Xtories

Descubriendo un nuevo mundo 4

Nadia lleva el almuerzo a su novio, pero su mente solo piensa en Mauricio. La oficina se vacía, la puerta se cierra y la culpa se disuelve ante la primera orden de él. Esta vez no hay pantalla ni distancia; solo ella, él y el secreto que está a punto de cruzar.

MariaGonzalez7.5K vistas8.0· 17 votos

El lunes llegó, y con él, una sensación de incomodidad que Nadia no podía sacudir. Aunque aún sentía el eco de la llamada con Mauricio en su cuerpo, el día se le presentaba como una oportunidad para enfrentar la situación. Se preparó rápidamente, fingiendo normalidad. El único pensamiento que la mantuvo en pie durante la mañana fue la excusa del almuerzo que había acordado con Frank, un pequeño acto para ocultar sus verdaderos planes.

El trayecto hacia la oficina de Frank fue silencioso. Nadia no pudo evitar sumirse en sus pensamientos mientras el coche avanzaba por las calles. La idea de ver a Mauricio, de hablar con él cara a cara, la atormentaba y a la vez la excitaba. Algo en su interior la empujaba a confrontar esa atracción, a deshacer el nudo que se había formado en su pecho desde la llamada.

Una vez allí, le entregó a Frank el almuerzo como si todo estuviera bien, pero su mente no dejaba de pensar en lo que tenía que hacer. Frank la miró con una sonrisa, dándole las gracias, y ella correspondió con una sonrisa que intentaba ser natural. Sin embargo, algo se estaba retorciendo dentro de ella. Al ver a su novio, tan ajeno a lo que estaba pasando en su mente, una ola de culpa la invadió, y por un momento dudó de todo.

—Te ves un poco distraída, ¿todo bien? —le preguntó Frank, notando algo en su tono. Nadia sonrió, aunque la sonrisa se sentía forzada.

—Sí, claro, solo… un poco de cansancio —respondió, evitando mirarlo demasiado a los ojos. Frank no pareció sospechar nada y asintió antes de volverse hacia algunos de sus compañeros de trabajo para hablar sobre el proyecto en el que estaba involucrado.

Nadia aprovechó ese momento para deslizarse discretamente hacia el pasillo donde sabía que Mauricio estaba trabajando. La excusa del almuerzo se desvaneció rápidamente; su verdadera misión era otra. Necesitaba hablar con él, aunque fuera por unos minutos, para intentar entender qué estaba sucediendo entre ellos, qué poder tenía sobre ella.

Mientras caminaba hacia la oficina de Mauricio, la culpa seguía apretándole el pecho. Cada paso que daba la alejaba un poco más de lo que debería estar haciendo. Estaba con Frank, su prometido, a punto de dar un paso que ni siquiera comprendía bien, pero algo dentro de ella la empujaba hacia él. La presencia de Mauricio la arrastraba con una fuerza que no podía negar. Le pregunto a la secretaría cual era el despacho de Mauricio y esta le indicó amablemente.

Cuando llegó frente a la puerta de su despacho, Nadia dudó por un momento. El corazón le latía fuerte, la idea de enfrentarse a Mauricio sin la mediación de una llamada o pantalla la ponía nerviosa. Pero algo en su interior la empujaba a seguir adelante. Sin más preámbulos, tocó suavemente la puerta.

—Pasa, Nadia —la voz de Mauricio era como una invitación directa, segura, casi magnética.

Al entrar, vio a Mauricio sentado detrás de su escritorio, rodeado de papeles y proyectos. La oficina era amplia y elegante, como si cada rincón hubiera sido diseñado para que él tuviera toda la atención que necesitaba. Nadia se quedó en la entrada unos segundos, observando, mientras él la miraba con esa calma que la desbordaba.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Mauricio, levantando la vista y esbozando una ligera sonrisa. La calidez de su mirada hizo que Nadia se sintiera, una vez más, pequeña, vulnerable, atrapada en esa dinámica que no entendía completamente.

—Solo… quería saber cómo estabas —respondió Nadia, nerviosa, aunque la excusa sonaba floja incluso para ella. Mauricio, como si ya lo supiera, levantó una ceja con cierto aire divertido, pero sin mostrar sorpresa.

—¿Y qué más? —dijo, dejando entrever que sabía que había algo más detrás de su visita. Nadia se sintió atrapada por su presencia, por la forma en que parecía entender cada movimiento, cada pensamiento de ella.

La conversación continuó, pero el aire se volvía cada vez más denso. Nadia no podía dejar de pensar en la tensión que había experimentado cuando se tocó el ombligo en la llamada la noche anterior. El deseo, el conflicto, la atracción. Todo parecía mezclarse en su cabeza, en su cuerpo.

