Romina con fuego en el cuerpo. 2
Roberto la ve desnuda y siente el fuego, pero ella ya no es la misma mujer sumisa. Al otro lado de la ciudad, Mario espera para recordarle quién es realmente. Esta vez, Romina no piensa esconderse.
ROBERTO
Entre la falta de personal en el hospital y mis actividades extracurriculares, me dirigí a casa para ver cómo avanzaban los preparativos para recibir a mi hermano. Mi sorpresa fue mayúscula cuando entré al anexo que se ha habilitado para Pedro. La cama estaba sin sábanas y no había toallas en el baño. Frustrado por la apatía de Romina, me fui directo a casa para que me diera explicaciones.
Al pasar por el living, me encontré a mi hija con su amiga Paula. —¿Susana, ha visto a tu madre? —pregunté sin rodeos. —Creo que está tomando un baño —respondió la adolescente despreocupada. Subí a la segunda planta y entré en el baño sin siquiera anunciarme, sorprendido de ver cómo Romina, despreocupada como una morsa, tomaba un baño de burbujas acompañada de una copa de vino blanco.
—¿Qué ha pasado con la habitación de huéspedes? —pregunté con autoritarismo—. Pedro llega en unas horas y el anexo no está habilitado.
Romina se sobresaltó ante mi llegada. —Roberto, pero si Pedro llega entrada la noche.
—No es excusa para que el anexo no esté listo —reclamé—. Necesito que se sienta a gusto mientras esté en mi casa.
Lo que no esperaba fue la reacción de Romina, que se levantó súbitamente de la bañera poniendo los brazos en jarras. —Roberto, no pensé que fuera tan urgente —replicó con molestia—. Y te recuerdo que esta también es mi casa.
Por un momento, quedé paralizado al ver el voluminoso cuerpo de mi mujer emerger de la tina de baño. Su pálida piel, húmeda, reflejaba la luz mientras el agua resbalaba delicadamente por su cuerpo como esquiadores deslizándose por una colina cuesta bajo.
Sacudí la cabeza para volver en mí y me puse a la defensiva. —No te justifiques, Romina. Me molesta que siempre tenga que recordarte lo que tienes que hacer. No quiero que Pedro llegue y se sienta como si no le importara a nadie. Romina salió de la bañera y comenzó a caminar desnuda de un lado a otro del baño, dejando pequeños charcos de agua con cada paso. —Roberto, Susanita y yo estamos de acuerdo en que Pedro pase la temporada con nosotros. Pero tampoco tienes que ponerte como un energúmeno —me dijo mientras tomaba una toalla para secarse—. Te aseguro que tengo la situación totalmente controlada. Mientras frotaba la toalla en su cabeza, su cuerpo se agitaba como gelatina y sus pesadas tetas se balanceaban escandalosamente de un lado a otro. Estaba sorprendido ante el descaro de Romina. Ya ni recuerdo cuando fue la última vez que la vi desnuda. Pero lo que realmente me impacto fue su cambio de actitud. Caminaba de un lado al otro del baño sin sentir pudor ni vergüenza al exponer su cuerpo.
De repente mi amigo de forma inconsciente empezó a recobrar vida, haciendo que el espacio entre mi pelvis y mis pantalones se redujera significativamente. hasta que mi machismo salió a relucir. — no es suficiente Romina, Quiero que todo esté perfecto para cuando Pedro llegue… Y, por favor, vístete. No quiero que mi hermano vea lo... lo... —¿Lo gorda que estoy, quieres decir? - interrumpió con rabia. —No, no dije eso —respondí, sabiendo que la había cagado. —Pero lo pensaste —replicó, apretando los dientes—. Dame unos minutos para vestirme. No queremos que el físico de tu esposa te avergüence frente los demás. —expresó con ironía, cubriéndose con una toalla.
ROMINA
Después del disgusto que me hiso pasar Roberto La tarde avanzaba, estaba sumida entre la rabia y frustración, mi angustia crecía en mi interior como una enfermedad terminal. Solo sabía que Mario era el único que podía evitar de que me derrumbase
Su sonrisa, la calidez de su voz, la forma en que me miraba... todo volvía a mi memoria con una intensidad que sorprendía. Hacía tanto tiempo que nadie me hacía sentirse valorada., recordaba las palabras de Mario sobre mi figura, la historia que contaba. ¿De verdad me veía así? ¿De verdad me encontraba atractiva?
