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Mi abuelo adora a mi mujer 11

Margo le prometió que sería su última noche de baja, pero la noche anterior el abuelo llenó su culo de leche y el narrador se corrió imaginándolo. Ahora, con el alta médica inminente, la rutina de celos y excitación vuelve a instalarse en la casa, y el protagonista debe decidir si su amor por ella es más fuerte que su deseo de verla ser poseída por otro.

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En dos días, darían el alta a mi mujer y ninguno sabíamos cómo evolucionaría la extraña rutina que se había consolidado durante la recuperación de Margo. Pero esos dos días fueron intensos.

El primero, no llegaría a media mañana cuando subió mi esposa a decirme que ese día se lo iba a dedicar por completo a mi abuelo. “Vamos a tener una cita, voy a dejar que me folle las veces que quiera y, de noche, dormiré con él. No nos esperes para cenar, cariño. Después de la comida, olvídate de que tienes esposa por hoy. ¿Te parece bien?”

Me picaron los celos y el miedo a que sentase un precedente, pero tras tanto tiempo con este juego, empecé a sentir que no tenía razones reales de preocupación. Era un juego bizarro de mi esposa conmigo y con mi abuelo, pero yo era el 1. Siempre sería así, a menos que decidiese dejarme, y eso no ocurriría por irse con Rafael, sino que nos dejaría a los dos de una y el nuevo jamás sospecharía las aventuras que vivió su explosiva novia.

- Por supuesto que no, cariño. Pero, con la devoción de un buen esposo, acato lo que a la retorcida de mi mujer se le antoje -la atraje hacia mí y nos besamos- a cambio, cuéntamelo todo en algún momento. Cuando te haya recuperado.

Se rió y me morreó con ganas. Le complacían mis palabras. Se sentía querida sin prejuicios. El 1 debe saber ser el 1. En el fondo, me tranquilizó la forma en que lo habíamos hablado, pero sabía que tendría picos de bajón a lo largo de un día que sería largo.

Comimos todos juntos y subieron rápidamente a dormir la siesta en la cama de mi abuelo, mientras yo fregaba los platos. Cuando subí al estudio con un café en la mano, tenían la puerta cerrada. No escuché nada de sexo. Al rato, los escuché salir juntos, riendo, en dirección al baño. Se ducharon juntos, deduje, y escuché a Margo meterse en nuestro cuarto y trastear con el armario. Estaba escogiendo ropa. Tras un buen rato preparándose, ropa, peinado, maquillaje… apareció por la puerta del estudio, sin acercarse a mí, para preguntarme que qué tal estaba para su cita. Llevaba una falda de cuero que acentuaba sus caderas y, aunque ahora no lo veía, pero lo sabía bien, su culo. Encima, una camiseta de manga larga, con cuello alto, de color marrón clarito. Sin sujetador, gracias a su pecho pequeño. Veía la silueta de sus pezones contra la tela. No llevaba medias, así que se veían sus rodillas desnudas en el hueco que dejaban sus botas altas de tacón y la falda. En la mano llevaba el abrigo que se pondría al salir. Uno negro entallado, que resaltaba sus caderas de manera deliciosa. Le dije que iba hermosa y que yo me enamoraría de ella como la primera vez si fuera el afortunado en tener la cita. “Qué fácil me resultaría quererte. Lástima que hoy, soy de otro hombre.”

Un poco más tarde, aparecieron los dos de la mano para despedirse. Mi abuelo se había puesto todo lo guapo que le permitía la edad. Estaba afeitado y vestía un traje de tweed bien ajustado a su talla, con chaleco y corbata incluidos. No se podía decir que pegasen, pero era lo más cerca que mi abuelo estaba capacitado de estar a la altura de la belleza de mi esposa. Y salieron de casa. Yo pasé la tarde trabajando. Cuando acabé, salí a correr, como hacía tiempo que no hacía. Llegué, me duché, cené solo y me puse una película que Margo no quería ver. Finalmente, sin que ellos hubiesen llegado todavía, me fui solo al dormitorio. Si me olvidaba del contexto de esa soledad, el día había sido satisfactorio y placentero. Hay que saber dedicarse tiempo a uno mismo.

Estaba leyendo en la cama cuando les escuché entrar. Hablaban un pelín más alto de lo normal. Habrían bebido un poco. Llegaban de un excelente humor. Subieron las escaleras cuchicheando muy alto, riendo y, también, besándose. Yo tenía la puerta sin cerrar del todo. No podía ver nada pero escuchaba bien. Había apagado la luz para generarles expectativa de privacidad. Escuché que uno fue al baño y el otro a la habitación de mi abuelo. Después, se intercambiaron y, por último, se encerraron los dos en su habitación. Creo que no hicieron nada durante la siesta, así que se habían reservado para esta noche. Yo no sería capaz de dormirme hasta que acabasen de follar. Lo sentía en mi cabeza. Con cierto sentimiento de vergüenza, tras un rato de no escuchar casi nada, me levanté en calcetines y me acerqué a su puerta, donde pegué la oreja.

