Xtories

Jamal de sangre y cuero. Andorra

La sesión de fotos en el gimnasio fue solo el pretexto. Cuando la puerta del despacho se cierra con pestillo, el profesionalismo da paso a un deseo contenido que Ángela decide satisfacer con sus manos y su boca.

Eric Salazar2.5K vistas

Andorra

Era la mañana del miércoles. Me desperté antes de que sonara el despertador. Me puse con el móvil y estuve mirando las redes. Lo mejor, la sonrisa de mi hermana con sus amigas en la playa. La niña de mis ojos. La semana siguiente le preguntaría cuando quería venir a visitarme. Hacía cuatro días que no veía a mi familia y los echaba de menos. La distancia acrecienta los anhelos. El estar a más de mil kilómetros, me hacía sentirme separado de ellos.

Había quedado a las nueve de la mañana con Ángela para una sesión de fotos y grabar algún vídeo para mis redes. Después lo editaríamos y así iría aprendiendo de las labores de edición a nivel profesional.

Me bebí un café y después de vestirme, me fui caminando al gimnasio. No me apetecía andar, pero me iría bien a primera hora para activarme. La idea de comprarme una moto para andar por ciudad, iba cobrando fuerza en mi cabeza. Siempre había querido tener moto, pero nunca me había decidido. Mi favorita, desde que la vi la primera vez, era la Ducati Monster. La imagen de moto de tío malote que tenía me encantaba. Era una moto que daba personalidad al que la pilotaba. Además, italiana y de color rojo fuego. Era el Ferrari de las motos. De momento iba a esperar, pero tenía dinero ahorrado y no me importaría darme el capricho.

Llegué al centro deportivo media hora más tarde. Llevaba ropa en mi mochila para hacer varios cambios. Dependiendo de lo que me pidiera la fotógrafa. Al aparecer por la puerta, pude ver a Ángela que entraba en la cafetería. Fui para allá y nada más entrar la vi sola en la barra.

—Buenos días. ¿Te apetece un café?— Me ofreció, nada más verme.

—Sí, claro.

—Hoy toca sesión de foto y vídeo. Tengo que estudiarte y ver qué es lo que mejor te va. Iluminación, tonos, contrastes y brillos. Vamos a crear en el gimnasio un set de grabación ajustado a tus características. Marina quiere que todo salga perfecto.

—El modelo es de lujo y la fotógrafa también. ¿Qué puede salir mal?— Dije sonriendo.

—Esperemos que nada.

Nos acabamos el café y pasamos al gym. Había una esquina con focos y un trípode con una cámara montada encima. Por la mañana había poca gente en la sala de pesas. Así que nos sería más fácil movernos grabando.

—Hoy no vas a tener maquilladora. Pero para los catálogos, sí. Para tener resultados profesionales sí que es necesaria.

—Ya me imaginaba. Es lo normal. ¿Qué ropa quieres que me ponga?

—Ponte lo que suelas llevar para entrenar. Esta sesión es informal.

Entré al vestuario y cogí una taquilla, abrí mi mochila y saqué un conjunto de Nike, negro con el logo en blanco. Estaba compuesto por mallas cortas y camiseta de tirantes. Encima de las mallas, me puse un pantaloncillo de correr a juego con el resto. Las zapatillas eran las Vomero negras que me había comprado el día anterior. Todo de negro y blanco. Comenzaron las fotos y yo iba fluyendo con las indicaciones de Ángela. La cámara, disparaba sin cesar y el objetivo se abría y cerraba a cada disparo. Media hora más tarde y unas cuantas fotos. Cambiamos de ubicación. Nos fuimos a las máquinas y allí continuó con las fotos, mientras yo hacía los ejercicios estrictos y con un buen peso, para que los músculos se congestionaran y las venas se marcaran a tope.

Fuimos hacia la zona de las mancuernas y allí, más de lo mismo. Pasamos después a las cintas de correr y las bicicletas de spinning. Más fotos en diferentes ángulos.

