Putos celos (3 de 3)
Manuel siempre quiso controlarla, pero esta vez Macarena decidió perder el control por completo. En el silencio de una oficina vacía, entre el riesgo de ser descubiertas y la adrenalina del secreto, la línea entre el deseo y la destrucción se difumina. Lo que comenzó como una escapada prohibida termina siendo el preludio de un final irreversible.
No podía creer lo que estaba pasando; mi mundo se estaba desmoronando delante de mis ojos. Ese maldito comercial de medio pelo le había lavado la cabeza a Macarena… tenía que ser eso.
— ¿Sabes qué, Manu? —dijo Maca, mirándome con frialdad—. Al día siguiente de esa primera vez… te portaste aún peor.
— Pero…
Antes de que pudiera contestar, Paulo soltó una carcajada irónica, y me giré hacia él, incapaz de contener la rabia.
— ¡Tú, cállate de una puta vez! ¡Ni siquiera deberías estar aquí! —le espeté, y justo cuando iba a abalanzarme sobre él, Maca me detuvo.
— ¡Ya basta, Manuel! —me gritó, con la voz temblando y los ojos húmedos—. Todo esto es culpa tuya, ¿entiendes? Le pedí que subiera a buscarme si tardaba. Eres un fracasado, celoso y manipulador. Siempre has querido controlarme como si fuera tuya, como si te perteneciera.
La miré, aturdido, pero ella continuó, sin mostrar una pizca de compasión por la persona con la que había compartido años. Sentía cómo la tensión me consumía; mis dientes rechinaban de un lado a otro, y no podía controlarlo.
— Al día siguiente, después de todo lo que pasó, comencé a ver las cosas claras. Fue gracias a ti y a cómo te comportaste.
A la mañana siguiente, después de haber dormido apenas unas horas, me levanté con una sensación de peso en los párpados que apenas me dejaba abrir los ojos. El sueño había sido escaso y poco reparador, y la culpa me envolvía como una sombra densa que parecía adherirse a cada uno de mis pensamientos.
Me metí en la ducha, dejando que el agua caliente cayera sobre mí, recorriendo cada rincón de mi cuerpo y arrastrando consigo los restos de la pasión de la noche anterior. Mientras el agua me envolvía, traté de convencerme de que no tenía sentido contárselo a Manuel. Solo había pasado una vez; no era tan grave, ¿verdad? Necesitaba desahogarme, eso era todo. No tenía por qué convertirse en algo más.
Cuando terminé, me vestí con la misma atención de siempre, arreglándome casi por inercia: una blusa sin mangas de un azul oscuro que caía ligera sobre mi torso, combinada con unos pantalones negros ajustados que me daban un aire elegante, aunque cómodo. Como toque final, elegí los tacones negros que había llevado la noche anterior para salir a cenar con Paulo. Luego bajé al comedor a desayunar, sintiendo cómo esa falta de sueño y culpabilidad pesaban más con cada paso.
Me serví un desayuno ligero, aunque apenas tenía apetito. Cada bocado era una pequeña batalla, pues sentía algún dolor en casi cada parte de mi cuerpo. Notaba los músculos tensos y adoloridos, y sobre todo, un dolor persistente en la entrepierna. “Todo por culpa de mi apuesto compañero de ventas”, pensé, mientras intentaba ignorar la punzada que acompañaba cada movimiento.
No pasó mucho tiempo antes de que me encontrara con mis compañeras en la sala de desayunos. Me saludaron con entusiasmo, aunque de inmediato una de ellas me miró con atención.
— Menuda cara traes, ¿mala noche? —me preguntó, arqueando una ceja.
Asentí, intentando restarle importancia.
— Sí, no he dormido bien —respondí, forzando una sonrisa.
— Pues recupérate, que esta noche hay fiesta y no se aceptan excusas —me dijo una de ellas con una sonrisa cómplice—. Van a montar una barbacoa enorme en el jardín después de las charlas, con barra libre y todo.
Mis compañeras compartieron miradas de entusiasmo, pero yo solo asentí, tratando de parecer animada. Por dentro, no tenía ninguna gana de quedarme; solo quería descansar en la cama. Tenía claro que hoy hablaría con Paulo. Esto no podía repetirse.
No tardamos en llegar a las oficinas centrales, un edificio impresionante de líneas modernas y paredes de cristal que reflejaban el cielo azul. Los taxis nos dejaron en la entrada principal, justo frente a un amplio espacio exterior que se abría hacia un gran jardín verde, ideal para una celebración al aire libre. Era fácil imaginar que ese día habría sitio para cientos de personas allí, con espacio de sobra para montar una barbacoa enorme y disfrutar del entorno.
Mientras caminaba hacia la entrada, no pude evitar sentir una punzada de orgullo. Estar en las oficinas de una empresa tan importante como esta me hacía sentir que mi carrera iba en la dirección correcta. Había trabajado duro para llegar hasta aquí, y sabía que mis oportunidades solo mejorarían a partir de ahora. Sin embargo, un pequeño pensamiento me turbaba: me gustaría que Manuel también estuviera avanzando profesionalmente, que compartiera este mismo orgullo conmigo. Pero él no daba para más; no tenía aspiraciones más allá de su puesto de currito. Tal vez, si ambos crecíamos en nuestros trabajos, nuestra relación también se fortalecería.
El interior del edificio era igual de impactante, había varias salas y todas repetían el mismo patrón: un vestíbulo amplio y luminoso con un techo abovedado de cristal que dejaba entrar la luz natural, iluminando cada rincón. Las plantas superiores se alineaban en balcones que daban a ese espacio central, el lugar donde se harían las presentaciones, formando un entorno abierto y diáfano. A través de las paredes de cristal, se podía ver cómo el personal de la empresa se movía de un lado a otro, preparando los detalles para la celebración de esa noche. Apenas alcanzaba a distinguir a las personas que trabajaban en la última planta; el edificio era, sin duda, enorme.
