Descubriendo un nuevo mundo 2
Nadia juró que era la última vez. Pero cuando Mauricio la espera con la puerta abierta y el vino servido, la culpa se desvanece frente a la urgencia de lo prohibido. Esta noche, no solo romperá sus promesas, sino que descubrirá un placer que nunca imaginó.
Me dejé caer en la cama como si el peso del mundo estuviera sobre mí. Apenas tuve fuerzas para quitarme los zapatos y hundirme bajo las mantas. Cerré los ojos con la esperanza de que el sueño llegara rápido y apagara el caos que reinaba en mi mente.
Pero el descanso no trajo paz. En lugar de eso, mi mente creó un espacio en el que los límites entre lo real y lo imaginado se desdibujaban. En mi sueño, estaba de vuelta en el departamento de Mauricio. Sus ojos oscuros me miraban con esa mezcla de seguridad y deseo que había sentido tan de cerca. Esta vez no había barreras, no había dudas. Me veía cediendo por completo, dejándome llevar sin resistencia, buscando en él algo que no entendía pero que parecía quemar dentro de mí.
Sus manos recorrían mi cuerpo como si fueran dueñas de cada rincón, y mi piel respondía al contacto como nunca antes. En ese mundo onírico, mi cuerpo no conocía vergüenza ni límites. Todo era un torbellino de sensaciones que me hacía perderme, olvidarme de quién era, de qué había afuera, de Frank...
Desperté de golpe, mi pecho subiendo y bajando mientras trataba de recuperar el aliento. Una oleada de calor recorría mi cuerpo, y me encontré con las sábanas enredadas en mis piernas, como si hubiera estado luchando contra algo en sueños. El sudor perlaba mi frente, y mi corazón latía con una intensidad que no lograba explicar.
¿Qué me estaba pasando? Nunca me había sentido así. No con Frank, ni siquiera en los momentos más románticos o cercanos. Me llevé las manos a las sienes, tratando de calmarme, pero el eco del sueño seguía pulsando en mi cuerpo. Era como si algo se hubiera despertado en mí y no supiera cómo volver a apagarlo.
Entonces, el recuerdo de la noche anterior regresó como un golpe.Su pene, la cercanía de Mauricio, sus palabras, su mirada… ¿Cómo había llegado a ese punto? ¿Qué clase de persona era para haber permitido que algo así ocurriera?
La culpa se instaló como una piedra en mi pecho. Frank no se merecía esto. No se merecía a alguien que, después de años de compromiso y amor, había dejado que otro hombre cruzara una línea que nunca debió tocarse.
Pero mientras intentaba aferrarme a esa culpa, otra emoción surgió, más fuerte y más desconcertante: el deseo. Era irracional, pero no podía negar que una parte de mí quería volver a sentir esa intensidad, ese fuego que Mauricio había encendido.
“¡No!”, me dije en voz alta, como si eso pudiera acallar el tumulto en mi cabeza. Pero no funcionó. Los latidos acelerados de mi corazón y la sensación de calor que todavía me recorría no se iban. Me sentía atrapada entre dos mundos: el amor puro que compartía con Frank y el abismo desconocido que Mauricio había abierto en mí.
Me levanté de la cama, incapaz de quedarme quieta, y fui al baño para echarme agua fría en la cara. Miré mi reflejo en el espejo, esperando encontrar a la Nadia de siempre, pero lo que vi fue a alguien confundida, alguien que no sabía qué hacer con los restos de la noche anterior ni con el torbellino de emociones que había despertado.
“Esto tiene que parar”, murmuré. Pero incluso mientras lo decía, sabía que algo dentro de mí ya no era el mismo.
Apenas había salido del baño y me dejé caer de nuevo en la cama cuando el sonido del teléfono me sacudió como un balde de agua fría. Miré la pantalla, y el nombre de Frank apareció iluminado. Mi corazón dio un vuelco.
