Xtories

Un chulo me destroza la vida (1 de 4)

Javier creía conocer a su esposa, pero las palabras de un desconocido en el gimnasio empiezan a encajar con una pesadilla. Cada detalle de la historia de Rubén es un golpe bajo, y el miedo a que la mujer que ama haya sido corrompida por un extraño lo consume.

XimIkrad27K vistas9.1· 35 votos

Hoy es otro día más en el gimnasio. Estoy en la mitad de mi rutina cuando lo veo entrar: un joven musculoso, el tipo que me saca de quicio. Viene con su séquito de idiotas, riéndose y hablando en voz alta como si el gimnasio fuera suyo. A pesar de llevar mis auriculares a todo volumen, es inevitable escucharlos entre canciones. Siempre es lo mismo, las mismas bromas, las mismas historias de sus noches de fiesta y sus "conquistas". No lo soporto. ¿Quién coño se cree que es?

Intento concentrarme en mis ejercicios, pero no puedo evitar resoplar al ver que me han vuelto a ocupar la máquina que iba a usar, con su toalla y la interminable rotación entre ellos. Estos chavales están en todos lados, ocupando el espacio, imponiéndose al resto, sobre todo su cabecilla, al que siguen como súbditos: Rubén, el típico guapete de veintipocos, rapado y con un corte en la ceja, como si quisiera exhibir lo macarra que es. Me he aprendido su nombre de tantas veces que lo repiten. Y ahí está, dejando las pesas donde le da la gana, sin el más mínimo respeto por los demás y con la pasividad del monitor, que seguro es otro de sus colegas.

Es increíble la suerte que tienen algunos con la genética, parecen tocados por una varita.

Altero un poco mi rutina y me dispongo a continuar. Hoy estoy tardando más de lo habitual por culpa de estos niñatos.

Después de un rato, el sinvergüenza se me acerca justo cuando estoy ajustando la máquina para mi último ejercicio.

— Bro, iba a coger la polea yo —dice el rapado, clavándome una mirada intimidatoria. Sus ojos afilados me observan como si fuera un depredador acechando.

Trago saliva, casi atragantándome mientras intento mantenerle la mirada. Me siento incómodo por la diferencia de altura, que me obliga a levantar la cabeza más de lo que me gustaría.

— Me falta solo un ejercicio y me voy ya, acabo rápido, ¿vale? —respondo, bajando la mirada y torciendo la boca en una mueca.

Al levantar la cabeza de nuevo, veo cómo me echa un vistazo de arriba abajo, con calma, como si me estuviera evaluando. Luego suelta una risa burlona antes de contestar.

— En cinco minutos la quiero libre —escupe, dándose la vuelta sin darme opción a réplica. Se aleja hacia sus colegas, alzando la voz y contando otra de sus fantasmadas de siempre. Suspiro aliviado.

Termino rápido y me voy a las duchas. Después de un agua rápida, salgo pensando en lo imbécil que es ese tío. Algún día le plantaré cara, y se va a cagar. Le saco como veinte años, pero eso parece que se le olvida.

Abro la puerta de casa, agotado, no solo físicamente, sino mentalmente. Pero no hay paz aquí tampoco. Nada más cruzar el pasillo y llegar al comedor, veo a Laura preparándose para salir.

— ¿Por qué has tardado tanto? —me pregunta, aunque suena más a acusación que a simple curiosidad—. He acostado a Izan por ti —continúa, girándose hacia mí. Su melena roja se balancea mientras ajusta los tacones.

— Joder, se me había olvidado la cena con tus antiguas compañeras —digo, intentando que me perdone, pero sabiendo que he metido la pata.

Sus ojos verdes me fulminan. Está cansada, y lo sé. Pero yo también, tengo derecho a olvidarme de las cosas de vez en cuando. Aunque tendría que haber estado antes para acostar a nuestro retoño, eso lo admito.

— ¡Claro que se te ha olvidado! Sabes esto desde hace meses —responde, echando el cabello rojo hacia un lado mientras se mira en el espejo para retocarse el pintalabios—. Siempre se te olvida lo que es importante para mí. Todo lo que no sea deporte y trabajo es secundario, ¿verdad?

