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Esposos cornudos 1 (Capítulos 9 y 10)

Siempre creyó que los celos eran su enemigo. Pero cuando la realidad golpea con más fuerza que la imaginación, descubre que la traición de su esposa es la llave de un placer que nunca se atrevió a buscar.

Tanatos126.5K vistas9.1· 14 votos

CAPÍTULO 9

Aquella última frase me hizo tragar saliva de forma involuntaria. Casi todo lo que decía parecían ser amenazas veladas, aunque él, evidentemente, no era consciente de ello. Yo estaba prácticamente en shock. No veía la forma de que la actitud Carolina fuera defendible o justificable. El mundo se me caía encima. Parecía buscar fuera el deseo que no sentía en casa. A pesar de ello no me lo acababa de creer. Pero es que era ella. Era su forma de escribir y era su foto en los mensajes. No había trampa de Daniel posible.

Me alejé de su denso hálito y después él fue a asomarse. Llegó a la barandilla. Se apoyó. Miró. Y después vi cómo miraba su reloj, por lo que parecía obvio que mi mujer seguía sin aparecer por nuestra terraza.

A favor de Daniel solo jugaban sus ojos verdes y un cierto garbo en su caminar, pues sus piernas no eran gruesas y tenían un arqueo vistoso. Lo negativo era todo lo demás. Por mi mente empezó a fluir un bombardeo de rasgos físicos y de personalidad: cabezón, zafio, nervudo… aquella cabeza rapada, sus músculos exagerados, su forma de expresarse, su mirada de sabérselas todas, su falta de saber estar. Era un garrulo con todas las letras. Era absolutamente imposible que Carolina sintiera atracción alguna por aquel hombre. Estaba en las antípodas de lo que a mi mujer le pudiera atraer.

Yo no podía obtener respuestas de Carolina en aquel momento, así que intenté buscarlas en mí mismo. Lo curioso era que desde el primer momento había sentido que había algo en todo aquello que me era afín, si bien todo estaba envuelto en otro contexto. Cuando hablaba de ella era evidentemente desagradable, pero sí se despertaba en mí cierta excitación. Cierto morbo. Y sentí cómo de golpe algo se gestaba en mi mente, dos puntos que hasta el momento se ubicaban separados, inconexos, pero que parecía que empezaban a confluir.

Pero entonces Daniel interrumpió aquella especie de operación mental diciendo con voz gruesa:

—Tío, no sé si no encender la luz. Total yo creo que aquí está todo el pescado vendido.

—Pues enciéndela —dije y él continuó como si no me hubiera escuchado.

—Que vea que miro sus shows. Desde el lunes que no la enciendo. Si es que joder. Seguro que son para mí. Ya te dije lo del puto toldo y lo de que abajo no vive nadie. Son shows privados para mí, joder.

—Pues… enciende la luz —dije otra vez.

—Ya, hostiá, pero ahora que lo pienso si hoy te ve a ti igual piensa que me traigo amigos pajilleros a ver su espectáculo —dijo sonriendo y girándose. Yo añadí su sonrisa sucia y sus dientes pequeños al catálogo de elementos negativos.

Y entonces volví a intentar unir los puntos inconexos: lo que me había contado Daniel y que la situación era algo excitante y conocida para mí. Y lo uní a un tercer punto, un punto clave. Y sentí que sí, que pudiera tener razón. Que todo podría encajar.

Alcé la voz y le dije que me iba al aseo. Tenía dos cervezas que mear y una conclusión a la que llegar.

Salí de la terraza, entré en la casa y mi mente trabajaba a toda velocidad mientras me abría paso entre las enormes cajas.

Hasta que de repente algo subió por mi cuerpo. Una especie calor positivo. Como si me hubieran inyectado un elixir sanador. De golpe todo encajó: La sorpresa, el juego, nuestro pasado y lo que contaba Daniel. Fue una especie de alivio. Parecido a la alegría. Y esbocé en un susurro un cariñoso: “Joder… Carolina”. Y me sonreí. Y de alguna manera sentí aún más amor por mi mujer.

CAPÍTULO 10

Llegué a un aseo que se encontraba en la mitad de un largo pasillo y cerré la puerta tras de mí. Después me eché agua en la cara mientras llegaba a la primera de las conclusiones: la sorpresa que Carolina me había anunciado tenía que versar sobre el juego que había terminado con aquel “déjalo ya, eres un puto enfermo”.