Tragué saliva y descolgué, intentando que mi voz sonara normal, aunque sentía que todo mi cuerpo temblaba.
“Hola, amor”, dije, esforzándome por mantener la calma.
“¡Nadia! Estuve preocupado por ti. ¿Qué pasó? Tus amigas me dijeron que te fuiste de la fiesta de repente. ¿Todo está bien?” Su tono era una mezcla de preocupación y confusión, lo que solo hizo que la culpa en mi pecho se sintiera más pesada.
“Sí, sí, todo bien”, respondí apresurada, tratando de sonar convincente. “Es que... me empecé a sentir un poco mal. Demasiado alcohol, ya sabes. No quería preocupar a nadie, así que me pedí un Uber y me vine directa a casa.”
“¿Por qué no me llamaste? Habría ido por ti. No quiero que andes sola a esas horas.”
Su preocupación sincera era como un puñal. Cerré los ojos con fuerza, intentando ahogar las imágenes de la noche anterior que todavía me acechaban.
“No quería molestarte, Frank. Estaba todo bajo control”, dije, obligándome a sonar casual.
Él suspiró al otro lado de la línea, su tono suavizándose. “Bueno, lo importante es que estés bien. ¿Cómo te sientes ahora?”
“Mejor, gracias. Solo necesitaba descansar un poco. Ya sabes, la fiesta estaba muy ruidosa, y... bueno, me agoté.”
Hubo un breve silencio, como si estuviera evaluando mis palabras. “¿Segura que estás bien? Suenas... diferente.”
El nudo en mi garganta se apretó. “Sí, Frank. Estoy bien. Como siempre.”
“De acuerdo”, dijo, aunque parecía que no estaba del todo convencido. “Si necesitas algo, solo llámame, ¿sí? No importa la hora.”
“Lo haré, lo prometo.”
Antes de que pudiera insistir más, añadí rápidamente: “Bueno, amor, creo que voy a intentar dormir un poco más. El alcohol todavía me tiene un poco atontada.”
“Claro, descansa. Te amo.”
“Yo también”, murmuré, aunque mi voz apenas fue audible.
Colgué antes de que él pudiera decir algo más, y dejé el teléfono a un lado, sintiendo cómo la culpa y el desconcierto volvían a apoderarse de mí. Había mentido con una facilidad que me asustaba. Nunca antes le había ocultado nada a Frank, pero ahora parecía que cada palabra que le decía era parte de una fachada.
Me tapé el rostro con las manos, queriendo esconderme del mundo, de Frank, y de mí misma. Sin embargo, aunque intentaba concentrarme en mi arrepentimiento, no podía evitar que mi mente volviera a Mauricio, a su mirada, a la forma en que había hecho tambalear todo en tan solo una noche.
¿Qué estaba haciendo conmigo misma? ¿Y por qué, a pesar de todo, una parte de mí no quería detenerse?Me pasé el resto de la mañana dando vueltas en mi cabeza, incapaz de concentrarme en nada. El recuerdo de la noche anterior no me soltaba, pero esta vez la culpa parecía más fuerte que cualquier otra emoción. Sabía que no podía dejar que esto continuara. Tenía que terminar con cualquier cosa que estuviera empezando antes de que se saliera de control.
Recordé cómo, durante una de las últimas reuniones del trabajo de Frank, me habían agregado a un grupo en el que nunca me había sentido cómoda. Allí estaba Mauricio, entre otros, compartiendo correos y números de contacto. Había sido algo trivial, una mera formalidad, pero en ese momento me parecía todo menos insignificante. Miré el teléfono con determinación. Tomé el aparato, respiré hondo y marqué el número de Mauricio, con la sensación de que, al hacerlo, algo se rompería para siempre.
El corazón me latía con fuerza mientras esperaba que respondiera.
“Hola, Nadia”, contestó su voz grave, casi relajada, como si no hubiera pasado nada extraño entre nosotros.
