¿Sabés lo que se siente? (3)
Tres años después de que su mundo se derrumbara, Pablo creía haber cerrado el capítulo. Pero el destino, o quizás la simple casualidad de una sala de espera, le pone en el camino a una mujer que despierta en él lo que creía muerto. Sin embargo, cuando el placer se vuelve rutina, la pregunta inevitable surge: ¿es suficiente con lo que se puede dar, o el corazón ya no tiene espacio para más?
¿Sabés lo que se siente?
Tercera parte
Aceptación
Luego de llorar en el auto hasta que pude parar, arranqué y manejé un tiempo sin rumbo, sin saber dónde ir, y en verdad me daba lo mismo, luego de recorrer tantas cuadras vacías a esa hora de la madrugada, decidí buscar un hotel donde poder tirarme en una cama y quedarme allí hasta el lunes o martes, hasta que pudiera buscar un lugar para alquilar.
Fui a un hotel que está cerca de la Plaza Moreno, contraté una habitación hasta el martes en la mañana, ya vería luego si me quedaba más días.
Dejé mis cosas sobre la cama, me quité la ropa y me di un baño, lo necesitaba, el trabajo, las horas de ruta y la tensión de lo que había ocurrido en la que dejó de ser mi casa, me hacían sentir como si me hubieran dado una paliza entre cuatro.
Tan solo con el bóxer, me tiré en la cama y no pude dejar de pensar en lo ocurrido.
Visto lo visto, escuchado lo escuchado y ocurrido lo ocurrido con Julieta, ya no hay vuelta atrás, por decisiones, equivocadas o no según como ella las quiera ver, nuestra relación no tiene un camino de regreso, ya nada podrá volver a ser como fue, ni siquiera diferente, ya no puedo ver a esa mujer como la veía, ya no puedo confiar en ella como lo hacía, ya no puedo pensar en un futuro donde ella esté presente, ya no…
Y me toca aceptar esto, esto que me sorprendió, que no elegí, que no decidí, que me fue impuesto, y que me causa un dolor enorme, pero es lo que hay, es lo que me toca en este momento de mi vida, lo único que puedo hacer es tratar de aceptar que ya no estoy en su vida, como tampoco ella está en la mía.
*
Soledad
Ese fin de semana fue de esos que se tachan del almanaque, tan solo salí de la habitación del hotel para comer algo, ni ganas de nada tenía.
El lunes a primera hora, al llegar a la empresa, hablé con mi director, le conté mi situación, sin los detalles por supuesto, y le dije que necesitaba ausentarme unas horas para buscar un lugar para vivir, ya que había dejado mi casa.
Me dijo que no había problema, hice un par de cosas, respondí unos mail, firme unos documentos y busqué en internet algún departamento que se alquilara amueblado, encontré un par de alquiler temporario y a las nueve y media de la mañana, salí de la empresa para ir a verlos.
Tan solo vi el primero, de costo accesible, con un dormitorio, buena ubicación y todo lo necesario para vivir, y lo alquilé esa misma mañana por un mes.
Ahora tocaba avisarle a Julieta que iría a buscar todas mis cosas, y pensé en hacerlo el miércoles.
Volví a la empresa a cumplir con la jornada laboral, más las horas que había estado fuera, y antes de irme, le pedí a mi director el día miércoles para mudarme.
El martes por la mañana, a eso de las diez, llamé al estudio de Julieta, me atendió una chica y le pedí que le dejara un mensaje a Julieta de parte de Pablo, que iría el miércoles a las diez de la mañana, la chica quizás no haya entendido el mensaje, pero Julieta lo entendería.
El miércoles a las diez de la mañana estaba en la puerta de la que había sido mi casa, con varias bolsas y un par de cajas, solo quería que Julieta no estuviera, si llegara a estar, volvería en otro momento.
Abrí la puerta y el silencio me envolvió, todo estaba tal cual lo veía cada día, fui directamente a la habitación, abrí el placard y saqué toda mi ropa, dejándola sobre la cama, luego mis zapatillas y mis zapatos, fui al baño con una caja y guardé mis cosas de higiene, colonias, crema de afeitar y esas cosas.
Volví al dormitorio y guardé lo mejor que pude la ropa en las bolsas, y las fui llevando una a una junto a la puerta de entrada.
Pasé por la cocina y lo único que me llevé, fue una cuchilla que me había regalado un amigo hacía varios años, y por último, fui al estar, del que me llevaría mis libros, mis cd de música y un portarretratos con una foto de mis padres.