Justo cuando estaba así, escuché a mi abuelo hablar: “Para, mi niña. Quiero durar para hacerte más cosas”. A ella la oí reír, se movieron. Pronto, empecé a escucharla gemir suavemente, pero la cama no hacía ruido.

No se lo que le estaría haciendo mi abuelo, pero durante un rato largo ella estuvo gimiendo de placer, a veces con alguna risa suave. Era tremendamente excitante escucharla. Después, la escuché hablar, por fin: “Dios, métemela ya”. Los escuché moverse y pronto empecé a escuchar el ruido de la cama al moverse. Era terrible tener que imaginármelo todo. Estaba empalmado y llevaba un rato tocándome inconscientemente. Ella gemía. Él de vez en cuando suspiraba fuerte. De pronto, escuché un azote, seguido de un gemido más alto de Margo “¿Te gusta lo que ves? Dame otro azote, viejo pervertido” y sonó otro azote, con otro gemido alto “Este culo no es normal, mi niña. Igual hoy lo uso de almohada”. Ella gemía y gemía, debía de estar ya cerca. Escuché que dejó de gemir durante un rato para luego, de pronto, volver a gemir como tras haberse sacado algo de la boca.

- Mételo despacio en mi culo, quiero correrme mientras me follas, con tu dedo metidi en el culo.

Mi mujer empezó a gemir más y más fuerte. Escuchaba a mi abuelo bufar del esfuerzo. De repente, ella llegó. Y tras unos segundos escuché a mi abuelo correrse también. En ese momento, me corrí yo también dentro de mis calzoncillos, imaginándome a mi abuelo llenando de semen a mi esposa con su dedo dentro de su culo.

Todavía me quedé un rato escuchando. Rieron, cuchichearon sin que alcanzase a entenderles. Escuché besos. Cuando empecé a escuchar más movimiento en la cama, me volví a mi habitación por miedo a que alguno saliera y me pillase. Acababa de entrar en mi habitación cuando oí la puerta abrirse. Me asomé ligeramente y vi a mi abuelo salir desnudo al pasillo. Se acariciaba la polla, que le colgaba flácida y brillante entre las piernas. Con ese miembro, acababa de estar follándose a mi esposa. Aún olería a ella. Estaba todo sudado y colorado. Se metió al baño y le escuché mear con un chorro intenso. Era obsceno. De repente, antes de que me metiera para adentro, salió Margo. Estaba preciosa. Despeinada, colorada, no estaba sudada, pero se la veía con la felicidad de una mujer que acaba de tener un orgasmo. Entró al baño. Mi abuelo todavía estaba en plena meada.

- Perdona, cielo, estoy meando.

- No voy a ver nada que no haya visto ya -dijo ella riéndose, y escuché un azote suave.

- Oh! -mi abuelo reaccionó con un sobresalto divertido.

Margo debió darle un azotito en el culo.

- Sí que te meabas -dijo mi esposa riendo-. A ver…

Un breve silencio.

- ¿En tu generación ya decían eso de que sacudirla más de tres veces es paja?

Mi abuelo rió un poco:

- Si lo decían, yo no me enteré.

- Llevo más de tres. ¿Te correrías si sigo?

Esto sí que no me lo esperaba. Le había sacudido la polla a mi abuelo y había seguido con una paja. Estaba desatada.

- Sabes que sí, princesa. Pero prefiero disfrutarte de otra forma.

Besos.

- Está bien. Espérame en la cama. No quiero que me veas hacer pis.

Más besos. Salió mi abuelo. Escuché a mi mujer mear, abrir un rato el grifo y, al poco, la vi salir a ella también, contoneando su hermoso y redondo culo. Y otra vez se cerró el cuarto. Yo fui sigilosamente a mear y me fui a la cama. Ahora sí. Necesitaba dormir y que llegase por fin el día siguiente.

Desperté en mitad de la noche. Miré el móvil y vi que era la 1 y pico. No llevaba tanto dormido. Pensé que, con el estado de ánimo de ansiedad, celos y excitación con que me había dormido, no pude alcanzar un sueño muy profundo. Pero enseguida vi que había luz en el pasillo. Me asomé y vi que había alguien en el baño. Probablemente me habían despertado esos ruidos. Me sentía en un estado casi onírico, así que vencí mi timidez de anoche y decidí acercarme. Ya cuando estaba en el quicio de la puerta escuché besos. Me asomé al baño y vi a mi mujer de espaldas a mí. Abrazaba a mi abuelo, que estaba ante la taza del vater. Su brazo derecho se movía. Le estaba masturbando. Con su otro brazo, giraba la cabeza de Rafael para besarse con él.