Todo el lugar respiraba elegancia y modernidad, y el ambiente ya comenzaba a llenarse de una emoción contenida, como el preludio de una gran fiesta que estaba a punto de empezar.
Justo cuando empezaba a relajarme y a disfrutar del lugar, el teléfono comenzó a vibrar en mi bolso. Miré la pantalla y suspiré: era Manuel. A regañadientes, contesté la llamada.
— Hola, Manu —dije, esforzándome por sonar tranquila.
— Maca… —Su tono era serio, y podía imaginarlo frunciendo el ceño, como siempre que estaba a punto de recriminarme algo—. Mira, siento lo de ayer, ¿vale? No debí alterarme, pero… es que ya sabes cómo me pongo cuando no sé dónde estás.
— Sí, bueno… yo también lo siento —respondí, intentando mantener la calma—. Fue un día muy largo y estresante, y estaba cansada. No debí hablarte así… no te lo merecías.
Silencio. Pensé que, por fin, podríamos despedirnos en paz, pero entonces, su voz volvió a sonar, cargada de esa inseguridad disfrazada de preocupación.
— Y… esta noche, ¿qué harás? ¿Vas a volver al hotel o…?
Cerré los ojos, sintiendo una punzada de frustración. "¿Es que nunca se cansa de lo mismo?", me dije, maldiciéndolo por dentro. Traté de responder con paciencia, aunque me costaba horrores.
— Tengo que quedarme en la fiesta de la empresa, Manuel. Es parte del evento —respondí, apretando los dientes.
— ¿Ah, sí? —su voz cambió, volviéndose más cortante—. ¿Y hasta qué hora, exactamente, tienes que quedarte? Porque podrías volver al hotel temprano, ¿no?
La rabia comenzó a subir por mi pecho, pero respiré hondo, así no conseguiría nada.
— No voy a quedarme mucho tiempo, solo un rato. —Intenté sonar despreocupada, como si no me importara. Todo lo que quería era que se callara y me dejara en paz, al menos esta noche.
— "Un rato", claro… —murmuró él, casi en un susurro, como si hablara consigo mismo, aunque sabía bien que quería que lo escuchara—. Porque, ya sabes, Maca, no entiendo por qué necesitas quedarte "solo un rato" en una fiesta de empresa.
Siempre con lo mismo, da igual las veces que me dijera que iba a cambiar. Promesas vacías que escuché en cumpleaños de amigas, comidas familiares e incluso en esas cenas de empresa donde me dejaba la piel para intentar ascender. Intentando mantener la compostura, respondí con voz calmada, aunque por dentro solo quería acabar la llamada.
— Mira, Manuel, ya hablaremos luego, ¿vale? Ahora tengo que seguir preparando cosas aquí. —Era mentira, pero cualquier excusa era buena para terminar la conversación y no escuchar más de sus paranoias.
Hubo un silencio al otro lado de la línea, y pude imaginarlo molesto por no tener una respuesta más detallada. Antes de que pudiera decir algo más, colgué, sin darle tiempo a replicar.
Suspiré aliviada, sintiendo cómo la tensión en mis hombros comenzaba a disiparse. Sin pensarlo mucho, saqué el teléfono nuevamente y busqué el contacto de Paulo. Dudé un segundo antes de escribirle, pero sabía que debía zanjar el tema.
“Paulo, tenemos que hablar de lo que pasó anoche.”
Apreté enviar y, casi de inmediato, vi que estaba escribiendo una respuesta. No tardó en llegar.
“Claro, Maca. Aún tenemos un tema pendiente. No quiero malos rollos… y menos con una compañera como tú 😉.”
Sentí una mezcla de alivio y nerviosismo. Era necesario aclarar el tema de anoche, pero también era consciente de que la situación con él era mucho más complicada de lo que me gustaría admitir.
Después de comer, nos dirigimos todos juntos a una de las amplias salas adjuntas al comedor, preparada para las presentaciones. Había filas de asientos para acomodar a todos los empleados de las diferentes delegaciones, y una gran pantalla al frente, lista para las proyecciones.
Las presentaciones comenzaron puntuales, cada departamento exponiendo los logros y objetivos alcanzados en el último año. Era una especie de resumen de todo el trabajo realizado, y cada equipo parecía querer dar lo mejor de sí, mostrando con orgullo sus resultados. Delegaciones de distintas partes del país se turnaban para hablar de sus proyectos, sus retos y sus éxitos. Los murmullos de aprobación y los aplausos se sucedían tras cada intervención, y la energía en la sala era contagiosa.
Cuando le tocó el turno a nuestro equipo de ventas, Paulo se levantó y subió al frente para hablar en nombre de la delegación. Su presentación fue impecable: con seguridad y carisma, explicó las estrategias que habían implementado y cómo habían superado los objetivos. Su voz resonaba clara y firme, captando la atención de todos en la sala. Al mirar a su alrededor, pude ver la satisfacción en los rostros de sus compañeros. Estaba claro que se sentían orgullosos de él.
Yo también sentí una punzada de admiración… y algo más. Sin darme cuenta, suspiré al recordar la noche anterior, la intensidad de aquellos momentos. Pero inmediatamente aparté esos pensamientos, obligándome a concentrarme. Sabía que lo que había hecho estaba mal, que no había excusas. No podía permitirme caer de nuevo en esa debilidad.
Mientras Paulo concluía su intervención, sentí una mezcla de orgullo y de culpa enredándose en mi interior. Aplaudí junto con los demás, aunque mi mente estaba lejos de aquella sala.
Las horas después de las presentaciones transcurrieron en relativa calma. Mi novio no había escrito en todo ese tiempo, lo que casi me hacía pensar que, al fin, estaba dispuesto a darme un respiro. Pero fue solo un espejismo.
Justo cuando comenzaban a servir el catering de la tarde, mientras los empleados se dispersaban para disfrutar de la comida y socializar, el móvil vibró en mi bolso. Un mensaje de él, de nuevo. Resoplé, anticipando otra de sus preguntas de control, pero lo que encontré al abrir el mensaje fue mucho peor.