Guardé todo en una caja y al mirar hacia la mesa del comedor, vi un sobre con mi nombre, al abrirlo, reconocí la letra de Julieta, pero lo guardé en la caja, no era el momento ni el lugar, ni tenía las ganas de leer lo que había escrito.
Con todo ya cargado en el auto, en el último viaje, separé las llaves del departamento y antes de salir, las dejé sobre la mesa, junto con mi alianza de matrimonio, donde había encontrado la carta.
El solo gesto de quitarme la alianza, hizo que se me saltaran las lágrimas.
Ya con todas mis cosas en mi nueva casa, las que ya acomodaría, me senté en el sillón con una cerveza, el silencio me atormentaba, y por primera vez, y después de tantos años, me sentí solo.
Esa soledad a la que no estaba acostumbrado, que no es la soledad de estar sin otra persona, es la soledad de no tener a esa persona que ocupaba tantos momentos del día, esa persona con la que hablarías, a la que le contarías tus cosas, a la que escucharías y con la que harías mil planes, esa soledad… la soledad del alma.
*
Incertidumbre
Luego del revuelo mental y físico que significó dejar mi casa, dejar a la que hasta hacía unos días era mi esposa, la que fue mi rutina, llevarme mis cosas, y encarar una nueva vida, la que además, tenía que encarar luego de esa tremenda paliza del destino, me encontré sentado en mi auto, preguntándome, ¿y ahora qué?
En ese momento tan movilizante, tan inesperado, y nunca antes vivido, me llené de incertidumbre, una sensación que me abrumaba, de no tener en claro para donde salir, como seguir, en qué dirección poner el timón de mi barco, que en ese momento lo sentía a la deriva, en una terrible tormenta, con oscuros nubarrones, que no me dejaban pensar, que no me dejaban ver más allá de ese momento.
Esa sensación de incertidumbre se me juntó con otros sentimientos, que me hicieron tambalear como nunca antes en mi vida, al punto que en esos primeros tiempos, al alcohol fue mi fiel compañero, me anestesiaba la cabeza y casi borracho, me permitía dormir sin pensar en nada.
*
Silencio
Mi vida en esos días, era tan solo ir al trabajo y volver, hacer las compras y las cosas de la casa, cada tardecita, con una cerveza en la mano y sentado en el sillón, recordaba esa carta de Julieta que aún no había podido leer.
Ni siquiera miraba la tv o escuchaba la radio, me iba acostumbrando al silencio, al silencio de esa casa que no podía entender como mía, al silencio de no conversar con nadie, y a pesar de él, a no dejar de escuchar lo que mi cabeza y mi corazón me decían a cada momento.
Fue casi tres semanas después, que luego de la tercera cerveza sin haber comido nada, me levanté, algo mareado por cierto, abrí el cajón del mueble y saqué ese sobre.
Me senté en el sillón con él en la mano, y así estuve un buen rato, pero antes de abrirlo, fui a la heladera por otra cerveza más.
Imaginaba lo que allí podía encontrar, razones, explicaciones, culpa, pedido de perdón, por allí vendría la cosa seguramente.
Abrí el sobre y saqué esas hojas que dobladas al medio, estaban escritas de puño y letra por Julieta.
Sin comenzar a leerla, estuve un buen rato, decidiendo si la leería o no, pensando en si estaba en condiciones de hacerlo, de saber lo que en esas casi dos hojas, la mujer que más había amado en mi vida, me haría entender lo ocurrido o por el contrario, me sumiría en un dolor aún peor.
No sé si por lo casi borracho que estaba, por temor, o qué sé yo, pero no pude leerla, no en ese momento, y la volví a guardar.
*
Tristeza
Pasado un tiempo del shock, de la adrenalina que significó enterarme de que mi amada esposa, la mujer a la que le había entregado el corazón, me fue infiel con otro hombre, de la tensión del momento, de la sorpresa, el desconcierto, la decepción y mil sentimientos más, sumado al cambio de dirección que tomó mi vida, en la soledad de mi nueva casa, de mi nueva vida, aflora un sentimiento tan profundo, que mi vida se fue transformando.
Llegar a mi nueva casa, significaba muchas cosas, nada más ni nada menos, que una vida completamente diferente a la que estaba viviendo, a la que elegía cada día, mis horas bajo ese techo en nada se parecían a las que me había acostumbrado, no había a quien contarle mi día, mis problemas, mis aciertos, mis novedades, y eso me fue llenando de una tristeza que no podía imaginar, y mucho menos, manejar.
