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El calor que no le di (capítulo 1, parte 1)

Martín creyó conocer a su esposa. Pero esa noche, escondido en las sombras del pasillo, descubrió que ella era un desconocido hambriento de placer. Y lo peor no fue verla con otro; fue darse cuenta de que él no la había hecho sentir nunca eso.

Ragnar 20239.7K vistas8.5· 15 votos

Capítulo 1

Parte 1

Martín llegó a casa antes de lo que había calculado, la reunión en el laburo se canceló de golpe y no tuvo que inventar ninguna excusa para zafar de la oficina esa noche de marzo pegajosa. Apagó el motor del Fiat viejo que usaba para ir y venir, un cacharro que tosía cada vez que lo prendía, y el silencio del barrio se le metió por los oídos, pesado, como si las casas de alrededor se hubieran apagado con el sol. Entró sin hacer ruido, las llaves apenas tintineando en su mano mientras empujaba la puerta de calle con el hombro, una puerta de madera astillada que siempre se trababa en verano por la humedad. La sala estaba oscura, fría, con las cortinas corridas dejando apenas un filo de luz de la calle que se colaba por las rendijas, y el olor a humedad lo golpeó de lleno, ese tufo rancio que se pegaba a las paredes después de un día de calor sofocante.

Un brillo tenue salía del pasillo que llevaba al dormitorio en el piso de arriba, un hilo de luz amarilla que parpadeaba como si la lámpara estuviera a punto de quemarse otra vez. Algo en las tripas le dijo que subiera, un tirón raro que no podía ignorar ni explicar, como si el cuerpo supiera algo que la cabeza todavía no agarraba del todo. Lo hizo, paso a paso, la madera de la escalera crujiendo bajo las zapatillas gastadas, cada escalón soltando un quejido seco que resonaba en la casa vacía. No avisó que estaba ahí, no gritó su típico “llegué” como hacía siempre, y el silencio lo envolvió, denso, cargado de una tensión que no entendía pero que le apretaba el pecho.

El aire estaba pesado, húmedo, como si el calor del día se hubiera quedado atrapado entre las paredes y se negara a salir, mezclándose con el olor a pintura vieja y a ropa guardada. Llegó al pasillo de arriba, las manos sudándole un poco contra el jean gastado, y un gemido corto, mojado, lo frenó en seco frente a la puerta del dormitorio, que estaba entreabierta apenas unos centímetros. El sonido le pegó como un latigazo, y se acercó despacio, la respiración se le atoró en el pecho como si alguien le hubiera apretado el cuello con una mano invisible. Miró por la rendija, el corazón latiéndole en las sienes como un tambor descontrolado, y lo que vio lo dejó helado, con la cabeza dándole vueltas como si le hubieran pegado un sopapo.

Elena estaba ahí, su mujer, desnuda sobre la cama, el cuerpo sudado y expuesto, el culo en alto y las piernas abiertas de par en par como si estuviera ofreciéndose en bandeja a quien quisiera tomarla. La luz de la lámpara de mierda que tenían desde hace años, una cosa de plástico amarillento que zumbaba cuando se calentaba, le pegaba en la piel, brillando en las gotas de transpiración que le corrían por la espalda y se perdían entre las curvas de las caderas anchas. El pelo negro, largo y desprolijo, le caía en mechones pegajosos sobre la cara, y las manos las tenía clavadas en las sábanas blancas, arrugadas y húmedas, como si quisiera arrancarlas del colchón. Martín sintió que el piso se le movía bajo los pies, que el mundo se le torcía en un segundo, y la garganta se le cerró mientras intentaba procesar lo que carajo estaba pasando.

Un tipo grande, de espalda ancha y brazos marcados como los de alguien que levanta pesas o labura con las manos todo el día, la tenía agarrada por las caderas con fuerza, las uñas hundiéndose en la carne blanda mientras se la cogía duro, sin parar. Cada embestida hacía temblar el colchón contra la pared con un golpe seco que retumbaba en el pasillo, un ruido rítmico que se mezclaba con el crujido del somier viejo y los gemidos de ella, fuertes, desvergonzados, saliéndole de la garganta como si no pudiera contenerlos. Ella gemía como puta, la voz rota, los ojos entrecerrados y la boca entreabierta dejando escapar jadeos cortos que se cortaban con cada empujón. El tipo tenía la camiseta levantada, mostrando una panza dura y tatuajes descoloridos que le subían por los brazos, y el jean apenas bajado a las rodillas, como si no hubiera tenido tiempo de sacárselo del todo.

—Más, joder, más —dijo Elena, casi gruñendo, las palabras saliéndole entre jadeos que le salían del fondo del alma, la voz áspera como si se le estuviera desgarrando.

El hijo de puta le dio una nalgada fuerte que resonó en el cuarto como un latigazo, un ruido seco que cortó el aire y dejó una marca roja al instante en la nalga izquierda, clarita incluso desde donde Martín estaba parado, escondido en las sombras del pasillo. Él se quedó tieso, los músculos duros como piedra, el cuerpo entero paralizado como si le hubieran clavado los pies al suelo con cemento. Pero no era bronca lo que le subía por el pecho, no era el enojo lógico que tendría que haber sentido al ver a su esposa con otro tipo en su propia cama, en su propia casa, en las sábanas donde dormían todas las noches.

