Putos celos (2 de 3)
Macarena siempre sintió que el aire le faltaba en su relación, pero fue en la capital, lejos de las miradas de su novio, donde encontró la chispa que encendió su verdadera libertad. ¿Qué pasa cuando la culpa se cruza con el deseo prohibido?
Macarena me sostuvo la mirada y, después de un momento de silencio, habló con frialdad.
— Todo ocurrió… o más bien, acabó pasando, durante el cincuenta aniversario de la compañía, celebrado en la sede, en la capital —dijo, sin pestañear, sin rastro alguno de arrepentimiento.
Me quedé paralizado, como podía tratarme de esa manera, con todo lo que había hecho por ella. La miré, tratando de asimilar lo que acababa de decir, pero mi pecho se apretaba más con cada segundo. Apenas podía respirar, y la rabia que sentía era como un fuego dentro de mí.
— ¡Pero eso fue hace mucho! ¿Tanto tiempo llevas…? ¡Eres una puta! —grité, llevándome las manos a la cabeza, completamente enfurecido—. ¿Cómo pudiste hacerme esto? ¿A mí? ¿Cómo has sido capaz…?
Macarena se sentó en la cama y me observó desde allí, con una mezcla de cansancio y algo que casi parecía aburrimiento en la mirada.
— ¿Realmente crees que después de todos estos años no me he dado cuenta? —respondió, con una voz tranquila, cargada de una paciencia amarga—. Has ido a peor, Manuel… te lo he dicho mil veces: fueron tus llamadas, tu manera de ahogarme a cada momento, tus adicciones. No me dejaste respirar, especialmente en esos días. Ya no podía más, estabas incontrolable.
La incredulidad y el dolor se enredaban dentro de mí, haciéndome perder el control.
— ¿De qué hablas, Maca? Te llamaba porque me preocupabas, porque te quiero. Necesitaba saber cómo estabas. Fuiste tú quien dejó de responder.
Ella negó con la cabeza, con el rostro inexpresivo, y en ese instante noté que su mirada parecía perdida, atrapada en un recuerdo que yo ni siquiera alcanzaba a imaginar.
— Estaba trabajando. Eso es lo que estaba haciendo, al menos la mayoría de las veces en que no te cogí el móvil —respondió con calma, como si le hablara a un extraño que necesitaba explicaciones básicas—. Pero fueron precisamente esas llamadas constantes… la chispa que hizo explotar todo.
Dejé la maleta junto a la entrada y me acerqué al baño para darme los últimos retoques antes de salir. Me miré en el espejo y repasé el atuendo que había elegido para el viaje: una blusa blanca perfectamente planchada y unos pantalones de tela gris oscuro que caían ajustados. Quería verme perfecta; sería la primera vez que pisaba la central. Me sentía segura de mí misma, profesional. Llevaba también unos zapatos bajos y discretos, perfectos para el viaje.
Pero detrás de mí, la voz de mi novio rompía cualquier intento de concentración.
— Princesa, por favor, ten cuidado. Es la capital… llámame apenas llegues. Y te llamaré siempre que pueda, ¿de acuerdo?
Asentí con un gesto mecánico, sin apartar la vista del espejo, intentando que él no notara la impaciencia que se había instalado en mí. Me giré y, con una sonrisa fingida, le di un beso rápido en los labios.
— Claro, Manu. No te preocupes —respondí con un tono amable que intentaba ocultar mi cansancio. Y antes de que pudiera insistir, tomé la maleta y me dirigí hacia la puerta—. Nos vemos en unos días.
Al salir de casa, sentí una oleada de alivio, como si por fin hubiera recuperado un poco de aire. Con Manuel cada vez más celoso y agobiante, apenas tenía espacio para respirar. En el camino hacia la estación de tren, noté que el ritmo de mis pasos era más ligero, más libre, algo que hacía tiempo no sentía.
Cuando llegué a la estación, allí ya estaban mis compañeras de trabajo, charlando y riendo, listas para el viaje a Madrid. Nos saludamos, y pronto nos acomodamos en nuestros asientos en el tren, el ánimo colectivo llenando el vagón mientras nos dirigíamos a la capital para el aniversario de la empresa.