Una chispa de esperanza se encendió en mi interior. Quizás no todo estaba perdido. Quizás aún había una oportunidad para volver a sentirme valorada.
me pare frente al espejo, observando mi reflejo. Ya no veía a la mujer insegura y acomplejada por su peso, sino a una mujer que necesitaba creer en sí misma.
Cogí el teléfono y sin dudar, pulsé el botón de llamada. Marcando el número de Mario con el corazón en un puño. Al otro lado de la línea, su voz sonó grave y cálida.
—¿Romina?
Al escuchar su voz mis piernas se tambalearon —Hola, Mario —respondí con voz temblorosa.
— Me alegra mucho saber de ti. - dijo él con una sonrisa en la voz.
—Quería hablar contigo, No sé si es el momento adecuado, pero...
—Dime lo que necesites —interrumpió—. Estoy aquí para escucharte.
respiré hondo y solté todo lo que tenía dentro. mis frustraciones, dudas y la forma en que Roberto me trataba. una montaña rusa de emociones que estaba viviendo. Mario escuchó atentamente, sin interrumpir y cuando terminó, me habló con dulzura.
—Romina, entiendo por lo que estás pasando — dijo—. Es normal tener dudas, es normal sentir miedo. Pero también es importante que te valores y escuchar a tu corazón.
Sentí un nudo en la garganta. Las palabras de Mario eran un bálsamo para mis oídos, pero también me asustaban. — No sé qué hacer, necesito un cambio en mi vida. – dije con desesperación.
- Romina - me llamo con su habitual calma: - “No se pueden cambiar 36 años de vida en 36 horas"-, dijo, haciendo una pausa. - Mañana nace una nueva Romina, exclamo al otro lado del teléfono. A las 11 a.m. no vemos en el centro comercial.
Mi corazón latió con fuerza al escuchar las palabras de Mario. Necesitaba recuperar la confianza en mí, reencontrar a la mujer que se esconde detrás de la madre, la esposa, y la que anhela ser deseada con la misma intensidad con la que desea. mi cuerpo no iba a cambiar para complacer a nadie, pero no iba a renunciar a mi derecho a ser feliz. decidí que ya era suficiente. me plante frente al espejo, orgullosa de cada centímetro de mi cuerpo, lista para reconquistar el mundo.
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Susana
Desde mi ventana vi llegar al tío Pedro. Estacionó su pick-up lleno de peroles y herramientas frente a nuestro garaje, bajó un par de maletas enormes, que anunciaban que su estadía con nosotros iba a ser bastante larga. Con la negligencia típica de mi edad, bajé corriendo por la escalera para recibirlo. En cuanto la puerta se abrió, me abalancé, colgándome de su cuello. - "¡Tío Pedro! ¡Qué agradable es verte de nuevo!"- exclamé con euforia, abrazándolo con fuerza. Mi tío fue recíproco, levantándome en el aire como si fuera una pluma y envolviéndome con sus fornidos brazos. sentí un corrientazo que recorrió mi columna hasta reposar en mi entrepierna. Di un brinco y lo empujé por reflejo. "Pasa, pasa", le dije sonrojada.
La apariencia del tío Pedro evocaba una sensación de solidez y tradición. A sus 55 años, emanaba experiencia, que se marcaba en su rostro robusto, con una barba poblada y ojos profundos que reflejaban una vida llena de historias. su piel curtida por el sol y el tiempo, llevaba las marcas de batallas y desafíos. En contraste con mi padre, pálido y delicado, el tío irradiaba una presencia imponente y seguro de sí mismo; su postura erguida y su mirada intimidante inspiraban respeto.
Al entrar en la casa, se sintió inmediatamente envuelto por un ambiente acogedor y familiar. El aroma de galletas recién horneadas llenaba el aire, y el sonido de risas provenía del salón. Mi madre lo guio hacia el interior, dándole un breve recorrido por la casa. Se topó con Paula. - "Te presento a mi mejor amiga, Paula".
-Un placer, Paula- se presentó con sobrecargada caballerosidad, repasando con la mirada el esbelto cuerpo de mi rubia amiga. - "El placer es todo mío" - respondió con picardía. Por alguna razón sentí celos irracionalmente.
