No podía dejar de mirar la ventana de reojo, a ver si veía alguna silueta al otro lado, realmente podría ser cualquiera, pero en ese momento tenía que ser Samuel.
Si me conocéis, sabéis que mis ganas de provocar y mi gusto por el exhibicionismo siempre pueden conmigo así que mi cuerpo se dirigió hacia la ventana involuntariamente, y abrí la cortina medio palmo de forma muy sutil, pero si alguien se paraba delante de la ventana y se fijaba desde el punto exacto podía verme fácilmente des de el otro lado. Le di un tiempo a Samuel antes de vestirme, por si se había dado cuenta y poder ver si asomaba la cabeza, pero no fue así, no fui consciente de si pudo verme o no, pero el tiempo estaba pasando y tenía que vestirme lo antes posible.
Mi vestido era de color blanco puro, sin muchas moderneces ni pedrería, soy de las personas en que a veces, menos es más, así que era muy sencillo; con una falda que delineaba mis curvas y una parte superior hecha tipo encaje con transparencias, sí, quería presumir de cuerpo y de músculos, en la parte delantera tapaba todo mi abdomen, y resaltaba mis pechos con una figura muy bonita, estaba radiante. Los tirantes bajaban por mi espalda hasta casi al inicio de mi culo, quedando toda mi espalda definida a la vista de todos.
Casi sin darme cuenta, me encontraba ya andando cogida del brazo de mi padre hacía dónde hacíamos la ceremonia, no puedo describiros que sentí en aquel momento cuando vi a todos los invitados girados mirándome y John al final de ellos, vestido con un traje negro, guapísimo, sabía que era el amor de mi vida.
Pasó la ceremonia y por fin ya éramos marido y mujer, al terminar saludamos a todos los invitados y compartimos algunos momentos con ellos. El fotógrafo nos indicó que había llegado el momento de una pequeña sesión de fotos para aprovechar el momento radiante en el que nos encontrábamos, nos dio diez minutos para que pudiéramos arreglarnos en nuestra habitación. Así que entramos John y yo en nuestros aposentos para arreglarnos y asearnos un poco, le pedí a John ayuda con el vestido mientras iba al baño. Sí, me desnudé y John quedó boquiabierto cuando vio la lencería que llevaba bajo el vestido.
-Cariño ahora ya eres mi esposa-. Me dijo John, - Y con esta lencería estas muy cañón cariño, menuda zorra estás hecha bajo ese vestido de princesa blanco-.
Esas palabras de John volvieron a encenderme de golpe. Me cogió por la cintura agarrándome y apretándome el culo, dándome un beso muy apasionado que obviamente le devolví con creces. Mientras estábamos besándonos, no sé el motivo pero unas sombras me hicieron abrir los ojos. Yo me encontraba de cara a la ventana, John de espalda a ella, tapaba mi cuerpo desnudo con el suyo. En ese momento, por la pequeña apertura que había en las cortinas de la habitación, sí, esa misma apertura que había provocado hacía apenas una hora, podía ver una persona estática al otro lado, fumándose un cigarro y mirándome directamente a los ojos.
Sí, era Samuel, lo miré, y continué besando a John como si no hubiera un mañana. Poco a poco, forcé a John a ir moviéndose hacía un lado, moviéndonos en círculo, provocando así que mi cuerpo saliera a la luz y a la vista de Samuel a casa paso.
John empezó a tocarme más y más, ahora ya nos encontrábamos casi de perfil, perpendiculares a la ventana, por lo que Samuel tenía una vista completa de lado de mi cuerpo.
-Cariño tenemos diez minutos antes de ir con el fotógrafo-. Sus palabras y el hecho que Samuel estuviera mirando, me habían desatado del todo, automáticamente me agaché bajándole los pantalones a John, y moviéndome un poco hacía al lado para brindarle a Samuel una buena vista y una buena perspectiva de mi culo y de mi boca mientras le comía la polla a mi marido.
John por supuesto, todavía medio de espaldas a la ventana, no se enteraba de nada, tenía ahora su polla totalmente erecta dentro de mi boca, entrando y saliendo más y menos rápido, yo me encontraba con mis zapatos de tacones brillantes, las medias con liguero y con mi espectacular tanga de encaje comiéndome una buena polla, y es que qué polla tenía John, lo suficientemente larga y ancha para ser una buena polla, aunque tengo que admitir que a mi me gustan más gordas que largas. Entre mamada y mamada iba mirando de reojo a la ventana y ahí seguía Samuel, mirando sin perder detalle, le sonreí, sabía que estaba pendiente de él, y quería indicarle con mi sonrisa que me gustaba esa situación, quería decirle que sus palabras cuando me conoció, eran ciertas, era una auténtica zorra, y John era consciente de ello, continué comiéndome esa polla con desespero, quería brindarle a Samuel una de mis mejores facetas y aptitudes. Abrí les ojos de repente cuando un chorro entró y chocó contra mi garganta, John estaba descargando una buena cantidad de semen dentro de mi boca, en otras ocasiones me hubiera gustado sentirlo encima de mi cara y mi cuerpo, pero en ese momento, le agradecí que tuviera ese detalles de no estropear el maquillaje ni el peinado con el que me había gastado una pasta, me lo tragué todo sin dudar.
Me levanté y fui al baño para asearme, no sin antes voltear mi cabeza y ver que Samuel ya no se encontraba al otro lado de la ventana. Así que agarré a John de la mano y fuimos a buscar a nuestro fotógrafo.
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