Mi abuelo adora a mi mujer 10
Nunca imaginé que mi esposa me llevaría a la cama con su abuelo. Lo que empezó como una curiosidad prohibida se transformó en una noche donde los límites desaparecieron y el placer se convirtió en un juego de tres.
Al día siguiente, Margo estaba tan radiante y eufórica que salió a correr. Mi abuelo leía en el sofá y yo estaba tomándome el café de media mañana. Al despedirse, fue hasta Rafael a darle un pico, después, de camino a la salida, me dio a mí otro. Las manifestaciones públicas de la aventura entre Margo y mi abuelo, intuía, solo estaban comenzando. Después de comer, subí al estudio mientras ellos todavía miraban la tele.
Al rato, los escuché subir. Pasaron por delante de mi puerta. Iban de la mano. Mi abuelo no dijo nada, pero Margo detuvo un momento a mi abuelo para girarse hacia mí y decirme “vamos a acostarnos a su cuarto, cariño, trabaja mucho”. Mi esposa había utilizado el doble sentido de la palabra “acostarse” para decirme, delante de mi abuelo, que se iban a follar.
No cerraron la puerta tras ellos. Como el día anterior, hubo casi una hora de silencio antes de que empezase a escuchar nada sospechoso. Esta vez llegaba más ruido de su actividad. Escuché risas y cuchicheos, escuché movimiento en el colchón, sin ser todavía de coito. Cuando empecé a escuchar gemidos de Margo, no pude más y me levanté, procurando no hacer ruido. No me puse las zapatillas, sino que fui en calcetines, casi en cuclillas. La puerta estaba casi cerrada. En la habitación, habían dejado la persiana sin bajar del todo, por lo que entraba una suave claridad que permitía verlo todo. Lo primero que vi fue grotesco. El cuerpo desnudo de mi abuelo. Su culo en mi dirección. Estaba en cuatro, comiéndole el coño a mi esposa. Las alargadas piernas de ella apoyadas sobre su espalda. Las plantas de sus pies arrugadas, sus deditos contraídos de placer. Sus manos acariciaban la cabeza casi calva de mi abuelo. Gozaba desnuda, con los ojos cerrados, su pecho subía y bajaba, suspirando de placer.
Susurró a mi abuelo que se detuviese. Se giró y se puso a cuatro. “Métemela. La mujer de tu nieto quiere que la folles a cuatro y que te corras dentro de su coñito.” Mi abuelo enterró su cara en el culo que se le ofrecía. Dio un lametón desde el clítoris hasta el final de la raja del culo. Se levantó y se la metió poco a poco en el coño. Y empezó a meterla y sacarla. El coño de mi mujer chapoteaba. Sabía que se correría enseguida. Yo me masturbaba viéndoles. Mi mujer no se cortaba. Gemía a todo volumen. Cuando avisó a mi abuelo de que se corría, él bramó como un toro viejo, corriéndose dentro de ella. Escuchando el orgasmo de mi esposa, me corrí.
Se tumbaron abrazados, se besaron y cerraron los ojos plácidamente. Yo volví al estudio.
Al rato, escuché a alguien meterse en el baño. Y un poco después, apareció mi esposa en la puerta. Desnuda.
- Rafael se va a pegar una ducha. Hoy no ha sido capaz de un segundo asalto con tan poco tiempo de recuperación -se rió con algo de malicia.
Estaba despeinada, radiante, todo en ella señalaba que estaba recién follada. Se acercó a mí con movimientos sensuales.
- ¿Qué tal folla mi abuelo?
- Hmmm… como alguien que adora cada milímetro de tu piel. No sois muy distintos en eso, tampoco.
Acaricié sus caderas, su culo… la atraje hacia mi y besé su estómago. Con otra mano, acaricié su coño, estaba muy mojado.
- Todavía lo llevas dentro.
- Sí. Morboso ¿no crees? Ya me folla más que tú.
- Creía que venías a que te diese el segundo round en sustitución de mi abuelo.
Se divertía mucho con todo esto. Riendo, me respondió:
- No. Estoy pensando en poner orden en mi vagina. Si entra uno, no entra el otro. Ya veré. Hoy ya ha entrado tu abuelito. ¿Nos has visto? Conseguí que dejara la puerta abierta.
Tuve un sobresalto de terror. Imaginaba que estaba torturándome un poco y que nunca impondría realmente ese régimen, aunque hoy me lo iba a comer con patatas.
- Sí. Estás tan buena que disfruto viéndote hasta con otro. Pero lo de verle el culo desnudo a mi abuelo, lo siento cielo, nunca lo encajaré bien.
Me comió los morros y me dijo que me quería mucho. Después, dijo que tenía que ducharse y salió. Escuché que se metía en el baño, el agua de la ducha no llevaba casi nada corriendo, por lo que podrían bañarse juntos. No escuché nada sospechoso ni tardaron excesivamente. Cuando acabaron de ducharse, cada uno fue a su cuarto a cambiarse y después, bajaron al salón.
Durante la cena, estuvimos los tres de excelente humor.
Ellos dos brillaban con un aire especial. Su aventura sexual los hacía verse más guapos. Yo no podía evitar sentirme feliz si ellos lo estaban. Aunque mi rol estos días fuera casi de mero espectador. Después de cenar, nos fuimos al sofá como siempre. Y otra vez que mi mujer escogía mi regazo para sus pies y el de mi abuelo para la cabeza.