Llevábamos más de una hora y yo casi estaba entrenado del todo. Probando todo, había estado haciendo serie tras serie para el reportaje.

—Voy a pedir un agua. ¿Quieres algo?— Dije a mi fotógrafa personal.

—Vamos a la cafetería. Tengo hambre.

Al entrar en la cafetería, vimos a Joan almorzando. Estaba comiendo un pincho de tortilla de patata con una cerveza.

—Hola, pareja. ¿Qué, queréis?— Preguntó el jefe.

—Yo otro pincho de tortilla y un agua con gas.— Respondió Ángela.

—Yo, un agua grande. No voy a comer nada, que aún tenemos que grabar los vídeos.

—¿Qué tal la sesión?

—Muy bien. Es muy fotogénico y es fácil obtener buenos resultados con alguien así.— Observó, Ángela.

—Me gusta posar. Me sale muy natural.

—Esta tarde pasaré las fotos al ordenador y las procesaré para mejorarlas. Aun así, hoy ya tendrás alguna para colgar en Instagram y en Facebook.

—Muy bien chicos. Me voy a seguir trabajando. Jamal. Mañana tenemos reunión con el gerente de la compañía de suplementación. Así que a la una te pasas por mi despacho. Esta tarde te pasará Marina el planning para mañana. Pero creo que tienes otra sesión de fotos y la reunión. Algo del material del máster y tendrás que ir a la universidad.

—Muy bien. Todo correcto.

Esta tarde esperaré el mensaje y mañana reunión contigo. Perfecto.

—Esta tarde, iremos a mis oficinas y editaremos algún vídeo. Para que Jamal vea cómo lo hacemos.— Le dijo Ángela a su cuñado.

—Tenéis que ir metiéndole caña a las redes. Hay que ir creciendo. Tienes que empezar a ganar seguidores de verdad.

—Tengo en Instagram unos mil quinientos. Pero son casi todos amigos o conocidos.— Aclaré a Joan.

—Por eso. Hay que crecer todo lo que se pueda. Tenemos que llegar a los atletas en general. Y a los chavales jóvenes, que son los principales consumidores de nuestros productos.

—Tengo a casi toda España del mundo de las OCR. Las carreras de obstáculos. Spartan Race y varias más. El mes que viene es Andorra. No estoy a tope y no sé si voy a ir. Estoy dudando.

—Prepárate. Iremos a Andorra. Podrás correr con nuestra ropa de deporte y así más publicidad. Hay que buscar eventos en los que podamos destacar y aprovecharlos.— Joan estaba decidido y eso era lo que quería. La verdad era que podía ser un buen escaparate.

Ángela, que había estado callada, añadió.

—Podemos hacer un gran reportaje, en plan televisión. Con dos cámaras. En internet funcionará muy bien. Eso sería muy bueno, para nuestro canal de YouTube y para el canal de Jamal.

—Me parece perfecto. Hay que planearlo muy bien. Pero lo veo factible.— Añadió Joan, pensativo.

—Pues a entrenar se ha dicho. —Dije, con mi mente puesta en Andorra.

Joan volvió a su trabajo y nosotros a la sala de pesas. Ángela sacó una cámara de vídeo de dentro de una de sus maletas y me fue pidiendo que hiciera ciertos ejercicios. Uno tras otro, la cámara no dejaba de seguirme por todo el gimnasio.

Estuvimos otra media hora así. Me fui a la ducha y al salir, Ángela me estaba esperando.

—¿Quieres que comamos juntos?—Ofreció.

—Sí, claro.— Acepté su oferta sin pensarlo—. ¿Todos los días comes fuera?

—Sí, no voy a casa. No pierdo el tiempo en eso. Prefiero hacer jornada sin parones. Así termino de trabajar a las cuatro y tengo la tarde libre.

—¿Te gustaría venir a correr esta tarde conmigo?

