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Sadomasofeb 2025

UN DÍA CUALQUIERA [PARTE 2: día de compras]

El semáforo se pone en rojo y el mundo se detiene, pero no para él: ella coloca su pie desnudo sobre su pierna y le ordena besarla frente a todos. No es solo una compra; es una exhibición de quién manda, y el precio a pagar no es solo dinero, sino su propia dignidad.

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Le abrí la puerta del coche. Ella subió sin decir nada para con una ligera sonrisa de ilusión.

Tenía el corazón en la garganta de los nervios. Había meado diez veces en una hora. Bordeé el coche y sentí como me temblaban las piernas. Una vez en la parte del conductor me dispuse a arrancar y tuve que coger aire. Llevaba puesto un jersey de cuello alto para que no se viese mi collar. Ella notó mis nervios y me puso una mano en la pierna mirándome fijamente y con calma.

—Cariño, tranquilo. Todo va a ir bien. Si en algún momento quieres que paremos nos venimos a casa. Y si todo sale bien tendrás recompensa —sonrió provocativa.

Esa última frase me consoló y solo podía pensar en cuál sería esa recompensa. Me acomodé el pene encerrado en su jaula de castidad y sentí como hacía el intento de endurecerse sin éxito por la propia jaula.

La miré y la sentí cariñosa. Eso me volvía loco de ella. Esa bipolaridad con la que unos días estaba deliciosa y otros daba un miedo terrible. Hoy sin duda se le notaba emocionada.

—Confía en mí —dijo finalmente.

Yo sonreí y un peso desapareció de encima automáticamente.

—Ahora… arranca, no tengo todo el día.

No podía dejar de tratarme como lo que era. Y yo lo entendía. Y debía tener claro en todo momento que mi vida era ella y era ella quien mandaba. Obedeciendo como un chofer arranqué. De camino paramos en un semáforo que se puso en rojo justo antes de llegar. Yo, que estaba atento a la carretera, no me había percatado de que se había descalzado su zapato hasta que puso su pie encima de mi pierna. Me puse nervioso y ella lo notó. Sonrió y sentí como estaba disfrutando. Entonces levantó el pie y me lo metió en la boca. El paso de cebra estaba lleno de gente que cruzaba sin mirar, pero mis ojos no paraban de anticiparme a alguien que pudiera verlo. Comencé a lamer sus dedos y disfruté de la magia de su pie. Era un puto regalo para mi gaznate que no me merecía. Intenté darle las gracias, pero me metió el pie entero en la boca para que no hablase. Al ponerse en verde quitó su pie de mi boca y volví a atender a la carretera. Sentí como el coche de al lado había visto todo lo que había pasado y sentí el calor en mis mejillas de la vergüenza.

Llegamos al centro comercial y salí apresuradamente para abrirle la puerta del coche. Le ofrecía la mano y ella la cogió para salir. Me dio un besito en la mejilla que disfruté como un colegial. Echó a andar mientras yo cerré el coche y yo la seguí. Intenté ponerme a su lado y me apartó ligeramente para dejarme a un paso por detrás de ella. Al subir las escaleras mecánicas volví a intentar ponerme a su lado, pero ella volvió a retrasarme.

—Siempre detrás de mí —fue lo único que dijo, susurrando a centímetros de distancia. El tono frío y serio me hizo no querer retarla.

Fue andando con paso autoritario y yo, siempre a un paso por detrás, siguiéndola como el perro que era.

Pasó a una tienda de calzado de mujer. Todo estaba lleno de parejas o chicas que observaban o se probaban el calzado. Yo me limité a mirar al suelo. La seguí hasta una zona donde estaban las botas altas que tanto le gustaban.

—¿Qué te parecen? —preguntó como una novia cualquiera.

—Seguro que te quedan genial —dije.

Me lanzó una mirada que me fusiló, y supe instantáneamente por qué.

—Ama —terminé de decir.