El vestido negro que lleva es de esos que sé que le hace sentir poderosa. Ceñido, resaltando sus curvas voluminosas y bonito culo, aún conserva parte del físico espectacular que tenía de joven. Durante años practicó yoga, y aunque ya no lo hace con regularidad, de vez en cuando se pone con alguna rutina en casa.

A cada paso que da, sus tacones añaden unos centímetros a su estatura, haciéndola parecer más alta que yo. Pero ni siquiera eso me intimida tanto como su expresión ahora mismo.

— No es eso, Laura... —comienzo, tratando de calmar las aguas—. He tenido un día de locos, con reuniones y el gimnasio... ni me acordaba de que salías con tus antiguas amigas de la uni.

Se gira hacia mí, su melena roja y brillante se balancea con el movimiento. Tiene ese flequillo que siempre me ha encantado, cayéndole sobre la frente, pero su mirada, normalmente suave y tranquila, hoy tiene un brillo que me descoloca.

— Claro, el gimnasio, tu escapatoria favorita —murmura, cruzándose de brazos, su tono cargado de sarcasmo—. Si después de varios años casi ni se nota. Yo te quiero aquí, con nosotros, no perdiendo el tiempo ahí metido.

Me quito la chaqueta con un suspiro. No tengo ganas de discutir, no otra vez, pero ya veo por dónde van los tiros. Desde que nos convertimos en padres, nuestra relación ha cambiado, y no precisamente para bien. Apenas tenemos menos intimidad entre el crío, mi trabajo, y cuando finalmente estamos solos, tampoco es que ocurra nada espectacular.

— Solo quiero desconectar, ya te he dicho que lo necesito —replico, mientras tiro la chaqueta sobre el sofá—. Estoy cansado, quiero relajarme, no tener otra discusión de lo mismo de siempre.

Suelta una carcajada seca que hace que su prominente pecho rebote, como si lo que acabo de decir no tuviera ningún sentido.

— ¿Desconexión? ¿De qué? Porque aquí es donde debería importarte desconectar... Pero claro, en casa no desconectas, ¿no? —me espeta, señalando la casa con una mano, mientras la otra sostiene su bolso— El señorito tenía que comprarse entradas para un concierto justo cuando tus padres se llevan a Izan y podemos pasar tiempo juntos, sin consultarlo primero.

Me paso la mano por la cabeza, esta mierda me va a hacer perder el poco pelo que me queda. Aparto la mirada, a ver si así entiende que no pienso seguir discutiendo.

Después de unos segundos, rectifico y la giro de nuevo, para recalcárselo por si no le ha quedado claro:

— No voy a discutir. Te dije que Iron Maiden es parte de mi adolescencia, y que quería ir a verles al menos una vez en la vida. Las entradas siempre vuelan, era comprarlas o preguntarte y perder la oportunidad.

Su mirada se estrecha en dos rendijas verdes, rebosantes de rabia. Eso tiene que ser venenoso, como mínimo.

— Siempre con excusas, Javier. Para todo. Menos para ir al gimnasio o para pasártelo bien sabiendo que apenas tenemos tiempo a solas, ahí nunca fallas —sigue mi mujer, con la cara tan roja de rabia que apenas se le ven las pecas. Tiene los brazos cruzados y el ceño fruncido, como si estuviera a punto de estallar—. Ya ni siquiera me pones una mano encima. ¿Es que ya no te gusto?

— ¡Joder, ya basta, Laura! —respondo, más alto de lo que pretendía—. Estoy harto. Trabajo todo el día para que no falte de nada en esta casa, y si no te toco es porque, o no hay tiempo o estoy cansado. ¿Es que no lo entiendes?

Pero lejos de detenerla, consigo justo lo contrario. Da un paso adelante, apretando sus carnosos labios en una fina línea.

— No se trata de que trabajes, Javier. Se trata de que te estás escondiendo. Siempre huyes de los problemas, siempre evades lo que realmente importa. —Esas palabras me atraviesan como un puñal. Ella no sabe cómo me siento, no sabe lo que es llevar esta carga todos los días—. Y ¿sabes qué? Estoy cansada. ¡Cansada de que seas un cobarde!