—Está tarde no puedo. Pero algún día podemos quedar. Suelo correr dos o tres días a la semana. Esta tarde tengo que ir a la oficina de la constructora, a hablar con mi padre.

—Para otro día, te tomo la palabra.— Le dije sonriendo—. ¿Y a qué restaurante me vas a llevar hoy?

—Hoy vamos a ir al que voy todos los días. Es un restaurante de menú del día. Pero la comida está muy buena y el trato es muy familiar. A mí me tratan como si fuera de casa.

—Me parece perfecto. Voy a la ducha y vamos.

Me fui al vestuario y me di una ducha. Tenía una taquilla para mí, durante todo el mes. Tenía un neceser con mis productos de aseo y mis suplementos, junto con el batidor. Al día siguiente me iban a presentar el gerente de la marca de Joan. Yo necesitaba unas cosas para ir tirando, así que le pediría productos para mi uso inmediato.

Salimos del centro deportivo y el tráfico a esas horas era algo demencial. La gente iba a lo loco por todos los sitios. Tardamos media hora en entrar el centro.

—¿Esto, está siempre así?— pregunté a Ángela.

—Sí, casi siempre. Es hora punta. Y si quieres llegar al centro, esto es lo que hay.

—¿Y para aparcar?

—Tengo una plaza de garaje cerca de mis oficinas. Así que no hay problema. El centro para aparcar es un infierno a estas horas.

Llegamos a la puerta de un garaje y tras abrir con un mando que llevaba, entramos al subterráneo. Dejamos el coche y salimos a la calle directamente.

—Hace muy buen día. Esta tarde a correr. Me gustaría correr por el paseo marítimo. Pero como está todo tan lejos. Correré por Sarriá.

—Bajar a la playa desde arriba es más de media hora. Vayas como vayas.

—Seguramente me compre una moto. Me ronda por la cabeza la idea y ahora, para moverme por la ciudad, sería lo ideal. Además de la agilidad, la facilidad de aparcamiento es total.

—Buena idea. Así aprovecharías mejor el tiempo.

Llegamos a la puerta de un parking y entramos. La barrera del parking se levantó automáticamente. Una vez dentro, llevó el coche hasta una plaza privada y al bajarnos, me dijo:

—Gracias a las plazas de garaje que tenemos compradas en nuestros lugares de trabajo. Si no, sería un verdadero infierno.

—Tenéis muchas facilidades, sí.— Dije, pensando en la cantidad de dinero que movían en esa familia.

—Mi padre ha sabido invertir justo en el momento oportuno.

—Eso es una suerte. Bueno, suerte no. Es saber aprovechar las oportunidades.

Subimos en el ascensor hasta la planta calle y salimos a la calle por una puerta de cristal. En la misma acera del edificio, a unos cincuenta metros había un restaurante, en el cual entramos directamente. Buscamos una mesa vacía y fuimos directamente a sentarnos.

—No espero que me den mesa. Soy de confianza. El local también es de mi padre y me tratan muy bien.

—Tiene muy buena pinta. Ahora veremos lo que hay de comer. Mis padres tienen un restaurante en la playa. En San Pedro de Alcántara. Me he criado entre platos y guiris.

—Algo me dijo mi hermana de una paella.

—Claro. Mi madre hace la mejor paella de todo el Mediterráneo.— Respondí, con orgullo.

—Pues habrá que probarla.— Respondió Ángela, con cara pícara.

—Estás invitada cuando quieras y a Marbella también. A mi casa.

—Es un honor, ser tu invitada.

—Y será un placer, tenerte.— Dije con doble sentido. Mientras mi boca se torcía en una sonrisa cargada de malicia.

El metre del restaurante interrumpió la conversación, para traernos la carta.

No hizo falta que pidiera. Ángela se la sabía tan bien que pidió por los dos: macarrones al pesto rojo y salmón marinado a las finas hierbas.

Nuestra conversación siguió hasta que nos trajeron la comida. Yo pensaba que iban a ser dos platos. Pero era uno enorme con las dos cosas mezcladas, formando un plato combinado.

