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El calor que no le di (capítulo 1, parte 2)

No es solo una traición lo que escucha detrás de la puerta; es el sonido de un mundo que se le desmorona. Martín podría entrar y romperlo todo, pero prefiere esconderse en la sombra, grabando cada gemido como si fuera una prueba de su propia impotencia. La pregunta no es si lo va a descubrir, sino qué hará con el video cuando el amante salga a la calle.

Ragnar 20238.5K vistas8.4· 18 votos

Capítulo 1

Parte 2

Martín se quedó sentado en el sillón de la sala, la oscuridad envolviéndolo como una manta pesada que le apretaba los hombros y le pesaba en el alma. El pucho le quemaba los dedos, el humo áspero subiéndole por la garganta mientras lo tragaba a puro pulmón, el sabor amargo mezclándose con el nudo que tenía en el pecho.

Mientras tanto, los gemidos de Elena bajaban desde el dormitorio, cada grito clavándosele como un cuchillo afilado que no podía arrancarse, resonando en las paredes vacías de la casa.

La verga se le volvía a parar, sensible todavía por el semen pegajoso que se le estaba secando en el jean, dejando una mancha fría que le rozaba la piel cada vez que se movía. No podía quedarse abajo, no con ese ruido llamándolo como una sirena que lo arrastraba sin piedad, hipnotizándolo con cada gemido que se colaba por el pasillo.

Subió las escaleras, los pasos lentos, el crujido de la madera resonando en la casa vacía como si lo estuviera delatando con cada escalón que pisaba. La puerta del dormitorio seguía entreabierta, el brillo de la lámpara amarilla derramándose sobre el pasillo, un resplandor tenue que temblaba como si la bombita estuviera a punto de fundirse.

Se paró ahí, el corazón latiéndole en las sienes, y miró por la rendija, el aire cargado de un olor a sexo que le pegó en la cara como un golpe.

Elena estaba a cuatro patas sobre la cama, el culo en alto, las piernas abiertas y temblando como si no pudiera sostenerse bajo su propio peso. El tipo la tenía agarrada del pelo, tirándole la cabeza para atrás con fuerza, mientras se la cogía con una brutalidad que hacía crujir el somier viejo hasta casi partirlo. Las sábanas estaban arrugadas, húmedas de sudor y manchadas, y el ruido de la piel chocando llenaba el cuarto como un tambor descontrolado. El tipo sudaba, la camiseta levantada mostrando una panza dura y tatuajes descoloridos, el jean a medio bajar como si no hubiera tenido tiempo de sacárselo bien.

—Más, más, ¡¡¡más!!! —gruñó Elena, con la voz rota, las tetas bamboleándose con cada empujón, y los pezones duros rozando las sábanas húmedas.

Martín sintió el calor subirle de nuevo, apretándole los huevos y poniéndole la verga dura como piedra en un segundo, una erección que le dolía contra el jean apretado.

Pero esta vez no era solo deseo; una furia sorda le subió por la garganta, mezclándose con la calentura y dejándolo temblando de rabia pura. Ella nunca había gemido así con él, nunca le había pedido que la cogiera con esa crudeza, que la partiera en dos como este hijo de puta lo estaba haciendo ahora.

Y mientras la miraba, se dio cuenta de algo: él nunca le había dado eso, pero ella tampoco se lo había pedido, nunca le había mostrado esa hambre que ahora desbordaba.

El tipo le dio una nalgada, el culo de Elena ya rojo de tantas marcas, brillando bajo la luz amarilla como una señal de advertencia. Ella gritó, un alarido que le salió del fondo y que hizo estremecer a Martín hasta los huesos, un sonido que se le metió en la cabeza y no lo dejaba pensar.

La mano le fue sola al bulto del jean, rozando la verga dura, pero la rabia lo frenó, un nudo en el pecho que lo hizo apretar los dientes.