Al llegar mi padre del trabajo, pasaron la tarde entre risas y conversaciones. Pedro se puso al día con las últimas noticias de la familia, escuchó nuestras anécdotas de la academia de fútbol y él compartió algunas historias divertidas sobre su trabajo.
La tarde transcurría entre risas y cuentos, mi tío se sentía como en casa. Paula y yo no dejábamos de pedirle que nos contara sus aventuras, mientras que mi madre atendía a su cuñado, a quien siempre había considerado un gran amigo.
Después de la cena, mamá lo llevó a la parte trasera de la casa, donde tenemos una cabaña de invitados. -"Bueno, Pedro, el anexo tiene entrada independiente y está totalmente equipada, con una pequeña cocina y baño privado. Pero hay un inconveniente- le advirtió -Por cuestiones causas de fuerza mayor, la ducha del baño no funciona, así que que te habilitamos una en la parte trasera de la cabaña".
- cuñada, comparándola con las últimas pocilgas en los que me he quedado, este es un palacio - le respondió mi tío, despidiéndose de nosotras.
Esa misma noche le escribí por texto a Paula:
Yo: Marica... ¿qué te pareció mi tío?
Paula: es super cool.
Yo: también está para comérselo con los dedos, jajaja. ¿acaso no te gusto?
Paula: ¡Susana! Pero si es un sugar.
Yo: es lo que más me atrae ¿crees que le gusto? ¡Debe tener miles de chicas detrás de él!
Paula: pero es tu tío.
Yo: ¡y a mí que! Si tan solo pudiera darle una mamada.
Paula: ¡Sí serás...! jajaja.
Yo: me dejó tan cachonda que me voy a hacer un dedo.
Paula: Me too. Cambio y fuera
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Romina.
Por fin me encontré con Mario en el centro comercial. El abrazo entre ambos fue cálido y muy íntimo. Después de tomar un café, decidimos dar una vuelta por el mall, disfrutando de mutua compañía y de cómo Mario me hacía reír con sus elocuencias. Al caminar por los amplios pasillos, se detuvo frente a un gran almacén y, mirándome como quien va hacer una travesura, me dijo señalando hacia la gran tienda llamada "POR SIEMPRE JOVEN".
—Oye, Romina, ¿qué te parece si echamos un vistazo a esta tienda? He oído que tienen ropa increíble.
—Pero Mario, esta es una tienda para adolescentes —respondí avergonzada.
—Para nada. Confía en mí —me dijo, tomándome de la mano y arrastrándome a la tienda.
Fuimos directamente a la sección de tallas grandes, donde me sentía perdida entre pilas de vestidos, blusas y pantalones. Por un momento perdí de vista a Mario. Cuando regresó, cargaba no menos de una docena de prendas. —Tienes que probarte esto, Romina —me dijo animadamente.
Siguiéndole el juego, entré en un probador. Despojándome de mi camisa pasada de moda y del pantalón ancho, me coloqué una blusa sin mangas con corte en V. Pero cuando quise calzarme los leggings, tuve que esforzarme para que pasaran por mis anchos muslos y subieran hasta la cintura. Mirándome en el espejo, expresé: —Coño de la madre, se me ve el culo grandísimo.
al salir del probador pregunté —¿Qué te parece cómo me veo? — los leggings negros, que se ajustaban a mis curvas como una segunda piel, resaltando mi silueta de una forma escandalosa.
—Te ves espectacular —respondió Mario.
Poco después, salí de nuevo con una blusa de amplio escote color azul que caía suavemente sobre mi busto. —¿Y este? —pregunté, girando con gracia para mostrárselo.
—Me gusta tanto como el rojo —admitió Mario.
Así me fui probando media docena de prendas de vestir: pantalones, blusas y leggings, hasta que Mario me dijo: —Pruébate lo que te dejé en el vestidor.
Intrigada, entré al probador, mirando hasta el perchero junto al espejo. Dos vestidos estaban cuidadosamente colocados, esperando mi elección.
Los toqué con la punta de los dedos, sintiendo la suavidad de las telas costosas.
El primero era un vestido negro, de tela brillante, ajustado como una segunda piel, con un escote profundo que caía en forma de V hasta casi el ombligo y una abertura lateral que dejaba una pierna completamente expuesta.
El segundo era rojo. Más corto, más atrevido. La tela fina apenas tenía forro, insinuando más de lo que cubría. Espalda descubierta, hombros desnudos y un corte tan ceñido que, más que vestido, parecía lencería disfrazada de elegancia.