Volvió a sonreír. Estaba todo lleno de gente y volví a ponerme nervioso. Chasqueó los dedos señalando las botas y yo las cogí como el siervo que era. Después fue a la zona de los tacones y eligió unos de fiesta. Volvió a chasquear y yo, sin rechistar, los cogí. Se quedó mirando alguno más ignorándome por completo y escogió otros botines más. Volvió a chasquear y me miró, saboreando al verme como obedecía sin rechistar. Se acercó a mí y sintió mi vergüenza.

—Tranquilo, ¿vale? —dijo dulcemente.

Yo respiré y afirmé con la cabeza. Con paso autoritario fue hasta donde había una chica colocando la tienda.

—Perdona, no sé qué tal me quedarán estos que he cogido. A ver si puedes asesorarme o decirme luego si tenéis mi número.

Yo deduje sus intenciones, pero era el momento clave. Había fantaseado muchas veces con la humillación pública y ahora era el momento de demostrarle que valía para todo lo que a ella se le antojase. Se dirigió hacia cualquier butaca y la chica nos acompañó. Tras haberse sentado volvió a chasquear los dedos y se señaló los pies. La chica se quedó mirando sin saber que iba a pasar hasta que, automáticamente después, me arrodillé a sus pies. Le quité uno de los zapatos con todo el mimo del mundo y, seguidamente, el otro. Entonces cogí las botas que había escogido en un primer instante y se las puse. Sentí como había gente que pasaba por nuestro lado y contemplaba la situación. Yo me quedé mirando sus pies, calzados con esas botas tan bonitas que había elegido. Un nudo en la garganta me estaba ahogando.

La miré y me sonrió sin decir nada. Yo me mantuve ahí, agachado y pendiente de sus pies. La chica que nos estaba atendiendo titubeó unos instantes antes de poder seguir hablando.

—Esto… Vale, creo que te queda bien —dijo, mientras en su tono de voz había una ligera burla.

Mi Ama rio sin poder evitarlo y volvió a chasquear los dedos. Repetimos el proceso con el resto del calzado. Mi polla quería reventar si no fuera por el puto cinturón de castidad.

Se levantó, y yo con ella. Me había puesto completamente rojo y me limité a mirar al suelo para no ver a la chica que había presenciado todo.

—Trae —me dijo—. Os los llevo al mostrador y así…

—No, no. Tranquila —le cortó mi Ama—. Él lo acerca, no te preocupes.

Se nos quedó mirando en silencio intentando contenerse la risa. Mi Ama comenzó a andar nuevamente.

—Vamos —dijo autoritaria.

Nos dirigimos al mostrador y una vez allí, detrás de ella, llegamos a la caja. Yo puse el calzado para que lo fueran metiendo en bolsas y volví un paso atrás, siempre detrás de ella.

—Doscientos cincuenta y cuatro euros —dijo la chica del mostrador.

Mi Ama me llamó con su dedo índice. Yo, que estaba detrás de ella a sus espaldas, aparecí ante la chica.

—Ya sabes, a pagar —y me señaló la factura.

Saqué la tarjeta y sin decir nada la pasé por el datafono. Volví a sentirme colorado y volví a sentir la risa contenida de alguien externo. Mi Ama echó a andar y yo cogí sus bolsas. Salí corriendo para que no me perdiese y, entre el gentío, nos perdimos por el resto de las tiendas.

El proceso se repitió en las otras tantas que visitamos: lencería, ropa interior, ropa elegante o joyería entre otras.

Salimos de la última. Mi tarjeta estaba echando humo. Me había gastado mil cuatrocientos euros que había estado ahorrando para un momento como este. Me veía detrás de ella, que ahora me llevaba a dos o tres pasos por detrás, siguiéndola mientras estaba cargado de no sé cuántas bolsas. Ella me miró fugazmente y paró.

—¿Estás bien? —preguntó finalmente.

—Sí, Ama —conseguí decir hecho un flan.