“¿Estás con alguien? ¿Con otro? ¿Con aquel moreno del que me hablaste? Seguro que estás rodeada de tipos que te miran, y a ti te encanta. Lo sé, no lo puedes negar, joder. Ya ni siquiera me contestas. ¿Es que ya no me quieres?”
Otro mensaje llegó al instante, luego otro. Cada uno más desesperado y paranoico que el anterior; era patético. Las palabras se sucedían en la pantalla, cargadas de celos y reproches, cada línea más enfermiza, como si estuviera convencido de que en cualquier momento lo iba a traicionar. Lo más triste fue que esa actitud suya, tan asfixiante, fue precisamente la que me hizo caer ayer. O quizás no, ya no estoy segura. Estoy hecha un lío, para qué engañarme.
Sentí cómo la rabia me empezaba a subir desde el estómago hasta la garganta. Mis manos temblaban al apretar el móvil, y noté un sabor amargo de pura indignación en mi boca. Harta de esa actitud, sin poder aguantarlo más, le llamé y, cuando contestó, solté todo lo que llevaba dentro.
— ¡Basta ya, Manuel! —le solté, sin intentar siquiera esconder mi enfado—. ¿Qué te pasa? ¿De verdad piensas que voy a engañarte a la mínima que no estás conmigo? Estoy en un viaje de trabajo, TRA-BA-JO, ¿qué parte de eso no entiendes? Si sigues así, es que no tienes remedio, y sinceramente, no sé si puedo seguir con alguien que no confía en mí.
Hubo un silencio tenso al otro lado, pero no le di tiempo a responder.
— Estoy cansada de tus inseguridades. Hasta mañana, no quiero saber nada más de ti por hoy.
Colgué antes de que pudiera decir una sola palabra y, furiosa, apagué el teléfono. Lo guardé en mi bolso con una mezcla de rabia y alivio. Los temblores en mis manos continuaban, y sentía el regusto de la bilis subiéndome por la garganta. Intenté respirar hondo para calmarme, pero la sensación de asfixia y el cabreo parecían no querer irse tan fácil.
Pasé la tarde charlando y bebiendo con mis compañeras en las mesas del jardín, donde habían colocado varios stands con chefs que preparaban y servían todo tipo de platos para la barbacoa. El olor a carne asada y verduras a la parrilla llenaba el aire, y las charlas, mezcladas con el ambiente relajado, me envolvían en una calidez que hacía tiempo no sentía. Las copas y el ambiente soltaban las risas, y por fin me permití olvidarme un poco de los problemas. Estaba en ese punto en el que el alcohol me hacía sentir ligera y despreocupada, dejándome llevar sin darle tantas vueltas a las cosas.
Más avanzada la tarde, mientras mis compañeras seguían riendo y hablando sin parar, apareció Paulo. Se acercó con una sonrisa amable y, con tono educado, me preguntó:
— ¿Quieres hablar ahora?
El contraste entre su actitud tranquila y la de Manuel me golpeó de lleno. Paulo me miraba con genuino interés y paciencia, sin presionarme ni invadir mi espacio, y me di cuenta de cuánto apreciaba ese respiro. Pero antes de que pudiera responder, mis compañeras, envalentonadas por las copas, comenzaron a empujarme hacia él entre risas y bromas.
— ¡Venga, no te hagas de rogar! —dijo una de ellas entre carcajadas.
Otra, con una mirada cómplice y jocosa, se dirigió a Paulo, advirtiéndole entre risas:
— Pero vigila, ¿eh? Que nuestra Maca tiene novio y, como intentes algo, te pasa por el cuchillo.
Las risas se intensificaron mientras yo, sin poder evitar sonrojarme, lo miraba, quien mantenía ese semblante calmado, esperando a que el alboroto pasara. La sensación de ligereza volvió, pero también el nerviosismo por lo que estaba a punto de suceder.
Paulo me tomó suavemente del hombro y, dirigiéndose a mis compañeras con una sonrisa amable, respondió:
— Yo nunca incomodaría a una mujer… y menos a alguien como Macarena.
La respuesta provocó una oleada de risas y cuchicheos entre mis compañeras, quienes nos lanzaron miradas cómplices y algunas risitas mientras él y yo comenzábamos a alejarnos.
— ¿A dónde vamos? —pregunté, volviendo la vista hacia él, sin poder evitar sonrojarme ligeramente.
— A un lugar con un poco de intimidad —respondió con tranquilidad, guiándome hacia el interior del edificio.
Entramos y subimos en el ascensor hasta la última planta. Con la celebración en marcha, el edificio estaba prácticamente desierto, y el silencio de los pasillos vacíos nos envolvía. Había algo casi tranquilizador en el contraste con el bullicio que quedaba a la vista a través de las paredes de cristal.
Paulo me condujo hasta una sala de reuniones y cerró la puerta tras nosotros. Era un espacio sencillo, con paredes de cristal que dejaban ver tanto el área de presentaciones como el ascensor por el que habíamos subido. En el centro había una mesa redonda con cuatro sillas alrededor, y una gran pantalla de televisión en una de las paredes, lista para conectar portátiles y proyectar presentaciones.
Nos quedamos de pie, el uno frente al otro, y sentí una ligera tensión en el aire. El ambiente de la pequeña sala parecía aislar cada palabra, y aunque sabía que era necesario hablar, no pude evitar que mi mente se desviara, por un instante, hacia la noche anterior.
El efecto del alcohol empezaba a hacer que me sintiera un poco más audaz y desenfadada de lo habitual. Lo miré a los ojos, y a esos labios que me parecían tan sexys, y sin pensarlo, presioné con firmeza mi dedo índice en su pecho.
— Te aprovechaste de mí —le solté, mi voz cargada de acusación.
Paulo se rió, de una manera provocativa que solo consiguió aumentar mi irritación, y se inclinó hacia mí, acercando su cara tanto que pude sentir su fragancia fuerte y embriagadora, esa mezcla de perfume y calor masculino que parecía envolverlo.
