Larga batalla por una esposa
Javier creía conocer a su esposa, pero lo que encontró en la piscina de sus amigos destruyó su mundo. Ahora, la sorpresa se transforma en una necesidad urgente y brutal, donde el deseo y la traición se mezclan en una sola cama.
Larga batalla por una esposa. Capítulo 1.
Esta narración es absolutamente real. He querido escribirla a modo de reflexión y también, una vez compartida, me sirva para expiar mis errores, que no han sido pocos. Ciertamente ya ha pasado el tiempo suficiente como para poder hacerlo, pero tengo muy fresco aún todo en mi memoria.
Beatriz y yo nos casamos con 25 ambos, enamorados sin duda. Ya era mi novia desde los 15, cuando la conocí en una discoteca de la época. Rubia y ojos azules, como mi sueño de mujer ideal desde niño, de pechos prominentes y curvas, tremendamente femenina. Pero no sólo fue el físico, era su personalidad, extremadamente dulce, con una mirada limpia y amable. Jamás me llevó la contraria, lo que contrastaba con aquello que mis amigos decían de sus propias esposas. No era, es, una mujer al uso. Siempre me sentí afortunado de que me hiciera caso, porque yo soy un hombre bastante común, que tiendo a engordar y no especialmente esbelto.
Pasó el tiempo. Tuvimos dos hijos que con el tiempo se fueron de casa a sus nuevos hogares. Ella comenzó a trabajar ya tardíamente, en una empresa de electromedicina, vendiendo aparataje. Yo, ingeniero industrial, siempre viajé mucho y todavía con mis 57 cumplidos lo hacía. Esos fueron los condicionantes del desastre.
Sí, todo empezó después de más de 30 años de matrimonio, aunque no tengo claro el momento exacto. Sólo puedo determinar el día en que yo fui testigo de algo inaudito y, en consecuencia, consciente de que algo pasaba. Los otros protagonistas, quienes han conseguido robarme a mi mujer, porque así lo percibo, son una pareja muy singular. Los puedo llamar Rubén y Joana, catalanes afincados desde hace años en Valladolid, donde residimos todos. Él de complexión fuerte y fibroso, calvo, de mirada penetrante. Ella extremadamente delgada, casi plana, largas piernas pero sin formas, pelo siempre muy corto y de color cobrizo, hombruna se diría. En bastantes ocasiones habíamos compartido vermuts de domingo, amén de alguna comida y cena. Se podría decir que teníamos cierta amistad y confianza. Mi mujer viajaba con ellos cuando se desplazaban a la central, en Barcelona
En julio del 21, con un calor insoportable, yo debía asistir a una semana de cursos en Madrid. No me sorprendió que ellos nos propusieran compartir con nosotros su chalet de vacaciones, con piscina y una gran finca entre pinares cerca de Simancas. Dada la tesitura, mi mujer estaría allí desde el lunes y luego yo me uniría el viernes. El detonante fue una simplísima casualidad, muy española, el jueves a las 12 se dio por terminada la tarea y sólo se me ocurrió no avisar y dar la sorpresa. En plena canícula me subí al coche y enfilé hacia ese pequeño oasis que ya conocía, por haber estado en alguna ocasión anterior, aunque sin pernoctar.
