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Rendición y Deseo. Capítulo 4

Laura sabe que Daniel necesita ser dominado, pero ella necesita ser desafiada. Cuando invita a Iván a cenar, la línea entre anfitrión y invitado se desdibuja. Esta noche, las reglas del juego cambian para siempre.

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Capitulo 4. La semilla del deseo.

Esa noche, mientras regresaban en el coche, el silencio inicial era casi palpable. Laura miraba por la ventana, perdida en sus pensamientos, mientras Daniel mantenía las manos firmes sobre el volante, concentrado en la carretera pero claramente inquieto. La atmósfera estaba cargada, no de incomodidad, sino de emociones y pensamientos sin articular. Laura fue la primera en romper el silencio, su tono tranquilo pero cargado de intención.

—Daniel… ¿te diste cuenta de cómo Iván me miraba esta noche? Daniel tragó saliva, sus dedos tensándose ligeramente alrededor del volante.

—Sí —admitió después de un momento—. Lo noté. No parecía tener mucho interés en disimularlo.

Laura giró la cabeza hacia él, estudiando su perfil con atención.

—¿Cómo te hizo sentir eso?

Daniel vaciló, su mirada fija en la carretera.

—No estoy seguro… —Su voz era un susurro al principio, pero luego continuó, más decidido—. Una parte de mí se sintió… celosa, supongo. Pero también…

Laura lo animó a seguir.

—¿También?

Daniel exhaló lentamente, como si estuviera liberando un peso que llevaba encima.

—También me… excitó. Ver cómo te miraba, cómo parecía no importarle que yo estuviera ahí… Fue extraño, pero no podía apartar la vista.

Las palabras de Daniel provocaron un leve escalofrío en Laura, que recordó con claridad las miradas deliberadas de Iván hacia su escote. Lo había notado, y lejos de incomodarla, la había hecho sentir poderosa, deseada. Se mordió ligeramente el labio antes de responder.

—Creo que a mí también me excitó. La manera en que lo hacía, tan seguro, como si supiera exactamente lo que estaba haciendo…

Daniel la miró de reojo, sorprendido por su sinceridad.

—¿No te molestó?

—No —respondió Laura con una sonrisa pequeña pero franca—. Me hizo sentir… diferente. Más atractiva, más segura de mí misma. Aunque creo que lo que más me excitó fue que tú estabas ahí, y no parecías detenerlo.

Daniel sintió el rubor subirle al rostro, pero no negó sus palabras. Había sido cierto. Por alguna razón que no terminaba de entender, había sentido una mezcla de vergüenza y emoción al ver cómo Iván dominaba la situación con tanta naturalidad.

—¿Te diste cuenta de cómo inclinaba la cabeza hacia ti cuando hablaba? —añadió Laura, su tono más juguetón ahora.

Daniel asintió con un leve gruñido.

—Sí. Lo hizo a propósito. Y no se preocupó por esconderlo, como si supiera que no iba a hacer nada al respecto.

Laura dejó escapar una pequeña risa, aunque no era burlona. —Quizá porque sabía que no ibas a hacerlo.

Esa frase quedó flotando en el aire, cargada de significado. Daniel no respondió, pero sus labios se tensaron en una línea que delataba sus pensamientos. Una parte de él se había sentido completamente eclipsada por la presencia de Iván, pero otra parte, más oculta, comenzaba a aceptar que quizás eso no era del todo negativo.

Laura volvió a mirar por la ventana, una sonrisa apenas perceptible en sus labios. La tensión entre ellos no era incómoda; era algo nuevo, algo que los estaba empujando a explorar una parte de sí mismos que nunca antes habían considerado.

—¿Crees que deberíamos volver al pub? —preguntó Daniel finalmente, rompiendo el silencio.

Laura giró la cabeza hacia él, sorprendida.

—¿Quieres volver? Daniel se encogió de hombros, pero había un brillo en sus ojos que delataba su curiosidad.

—No lo sé. Pero esta noche… me dejó pensando.

Laura asintió lentamente, considerando sus palabras.

—A mí también. Y creo que… quizá deberíamos.

El resto del trayecto transcurrió en silencio, pero ya no era el silencio incómodo del principio. Era un silencio cargado de promesas, de posibilidades. Laura no dejaba de pensar en Iván, en su mirada, en su presencia, en cómo había logrado despertar algo en ella que no sabía que existía. Mientras tanto, Daniel reflexionaba sobre sus propias reacciones, sobre la mezcla de emociones que Iván había despertado en él.

Cuando llegaron a casa, Daniel subió directamente al dormitorio mientras Laura se detuvo en la sala. Sacó el papel que Iván le había dado y lo miró bajo la tenue luz del lugar. El número de teléfono estaba escrito con una caligrafía firme y masculina, como todo en Iván: seguro de sí mismo, dominante. Laura sintió un hormigueo recorrer su cuerpo antes de doblarlo cuidadosamente y guardarlo en su mesilla.

Ya en el dormitorio, Laura encontró a Daniel sentado en la cama, quitándose lentamente los zapatos. Había algo en su postura, en la manera en que mantenía la cabeza ligeramente gacha, que la hizo sentir una chispa de deseo mezclada con una sensación de control que jamás había explorado por completo.