— Yo no lo recuerdo así —respondió, levantando una ceja y bajando ligeramente la cabeza.
Lo miré, notando que mi corazón bombeaba con fuerza y otra cosa que no podía identificar del todo. Me acerqué un poco más, acortando la distancia entre nosotros hasta que estábamos frente a frente, y le respondí:
— Nunca… voy a confiar en ti de nuevo —dije, arrastrando un poco las palabras por todo lo que había tomado, aunque el tono de mi voz delataba una vacilación que no lograba esconder.
— No te mentí en ningún momento, Maca. Todo lo que te dije anoche era cierto. Todo —susurró él, con esa voz grave que parecía resonar en el minúsculo espacio donde nos encontrábamos.
Una sensación de calor comenzó a recorrerme por dentro, y la mezcla de rabia, tensión y deseo se volvía cada vez más palpable. Me sentía casi como flotando, envuelta en una nube de emociones y alcohol. Antes de darme cuenta de lo que hacía, me incliné hacia él y lo besé, un beso apasionado y profundo, como si hubiera estado esperando ese momento todo el día.
Nos perdimos en ese beso, mientras mis manos recorrían su torso, sus hombros y su espalda, sintiendo cada músculo bajo mis dedos. Nos dejamos llevar por un rato, sin pensar en nada más que en ese instante.
Finalmente, nos separamos, y me quedé mirándolo, totalmente extasiada, el pulso acelerado y el cuerpo ardiendo. No tenía idea de por qué lo había hecho; simplemente me había dejado llevar por el momento, como si mi cuerpo hubiera actuado solo, sin necesidad de pensar.
Me incliné para darle otro beso, pero me detuvo, sujetándome suavemente por los hombros.
— No —murmuró, mirándome con una mezcla de firmeza y desafío—. Quiero que te arrodilles.
Sentí cómo el calor de la vergüenza me subía por el cuello, y me negué, intentando apartarme. Pero él mantuvo su agarre, más firme esta vez, y bajó la voz mientras pronunciaba con determinación:
— Esto es aprovecharse, Maca. Quiero que te arrodilles —pronunció, con un cambio radical en el tono de su voz.
Su mirada no se apartaba de la mía, y en sus ojos ardía un fuego que quería consumirlo todo, que amenazaba con quemarme en él. Esa intensidad me desarmaba, dejándome atrapada entre la rebeldía y una atracción que me arrastraba al borde de una decisión.
— Estás loco… —susurré, con el corazón a punto de salirse de mi pecho—. Puede venir alguien en cualquier momento.
Él simplemente se encogió de hombros.
— Me da igual. O te arrodillas, o me voy.
La firmeza en sus palabras hizo que mi mente girara entre el alcohol, la excitación, y el cabreo acumulado tras la discusión con Manuel. Tragué saliva, notando cómo me faltaba el aire por la tensión del momento. Finalmente, dejándome llevar por esa mezcla de emociones, bajé la mirada y obedecí, arrodillándome lentamente. Sentí la moqueta del suelo raspando mis rodillas, y alcé la vista para mirarlo desde allí, notando cómo su figura parecía imponerse desde esa perspectiva.
Paulo se bajó los pantalones, liberando su monstruosa polla. La cual, aún sin estar erecta del todo, intimidaba. El olor masculino se volvió aún más intenso, impregnando mis fosas nasales. Me quedé sin aliento y noté cómo el ardor entre mis piernas se intensificaba peligrosamente.
— Agárrala —dijo de manera autoritaria, con una expresión que dejaba claro cuánto disfrutaba del momento.
Obedecí como una autómata, lo rodeé con ambas manos, y comencé a pajearlo despacio, sintiendo cómo se iba endureciendo y agrandando por momentos. Estaba al rojo vivo, y yo me sentía igual.
— Nos pueden pillar en cualquier momento… —musité, con la voz temblorosa por la excitación de hacer algo así en medio de la oficina, sabiendo que en cualquier instante alguien podría pillarnos.
Pero, a pesar de mis palabras, no me detuve. Mantenía el ritmo de la masturbación, con la mirada fija en él, atrapada entre la adrenalina de la situación y esa extraña mezcla de desafío y atracción que me hacía imposible apartarme.
Y dio igual, ignoró mis palabras.
— Ahora chúpala —me ordenó de manera terminante. Tragué saliva y saqué la lengua, pasandola por el rabo, notando un sabor salado y ligeramente amargo.
Comencé a comerle la polla sin apartar la vista de sus ojos, y pude ver la satisfacción dibujada en su cara. Daba pasadas por toda la extensión del tronco, y cuando subía, me metía el oscuro glande en la boca. Lo rodeaba con la lengua, sin dejar de pajearle, sintiendo como el calor en esa pequeña sala era infernal.
Paulo colocó su mano en mi cabeza, guiando mis movimientos con fuerza, mientras una sonrisa malévola se dibujaba en su rostro.
— Has sido una chica muy mala —murmuró, agarrándome de las tetas y haciendo que saltasen chispas de placer al contacto—. Esto sí es aprovecharme de ti.
Se me escapó un grito cuando me empujó la cabeza con brusquedad hacia su pelvis, llenándome la boca de rabo. Comenzó a follarme la cabeza, moviéndome la cabeza como si fuera un trapo, sin importarle hacerme daño.
Cuando me retiré para tragar aire, dejé caer un reguero de babas sobre la moqueta. Respiraba entrecortadamente, solo quería continuar con esto, no podía pensar en nada más que volver a tenerla dentro de mi.
Le agarré la polla de nuevo y me la tragué de golpe, sintiendo como aplastaba las venas con las manos. No llegué a más de la mitad, era demasiado gruesa para hacerlo sin desencajar la mandíbula. Repetí el proceso varias veces más, hasta que me separé, sin poder aguantar más.
Me agarró con ambas manos de la cabeza, sin ningún rastro de la delicadeza mostrada antes de subir, y comenzó a follarme de manera salvaje la boca. Sin poder evitarlo, se me llenaron los ojos de lágrimas ante las arcadas que me estaban viniendo, y Paulo gimió con tanta intensidad al verlo que pensaba que en cualquier momento nos iban a pillar.