Al llegar, nos dirigimos al bonito hotel que habían reservado para toda la delegación, donde dejamos el equipaje antes de ir a la sede central de la empresa. Después de instalarnos, bajé al hall junto a mis compañeras y, al mirar alrededor, me encontré con Paulo.
El impacto fue instantáneo. Con un traje oscuro perfectamente entallado, su figura parecía hecha para la ropa formal. La camisa clara contrastaba con su piel bronceada, y su porte confiado resaltaba aún más. Me miró, sonriendo al reconocerme, y se acercó para saludarme.
— ¡Maca! —exclamó con tono animado—. No sabía que ya habíais llegado. Nosotros, los de ventas, estamos en otra planta, llegamos ayer para prepararlo todo.
— Ya veo que os lo tenéis bien montado —le respondí, divertida.
Paulo soltó una risa y, de manera natural y cómoda, comenzamos a bromear sobre el trabajo, los clientes difíciles, los viajes constantes, y las reuniones interminables. Por primera vez en mucho tiempo, me sentía completamente relajada, sin la presión constante de mi novio rondando en el ambiente.
Pero entonces, como si adivinara el momento, mi teléfono comenzó a sonar. Al ver su nombre en la pantalla, Paulo levantó las cejas con curiosidad, pero yo aparté la mirada y contesté.
— Hola, Manu.
— ¿Has llegado bien? —preguntó sin rodeos, su tono ansioso.
— Sí, todo bien —respondí, intentando que no notara mi malestar; era incapaz de dejar de controlarme ni por unas horas—. Ahora estoy ocupada, hablamos luego, ¿vale? Si tengo tiempo.
Colgué antes de darle opción a réplica y guardé el móvil, mirando a mi compañero mientras hacía una mueca, intentando recuperar el hilo de la conversación.
Él arqueó una ceja y me miró con una expresión entre divertida y curiosa.
— Vaya… tu novio parece un poco… protector, ¿no?
Me encogí de hombros y levanté ambas palmas de las manos, en una señal clara de que no había nada que pudiera hacer para cambiarlo.
— Sí, bueno, lo quiero mucho —admití, sin perder la sonrisa—, pero a veces se pasa. Venir a la capital no me viene mal para despejarme un poco, la verdad.
Paulo asintió y, con un gesto despreocupado, sugirió:
— Si necesitas algo de aire extra esta noche, podríamos salir a tomar algo cuando volvamos. Conozco un restaurante brasileño excelente. Claro, solo si te apetece.
Lo miré, pensativa, dejando que el silencio hablara por mí.
— Me lo pienso… —respondí al final, haciendo una pausa—. Estoy algo cansada.
— Sería una lástima no disfrutar de tu compañía —insistió, sacando su móvil y extendiéndome su número—. Por si te lo piensas. Ahora ya no está tu… cancerbero.
No pude evitar reírme de su ocurrencia. Guardé su número, le envié un mensaje para que también tuviera el mío, y le di un golpecito en el brazo, entre divertida e intrigada.
— No te pases de listo —le dije, inclinando la cabeza con un gesto de desaprobación, siguiéndole la broma, mientras me giraba para reunirme con mis compañeras y dirigirnos juntas hacia la salida del hotel.
Apenas me había alejado unos pasos cuando escuché los susurros y risitas a mi espalda.
— ¡Vaya con el moreno! —murmuró una de ellas, divertida—. A ver si nos lo presentas, ¿no?
Otra de mis compañeras soltó una risa y añadió, en un susurro cargado de curiosidad:
— Sí, sí, preséntanos al guapo ese.
Pue los ojos en blanco y suspiré, negando con la cabeza, cuando una de ellas añadió, continuando la broma:
— Nunca has estado con un mulato, ¿verdad?. Estos siempre van bien cargados.
Al instante, todas formaron un coro de risas, sus carcajadas llenando el hall mientras nos dirigíamos hacia el taxi que nos estaba esperando.
