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Esposos Cornudos 1 (Capítulo 8)

Rafita creía conocer los límites de su matrimonio hasta que decidió escuchar la historia de su vecino. Lo que empieza como un relato de conquistas se transforma en una tortura silenciosa cuando la pantalla del móvil revela la verdad que él no podía imaginar: su esposa ya no es solo suya.

Tanatos127.5K vistas9.2· 15 votos

CAPÍTULO 8

Volvió a dar otro bocado a su trozo de pizza eterna, y después otro trago de cerveza. Lo que él pensaba que era una inocente marcada de tiempos para mí era un tormento. Él sabía que yo había sido testigo de sus fracasos en sus intentos de conquista años atrás, así que quizás por eso se quería recrear y mostrarme con esforzada elocuencia que no todo en su vida de conquistador eran descalabros.

—¿Entonces fuiste a su casa? —pregunté en un resoplido.

Él me hizo un gesto con la mano como si fuera un guardia y estuviera parando un vehículo. El queso de la pizza partía de sus dientes creando un puente de una cuarta entre su boca y la porción. No me quedó otro remedio que esperar a que lo engullera todo a su ritmo. Yo no podía entender cómo podía llenar tanto la boca y a la vez comer tan despacio.

Volví a beber de mi botella de cerveza, ayudándome de las dos manos, sin que él me viera.

—Sihggo… —dijo sin vocalización alguna y moviendo su lengua por dentro de su boca, buscando últimos restos que tragar. Yo temí hasta que eructara.

—Sigue. Di.

Se volteó entonces y de nuevo completamente hacia mí. Rozó entre sí las palmas de sus manos como para deshacerse de la harina de la pizza, y dijo:

—A ver… Eso —sonrió como si lo estuviera recordando—. Eso, que allí que me planté. Y no me abría la jodía. Yo creo que se acojonó un poco. Después de timbrar oía sus pisadas al otro lado de la puerta. “Pim, pim, pim”. Y timbré otra vez, y “pim, pim, pim, pim” —intentaba recrear él el sonido de los pies de mi mujer por nuestra casa.

—¿Y…?

—Pues eso. Que me abre al final. Tal. No te creas que abría mucho la puerta… La saludo. Que si se acuerda de mí. No sé qué… Ella parecía como sorprendidísma. Y yo pensaba: “coño, si no paras de calentarme, qué querías que hiciera”. A todo esto… camisoncito blanco. Creí que igual se cambiaba. O que se ponía algo por encima antes de abrirme. Pero no. Acojonada y sorprendida pero me salió casi en bolas.

—No jodas… —exclamé sin querer.

—Sí. Sí. Unas tetas… Y unos pezones… Me cago en su puta madre… Media teta era pezón. Se veía claramente. Le contaba ni me acuerdo qué para liarla y se me salía la polla del slip. Bueno, qué slip, creo que iba con este pantalón que se me marca todo —dijo y dio otro trago.

Yo no me lo podía creer. Cada cosa que contaba era más inverosímil. No por el hecho en sí, sino por ser Carolina.

—Para mí que cuando me vio por la mirilla de la puerta pensó: “creo que me he pasado calentando a este” —rio Daniel, que parecía estar reviviéndolo—. Y nada. La mareé un poco. Yo improvisaba. Le hablaba de vivir aquí… que si la casa, que si…

—¿Pero cuál fue la excusa para hablar con ella? —le interrumpí y él aprovechó para volver a su cerveza—. Te abre la puerta y qué. ¿Hola soy el vecino?

—Ah, vale. Cierto. Cierto. Joder, tío. Quieres todos los detalles —sonrió—. Sí, a ver. Le entré por el tema del gimnasio de abajo. Bueno, primero que soy el chico del domingo, el de las maletas y tal. Y ella toda seca. Y después le dije que si había llave del gimnasio o algo y ella me dijo que seguramente solo tenían llave los propietarios. Que en tal caso le preguntase a quién me hubiera alquilado la casa. Y ahí le solté… —sonrió de nuevo, casi riendo—. Le dije algo así cómo… Es que yo necesito hacer ejercicio… ya me ves… —rio—. Pero nada. No me daba puta bola. Al principio.