— Parece que esta boca sabe hacer algo más que mentir e ir de víctima —dijo, apartándose y dejándome recuperar el aliento..
El fuego en nuestras miradas era tan intenso que parecía capaz de provocar un incendio en las instalaciones. Paulo se inclinó, con los ojos entrecerrados, y preguntó en un susurro:
— Y ahora… dime, ¿qué es lo que quieres? ¿Qué es lo que crees que te mereces?
Me levanté lentamente, aún sintiendo mi respiración acelerada y con las babas corriendo por mi barbilla. Sabía que estaba completamente rendida ante él, sin defensas. Me daba igual que nos pillasen, solo quería disfrutar del mismo placer que la noche anterior. Bajé mis pantalones, enseñando mi empapado tanga, como si fuera la muestra definitiva de lo que quería.
— Quiero que me folles.
Paulo se inclinó y rozó con suavidad sus labios contra los míos. Del punto de contacto salieron llamas de lo calientes que estábamos. Estaba jadeando, necesitaba sentirlo ya. Él pareció notarlo, ya que me bajó el pantalón hasta los tobillos y me colocó contra la pared de cristal y, de un golpe seco, arrancó mi tanga.
— Ábrete de piernas —ordena de nuevo. Y yo lo único que quería era decirle que me la metiera ya.
Pero obedecí, colocando las palmas de las manos contra el cristal. Desde allí, aún podía ver a la gente en la fiesta de abajo, y eso me excitaba aún más. Notaba un fuego arder en el pecho al abrirme así para él. Es tan degradante que me moría por continuar.
Sus manos se aferraron a mis caderas, separando con los pulgares mis glúteos, haciéndome daño. Sentí como la colocó en la entrada de mi coño y, de un golpe de cadera, me metió la polla hasta donde pudo.
Me retorcí de dolor, doblándome sobre mi misma, pero Paulo me agarró del pelo como la noche anterior, susurrándome al oído.
— Te pienso follar hasta que te corras, y después haré lo mismo en esa boquita tan sucia que tienes.
Sentía el cuerpo a punto de estallar, con tanta presión en el coño que en cualquier momento se me iba a desgarrar. Se retiraba, dejando solo la punta dentro, para volver a metérmela hasta el fondo. Gemía sin poder controlarme, mordiéndome el labio tratando de no hacer ruido, pero cada vez era más complicado.
Me la introducía con tanta fuerza, llenando la sala del sonido de su cuerpo chocar contra mi culo. Una y otra vez. Y otra vez. Y otra vez. Hasta que mi cuerpo se comenzó a acostumbrarse a esa sensación.
Me cegaba el placer, envolviéndome en una sensación casi abrumadora. Era un placer prohibido, de esos que sabías que nunca debías experimentar, y que, sin embargo, hacían que todo el cuerpo ardiera por dentro.
El sonido cada vez era más escandaloso, estaba segura de que dejaría las marcas de las palmas de las manos marcadas en el cristal. Apreté los dientes, tratando de que los gemidos no escapasen, sin mucho éxito. No pude contener un gemido embarazoso al sentir como algo dentro de mí estaba a punto de explotar
— ¡Dios! —vociferé, dejando caer la cabeza hacia delante y apoyándola en el cristal.
Sin darme tiempo a recuperarme, se apartó y me empujó con agresividad de los hombros, llevándome de nuevo al suelo, cayendo sobre el tapiz gris.
— ¿Te vas a tragar mi semen como una buena chica? ¿O te voy a tener que obligar? —preguntó sin pudor ninguno, masturbándose frenéticamente delante de mi cara.
No respondí. Solo engullí su rabo y continué con la mamada que había dejado a medias. Notaba el sabor de mi propio coño en esa polla, apestaba a él, y a mi me encantó. Hundía la cabeza y tragaba hasta donde podía, al mismo tiempo que le miraba. Él me contemplaba con una sonrisa torcida y lasciva, digna de un loco.
Comenzó a bufar como un animal salvaje, gruñendo de placer. Aceleró el movimiento de las caderas y volvió a agarrarme con las dos manos de la cabeza. Use una mano para rodear el extremo que no llegaba a cubrir con la boca y, con la otra mano, le masajeaba los testículos.
Paulo gimió con tanta fuerza, que sentí los cristales temblar. Recibí innumerables disparos en la boca, corriéndose de manera copiosa, hasta el punto en que sentí que no podía aguantar más. Pero entonces, no me dejó escupir; me obligó a tragármelo.
Lo hice, y el sabor amargo de su esperma me dio escalofríos. Dejé mis brazos caer y me apoyé en el suelo, completamente exhausta.
Se subió el pantalón con calma, ajustándolo sin apartar la vista de mí. Me lanzó una última mirada y, con un tono seco, dijo:
— Ya volveremos a hablar.
Sin esperar respuesta, se dio la vuelta y desapareció, dejándome sola en aquella sala desierta. El sonido de la puerta cerrándose resonó en el espacio silencioso, y de repente me encontré arrodillada en el suelo, con los pantalones bajados hasta los tobillos y la ropa interior rota a un lado.
Me arreglé como pude y, finalmente, salí de allí también.
Al regresar con mis compañeras intenté actuar como si nada hubiera pasado, pero el maquillaje corrido y mi aspecto desaliñado dejaban entrever que algo había sucedido. Recibí algunas miradas curiosas, pero nadie hizo comentarios directos, y agradecí que el ambiente festivo ayudara a desviar la atención.
La noche continuó, y entre charlas y risas, finalmente regresamos al hotel. Una vez en mi habitación, exhausta, me tumbé en la cama, y los pensamientos comenzaron a arremolinarse en mi mente. No podía evitar recordar cada instante de lo que acababa de vivir. Había sido, sin duda, la sesión de sexo más salvaje e intensa de mi vida, y un calor extraño me invadía al pensar en Paulo y en lo que significaba este secreto que ahora compartíamos.