— Es solo un compañero de ventas que conozco, dejad de ser tan cotillas —les respondí, intentando restarle importancia, aunque el comentario me hizo reír para mis adentros.
El día estuvo lleno de reuniones estratégicas y de planificación, aprovechando que, por una vez, estábamos todos en persona. A media mañana, mi teléfono empezó a sonar. Era Manuel. Al principio respondí, pensando que quizá tenía algo importante que decirme, pero cada llamada parecía más innecesaria que la anterior: preguntas sin relevancia, recordatorios absurdos… todas esas pequeñas distracciones me sacaban de concentración, como si no pudiera librarme de su presencia ni a cientos de kilómetros.
Después de varias interrupciones, estuve tentada de apagar el teléfono, pero al final me contuve, dejándolo en silencio sobre la mesa. Por suerte, la tarde fue más tranquila; apenas tenía reuniones oficiales, y las que había no eran más que una oportunidad para ver en persona a algunas compañeras con las que solo hablaba por videoconferencia, así que aprovechamos para ponernos al día.
La celebración sería al día siguiente, así que esa tarde de “reuniones” me resultó un respiro.
Al terminar la jornada, estaba tan agotada que rechacé la invitación de mis compañeras para salir a tomar algo. Cuando les dije que prefería irme al hotel a descansar, me miraron con complicidad, y una de ellas, con una sonrisa socarrona, insinuó:
— Seguro que tienes planes con el tío de antes, ¿verdad?
Solté un suspiro y, con un gesto de la mano para quitarle importancia, respondí:
— Lo que os hace falta a vosotras es echar un polvo… Estáis demasiado salidas.
Soltaron una risa escandalosa y me despedí, dejando que siguieran con sus bromas mientras me dirigía al hotel. Caminaba por las calles, cansada pero agradecida de que el día hubiera terminado, cuando mi teléfono vibró con un mensaje: era Paulo. Me invitaba a cenar en un restaurante que conocía, y no pude evitar sonreír ante la idea. Estaba agotada, pero sus palabras me hicieron dudar. Empecé a escribir un mensaje de rechazo, explicando que estaba demasiado cansada, pero antes de enviarlo, el teléfono volvió a sonar.
Era una llamada de Manuel.
Miré al cielo y cogí aire, como si estuviera buscando fuerzas en algún lugar fuera de mí. Luego, exhalé lentamente y respondí, llevándome el teléfono a la oreja.
— ¿Qué quieres? —pregunté, intentando disimular mi cansancio, aunque no pude evitar que un tono de hastío se colara en mi voz.
— Saber qué vas a hacer —respondió Manuel, directo.
Sentí cómo la rabia ardía en mi interior; no estaba para aguantar estas cosas. Estaba aquí por trabajo, no de turismo. Sin disimular el cansancio, le contesté:
— Voy a cenar algo en el hotel y luego a dormir un poco, ¿vale? Quiero descansar, así que, por favor… no me molestes más esta noche.
Antes de que tuviera tiempo de replicar, colgué y miré la pantalla, volviendo a leer el mensaje de rechazo que había comenzado a escribir a Paulo. Dudé solo un segundo antes de borrarlo y escribir uno nuevo.
"Me parece bien. La verdad es que tengo ganas de despejarme un poco."
Le di a enviar, sintiendo una ligera emoción al pensar en la cena, un momento que sabía que necesitaba después de todo. Estaba cansada de esa manía persecutoria de mi novio.
Subí a mi habitación, agotada, y me di una ducha reparadora que me ayudó a despejarme un poco después de la tensión del día.
Al salir del baño, reparé en la cama, amplia y perfectamente hecha, cubierta por una colcha de textura acolchada. Daba ganas de dormir con solo verla. Frente a la cama había una gran pantalla plana que, al estar apagada, hacía el efecto de un espejo oscuro, reflejando el ambiente de la habitación de manera tenue.