“Hola, Mauricio.” Tragué saliva, intentando mantener un tono firme. “Escucha, he estado pensando y… lo que pasó anoche fue un error. Esto no puede seguir. No quiero que haya más confusiones.”
Hubo un silencio al otro lado de la línea, pero podía imaginar la ligera sonrisa que probablemente se formaba en su rostro. Cuando finalmente habló, su tono era calmado, casi comprensivo.
“Lo entiendo, Nadia. No era mi intención que te sintieras así. Pero… creo que deberíamos hablar esto en persona. Solo para que quede todo claro, ¿no te parece?”
“No creo que sea buena idea”, respondí rápidamente, sintiendo cómo la determinación que había reunido comenzaba a tambalearse.
“Por favor, Nadia. Sé que estás confundida, y no quiero que pienses que yo soy ese tipo de persona. Solo quiero aclarar las cosas. Te prometo que no hay ninguna intención oculta. Ven y hablamos, nada más. ¿Qué daño puede hacer una conversación?”
Sus palabras eran razonables, incluso lógicas, pero algo en su tono tenía una forma de desarmarme. Cerré los ojos, intentando recuperar el control, pero mi mente volvía a la noche anterior, a su mirada, a la forma en que me había hecho sentir.
“Está bien”, susurré finalmente, sintiéndome derrotada por mi propia incertidumbre. “Pero solo para hablar, Mauricio. Nada más.”
“Por supuesto”, respondió él, y aunque no podía verlo, su voz estaba cargada de satisfacción. “¿A qué hora puedes venir?”
Miré el reloj, calculando cuánto tiempo me tomaría cambiarme y llegar. “En una hora.”
“Perfecto. Aquí te espero.”
Colgué el teléfono, sintiendo como si acabara de cruzar una línea que no podía borrar. No estaba segura de si estaba tomando la decisión correcta, pero había algo que no podía ignorar: una parte de mí quería enfrentar esto, aunque no sabía realmente qué significaba.
Me quedé sentada en la cama durante varios minutos después de colgar, tratando de procesar lo que acababa de aceptar. Era solo una conversación, me repetí una y otra vez. Solo palabras para dejar las cosas claras, nada más. Entonces, ¿por qué me sentía como si estuviera caminando hacia algo más?
Me levanté, dispuesta a salir con lo primero que encontrara en el armario, pero al abrirlo, mis ojos se detuvieron en un vestido ajustado, negro, simple pero favorecedor. Lo había comprado para una ocasión especial, aunque nunca llegué a usarlo. Antes de que pudiera pensar demasiado en ello, lo saqué y lo extendí frente a mí.
“No tiene nada de malo querer verme bien”, me dije en voz baja, como si buscara justificarme a mí misma.
Me puse el vestido, dejando que se deslizara sobre mi cuerpo. Frente al espejo, me solté el cabello y lo arreglé con cuidado, dejando que cayera en ondas suaves. Luego me maquillé, más de lo que habría hecho para una conversación casual, pero no lo suficiente como para parecer evidente.
Cuando terminé, me miré en el espejo. Lucía bien, quizá demasiado bien para lo que estaba a punto de hacer, pero algo en mí quería esa confianza, ese poder.
Tomé mi bolso y salí de casa, pidiendo un Uber mientras cerraba la puerta. Durante el trayecto, intenté mantener la calma, pero mi corazón latía con fuerza. Las calles pasaban como un borrón, y antes de darme cuenta, el auto se detuvo frente al edificio de Mauricio. Era un lugar discreto, de esos edificios antiguos con balcones de hierro y una fachada que parecía haber visto mejores días.
Bajé del Uber y respiré hondo antes de subir las escaleras. Cada paso resonaba en mi cabeza como un recordatorio de que aún podía dar la vuelta y marcharme, pero no lo hice.
Cuando llegué a la puerta, no tuve que tocar. Mauricio ya estaba ahí, como si hubiera estado esperando. Llevaba una camisa desabotonada en la parte superior y un pantalón oscuro que le daba un aire relajado.
