Xtories

La vecina del quinto (Cap. 5)

Antonio creía conocer a su vecina, pero lo que descubrió entre las sombras del rellano encendió una llama prohibida en su interior. Ahora, la verdad no es un secreto que guardar, sino un arma que usar para humillar al marido y saciar su propio deseo.

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NOTA DEL AUTOR:

Este es otro relato de cornudos consentidos.

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CAPÍTULO 5

ANTONIO

Me llamo Antonio, tengo 48 años, y vivo en el tercer piso de este edificio de mierda en las afueras de Barcelona. Mi vida es rutinaria, trabajo en una fábrica todo el puto día en la cinta de producción enroscando siempre el mismo tornillo. Llego a casa cansado, me tomo una cerveza y veo la tele hasta que me duermo.

Mi mujer me dejó hace dos años por un tipo más joven, más guapo y con la polla más grande; desde entonces, el sexo es cosa de recuerdos o de pago y, como voy corto de pasta, acabo fantaseando con las vecinas.

Cada día, de cinco a seis estoy puntualmente sentado en el balcón, con la cerveza fresquita disfrutando de las vistas que se me ofrecen. A veces está boca arriba y me enseña esas enormes tetas bronceadas y otras está boca abajo ofreciéndome su culo apenas cubierto por un hilo de tela.

Por eso, cada día, me masturbo pensando en Elena imaginando que se quita las pocas prendas que lleva y me muestra obscenamente su cuerpo de infarto; me imagino estar chupando esas imponentes tetas y manoseando ese culo redondo hecho para satisfacer los deseos más oscuros.

Esta noche, alrededor de las diez, como cada noche, subía las escaleras después de sacar la basura, evitando el ascensor porque me da claustrofobia. Estaba oscuro, solo iluminado por la tenue luz del pasillo y, entre el rellano del primer y segundo piso, oí gemidos y susurros; claramente femeninos, bajos pero apasionados, mezclados con un gruñido masculino.

Me detuve oculto entre las sombras, asomándome con cuidado. Y entonces los pude ver iluminados por el piloto de seguridad. Estaba Elena presionada contra la pared, su vestido corto subido hasta las caderas, con Carlos, el viejo de 55 años con su barba gris, pegado a ella como un perro en celo. Sus manos grandes amasaban sus tetas por encima de la tela pellizcando sus pezones duros que se marcaban como diamantes. Elena gemía, restregaba su pelvis contra la entrepierna de él, donde un bulto enorme sobresalía del pantalón.

—Carlos... dios, no deberíamos... Pablo podría llegar — susurró Elena con su voz entrecortada.

Carlos la sujetaba por la espalda, colando sus manos entre la ropa de ella y desabrochando su sujetador. Rio sonoramente y se lanzó a lamer su cuello saboreando la piel morena que brillaba tenuemente bajo la luz.

—Que llegue, zorra. Que vea cómo te manoseo, cómo tu coño se moja por mi polla. Tu cornudo no te toca así, ¿verdad? Mírate, tus duras tetas me están pidiendo que las chupe.

Elena jadeó, arqueando la espalda cuando él metió una mano bajo su vestido, rozando su coño a través de las bragas. Vi cómo sus dedos se movían frotando su clítoris hinchado y ella mordió su labio para no gritar.

—Oh, joder... sí... me estás empapando… debo irme, Pablo me espera en casa… ¡ummmmm!!!!

Carlos besó a Elena con pasión y entrelazaron sus lenguas. Situando las manos sobre la espalda de Elena, desabrochó su sujetador y lo dejó caer al suelo. Entonces, liberó una de sus tetas, la pellizcó y la lamió con avidez.

—¡Ummmmm!!! — jadeó Elena.

—Buena puta. — dijo Carlos —Tu cornudo debe estar viendo la tele mientras yo le toco el coño y le chupo las tetas a su querida esposa. Siente mi polla, Elena, es gruesa y larga. Toda para ti.

Ella bajó una mano, rozando su erección a través de los pantalones y lo apretó para sentir el tamaño de aquel trozo de carne.

—Es enorme... Carlos no... oh, dios, para, o no podré resistir.

Me quedé paralizado, mi propia polla se endureció con el espectáculo. Joder, qué escena; Elena, la fiel esposa, manoseada como una puta en el rellano oscuro. Carlos metió un dedo dentro de las bragas y empezó a bombear su coño mojado.

¡plop! ¡plop! ¡plop! ¡plop!

Aceleró el ritmo hasta que, poco después, Elena se corrió emitiendo un gemido ahogado mientras sus jugos chorreaban piernas abajo.

—Carlos... me corro... pero basta, no puedo hacerle esto a Pablo...

—¡AHHHHH!!! SIIII. — exclamó tapándose la boca con la mano.

Carlos sacó la mano y se lamió sus dedos saboreando el flujo de Elena.

—Vuelve mañana, zorra y te daré más. Y cuéntaselo todo a tu cornudo para que pueda tocarse su pollita con dos dedos.

Elena se ajustó el vestido, temblando y subió las escaleras apresuradamente con el sujetador en la mano.

Yo también subí apresuradamente y me masturbé en casa, eyaculando sobre mi vientre e imaginando ser yo el que manoseaba aquella diosa.

Durante unos días estuve espiando el rellano para ver si volvía a repetirse la morbosa escena, pero no sucedió nada. Así que al cuarto día, cuando me crucé con Pablo que regresaba del trabajo, lo intercepté en el portal.

—Pablo, oye, tenemos que hablar —dije fingiendo tristeza pero excitado por contárselo.

Él frunció el ceño.

—Antonio, ¿qué pasa? Pareces preocupado.

Lo llevé a un rincón.

—Es sobre Elena. Hace unas noches la vi... a ella y a Carlos entre las escaleras, entre el primero y el segundo piso. Se besaban, se manoseaban como animales. Él le amasaba las tetas, le metía la mano bajo el vestido y la masturbo con los dedos hasta que se corrió. Ella gemía, se deshacía de gusto y se dejaba tocar… lo siento… ya sé que no debería decirte eso pero, pero... parecía una perra en celo.

Pablo palideció, pero vi un bulto en sus pantalones.

—¡Qué! ¿Mi Elena? No puede ser... ella me contó que Carlos la está acosando, pero... ¿besándose? ¿Y se corrió?

Asentí intentando mostrar empatía pero la excitación por verlo humillado me superaba.

—Sí, gritaba "oh, dios, me empapas". Decía que tu polla no la llena como la de él. Cuando se corrió Carlos se lamió los dedos llenos de flujo vaginal y le ordenó que regresara al día siguiente. Pero no lo hizo.

Pablo tragó saliva, con su mano se ajustó los pantalones y, disimuladamente, se colocó el pene para que no le molestara.

—Joder... gracias por decírmelo. Hablaré con ella.

Lo vi subir, sabiendo que esa noche volvería a masturbarme recordando los gemidos de Elena.