Como la otra noche, yo masajeaba sus pies y Rafael su cuero cabelludo. Ella estaba en la gloria. Pero esta vez no se quedó dormida. Con sus pies, empezó a palparme la polla por encima del pantalón de pijama, bajo la manta que cubría nuestros cuerpos. Con uno de sus pies hizo presión en el elástico de mi pantalón, tratando de bajarlo. Como no podía, yo mismo bajé mi pantalón y mi calzoncillo para que tuviera vía libre con mi polla. Estaba ahora como tantas noches mi abuelo. Ella me pajeaba entre los pies y yo, emulando a Rafael, le había empezado a acariciar las piernas y el culo.
Creí que todo seguiría así, masturbándonos mutuamente hasta corrernos, pero de repente, ella se giró. Ya no era tan cómodo para ella seguir con la paja con los pies. El sofá era pequeño y, con las piernas ligeramente encogidas, ya no era posible ese movimiento. Seguía teniendo sus pies sobre mis piernas, pero me quedaba sin diversión. No entendía el movimiento de mi esposa.
Ella no se quedó quieta. Ante mi perplejidad y la de mi abuelo, ahora que estaba de frente contra la barriga y vientre de él, con una mano empezó a sobarle la polla delante de su propia cara. Mi abuelo me miró, cortado. Tragó saliva. Pasando un dedo por el elástico de su pantalón, rompió el silencio: - Bájatelos. Mi abuelo me miró, como pidiendo permiso. Para mis adentros pensé: ¿llevas varios follándote a la esposa de tu nieto y ahora te entra el pudor? Igualmente, estaba excitado. Se rompía la barrera de discreción, que cada día había empezado a ser más frágil. Asentí con la cabeza, dándole permiso. Él entonces alzó ligeramente el culo, cuidadoso, ya que seguía con la cabeza de Margo en su regazo, y se bajó pantalón y calzoncillo, liberando su polla, ya erecta. Al volver a sentarse, su polla quedó sobre la cara de mi mujer, que sonreía traviesa.
Ella enseguida la atrapó con la mano y empezó a masturbarle. La polla de mi abuelo delante de las narices de mi mujer, que lo pajeaba acostada sobre nosotros, en el sofá. Toda la escena era a la vez muy familiar y a la vez la transgresión de un tabú enorme. Estaba en ello cuando miró hacia abajo, para encontrarse con mi mirada. Con los labios me dijo “te quiero”, y entonces subió ligeramente la polla hacia arriba y empezó a besar los huevos de mi abuelo. Después, a darle lametones, mientras pajeaba su polla. Y por fin, pasó su lengua por todo el tronco, hasta llegar al capullo, que engulló. Mi abuelo gimió:
- Ohhhhh… mi niña -y acarició su cabello, sin imponerle un ritmo, solo una muestra de cariño. Se giró hacia mí y me habló- lo siento mucho Toni. La quiero mucho y te quiero mucho a ti también. Espero que puedas quererme a pesar de todo.
Margo no se detuvo, seguía mamando con placer la polla de mi abuelo mientras él me hablaba.
- Está bien, abuelo. Yo también te quiero. Sabremos manejarlo. Ahora, disfruta de la boca de Margo, eres un viejo con mucha suerte.
Y, más tranquilo, cerró los ojos y disfrutó del sexo oral que le practicaba esa jovencita, esposa de su nieto. Ella se la sacó de la boca sin dejar de pajearle y también intervino:
- ¿Feliz? Debería castigarte, por haberte rallado tanto, sin dejar que te corras en mi boquita. El día que me la sacaste por eso, casi te mato.
- Margo, cariño mío, me harás tan feliz si dejas que eyacule en esa deliciosa boquita que tienes…
- ¿Qué opinas, Toni? ¿Le castigo o no?
Qué cabrona era. Me iba a obligar a darle el visto bueno a eso. Me iba a obligar a decirlo.
- No le puedes hacer eso a mi abuelo, mi amor. Deja que se corra en tu boca y trágatelo todo. Mira qué feliz está.
Total, estaba ya 100% dentro del juego. Aposté por la diversión. - Está bien, cielo. Me tragaré la leche de tu abuelito. Dale las gracias, Rafael. - Gracias, Toni, hijo mío. Y mi mujer se tragó su polla entera y comenzó a chupársela a un ritmo infernal. Mi abuelo no aguantó mucho más, enseguida bramó y le llenó su deliciosa boquita.
Margo todavía jugó, amorosa, con la polla de mi abuelo dentro de su boca, que iba perdiendo fuerza. Finalmente, se levantó, se desnudó y vino hacia mí. Me bajó los pantalones y me dijo:
- Ahora, el nieto. El amor de mi vida.
Y se sentó encima de mí. Ni qué decir tiene que, a esas alturas, estaba perfectamente duro. Se la introdujo ella misma y empezó a botar, mientras nos comíamos las lenguas. En los primeros momentos, todavía noté algo del semen aceitoso de mi abuelo. Procuré no pensarlo mucho y dejarme llevar. Mi abuelo se había acercado a mi lado. Acariciaba la pierna de Margo que tenía más cerca, su estómago, su pecho… ella, mientras subía y bajaba, se giró ligeramente para morrearse con mi abuelo. Yo no duraría mucho y quería conseguir que mi mujer se corriera conmigo dentro, así que empecé a frotar su clítoris con el dedo gordo de la mano mientras la ayudaba, con la otra mano en su precioso culo, con el movimiento de penetración.
Ella se apartó un momento de mi abuelo y volvió a besarme a mí. Estábamos, a través de mi esposa, intercambiando babas abuelo y nieto. Su respiración era ya más fuerte. Me pidió que siguiera, ya al límite. Volvió a girarse hacia Rafael y le agarró la cabeza con las manos, comiéndole los morros con ansia, mientras subía y bajaba encima de mí. Y así, follada por mí y besada por mi abuelo, empezó a correrse. Yo entonces me abandoné y liberé la excitación de todo el día dentro del acogedor coño de la cerda de mi esposa.
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