Finalmente, Mauricio la sorprendió, levantándose de su silla con una mirada que la hizo estremecer.

El aire seguía denso entre ellos, cargado de un deseo sofocante. Nadia sentía su piel arder, su respiración entrecortada mientras Mauricio la observaba con esa intensidad que la atrapaba, la dominaba sin esfuerzo. Se bajo la cremallera de los pantalones y saco su pene justo delante de la cara de Nadia

—Abre la boca —susurró él, su voz grave y pausada, como si saboreara cada palabra.

Su corazón latió con fuerza. Al principio Nadia se negó pero con un solo gesto de Mauricio sabía que esto era inevitable. Con un leve temblor, entreabrió los labios y sintió el primer roce contra su lengua. Su boca se humedeció al instante, el calor de su aliento mezclándose con su pene.

Al rodearlo con sus labios, una sensación de calidez se deslizó por su lengua. Suavemente, comenzó a moverla, explorando su textura, sintiéndolo palpitar con cada mínima caricia. Su saliva se acumuló poco a poco, envolviéndolo, deslizándose con cada movimiento.

La primera gota escapó de la comisura de sus labios, trazando un camino lento por su mentón antes de caer en su piel. Mauricio soltó un suspiro profundo, y la forma en que sus dedos se enredaron en su cabello la hizo estremecerse aún más.

La humedad entre ellos aumentaba con cada roce de su lengua, con cada movimiento lento y provocador. Sentía cómo la saliva se volvía espesa, cálida, deslizándose desde la punta hasta la base, formando un delgado hilo brillante que se estiraba cuando se separaba por un breve segundo para tomar aire.

Cada vez que volvía a cerrar los labios alrededor de él, la mezcla de calor y humedad se hacía más evidente, más sofocante. La sensación era tan íntima, tan intensa, que un leve jadeo escapó de su garganta.

Una gota más cayó desde su boca, resbalando por su barbilla antes de perderse en su piel. Mauricio la observaba con los ojos entrecerrados, su pecho subiendo y bajando con respiraciones pesadas.

—Eso es… —murmuró con voz ronca, guiándola con un leve empuje de sus dedos en su cabello.

El sonido húmedo, el leve chasquido de su lengua al moverse, el calor de la saliva mezclándose con el suyo… todo la hacía sentir atrapada en una corriente de placer que recorría cada parte de su cuerpo. Sus piernas temblaban, su piel estaba cubierta de un leve brillo de sudor, y el calor entre sus muslos se volvió insoportable.

El calor de su boca era abrumador. Nadia sentía cada detalle, cada sensación al moverse sobre él, como si su lengua se deslizara sobre algo suave pero firme, percibiendo la textura de manera profunda. La humedad se acumulaba en su boca, una mezcla de calor y sabor que la envolvía por completo.

Un sabor, cálido y fuerte, inundó su boca. Sintió cómo su lengua se inundaba del semen de Mauricio, cómo cada movimiento parecía intensificar esa sensación de estar completamente atrapada, sin poder escapar. Su respiración se hizo más pesada, cada exhalación se mezclaba con la tensión en su cuerpo, hasta que una oleada de calor bajó por su estómago.

Cuando cerró los ojos por un momento, la sensación se quedó con ella, envolviendo su boca, haciéndola consciente de cada rincón, de cada detalle. Fue un momento lento, cargado de una electricidad suave pero poderosa, como si su cuerpo hubiera cedido completamente al placer y al deseo.

Cuando sintió su reacción final, su cuerpo vibrar con un estremecimiento sordo, un hilo más de saliva cayó de su boca, perdiéndose entre sus dedos. Se separó lentamente, con la respiración agitada, sus labios aún húmedos y su mente nublada por la sensación de lo que acababa de hacer.

Mauricio la observó, con esa mirada oscura, satisfecha.

—Buena chica —susurró, limpiando con su pulgar la humedad que quedaba en la comisura de sus labios antes de llevárselo a la boca de Nadia con calma deliberada.

Mauricio se sentó en su silla todavía con el pene erecto.

—Súbete encima e introducelo—ordenó él con su voz grave.

Nadia le obedeció y bajándose los pantalones y las bragas se introdujo el miembro de Mauricio dentro de su vagina de un solo intento debido a lo mojada que estaba. Empezó a moverse despacio para luego ir aumentando progresivamente la velocidad.

Aunque Mauricio acababa de correrse la situación le hizo estar al borde del orgasmo en cuestión de poco minutos. Corriendose en su vagina y llenándola completamente.

Nadia sintió un escalofrío recorrer su espalda. Su cuerpo aún vibraba con el eco de la electricidad que la había recorrido. Ya no podía fingir. No podía engañarse a sí misma.

Se había entregado. Y lo peor de todo… es que lo había disfrutado demasiado.

Continuará...

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