- ¿Mi niña, me vas a asaltar siempre que venga a mear?

- Me despertaste y me sentí muy cachonda. ¿No estás deseando metérmela?

Mi abuelo gimió.

- Sí, mi cielo.

Ella le giró. Se abrazaron. Ella siguió pajeándole. Él agarró su culo con fuerza. Ese culo había que amasarlo con ganas. Margo bajó la tapa del vater y le hizo sentarse. A continuación, se arrodilló y empezó a chuparle la polla. Mi abuelo cerró los ojos de placer.

- Te asaltaré cuando me apetezca. Cuando menos te lo esperes, mejor. Quiero sentir que me deseas tanto que te puedo tomar cuando se me antoje sin que opongas la menor resistencia -Margo se había sacado la polla de la boca para decirle esto.

Estaba para entrar a follársela. Su espalda delgadita, rematada en ese culo redondo, posado sobre sus bellos pies… pero esa noche no era mía. Sabía que debía respetarlo. Vi a Margo hundir su cara en las pelotas de mi abuelo, mientras le pajeaba con la mano. Y volver a chuparlo. Mi abuelo la detuvo. Reventaría si seguía así.

Se levantó, alzó a Margo de la mano, como un caballero. La besó y le dio la vuelta. Con esfuerzo, se arrodilló tras ella y hundió la cara en su culo. Lo que daría por cambiarme por mi abuelo en ese momento. Sentí una nueva punzada de celos al pensar que era mi mujer y yo estaba sintiendo esa privación. Ella se inclinó ligeramente, apoyando las manos en la cisterna. Mi abuelo subía y bajaba por su raja. Se estaba poniendo las botas.

- Qué rica que estás.

Ella gimió:

- ¿Incluso ahí?

- Mmmm… incluso aquí.

Y ella suspiró. Por la altura y el comentario, mi abuelo estaba lamiendo su ano, seguro. Ella echó la mano atrás y le agarró del poco pelo que tenía en la cabeza.

- Ya. Métemela.

Y mi abuelo se puso de pie como pudo y se la metió. El espectáculo era brutal. Animal. El hombre bestia, mi abuelo, gordo, su culo apretado, lleno de pelos, metiendo y sacando su polla dentro de mi mujer, a la que apenas veía delante de él. Se escuchaba humedad, el aplauso de la carne al encontrarse, gemidos de mi esposa…

- Sigue, sigue…

Y mi esposa empezó a correrse. Se había corrido muy rápido. Debió coger hasta a mi abuelo por sorpresa. Mi abuelo se quedó dentro de ella, bombeando con suavidad, para no incomodarla ahora que estaría más sensible, pero todavía sin haberse corrido.

- Tú todavía no has llegado, ¿no?

- No, mi amor. ¿Cómo quieres hacerme correr?

Ella se quedó un rato pensando entre sus brazos. De pie los dos. Él todavía dentro.

- Te voy a dar un regalo por nuestra cita de hoy. Vas a hacer algo que con Toni nunca he llegado a hacer. Salte.

Él se salió. Ella volvió a apoyarse en la cisterna. No veía lo que estaba haciendo. De repente, mi abuelo se puso de rodillas para besar sus nalgas, y vi que mi esposa había llevado un brazo hacia atrás y que se estaba metiendo y sacando un dedito en el culo. Lo sacó:

- Méteme un poquito la lengua, como antes.

Y así hizo mi abuelo. Después llevo hacia allí su dedo gordo, tras humedecerlo dentro de su vagina. Y volvió a hundir su cara.

- Ya. Prueba. Pero solo la punta, que me duele mucho.

Él se levantó y, con esfuerzo, debió meter una parte. Ella suspiró.

- Ahora sácala y vuelve a meterla, con cuidado.

Margo respiraba fuerte.

- ¿Lo habías hecho antes?

- No, mi niña, la abuela de Toni jamás habría probado esto.

Lentamente, mientras hablaban, mi abuelo se salía y volvía a entrar.

- Perdona que no te deje meter más, me dolería. Con Toni no he llegado más lejos de esto. ¿Te gusta?

- Estoy muy caliente, cielo, solo con meter y sacar la punta en tu delicioso culo estoy apunto de correrme.

Ella gimió al oírle.

- Mi regalo es ese. Quiero que metas la punta, y un poquito más hasta que te detenga, y que te pajees hasta correrte dentro de mi culo. El primer hombre que lo hará, mi primera leche ahí detrás.

Y él no se hizo de rogar. Todavía se salió y volvió a entrar varias veces. Estaba disfrutando la sensación del ano de mi esposa apretando su capullo. Y entonces le vi meterla otra vez lentamente, un poco más profundo. Ella suspiró y le hizo detenerse ahí.