Aprieto los dientes y me doy la vuelta, dispuesto a poner fin a esta absurda discusión.

— Lo que quieras —murmuro, restándole importancia—. Vete de fiesta con tus amigas. Diviértete. Haz lo que te dé la gana.

Se queda callada unos segundos, por fin. El único sonido en la habitación es su respiración agitada, saliendo en cortas y tensas exhalaciones por la nariz.

— No me tientes… —responde con una frialdad que me sorprende.

Siento como se me hiela la sangre, pero estoy agotado y quiero acabar esto cuanto antes. No quiero darle más importancia de la que merece.

— ¿Qué se supone que significa eso? —pregunto, aunque sé que nunca sería capaz de hacer lo que insinúa.

Me lanza una última mirada, cargada de resentimiento, antes de coger su bolso.

— Lo que quieras que signifique —responde, con un tono cortante, y sale de casa sin mirar atrás.

Definitivamente no estamos en nuestro mejor momento. Para ser sincero, desde que tuvimos a nuestro hijo ya no la veo igual. Se ha convertido en "la madre de mi hijo", y eso lo cambia todo.

Antes, la veía como mi pareja, mi cómplice, pero ahora, hay algo que me frena. No quiero mancillar esa imagen, como si tocarla o desearla fuera algo incorrecto, casi prohibido. El cansancio del trabajo no ayuda, paso el día apagando fuegos en la oficina, y cuando llego a casa, lo último que quiero es otro enfrentamiento.

Apenas tenemos intimidad, y cuando lo intentamos, es como si algo en mí se desconectara. Entre el crío y mi necesidad de despejarme, siempre hay una excusa para evitar ese momento. Me he refugiado en el deporte, en escapar, pero... ni siquiera eso parece suficiente.

Justo cuando clavo el tenedor en un triste plato de macarrones recalentados, aparece Izan en el marco de la puerta del comedor, con los ojos medio cerrados y arrastrando su osito de peluche.

— Papá... me he despertado —murmura, restregándose los ojos.

Suspiro, mi mujer ya se ha ido de fiesta, así que me toca a mí. Me levanto y me acerco a él, lo levanto en brazos con cuidado.

— Vamos, campeón. Te llevo a la cama otra vez —le susurro, caminando hacia su habitación.

Lo arropo con cuidado, dándole un beso en la frente. Mientras cierra los ojos y se vuelve a dormir, me quedo mirándolo un momento, preguntándome cómo algo tan simple como cuidar de nuestro hijo se ha vuelto lo único que funciona bien en esta casa.

De vuelta al comedor, me siento a cenar solo, dándole vueltas a la discusión en la cabeza. Ceno rápido, sin ganas, y me arrastro hasta la cama. Me recuesto, con la vista perdida en el techo, pensando en cómo a mi mujer se le calienta la boca rápido, pero al final, son solo palabras.

Los días pasan, y después de la dichosa cena con sus antiguas amigas, parece que Laura está mucho más relajada. No hay reproches, ni discusiones, ni la tensión que normalmente flota en el aire. Mejor así. Me permite centrarme en el trabajo sin tener que lidiar con tonterías.

Según me contó, después de cenar, las divorciadas del grupo, cómo no, fueron las primeras en animarse para ir a una discoteca a bailar hasta caer rendidas. Dice que, como siempre, unos cuantos pesados intentaron entrarles, pero que las mandaron a paseo sin darles mucha bola. Cuando ya estaba agotada, cogió un taxi y volvió a casa. La verdad es que ni me enteré de a qué hora llegó; para entonces ya estaba frito.

En unos meses estaré en el concierto de mi grupo de la adolescencia, y para rematar, mis padres van a llevarse a Izan al pueblo ese mismo fin de semana. El plan perfecto: música, cervezas y ni un maldito problema por el que preocuparme. Todo está saliendo redondo.

A finales de semana, fui a última hora al gimnasio, con la esperanza de que estuviera vacío y nadie me molestara. Para mi alivio, la suerte me acompañaba: apenas había gente. Solo uno de los "minions" del chulo se encontraba en la zona de pesas donde estaba yo.