Lo recuerdo hasta en el más mínimo detalle. Llegué hacia las 16,30 y aparqué delante de la verja. Iba a picar el timbre cuando pude ver que estaba ligeramente entreabierta, así que pasé al interior del jardín delantero. Cuando llegué a la vivienda, decidí entrar también directamente, porque sabía que nunca echaban el cierre con llave. El amplio salón me acogió y al fondo se abría la gran terraza acristalada. Fue inmediato, a la vista tenía ahora el espacio de la piscina y la escena me dejó petrificado, inmóvil, acelerándose el corazón en un instante. Beatriz estaba sentada en un butacón de jardín, totalmente desnuda y con las piernas abiertas, al máximo, apoyadas sobre los reposabrazos, como en un sillón ginecológico. La perspectiva que yo tenía era casi frontal y podía admirar esa melena rubia ondulada sobre los hombros, los grandes senos, caídos pero turgentes, con los pezones erguidos, el sexo depilado y los carnosos labios vaginales que tan bien conocía, los muslos poderosos y hasta las grandes nalgas. Su mirada se dirigía hacia Joana que estaba de pie y a un lado, tan distinta, en bañador, con una cámara entre esas manos huesudas y de dedos largos. Parecía estar indicando a mi mujer cómo colocarse exactamente. De inmediato, interponiéndose en mi línea de mirada, esa fibrosa mujer se colocó en la posición justa para hacer primeros planos del sexo de mi esposa. Me dio la sensación de que fotografiaba bien la cara, después los senos, para pasar a la vulva y finalizar con algunos planos de todo el conjunto. Me pude dar cuenta de que Rubén estaba en la piscina, nadando.
De repente, Joana se giró y vino hacia el salón aunque afortunadamente se desvió hacia un lado, creo que para recoger algo que había dejado sobre una mesa auxiliar. En ese momento mi instinto me hizo volver sobre mis pasos, sin mirar atrás, y alcanzar raudo de nuevo mi vehículo. Pensé que el corazón se salía de la caja torácica. Estaba totalmente bloqueado, taquicárdico y sudoroso. Curiosamente con una erección tremenda… No se el tiempo que pasé allí antes de poder salir y apretar el botón del timbre, creo que fueron unos buenos 5 minutos, o más. Me respondió Joana ¿quién es? Soy Javier, Ah Javi, qué sorpresa, espera que te abro.
Tardó lo que me pareció una eternidad, hasta que la vi caminar hacia el portón. Me abrió manual y me indicó con gestos que introdujera el coche en el recinto. Así lo hice. Cuando por fin me bajé, mi mujer ya estaba en la puerta, cubierta con un vestido de verano, recatada, pelo recogido y sonriente. Me vino a dar un beso, que recibí intentando disimular todo el nerviosismo que aún me embargaba, tanto como para que me temblaran las manos. Recogí la maleta de mano que traía y entré con ambas mujeres en ese salón donde apenas hacía unos minutos había estado, de incógnito. Allí estaba Rubén, sentado, cubierto con un batín y tomando un café, aún con el pelo mojado. Joana llevó la voz cantante: ¿Has comido? Sí, salimos ya con un desayuno fuerte. ¿café? Siendo evidente mi turbación, mentí sin convicción y les dije que venía terriblemente fatigado, que prefería una siesta... Beatriz me tomó de la mano y subimos a la habitación. Al entrar me dio un beso dulce, dejando que mi lengua entrara en su boca y la suya en la mía, lamiendo el interior de los labios, mientras se pegaba colgada de mi cuello. Me desnudé y metí a la cama, ella se despojó del vestido y del bikini que llevaba debajo, poniéndose un salto de cama para colocarse a mi lado, abrazándome. Parecía esperar que le hiciera el amor. Me subí encima de ella, abrí sus piernas con las mías y sin preámbulos introduje de sopetón el pene en su vagina. Dio un pequeño grito, cerrando los ojos, pero me besó con aún mayor pasión. Empecé con furia a meter y sacar, mientras la agarraba por las nalgas y le decía que abriera a tope las piernas. Ella así lo hizo y eyaculé casi de inmediato, lo más al fondo que pude, cayendo sobre ella con todo mi peso. Creo que nunca me había corrido tan rápido. Como si hubiera descargado no solo semen sino rencor, me entró un sueño invencible y repentino. Antes la miré a la cara, de muy cerca, rozando sus labios, a unos centímetros de sus ojos azules tan hermosos, que mostraban desconcierto, tal vez incluso temor, preocupación. Me dormí.
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