Xtories

Descubriendo un nuevo mundo 3

Nadia creía que había cometido un error, pero Mauricio ya había trazado el camino. No fue solo el sexo lo que la atrapó, sino la forma en que él la obligó a mirarse a sí misma a través de la pantalla, borrando los límites entre el deseo y la obediencia.

MariaGonzalez8.6K vistas8.3· 20 votos
Este relato queda fuera de tus preferencias actuales. Lo mostramos porque llegaste por un enlace directo.

El aire en la habitación seguía siendo denso, cargado de los restos de lo que acababa de suceder. Nadia se sentó en la orilla de la cama, envuelta en una sábana que apenas le servía de refugio ante la oleada de emociones que la golpeaban sin piedad. Su respiración era errática, sus pensamientos caóticos. Aún podía sentir la piel de Mauricio sobre la suya, su aliento cálido, sus manos explorándola sin reservas.

Pero nada de eso la llenaba de satisfacción. Todo lo contrario. Un nudo se formaba en su pecho, una presión asfixiante que le recordaba cada segundo la traición que acababa de cometer. No solo había faltado a su promesa con Frank, sino que había roto algo dentro de sí misma, algo que nunca podría reparar. La imagen de su prometido apareció en su mente con brutal claridad: su sonrisa honesta, la ternura en sus ojos cada vez que la miraba, la devoción con la que había planeado su futuro juntos.

Sintió un escalofrío de culpa recorrerle la espalda. Quiso levantarse, vestirse y huir de ese lugar, pero sus piernas parecían de plomo. Y entonces sintió la mano de Mauricio deslizándose por su espalda con suavidad.

—¿En qué piensas? —preguntó él con voz calmada, casi paternal. Su tono no era burlón, pero había algo en él, en esa seguridad con la que la observaba, que la hacía sentir aún más expuesta.

—No debería estar aquí… —murmuró Nadia, evitando su mirada.

Mauricio dejó escapar una leve risa y negó con la cabeza.

—Si de verdad no quisieras estar aquí, no estarías —respondió con naturalidad—. Pero lo estás. Viniste por tu cuenta, te entregaste a lo que sentías… y ahora te torturas por ello. ¿No te das cuenta de que te contradices?

—Esto está mal —insistió ella, abrazándose a sí misma, como si así pudiera retener los pedazos de lo que quedaba de su dignidad.

—¿Mal según quién? —preguntó él con aparente inocencia—. ¿Según la Nadia que se obliga a encajar en un molde perfecto, o según la Nadia que en este momento no puede negar lo que acaba de sentir?

Ella apretó los labios. No quería admitirlo, pero él tenía razón. Por mucho que la culpa la consumiera, no podía borrar el placer, la adrenalina, la forma en la que su cuerpo había reaccionado a cada roce, a cada beso.

Mauricio se inclinó hacia ella, su proximidad era sofocante.

—No te sientas culpable por ser quien eres de verdad —susurró en su oído—. No te voy a pedir nada. No quiero nada de ti… salvo la verdad. Y la verdad es que esto te ha gustado más de lo que puedes admitir.

Nadia cerró los ojos con fuerza. Quería negarlo, quería gritarle que estaba equivocado. Pero lo peor era que no lo estaba. La confusión la consumía. Era como si estuviera atrapada entre dos versiones de sí misma: la que amaba a Frank y la que ardía de deseo por Mauricio.

—Debería irme —susurró, pero su voz carecía de convicción.

Mauricio sonrió, como si ya supiera la respuesta antes de que ella la tuviera clara.

—Haz lo que creas que es correcto, Nadia —dijo, retirando lentamente su mano de su espalda—. Pero pregúntate si lo que crees que es correcto es realmente lo que quieres.

Y en ese momento, Nadia entendió lo peor de todo. No era solo la culpa lo que la hacía sentirse así. Era el miedo. Miedo de aceptar que, por primera vez en su vida, no tenía control sobre sí misma.