Pero a medida que mi respiración se calmaba, el arrepentimiento comenzó a apoderarse de mí. ¿Qué estaba haciendo? Me dolía reconocer que, mientras yo cruzaba esta línea, Manuel quedaba traicionado, sin sospechar siquiera lo que estaba ocurriendo. Quizás, al final, no estaba tan equivocado en lo que pensaba, aunque él mismo había terminado por provocar esta situación sin darse cuenta. Cerré los ojos, intentando despejar la mente, pero los pensamientos se negaban a disiparse.
La mañana siguiente, el último día en la central, me desperté con la cabeza embotada por la resaca de la celebración. Encendí el móvil y vi decenas de llamadas perdidas de Manuel. Un suspiro de frustración escapó de mis labios mientras le enviaba un escueto mensaje: Esta tarde hablamos en casa. Apenas pasaron unos minutos antes de que mi móvil volviera a sonar. Sin paciencia para más rodeos, contesté, pero apenas pronuncié las primeras palabras, ya estábamos discutiendo de nuevo, enredados en reproches y respuestas tensas.
Después de esa conversación cargada, me dirigí al trabajo con mis compañeras, aunque solo fue para recoger las últimas cosas y despedirnos. Al mediodía, regresamos al hotel para recoger el equipaje y marcharnos al aeropuerto.
Ya en el aeropuerto, me encontré con Paulo mientras esperábamos a que saliera el vuelo. La mayoría de mis compañeros de delegación estaban igual que yo, agotados y con el ánimo un poco caído por los excesos de la noche anterior. Mi amante, sin embargo, parecía fresco y relajado. Se acercó y, en voz baja, me dijo:
— Si de verdad quieres hablar de lo sucedido… acompáñame a una cafetería. Todavía tenemos casi dos horas hasta el embarque.
Su tono era neutro, pero noté una sombra de interés en su mirada. Dudé un instante, pero al final asentí y le seguí, sintiendo el peso de la conversación que sabía que estaba a punto de llegar.
Paulo me llevó a una cafetería en la otra punta del aeropuerto, lejos de la vista de la gente de nuestra delegación, y dejamos el equipaje junto al de los demás. Nos sentamos en una mesa junto a la ventana, desde donde se veía el ajetreo de la pista. Aunque intentaba relajarme, había una tensión latente en el aire.
Después de unos minutos hablando sobre cómo había estado la experiencia en la central, Paulo se inclinó un poco hacia mí y, en un tono sincero, me miró a los ojos.
— Macarena, sé que estás en una situación complicada, y lo último que quiero es causarte problemas. —Pausó, mirándome con esa expresión que empezaba a reconocer—. Pero me importas. Mucho. Creo que podríamos tener algo especial, que podría hacerte feliz. No quiero romper nada, ni forzarte a nada. Solo quiero que sepas que me gustas de verdad… y que, si tú quisieras, me encantaría intentarlo contigo.
El corazón se me desbocó, esto me rompía todos los esquemas, y por un instante sentí cómo el peso de la sinceridad en su mirada hacía que bajara un poco la guardia. Con un impulso que casi me sorprendió, le acaricié la mano con suavidad, reconociendo que esa conexión entre ambos había ido mucho más allá de un momento de debilidad.
— Nunca había sentido esto con nadie —murmuré, sintiendo una mezcla de vértigo y atracción por lo que estaba viviendo—. Toda esta situación me da miedo, no sé si estoy preparada para enfrentarla… y ya no tengo claro si realmente me arrepiento.
Paulo apretó mi mano con cariño y sonrió, aunque en su mirada se reflejaba la incertidumbre de alguien que estaba tan nervioso como yo.
— No te preocupes, Maca. No me importa esperar el tiempo que necesites. Solo quiero que lo hagas cuando estés realmente preparada para dar el paso.
Asentí levemente, agradeciendo en silencio su paciencia y esa mirada que, de algún modo, me hacía sentir menos sola en el caos de mis emociones.
— ¿Te apetece dar una vuelta antes de regresar? —me preguntó.
Miré la hora en el móvil, calculando el tiempo hasta el embarque, y finalmente asentí.
No pasaron ni diez minutos y, cuando quise darme cuenta, estábamos encerrados en uno de los baños de mujeres. Después de unos besos intensos, lo único que rompía el silencio era el sonido de nuestras respiraciones aceleradas.
Sin decir una palabra, se bajó los pantalones y se sentó en la taza. Apuntaba con la polla hacia el techo, grande y venosa, llamándome.
Al verla no pude reprimirme más, le di la espalda, me levanté la falda y, deslizando la ropa interior hacia abajo, me acomodé sobre ese trozo de carne.
Mi coño engullía su polla con urgencia, ansia. Apoyé las manos en la puerta para no caerme, era como si me partiera en dos cada vez que le sentía adentro.
Me entraban unas ganas desesperadas de complacerle cada vez que salía un gemido de su boca.
Subía hasta notarla fuera, solo para bajar de golpe. Chocabami culo contra su pelvis, sintiendo como sus pelos púbicos me raspaban las nalgas. Sus manos me agarraron con firmeza de las caderas, aumentando la velocidad de la cabalgada inversa.
De repente, alguien empujó la puerta del cubículo, intentando abrirla. Sentí un vuelco en el pecho y, tragando saliva, logré responder:
— Oc… ocupado…
Paulo se levantó y me empujó contra la puerta, cambiando de posición. El sonido de la puerta al golpearse contra el marco se mezcló con el de nuestros cuerpos chocar. Comienza a besarme el cuello y siento que estoy a punto.
Me mordía el labio y negaba con la cabeza, pero no pude aguantar más. Mis gemidos se volvieron escandalosos en el pequeño lavabo, resonando contra las finas paredes.
— No puedo más… ah… ah… —gemía de manera descontrolada.
Dejé caer la cabeza hacia atrás, cayendo sobre sus hombros.
— Así, córrete para mí —gemía Paulo también, antes de morderme el cuello.