Tragué saliva. Esto no era un simple vestuario para un ama de casa. Eran prendas para ser miradas. Para provocar. Para tentar.
Algo en mi interior se tensó, una voz me decía que estaba cruzando una línea, que no era la clase de mujer que necesitaba hacer esto para llamar la atención. Pero entonces… otra parte reaccionó. Un fuego intenso se encendió en mi pecho, obsceno y prohibido.
Me imaginé frente a otros hombres, devorándome con sus miradas, con la tela abrazando mi cuerpo. Un cosquilleo caliente recorrió mi vientre, bajando entre mis piernas. Pensando: "Esto solo lo usan las putas".
Respiré hondo, mi labio inferior atrapado entre mis dientes. En ese momento, algo en mí decidió: "El vestido rojo".
Lo tomé con ambas manos y dejé que la tela resbalara entre mis dedos. Era suave, sedosa, ligera como el pecado. Un escalofrío me recorrió la espalda al imaginarme dentro de él, atrapando todas las miradas, provocando todas las fantasías.
Desabroché mi blusa con calma, un botón tras otro, dejando que el aire frío del probador acariciara mi piel desnuda. La prenda resbaló por mis hombros y cayó al suelo sin prisa, exponiendo la suavidad tersa de mi cuerpo. Frente al espejo, deslicé las manos por la espalda y solté el broche de mi sujetador negro de encaje, sintiendo el leve alivio de la presión al liberarse.
Mis pechos se desparramaron con naturalidad, pesados, aun firmes, con la piel lisa y levemente erizada por el contraste de temperatura. Las pequeñas venas azules bajo la piel clara formaban un mapa sutil de deseo contenido, mientras mis pezones, endurecidos por el frío y la anticipación se marcaban con descaro. Me miré un instante, disfrutando la visión de mi cuerpo al desnudo, antes de tomar el vestido rojo y deslizarlo sobre mi ardiente piel.
Tomé el vestido con ambas manos y comencé a deslizarlo por mi cuerpo, primero pasando la cabeza y dejando que la tela descendiera lentamente. Pero en cuanto intenté acomodarlo en mi torso, la resistencia de la tela ceñida me sorprendió. —Mierda… —murmuré, acomodándome con esfuerzo.
El vestido se pegaba sobre mi piel como un guante ajustado, abrazando cada curva con descaro. Subí los tirantes hasta los hombros, pero cuando intenté bajar el dobladillo sobre las caderas, la prenda se negó a ceder con facilidad.
Giré sobre mí misma, arqueé las caderas, tiré de la tela con delicadeza, sintiendo cómo se deslizaba centímetro a centímetro sobre la redondez de mi culo. Me miré en el espejo y me mordí el labio. No podía usar ropa interior con este vestido.
El encaje de las bragas se marcaba de forma obscena bajo la tela ajustada, rompiendo la ilusión de desnudez que la prenda prometía. No había opción. Sentía que mi piel ardía, así que llevé las manos bajo el vestido y metiendo los pulgares por dentro de las elásticas de las bragas, me las bajé hasta que cayeron por mis tobillos. Reacomodándome la falda, salí del vestidor.
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Mario
Cuando vi a Romina salir de aquel pequeño cubículo luciendo aquel vestido rojo, la tela delicada, casi etérea, delato que la ropa interior había quedado en el probador. El corte ceñido, tan ajustado, realzaba sus curvas con una elegancia provocativa que me dejaba sin aliento. Cada movimiento de la milf invitaba a la seducción y al deseo.
Dentro de la tienda, una pareja quedó paralizada al percatarse como a través del vestido se le marcaban los pezones a mi voluptuosa amiga evidenciando que no llevaba ropa interior. Cosa que me dio tanto morbo que se me puso dura de forma involuntaria.
La observaba con una mezcla de admiración y asombro. Lo corto y ligero del vestido desbordaba su figura de una manera que dejaba sin palabras. La combinación de la tela fina y el diseño ceñido transmitía una confianza desbordante. Mis ojos delataban deseos de profanación. La forma en que el vestido parecía atrevido y sofisticado al mismo tiempo, no había duda de que había hecho una elección perfecta; la prenda de vestir no solo la hacía destacar, sino que también la reflejaba fuerte y segura.