Aunque había cantado victoria demasiado pronto; se me había olvidado cargar los auriculares. A los cinco minutos, se quedaron sin batería, dejándome a merced de la horrorosa música ambiente del gimnasio. Aun así, no me los quité. Prefería mantener la ilusión de estar aislado para que nadie intentara hablarme.

Para más inri, volvió a aparecer el personaje de siempre por el gimnasio: Rubén. Lucía su musculatura con una camiseta de tirantes tan fina que, en la práctica, era como si no llevara nada. Saludó a su compinche con esa sonrisa arrogante que tanto me revienta y, por desgracia, se instaló en la misma zona. Toca aguantar otra sesión de chulería gratuita.

Efectivamente, les faltó tiempo para hablar de lo mismo de siempre. ¿Pero quién le puede creer? Seguro que ni la mitad de lo que cuenta es verdad.

— Hoy voy a repetir el mismo sitio que la semana pasada —dice al mismo tiempo que se mira en el espejo—. Seguro que vuelvo a triunfar.

— ¿El sitio ese de puretas? Si la gente ahí tiene como mínimo casi cuarenta tacos —se mofa el “minion”, esbozando una mueca de incredulidad.

Puff, “maldita generación Z…”, pienso para mis adentros, apretando los dientes mientras intento concentrarme en mi ejercicio.

— A mi me molan las mujeres de verdad, bro, no las niñas de veintipocos —responde Rubén, dejando de mirarse en el espejo y acercándose a su compañero—. No te haces a la idea del sábado pasado lo que conseguí allí.

Mi mandíbula se tensa al escucharle. “Otra vez con sus fantasmadas…”

— ¿El qué? ¿Te pinchaste alguna madurita? —le pregunta el compañero, dejando la mancuerna sobre el banco.

— Casi, nos encontramos con un grupo de tías que estaban de celebración. Puse mi ojo en una pelirroja que estaba tremenda, de las que a mi me gustan, ya sabes, pero la primera vez que me acerqué se rió en mi cara y me dijo que podía ser mi madre.

— Casi, bro, nos topamos con un grupo de tías que estaban de celebración. Puse el ojo en una pelirroja que estaba tremenda, justo mi tipo, ya sabes. —Lo veo morderse el labio mientras gesticula con las manos, simulando cómo le agarraba el culo—. Pero la primera vez que me acerqué, la muy zorra se rió en mi cara y me soltó que podía ser mi madre.

Me río para mis adentros, es uno de los típicos moscones. De esos que se comen una y cuentan veinte.

— No me lo creo —responde su compañero de nuevo, entre risas, dándole un pequeño golpe en el brazo.

El rapado esboza una sonrisa amplia, dejando ver sus dientes blancos, claramente disfrutando de la atención, como si ya tuviera la respuesta lista para impresionar.

— Nada, bro, lo típico. Me reí un poco, me fui a la barra con los colegas... pero luego, empezaron las miraditas, copas en mano mientras cuchicheaba y se reía con sus amigas. Yo aprovechaba cada ocasión para pasar cerca de ella, rozándola disimuladamente siempre que podía. Y cuando la vi sola, ataqué de nuevo. —Inclina la cabeza y arquea las cejas con una sonrisa autosuficiente—. Me dijo que estaba con sus amigas, que hacía mucho que no salía y aún más que no las veía. Así que cuando pusieron música lenta y sus amigas aún no volvían, nos pusimos a bailar.

Siento un escalofrío recorrerme la espalda, aunque trato de convencerme de que es imposible lo que estoy pensando.

— Al principio se hizo la estrecha, se apartaba cada vez que me acercaba, pero seguí insistiendo. No me rendí —continúa, con esa estúpida sonrisa aún grabada en la cara—. Al final, terminé bailando pegado a ella por detrás, y esta vez no puso ninguna objeción.

— ¿Y luego qué? —interrumpe su amigo, ya intuyendo la respuesta pero buscando más detalles.

— Después de unas cuantas canciones lentas, tenía mi rabo pegado a su culo, y ella se inclinaba más, buscando más presión —dice, mientras hace un gesto de empujar con las caderas—. Cuando la música cambió a algo más rápido se separó, le propuse salir a tomar un poco de aire y charlar. Echó un vistazo rápido buscando a sus amigas, pero al no verlas, me siguió sin pensarlo.