Se acercó a él, su voz baja pero firme.

—Desvísteme.

Daniel levantó la mirada, sorprendido por la orden, pero no dudó. Se levantó lentamente y comenzó a desabotonar la camisa de Laura, con las manos temblorosas pero cuidadosas. Ella lo observaba desde arriba, con una mezcla de excitación y curiosidad. Cuando terminó, Laura deslizó la prenda de sus hombros y le susurró:

—Arrodíllate.

Daniel obedeció, sus movimientos mecánicos pero claramente entregados. Laura alzó un pie frente a él.

—Quítame los zapatos —ordenó, y él lo hizo, con una mezcla de reverencia y timidez.

Cuando tuvo los pies descalzos, Laura los movió ligeramente hacia adelante, invitándolo a más. Daniel, comprendiendo el gesto, se inclinó y besó la parte superior de uno de ellos. El acto fue lento, casi ceremonioso, y en ese momento, Laura recordó cómo, en el pub, Daniel había cedido tan naturalmente al dominio de Iván. Ese pensamiento, esa imagen, la hizo estremecerse de placer.

Se inclinó hacia él, alzando su rostro con la mano bajo su barbilla.

—Eres perfecto así, ¿lo sabes?

Daniel la miró, sin palabras, completamente sumiso a su esposa. Y esa noche, lo que comenzó como un juego de control se transformó en una sesión de placer que les permitió explorar los límites de sus nuevos roles, con Laura tomando el control y Daniel descubriendo una parte de sí mismo que lo llenaba de una emoción completamente nueva.

La semana después de su segunda visita al pub, Laura y Daniel no pudieron sacarse a Iván de la cabeza. El papel con su número de teléfono permanecía guardado en la mesilla de Laura, como un pequeño tesoro escondido, cargado de posibilidades. Cada noche, al acostarse, Laura lo observaba un momento antes de apagar la luz, mientras su mente se llenaba de imágenes de esa sonrisa segura, de la voz grave que resonaba en su pecho.

Finalmente, una tarde, mientras preparaban la cena juntos, Laura rompió el silencio. —Daniel… he estado pensando en Iván.

Daniel detuvo el cuchillo con el que cortaba verduras, levantando la mirada hacia ella.

—¿Qué hay con él?

Laura se apoyó contra la encimera, cruzando los brazos con una mezcla de seguridad y deseo.

—Nos dio su número. Está claro que quiere volver a vernos.

Daniel tragó saliva, su corazón acelerado.

—¿Y… qué quieres hacer?

Laura lo miró fijamente, dejando que sus palabras cayeran con peso.

—Quiero llamarlo. Pero no para ir al pub. Quiero que venga aquí, a nuestra casa.

Daniel sintió una mezcla de nerviosismo y excitación. La idea le resultaba intimidante, pero al mismo tiempo irresistible. En lugar de responder, asintió lentamente, permitiendo que Laura tomara la iniciativa.

Esa misma noche, Laura marcó el número. Iván respondió al segundo tono, su voz grave y segura llenando el otro lado de la línea.

—Sabía que llamarías —dijo, como si el destino fuera algo que él controlaba.

Laura sonrió, tratando de mantener la compostura. —Queríamos invitarte a cenar.

Hubo una pausa al otro lado, seguida de una risa baja.

—¿Cenar? ¿Eso es todo?

Laura jugueteó con el cable del teléfono, como si el gesto pudiera tranquilizarla. —Por ahora.

—De acuerdo. Dime cuándo.

Acordaron que Iván pasaría el sábado sobre las 20:00 y le pasó la dirección de su apartamento.

El sábado llegó, y con él, una anticipación cargada de electricidad. Laura pasó la mañana haciendo limpieza a fondo en su hogar. El apartamento no era especialmente grande, pero estaba decorado con un gusto sencillo y elegante. Paredes de tonos neutros, un sofá gris en el salón con cojines a juego, y una mesa de madera clara que servía como comedor principal. Unas cuantas plantas en las esquinas le daban un toque acogedor, mientras que la iluminación, cuidadosamente ajustada con lámparas de luz cálida, hacía que todo el espacio pareciera íntimo y personal.

Laura se tomó su tiempo para elegir qué ponerse. Sabía que Iván no era un hombre fácil de impresionar, pero eso no hacía más que motivarla. Optó por un vestido rojo ajustado, de tela satinada, que marcaba sus curvas y terminaba justo por encima de las rodillas. El escote en forma de corazón destacaba su pecho de manera elegante pero provocadora. Al mirarse al espejo, no pudo evitar sonreír: el vestido no era una elección para cualquiera, era para alguien que entendía el lenguaje del deseo.

Sus labios los pintó de un rojo intenso que combinaba con el vestido, y dejó su cabello suelto, permitiendo que cayera en ondas suaves sobre sus hombros. Cuando salió del dormitorio, Daniel, que estaba terminando de colocar los platos en la mesa, se detuvo para observarla.