Casi tres horas después, Nadia cruzó el umbral de su casa, su cuerpo agotado, pero con la mente todavía atrapada en una maraña de pensamientos que no lograba deshacer. La inquietud que la había acompañado desde que salió del departamento de Mauricio seguía allí, como una presencia constante que no la dejaba respirar. El aire frío de la noche no había logrado calmar la tormenta que se desataba dentro de ella. Caminó lentamente hacia la cocina, dejando su bolso sobre la mesa con un suspiro pesado.

En su interior, sentía el peso del pequeño paquete que había comprado en la farmacia. La pastilla del día después. Una recomendación de Mauricio. Una sugerencia que ella había aceptado casi sin pensar, solo con el miedo palpitando en su pecho, temerosa de las consecuencias de no hacerlo. Ahora, con la caja entre las manos, la decisión la estaba atravesando como una punzada en el corazón.

Había sido él quien le sugirió tomarla, cuando la conversación, que había comenzado de manera ligera, se tornó rápidamente en algo mucho más serio. "Es lo más prudente", le dijo, como si la solución fuera tan simple. Y en ese momento, Nadia lo había creído. Pero ahora, mientras miraba la caja, algo dentro de ella le decía que esa "solución" no era tan sencilla. No podía ignorar la sensación de que su cuerpo había sido arrastrado por la decisión impulsiva que había tomado, pero también sentía una especie de traición por parte de Mauricio. Había sido él quien la había guiado hasta allí, y ahora ella cargaba con las consecuencias.

Sus dedos temblaban levemente al sacar la caja y observarla bajo la luz suave de la cocina. La sensación de inquietud se intensificaba a medida que se daba cuenta de la magnitud de lo que había hecho. No solo había tomado una pastilla, sino que había confiado en alguien que no era Frank, alguien con quien había cruzado una línea que nunca pensó cruzar. Había sido un error, lo sabía, pero la culpa se le aferraba al pecho con una fuerza insoportable.

Se sirvió un vaso de agua, y lo sostuvo con las manos temblorosas, como si el agua pudiera calmar lo que sentía por dentro. La presencia de Mauricio parecía envolverse en cada rincón de sus pensamientos. Recordaba el ardor del momento, el deseo que había surgido entre ellos como un incendio inesperado. Había sido él quien la había impulsado a actuar, quien le había hablado de la pastilla como si fuera solo una "precaución", sin más. Pero ahora, su cuerpo aún recordaba el calor de su cercanía, y la mezcla de placer y culpa la hacía sentirse perdida.

"Esto no puede volver a pasar", murmuró para sí misma, cerrando los ojos con fuerza, como si eso pudiera borrar la sensación de que algo dentro de ella se había quebrado. Pero sabía que no sería tan fácil. Si volvía a ver a Mauricio, si se cruzaban de nuevo, todo podría desmoronarse de nuevo, y las decisiones que había tomado esa noche la perseguirían.

Se llevó la pastilla a la boca con un trago largo de agua, tragándola de una sola vez, como si al hacerlo pudiera borrar todo lo que sentía, todo lo que había pasado. Luego se quedó quieta, apoyando las manos sobre la encimera, respirando hondo, tratando de recuperar algo de control. Algo que se le escapaba cada vez que pensaba en lo que había sucedido.

Mañana vería a Frank. Tendría que mirarlo a los ojos, sonreírle, besarle como si nada hubiera pasado. Como si no estuviera completamente rota por dentro. No podía dejar que él supiera nada. No podía mostrarle que algo había cambiado. Que la noche con Mauricio no había sido solo un error, sino una ruptura profunda en algo que siempre había considerado sólido.

Mauricio había sugerido la pastilla, pero el peso de esa decisión recayó completamente sobre ella. ¿Cómo iba a enfrentarse a Frank, sin que él sospechara ni un momento de la verdad que estaba mordiéndola por dentro? Nadia no sabía cuánto tiempo más podría seguir con esta mentira, cuánto tiempo más podría mantener las piezas de su vida intactas mientras todo a su alrededor comenzaba a desmoronarse.