— Entonces te la tiraste, ¿no? —vuelve a interrumpir su compinche.

Dejo de hacer pesas y cierro los ojos por un segundo mientras respiro profundamente, el ruido del gimnasio se vuelve una mezcla difusa de sonidos. “Calma”, me digo, este tío es un fantasma y ni siquiera sé de quién está hablando.

— Ya te he dicho que no, joder —repite el chulo, levantando mancuernas de 25 kilos con una facilidad insultante—. A fuera me contó su vida, como si a mí me importara una mierda que su marido era un pringado que no la tocaba o que tenía una larva —añade, soltando una carcajada burlona.

Rubén suelta las mancuernas en el suelo con un golpe seco y se acerca a la zona de las pesas más pesadas, pidiéndole a su compañero que le eche una mano para levantar las barras y hacer press de banca justo al lado de mí. El metal choca ruidosamente mientras se prepara para su próxima serie.

Suspiro aliviado, aunque sus palabras siguen dando vueltas en mi cabeza. Podría ser Laura… o solo una coincidencia, una de esas bromas crueles del destino. Respiro hondo y me armo de valor, decido que es el momento de preguntarle, de una vez por todas, cómo se llamaba la mujer de la que habla. Pero antes de que pueda abrir la boca, continúa explicando la historia, como si supiera que tiene mi atención también.

— Lo mejor de todo es que la tía se hacía la dura al principio, como si fuera a ponerme freno —dice, poniendo cara de depravado—. Le mencioné lo de acercarla a casa en mi coche, ya sabes, clásico movimiento de "soy un buen tipo". Y ¿adivina qué? Se lo pensó unos segundos, bro, que hasta creí que me iba a mandar a la mierda. Pero al final, va y suelta que sí, con la condición de que no intentara nada raro.

— Qué crack, te las sabes todas —le responde su amigo, asintiendo en señal de admiración—. ¿Y qué respondiste?

— Nada. Solo contesté: “Tranqui, no soy de esos babosos”. Pero aquí arriba ya sabía lo que iba a pasar —dice, dándose golpecitos con el dedo índice en la sien—. Lo podía ver en sus ojos, solo tenía que darle un empujoncito.

Me quedo pálido, como si toda la sangre del cuerpo se me fuera de golpe. Mis piernas flaquean y me siento en el banco, usando la excusa de "recuperarme" del ejercicio. Pero lo que siento es algo más profundo, algo que nunca había experimentado antes. Una sensación de vacío mezclada con una rabia que no sé cómo controlar y algo que no sabía bien lo que era.

— Caminamos un par de calles hasta donde tenía aparcado el coche, y la tía iba callada, seguro que ya sabía lo que iba a pasar. Pero ahí es donde entra la magia, bro. —Se ríe por lo bajo, echando un vistazo a su amigo, que lo mira atento.

Por un segundo me lanza una mirada, y yo finjo concentrarme en el móvil.

— Le abro la puerta, digno de un caballero —prosigue, sonriendo a sus compañeros—. Ella entra y se queda mirando hacia adelante, ni me mira. Yo me monto y lo primero que hago es poner la mano en el reposabrazos, bien cerca de ella, pero sin tocarla. Seguí sus indicaciones pero le dije que conocía un atajo.

Se queda en silencio un momento, como saboreando lo que va a contar después. Se incorpora y le grita al compinche:

— Eh, échame una mano con la barra —ordena, haciendo una señal para que le ayude a sacarla del soporte.

Su amigo asiente, dejándolo todo para colocarse detrás del banco.

Aprovecho el momento en que se prepara para su serie y me dirijo a la fuente. La boca se me ha quedado seca. Bebo con ansiedad, tratando de calmar el nudo en el estómago.

Cuando vuelvo, deja la barra con un gruñido, respirando agitado. Pero en cuanto recupera el aliento, sigue con la conversación.

— Terminamos en un polígono. Le solté que ahí no nos molestaría nadie, que en la discoteca se había quedado con las ganas, y va la tía y me suelta: "¿Estás loco? ¿Qué te has pensado, crío, que soy una puta? Seguro que eres de esos que se ponen los calcetines dentro de los calzoncillos", todo indignada —dice, imitando su voz de manera exagerada y burlona—. La cara que puso cuando me bajé los pantalones fue épica. Se quedó calladita, y sus ojos... solo tenían una dirección.