Era muy sorprendente. Nunca hubiera imaginado que ella pudiera querer desenterrar aquello. Y menos tomando la iniciativa de aquella manera. Pero así sí encajaba. Mi mujer me había dicho exactamente: “la sorpresa en sí va a pasar mañana”. Estaba claro. La pista era concluyente. La sorpresa era esa “horita” que le había pedido el idiota de Daniel y que ella había aceptado. Solo así tenía sentido.

Mientras abría la cremallera de mi pantalón para orinar recordé otra frase sin necesidad de revisarla en mi teléfono móvil: “es algo que está pasando”. Sin duda aquello que estaba pasando era que estaba calentando a un vecino: Daniel. Un hombre cualquiera, o eso pensaba ella. Un hombre de paso. Sin riesgo ni problemática alguna. Evidentemente, ella pensaba que yo no conocía a aquel palurdo de absolutamente nada. La actitud de Carolina era en sí chocante. Muy atrevida para ella, pero al fin y al cabo era posible, y las pistas eran inequívocas.

Comencé a hacer memoria buscando el origen de aquel juego y lo ubiqué unos dos años atrás. Sabía que debía hacerlo rápido pues Daniel no tardaría en reclamarme.

En aquella época, los problemas en nuestras relaciones sexuales se habían convertido en un motivo de crisis y discusiones. Y, más penosamente, de silencios. Así que intentaba saltar de un juego a otro desesperadamente en busca de su deseo. El sexo usual era descartado por imposible casi antes de empezar.

Era curioso pues precisamente aquel juego había sido el único que había nacido sin previa planificación o maquinación:

Una tarde, en fechas de vísperas de vacaciones navideñas, se dio la casualidad de que yo tenía la comida de mi empresa y Carolina también. En un momento dado, ya de noche, decidí ir a encontrarme con ella en el local dónde estaba tomando unas copas con sus compañeros de despacho. Pero una vez allí no fui recibido con la alegría esperada. Ella me decía que llevaba pocas semanas con ellos, que tenía que socializar, por lo que no podía abandonar el grupo para estar conmigo. Yo acepté a regañadientes y me fui al cuarto de baño de aquel local antes de marcharme definitivamente. No esperaba que a mi vuelta del aseo la fuera a ver en la distancia hablando con otro hombre que no era de su trabajo.

No fueron celos, fue un tajante enfado. Me había sentido traicionado. Sin tiempo para su marido, pues debía estar con sus compañeros, pero sí con tiempo para dejarse acosar en la barra por un cualquiera.

Los observé durante un rato hasta que ella se deshizo de él y yo me marché. Pero habían sido unos cinco o seis minutos en los que yo había sentido cosas hasta entonces desconocidas. Con el paso de los escasos minutos de vigilancia había pasado por fugaces y diferentes etapas: a mi enfado inicial se había sumado después una rabia más agresiva, después sí sentí celos, y por último, y de forma particularmente sorprendente, un despecho mezclado con morbo que me había excitado sobremanera.

Esa noche, ya en nuestra casa, habíamos follado. No habíamos hecho el amor ni intentado hacer el amor. No. Habíamos follado. Además en uno de los mejores polvos de nuestra relación. Yo, suelto y lenguaraz por mi embriaguez, había confesado que la había visto con aquel hombre, y no había tardado, durante el acto, en echarle en cara cómo se había dejado querer. Frases como “si no estuvieras casada seguro que ahora él te estaría follando” o “esta noche sí que estás abierta… Te ha puesto cachonda el muy cabrón” habían salido de mi boca en pleno éxtasis. Y ella no solo no se había rebelado ante mis lascivas y agresivas acusaciones, sino que había gemido y gritado como yo no recordaba.

Tras unos minutos rememorando aquello tuve que salir del aseo de casa de Daniel para no levantar sospechas. Llegué al pasillo y después al enorme salón, que era a la vez comedor y cocina, como en nuestra casa. Y desde allí, sin necesidad de acercarme a la gran cristalera, escuché a Daniel hablar por teléfono. Parecía claro que Carolina no había vuelto a nuestra terraza así que, mientras escuchaba aquella voz discutiendo sobre unos envíos, me tomé la licencia de coger una tercera cerveza de la nevera.

