Me usa cómo, cuándo y dónde quiere. Ruth. (5)
Él no solo quiere follarte; quiere poseerte. Y cuando te pone la cadena, no es una opción, es el único camino que te queda para sentirte viva.
(Muy recomendable leer las otras partes antes)
La semana había sido muy intensa. Por un lado, en el trabajo habían iniciado la típica reestructuración. Confiaba en que sería buena para mi, pero eso siempre era una lotería. La gente me decía que llevaba un tiempo como más alegre, más feliz. Y yo sonreía, no podía confesar por qué.
Pero lo más complicado no había sido eso. Esa semana, mi vida como la “cosa”, el objeto sexual de mi dueño había dado un salto cualitativo importante. Aunque ya llevaba meses siendo solamente agujeros que él usaba cuando quería, no terminaba de creerme que estaba haciendo eso. En un día normal (3-4 veces por semana), recibía un mensaje diciéndole a qué hora debía estar en casa y de qué modo tenía que recibirle.
Lo más habitual era que tuviese que recibirle desnuda, con las manos esposadas a la espalda y culo levantado y lubricado. La rutina, a la que me había acostumbrado, era realmente sencilla: llegaba y, sin decir una sola palabra, me follaba el culo sin miramientos. A veces corriéndose dentro (ya había dejado de usar condón) y poniendo un plug, otras en la espalda, otras en el pelo y, algunos días, en el suelo, haciéndome lamer la corrida del suelo antes de irse, cosa que hacía sin pensar.
En realidad ya no pensaba, sólo obedecía. Y me gustaba esa sensación
Cuando se iba, normalmente sin hablar nada, me quedaba deseando más, queriendo que me follase el coño, quería correrme con su polla, pero tenía asumido que no era más que lo él quisiera que fuera. Y estaba llegando a un punto en el que no solo lo aceptaba y lo deseaba si no que notaba cierta adicción a esa rutina: los días que no me usaba lo echaba de menos. Y mucho.
Pero esa semana, el jueves fue un día muy diferente. Un día en el que la relación, si se le podía llamar así, dio un par de saltos cualitativos.
Para empezar, el mensaje me indicaba que esa tarde se iba a quedar más rato, que quería hablar conmigo y proponerme una cosa. ¿Os he dicho que no pensaba? Pues tampoco lo hice ahí, solo esperé a que llegase.
Esta vez le tenía que esperar desnuda (eso siempre), de rodillas delante del sofá, las manos a la espalda, con una cerveza y algo de picar. Llegó con puntualidad británica (como siempre), se sentó delante de mí, abrió la cerveza, se sacó la polla y bajó mi cabeza hasta tenerla entera dentro. Ya apenas tenía arcadas, estaba justo en el punto en el que podía respirar pero, sorprendentemente, no movía mi cabeza para follársela, eso era nuevo.
“Estoy contento contigo, cosa. Eres los mejores 3 agujeros de Madrid. Disfruto mucho usándote y duermo como un tronco todos los días. Pero quiero más.
No saques la polla de la boca, ya te dejaré hablar cuando acabe.
Sé que puedes ser más que la cosa, que esos tres agujeros. Sé que puedo sacar más de ti y que puedes darme más. Lo que te voy a contar es una propuesta para hablarlo como aquel día en la cafetería.
Quiero que seas mía más allá de usarte, de follarte. Quiero controlar tu vida, tu ropa, tu cuerpo. Quiero poder hacer contigo más cosas que follarte. Quiero compartirte, sacarte a eventos. En definitiva, quiero que seas mía. Los únicos límites que te ofrezco son: no haré nada que ponga en riesgo tu salud ni tu trabajo. Usaré el sentido común para mantener tu privacidad con tus amigos vainilla, pero no te garantizo que no lleguen a enterarse.
Si aceptas, tu vida cambiará un poco, ya te diré como, pero incluirá desde ropa a tu comportamiento en tu casa. Nada radical, pero sí, poco a poco, iré entrenándote para ser cada vez la cosa usable que te gusta ser.
Dicho esto, voy a follarte la boca, que es lo que me apetece, mientras te lo piensas.”
Mi cabeza no podía pensar. Esas folladas de boca eran siempre brutales y me tenía que concentrar en su polla y mi respiración. Mis manos, siempre a la espalda. Las suyas, agarrándome del pelo y manejándome. Los ruidos de la saliva y las arcadas que aún me daban (pocas, pero aún tenía), era lo único que se oía. Mi cabeza estaba en blanco. Sabía que tenía que pensar, pero no podía. O no quería, no lo sé.