—Qué buena pinta tiene esto.

—Pues aún está más rico de lo que parece.

Dimos buena cuenta de la comida, sin mediar palabra. Yo tenía hambre, había estado entrenando mientras me grababa y me hacía fotos y solo me había tomado el batido de después.

—¿Teníamos hambre, ehhhh?— Pregunté mientras miraba nuestros platos vacíos.

—Sí. Yo estaba hambrienta, no he comido nada desde el almuerzo.

Nos tomamos el café allí mismo y Ángela habló con el metre para que cargara la comida a la cuenta de su empresa.

—No intentes pagar, Jamal. Estás de invitado. Y esto es trabajo.

—Espero que me dejes pagar cuando sean encuentros, por placer.

—Ya veremos, depende del placer que sea.— Sus ojos se encendieron al decirlo.

Llegamos al edificio de su oficina y entramos en el hall. Todo acristalado y en tonos metálicos. Una decoración hecha con mucho gusto. Minimalista, pero muy acogedora.

Las oficinas estaban en el décimo piso. Entramos y la sala principal era muy grande. Había cuatro mesas distribuidas por todo el espacio. Al fondo se veía una puerta, en la que ponía: Dirección.

—Vamos a mi oficina. Buenas tardes a todos.

—Hola, buenas tardes.— Saludé tímidamente.

—Buenas tardes.— Respondieron a coro los tres trabajadores que había en la oficina.

Entramos en el despacho y Ángela cerró con pestillo.

—¿No quieres que me escape?

—No quiero que nos molesten.— Se volvió y me dio un húmedo beso en los labios. Ese beso sabía a café y a ganas contenidas.

—¿Quieres que follemos, con todos ahí afuera?

—No. Quiero comerte la polla.

Me dio la mano y me llevó hasta unos sofás que había al fondo del despacho. Volvió a besarme, mientras sus hábiles manos desabrochaban mis pantalones y se perdían entre mi pubis y la goma de mis bóxer. Alcanzó su presa y comenzó a moverla muy despacio. Bajo mis vaqueros y calzoncillos hasta la rodilla. Fue entonces cuando me empujó hacia atrás, haciéndome caer sentado en uno de los acolchados sillones. Se arrodilló entre mis piernas y comenzó con una felación que hizo despertar mi falo inmediatamente. Al cabo de cinco minutos, se erguía como un mástil.

Ángela usaba las dos manos para darme placer mientras mi glande era acogido a duras penas por su boca. Alternaba succiones intensas, con largos paseos de su lengua por la cabeza de mi polla. En esa situación, no aguanté mucho tiempo y habrían transcurrido unos diez minutos, cuando avisé de lo inevitable.

—Me voy a correr.

—Hazlo en mi boca. Mmmmmm.

Cuatro movimientos de sus manos más tarde, noté mi verga a punto de estallar. Sujeté su cabeza y ella inmediatamente abrió sus labios. Deposite mi glande entre ellos y comencé a lanzar chorros de semen dentro de su boca. Al notarlos en su garganta, comenzó a tragarlos sin problema, aferrando con más fuerza el tronco de mi falo, queriendo exprimirlo. Cuando acabé de eyacular, Ángela liberó su presa y relamiéndose me dijo:

—Me encanta tu leche. El mejor postre que puedo tener.

—A mí me encanta que te lo tomes así. Hasta la última gota.

—¿Te apetece otro café?— dijo la directora de la agencia, mirándome con ojos de vicio.

—Vale.

Se levantó y fue hasta una mesa que había en un lateral con una cafetera Nesspresso. Preparó dos cafés solos con hielo y volvió a los sillones, donde la esperaba. Mientras ella preparaba la bebida, yo me había recompuesto la ropa y estaba sentado como si nada hubiese ocurrido.

Nos tomamos el café entre miradas cómplices. No hablamos nada, no hacía falta.

