Descubriendo un nuevo mundo 5
El vestido blanco es solo una fachada. Mientras el mundo celebra su unión con Frank, Nadia sabe que su verdadera entrega ocurrió en las sombras, con Mauricio. Ahora, con el altar a la vista y el semen de otro aún en sus piernas, debe decidir si el amor seguro vale más que el deseo prohibido.
Este relato es idea original y ha sido pedido por el subscriptor albusdonbuldor03
Al salir de la oficina de Mauricio, Nadia sintió que el aire en el pasillo era demasiado ligero en comparación con el peso que cargaba en su pecho. Sus piernas temblaban levemente, no de cansancio, sino de la tensión que aún recorría su cuerpo. Se apresuró, con el corazón latiéndole en los oídos, como si la simple idea de que alguien la viera salir de allí pudiera delatarla.
Su piel ardía. No sabía si era por la vergüenza o por la sensación latente que todavía hormigueaba en cada rincón de su ser. Se abrazó a sí misma por instinto, como si pudiera contener dentro de su propio cuerpo todo lo que acababa de experimentar. Pero era inútil. Su reflejo en una de las puertas de cristal de la oficina le mostró lo que temía: su cabello algo revuelto, sus mejillas sonrojadas, sus labios entreabiertos como si aún intentaran recuperar el aliento. Se veía distinta. Se veía… alterada.
El peso de lo que había hecho se asentó en su estómago de golpe. No solo había estado con otro hombre a espaldas de Frank, sino que lo había hecho de una forma que jamás había imaginado. No con timidez, no con la ternura de una primera vez esperada, sino con una entrega que la descolocaba por completo. Había sentido cosas que no creía posibles, había descubierto algo dentro de sí que nunca antes había estado ahí, o quizás, que siempre había estado dormido, esperando ser despertado.
Y ahora, el remordimiento se mezclaba con otra emoción que la hacía temblar aún más: excitación.
Porque más allá de la culpa, más allá del miedo a ser descubierta, una parte de ella no podía ignorar lo que aquello le había provocado. La intensidad, el riesgo, el dominio absoluto que Mauricio ejercía sobre ella. Se suponía que el sexo debía ser algo dulce, algo que compartiera con su esposo en la noche de bodas, un momento especial y controlado. Pero lo que acababa de vivir no tenía nada de eso. Había sido abrumador, visceral, imposible de detener una vez que empezó. Y lo peor de todo es que una parte de ella lo deseaba de nuevo.
Mordiéndose el labio, cerró los ojos con fuerza, tratando de reprimir el calor que subía nuevamente por su piel. No podía pensar en eso ahora. Tenía que salir de allí, tenía que volver con Frank, tenía que fingir que nada de esto había sucedido.
Pero, ¿Cómo hacerlo cuando todo su cuerpo todavía temblaba con el eco de lo que Mauricio había provocado en ella?
A medida que los días avanzaban y la boda se acercaba, Nadia se sumergía en un torbellino de preparativos. Las últimas compras con Frank, las reuniones con su madre para ajustar cada detalle, las pruebas del vestido, las conversaciones con los invitados… Todo parecía avanzar a un ritmo frenético, como si el mundo entero estuviera empujándola hacia un destino que, en teoría, había elegido con amor y convicción.
Pero cada día terminaba de la misma manera: con ella escapándose, aunque fuera por unas horas, hacia los brazos de Mauricio. Siempre encontraba un momento para él, una excusa para apartarse del papel de novia perfecta y entregarse a un deseo que la desarmaba. Y cada vez, cuando todo terminaba, la culpa la golpeaba con más fuerza.
No entendía qué le pasaba. No entendía por qué no podía detenerse. Se suponía que amaba a Frank, que lo había elegido para pasar su vida juntos. ¿Por qué, entonces, su cuerpo buscaba a otro?
Fue durante una de esas tardes, cuando el tiempo parecía detenerse entre las sábanas de Mauricio, que la pregunta escapó de sus labios. Todavía con la piel tibia y el corazón latiéndole con fuerza, Nadia lo miró con una mezcla de confusión y angustia.