Recordó una noche, años atrás, cuando Elena se había vestido hot, con un corpiño negro de encaje y una tanga roja que apenas le cubría la concha. Se había parado frente al espejo, girándose para que él la viera, sonriendo como si esperara algo más. “¿Qué te parece?”, le había dicho, la voz suave, las tetas apretadas contra el encaje, la tanga marcándole las caderas. Él se había reído, le había dicho que estaba buena, pero no pasó de ahí; se acostaron, tuvieron un polvo rápido y se durmieron.

Nunca fue más allá, nunca entendió que ella tal vez quería jugar, y ella no insistió, no le dio pistas. Ahora, viéndola así, se preguntaba si esa noche perdida había sido una señal que él ignoró.

—Rompeme, la concha de tu madre, no pares —dijo Elena, tocándose la concha con urgencia, los dedos resbalando por lo mojada que estaba, el sonido húmedo mezclándose con los gemidos.

Martín vio cómo el tipo la levantaba de la cama, poniéndola contra la pared con las piernas abiertas de un tirón, las manos fuertes levantándola como si no pesara nada. El culo de Elena temblaba, las nalgas rojas marcadas por las manos del tipo, mientras se la metía de nuevo, duro y profundo. Ella se agarró las tetas, pellizcándose los pezones con fuerza, la boca abierta dejando escapar jadeos cortos que se cortaban con cada golpe, el sudor corriéndole por la cara y goteándole entre las tetas.

—Así, joder, así —gruñó ella, mientras el tipo le mordía el cuello, dejando una marca roja que se veía clarita contra la piel sudada.

La furia le quemaba el pecho a Martín, un fuego que se mezclaba con el calor y lo hacía temblar de pies a cabeza, el cuerpo entero tenso como un cable a punto de reventar.

Sacó el celular del bolsillo con manos temblorosas, el sudor corriéndole por la frente y pegándole el pelo a la piel, las gotas cayéndole en los ojos y nublándole la vista por un segundo. Desbloqueó la pantalla con dedos torpes, el pulgar resbalando dos veces antes de acertar, y activó la cámara, el lente enfocando la escena a través de la rendija con un leve zumbido.

La imagen de Elena contra la pared se grabó en el teléfono, los gemidos de ella resonando en el video mientras el tipo la cogía sin parar, el sudor corriendo por la espalda de él, las marcas rojas en el culo de ella brillando bajo la luz. No sabía para qué lo hacía, si era para tener una prueba, para enfrentarla después con las manos temblando, o para algo más oscuro que todavía no entendía del todo. Pero no podía parar, no podía dejar de grabar, como si ese video fuera a darle el control que sentía que le habían arrancado.

—Dame más, hijo de puta, quiero sentirte todo —dijo Elena entre jadeos, las piernas temblando mientras se corría contra la pared, la concha chorreando y dejando un rastro húmedo en la pintura blanca.

El tipo gruñó, levantándola del suelo y apoyándola contra la pared con más fuerza, las manos hundidas en las caderas de ella, los dedos dejando marcas nuevas en la piel sudada. Las piernas de Elena se enroscaron en la cintura del tipo, el cuerpo temblando entero mientras la concha le chorreaba, goteando sobre el piso de madera que Martín había lustrado el mes pasado con tanto esfuerzo. Martín grabó cada detalle, el sudor corriendo por la espalda de Elena, las nalgas rojas marcadas, el pelo pegado a la cara, los gemidos que se mezclaban con el ruido de la piel chocando.

La humillación lo golpeaba, haciéndolo sentir menos hombre, menos de lo que debería ser, un vacío que le crecía en el estómago mientras veía a su mujer entregarse. Ella pedía cosas que él nunca le había dado, cosas que ni se le habían ocurrido ofrecerle en todos esos años de matrimonio rutinario.

Y mientras grababa, se acordó otra vez de esa noche con el corpiño negro, cuando ella se había mirado al espejo y él no había sabido leerla. “¿Te gusta?”, le había preguntado, girándose para mostrarle la tanga, pero él solo sonrió y se acostó, dejando que el momento se perdiera.