Salvo el trabajo, no tenía ganas de nada, muchos días, ni siquiera de cocinarme, comía cualquier cosa, o directamente no comía.
Mis amigos me insistían todo el tiempo en que tenía que salir, que así podría conocer gente, pasar buenos momentos, divertirme, incluso tener sexo con alguna mujer, sin compromisos, solían decirme, “para que recuerdes que seguís siendo un hombre”.
Pero nada me sacaba de eses estado, a esta edad, que la vida se trunque de esa manera, que el tren se detenga de repente, me dejó tan triste, que me costó muchos meses, entender que mi vida seguía su curso.
*
Cada vez que volvía a mi casa y me sentaba a tomar una cerveza, a mi mente volvía la dichosa carta, esa que semanas atrás no había podido leer, pero que sabía que tenía que hacerlo, después de todo, lo que me podría encontrar allí, no distaría mucho de lo que ya me había tocado escuchar esa fatídica noche.
Podría encontrarme con explicaciones, que pusieran un poco de luz sobre los hechos, pero también podría encontrar detalles o confesiones que me terminaran de enterrar en un pozo de tristeza y decepción.
Muchas veces he pensado en que Julieta, de haberlo querido, hubiera encontrado la forma de contactarse conmigo, por teléfono o simplemente en la puerta de mi empresa a la hora del ingreso, pero nunca lo había hecho y esa duda también me atormentaba, ¿por qué era entonces? ¿Porque no tenía cara para enfrentarme? ¿O sería porque ya quería terminar lo nuestro?, quizás el divorcio fue lo que buscaba, y aunque supongo que no fue la mejor forma de conseguirlo, así terminó sucediendo.
Enfrascado como tantas noches en mis cuestionamientos, ese viernes, cerveza mediante, volví a sacar el sobre del cajón del mueble, me senté en el sillón, saqué la venditas hojas y volví a mirarlas por un momento, hasta que por fin decidí leerlas.
Y esa carta decía:
“Pablo:
Fue maravillosa.
Sí, mi vida con vos fue maravillosa.
Y como no lo fui en su momento, seré completamente sincera esta vez, todo lo que leas aquí, será solo la verdad.
Inevitablemente en tan solo este par de días que han pasado, no he podido dejar de pensar, de recordar muchas cosas.
Cuando nos conocimos, sé que no te di ni pelota, yo estaba en otra, pero cuando te volví a ver, me pasaron muchas cosas, y necesité conocerte, sabía que había algo en vos y necesité descubrirlo.
Y lo que descubrí fue al mejor hombre que haya conocido jamás, fuiste lo mejor de me pasó, te lo juro por mi vida.
Un hombre con todas las letras, con las cosas muy claras, con buenos sentimientos, con un hermoso carácter, con un corazón enorme que siempre supe, me lo habías entregado a mí, y aunque quizás en este momento no puedas creerlo, el mejor amante que he tenido.
Muchas veces he hablado con mis amigas y compañeras de vos y de nuestra relación, y no hubo ninguna de ellas que no me dijera la suerte que tenía por tener un hombre así a mi lado.
Y sí, claro que tuve suerte, siempre me apoyaste, estuviste ahí en cada momento difícil, te ponías feliz por mis logros, me cuidaste, me acompañaste, me tuviste paciencia, y me diste mucho amor, y amor del bueno, y por sobre todo, hubo mucho pasión, sí Pablo, me hiciste sentir mujer como nadie en toda mi vida.
Pero ahora es donde te debés estar preguntando, ¿qué hiciste mal? ¿En qué fallaste? ¿Qué fue lo que no me diste?
Y la respuesta es en nada! Porque conmigo no hiciste nada mal, conmigo no fallaste nunca, y no hay nada que no me hayas dado, siempre sentí que me lo dabas todo, porque así sos vos, así siempre fuiste conmigo.
Entonces te preguntarás ¿qué fue lo que pasó?
Y eso tiene una sola respuesta y una sola responsable: YO!
A cada momento resuenan en mi cabeza todas esas cosas que me dijiste antes de irte, y hasta en ese momento fuiste un gran hombre, muchos otros en tu lugar me hubieran insultado hasta cansarse, me hubieran cagado a trompadas, a mí y a quien estaba conmigo, incluso cosas mucho peores, pero así sos vos. Un hombre de verdad!