El día después fue una tortura para Nadia. Pasar todo el día con Frank, sonriendo, conversando y pretendiendo que todo estaba bien, le resultó más difícil de lo que había anticipado. Estaba con la familia de Frank, compartiendo el almuerzo, y aunque las conversaciones fluían con naturalidad, ella no podía dejar de sentirse desconectada. La reunión, que normalmente debería haber sido agradable, se había convertido en una especie de performance que la dejaba agotada. La pesadez de lo que había ocurrido la noche anterior seguía rondando en su mente.

Estaba al lado de Frank, pero algo había cambiado. Los toques de él, las caricias que siempre compartían con facilidad, le resultaban incómodos. Lo que antes había sido un gesto natural, ahora parecía una barrera, como si un espacio invisible se hubiera interpuesto entre ellos.

El almuerzo transcurrió con aparente normalidad. Frank hablaba animadamente sobre los últimos preparativos de la boda, mientras Nadia asentía y respondía cuando era necesario. La comida sabía insípida en su boca, como si sus sentidos estuvieran embotados. Cada tanto, su prometido le sonreía con ternura, y ella hacía lo posible por devolvérsela, aunque sintiera que se le resquebrajaba por dentro.

Cuando terminaron de comer, Frank tomó su mano con suavidad y la guió hacia su habitación, como solían hacer después de una comida juntos. Aquel espacio, que siempre había sido un refugio de tranquilidad para ella, se sintió diferente esta vez, más pequeño, más asfixiante.

Se sentó en el borde de la cama mientras él se acercaba con naturalidad, tomándola de la mano de nuevo. Pero en cuanto sus dedos rozaron su piel, un escalofrío recorrió su cuerpo. No el tipo de escalofrío agradable, sino uno de incomodidad.

Intentó disimularlo, obligándose a relajar los hombros, a mantener la sonrisa, pero cuando él deslizó su mano por su brazo en una caricia familiar, un nudo se formó en su estómago. Algo en ella ya no respondía de la misma manera.

—¿Estás bien? —preguntó Frank con dulzura, notando su rigidez.

Nadia apartó la mirada rápidamente.

—Estoy un poco cansada —murmuró, tratando de sonar natural.

Él la observó con preocupación, pero no insistió. Pensó que simplemente necesitaba descansar, pero Nadia sabía que el cansancio no era la verdadera causa de lo que sentía. No era solo eso.

La tarde continuó entre conversaciones triviales y gestos amables, pero Nadia se sentía cada vez más distante. No podía evitar pensar en la decisión que había tomado la noche anterior y en lo que había hecho con Mauricio. El peso de su culpa la perseguía y, a pesar de estar rodeada de gente, se sentía más sola que nunca.

Finalmente, después de lo que parecieron horas interminables, Frank la condujo de vuelta a su casa. El trayecto en coche fue silencioso, como si ambos supieran que algo había cambiado, pero ninguno se atrevía a mencionarlo. Cuando llegaron frente a su puerta, Frank se detuvo y miró a Nadia con una mezcla de preocupación y cariño en sus ojos.

—Te quiero —le dijo, como siempre hacía. Nadia asintió y, sin saber cómo reaccionar, lo besó en la mejilla. Fue un beso forzado, una caricia mecánica. Su sonrisa también fue falsa, un gesto vacío que intentaba esconder lo que realmente sentía.

—Yo también te quiero —respondió, sin poder decir nada más.

Se despidieron sin más palabras. Nadia salió del coche, cerró la puerta con suavidad y, sin mirar atrás, se dirigió rápidamente a la entrada de la casa. Subió las escaleras a su habitación sin detenerse, como si tuviera prisa por llegar a un lugar donde pudiera estar sola.

Al entrar en su cuarto, se dejó caer sobre la cama. No pudo contener las lágrimas. El peso de lo que había hecho, la culpa, la sensación de estar perdida en un mar de emociones que no entendía, la desbordaron. Lloró con fuerza, como si intentara liberar todo lo que llevaba dentro, pero las lágrimas no eran suficientes. Nada lo era. Su mundo, que había sido claro y sencillo antes, ahora se había convertido en un caos.

