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Larga batalla por una esposa. 4

Las fotos no mienten, pero el dolor sí. Entre risas en París y besos en la arena, el narrador descubre que su esposa no solo lo ha engañado, sino que ha construido una vida paralela que él nunca vio venir.

Tayfun28.6K vistas8.4· 18 votos

Larga batalla por una esposa. Capítulo 4.

Abrí el archivo siguiente como un autómata y, sinceramente, todavía sin entender nada. Se trataba de un gran yate que, por las vistas, estaba anclado en el Puerto de Barcelona. Beatriz y Joana con sendos vestidos blancos y vaporosos. Rubén con bermudas y camisa, igualmente en color claro. Hay más gente, hombres y mujeres, todos con indumentaria similar. Una fiesta ibicenca, entiendo. En algunas instantáneas aparecen todos bailando suelto, y en otras ellas dos muy abrazadas, mientras el resto de la gente les hace círculo. Una imagen es un primer plano de Beatriz y Joana fundidas en un beso apasionado. Otra es mi esposa totalmente empapada de agua, dejando admirar su ropa interior y curvas, sonriendo despreocupada. Me llamó la atención aquella en la que ambas están sentadas con las piernas colgando por la borda, mirando al horizonte, absortas.

A continuación venía otro grupo de fotografías que se correspondían a una jornada playera nudista, en la Picòrdia por lo que señalaba el título. La más llamativa era aquella en la que mi esposa estaba tumbada sobre la toalla, boca arriba y abierta de piernas, pudiendo verse con claridad su vulva depilada. También aparecían Rubén y ella de pie, abrazados por la cintura y el hombro, respectivamente, observado el mar. Tomada a distancia, aparecían Beatriz y Joana caminando por la arena cogidas de la mano. Una serie de ellas mostraban a uno y otro en el agua, chapoteando y jugando alegremente. En la última, ya casi anochecido, se veía a Rubén y Beatriz en la orilla, con los pies en el agua, ella extendiéndole las manos para que se las cogiera y él levantando los brazos, como si se “rindiera”.

La carpeta que venía saltaba ya a 20 de noviembre de 2017. Ahora se trataba de Paris, y recordaba ese viaje profesional, que había durado una semana, de lunes a viernes. De nuevo fotogramas en las calles, visitando monumentos y en restaurantes. La tónica aquí cambió sensiblemente. Rubén casi siempre lleva de la mano a Beatriz, a veces cogidos cintura/hombro. Tampoco faltaban instantáneas de Beatriz y Joana, en similares maneras. En no pocas están los tres, enlazados y posando para algún viandante que les inmortalizara juntos. Destacaban unas donde, en medio de tumbas (se trataba del turístico cementerio de Père Lachaise), Beatriz le da un casto beso en la mejilla a Rubén, que parece intentar leer una estela funeraria, después la coge en los brazos y la sube encima de un banco para finalmente ella acurrucarse entre sus brazos, como si le asustaran los muertos, en lo que evidencia un juego de risas. Aparecen en la Torre Eiffel y en Notre Dame. También en una cena crucero por el Sena, con elegantes trajes, falda corta mi mujer y pantalón Joana, entrelazando las copas. Me impactó una en la que Beatriz y Rubén, sentados a la mesa, se miran directamente a los ojos, él inexpresivo, ella embelesada. El resto de esa tanda eran de ellas dos bailando, muy próximas, los voluminosos pechos de una apretados contra el casi plano de la otra.

La última estampa me provocó un sobresalto, lo que ya puede parecer difícil después de lo dicho hasta aquí. Sin duda ya corresponde a una habitación de hotel, grande, una suite seguramente. Beatriz está sentada en un tresillo, con los brazos pegados al cuerpo, la falda tan corta se le ha subido, por la postura, y deja ver sus muslos, la liga y el triángulo prometedor de una braga blanca de encaje. Tiene la blusa abierta hasta el ombligo, por lo que el gran sostén y sus contundentes senos también rebosan y sobresalen. Observa al fotógrafo/a con una sonrisa franca, dulce, arrebatadoramente atractiva.

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