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Mi abuelo adora a mi mujer 9

Mientras el abuelo se retira a descansar, Margo se acerca a ti con una pregunta que define su felicidad: ¿continuar o detener? La noche promete revelaciones que van más allá de lo que tus oídos pueden soportar.

CMoriarty21K vistas9.5· 37 votos

De noche, mi abuelo subió a su cuarto nada más cenar. Al día siguiente, también estuvo especialmente huidizo. Salió él solo a hacer recados y, después de comer, dijo que se echaría la siesta en su habitación. Yo estaba preocupado. Ese comportamiento de mi abuelo, siendo quien se había beneficiado de mi mujer y quien lo había empezado todo, me hacía sentir culpable, como si hubiésemos sido mi mujer y yo quienes habíamos roto la normalidad familiar. Margo no parecía preocupada, sino entre cabreada y fastidiada. A ella le gustaban demasiado estas sesiones de sexo intergeneracional a espaldas de su marido. Después de comer, yo me había quedando trabajando en el estudio y Margo se iba a echar la siesta como siempre, pero tras un rato sola, la escuché aparecer en mi estudio. Se me acercó y se sentó en mi regazo.

- Mi amor -me besó-, ¿quieres que dejemos las travesuras aquí o quieres seguir compartiéndome con tu abuelo?

- Quiero lo que te haga más feliz. Le di un pico y la abracé, pero sentí que ella dudaba tras mis palabras.

- Mi niña… seré más concreto: hazlo. Me encanta sentirte así de radiante y poderosa. Desde que estamos en esto he descubierto otras partes de ti que me habrían cautivado de cero si no estuviese ya perdidamente enamorado de ti como estoy. Amo esa cabecita llena de ocurrencias. No estás sola en esto, te lo prometo. ¿Mejor?

Ella sonrió llena de felicidad. Los ojos brillantes. Me dijo que me amaba con locura, y que nunca lo dudase. Nos fundimos en un beso y se levantó.

- Voy a arreglar esto. A tu abuelo se le van a despejar todas las dudas.

Ante mi sorpresa, se empezó a desvestir. Pantalón de pijama, camiseta, bragas… y así, desnuda, salió del estudio, la escuché abrir una puerta y cerrar tras ella. Solo podía ser el cuarto de mi abuelo.

Durante más de una hora, no escuché nada. Lo primero que escuché fue el sonido de la cama chocando contra la pared. Lo siguiente, gemidos de mi esposa.

Llegaron al punto máximo y otra vez silencio. Escuché abrirse la puerta, alguien fue al baño, y volvió a entrar en la habitación. Justo después, otra persona fue al baño y lo mismo. Y otra vez silencio.

A ratos, escuché la risa de Margo. Entre una cosa y otra, iba pasando la tarde. Volví a sentir la cama moverse y otra vez mi mujer gimiendo. La escuché correrse y silencio de nuevo. Llevaban un rato en silencio cuando, al ver qué hora era, decidí ponerme a preparar la cena.

Ya casi lo había preparado todo cuando aparecieron los dos, vestidos y como si tal cosa. Mi mujer vino a mi, me abrazó y me besó. “Ya te contaré”, me susurró. Mi abuelo estaba de muy buen humor, silbaba y bromeaba. “Espera, Toni, que te ayudo con algo. Cómo huele, coño, han llegado a ti mis dotes en la cocina”, a lo que yo le respondí “abuelo, no me jodas, en esta casa nos apañamos, pero la que sabía cocinar bien era la abuela, y lo suyo me temo que no me llegó”, nos reímos los dos y le escuché suspirar de la que llevaba cubiertos a la mesa.

Después de cenar, volvimos a estar los tres en el sofá. Esta vez, Margo me pidió a mí el masaje en los pies, y acostó su cabeza en el regazo de mi abuelo, que masajeó su cuero cabelludo hasta que, entre mi masaje y el suyo, se quedó dormida.

- La querrás con locura.

Abrió conversación mi abuelo.

- Muchísimo, abuelo. Es única, sé que no hay mujer que me pudiera hacer más feliz.

- Es muy difícil querer bien a alguien. A lo largo de una relación se producen cambios en las personas que hay que saber encajar y acompañar. Las personas estamos en constante cambio y aprendizaje. Es difícil no sentirse intimidado a veces por esos cambios, o no sentir miedo porque la otra persona deje de ser compatible con nosotros.

- La clave es la comunicación sincera. Y tener la mente abierta a los cambios del otro. Hasta ahora, lo hemos hecho bien. Y espero que sea hasta así que nos muramos de viejecitos.

Mi abuelo asintió sonriendo. Acabábamos de hablar con eufemismos de si toleraba bien que estuviesen follando juntos, aunque todo lo que dijimos sobre las relaciones era absolutamente cierto para cualquier otro contexto.