“Puntual, como siempre”, dijo con una sonrisa que parecía mezclar calidez y algo más.
“Es solo una conversación”, le recordé, cruzándome de brazos, intentando proyectar firmeza.
“Por supuesto, Nadia. Pasa, por favor.”
Dio un paso hacia un lado, y yo entré, sintiendo un extraño cosquilleo mientras cruzaba el umbral. La sala estaba iluminada con una luz tenue, y en la mesita de centro había dos copas de vino ya servidas.
“Te preparé algo, para que te relajes un poco”, dijo, cerrando la puerta detrás de mí.
Me senté en el sofá, tratando de encontrar las palabras adecuadas para decirle lo que había venido a decir. Mauricio estaba frente a mí, con su postura relajada, sosteniendo una copa de vino mientras me observaba con esa mirada que parecía atravesarme.
“Escucha, Mauricio…” empecé, pero mi voz tembló un poco. Tomé la copa que él había dejado preparada y di un sorbo, esperando que el vino calmara el nudo en mi garganta. “Lo que pasó… lo que pasó anoche fue un error. No debí estar aquí ahora ni entonces. Esto tiene que terminar. No podemos volver a vernos.”
Él no dijo nada al principio, simplemente me observó con una media sonrisa, como si supiera algo que yo no. Cuando finalmente habló, su tono era bajo, suave, pero cargado de intención.
“Nadia, si realmente pensaras eso, no estarías aquí.”
“Vine para dejar las cosas claras”, respondí rápidamente, aunque incluso a mí me sonó poco convincente.
“¿Claras?” Él se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas mientras me miraba directamente a los ojos. “Si fueras sincera contigo misma, admitirías que estás aquí porque no puedes sacarme de tu cabeza. Desde anoche, lo único en lo que piensas soy yo, ¿me equivoco?”
Mi corazón empezó a latir con fuerza, y mis manos se tensaron alrededor de la copa. “Eso no es cierto”, murmuré, aunque sabía que mi voz carecía de convicción.
Él soltó una leve risa, un sonido que era a la vez divertido y seguro de sí mismo. “Nadia, no tienes que fingir conmigo. Yo sé lo que sientes, porque lo vi anoche. Lo sentí. Y si realmente no quisieras estar aquí, no habrías venido. Nadie te obligó. Fue tu elección.”
“Eso no significa nada”, insistí, pero mis palabras empezaban a flaquear.
“Claro que significa algo”, respondió él, y su tono cambió, volviéndose más bajo, más intenso. “Significa que estás aquí porque me deseas. Porque no puedes evitarlo. Y, francamente, creo que ni siquiera quieres evitarlo.”
Antes de que pudiera responder, Mauricio se levantó del sofá y se acercó a mí. Se agachó hasta quedar a mi altura y llevó una mano suave pero firme hasta mis labios, deteniendo cualquier palabra que pudiera salir de ellos.
“Nadia, no tienes que luchar contra esto”, susurró, sus ojos fijos en los míos.
Mi respiración se aceleró, y en ese instante, todo mi cuerpo pareció rendirse. Mis manos cayeron a los costados, y cuando Mauricio inclinó su rostro hacia el mío, no me moví para detenerlo. Sus labios tocaron los míos, primero con suavidad, luego con una intensidad que me desarmó por completo.
El vino, la culpa, la atracción... todo se mezclaba en mi mente, haciendo imposible pensar con claridad. Lo único que podía hacer era sentir, y lo que sentía en ese momento era abrumador. Sin pensarlo, me entregué al beso, dejando que todo lo demás se desvaneciera.
Mauricio tomó mi rostro entre sus manos, profundizando el beso, y yo me dejé llevar, permitiendo que la barrera que había intentado construir entre nosotros se derrumbara por completo.
En ese momento, no había palabras, no había dudas, solo el deseo que nos envolvía y consumía a los dos.