- Ahora, lléname el culo de leche.

Y él empezó a pajearse con una parte de su polla enterrada en el culo de mi esposa. No tardó mucho, enseguida empezó a gemir como un gorila.

La sacó, cuidadoso, y se echó hacia atrás, con una mano acariciando su culo. Ella se giró y se besaron. Yo me volví a mi cuarto, antes de que me viesen. Asomado a la puerta, les vi salir a los dos de la mano, desnudos. Adán y Eva. La tosquedad masculina y la belleza femenina. Se volvieron a encerrar en el cuarto y yo entré al baño. Todavía olía a sexo. Me empecé a masturbar pensando en la polla de mi abuelo llenando de leche el culo de Margo, justo donde ahora estaba yo, unos minutos antes. Me corrí enseguida y volví a la cama. No me desperté hasta que sonó la alarma.

Tenía que ponerme a trabajar. Ellos todavía dormían. Bajé al salón y me preparé un café mientras leía la prensa. Subí al estudio y escuché la cama moverse y a mi mujer gemir. Esta vez no me detuve a escuchar, tenía ocupaciones y empezaba a resultarme normal. Me levanté un momento al baño y no escuché ya nada. Ahí estaba cuando escuché la puerta de su cuarto abrirse y, de repente, apareció mi abuelo desnudo en el baño.

- Perdona, Toni, hijo. ¿Espero fuera a que acabes?

- No, tranquilo. Ya casi estoy además.

Le miré deliberadamente la polla. Enrojecida y húmeda. Acababa de estar en el mejor lugar de la tierra.

- ¿Has disfrutado mucho de mi esposa?

- Emm… Toni… sí, claro. Disculpa que me resulte un poco violento hablar de esto cuando acabo de estar con ella…

- ¿En qué postura la acabas de follar?

- Esto… en cucharita. Nada más despertarnos estábamos así y, bueno, aprovechamos mi erección matutina. ¿Sabes que es solo sexo, verdad?

- Sí, sí. No te negaré que esta travesura de Margo me ha hecho pasar algún rato malo. También me he excitado mucho escuchándoos.

- Te daría un abrazo, hijo, pero creo que sería un poco violento. De todos modos, te diré una cosa que te hará ilusión: antes de venir al baño, ella, muy feliz, me dijo que había disfrutado mucho pero que estaba deseando recuperarte. Ahora, voy a mear si no te importa.

Y se puso a mear con un sonoro chorro. Recordé las escenas de ayer. Dos veces le había asaltado Margo cuando estaba acabando de mear. ¿Le excitaría el fuerte sonido de algo que salía de la polla? Había oscuros recovecos en la psicología de mi esposa que no era capaz de prever.

Volví al estudio. Llevaba un rato ahí, escuchando sonido por casa, cuando apareció mi ángel, vestida con su lindo pijama. “Mi amor” dijo, y vino hasta mí y me abrazó muy fuerte, sentada sobre mis piernas.

- ¿Cómo estás cariño? ¿Pudiste dormir algo?

- Pude, pero solo cuando me parecía que dormíais. He sufrido muchos celos y me he obligado a escuchar cada encuentro. Al menos los que me pillaron despierto.

- Mi pobre niño -y me besó toda la cara y por último, fuertemente, mis labios.

- Pensar que nos podías escuchar, me tuvo cachonda toda la noche. ¿Nos escuchaste también en el baño?

- Sí.

- Te pajeaste o tienes ya los huevos azules -dijo, riendo con ternura.

- Dos veces, mi amor. Si no, habría comido techo toda la noche.

Y me besaba y me besaba.

- Te amo, mi rey. Lo de esta noche fue una travesura. En algún momento me gustaría repetir, me da mucho morbo, pero no pasará hasta dentro de una temporada. Que si no, creo que te me vuelves loquito o que me dejas.

Nos besamos y nos achuchamos mucho. Le conté tonterías del trabajo con las que andaba liado, le acaricié el cuero cabelludo mientras le hablaba, la carita, le besé los ojos, la nariz… dejé de parlotear tonterías del trabajo para decirle:

- Ha sido solo una noche pero siento como si te recuperase después de mucho tiempo.

Ella exclamó un “OOOOHH” que le salió del alma. “Mi pobre niño” y me volvió a comer la cara. Con todas esas dosis de amor verdadero, me sentí recuperado y listo para preguntar:

- Hoy es tu último día de baja, cielo. Algo tendrás pensado seguro.

Ella rió: - Sí. Hoy estaremos los tres amorosamente. Nieto, abuelo y la mujer de los dos, locamente enamorada del primero pero disfrutada por los dos.

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