El tipo la bajó al suelo, la puso de rodillas frente a él, y le metió la verga en la boca con un movimiento brusco, casi violento. Agarrándola del pelo, la hacía chupar, la lengua de Elena lamiendo alrededor con una urgencia que Martín no le conocía, un hambre que nunca había visto en ella. La baba le corría por la barbilla, goteándole sobre las tetas, los ojos cerrados mientras se la tragaba entera, las manos apoyadas en los muslos del tipo para no perder el equilibrio.

—Qué rica sos, la concha de tu madre, chupá más —gruñó el tipo, tirándole del pelo con más fuerza, las venas marcadas en los brazos mientras la guiaba.

Ella obedeció, gimiendo mientras se la metía hasta la garganta, los ojos llorosos pero brillantes de placer, la cara roja de esfuerzo, el sonido húmedo llenando el cuarto.

Martín grabó todo, el lente enfocando cómo la boca de su mujer se movía, cómo los labios se le estiraban, cómo la saliva le caía en hilos finos. Una mezcla de deseo y asco lo mareó, el estómago dándole vueltas mientras veía algo que nunca había imaginado que ella quisiera hacer.

La rabia lo estaba ganando, una furia que le subía por el pecho y le hacía apretar el celular con tanta fuerza que pensó que lo iba a romper. Esto no era solo calentura, era una cachetada a su matrimonio, a lo que él creía que sabía de ella. La verga le palpitaba, pero no se tocó; esta vez quería controlarse, usar esa furia para algo más que pajearse como un idiota en el pasillo. Y se preguntó otra vez: si ella no se lo pidió, ¿por qué no lo hizo él? ¿Por qué dejó que se perdiera en el silencio?

—Metémela otra vez, no pares —dijo Elena; la voz ronca, poniéndose de pie y apoyándose contra la pared con las manos temblorosas, el cuerpo sudado brillando bajo la luz.

El tipo la levantó, abriéndole las piernas con las manos fuertes, y escupió en su concha antes de metérsela de nuevo, profundo y duro. Ella gritó, las manos arañando la pared, el cuerpo temblando mientras se corría, la concha chorreando sobre el piso de madera. El olor a sexo llenaba el aire, un tufo dulce y pesado que se metía en sus pulmones y le nublaba la cabeza, haciéndolo temblar de deseo y odio a la vez.

—Más, joder, no pares —gruñó ella, las tetas rebotando con cada empujón, el sudor corriéndole por la espalda y goteándole entre las nalgas rojas.

El tipo le dio con todo, cogiéndosela tan fuerte que el cuerpo de Elena se sacudía contra la pared, las nalgas temblando con cada embestida. Martín imaginó entrar al cuarto, tirar el celular al piso y agarrar al tipo del cuello, romperle la cara contra la pared hasta que la sangre le manchara las manos. Imaginó encarar a Elena, mostrarle el video y gritarle que era una puta, que lo había traicionado, que lo había hecho sentir menos que nada.

Pero también pensó en usarlo para chantajearla, para obligarla a hacer lo que él quisiera, para recuperar el poder que sentía que le habían arrancado con cada gemido que ella soltaba. La idea lo calentó más, lo hizo apretar los dientes mientras grababa, la verga palpitándole como si fuera a correrse otra vez sin tocarse. No se dejó llevar; quería mantener el control, aunque fuera por un momento, aunque la furia le quemara las tripas y le nublara la vista.

—Dame todo, joder, quiero sentirte adentro —dijo Elena, tocándose la concha mientras gemía, los dedos resbalando por lo mojada que estaba, el cuerpo temblando contra la pared.

El tipo la volteó, la puso a cuatro patas sobre la cama otra vez, y le metió la verga de un solo empujón. Ella gritó, el cuerpo temblando bajo la luz tenue de la lámpara que zumbaba en la mesita, el ruido del colchón crujiendo como si fuera a partirse. La cama se movía, el cabezal golpeando la pared con un ritmo que resonaba en el pasillo, y Martín grabó, el celular capturando cada segundo de la escena, cada gemido, cada marca.

