Xtories

Degustación Pública

El picnic estaba planeado, pero la privacidad no. Cuando la madre aparece en casa, ella decide que el parque ecológico será su nuevo escenario. Bajo la sombra de los árboles, con el riesgo de ser vistos a cada segundo, la tensión se dispara y el deseo prohibido toma el control.

AndyStories3.9K vistas

Estaba muy emocionada por ese día. Me puse un vestido de flores hermoso, me arreglé para sentirme bonita, ya que era nuestro tercer mes juntos. Mi plan era ir a su casa, darle el regalo que le había comprado y, de paso, algo más. Después de tres meses, pensé que era tiempo de estar juntos por primera vez.

Llegué a la hora que quedamos. Abrió la puerta y me dio un beso lleno de amor, para después entrar juntos. Dentro me encontré con su madre, la cual me saludó con esa gentileza de siempre. Me dijo que habían pasado toda la mañana cocinando porque mi novio tenía un plan sorpresa, el cual era un picnic.

La idea y sorpresa me habían encantado, sobre todo el hecho de que le haya pedido ayuda a su madre para algo así, lo cual significó mucho para mí. Terminaron de cocinar y, mientras mi novio se arreglaba, yo y su madre preparamos la canasta, poniendo la comida en tuppers, preparando los platos y cubiertos, una manta, algo de fruta y unas bebidas. No hacía falta más para tener una tarde perfecta.

Bajó de su cuarto ya listo para irnos, tomó la canasta y salimos de la casa rumbo al lugar, el cual no estaba tan lejos, así que llegamos caminando en poco tiempo.

Era un parque ecológico enorme, con muchas actividades dentro: desde una escuela de natación, áreas de juegos, una base de boy scouts y un montón de zonas para caminar.

Elegimos un rincón algo apartado, donde los árboles daban sombra pero no aislaban del todo. Lo justo para sentirnos a solas. Preparamos la manta, acomodamos todo y nos sentamos a comer. Fue una tarde hermosa: estuvimos hablando, riendo, recordando, dándonos cariño con caricias y besos.

Después de comer, guardamos las cosas en la canasta y nos recostamos en la manta, mirando al cielo tomados de la mano, pasando un rato lindo antes de volver a su casa.

En ese momento caí en cuenta de que mi plan original ya no sería posible. Su madre estaba en casa y no podríamos tener privacidad, entonces decidí actuar ahí mismo. Me acerqué hacia él, poniendo mi cabeza cerca de su hombro, para después voltearme hacia él, cosa que después también hizo.

Estábamos frente a frente, acostados y mirándonos a los ojos. Entonces llevé mi mano a su pecho, la cual tomó y acarició con gentileza. Entonces llevé su mano a mi busto, para después apretarla, haciendo que mi vestido bajara y dejara a la vista un escote muy coqueto.

Sus ojos se iluminaron; claramente la vista le encantaba. Solté su mano y dejé que me acariciara a su gusto, recorriendo mis pechos por encima del vestido, para después bajarlo un poco más hasta dejar que mi sostén se asomara.

Desde fuera parecíamos un par de adolescentes enamorados teniendo una cita linda en el parque, cuando era todo lo contrario. Lo que hacíamos era una travesura, pero se sentía tan natural como respirar.

Sentí su mano rozar mi muslo, con esos toques casuales que no tenían nada de inocentes. Le respondí con una sonrisa traviesa, la misma que pongo cuando quiero provocar a alguien sin decir una palabra. Y entonces nos besamos.

En medio de ese beso cargado de lujuria, recuerdo el momento exacto en que pasó de rozar mi muslo a acariciarme entre las piernas. Y también recuerdo que no me opuse. Que las abrí ligeramente y lo dejé entrar, con el corazón golpeándome en el pecho y los sentidos tan agudos que escuchaba las hojas crujir debajo de nosotros.