—¿Qué tal estoy? —preguntó Laura, girándose lentamente. Daniel tragó saliva, sintiendo cómo su pulso se aceleraba.

—Espectacular —dijo, y aunque su respuesta fue sincera, había en su tono una mezcla de admiración y nerviosismo.

Laura caminó hacia él, colocando suavemente una mano en su pecho.

—¿Has terminado de preparar todo?

Daniel asintió rápidamente. Había seguido las instrucciones de Laura al pie de la letra: el vino ya estaba decantando, las copas brillaban impecables, y la mesa estaba adornada con un sencillo centro de flores que Laura había comprado esa misma mañana. Había algo casi servil en la manera en que él había organizado todo, un detalle que no pasó desapercibido para Laura.

—Muy bien —dijo ella, acariciándole la mejilla antes de apartarse—. Ahora, ve a cambiarte. Quiero que estés perfecto cuando llegue Iván.

El timbre sonó a las ocho en punto. Laura caminó hacia la puerta con calma, pero por dentro sentía cómo su corazón se aceleraba. Al abrir, Iván estaba allí, vestido de manera casual pero impecable: una camisa negra remangada que dejaba al descubierto sus antebrazos tatuados, y pantalones oscuros que acentuaban su porte.

—Estás radiante —fue lo primero que dijo, con una sonrisa que irradiaba confianza.

—Gracias. Tú tampoco estás nada mal —respondió Laura, con una sonrisa cargada de intención.

Iván entró al apartamento con la misma seguridad con la que caminaba por el pub. Sus ojos recorrieron el espacio rápidamente, como si estuviera evaluándolo. Cuando llegó al salón, se giró hacia Daniel, que había permanecido en segundo plano.

—Daniel —lo saludó, estrechándole la mano con firmeza—. Veo que habéis preparado todo con mucho esmero.

—Sí, bueno, queríamos que estuvieras cómodo —respondió Daniel, sintiendo el peso de la mirada de Iván sobre él.

Durante la cena, Iván dominó la conversación con su presencia magnética. Mientras hablaba, sus ojos se detenían en Laura con una intensidad que parecía atravesarla, pero también lanzaba miradas fugaces a Daniel, como si estuviera estudiándolo. Laura, por su parte, no podía evitar disfrutar de cómo Iván llenaba cada espacio, tanto físico como emocional.

En un momento, mientras Laura se inclinaba para servir más vino, Iván dejó que su mirada se posara brevemente en su escote, un gesto tan natural que parecía casi inocente, pero que no pasó desapercibido. Laura notó el calor que subía por su cuello, y aunque no dijo nada, su sonrisa delató que lo había disfrutado.

Tras la comida, Iván se levantó para ir al baño.

—Dame un segundo —dijo, caminando hacia el baño mientras llevaba la copa en la mano. Cuando quedó sola con Daniel, Laura no perdió la oportunidad. Se inclinó hacia él, apoyando una mano en su rodilla.

—Cariño… esta noche quiero que hagas todo lo que Iván te pida.

Él la miró sorprendido, sintiendo cómo sus mejillas ardían.

—¿Todo?

Laura sonrió, acariciándole el muslo. —Todo. Quiero que confíes en mí. Daniel tragó saliva, asintiendo lentamente mientras el eco de las palabras de Laura se repetía en su mente. Había algo en sus ojos que delataba su deseo de complacerla, incluso si no terminaba de entender todo lo que implicaba.

Poco después, el sonido de los pasos de Iván regresando al salón los sacó del momento. Laura levantó la mirada justo a tiempo para verle aparecer por el pasillo, su figura imponente dominando el espacio. Sin poder evitarlo, sus ojos se desviaron durante un instante a su entrepierna, notando el volumen que el pantalón insinuaba. Fue un gesto fugaz, pero Iván lo notó y, sin detenerse, le lanzó una mirada cómplice que hizo que Laura sintiera el rubor en sus mejillas.

Iván agarró su copa de vino y se recostó en el sofá. Laura se sentó a su lado, mientras Daniel ocupaba un sillón frente a ellos, más rígido. Iván tomó un sorbo de su copa antes de hablar, mirando a ambos alternativamente.

—Espero que la noche no termine aquí —dijo, su tono cargado de intención.

Ella sonrió, acercándose a él para llenar su copa. Mientras lo hacía, sintió cómo su mano se posaba brevemente en su cintura, un gesto que la hizo estremecerse. Cuando regresó al lado de Daniel, tomó su mano y lo guió hacia Iván, mirándolo fijamente antes de hablar.

—Creo que los dos podemos aprender mucho de ti.

Iván sonrió, dejando la copa a un lado. Su mirada pasó de Laura a Daniel, más intensa que nunca.

—Entonces, ¿estáis listos para jugar?

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Después de muchos años leyendo relatos de todo tipo me he animado a empezar a escribir y espero que les guste.

Este libro ya está completo, y es el primero de esta novela, el cual estará compuesto por varios libros, por lo que se irán subiendo poco a poco a la red. Cualquier idea o crítica constructiva será bien recibida y seguramente me sea de mucha ayuda.

Espero sus comentarios. DPB

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