El tipo le agarró las caderas con más fuerza, las uñas hundiéndose en la piel, y le dio una nalgada que dejó otra marca roja en el culo de Elena. Ella se tocó la concha, gimiendo mientras se corría otra vez, el cuerpo convulsionando como si la hubieran electrocutado. Martín sintió los huevos apretarse, la furia y el deseo peleándose adentro, pero no se dejó caer; siguió grabando, el video llenándose de imágenes que lo perseguirían para siempre.

—Seguí, la puta que te parió, no te detengas —dijo Elena, la voz quebrada, el sudor goteándole por la cara y cayendo sobre la cama.

El tipo gruñó, cogiéndosela más fuerte, el cuerpo de ella temblando bajo el peso de él, las nalgas rebotando con cada embestida. Martín pensó en arrojar el celular y saltar sobre los dos, arrancarla de las manos de ese tipo y hacerla suya a la fuerza, mostrarle que él también podía darle lo que quería. Pero la idea de usarlo, de tener ese poder en la mano, lo dominó, y siguió grabando, el sudor corriéndole por la espalda, el jean apretándole la verga dura.

De repente, el tipo levantó la mirada, como si hubiera sentido un ruido, un movimiento en la sombra, y Martín se congeló, el corazón latiéndole en la garganta. Elena giró la cabeza, los ojos entrecerrados, y por un segundo pareció que miraba hacia la puerta, el ceño fruncido como si algo la inquietara.

—¿Pará un segundo, escuchaste algo? —dijo ella, la respiración agitada cortándose por un momento, las manos todavía apoyadas en la pared.

—No, nada, seguí —gruñó el tipo, dándole con todo otra vez, pero ella no se relajó del todo, el cuerpo tenso.

Martín retrocedió un paso, el celular todavía grabando, el sudor corriéndole por la espalda como un río frío. Ella no dijo más, pero por un momento pareció que había visto un reflejo, un movimiento, algo que no debería estar ahí en la penumbra del pasillo. Cerró los ojos otra vez, gimiendo mientras el tipo seguía, pero la tensión se quedó clavada en el pecho de Martín como una espina afilada que no podía arrancarse.

Apagó la cámara, guardó el video con un pitido que resonó en la sala oscura cuando bajó las escaleras, un sonido que se perdió en el silencio de la casa. Las piernas le temblaban, la cabeza dándole vueltas mientras intentaba decidir qué carajo iba a hacer con lo que tenía en la mano. La furia le quemaba, los gemidos de Elena seguían bajando desde arriba, pero ahora había una chispa de peligro que lo hacía temblar, una sospecha que flotaba en el aire como un mal presentimiento.

Se sentó en el sillón otra vez, el celular todavía en la mano, el video guardado como una bomba que podía explotar en cualquier momento. ¿Cómo seguir después de esto? Necesitaba saber qué había pasado, cómo habían llegado a este punto, cómo Elena había terminado en los brazos de otro tipo gritando cosas que nunca le había gritado a él. La cabeza le daba vueltas, un torbellino de pensamientos que no podía ordenar, cada uno más oscuro que el anterior.

Nunca había tenido motivos para sospechar de ella, y eso era lo que más lo confundía. Elena siempre había sido una mina derecha, cariñosa, de las que te miran a los ojos cuando te hablan y te hacen sentir que sos el único que importa. Nunca había llegado tarde sin avisar, nunca había tenido mensajes raros en el celular, nunca había salido con amigas sin contarle a dónde iba. Siempre había sido transparente, o eso creía él, y ahora se preguntaba si alguna vez la había conocido de verdad.

Ninguno de los dos era celoso, nunca lo habían sido, y eso era algo de lo que siempre se habían jactado. “Los celos son para inseguros”, le decía Elena cuando veían a alguna pareja discutir por pavadas, y él asentía, orgulloso de la confianza que tenían. Si ella salía con amigas, él no preguntaba más allá; si él se iba a tomar unas birras con los pibes, ella no lo interrogaba. Pero ahora esa confianza se le hacía pedazos, y se preguntaba si esa falta de celos no había sido más que una fachada, un error que los había llevado a esto.