Mauricio no perdió el tiempo. Su beso pasó de ser un gesto de persuasión a algo mucho más urgente, más demandante. Sus manos comenzaron a deslizarse desde mi rostro hacia mis hombros, trazando un camino lento, pero seguro. Yo no dije nada, ni me moví para detenerlo; una parte de mí sabía que ya no tenía intención de hacerlo.
Cuando sus dedos encontraron la cremallera de mi vestido, se detuvo un momento y buscó mi mirada, como si quisiera asegurarse de que no había marcha atrás. No dije nada, pero mi respiración entrecortada y la forma en que mi cuerpo se inclinaba hacia el suyo dijeron todo lo que él necesitaba saber.
Con un movimiento firme, bajó la cremallera, dejando que el vestido cayera suavemente por mis hombros y se deslizara hasta el suelo. Me sentí expuesta, vulnerable, pero también incapaz de detener lo que estaba ocurriendo. Mauricio dejó escapar un leve suspiro, su mirada recorriendo mi cuerpo sin disimulo, como si estuviera apreciando cada detalle.
“Eres hermosa, Nadia”, dijo con una honestidad tan cruda que me hizo temblar.
Sus palabras deberían haberme conmovido, pero había algo en su tono, en la forma en que lo dijo, que me hizo sentir que no hablaba desde un lugar sentimental. Sus manos continuaron explorando mi piel, desabrochando mi ropa interior con la misma precisión con la que había dejado caer mi vestido.
Cuando no quedó nada entre nosotros, Mauricio se detuvo por un instante. Su rostro estaba a solo unos centímetros del mío, pero esta vez, sus ojos no buscaban los míos. Parecía enfocado en el momento, en lo que seguía, pero no en mí como persona.
“Nadia, no quiero que te confundas”, dijo, su voz más baja, más firme. “Esto no significa nada. No soy el tipo de hombre que busca complicaciones o ataduras. Lo que pasó anoche, lo que pasa ahora, es porque ambos lo deseamos, nada más.”
Sus palabras me golpearon como una bofetada, pero no me moví. Algo en mí ya lo sabía, incluso antes de que él lo dijera. Mauricio no era alguien que ofreciera promesas vacías ni ilusiones. Su sinceridad era brutal, pero también era algo que, de alguna forma, yo había buscado.
“Lo entiendo”, susurré, aunque no estaba segura de si realmente lo hacía.
Él sonrió, satisfecho con mi respuesta, y se inclinó de nuevo hacia mí, retomando el contacto de sus labios con los míos, mientras sus manos volvían a explorar cada rincón de mi cuerpo.
En ese momento, con todas las barreras derrumbadas, dejé que todo lo demás se desvaneciera: la culpa, la confusión, incluso el rostro de Frank.
Mauricio no tardó en quitarse la camisa, desabrochándola con movimientos firmes mientras sus ojos permanecían fijos en los míos. La dejó caer al suelo con desdén y luego hizo lo mismo con el cinturón y los pantalones, deslizándolos sin prisa, como si estuviera completamente seguro de cada gesto.
Frente a mí, su figura era sólida, pero distante de cualquier ideal. Él me tendió la mano, guiándome hacia la cama que dominaba el pequeño cuarto. Sus sábanas estaban revueltas, desprendían un aroma a madera y un leve toque de su perfume. No era un lugar especialmente cuidado ni romántico, pero en ese instante, se sentía como un universo aparte.
Nos tumbamos juntos, su cuerpo cálido y sólido contra el mío. Sus manos continuaron explorándome con calma, casi como si tuviera todo el tiempo del mundo. Me sentí atrapada entre el deseo de dejarme llevar por completo y la conciencia de lo que significaba estar ahí, con él, en esa cama que no era la de Frank, en un día que no debería haber sucedido.
Mauricio se inclinó hacia mí, su respiración rozando mi cuello mientras me susurraba algo que apenas pude entender, pero cuyo tono hizo que mi piel se estremeciera. Sus labios buscaron mi coño por primera vez.