Un calor sucio, enfermo, le bajó de golpe a la verga, poniéndosela dura como nunca en cuestión de segundos, una erección que le apretó el jean y lo dejó temblando sin entender qué mierda le estaba pasando por la cabeza y el cuerpo. Se dio cuenta, con una claridad que lo mareó y le revolvió el estómago, que nunca la había visto así con él, nunca la había visto tan entregada, tan hambrienta de algo más que él no le había dado en años de casados, en años de rutina aburrida y sexo flojo. Elena se arqueaba, las tetas bamboleándose con cada empujón del tipo, los pezones duros y oscuros saltando en el aire como si pidieran que los tocaran, que los apretaran, que los hicieran suyos. El sudor le corría por el cuello, goteándole entre las tetas, y la piel se le ponía de gallina con cada gemido que se le escapaba.

El cabrón le metió dos dedos en la boca, gruesos y callosos, con las uñas sucias y las yemas ásperas, y ella los chupó con ganas, la lengua lamiendo alrededor mientras gemía, los ojos entrecerrados de puro placer como si estuviera en otro mundo. La baba le corría por la comisura de los labios, brillando bajo la luz amarillenta, y un hilo finito le cayó por la barbilla, mezclándose con el sudor que le empapaba la cara. Martín tragó saliva, la mano derecha temblándole sobre el pantalón, sin poder creer lo que veía, sin poder apartar la mirada aunque quisiera, como si estuviera hipnotizado por esa escena que no esperaba encontrar ni en sus peores pesadillas.

Él nunca le había dado eso, nunca le había metido los dedos en la boca ni la había cogido con esa crudeza que ella estaba pidiendo a los gritos, esa intensidad que le salía por los poros como si fuera una necesidad física que llevaba años guardada, reprimida. En su cama, todo era flojo, un polvo rápido y sin gracia, un trámite que terminaba en cinco minutos y los dejaba a los dos mirando el techo en silencio, aburridos de la misma mierda de siempre, sin hablarse ni mirarse después. Un par de caricias tibias, un misionero apagado que no llegaba a nada, y a dormir como si el sexo fuera una obligación más en la lista del día, algo para tachar y olvidarse hasta la próxima vez que tocara cumplir. Pero esto era otra cosa, era Elena viva, hambrienta, entregándose a un deseo que él no había sabido despertar en todos los años que llevaban casados, y eso lo golpeó como un cachetazo en la cara.

El tipo la volteó como si fuera un trapo, la puso boca arriba sin ningún cuidado y le abrió las piernas hasta que las rodillas casi le tocaron las tetas, grandes y pesadas, subiendo y bajando con cada respiración agitada que le salía entre los gemidos. Ella se tocó la concha, los dedos resbalando por lo mojada que estaba, frotándose el clítoris con una urgencia que Martín no le conocía, los labios abiertos y rojos brillando bajo la luz mientras el tipo se la metía otra vez, profundo, duro, con un gruñido que salió de su pecho como si fuera un animal. Ella jadeaba como si le faltara el aire, los ojos cerrados y la boca entreabierta, dejando escapar sonidos que Martín no reconocía, sonidos que nunca había oído en su cama, en sus noches aburridas.

Martín se bajó el cierre del jean, la verga saltándole libre, dura como piedra y palpitando en su mano, las venas marcadas y la punta ya húmeda de lo caliente que estaba. Empezó a pajearse despacio, escondido en el pasillo, los ojos clavados en su mujer como si fuera una película que no podía dejar de mirar, una escena que lo atrapaba y no lo soltaba por más que intentara moverse. No entendía por qué mierda le estaba pasando esto, por qué verla así, con otro, lo estaba poniendo tan caliente que apenas podía pensar, pero no podía parar, no quería parar, y el calor le subía por las piernas como si fuera a prenderse fuego de un momento a otro.

Ella gritó, un sonido agudo que le salió del fondo de la garganta, y el tipo le agarró las tetas, apretándoselas con fuerza, los dedos hundiéndose en la carne hasta dejarle marcas rojas en la piel blanca que brillaba de sudor. “Así, joder, así”, gruñó Elena, la voz temblando de placer puro, las piernas temblándole mientras se retorcía bajo el tipo, el cuerpo entero arqueándose como si quisiera más, como si nunca fuera suficiente. Martín sintió un nudo en las tripas, la mano moviéndose más rápido sin que pudiera controlarlo, el calor subiéndole por la espalda y apretándole los huevos mientras miraba, perdido en lo que veía.

Ella nunca le había pedido eso, nunca le había mostrado ese fuego que ahora ardía frente a sus ojos, esa necesidad de ser cogida como si no hubiera mañana, de ser llevada al límite y más allá hasta romperse. Él, boludo, nunca se lo había dado, nunca la había hecho gritar así, nunca la había empujado a ese borde donde ahora estaba, temblando y sudando bajo otro tipo que sí sabía cómo hacerla arder, que sí sabía cómo sacarle todo lo que ella tenía guardado. El calor le subía por el pecho, el sudor le corría por la frente y se le metía en los ojos, pero no parpadeó, no quería perderse ni un segundo de lo que estaba pasando.