—¿Al principio?

—Sí. Después como que algo cambió. No sé. Empezamos a hablar de otras movidas. Ella abrió un poco más la puerta. Debió de darse cuenta de que no era un tarado o yo qué sé. El caso es que cuando llevábamos como cinco minutos hablando como idiotas allí de pie, le solté… ¿cómo es que le solté…? —volvía a sonreír y a hacer memoria—. Le dije algo como… “Ya que no me vas a invitar a entrar por qué no tomamos algo el viernes”.

—¿En serio? —pregunté y tragué saliva.

—Sí, tío. Pero la cabrona se rio y me dijo que no. Puso cara de… “¿pero tú a dónde vas?”.

Yo intenté disimular un suspiro.

—Pero insistí. Claro. Yo veía que algo pasaba. Eso se sabe, joder. Tampoco esperaba que me dijera que sí de primeras. Le dije que me iba el sábado por la mañana. Que era tomar algo rápido por aquí el viernes. Por una de las cervecerías del ensanche este… Que si tienen buena pinta... Que si son todas nuevas… Pero nada. Que no.

Yo volví a suspirar.

—Y seguimos hablando. Y ya olía a despedida. Ya había algún silencio y tal. Yo le seguía mirando las tetas y me extrañaba que no se diera cuenta. Que no se diera cuenta de que le miraba las tetas y que no se diera cuenta de que mi polla iba por libre moviéndose por mis pantalones como una puta cobra con hambre. En fin, que ahí es cuando pensé en decirle que me llevaba toda la semana calentando desde la terraza. Se lo iba a decir, tío. Estaba ya convencido. Y entonces cambié en el último momento de idea… Se me ocurrió una idea yo creo que cojonuda, y le dije algo así como… “Venga dame tu teléfono aunque sea. Yo te escribo el viernes cuando acabe de currar para tomar algo y si me dices que no ya está. Te juro que solo te escribo una vez y si no quieres pues nada”.

—¿Y? —pregunté.

—Pues… Está como una puta cabra la jodía. ¿Sabes qué hizo? Me miró en plan “yo soy la lista y tú un mazado de gimnasio que…”. En plan “este para memorizar nueve números necesita un cuarto de hora”. Y es que me dice: “te lo digo una sola vez”. Y yo en plan “¿esta qué dice?”. Y en esto que empieza: seis nueve cuatro no sé qué. Me lo dice así, rápido. A toda hostia. Y me dice: ¿Lo tienes? Y yo: “No, cabrona”. Bueno, cabrona no se lo dije, evidentemente. O sí. Igual hasta se lo dije así. Y ella me sonrió en plan… en plan… pues eso… pues calentando. Anda que no sabe. Y entonces se encoge de hombros, en plan pues lo siento. Juguetona la zorrita. Pero el caso es que sí que me había quedado con el número… —dijo con una sonrisa de oreja a oreja.

—¿Ah, sí?

—Sí, tío. Si estoy todo el puto día con números en la cabeza. Pero bueno, sabía que se me podía olvidar. Así que en aquel momento era yo el que me quería pirar cagando leches para apuntarlo en algún lao. Y entonces nos despedimos y tal. Y fue llegar aquí, lo apunto, tal. A ver, estaba bastante seguro, pero no del todo. Y también cabía la posibilidad de que se lo hubiera inventado. Y en esto que le escribo al número… Y le escribo algo así como… “hola, Carolina”, porque se llama Carolina la zorrita. Le pongo “Hola, Carolina, para que veas… tal”.

—¿Y te respondió? ¿Era ella?

—Sí, tío. Era ella. La tía se quedó flipada. Y estuvimos a mensajes como media hora.

—¿No jodas…? —suspiré.

—Ya ves. ¿Quieres verlo?

—¿El móvil? Pues sí —respondía yo, temblando.