Se tumbó boca abajo, abrazándose a la almohada, como si eso pudiera aliviar el dolor que sentía en el pecho. La decisión que había tomado con Mauricio, la pastilla, todo lo que había sucedido… había alterado todo lo que creía saber sobre sí misma, sobre su relación con Frank. Y en ese momento, en soledad, la confusión la inundaba. No sabía cómo seguir, no sabía qué hacer con todo lo que sentía.

Después de dejarse caer en la cama, Nadia intentó calmarse, pero la confusión seguía apoderándose de su mente. Las lágrimas ya no fluían, pero el nudo en su garganta persistía, un dolor invisible que parecía empeorar con cada pensamiento que atravesaba su cabeza. No quería sentir esto, no quería haber llegado hasta aquí. Pero las imágenes de la noche anterior, la sensación del calor de Mauricio, la decisión que había tomado... todo seguía allí, atormentándola.

Suspiró profundamente, buscando una salida, un poco de paz en medio del caos que la envolvía. Fue entonces cuando, casi sin pensarlo, su mano buscó el teléfono en su mesita de noche. Lo miró por un momento, indecisa. ¿Debería llamarlo? ¿Debería hablar con él? No quería, pero había algo en su interior que le decía que lo necesitaba. Y aunque no lo comprendía del todo, algo en su cabeza le susurraba que tal vez él podría darle alguna respuesta, algún consuelo.

Con una mano temblorosa, desbloqueó la pantalla y, sin pensarlo más, marcó el número de Mauricio. No tardó mucho en conectar, y su rostro apareció en la pantalla. La expresión de Mauricio era tranquila, casi serena, pero en sus ojos había algo que Nadia no podía descifrar. Él siempre la miraba con esa intensidad, esa calma que la hacía sentir que podía confiar en él, que todo tenía sentido a su lado.

—¿Nadia? —dijo, su voz suave, como si ya supiera que algo no estaba bien.

Nadia tragó saliva, tratando de controlar las emociones que se agolpaban en su pecho.

—Necesito hablar contigo —respondió, su voz más débil de lo que quería admitir.

Mauricio la observó un momento, como si estuviera leyendo cada palabra que no decía. Luego, sin cambiar su expresión, asintió.

—Sabía que esto no había terminado —dijo con una sonrisa que no alcanzaba a llegar a sus ojos. "No ha terminado", pensó Nadia. Y de alguna manera, esas palabras la hicieron sentirse más perdida.

Comenzaron a hablar, pero las palabras de Nadia se entrecortaban. Necesitaba liberar lo que sentía, pero no podía. Cada vez que mencionaba a Frank, su voz se quebraba. Mauricio la escuchaba atentamente, como siempre, sin interrumpirla. Después de un largo rato de conversación, Mauricio la miró fijamente, con una expresión más seria.

—Nadia, ¿sabes que lo que sientes ahora no tiene que ser un problema, verdad? Estás confundida, pero podemos encontrar una forma de que todo esto tenga sentido —dijo con voz baja, casi seductora. Nadia frunció el ceño, resistiéndose, pero algo en su interior la estaba empujando a escuchar más.

—No, no lo sé. No sé cómo… —respondió, vacilante.

Mauricio hizo una pausa, y luego, con un tono más suave, agregó:

—Sé que te sientes mal, pero a veces, las decisiones que tomamos también tienen una razón, aunque no la veamos en el momento. Si realmente quieres olvidarlo todo y seguir con Frank, olvídame. Pero si aún hay algo dentro de ti que necesita más, que necesita sentir algo… entonces, hazlo por ti misma. Tócate el clítoris.

Nadia se quedó helada. No esperaba eso. La frase la golpeó como un jarro de agua fría. ¿Tocarse? ¿Qué significaba eso? La idea de hacer algo tan íntimo frente a la cámara la desconcertó. No quería hacerlo, no podía. Su mente comenzó a rechazar la idea, a decirle que estaba equivocada, que era absurdo. Pero Mauricio, sin perder la calma, insistió con suavidad.

—Hazlo por ti, Nadia. No te sientas presionada, pero si aún necesitas liberar algo, si aún tienes esa conexión conmigo… solo hazlo. Nadie tiene que saberlo.