Tan solo han pasado horas y sé que me arrepentiré toda mi vida de lo que hice, de lo que te hice. Todo cuanto hayas pensado y pienses de mí, tendrás razón.
No te merecías eso!
Por nada del mundo te merecías eso, vos no!
Te mentí mucho, te oculté muchas cosas, hice muchas cosas a tus espaldas, te traicioné, traicioné tu amor, traicioné nuestro matrimonio y la confianza que siempre me tuviste, no fui sincera, ni honesta, ni considerada, ni una mierda.
No podría, ni me atrevería a cuestionar tu decisión, sé que no merezco otra cosa.
Esa noche me pediste que no te explicara nada y te entendí, ¿Qué podía explicarte? Después de todo lo que habías escuchado, no había explicación posible.
Pero te vuelvo a repetir, en estas líneas estoy siendo sincera y te escribo con la verdad.
Y tuviste razón, la primera vez fue luego de esa fiesta, y no es que haya estado haciéndolo hasta esa hora, me costaba volver a casa después de lo que había hecho horas antes.
Me sentí admirada, adulada, deseada, hasta perseguida y no lo detuve, con el alcohol de esa noche no lo detuve, no me detuve, y no le echo la culpa al alcohol, porque en todo momento estuve consciente, la culpa fue mía, solo mía, y sí, en ese momento solo pensé en mí, y no medí las consecuencias.
Después de eso me sentí muy mal, estuve a punto de decírtelo varias veces, pero tuve miedo, no tuve el coraje de enfrentarte, me daba pavor el solo hecho de pensar en que pasara lo que finalmente terminó pasando.
La siguiente vez fue casi dos meses después, me había dicho a mi misma que no volvería a caer, pero caí, volví a caer, plenamente consciente de lo que hacía, pero quise verlo como una experiencia, justificándome en que era algo nuevo que no había vivido nunca, otra cosa... no sé…
Pero claramente no se puede justificar una infidelidad, no hay motivo que la justifique.
No salí a buscar fuera lo que no tenía en casa, porque en casa nunca me faltó nada, tan solo fue otra cosa, algo diferente, no sé… creo que ni yo me lo puedo explicar, me dejé llevar por esas sensaciones tan… superficiales si se quiere, distintas.
Y acá necesito hacer una aclaración, la cosa no fue por probar una más grande, porque no es así, o alguien que lo haciera mejor, porque tampoco, no era por comparación, eran dos cosas diferentes, dos sexos diferentes, y otra cosa también necesito aclarar, siempre supe que con esa persona no existiría nada, tan solo tendría eso, y lo que por desgracia tuviste que escuchar esa noche, no era más que cosas que decía para que él las escuchara, quizás te cueste creerlo después de todo, pero fue así, tan solo era para que su ego se quedara contento, tan solo un juego… no sé… por morbo…, pero a estas alturas supongo que da igual.
Otra aclaración que necesito hacer, es que nunca usé ese plug que me dio, ni le iba a permitir tener sexo anal conmigo, era, una… estrategia, llamémosle, para seguir teniéndolo pendiente de mí, y seguramente al leer esto te preguntaras, por qué lo seguí haciendo, y hoy te podría decir que… porque me hacía sentir no sé… importante, deseada… hasta irresistible te diría, pero no me detuve, cada vez me repetía que sería la última, pero no fue así, fueron siete veces.
Y seguramente te habrás preguntado qué hubiera pasado si no lo hubieras descubierto, y yo sabía que de tanto negarle el sexo anal, me terminaría dejando de lado y allí se acabaría todo.
Pero lo que sí le permití al él, ya lo supiste esa noche, y de eso también me arrepiento y me arrepentiré siempre.
No te mentí cada vez que te he dicho que te amo, aunque cueste creerlo, aunque para muchos, sabiendo la historia, sea una mentira, aunque piensen que a una persona a la que se ama no se le hace lo que yo te hice, te aseguro que sos y serás el hombre que estará siempre en mi corazón, en el que no habrá jamás, lugar para ningún otro.
Ni si quiera voy a pretender tu perdón, porque sé que no lo merezco, y te aseguro que cargaré con la culpa de haber traicionado, y de la peor manera, a un ser maravilloso como vos.
Lo único que podría, en algún punto redimirme, sería que encuentres la felicidad, que el dolor que te causé, en algún momento ya no exista, solo en ese momento, podré tener algo de paz.
Lo lamento y lo lamentaré siempre.
Julieta.”