Daniel se palpó los bolsillos del pantalón de deporte. Después se giró. No parecía saber dónde tenía el teléfono. Y después dijo:

—Lo debo de tener dentro, a saber dónde está. Soy un puto desastre con el móvil. Asómate ahí a ver si ha vuelto la fulana, que ahora sí ya debe de ser casi la hora del cuco —sonrió y cruzó de nuevo la cristalera.

Ya no sabía ni qué pensar. Di los cuatro o cinco pasos necesarios para llegar a la esquina de la terraza desde donde se veía mi casa. Y vislumbré la terraza iluminada, la cocina iluminada, y también el pasillo, pero ni rastro de Carolina.

Volví a ocultarme y venía Daniel de vuelta con su teléfono. Lo revisó fugazmente. Movía su dedo por la pantalla, de arriba y abajo. Y, ofreciéndomelo, dijo:

—Desde aquí.

A mí me temblaba la mano. Y entonces Daniel tuvo que verse sorprendido, pues no me quedó más remedio que caminar un poco más, hasta la mesa, para posar la cerveza y coger su teléfono con las dos manos. Estaba realmente angustiado. No me podía creer que le hubiera dado su número. Ni que hubiera hablado con él vestida de aquella manera… Ni eran justificables aquellos paseos en sujetador.

Él miraba la pantalla también, a mi lado. Afortunadamente no decía nada sobre que yo usara las dos manos para sujetar su teléfono.

Leí entonces desde dónde él me indicó:

—Venga. Tomamos algo el viernes —había escrito él y yo miraba el nombre: “Carolina vecina” y veía la foto del chat: ella, sentada, vista de perfil, en una playa, en bañador y con sombrero. Aquella foto se la había hecho yo.

Seguí leyendo cómo Carolina le respondía:

—No sé. No sé.

—Venga. Que me voy el sábado. Una copita. Una horita.

Y después él le había escrito más y más. Ella era esquiva y le daba largas. Yo sentía mi corazón palpitar y una gota de sudor recorriendo mi columna vertebral, mojando mi camiseta. A pesar de aquel calor húmedo sentía las manos congeladas.

Y de golpe leí algo de Carolina que casi hace que se me caiga el teléfono al suelo. No me lo podía creer. Lo leí hasta cuatro veces. Volví a revisar su foto. Sentía a Daniel sonreírse a mi lado, como si supiera exactamente qué frase estaba leyendo.

Leí aquella frase de mi mujer en el teléfono de aquel cretino:

—Vale, pero vamos a un sitio discreto.

Tuve que parar. Resoplé.

Después seguí leyendo:

—¿Y eso? —había preguntado él.

—Porque estoy casada —había escrito Carolina y yo ya no podía entender nada. Era incredulidad absoluta.

—Bueno, algo se nos ocurrirá —había continuado él.

—Pero no va a pasar nada, eh —había escrito mi mujer.

—Ya. Ya. —finalizaba él, pues no había nada más.

Se hizo un silencio. Yo estaba petrificado. Me faltaba el aire. Él se mantenía callado. Como si se relamiese esperando mi veredicto.

Y entonces no sé de dónde saqué fuerzas para seguir fingiendo, pero casi atragantándome y sin soltar su teléfono conseguí decir:

—Joder… Qué tía… ¿no?

—Ya ves, Rafita. Me contuve de no escribirle más —dijo y se adueñó de su móvil—. Aunque trabajo me está costando.

—Imagino…

—Sí, pero bueno, mañana cita barra copita con ese pibón. Y después pa’ casa. En esta o en la suya. Me da igual. Deduzco que su maridito no estará, claro.

—Claro… —balbuceé.

—Sí, tío. Menudo cornudo el marido, ¿no? Madre mía… angelico —rio.

—Ya… Bueno… Te dijo que no iba a pasar nada —quise matizar, y él esbozó una mueca, arqueando una ceja.

—Hazme caso, Rafita. Si eso el sábado te cuento —dijo serio, susurrando, y echándome un aliento espeso—. Créeme que mañana por la noche me la voy a follar pero bien follada. Desde el lunes que no me hago paja. Me estoy guardando. La voy a reventar a polvos.