—No entiendo qué me pasa contigo —murmuró, apenas en un susurro—. No sé por qué hago esto. Desde mi fiesta de soltera… todo cambió. ¿Por qué me gusta tanto?
Mauricio, apoyado contra la cabecera de la cama, la observó con esa calma inquebrantable que siempre la hacía sentirse vulnerable. Hubo un silencio, uno denso y cargado de significado, antes de que él hablara.
—¿Todavía no te has dado cuenta? —preguntó, con una ligera sonrisa en los labios—. No es que te guste yo, Nadia. Lo que realmente te gusta es esto…
Ella frunció el ceño, sin comprender del todo.
—¿Esto? ¿A qué te refieres?
Mauricio se inclinó ligeramente hacia ella, su mirada clavándose en la suya, como si estuviera a punto de revelar un secreto que ella misma no había sido capaz de descubrir.
—Te gusta ser infiel y poner los cuernos —dijo, sin rodeos—. Te gusta la sensación de saber que estás traicionando a Frank. Te excita el peligro, el hecho de que podrías ser descubierta en cualquier momento.
Nadia sintió que el aire se volvía pesado de repente.
—Eso no es cierto —negó casi de inmediato, pero su voz tembló.
—¿No lo es? —Mauricio ladeó la cabeza, estudiándola con atención—. Si solo te gustara estar conmigo, podrías haber terminado tu relación con Frank y venir a buscarme sin miedo. Pero sigues con él. Sigues adelante con la boda. Y aun así, no puedes dejar de venir aquí.
Nadia sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Su mente se llenó de recuerdos: la forma en que su corazón latía con fuerza cuando escapaba para verlo, la adrenalina de saber que estaba a solo unos pasos de su prometido mientras se entregaba a otro, la emoción prohibida que la recorría cada vez que recibía un mensaje de Mauricio.
No podía negarlo.
Pero tampoco podía aceptarlo.
Se cubrió el rostro con las manos, sintiéndose atrapada en una verdad que no quería admitir.
—No… Yo amo a Frank. Quiero casarme con él…
—Claro que lo amas —dijo Mauricio, encogiéndose de hombros—. Pero eso no cambia lo que sientes cuando estás conmigo.
Nadia sintió el peso de sus palabras como un golpe en el pecho. Porque, aunque no quería admitirlo, algo en su interior sabía que él tenía razón.
Y esa verdad la aterrorizaba.
A medida que el día de la boda de Nadia se acercaba, una sensación de incertidumbre y conflicto emocional la envolvía. Aunque por fuera todo parecía perfecto, la verdad era que su mente estaba llena de preguntas, dudas y un creciente malestar. ¿Cómo había llegado hasta allí? ¿Por qué, con el amor que sentía por Frank, se había permitido caer en los brazos de Mauricio?
Nadia se encontraba atrapada entre dos mundos, dos partes de sí misma que parecían estar en conflicto constante. La idea de casarse con Frank, de seguir adelante con lo que todos esperaban de ella, era una parte de su vida que le resultaba familiar, segura. Pero por otro lado, sus interacciones con Mauricio habían abierto una puerta a algo completamente diferente, algo que, aunque excitante, la dejaba sintiéndose culpable y perdida.
En su mente, todo se mezclaba. Se encontraba dándole vueltas a los momentos que había compartido con Mauricio: esos gestos, las miradas intensas, la atracción que no podía controlar. Pero, al mismo tiempo, se sentía completamente confundida, como si estuviera traicionando no solo a Frank, sino a una parte de ella misma que siempre había valorado la lealtad y el compromiso.
La noche de su boda estaba a la vuelta de la esquina, y Nadia se encontraba en un dilema profundo. Mientras se preparaba para el evento, su mente volvía una y otra vez a esas preguntas que no podía responder. ¿Por qué sentía esa atracción tan fuerte por Mauricio? ¿Por qué había permitido que todo esto sucediera? Y, lo más importante, ¿qué significaba eso para su futuro con Frank?