Su mano se deslizó lentamente por mi pierna, sosteniéndola con firmeza, mientras sus dedos trazaban pequeñas caricias sobre mi clítoris que enviaban escalofríos por todo mi cuerpo. Mi corazón latía con fuerza, tan rápido que casi dolía, pero todo mi cuerpo respondía instintivamente a él. Sentí cómo su lengua rozaba el interior de mi vagina, explorando con una mezcla de urgencia y control que me hacía perderme en la sensación.
Mis manos, que al principio habían estado temblorosas y dubitativas, se aferraron a sus hombros, buscando algo a lo que sostenerme mientras su comida me consumía por completo. Sentí el calor subir por mi cuerpo, mi piel ardiendo bajo su toque, mientras él seguía usando su lengua dentro de mí con una intensidad que no había experimentado jamás.
Mauricio, dejó de lamerme para subir junto a mi y sin previo aviso sentí cómo su pene se deslizaba con lentitud dentro de mi vagina.
—Espera, soy virgen—le murmuré
El hizo caso omiso de mi comentario y continuó. Al principio, fue extraño, algo que nunca había imaginado. Una sensación inesperada que me obligó a detenerme, mi mente procesando lo nuevo y desconocido.
Sin embargo, casi de inmediato, todo cambió. Algo en mí se encendió, como si ese gesto tan simple tuviera el poder de desbloquear una parte de mi ser que nunca antes había explorado. La incomodidad inicial se desvaneció, dando paso a una oleada de placer tan intensa que me dejó sin aliento.
Mi lengua, casi por instinto, comenzó a explorar su boca, trazando movimientos suaves mientras sentía cómo mi cuerpo respondía a esta experiencia. Cada segundo parecía intensificar esa conexión entre nosotros, y una calidez se extendió por todo mi ser, haciéndome temblar ligeramente.
Mauricio sonrió al notar mi entrega. Comenzó a mover su pene con lentitud, un ritmo pausado pero constante que parecía sincronizarse con mi respiración entrecortada. Sentí un cosquilleo recorrerme, una mezcla de asombro y un placer tan puro que casi no podía contenerlo.
Era un placer que no conocía, algo completamente nuevo, y me sorprendí al darme cuenta de cuánto lo disfrutaba. Todo mi cuerpo reaccionaba, mi corazón latiendo con fuerza mientras una ola de calor me envolvía. Cerré los ojos, dejándome llevar por completo, sin pensar en nada más que en el momento presente y en la intensidad de lo que estaba experimentando.
Mientras mi mente estaba completamente atrapada en la intensidad del momento, algo inesperado sucedió. Un calor comenzó a emanar de su polla, algo que nunca antes había sentido. Al principio, pensé que era solo mi imaginación, pero luego, una corriente suave, como un destello de energía, recorrió mi cuerpo.
De repente, un líquido blanco y espeso emergió de supene, llenando mi útero en cuestión de segundos. Mis ojos se abrieron con sorpresa, y aunque mi primer instinto fue apartarme, no lo hice. En cambio, algo en mí quería más, como si ese líquido llevara consigo un magnetismo imposible de ignorar. Era un momento completamente irreal, fuera de cualquier cosa que pudiera haber imaginado.
Cuando retiró su pene, vi cómo el líquido seguía fluyendo, deslizándose fuera de mi vagina lentamente hasta detenerse en la cama. Mauricio me miró con una sonrisa enigmática, como si supiera exactamente lo que estaba pensando. “Nunca sabes lo que puede pasar cuando te dejas llevar, ¿verdad?” murmuró.
El momento quedó grabado en mi mente como algo surrealista y completamente fuera de este mundo. No entendía lo que acababa de suceder, pero una parte de mí no quería encontrarle explicación.