— ¿Cómo es posible que algo así te funcione? —pregunta el otro, moviendo la cabeza de lado a lado con incredulidad.

— Fácil, bro. Solo hay que soltarla en el momento justo, y esta estaba cachonda perdida—le responde, encogiéndose de hombros y un brillo perverso en la mirada—. Le cogí la mano y se la acerqué, diciéndole que podía comprobarlo por sí misma. No veas cómo se le caía la baba. En nada la tenía haciéndome un pajote. Aproveché para sobarle las tetas, pero cuando le metí la mano por debajo del vestido, me la apartó y dijo que no podía hacerlo.

Su amigo soltó una carcajada, pero yo solo escuchaba un zumbido en los oídos. No podía ser verdad lo que contaba ese hijo de puta, cada palabra que salía de su boca apretaba más mi pecho.

“¿Por qué pienso que es ella? Laura nunca sería capaz de hacer algo así”, me digo en un momento de lucidez, tratando de aferrarme a esa idea mientras siento el peso de un yunque en el esternón.

Vuelve a pedir ayuda para sacar la barra. En cuanto termina la serie y recupera el aliento, retoma su insufrible verborrea:

— Tenía la regla, pero que podíamos hacer otras cosas —continúa, con una sonrisa desagradable—. La perra debía de estar caliente, porque se la tragó entera. O al menos lo intentó.

Su amigo soltó una risotada, mientras yo, ahora sentado en una máquina, sentía cómo el suelo se desmoronaba bajo mis pies. Un nudo en la garganta, y mis manos empezaron a sudar.

— Recliné al máximo el asiento y no veas cómo mamaba la muy guarra —seguía—. No paraba de decirme que era la más grande que había visto en su vida. Subía y bajaba con las manos pringadas de saliva, no se atragantó de milagro. Me puso perdido de babas la tapicería del asiento, bro.

No puede ser cierto, seguro que es una casualidad todo, o puede que se lo esté inventando.

— Aproveché que estaba recostada para darle unos cuantos azotes en el culo y decirle que si ahora también podía ser mi madre. Pero no dijo nada, solo me la lamió con más ganas —sigue narrando, con la risa de fondo de su amigo, sonando como una hiena—. Le metí un poco el dedo por el culo pero me dijo que eso no se hacía, que nunca lo había hecho por ahí. Tenía unos morritos perfectos para mi polla, te lo digo…

— Cómo te gusta dominarlas, algún día te va a salir mal, bro —le advierte uno de los lacayos.

Me levanto de la máquina, ya no aguanto más y quiero largarme, siento como el aire escapa de mis pulmones. No puedo más. Paso de seguir comiéndome la cabeza por lo que dice este imbécil. Suerte tiene de que no le tiro una pesa a la cabeza.

Pero antes de huir de allí, le escucho contar el final de la historia.

— De momento eso no ha pasado —dice en un tono serio—. Lo que sí pasó es que me corrí en su boca y no se apartó, siguió pajeándome hasta que me sacó la última gota mientras tenía mi dedo metido en su culo. Se lo tragó todo, loco. La dejé en casa, y antes de bajarse, me dio su número de teléfono.

Me dirijo hacia las duchas, evitando mirar a Rubén y su amigo. Siento el impulso de gritarle o soltarle un puñetazo, pero me contengo. "No te rayes", me repito a mí mismo. No puede ser ella. No. Simplemente no.

Al volver a casa, encuentro a Laura en la cocina, en su versión más cotidiana, preparando algo para cenar. Me saluda con una sonrisa despreocupada, como si todo estuviera bien, como si no hubiera motivos para dudar de nada. Me siento raro, incómodo, pero intento no darle vueltas.

"Es solo mi cabeza jugándome malas pasadas", me digo. "Es imposible, una cara tan angelical no haría algo así". Solo pensar en preguntarle me pone de mala hostia, pero no puedo evitarlo. Ahora que estamos mejorando, no quiero volver a discutir y que se enmierde todo otra vez…