—Lo estás haciendo muy bien —me dijo mientras me acarició la mejilla—. Esto es lo qué querías, ¿verdad?

—Sí, Ama.

—Pues ya está. No te preocupes. Disfruta de tu humillación. Ven, vamos a sentarnos.

Y volví a seguirla hasta una zona del centro comercial, en unos sillones donde la gente paraba a descansar. Me quedé de pie, mirándola, sin saber qué iba a querer.

—Ven, siéntate a mi lado.

Abrí los ojos sin esperármelo y así hice.

—Una relación se forja con la confianza —dijo finalmente, y yo la escuché—. ¿Confías en mí?

—Claro, Ama.

—¿Y me quieres?

—La amo, Diosa —dije casi con ganas de llorar.

—Ya no vamos a comprar más. Pero lo que va a pasar ahora es la parte crucial, ¿lo entiendes?

—Sí, Ama —mentí.

—Recuerda qué eres —me pidió.

Me quedé pensando mientras ella me miraba. Hoy estaba especialmente dulce y comprensiva y eso es lo que me había enamorado.

—Soy su siervo, Ama —ella confirmó con la cabeza, dejando que hablara—. Un ser que solo está aquí para hacerle la vida más fácil.

Me quedé pensando otro instante e indagué en mis deseos.

—Estoy aquí para usted. Mi cartera es suya. Mi dinero es suyo. Mi vida le pertenece. Me merezco cada castigo y cada regalo que quiera darme. Solo quiero servirla tal y como merece.

Sonrió. Y entonces la cara le cambió de ángel a demonio. Volvió a chasquear los dedos señalándose los pies. Sabía lo que quería, así que obedecí y me postré ante ella.

Volvió a entrarme el nervio que tienes cuando haces algo nuevo. Ella me miró y con su mano cogió mi barbilla para que la mirase.

—Confía en mí. Piensa solamente en mí. Olvídate del resto.

Y eso fue lo único que necesité para disfrutar de su mandato.

Me soltó un bofetón que sonó en gran parte del centro comercial. Mis rodillas se echaron hacia atrás para poder bajar hasta la punta de sus pies. Se las besé y, seguidamente, le quité sus zapatos. Volví a besar sus pies y me metí sus deditos uno a uno en mi boca, saboreando cada uno de ellos. Cogió mi cara y la miré. Tenía cara de cabreada y eso me ponía muchísimo.

—Abre la boca —dijo solemnemente.

Obedecí. Y me escupió.

—Traga y sigue.

Así hice. Y me quedé disfrutando de sus pies mientras ella contemplaba su poder sobre mí.

Besé sus pies y quise subir por sus piernas.

—La amo, Diosa —conseguí decir.

—Lo sé —dijo.

Tras un rato largo donde el tiempo desapareció, volvió a chasquear los dedos, y como buen siervo volví a ponerle sus zapatos. Metió su mano por debajo del jersey de cuello alto que llevaba y me cogió de la correa, que había estado escondida hasta ahora. Cogí las bolsas torpemente como pude y me levanté tan rápido como ella quiso. Echó a andar, dejándome atrás pero tirando de mí. Fue entonces cuando vi a la gente mirándome y riéndose. Agaché la cabeza y continuamos hasta el coche.

Volví a abrirle la puerta para que subiera y deje las bolsas en el maletero. Tras subir al coche respiré profundamente.

Ella me miró. Yo sonreí, orgulloso de mí mismo.

—Hoy te has portado muy bien. Te has ganado tu premio.

La miré, hipnotizado, esperando que desvelara su tan ansiado premio.

—Dejaré que te corras —añadió finalmente acariciándome el paquete por encima del pantalón, que escondía mi pene enjaulado.

Me excité solo de pensarlo y el cinturón de castidad volvió a impedir que me empalmase.

Eso significaba dos cosas: ella iba a follar con otro, y yo podría correrme por ser tan buen sumiso mientras era testigo de sus orgasmos.