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Dominaciónene 2025

Saga Switch - Cap3. El Glory Hole

Vera siempre ha querido tenerlo todo, y esta noche no es la excepción. Con Mario de rodillas y Anna a la espera, la línea entre el placer y la humillación se desdibuja en una habitación donde solo una voz manda. ¿Hasta dónde está dispuesto a llegar él para complacerla?

KoreAzzagrat3.7K vistas9.7· 6 votos

EL GLORY HOLE

“Los glory hole están especialmente asociados con la cultura masculina gay y provienen de una historia de persecución. Sin embargo, en la actualidad, se han reconocido como un fetiche de parejas heterosexuales y bisexuales.”

Anna y Mario me miraban expectantes esperando una respuesta, pero yo me notaba en otro espacio, incapaz de pensar con claridad.

Toda mi vida se había basado en tomar decisiones, pero siempre había sido incapaz de responder a preguntas tan sencillas como ¿qué prefieres? A mí nunca me había gustado elegir, joder ¡yo lo quería todo! Quería irme de esta vida llena de cicatrices, de historias que recordar y alguna que otra decisión que lamentar. Cuando era pequeña, mi abuela, que en paz descanse, me dijo que no podía saber si algo no me gustaba sin haberlo probado antes. Estoy segura de que solo lo decía porque quería que me comiese aquel puto plato de lentejas, o que al menos lo intentara, pero yo apliqué aquel consejo en todas las áreas de mi vida, tanto así que la curiosidad pasó a ser una parte inherente de mi personalidad.

Sabía que con Mario jamás tendría que renunciar a nada, él estaba dispuesto a dármelo todo, así como a arrancármelo, pero esta noche no quería quemar todos mis cartuchos. Debía tomar una decisión. ¿Puta o cornudo?

Cuanto más tardaba en responder más pesado se hacía el silencio. Mario había dejado de mirarme suplicante y había empezado a hacerlo con preocupación. Si notaba mis dudas las malinterpretaría, y yo, de lo único que estaba segura en ese momento era que no quería echar el freno de mano, ahora no.

Me moví lentamente hacia la mesita que estaba situada al lado de la cama y me bebí la copa prácticamente del tirón. Mario cuadró los hombros y caminó hacia mí.

—Quieto, cucciolo. Mantén tu posición, no seas impaciente.

Mario se giró levemente.

—No sigo tus órdenes.

Su voz se ahogó en la mía.

—Haz lo que te ordenan.

Mi tono no daba lugar a réplicas.

—Vera…

Saqué del bolso el collar que Mario tan cuidadosamente había dejado en la mesita de la entrada, por si la noche se torcía, y me acerqué hasta tener sus brillantes ojos verdes a la altura de los míos.

—Ama. No me hagas volver a repetírtelo. De rodillas.

Miró el collar y sonrió con ¿rabia? ¿Orgullo? Qué importaba…

—Obedece.

Se puso de rodillas, con su boca a la altura perfecta para lo que estaba a punto de hacer.

—Saca la lengua.

Me levanté la falda lentamente y cogiéndole de la nuca encajé su boca en mi coño. No necesitaba más preocupación en mi vida, quizás la clave estaba en pensar un poco menos y la lengua de Mario era perfecta para ello; casi mágica, siempre lograba ponerme la mente en blanco. Extendí el collar en dirección a Anna y me abandoné al placer, la vi sonreír justo antes de cerrar los ojos y ahogarme en mis propios gemidos.

Al cabo de unos minutos sentí los brazos de Anna rodearme desde atrás, sus manos empezaron a jugar con mis pezones mientras sus labios se movían hábiles por mi cuello. Dios, si esto es pecado, juro que estoy dispuesta a ir al infierno. Quizás, con suerte, allí haya otro lugar como este en el que abandonarme para toda la eternidad…

Noté la mano de Mario subir tímida por mi muslo, una forma silenciosa de pedirme permiso para explorar mi humedad con algo más que su lengua. Quería que me corriese, pero no era eso, precisamente, lo que me apetecía en este momento. Abrí los ojos y le observé; sus mejillas tintadas del color de la vergüenza, sus labios brillantes de mis fluidos, su cuello adornado por aquel collar de cuero negro con el que, horas antes, me había amenazado silenciosamente... Estaba tan sexy que hasta dolía.

Hundí mis dedos en su pelo y tire suavemente hacia arriba hasta que nuestras miradas se encontraron.

