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Masaje y algo más (Versión de Clara)

La rutina semanal de masajes se rompe cuando la amistad con Juan se vuelve demasiado intensa. En la camilla, la profesionalidad se desvanece y el deseo toma el control, llevando a Clara a cruzar la línea que separa la amistad de la infidelidad.

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Desde hacía más de tres años, Juan acudía a mi salón de masajes cada semana. Siempre puntual, siempre respetuoso. Con el tiempo, su presencia se convirtió en parte de mi rutina, una constante en medio del ir y venir de clientes anónimos. Su confianza en mí creció, y la mía en él también.

El día que mencionó haber conocido a mi esposo, Pablo, fue una sorpresa. Descubrir que compartían un pasado en común nos acercó aún más. No pasó mucho tiempo antes de que nuestras vidas se entrelazaran de manera natural: cenas, encuentros después del trabajo, largas conversaciones sobre los recuerdos de su adolescencia juntos. Lo que comenzó como una relación profesional se convirtió en una amistad sincera y profunda.

Con los años, esa amistad se fortaleció, y cuando enfrenté aquel problema legal que parecía insalvable, fue Juan quien tendió la mano sin dudarlo. Su apoyo significó más de lo que jamás le confesé. Le debía más de lo que las palabras podían expresar. Pero fue en su aniversario cuando sentí que debía hacer algo, un gesto sincero de gratitud que, sin preverlo, cambiaría todo.

Aquel día, cuando sus ojos se encontraron con los míos en los minutos finales de la sesión, noté algo diferente en su mirada, o quizá fui yo quien permitió que algo dentro de mí saliera a la superficie. Mis manos, acostumbradas a moverse con precisión y profesionalismo, trazaron un recorrido distinto, más pausado, más consciente. El ambiente parecía distinto, la música de fondo sonaba lejana, como si el aire se hubiera vuelto más denso.

Podría haberme detenido. Podría haber ignorado el latido acelerado en mi pecho, el calor que me subía por la piel. Pero no lo hice. En lugar de eso, permití que mis manos exploraran más allá de lo permitido, dejando que mis dedos recorrieran su piel con una intención distinta. Mi respiración se volvió más profunda mientras sentía la tensión en su cuerpo, la manera en que respondía a cada roce.

Deslicé mis dedos con lentitud, acariciando sus músculos con precisión, explorando más allá de lo profesional. Su respiración se volvió más audible, y cuando mis manos bajaron peligrosamente hasta rozar la tela que lo cubría, sentí el estremecimiento recorrerlo. El ambiente se volvió eléctrico, la expectativa flotando entre nosotros. Con movimientos calculados, aparté la toalla que lo cubría y dejé que mi mano descubriera su deseo latente. Cada roce, cada caricia lo llevaba más lejos, y yo sentía el fuego encenderse en mi interior.

Sin detenerme, me incliné, dejando que mis labios siguieran el camino de mis manos. Lo sentí tensarse, su cuerpo atrapado en la intensidad del momento. Besé su piel con devoción, mis labios deslizándose con una mezcla de dulzura y determinación. Cuando finalmente lo envolví con mi boca, su gemido contenido llenó el silencio de la sala, y supe que ya no había vuelta atrás.

Él se entregó por completo, dejando que mis movimientos lo llevaran al borde, sus manos aferrándose a los bordes de la camilla mientras yo exploraba cada rincón de su placer. Sentí su cuerpo estremecerse cuando el clímax lo alcanzó, su respiración entrecortada mientras recibía cada sensación con abandono absoluto.

Cuando terminé, me incorporé con una sonrisa satisfecha. Pero no había terminado. Mi piel ardía, mi cuerpo reclamaba lo que yo también necesitaba. Me acerqué a él y susurré contra su oído:

—No, espera… ahora yo también necesito esto.

No hicieron falta más palabras. Juan tomó mi mano y me atrajo hacia él, recorriendo mi cuerpo con sus caricias. Sentí sus labios deslizarse por mi cuello, la manera en que su tacto encendía cada fibra de mi ser. Mi bata cayó al suelo, dejando al descubierto mi piel, vulnerable y ansiosa.

Se tomó su tiempo explorándome, sus manos viajando por cada curva, encendiendo el deseo con cada caricia. Sus labios descendieron por mi cuerpo hasta encontrar el punto donde mi necesidad era más evidente. Su lengua me recorrió con un dominio absoluto, haciéndome perder la razón con cada movimiento. Me aferré a su cabello, guiándolo con desesperación, sintiendo el placer crecer dentro de mí hasta que mi cuerpo se arqueó en un temblor incontrolable.

Cuando al fin mi respiración volvió a estabilizarse, supe que no era suficiente. Lo necesitaba más, lo quería dentro de mí. Con los ojos aún nublados de deseo, le susurré con voz entrecortada:

—Clávame dentro de ti.

No dudó. Me tomó con fuerza y me hizo suya, su cuerpo uniéndose al mío con una intensidad que nos llevó más allá de cualquier límite. Cada embestida nos acercaba más, cada gemido rompía cualquier rastro de resistencia. El placer nos envolvió, nos consumió, hasta que ambos alcanzamos el clímax en un estallido de sensaciones incontrolables.

Cuando todo terminó, cuando la realidad comenzó a filtrarse de nuevo en la habitación en forma de respiraciones entrecortadas y silencios cargados de significado, supe que no había vuelta atrás. Me apoyé contra su pecho, sintiendo el ritmo pausado de su corazón contra mi mejilla, y sonreí con una mezcla de satisfacción y certeza.

—Ahora… feliz aniversario, Juan —susurré, dejando que mis dedos recorrieran suavemente su piel—. Y ya sabes, ni una palabra de esto a mi marido.

Porque algunas historias, algunas conexiones, están destinadas a permanecer en la sombra de lo prohibido, grabadas solo en la memoria de quienes se atreven a cruzar la línea.