A un lado, había una pequeña área de trabajo: un escritorio de madera oscura con una silla cómoda en tono beige, acompañado de una cafetera y algunos utensilios que daban un toque acogedor, como si el hotel buscara que uno se sintiera en casa. A través de una gran ventana enmarcada por cortinas gruesas, la luz de la ciudad entraba con suavidad, iluminando un rincón donde un sillón amarillo aportaba un toque de color junto a un espejo redondo grande.
Me arreglé frente a ese espejo junto a la cama, sacando de la maleta las prendas que había elegido: algo cómodo pero sin perder el toque elegante para la cena. Me puse una camisa blanca, metida dentro de la falda ajustada con estampado geométrico. La llevaba un poco holgada, con los dos primeros botones desabrochados. No era culpa mía tener tanto pecho, pensé, mientras me miraba con una mezcla de resignación y satisfacción.
Para completar, elegí unos tacones negros que había reservado para la celebración del día siguiente, pero que ahora me parecieron perfectos para la ocasión. Al mirarme en el espejo, me vi tal como quería: una mujer guapa y segura de sí misma, lista para una noche que me prometía algo de libertad.
Antes de salir de mi habitación, me ajusté el sostén, procurando que no pareciera que estaba buscando llamar la atención, aunque me quedaba bastante ajustado. Solté mi cabello, dejándolo caer sobre mis hombros, y lo acomodé con los dedos hasta que quedó como quería: suelto, natural.
Al bajar al hall, mis ojos se encontraron con Paulo, esperándome junto a la entrada. Estaba increíblemente guapo, con una camisa blanca que hacía resaltar su piel bronceada, metida dentro de unos chinos ajustados de un tono marrón claro que le sentaban como un guante. No pude evitar sonreír al verlo.
Él me miró de arriba abajo, dejando escapar un silbido de admiración.
— Estás espectacular, Maca, Parece que hoy vas a romper cuellos —me dijo, y noté un brillo en sus ojos que me hizo sentir aún más segura de mí misma.
— Gracias —respondí, intentando mantener la compostura, aunque no pude evitar sonrojarme un poco ante el halago.
— Vamos, el taxi ya nos está esperando —añadió, señalando hacia la entrada.
Asentí, y ambos nos dirigimos hacia el coche, la anticipación en el aire era casi palpable.
Me llevó a un restaurante brasileño acogedor, lleno de música y aromas intensos. La conversación fluía sin esfuerzo, y en cuestión de minutos me encontré riendo y disfrutando de cada historia y ocurrencia suya. No recordaba la última vez que me había sentido tan a gusto, sin preocupaciones rondándome la cabeza.
Después de la cena, mientras salíamos, Paulo me miró, entrecerrando los ojos con una expresión traviesa.
— ¿Qué te parece si vamos a una discoteca? Conozco una cerca, con muy buen ambiente —me propuso, de una forma que hacía difícil decir que no.
Dudé un instante, recordando que al día siguiente aún teníamos la celebración de la empresa,
además de que le había dicho a mi pareja que me quedaría en el hotel, aunque no fuera cierto.
Él debió de notarlo, porque se adelantó a mi respuesta.
— Mañana será solo la fiesta y algunas presentaciones… nada de trabajo real —explicó, encogiéndose de hombros y arqueando las cejas—. Te prometo que no nos arrepentiremos; tú también mereces pasarlo bien de vez en cuando.
Me reí ante su comentario y, sin pensarlo demasiado, asentí, dejándome llevar por el entusiasmo de la noche.
Antes de entrar a la discoteca, revisé el teléfono y vi varias llamadas perdidas y mensajes de Manuel. Suspiré, guardando el móvil de nuevo en el bolso. Decidí que no iba a dejar que me amargara la noche. ¿Qué problema había en disfrutar un poco de la compañía de un compañero de trabajo? Sonreí para mis adentros y, sin pensarlo más, me dirigí hacia la entrada.
Cuando llegamos, pude ver una larga cola de gente esperando para entrar, pero Paulo me hizo un gesto para que lo siguiera hacia el frente. Se acercó al guardia de seguridad, un hombre corpulento y serio, y le dio una palmada amistosa en el hombro.