Terminé de leer esa carta con lágrimas en los ojos, pero lo hecho, hecho estaba, no se puede volver el tiempo atrás y hacer las cosas de otra forma, si así fuera, el mundo no sería mundo.
Los días fueron pasando, las semanas, los meses, en octubre de ese año se terminó el divorcio, y esa fue la única vez que la volví a ver desde el día en que me había ido de casa.
Ella con su abogada y yo con el mío, los documentos redactados, tal cual se lo había dicho, daban cuenta de que la casa pasaría a su nombre, aunque su abogada me instó a dividir el único bien que teníamos, pero no acepté, era esa mi decisión.
Ese día tan solo nos vimos un momento, tan solo cruzamos nuestras miradas un efímero instante, el resto del tiempo permaneció con la mirada baja, y no cruzamos palabra alguna.
Había adelgazado, y su semblante era muy distinto al que conocí, su actitud retraída y con una mirada de tristeza.
No podría decir que no me afectó verla, días antes cuando supe la fecha de la audiencia, ese mismo día y los días que siguieron, estuve muy nervioso, con una sensación que no conocía, inquieto, me costaba dormir, casi no tenía hambre, y yo sabía muy bien lo que me tenía así, y era que aún la seguía amando, y volver a verla me había alterado.
Unas semanas después, tuve que ir a una escribanía a firmar la sesión de mi parte de la casa, pero en esa ocasión no coincidimos, y lo agradecí.
*
Pasaron poco más de tres años, en los que poco a poco fui levantando cabeza, sobre todo en esos primeros meses, pero luego entendí que mi vida debía continuar.
Habiendo asumido la situación, me fui acostumbrando a mi nueva vida, aunque muchas veces me encontraba pensando en Julieta, recordando muchas cosas, muchos momentos.
Era el mes de abril y tenía turno en el odontólogo, una o dos veces por año, me hacía un control, por si aparecía alguna caries, resolverlo antes de que se complicara.
En la sala de espera, una mujer también esperaba su turno, y estuvimos hablando de temas, digamos normales para una sala de espera, entre dos personas que no se conocen, del tiempo, de lo demorado que venían los turnos y cosas por el estilo, para nada trascendentales.
Cuando salió una señora del consultorio, fue el turno de esa mujer, y casi media hora después, el mío. Al salir del consultorio, esa mujer me saludó amablemente antes de que yo entrara.
El odontólogo no encontró ningún problema en mi boca, y quedé en volver a control en seis meses.
Al salir del consultorio, llovía torrencialmente, una cortina de agua y esa mujer, estaba bajo el pequeño alero metálico de la entrada, esperando conseguir un taxi.
Hablamos un momento y me ofrecí a llevarla, mi auto estaba a unos pocos metros.
Ya en el auto, me dio su dirección, su casa estaba a unas veintipocas cuadras y hacía allí me dirigí.
De camino nos presentamos, en la sala de espera no nos habíamos dicho ni nuestros nombres, y me contó que tenía el auto en el taller hasta dentro de dos días.
Al llegar a la casa de María, así su nombre, aún llovía a mares, me ofreció tomar unos mates y acepté, ¿por qué no?
Mientras mateábamos, conversamos un poco de nuestras vidas, de mi divorcio, aunque no le dije los motivos, del suyo, de mi trabajo en la empresa y del suyo como bioquímica.
Me contó también de su hija de diecinueve años, que al terminar la escuela secundaria se fue a vivir con su ex esposo a Buenos Aires y que allí está estudiando en la universidad.
La conversación fue tan amena y entretenida, hablando de diferentes cosas, que se hicieron las siete y media de la tarde, aún seguía lloviendo y María, me dijo que si no tenía planes, podía quedarme a cenar con ella, y acepté, después de todo nadie me esperaba en casa.
Luego de cenar y conversar, diciéndonos mutuamente que había sido muy agradable la velada, intercambiamos números de teléfono y antes de irme, le propuse que la siguiente vez, podría ser una cena en mi casa, el viernes o sábado siguiente.
Y así fue, el viernes de esa semana María cenó en casa, yo mismo cociné para los dos y volvimos a sentirnos muy cómodos.
Sin pensarlo, sin pretenderlo y sin buscarlo, me encontré cenando todas las semanas con una interesante mujer divorciada de treintaiocho años, con un buen cuerpo, buen carácter, interesantísima conversación, con la que me resultaba muy sencillo pasar buenos momentos.