—Pídele perdón a Anna por tu falta de respeto. Así no es como te he educado.

En el fondo, no era necesaria ninguna disculpa. Su preocupación y su capacidad para echar el freno cuando sentía que las cosas no iban bien me conmovían, pero necesitaba recuperar la posición. Necesitaba devolvernos al punto de partida, ese donde él se resignaba a mis deseos.

—Perdón, Ama…

—Anna, ¿te parece una disculpa adecuada?

Negó con la cabeza.

—Eso me parecía… —respondí colocando la mano que me quedaba libre sobre las mejillas de Mario, obligándole a abrir la boca. —Ofrécele a Anna una disculpa como Dios manda.

Me situé detrás de él manteniendo el agarre con firmeza. Anna deslizó el tanga entre sus muslos y se acercó. Nuestro beso lo atrapó en medio, con la lengua fuera y su coño tentándole, una tortura lenta pero bien elaborada.

—Vamos, cucciolo, lame.

Los gemidos de Anna se ahogaban en mi garganta provocándome espasmos en mis ya resbaladizos muslos. Quería, no, necesitaba más. Liberé las mejillas de Mario y dirigí su mano derecha hacia mi coño. Los pezones duros de Anna rozaban los míos mientras su mano se enredaba en mi pelo y su lengua exploraba cada rincón de mi boca. En cuestión de segundos la sala era una sinfonía de gemidos que, en contraste con la delicada música, sonaban salvajes, casi primarios.

La excitación de Mario también era visible, tenía la polla tan mojada como yo el coño. Pero su polla no importaba, esta noche no. Esta noche él era ese juguete que decides compartir con tu amiga, porque cuando juegas con alguien es mucho más divertido que cuando lo haces sola. Y Anna era la persona perfecta con la que compartir el mío; tan imponente, pero delicada a la vez. Porque, ¿quién querría compartir su juguete con alguien que podría romperlo?

Yo no quería dañarlo, solo quería ponerle a prueba, ver hasta qué límite estaba dispuesto a entregarse a mis fantasías. Por eso, me separé de ambos y volví a agarrarle del collar, obligándole a caminar a cuatro patas hasta esa pared que tanto me tentaba.

—¿Estaba rico, perrito?

Mario asintió, su barbilla aún brillante por los restos de Anna.

—Ahora vas a ser un buen chico y vas a ponerte de rodillas delante de ese agujero, con la lengua fuera.

Las pupilas se le dilataron y una mirada furtiva hacia Anna bastó para confirmarle lo que estaba a punto de suceder.

—No, Ama, por favor…

—¿Prefieres que sea tu culo lo que ponga contra el agujero? —reí—. Deberías darme las gracias, la próxima vez no pienso ser tan buena.

No replicó, pero tampoco se movió. Me estaba retando en silencio, mientras se debatía entre la rabia y la confusión.

—¿Ves esos anclajes a cada lado del agujero? Anna los instaló especialmente para ti, por si te ponías… rebelde. Tienes dos opciones; o lo hacemos por las buenas, o ato tu collar a cada lado de ese agujero con la boca pegada a la pared. Y créeme, no es nada agradable que te ahoguen con una polla y no poder moverte.

La amenaza pareció calarle hondo porque en cuestión de segundos se estaba arrastrando cual perrito por la habitación. Mientras yo colocaba a Mario en su posición delante del hueco, vi como Anna cogía su teléfono y escribía un mensaje.

Quise sentir pena por él, pero en este juego no había cabida para tales sentimientos. La excitación que sentía al verle tan humillado bloqueaba por completo mi capacidad de sentir lástima.

Al cabo de tres minutos que intuyo se hicieron eternos para Mario, el agujero se destapó y una polla de un tamaño y grosor considerables le rozó la barbilla. Intentó retirarse.

—Shh… ¿Estás seguro de que es eso lo que quieres hacer? —dije señalando los anclajes de la pared.

Anna se situó de cuclillas a su izquierda.

—Vamos, cucciolo, saca la lengua.

Yo me acuclillé a su derecha.

—Y más te vale dejarla bien mojadita —susurré—, porque esta noche, vas a ver cómo se follan a Anna y luego, la vas a dejar completamente limpia.

***

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¿Listos/as para descubrir más sobre Vera y Mario? ¡Nos vemos el jueves que viene!