Me estaba follando tan duro que en cualquier momento íbamos a tirar la puerta abajo, pero eso nos daba igual. Sentí cómo se me nublaba la vista y entrecerré los ojos, aullando de placer.
— Voy a correrme dentro —me avisó, aumentando la velocidad de sus acometidas.
Aún saboreaba el placer del orgasmo que me estaba dando, así que me apreté más contra él y las palabras me salieron solas:
— Házlo, lléname de leche —jadeé, totalmente ausente como para sentir nada que no fuese una lujuria cegadora envolverme.
Se corrió entre rugidos, notando cómo le temblaban las caderas y fundiéndonos en un solo ser. Descendió el ritmo de la penetración hasta prácticamente detenerse.
Al retirarse, noté como nuestros fluidos me resbalaban por los muslos. Estaba jadeante y sin aliento, con la cabeza apoyada en la fría puerta. Seguía sintiendo espasmos de placer, y me estaba volviendo adicta a esta sensación. Me limpié los restos de la corrida como pude con un papel y tiré de la cisterna.
Salimos ambos del baño, y lo primero que vimos fue a una mujer esperando afuera, que nos miró con una mezcla de sorpresa y juicio. Sentí el rostro arder de vergüenza; automáticamente me llevé las manos a la cara, deseando desaparecer en ese instante. Pero Paulo, en cambio, sonrió con su característica seguridad y dijo con una mueca tranquila:
— Era una emergencia.
La mujer bufó y desvió la mirada, pero no pude evitar sonrojarme aún más. Aún con el corazón acelerado, me arreglé lo mejor que pude y volvimos al grupo, como si nada hubiera pasado. Me uní a mis compañeros, riendo y fingiendo normalidad, pero sabía que algo había cambiado, y lo sentía en cada célula de mi cuerpo.
De vuelta a casa, intenté recomponer mi vida con Manuel. Había algo casi desesperado en mi esfuerzo por hacer que todo pareciera igual, como si los sentimientos que me unían a Paulo no hubieran transformado cada parte de mi realidad. Pero a pesar de mis intentos de mantener las apariencias, mis encuentros con Paulo se volvieron cada vez más frecuentes. Para Manuel, era sencillo creer que el trabajo me exigía más; después de la visita a la sede central, en efecto, me habían dado nuevas responsabilidades, y eso le daba una explicación perfecta a mis ausencias.
Con el paso de las semanas, mi relación con Paulo se hizo tan regular como inevitable. Cada vez que sentía su mirada o el roce de su mano, olvidaba el peso de mis culpas y el caos que estaba gestando, acabando como animales en celo en cualquier rincón. Tanto que en el último mes, casi sin darme cuenta, dejé de tomar las pastillas anticonceptivas. No era una decisión consciente, al menos no al principio… pero una pequeña parte de mí parecía aferrarse a esa posibilidad, como si esperara algo sin atreverse a nombrarlo.
Entretanto, la situación con Manuel solo empeoraba. Su actitud se volvió más errática y posesiva, como si supiera, aunque no dijera nada. Su consumo de drogas había aumentado de forma evidente, y aunque él pensaba que lo ocultaba bien, yo notaba cada detalle. Había algo roto en él que ya no podía arreglar, y por primera vez sentí que ya no quería intentarlo. Con Paulo, había experimentado una libertad y una conexión que nunca había sentido antes, y poco a poco, la certeza y la confianza necesarias para dejar a Manuel se asentaban en mí.
Me encontraba en la entrada del pasillo, aún en estado de shock, viendo cómo Macarena y Paulo se movían por el comedor como si estuvieran en su propia casa. ¿Cómo habían sido capaces de comportarse así? La escena era surrealista, como una pesadilla de la que intentaba despertarme, pero el dolor en el pecho era demasiado real. No podía creer que eso estuviera pasando, que ella se hubiera atrevido a traerlo aquí… a nuestra casa. La cabeza me daba vueltas, y, casi sin pensar, me dirigí a mi habitación, huyendo de la visión de ellos juntos.
Al girarme, escuché la voz de Macarena detrás de mí, distante pero punzante:
— Siempre huyendo…
Ignoré sus palabras y, tambaleándome, rebusqué en un cajón del escritorio hasta encontrar mi "alijo de emergencias". Abrí la bolsita con manos temblorosas y me preparé una línea delante de la pantalla del ordenador, inhalándola con desesperación. Necesitaba claridad, algo que me permitiera ordenar los pensamientos que me desgarraban desde dentro. Sentí el polvo frío en la nariz, el impacto inmediato, la mente acelerándose, y me sentí momentáneamente invencible. “No puedo dejar que esto termine así”, pensé.
Salí de la habitación, sintiendo la adrenalina y el polvo mezclarse en mis venas. Al regresar, vi a la pareja de traidores en el comedor, ya preparados para marcharse. Ella acababa de cerrar un cajón donde guardaba algunas de sus cosas, y él la esperaba con una expresión de superioridad, como si él ya hubiera ganado, como si fueran la parejita perfecta. No pude evitar el impulso de interponerme entre ellos, bloqueando la puerta.
— Todavía no hemos acabado —rugí, apretando la mandíbula con tanta fuerza que sentía la vena del cuello palpitar, como si estuviera a punto de estallar.
Macarena me miró con desdén; ya no reconocía a esa mujer.
— Eres un fracasado, Manu. Tienes miedo de enfrentarte a la realidad, y ahora déjanos salir —escupió, sus palabras llenas de desprecio.
Las palabras me atravesaron, y antes de darme cuenta de lo que hacía, lancé un puñetazo directo al estómago del moreno. El impacto fue fuerte, pero no lo suficiente. Él se dobló apenas un instante, luego me miró con una mueca de furia y, con una rapidez y fuerza que no esperaba, me empujó hacia atrás. Sentí que perdía el equilibrio, y antes de poder reaccionar, caí de espaldas hacia la cocina.
— ¡Maldito yonki desquiciado! —escupió Paulo, mientras me empujaba con fuerza hacia el mueble.