Acabé despertando a Margo y nos fuimos a nuestra habitación. Tras haberse dormido durante casi una hora en el sofá, volvía a tener energías. Yo necesitaba que me contase lo que pasó esa tarde. Los detalles, más bien, ya que la esencia la había escuchado.

- Desnúdate -me ordenó. Ella se quedó vestida. Me hizo recostarme en la cama, el torso medio erguido, con ayuda de las almohadas. Ella se tumbó bocabajo, entre mis piernas. Sus piernas flexionadas, las plantas de sus pies desnudos mirando hacia mí, en movimientos relajados. Se apoyó sobre sus codos para quedar mirándome y empezó a contar.

Me dijo que entró desnuda en la habitación y que mi abuelo dormía. Se metió en la cama y se acomodó para quedar en cucharita con él. Ella misma acabó durmiéndose. Se despertó con sus caricias en el brazo. Cuando él percibió que se había despertado, le preguntó, en voz baja, cariñoso, “¿qué haces aquí, mi niña”. Ella le dijo que no le gustaba verle así, ocultándose de nosotros. Que le quería, que le queríamos mucho los dos, pero que ella, además, le necesitaba.

Ella no había perdido de vista mi polla, que nada más empezar a hablar ya había empezado a ponerse dura. Mientras hablaba, empezó a acariciar con un dedo mi polla. El tronco, la cabeza…

"Toni sabe que entré en tu cuarto desnuda, sabe que estoy aquí, contigo, en la cama, deja de vivir preocupado, disfruta de mí. Hoy puedes tenerme como quieras. No hay que disimular. Venga, quítate la ropa.” Él obedeció. Se tumbó bocarriba y ella le abrazó, apretándose contra él.

Le acarició el pecho peludo, la barriga, un poco el pene, que ya estaba duro, pero no se detuvo ahí. Siguió dándole caricias por las piernas, otra vez la barriga, el pecho, el cuello, la cara… se empezaron a besar. La mano de él la atraía hacia sí, acariciando su espalda. Pronto la bajó a su culo desnudo. Redondo, duro, bien formado. La mano de ella se detuvo más tiempo en su pene. También le acarició los huevos, y nuevamente su pene. “Quiero probarte, mi niña” y ella se tumbó sobre su espalda y se ofreció a él como un plato de comida deliciosa con voluntad propia.

Al llegar a este punto, en mi polla ya había gotitas de líquido preseminal. Ella, con un dedo, las cogió y se las llevó a la boca, volviéndome loco.

Él le lamió los pies, las piernas, el interior de los muslos, toda la vulva y, por fin, sus labios. Besó, lamió, sorbió, introdujo lengua y dedos… ella habría podido correrse así, pero mi abuelo ya no podía contenerse más y la penetró. En misionero. Mirándose a los ojos, besándose. Nunca habían podido follar así. Ella estalló, y él con ella.

Estuvieron abrazados hasta que él perdió completamente la erección. Se levantó al baño a mear y a limpiarse, y lo mismo hizo ella. Y volvieron a acostarse juntos. Ella de quedó adormilada sobre su pecho, pero no llegó a dormirse del todo. Volvieron a hablar, a bromear, hablaron un poco de mí, mi abuelo ya más desinhibido. Parecía creerse por fin que yo lo sabía y consentía. Hablaron de que yo tenía que haber oído la follada que le había pegado “el viejo tigre” a mi cervatilla. Rieron.

Margo pasó a agarrarme la polla y pajearme lentamente.

Siguieron así, charlando con complicidad, hasta que volvieron a comerse los morros. Luego, ella bajó hasta su polla y se la empezó a comer. Le acariciaba los huevos mientras le lamía y se tragaba su polla. Luego, le lamió las pelotas mientras le pajeaba. Él la detuvo. Quería volver a correrse dentro de ella. Margo lo montó. Mi abuelo se la comía con los ojos. Encendió la luz de la mesita para verla mejor. Sus poderosas caderas aprisionándolo, sus tetitas puntiagudas, su pelo suelto y su cara de leona.

Ella lo cabalgaba y él le acariciaba todo el cuerpo. Sus muslos, sus pechos, su estómago, su delicado cuello. También la ayudó con el movimiento agarrando sus hermosas nalgas. Finalmente, para ayudarla a llegar, le acarició el clítoris mientras ella movía sus caderas para meter y sacar su polla dentro de ella. Él se corrió sin poder evitarlo, ella acabó llegando mientras él ya había empezado a echar chorros de semen en su interior. Y volvieron a quedarse abrazados. Después, bajaron a cenar.

Al contarme esto (el segundo asalto), le dio velocidad a su paja, hasta que le dije que no podía más, entonces, ella se metió el capullo de mi polla en la boca y me pajeó hasta que estallé dentro de ella. Se lo tragó todo y siguió jugando con su lengua hasta que perdí la erección por completo, momento en que se la sacó y se alzó para besarme.

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