Poco a poco bajó a mi cuello, besándolo, como si supiera que eso me desarma. Me incliné sobre su cuello, para que pudiera sentir mi respiración y supiera lo bien que me lo estaba pasando. En respuesta, me buscó con los dedos. No dentro, solo sobre la tela de mi ropa interior, jugando con el límite, lo cual me volvía loca.

Mientras tanto, yo empecé a desabrochar su cinturón sin que se notara. Seguido de su pantalón, bajé su cremallera y metí mi mano para también acariciarlo por encima de su ropa interior, sintiendo cómo poco a poco su erección empezaba a crecer.

Su respiración también empezó a agitarse. Estaba haciendo bien mi trabajo, lo cual hizo que mis labios empezasen a humedecerse. Él lo notó, y dejó de besarme para mirarme a los ojos.

No dijimos nada. Ni una palabra. Solo respiraciones contenidas y miradas que hablaban lo que no podíamos gritar. Entonces decidió poner su mano debajo de mi ropa interior, y poco a poco meter uno de sus dedos. Yo solté un gemido ahogado, tratando de controlarme para que no nos descubriesen.

Yo buscaba su miembro desesperada, bajando su ropa interior y dejándolo expuesto, para después envolverlo con mi mano y empezar a masturbarlo. Lo que hizo que él aumentara la velocidad de sus dedos, lo cual me hacía retorcerme a su lado, luchando por no gemir en alto, únicamente soltando pequeños jadeos.

Su cara estaba desencajada del placer. Mi velocidad había aumentado hasta hacerlo cerrar los ojos. Fue entonces que decidió meter un segundo dedo, y solté un grito de placer que no pude contener. Para después, con su otra mano, tapar mi boca, evitando que hiciera más ruido. Pero no podía dejar de gemir. Su mano lograba apaciguar el ruido que estaba haciendo, todo esto mientras mis ojos lagrimeaban del placer. Escuchaba pasos lejanos, voces, bicicletas, etc. El mundo seguía allá afuera, pero él estaba en el mío. Y yo en el de él.

Aumenté la velocidad de mi mano, y sus jadeos aumentaban, cerrando los ojos para dejarse llevar por el placer. Sentía cómo poco a poco su tronco se hinchaba más. Él dejó de tapar mi boca, pero siguió tocando mi centro. Hasta que llegamos juntos al clímax.

Él terminó en mi mano, apretando los dientes para no gemir. Yo no pude evitar empapar sus dedos, con mis fluidos escurriendo por mis muslos, hasta llegar a la manta. Quedamos en esa posición unos minutos, con nuestras manos en la entrepierna del otro, chocando nuestras frentes y riéndonos de la situación.

Lo limpié con una servilleta, él hizo lo mismo, y las pusimos en la basura, como si todo hubiera sido parte del picnic. Nos levantamos, acomodamos nuestra ropa, recogimos la manta y volvimos a empacar todo para salir del parque. Tomados de la mano.

Yo me sentía totalmente observada, como si todos estuvieran susurrando a nuestras espaldas. Pensaba que al llegar a la entrada, el guardia nos iba a detener y llamar la atención, pero no. Nadie nos dijo nada. Y nadie se acercó.

Llegamos a su casa, entramos y estaba su madre viendo la tele. Nos dijo que pensaba que llegaríamos más temprano. Le dijimos que después de comer fuimos a caminar un poco, y que se nos había ido el tiempo. Algo que era una verdad a medias.

Después de desempacar y lavar los platos y tuppers entre los dos, decidí volver a mi casa. Mi novio me acompañó a la puerta para despedirme. Entonces puso algo en mi mano: era un condón. Me dijo que lo guardase, para usarlo la próxima vez que viniera.

Solté una sonrisa tonta y lo besé para despedirme. Entonces él metió sus manos debajo de mi vestido y apretó mis glúteos con fuerza, para después darme una pequeña nalgada. Yo no pude evitar reírme, y meter mi mano en su pantalón para devolver la caricia.

Fue entonces que me fui, pensando en todo lo que había pasado, y con muchas ganas de volver a verlo después de esa despedida, la cual juraría que alguien vio. Pero no hicimos nada para ocultarla.