Tras terminar, Ángela se levantó y fue hacia su escritorio.

—Tráete una silla de la mesa grande, por favor.

Cogí una silla y me senté a su lado, mirando la pantalla de su IMac de treinta pulgadas.

—Tengo todo el material en la nube. Lo he colgado mientras te duchabas esta mañana.

—Lo llevas todo muy bien preparado. Me gusta tu forma de trabajar.

—La tecnología está para eso. Para exprimirla. A mí me gustan mucho los avances de la electrónica. Intento estar a la última, por trabajo y por interés propio.

Entró en su cuenta de ICloud y descargó todo el material a su disco duro. A partir de ahí fueron casi dos horas y otro café, lo que nos costó montar un vídeo de cinco minutos para mi cuenta de YouTube y otro de cincuenta segundos para Instagram.

—Más tarde editaré alguna de las fotos, para que puedas hacer buenahistorias. Esta noche cuélgalas. Pero te enseñaremos cuáles son las mejores horas y días para colgar los post y las historias. Para causar mayor impacto y visualizaciones. Todo tiene su truco y misterio.

—Muy bien. Todo perfecto. Así da gusto trabajar. El vídeo espectacular y las fotos perfectas. Esta noche en casa, cuando esté tranquilo, las subiré a mis redes. Gracias, Ángela

—A ti, Jamal. Trabajar contigo, va a ser un placer, en todos los sentidos.— Dijo, mientras se relamía.

Ahí acabó nuestro día juntos, como colaboradores y equipo.

La verdad era que trabajar así, era un sueño. Sin estrés ni presión por ninguna parte. Todo fluía como debía de ser.

Al salir de la oficina, pedí un taxi y en menos de cinco minutos ya estaba camino de mi eventual Ático.

Al llegar, me quedé desnudo y fui a la nevera para comer algo. Era tarde y tenía hambre. El correr lo dejaba para el día siguiente. Correría en ayunas y así iría el centro deportivo. Después de todo, guardaba ropa en la taquilla. Mi idea de abandonar la preparación para Andorra había sido abortada. Tenía que volver a entrenar como siempre. Había que recalcular el entrenamiento según las semanas que faltaban para la prueba. Cambiar de periodización no era nada fácil a esas alturas. Pero en ese caso era necesario, ya que quería quedar bien y de paso publicitar la ropa, todo lo que pudiera.

Encendí mi MacBook y abrí el correo. Los vídeos ya estaban en mi bandeja de entrada. Había también alguna foto. Los resultados muy buenos. Buen modelo y buena fotógrafa. Resultados espectaculares.

Estaba en el ordenador cuando me llegó un Whassup de Marina. Por la mañana sesión con Ángela, con los suplementos. Al mediodía reunión con gerente de Unlimited y por la tarde a la universidad a por materiales y a presentarse al tutor.

Al instante, recibí un correo de Marina cuyo asunto era: Temario y documentación del curso. Abrí el archivo y me puse a leer. Eran diez páginas con todo lo referente al curso de gestor de instalaciones deportivas. Las leí y comprendí lo que iba a aprender. La gestión integral de todas las instalaciones y del personal. Era el mismo curso que había estudiado mi jefe del Arena. Carlos tenía ese título. Justo el mismo que iba a tener yo dentro de un mes. Pero si querían que hiciera el trabajo que me pedían, ese curso era justo lo que necesitaba. Lo que me gustaba era la decisión y la manera de hacer las cosas de Joan y Marina. Les iba muy bien en los negocios. Aparte de ser de familias con pasta, habían aprendido muy bien a manejar los recursos disponibles y con suerte para mí, les había caído en gracia. Aparte de que les gustaba como amante. A todos. Eso era algo peligroso para mí. Pero soy muy echado para adelante. Así que iba a manejar las cosas, tal y como venían. Con decisión.

Me fui a la cama y puse el despertador a las seis y media. Quería hacer una tirada larga para probar mis zapatillas y comprobar mi estado físico en carrera

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