Me apoyé en la barra de la cocina y observé el deambular lento de Daniel por su terraza. Él parecía excusarse de un posible error por su parte. Yo me encontré entonces con la posibilidad de seguir haciendo memoria.

Aquella experiencia sexual con Carolina abría una puerta ciertamente morbosa y quizás salvadora, pero desde el principio sabía que podría llegar a ser peligrosa. Yo en aquel momento aún no me entendía del todo ni a mí mismo. Me preguntaba si de verdad hubiera querido que aquel hombre hubiera terminado la noche con ella y no sabía qué responder. Aquel juego era diferente porque podía ser una herramienta, como los demás, pero también podía ser un fin en sí mismo.

Y de nuevo los hechos actuaron por mí sin que yo orquestara nada:

A la semana siguiente estábamos con unos amigos en otro local. No era común tanta vida nocturna, y en nuestros amigos tampoco, pero era el cumpleaños de uno de ellos y habíamos salido a celebrarlo. Quizás no era ni la una de la mañana cuando los integrantes del grupo comenzaron a retirarse. Nosotros quisimos quedarnos un poco más. Tomamos una copa más. Pero a los quince o veinte minutos decidimos marcharnos también.

Fuimos al ropero a recoger los abrigos y ella me dijo que se iba al baño. Así que me quedé solo, esperando en la cola. Cuando fue mi turno me di cuenta de que yo no tenía los tickets de recogida de las prendas, sino ella, así que fui en su busca. No esperaba encontrármela otra vez cortejada por otro hombre.

En un primer instante le dediqué una mirada como diciéndole: “Otra vez. Si es que no se te puede dejar sola”. Pero sus ojos no me respondieron de forma igual de distendida. Yo me fijé en el hombre. Era ciertamente atractivo. Mucho más que el de la semana anterior.

Sentí un morbo que superó incluso la situación de la otra vez. Del hombro de Carolina colgaba su bolso y en su mano portaba su teléfono. Tras observarlos durante apenas un minuto le escribí: “Déjate un poco. Y después jugamos”.

El teléfono de mi mujer se iluminó y vibró en su mano, leyó mi mensaje, y, quizás porque llevaba bebiendo durante horas, porque yo se lo pedía, porque sabía que la semana anterior habíamos echado el mejor polvo en años, porque el hombre era atractivo, o por todos esos elementos juntos, no respondió con una negativa a mi mensaje, y se dejó llevar a la barra por aquel hombre.

Fueron unos minutos extrañamente maravillosos. Me sudaban las manos. Mi corazón se me salía del pecho. Yo me ocultaba entre la gente. La música atronaba. El tumulto era agobiante, pero yo rara vez me había sentido tan en soledad con mis pensamientos. Aquel hombre le hablaba descaradamente cerca. Cuando llevaba su boca a su oído casi rozaban mejilla con mejilla. Cuando se retiraba, después de hablarle, se quedaba frente a frente. Casi labio con labio.

Yo llegué a pensar que pudieran besarse. Solo imaginarlo hacía que mis piernas temblasen. Lo visualizaba. Y me imaginaba que él le sujetaba la cara y que ladeaban sus rostros… y que la lengua de él invadía la boca de mi mujer… Al imaginarlo, mi miembro crecía y palpitaba.

Hasta que de golpe vi cómo Carolina hacía uso de su teléfono. Tecleaba. Y enseguida leí en mi móvil:

—Ya está. Ven a salvarme.

Yo, algo frustrado, con ganas de más, rehusé su petición.

Mi mente se fue de aquel pasado porque ya no escuchaba la voz de Daniel. Se había hecho el silencio. Un silencio tan extraño como sospechoso. Cogí entonces mi cerveza y salí de nuevo a la terraza.

Efectivamente, mi anfitrión ya no hablaba por teléfono. Lo vi, asomado, otra vez, con sus ojos claramente enfocados en dirección a la terraza de mi casa.

Supe que Carolina había vuelto a exhibirse, a dejarse ver. A provocar… seguramente.

Y sospeché que mi mujer había dado un paso más, y es que Daniel no solo miraba hacia allí…

… sino que una de las manos de aquel sucio mirón se perdía por dentro de sus enormes pantalones azules de deporte.