El impacto hizo que una botella de whisky que estaba sobre la encimera se deslizara hacia el borde y cayera al suelo, estallando en mil pedazos alrededor de mí. Al mismo tiempo, un cuchillo que había quedado cerca se deslizó también, golpeando el suelo con un ruido metálico que resonó en mi cabeza. Sentí un dolor agudo en la mano; al mirar hacia abajo, vi cómo la sangre comenzaba a brotar de un corte, mezclándose con los trozos de vidrio y el whisky derramado en el suelo.
Todo a mi alrededor comenzó a volverse borroso, como si estuviera perdiendo el sentido. La voz de Paulo, preguntando si estaba bien, se escuchaba distante, casi irreconocible. Vi a Macarena acercarse a mí, el rostro nublado por la confusión y el desprecio, y su figura comenzó a desvanecerse junto con el resto de la habitación. La vista se me nubló, y lo último que recordé fue el sonido de sus pasos apresurados, un destello blanco y un dolor punzante en la cabeza.
A partir de ahí, todo fue oscuridad.
Me llevé las manos a las sienes y las masajeé, intentando mitigar el dolor que me martillaba la cabeza. Era verdad, el día había sido un infierno interminable, ya no me acordaba. Necesitaba despejarme. Caminé hacia el baño a ciegas, evitando encender las luces, porque cualquier rayo de luz me destrozaba los nervios. Mis pies tropezaban con el suelo pegajoso, y cada paso parecía arrastrarme más al fondo de esa oscuridad.
Una vez dentro del baño, abrí el grifo y me eché agua en la cara, intentando recuperar un mínimo de lucidez. Finalmente, encendí la luz, y lo que vi reflejado en el espejo me dejó helado. Mi rostro estaba cadavérico, consumido, con ojos hundidos que apenas parecían los míos. Bajé la cabeza, intentando procesar la imagen, y entonces noté algo en el suelo: un reguero de sangre. La línea carmesí se extendía hasta la ducha, como si señalara el lugar de un macabro secreto.
Con un temblor en la mano, descorrí la cortina de la ducha. Allí, frente a mí, yacía el cuerpo sin vida de Paulo. Su piel morena, ahora estaba pálida, y el torso cubierto de manchas de sangre, como si hubiera sido golpeado sin piedad. Mi primera reacción fue llevarme las manos al cuerpo, palpándome en busca de algún indicio, algún rastro que me indicara qué había pasado, pero estaba bien, excepto por la mano herida.
De golpe, un pensamiento atravesó mi mente como un relámpago: Maca. Corrí hacia la habitación, ignorando el pánico que me estrangulaba la garganta. Al llegar, la vi tumbada en la cama, inmóvil. La llamé con un tono urgente, pero ella no respondió. Me acerqué más, temblando, y entonces lo vi: una puñalada en su pecho, justo en el corazón, y el cuchillo ensangrentado tirado junto a ella.
Mis manos se posaron en su rostro, sosteniéndola suavemente, pero su piel estaba helada, como si todo rastro de calor hubiera escapado de su cuerpo. Sus facciones, tan conocidas, ahora parecían extrañas, marcadas por una palidez antinatural y rígida, mucho más pálida de lo que cualquier vida podría soportar. Sus labios, entreabiertos, carecían del color y la suavidad de siempre. Macarena estaba muerta.
Entré en pánico.
— No, no, no… esto no puede estar pasando… Maca, no puedes irte. Por favor, respóndeme…
Pero al soltar su rostro, su cabeza cayó pesadamente contra el colchón, sin vida, y la confirmación de la realidad me aplastaba sin piedad. Empecé a dar vueltas por la habitación, como una fiera enjaulada, buscando aire, respuestas… algo que me despertara de esta pesadilla. Me dirigí al comedor, agarré la botella de whisky, y sin pensarlo, me bebí lo que quedaba en un trago. El líquido me quemó la garganta, pero ni eso me devolvió el sentido. Solo sentí un vacío profundo, ahogándome desde dentro.
De pronto, el dolor se transformó en ira; mis manos se aferraron a mi propio pelo con tal fuerza que un tirón más habría arrancado mechones. Todo se me escapaba, todo se rompía frente a mí, y yo solo podía repetir una y otra vez, entre sollozos ahogados:
— Joder, joder, joder, joder…
Volví a la habitación, arrastrando un pie tras otro, y ahí estaba, tirado junto a la cama: un cuchillo, su hoja manchada de sangre seca desde el filo hasta el mango, testigo silencioso de lo que había pasado. Me quedé mirándolo, sintiendo cómo una desesperación oscura y densa se apoderaba de mí, como si no hubiera salida, como si esa mancha me reclamara a mí también.
— No te voy a dejar sola, me necesitas a tu lado. Lo sé.
Con el cuchillo en mano, me tumbé junto a su cuerpo inerte, sintiendo el peso del vacío a mi lado. Levanté el cuchillo y traté de limpiar el filo con la palma de la mano, pero la sangre seca apenas se desprendía, dejando apenas una sombra de mi propio reflejo en la hoja. Al verme, con los ojos hundidos y sin esperanza, una profunda compasión y lástima por mí mismo me invadieron, como si solo ahora viera lo que realmente era.
Sin pensarlo más, apreté la hoja contra mi cuello y realicé un tajo rápido y limpio. El dolor fue inmediato, seguido por una sensación de tibieza que descendía lentamente, manchando mi ropa y formando un charco espeso bajo mi rostro. La respiración se volvía pesada, cada vez más lenta, ahogándome con el peso de todo lo que había hecho, de todo lo que ya no podía reparar.
En mis últimos momentos, alcé mi mano y busqué la suya. La tomé, como si en ese contacto final pudiera redimirme, aunque fuera en el último segundo. Ahí, junto a Macarena, quien fue mi novia, asesinada brutalmente con mis propias manos, sentí cómo mi vida se desvanecía, una gota tras otra, hasta que todo quedó en silencio.
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