El día de la boda llegó con la luz suave de la mañana, filtrándose a través de las cortinas de la habitación de Nadia. Ella estaba rodeada de risas nerviosas, de los últimos detalles para ponerse el vestido blanco que su madre había elegido, pero algo no encajaba. Mientras observaba su reflejo en el espejo, no podía evitar pensar en la gran decisión que estaba a punto de tomar. Casarse con Frank había sido su elección desde que se comprometieron, pero con cada paso que daba hacia el altar, sentía una mezcla de incertidumbre y deseo que la envolvía.
Antes de la ceremonia, mientras las luces de la recepción brillaban a lo lejos, Nadia tuvo un momento para sí misma. En ese instante, Mauricio apareció en la puerta, como si hubiera anticipado que la necesitaba. Frank le había invitado a la boda de igual forma que al resto de sus compañeros de trabajo, por mucho que le cayera mal él no iba a ser la excepción. Mauricio miró a Nadia con una suavidad que la desarmó. Su presencia en la habitación era diferente a la de cualquier otra persona que hubiera conocido. No era solo su físico lo que la atraía, sino la manera en que parecía entenderla en un nivel que ni ella misma comprendía completamente.
—Te ves increíble —dijo Mauricio con una sonrisa genuina, aunque sus ojos reflejaban algo más profundo. Nadia podía ver la admiración en su mirada, pero también una preocupación que no lograba identificar.
Ella sonrió, pero su corazón latía más rápido. Había algo en su cercanía que hacía que sus pensamientos se dispersaran. Mientras hablaban de trivialidades, Mauricio deslizó su mano por debajo del vestido para bajarle las bragas e introdujo un par de dedos dentro de su coño.
—Que pasa Nadia, estás encharcada —dijo Mauricio.
Levantó a Nadia y la puso sobre la mesa boca abajo, mientras se bajaba los pantalones e introducía su pene dentro de su vagina. Nadia se quedó completamente callada.
Empezó a follarsela buscando únicamente su placer, no tenían mucho tiempo puesto que el curo y su novio la estaban esperando en el altar. La polla de Mauricio se deslizaba como si fuera un cuchillo sobre mantequilla por la vagina de la futura mujer de Frank. Finalmente, acabó corriéndose dentro de su coño.
—Quiero que cuando te cases este yo dentro de ti —susurró Mauricio.
Cuando finalmente se encaminó hacia el altar, con los nervios a flor de piel, las campanas sonaron en la iglesia, mientras que el espeso semen de Mauricio todavía se deslizaba por sus piernas. Sentía un vacío que no sabía cómo llenar. Se casaba con Frank, pero la parte de ella que deseaba a Mauricio seguía presente. No sabía cómo manejar esos sentimientos encontrados. El amor, la lealtad, el deseo... todo estaba entrelazado y sin respuesta.
Cuando finalmente, después de toda la celebración, llegaron a la habitación, Nadia no podía ignorar la frustración que la consumía. Frank, su esposo, estaba casi inconsciente del exceso de alcohol, acostado en la cama, roncando suavemente. Por un momento, Nadia quedó allí, parada al borde de la cama, mirando la figura de su esposo, sin poder creer que estaba tan lejos de lo que había imaginado para esa noche. Sus ojos, enrojecidos de cansancio, recorrieron la habitación, casi como si buscara respuestas en las paredes.
—¿Esto es todo? —se preguntó en su mente, con una sensación de vacío que no había anticipado.
Nadia se sentó en la silla, observando a Frank dormir profundamente. Su mente estaba llena de pensamientos conflictivos. ¿Por qué había hecho lo que había hecho antes de la boda? ¿Por qué había sucumbido a sus deseos, a la tentación que Mauricio representaba? Y ahora, aquí, con su esposo durmiendo, sentía una mezcla de tristeza, frustración e ira que la hacía querer gritar, aunque no entendía bien a quién dirigir esos sentimientos.
Continuará...
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