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Larga batalla por una esposa. 5

Nunca imaginó que la cámara lo espiaría a él mismo mientras ella se entregaba a otro. Pero esa noche, la pantalla reveló una crudeza que le heló la sangre: su esposa, sumisa y gozosa, pertenecía a otro.

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Larga batalla por una esposa. Capítulo 5.

El video que vino a continuación, en esa fecha parisina, me dejó estupefacto, desde el primer segundo. Finalmente, se venía a desvelar todo en su tremenda crudeza. Comenzaba directamente con un primer plano de un formidable sillón con mi esposa, totalmente desnuda, sentada sobre la cadera de un varón, dándole la espalda y de frente a la cámara, con las piernas obscenamente abiertas. El pene entraba y salía, desaparecía y aparecía entre sus carnosos labios vaginales, empujándola arriba y abajo, movimiento que secundaban los voluminosos senos, con los pezones erguidos a tope. Era un ritmo lento y profundo, de una cadencia increíblemente regular, movimiento poderoso, casi hipnotizante. Beatriz tenía los ojos cerrados, la boca semiabierta, el rostro contraído, apoyando las manos en los reposabrazos. Gemía dulcemente. Al cabo de unos segundos llegó al orgasmo, con suaves quejidos y temblores, los conocía yo bien, frunciendo la frente y abriendo los ojos al final, con la expresión entre confusa, dolorida y feliz. A partir de entonces continuó el mete/saca, aunque más lentamente. Mi mujer comenzó de nuevo a suspirar y agitarse, dejando caer la cabeza hacia atrás. Se la veía disfrutar intensamente, durante minutos que se hacían eternos. El hombre aumentó la violencia de los golpes con su miembro y eso hizo que de inmediato ella alcanzara un nuevo espasmo de clímax. Justo entonces apareció en escena Joana, sorprendentemente vestida de calle, con su sempiterno pantalón y camisa oscuras. Tomó entre sus manos la cara de Beatriz y aproximándose a ella hasta casi rozar sus labios le preguntó, alto y claro: ¿quieres más?... me pareció ver que ella asentía con los párpados… Con dificultad, casi no se sostenía, descabalgó del miembro viril, que permanecía erecto, terso, oscuro y con prominentes venas. Tomándose de la mano ambas mujeres desaparecieron del plano. Rubén, pues evidentemente ese era el hombre, desnudo, fibroso y de mirada inexpresiva, con lentitud vino a incorporarse para tomar la cámara que estaba, parece, hasta entonces fijada sobre un trípode. Sin dejar de grabar se traslada hasta la subsiguiente habitación (lo anterior podría ser la típica estancia-salón de la suite), y allí enfoca la escena. Beatriz está tumbada, el trasero al borde la cama, mirando al techo y las piernas se las mantiene levantadas y abiertas Joana, que está situada justo más allá de la cabeza, esbozando una media sonrisa de satisfacción y dominio. ¡Bea, díselo, dile que tu coño es suyo! Mi mujer, apenas audible, algo dice pero no soy capaz de saber el qué.

Dejando en ángulo oblicuo la cámara de nuevo fijada, pude ver como comenzó de nuevo a penetrarla. El mismo vaivén, ahora los testículos topaban con las nalgas y, para que entrara más, Joana forzaba la extensión hacia atrás de ambas extremidades de Beatriz, que casi llegaba a estar doblada como una tijera sobre si misma. Tampoco tardó en orgasmar una vez más. De nuevo un respiro en el ritmo y retorno inmediato a esa cadencia. El aguante de ese tipo me parecía diabólico. Debía tomar algo, sin duda, amén de una buena forma física y naturaleza. Hubo otro clímax más, que distinguí por los temblores generales del cuerpo de Beatriz, ya que no dejaba en ningún momento de gemir, casi sollozar.

Tal vez algo ya incómodo, Rubén decidió cambiar de postura. Sin decir nada se tumbó boca arriba en la enorme cama, que debía ser de 2 x 2 m. No lo entendí bien, pero creo que dio instrucciones a las mujeres. Joana cogió en la mano la cámara y pude ver como Beatriz se subió a horcajadas para introducir ese vigoroso miembro en la vagina. Ahora la panorámica era su culo subiendo y bajando, los labios vaginales alargándose para acariciar el feliz rabo que nunca terminaba de salir y que entraba hasta el fondo, con un audible chasquido. Me pareció sentir ahora los gemidos aún más fuertes. Justo cuando el orgasmo se venía, Joana enfocó el rostro de Beatriz, ojos muy abiertos, asombrados, brillantes, perdidos en el misterio de una satisfacción insólita, adictiva. De repente saltaron las lágrimas, que caían por sus mejillas enrojecidas del placer. ¿Quieres más?... la voz de Joana era fría, seca, dura. Mi mujer negó con la cabeza. Parecía querer decir que no podía más… ¿pues entonces dale las gracias a tu macho! Él abajo, ella arriba, senos contra pecho plano del varón, un larguísimo beso entre Rubén y Beatriz es lo que sobrevino, entrelazadas las lenguas, ojos frente a frente. ¡Díselo, dale las gracias a tu macho!, insistió Joana… La respuesta de mi esposa me heló la sangre… Gracias, Rubén, cariño…¡ Otra vez, dile lo que es para ti, dilo en alto, que se oiga bien…! Gracias, Rubén, te deseo con locura… Mi esposa se lo decía apenas a unos centímetros de la cara del varón, que la observaba displicente, sin mover un músculo.

Mientras hombre y mujer se desconectaban, quedando ambos boca arriba y uno al lado del otro, Joana siguió gobernando la situación. La frase que vino era para su marido ¿Cariño, quieres descargar ya? El video se cortaba justo en ese instante.

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