El rostro de Nadia se reflejaba en la pantalla, pálido, indeciso. Miraba a Mauricio, sintiendo que la decisión no solo dependía de su cuerpo, sino de algo mucho más profundo que no quería entender. Una parte de ella sabía que, al hacer eso, sería como rendirse, como ceder a una tentación que la haría sentir aún más culpable. Pero, al mismo tiempo, su cuerpo comenzaba a reaccionar, a anhelar esa acción como una forma de sanar la confusión interna.

Con un suspiro pesado, Nadia cerró los ojos por un momento bajándose los pantalones, y, en un impulso que ni siquiera entendió completamente,metió lentamente la mano hacia su clítoris por dentro de su braga. Lo tocó, casi de forma instintiva. El primer contacto fue suave, pero en el mismo instante en que su dedo tocó su clítoris, algo cambió. Una corriente, como electricidad, recorrió su cuerpo, hiriente, poderosa, como un rayo que se deslizaba por sus venas. Nadia sintió que todo su ser se tensaba, que la presión se acumulaba en su pecho y su respiración se volvía más errática. Era una sensación que nunca antes había experimentado, algo tan extraño y tan familiar al mismo tiempo.

El cosquilleo comenzó en su vagina, se extendió hacia sus piernas, y luego a sus brazos, hasta llegar a su cuello, como si estuviera siendo consumida por una corriente de energía eléctrica. No podía dejar de moverse, aunque no era por voluntad propia. Era como si su cuerpo estuviera respondiendo de una manera que ella no controlaba. El sudor comenzó a acumularse en su frente, su piel ardía, y su respiración se hacía más profunda, más rápida.

—Eso es —murmuró Mauricio, su voz aún más suave, como si estuviera disfrutando de la sensación que provocaba en ella. Nadia, con los ojos cerrados, intentó resistir, pero la electricidad que recorría su cuerpo la mantenía cautiva. Sus músculos se tensaron involuntariamente, y, sin poder evitarlo, un gemido bajo escapó de sus labios. No sabía si era por el deseo, por la culpa, o por una mezcla de todo eso.

La conexión entre ellos, aunque virtual, se sentía palpable, como si pudieran tocarse a través de la pantalla. Era un deseo irracional, algo que Nadia no entendía del todo, pero que la arrastraba hacia algo que no podía controlar. Cada segundo que pasaba, la presión aumentaba, hasta que ya no podía diferenciar entre lo que deseaba y lo que temía.

Poco a poco, la tensión fue disminuyendo, pero el agotamiento la invadió. La conversación, que antes había sido fluida y llena de dudas, ahora era casi un susurro entrecortado. Nadia sentía que su cuerpo ya no le respondía. La electricidad que había recorrido su piel se desvanecía lentamente, dejando una sensación de calidez en su interior, como si la energía se hubiera agotado por completo.

Los ojos de Nadia se cerraron, vencida por el cansancio. No podía mantener la mirada en la pantalla, y su cuerpo, agotado y abrumado por todo lo que acababa de sentir, se dejó llevar. La voz de Mauricio, siempre tranquila, seguía en el aire, como una melodía suave que la arrullaba.

—Duerme, Nadia —dijo él, su tono cálido y casi protector. —No estás sola.

Y, aunque sabía que no era la decisión correcta, Nadia cerró los ojos por completo y dejó que el sueño la arrastrara. En algún lugar, a través de la pantalla, Mauricio seguía allí, su presencia virtual siendo el único consuelo en ese momento de caos emocional. Nadia se quedó dormida, su respiración relajada pero llena de un anhelo que no entendía completamente. Dormir, con la llamada aún conectada, fue la única forma en que su cuerpo pudo descansar después de todo lo que había vivido.

Continuará.

Escribir estos relatos me lleva horas de inspiración (y también de sueño perdido). Si te gustan mis historias y quieres apoyarme, ¡invítame a un café! Con tu donación en Patreon me estarás ayudando a mantenerme despierta para seguir creando relatos increíbles.

https://patreon.com/maria_gonzalez

Puedes encontrar el link en mi perfil. ¡Gracias por tu apoyo!;)

Continúa en