— ¡Rafinha! Que alegria te ver, irmão —le dijo Paulo con familiaridad.
El guardia lo reconoció de inmediato y le dio un fuerte abrazo.
— Paulo, sempre igual… Vai, entra, não tem problema.
Le agradeció con un gesto, y con una señal me indicó que lo siguiera. Pasamos junto a la fila sin necesidad de esperar, y antes de cruzar la puerta, me lanzó una mirada cómplice.
— Ya ves, ventajas de conocer a la gente adecuada.
No pude evitar reír y, sintiéndome contagiada por su entusiasmo, lo seguí hacia el interior de la discoteca, y enseguida noté el ritmo vibrante de la música latina. Lo seguí hasta la barra y pedimos unas copas, sonriendo al levantar nuestros vasos en un brindis improvisado.
— Por una buena noche —dijo él, mirándome a los ojos.
— Por una buena noche —respondí, chocando mi copa con la suya.
En el momento en que nuestras manos se rozaron al hacer el brindis, sentí un chispazo recorrerme la espina dorsal. Me di cuenta de que, sin buscarlo, estaba disfrutando de su compañía más de lo que me habría atrevido a admitir.
Con el paso de las horas, la música, las risas y las copas hicieron que cada vez nos fuéramos acercando más. Sin darnos cuenta, terminamos en la pista de baile. Al principio solo nos movíamos al ritmo, pero poco a poco nuestras miradas se intensificaron, y el espacio entre nosotros fue desapareciendo.
— ¿Sabes? Me sorprende que hayas aceptado venir —me comentó, inclinándose un poco hacia mí para hacerse oír por encima de la música—. Pensé que me darías largas.
— Digamos que te lo ganaste con esa cena —respondí, limpiándome el sudor de la frente mientras le miraba por encima del hombro—. Además, no tengo la oportunidad de bailar todos los días.
— Bueno, entonces tendré que aprovecharlo —replicó, acercándose un poco más—. A veces lo que más necesitamos es precisamente lo que solemos evitar.
Sus palabras quedaron suspendidas entre nosotros, y noté cómo su mano rozaba mi cintura, un contacto apenas perceptible que no aparté. Me sentía más ligera, dejándome llevar sin pensar en las consecuencias.
— ¿Y tú? —le pregunté, manteniendo la mirada fija en él—. ¿Sueles venir a lugares como este?
— Solo cuando tengo buena compañía —respondió, sin apartar sus ojos de los míos.
Mi sonrisa se amplió, y, sin decir nada más, me acerqué un poco más, dejando que nuestros cuerpos se movieran al compás de la música, mientras sentía cómo la distancia entre nosotros se desvanecía por completo.
En un momento, sentí sus manos deslizarse con confianza hasta mis caderas, sujetándome firmemente mientras el ritmo de la música nos envolvía. Me incliné hacia él, con una expresión coqueta en el rostro.
— Vaya, ¿eres siempre tan atrevido? —dije en tono de broma, dejándole mis manos sobre sus hombros. Al instante noté su musculatura bajo la tela de su camisa, y no pude evitar morderme el labio inferior.
— Solo cuando vale la pena arriesgarse —contestó, pasándose la lengua por los labios, sin apartar las manos de mi cintura.
La energía entre nosotros parecía crecer con cada segundo que pasaba. Dejé mis manos en sus hombros, notando su fuerza bajo mis dedos, mientras el espacio entre nosotros desaparecía poco a poco. Me di cuenta de lo bien que se movía, sus caderas siguiendo un ritmo hipnótico que hacía imposible apartar la mirada.
Sin pensarlo, me pegué más a él, torso con torso, sintiendo cómo mis pechos se apretaban contra su abdomen. El contacto directo envió una descarga por todo mi cuerpo, notando como comenzaba a mojar mis braguitas.