La quería tanto, tanto que le dolía el pecho solo de pensarlo, un amor que no se había apagado ni después de los años de casados. Habían pasado casi diez años desde que se casaron en esa iglesia chiquita del barrio, con los amigos y la familia aplaudiendo mientras ellos se besaban bajo un arco de flores. Él todavía la miraba como el primer día, todavía se le aceleraba el pulso cuando ella se reía o le tocaba la mano sin darse cuenta. Y ella, o eso creía, lo miraba igual, con esa calidez que lo hacía sentir en casa.

Habían hablado de tener hijos, incluso el año pasado, después de una Navidad en la que vieron a los sobrinos corriendo por el patio de la casa de la madre de Elena. “¿Y si lo intentamos?”, le había dicho ella, apoyándole la cabeza en el hombro mientras tomaban un vino en el sillón. Él había sonreído, le había dicho que sí, que todavía estaban a tiempo, que sería lindo formar una familia. Habían hecho planes, habían calculado fechas, habían soñado con un futuro que ahora se le deshacía en las manos como si fuera de papel.

¿Dónde había quedado el “hasta que la muerte nos separe” que se habían jurado frente al cura, con las manos entrelazadas y los ojos brillosos de emoción? Ese voto que habían hecho con tanta seguridad, con la certeza de que nada los iba a separar, ahora parecía una burla, un eco vacío que resonaba en su cabeza mientras escuchaba a su mujer gemir con otro. ¿Cómo habían pasado de eso a esto? ¿En qué momento se habían perdido tanto que ella había buscado en otro lo que no encontraba en él?

Necesitaba respuestas, necesitaba entender cómo habían llegado a este punto, qué había pasado para que Elena terminara así, entregándose a un desconocido con una pasión que él nunca había visto en ella. ¿Era su culpa, por no darle lo que necesitaba? ¿Era de ella, por no pedírselo, por no hablarle? ¿O era de los dos, por dejar que la rutina los comiera vivos sin darse cuenta? La cabeza le dolía de tanto pensar, pero no podía parar, no podía dejar de darle vueltas a cada detalle, a cada momento que ahora veía con ojos nuevos.

La quería, la quería con todo lo que tenía, y eso era lo que más lo destrozaba. Quería odiarla, quería gritarle, pero también quería abrazarla, entenderla, recuperarla. Quería volver el tiempo atrás, a esa noche del corpiño negro, y hacer las cosas bien, darle lo que ella necesitaba, mostrarle que él también podía. Pero ahora era tarde, ahora estaba ese tipo arriba, en su cama, cogiéndose a su mujer, y él no sabía cómo seguir, no sabía cómo enfrentar lo que venía.

Agarró las llaves del auto de la mesa, el celular apretado en la otra mano como si fuera un arma, y salió a la calle sin hacer ruido, la puerta cerrándose con un clic suave detrás de él. El frío de la noche le cortó la piel, el aire fresco golpeándole la cara sudada mientras se escondía detrás del árbol grande que estaba frente a la casa, el tronco áspero raspándole la espalda a través de la remera empapada. El corazón le latía fuerte, la verga todavía dura, pero la mente estaba fija en una sola cosa: saber quién carajo era ese tipo.

Quería ver su cara, escuchar su voz, entender quién se había metido en su vida y le había robado lo que era suyo, quién había puesto a su mujer a gemir como nunca antes. Esperó en la sombra, el frío calándole los huesos, los ojos clavados en la puerta de entrada que brillaba bajo la luz de la calle. Los gemidos seguían adentro, pero sabía que pronto terminarían, que el tipo saldría, y él estaría ahí para verlo. La intriga lo consumía, mezclándose con la rabia y el deseo, y no se movería hasta tener una respuesta, hasta saber a quién tenía que enfrentar.

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