Justo cuando el silencio comenzaba a apoderarse de la habitación, mi teléfono empezó a sonar desde mi bolso. Miré la pantalla y, al ver el nombre de Frank, mi estómago dio un vuelco. Mauricio me observaba desde la esquina de la habitación, con una sonrisa enigmática que parecía decir: "Vamos a ver cómo sales de esta".
—Hola, amor.
—Nadia —respondió Frank, con ese tono dulce que siempre usaba conmigo—. ¿Qué tal dormiste? ¿Descansaste bien?
Un nudo se formó en mi garganta, pero lo disimulé con una ligera risa.
—Sí, mucho mejor, gracias. Apenas me levanté hace un rato. Me hacía falta.
—Me alegro. Estaba preocupado porque no me llamaste en cuanto despertaste.
—Oh, lo siento, Frank. Me tomé un rato para comer algo y ponerme al día con algunas cosas. No quería interrumpirte
Su voz se relajó un poco, aunque todavía percibía un rastro de preocupación.
—Entiendo. Solo quería asegurarme de que estás bien. Antes parecías un poco rara, pero supongo que era el cansancio.
—Sí, eso era. No te preocupes por mí, de verdad. Estoy bien —dije, esforzándome por sonar convincente.
—¿Quieres que pase por tu casa más tarde? —sugirió.
Mi mente buscó rápidamente una salida.
—No, amor. Estoy... un poco rara hoy, y quiero aprovechar para organizar algunas cosas. Mañana podemos vernos y hacer algo bonito, ¿te parece?
—Claro, mañana entonces. Te amo, Nadia.
—Yo también te amo, Frank —respondí, sintiendo cómo esas palabras pesaban más de lo habitual.
Cuando colgué, dejé el teléfono sobre la mesa y pasé una mano por mi rostro. Mauricio seguía ahí, su expresión divertida y desafiante al mismo tiempo.
—¿Qué? —le espeté, incómoda bajo su mirada.
—Nada, solo que eres increíble. Esas mentiras casi me hacen creer que realmente estabas cansada y durmiendo todo el día.
—No es un juego, Mauricio.
—Lo sé, Continúa con tu boda —añadió, suavemente—. Construye esa vida perfecta con Frank. Pero mientras tanto, permítete disfrutar de lo que realmente quieres.
Me quedé en silencio, atrapada entre el hombre al que amaba y el que, en solo dos días, había hecho tambalear todo lo que creía conocer de mí misma.
Relatos similares
- Hetero: Infidelidad
Cuernos Deseados (IX)
Dami quiere ser cornudo, pero no sabía que el juego terminaría cuando él mismo la tratara como a una puta.
Comparte:Infidelidad consentidaRelacion clandestinaConexion inesperada
- Hetero: Infidelidad
Secretos de una mujer decente (segunda parte)
Julieta creía controlar su doble vida, pero Roberto tiene otros planes. La noche que precede a su encarcelamiento no será una despedida tranquila,…
Comparte:Infidelidad consentidaPrimera vezConexion inesperada
- Hetero: General
Primera cita
Llevan un mes hablando y mandándose fotos explícitas, pero la realidad supera cualquier fantasía digital.
Comparte:Primera vezRelacion clandestinaConexion inesperada
- Hetero: Infidelidad
Elsa la chica del supermercado
La rutina de sus compras diarias se rompe cuando decide detenerse frente a ella. No es solo caridad lo que busca, sino una conexión que le falta en…
Comparte:Infidelidad consentidaRelacion clandestinaConexion inesperada
- Hetero: Infidelidad
La rubia de la coleta también me tenía ganas…
Llevaban años compartiendo risas y silencios en el trabajo, pero esa mañana, lejos de la rutina, la barrera se rompió.
Comparte:Infidelidad consentidaPrimera vezConexion inesperada
- Hetero: Infidelidad
Casada desatendida
La inspección debía ser breve, pero la soledad de ella y la soledad de él crearon un puente imposible de ignorar.
Comparte:Infidelidad consentidaPrimera vezConexion inesperada