Se corrió, como siempre, sin avisar directamente en la garganta. Tragué, como siempre, y limpié la polla con la lengua, como siempre. Y me quedé ahí, quieta, como siempre. Era una rutina que me gustaba, que me hacía sentirme a gusto.
“Tienes permiso para hablar, cosa. Puedes preguntar, proponer límites o pedir más tiempo para pensártelo.”
Mi mente empezó a bullir. El sabor de su corrida en mi boca, la postura de rodillas y mi coño, como siempre, encharcado, no ayudaban nada de nada a pensar con claridad. Me mantuve callada. No se me ocurrían preguntas, no se me ocurría nada lógico. El cabrón había logrado anular mi capacidad de pensar como una persona.
“¿Qué pasa si digo que no?”
“No pasa nada. Si dices que no, seguiré viniendo y usándote como hasta ahora. Si que puede ocurrir que me vaya cansando y venga cada vez menos, pero no dejaré de venir. Por otro lado, no me interesa otra cosa usable como tu, pero si me aparece una oportunidad de tener una propiedad, una esclava que si acepte las condiciones que te he contado, me interesará más que tu. Pero eso es hipotético, a corto plazo no había ningún cambio”
Miedo. Estaba enganchada a que me usase. No podía perderlo. Era una contradicción, pero que me usase de esa forma tan degradante me hacía sentir bien, necesitada y, hasta cierto punto, querida. No, no podía dejarlo ir.
Así que solo me quedaba una opción.
“Acepto la propuesta”
“¿Alguna petición, alguna condición, algún límite que quieras poner?”
“No se me ocurre ninguno”
“Pues entonces, bienvenida a tu nueva vida, cosa. A partir de ahora, me perteneces totalmente. Voy a disfrutar mucho de ti. Voy a ir despacio, no voy a cambiar tu vida totalmente pero por ahora, 3 instrucciones sencillas: La primera: a partir de hoy, tienes prohibido usar ropa en casa. Mañana te llegarán 3 cámaras que pondrás aquí, en la cocina y tu habitación para que pueda verte en todo momento y lugar. La segunda: te voy a mandar una APP de control del móvil para que te la instales. Así tendré el control total de tu vida. La tercera: llevarás una marca permanente de propiedad. En realidad más de una, pero hot tendrás la primera. Dame tu mano derecha”
Intrigada, levanté la mano. De su bolsillo, sacó una especie de pulsera, como un cable de acero, basto, que me puso en la muñeca. Con una llave pequeña, la cerró y se guardó la llave.
“Esta pulsera es mi marca de propiedad. Solo te la puedo quitar yo.”
Miré la pulsera. No era bonita, pero me estaba empezando a gustar mucho la idea. Podía llevarla todo el día y sólo yo sabría lo que significaba.
“Sígueme, a 4 patas”
Eso era nuevo. Se levantó del sofá y, sin mirarme, fue hacia el baño. Yo le seguí como pude, a 4 patas por mi casa. Notaba la pulsera nueva al moverme y se me hacía raro.
“Entra en la ducha, cosa”
No pensaba, solo obedecía. Entré en la ducha, a 4 patas.
“Mírame”
Levanté la cara para mirarle. De pié, delante de mí, vestido, controlador. Era suya.
De repente, un chorro caliente me dio en la cara. ¡Me estaba meando! Instintivamente, me eché para atrás, pero no había hueco donde esconderme. Bajé la cabeza, pero seguí notando el chorro en mi pelo, mi espalda. Vejatorio, humillante, degradante…
“Límpiame la polla tan bien como sabes hacer, cosa”
Tardé en responder, pero levanté la cabeza y, chorreando, hundida en mi vejación, llevé mi lengua a su polla y la limpié. Con asco, pero lo hice. No sé de dónde saqué las fuerzas.
“Bien hecho, cosa. Esto será habitual, ya aprenderás a recibirla en la boca con las mismas ganas que mis corridas”
Me estremecí. ¿Dónde me había metido? ¿Qué había aceptado?
“Me voy, que he quedado a tomar algo. Pero antes de irme, voy a coger las llaves de repuesto que se que guardas en la entrada. En cuanto te instales la APP que te voy a mandar, dejaré de avisarte de que vengo, a no ser que quiera que me esperes de alguna manera en especial. Puede que venga esta noche tras las cañas, no lo sé. Por ahora, te dejo ducharte”
Le vi salir del baño. Oi como cogía mis llaves de repuesto y salía de mi casa. Y ahí mismo, en la ducha, meada, vejada, humillada, marcada, usada y hundida, me masturbé hasta llegar a un orgasmo que me reafirmó: había acertado aceptando su propuesta.
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