—Bien, ¿cuál es tu veredicto? —preguntó la tetona, posando la mano sobre la cadera, sacándome de mi trance.
—Sublime —respondí, tratando de que mi vista no delatara mis obscenos deseos.
—Mario, gracias por tu ayuda —me dijo, con una chispa de emoción en sus ojos.
—De nada —respondí, sintiendo que el aire entre nosotros se cargaba de una energía palpable.
Cuando terminamos de pagar, salmos cargando dos bolsas en cada mano. Para mi sorpresa, Romina se me acercó y de forma espontánea, me dio un beso en la mejilla, como gesto de agradecimiento que encendió una chispa en el aire.
Mientras salíamos de la tienda, no pude evitar sonreír. Sabía que Romina estaba feliz con su compra, pero también sentía que esa tarde había despertado algo más entre nosotros, algo que nos llevaría a un nuevo nivel de complicidad y deseo. —Ahora solo falta escoger unos trajes de baño —sugerí. Solo una sonrisa de Romina fue suficiente para aprobar la propuesta.
Entrando en una tienda especializada, inmediatamente empecé a hurgar entre los percheros, examinando con detalle modelos, tipo de tela y tallas, decantándome por un bikini verde pastel y otro granate. —Listo. Ya tenemos dos candidatos, ahora tienes que probarte por lo menos uno —exclamé ante el asombro de Romina, sintiéndose dominada.
—¿En verdad quieres que me los pruebe? —preguntó mi amiga con pudor.
—No es que yo quiera. Es que tú quieras.
Romina sacudió la cabeza, sabiendo que el deseo predominaba sobre la razón, entró en uno de los probadores, claramente ansiosa por tener que modelarme unos trajes de baño.
Desnudándose por completo, sus miedos e imperfecciones salieron a relucir nuevamente. Estaba consciente de que su cuerpo no podía compararse con el de las modelos que aparecían en los posters de la tienda. Ya no había vuelta atrás, no quería decepcionarme, quien a su parecer me había convertido en la piedra angular para restituir la confianza que sistemáticamente y durante años fue erosionada por su esposo.
—No sé si me queda bien este modelo —comentó con dudas, detrás del probador.
—Sigue tus instintos, Romina —respondió —. Tengo plena confianza en ti.
Romina respiró hondo y con timidez salió del probador. El verde bikini de dos piezas le realzaba las curvas. Su cuerpo con forma de guitarra, el top que le sostenía los pechos sin riesgo de que se salieran por su peso, dándole forma, se amoldaba a su silueta. Haciendo juego con el bikini de talle alto y laterales anchos aplanaban su vientre, que parecía de una talla menos para sus anchas caderas, haciéndola ver más juvenil. Para rematar, la fina tela de la prenda hacía que se le marcaran los labios vaginales como si fuera una pezuña de camello y, al darse la vuelta, la misma tela se metía entre sus potentes nalgas. —Mario, creo que la talla no es la correcta.
—Vaya que lo es —respondí—. Quiero que te vean bella y deseada.
Romina se miró en el espejo, sintiendo una mezcla de inseguridad y emoción. —No sé, me siento expuesta —murmuró, jugando con el borde del traje de baño—. Estoy un poco gorda para usar este modelo —protestó, aunque su voz sonaba más como una invitación que como una queja—. Se me ve todo.
—Te queda perfecta —respondí, con una sonrisa que revelaba más deseo que admiración, observando cómo el bikini desaparecía entre sus nalgas. Me acerqué por detrás, susurrándole al oído—. Estás deslumbrante. Cada centímetro de tu cuerpo es perfecto. —Arriesgándome un poco más, di otro paso, parándome detrás de ella hasta que mi pecho tocó su espalda y mi pelvis a sus nalgas, acariciándole suavemente las caderas—. Eres una diosa dentro de este traje de baño —le dije al oído mientras mi mano, como si tuviera vida propia, se deslizaba peligrosamente hacia su huérfana entrepierna—. Lo que importa es que tú te gustes… ¿Te gustas, Romina? —pregunté lujurioso.
Romina, con la respiración entrecortada y piernas temblorosas, hizo una pausa mojándose los labios con la lengua. —Sí… me gusto —murmuró, poniéndosele la piel de gallina, sintiendo un cosquilleo recorrer su cuerpo. Giró su cuello, acercando su boca a la mía y presa de la excitación, me dijo: —Me lo llevo.
Continuará…
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