El tipo le dio otra nalgada, esta vez en la otra nalga, y Elena rio, una risa ronca, cargada de satisfacción, que Martín no había oído nunca en su vida, una risa que le pegó directo en el pecho y lo dejó temblando como un pendejo. “Dame más, la concha de tu madre, no pares”, dijo ella, las palabras saliéndole entre jadeos, la voz áspera como si se le estuviera desgarrando la garganta, y el cabrón obedeció, cogiéndosela más fuerte, el ruido de la piel chocando llenando el cuarto como un tambor que no paraba de sonar. El olor a sexo se colaba por la rendija de la puerta, un tufo dulce y pesado que se mezclaba con el sudor y el calor, y Martín lo respiró, lo sintió meterse en sus pulmones mientras se pajeaba.

Ella se corrió, las piernas temblándole, el cuerpo convulsionando como si la hubieran electrificado, la concha chorreando mientras gritaba, un alarido que le salió del fondo y retumbó en las paredes del cuarto. Él estaba al límite, el semen subiéndole por la verga mientras veía a su mujer romperse en pedazos frente a sus ojos, deshaciéndose como nunca se había deshecho con él. Nunca la había hecho correrse así, nunca le había sacado ese grito que ahora le retumbaba en los oídos como un eco interminable, y eso lo golpeó como un puñetazo en la cara, dejándolo con la respiración entrecortada y la cabeza dándole vueltas.

El tipo no paraba, seguía dándole con todo, el colchón crujiendo bajo el peso de los dos, y Elena se agarró las tetas, pellizcándose los pezones con fuerza mientras lo miraba con ojos vidriosos, perdidos en el placer, la boca abierta dejando escapar jadeos cortos y rápidos. Martín apretó los dientes, la mano yendo más rápido, el calor explotándole en las venas como si fuera a reventar de un momento a otro, el sudor corriéndole por la nuca y pegándole la remera al cuerpo. Él nunca la había mirado así, nunca la había puesto en esa posición donde ella se tocaba como si no pudiera parar, donde pedía más y más sin vergüenza, donde se entregaba entera a algo que él no había sabido darle.

Cuando el tipo la levantó un poco, apoyándole las piernas en sus hombros, y se la metió hasta el fondo, Elena gritó otra vez, las manos arañando las sábanas como si quisiera romperlas en pedazos, el cuerpo temblando entero bajo la luz tenue. Martín sintió los huevos apretarse más, el semen a punto de salirle, y se mordió el labio para no hacer ruido, para no delatarse mientras miraba desde las sombras como un enfermo, como un voyeur que no podía despegarse. Ella se corrió de nuevo, el cuerpo convulsionando otra vez, la concha brillando de lo mojada que estaba, chorreando sobre las sábanas que él había lavado el fin de semana pasado.

Él no aguantó más, se corrió en la mano, el semen caliente chorreándole entre los dedos, un gemido ahogado escapándosele mientras veía a su mujer deshacerse con otro tipo que no era él, un tipo que le estaba dando todo lo que él no había sabido darle en años. El tipo se dejó caer sobre ella un segundo, jadeando como perro después de correr, el pecho subiendo y bajando mientras el sudor le goteaba por la frente, y Elena lo besó, un beso corto pero cargado de algo que Martín no reconoció. No era amor, no era cariño, pero sí satisfacción pura, cruda, animal, y eso lo dejó con un nudo en la garganta que no podía tragar.

Se limpió la mano en el jean, el corazón todavía acelerado, la cabeza dándole vueltas como si hubiera corrido una maratón sin parar, el semen pegajoso enfriándose contra la tela y dejándole una mancha húmeda que se sentía fría contra la piel. Bajó las escaleras en silencio, los pasos pesados, la verga todavía sensible dentro de los boxers, el cuerpo temblándole como si hubiera corrido diez cuadras bajo el sol. No iba a decir nada, no todavía, pero algo se le había metido adentro, algo que no podía sacarse de encima, algo que lo había puesto más caliente que nunca en su vida y lo dejaba temblando en la oscuridad.

Se sentó en el sillón de la sala, la tela gastada raspándole las piernas a través del jean, y la oscuridad lo envolvió, pesada, como una manta que no dejaba pasar el aire. El ruido de la cama seguía, un crujido rítmico que se colaba desde arriba, mezclado con los gemidos de Elena que no paraban, que seguían saliendo como si no tuviera fondo. Encendió un pucho con manos temblorosas, el encendedor barato chispeando dos veces antes de prender, y el humo le llenó los pulmones mientras intentaba entender qué mierda había pasado. La cabeza le daba vueltas, pero la verga se le volvía a parar, y supo que esto no había terminado, que lo que había visto lo iba a perseguir como un fantasma que no lo iba a soltar.