Esas cenas se siguieron dando, una vez en mi casa y una en la suya, hasta que dos meses y medio después, una noche de viernes, luego de cenar, mientras conversábamos, café mediante en el sillón de su casa, y ante una química inocultable para ambos, se dio ese primer beso, que llevó a otro, y a otro más intenso, a las caricias y a su propuesta de quedarme en su casa esa noche.
Esa fue la primera vez que tuvimos sexo, y digo tuvimos sexo, porque no sentí que hiciera el amor con ella, nos atraíamos, nos gustábamos y disfrutábamos de nuestra compañía, de momento solo era eso, quizás hasta podría usar ese título de “amigos con derechos”.
El siguiente fin de semana, ella vino a casa y se quedó hasta el domingo por la noche, María resultó ser una mujer muy sexual, y pude comprobarlo ese fin de semana, en el que tuvimos sexo cuatro veces, algo desacostumbrado para mí a esta edad.
En el segundo asalto de ese sábado por la noche, me sorprendió haciéndome una mamada de infarto y tragándose todo mi semen, pero fue el fin de semana siguiente en su casa, cuando me preguntó si me gustaba el sexo anal, fui sincero con ella y le dije que nunca lo había practicado, que tan solo lo habíamos intentado con mi ex esposa, pero sin éxito. Y ese sábado en la noche, con algunas indicaciones suyas, se la metí por primera vez en el culo, dándome cuenta claramente no era su primera vez.
A esos fines de semana, en los que también salíamos a pasear o a cenar, se le fueron sumando algunos encuentros entre semana a tomar un café o para ir al cine.
Me sentía muy cómodo con ella, la pasábamos bien, el sexo era estupendo, pero unos meses después, empecé a notar en María, que a ella esa relación que teníamos, digamos, sin compromisos, le resultaba poco, con sutiles comentarios entendí que buscaba una relación más profunda, más comprometida, estable quizás, y sentí que necesitaba ser claro con ella.
Ese viernes en la noche, luego de cenar en casa, y mientras tomábamos un café, hablé con ella y le expliqué lo que me estaba pasando.
Le dije que desde que la conocía me pareció una hermosa mujer, con la que siempre me sentí muy a gusto, con la que el sexo era maravilloso, con la que me gustaba compartir tantas cosas, pero que en ese tiempo que llevábamos juntos, no me había enamorado de ella, y que entendía que ella necesitaba algo más de nuestra relación, que yo no podía darle.
No era mi intención hacerla sentir mal, nada de eso, pero me terminó confirmando que se estaba enamorando de mí, y que había llegado a imaginar una relación de pareja, incluso conviviendo.
La tomé de las manos y mirándola a los ojos le dije que era una mujer maravillosa, que de haberme enamorado, no hubiera dudado un segundo en tener una relación seria y estable con ella.
Hablamos por un buen rato, y entendí sus expectativas, al no vivir ya con su hija, se había planteado la posibilidad de volver a compartir la vida con alguien.
Esa noche, tuvimos sexo por última vez, a modo de despedida me dijo, y la entendí.
Seguimos en contacto, nos mensajeamos de vez en cuando o hablamos por teléfono, incluso cenamos algunos viernes en la noche, pero luego cada uno a su casa.
*
He comenzado a escribir esto en mis ratos libres, cuando tenía ganas, hace ya bastante tiempo, tenía los cuarenta y uno recién cumplidos cuando comencé a llenar de pensamientos este cuaderno, y si alguien me preguntara ¿por qué?, no sé si tendría una respuesta lógica para darle, pero a veces me da por pensar que lo hago tan solo porque estoy solo, lleno de recuerdos y porque no he podido dejar de pensar en ella, porque a pesar del tiempo que ha pasado, la sigo pensando y sigo extrañando la vida que tuvimos.
Pero luego vuelvo a mi realidad, a esta nueva vida en soledad, muchas veces pienso en que no debe ser nada fácil envejecer solo, sin una persona con la que compartir las horas, los días, los recuerdos, lo vivido.
Quizás si hubiéramos tenido un hijo, las cosas hubieran sido muy diferentes, incluso si no hubiéramos seguido juntos, un hijo sería razón suficiente para darle un profundo sentido a la vida.
No imagino que me depara el futuro, hoy tan solo puedo decir que vivo el día a día y por todo lo que arrastro, con pocas expectativas de que mi vida pueda volver a ser una buena vida, pero no me cierro, busco mirar al frente y cada mañana cuando me levanto, trato de ser optimista, de pensar en positivo... ¿me servirá?
Continuará…
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