De repente, comenzó a sonar una canción de ritmo lento, y toda la gente a nuestro alrededor empezó a bailar más pegada, dejándose llevar por el ambiente íntimo de la pista. Sin previo aviso, Paulo me dio la vuelta suavemente y se colocó detrás de mí, apoyando de nuevo sus manos en mis caderas, de modo que sus pulgares rozaban la parte superior de mi trasero. Se inclinó hasta que pude sentir su respiración en mi oído.
— Es una lástima que la noche no pueda mejorar —me susurró, su voz suave, provocadora.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda, y mi corazón comenzó a latir con fuerza en el pecho. Tratando de mantener la compostura, giré un poco la cabeza hacia él y le respondí con una expresión despreocupada.
— ¿Ah, sí? ¿A qué te refieres? —pregunté, haciéndome la tonta, aunque ambas partes sabíamos perfectamente lo que quería decir.
Acercó sus labios tanto a mi oreja que pude sentir el calor que irradiaban, poniéndome los pelos de punta.
— Eres demasiado lista para no saber por dónde van las cosas —murmuró, en un tono que dejaba clara su intención.
Sin pensarlo, me apreté un poco más contra él, sintiendo la dureza de su cuerpo detrás del mío mientras la canción retumbaba en las paredes, dándonos la sensación de que estábamos solos, a pesar de la multitud a nuestro alrededor.
— No va a pasar nada… —susurré—. Estoy con Manuel, y nunca podría hacerle algo así.
Aún así, noté que mis palabras carecían de convicción, casi como si intentara convencerme más a mí misma que a él.
— Seguro que no te lo pasas tan bien con tu novio como conmigo —respondió, con esa confianza que parecía llevar grabada en la voz.
Solté una risa, sintiendo cómo el calor y el alcohol me subían a las mejillas, enrojeciéndolas.
— ¿Y tú qué sabes? —le respondí, con una sonrisa desafiante, mientras comenzaba a restregarme contra su cintura, dejándome llevar por el ritmo latino de la sala.
Sentía una presión creciente encajada entre mis nalgas, era imposible no notarlo. Algo grande, duro, caliente. Estábamos poseídos, completamente idos. Aquello tenía que acabar; había cruzado una línea que no quería. Interpuse mi brazo entre los dos para separarnos, pero él me sujetaba con tanta fuerza que, al intentar apartarlo, mi mano recorrió su abdomen firme y terso antes de bajar más de la cuenta.
Mis dedos hicieron contacto, y noté “eso”, pensé que no podía ser lo que parecía; era demasiado grueso para ser real. Seguramente estaba tocando su cartera. Intenté agarrarlo para asegurarme, pero cuando sentí cómo palpitaba, aparté la mano de inmediato, temerosa de lo que podía pasar si seguía tocando.
Comencé a respirar pesadamente, sintiendo cómo la humedad se instalaba en mi entrepierna, y no precisamente por incomodidad. Sentía el pecho tenso, los pezones tan sensibles que cada roce con el sostén me provocaba una pequeña descarga eléctrica.
— Si sigues jugando, te vas a quemar… y te va a gustar.
— Solo estoy bailando —le contesté, moviéndome al ritmo de sus manos sobre mi culo, ya de manera descarada.
La canción cambió y, con solo escuchar los primeros acordes, Paulo sonrió.
— Esto es de mi tierra —dijo, con una chispa de orgullo en la mirada—. ¿Sabes bailar lambada?
Solté una risa, moviendo la cabeza con diversión.
— Claro que conozco este tipo de baile —contesté.
Antes de que pudiera decir algo más, me sostuvo de las caderas. => mejorar
— Entonces, sígueme el ritmo —murmuró.
Nos movimos juntos al compás de la música, con la intensidad de la lambada guiando cada paso. Sus manos me marcaban cada movimiento, y mis caderas seguían la cadencia de su cuerpo, sincronizados en un baile sensual y desafiante. El fuego entre nosotros creció a medida que avanzábamos, y nuestras miradas se encontraban con una intensidad que decía más de lo que cualquiera de nosotros podía admitir en voz alta.
Cuando la canción terminó, nuestras frentes quedaron a escasos centímetros. Mi mirada descendió hasta sus labios gruesos, llenos, y no pude evitar pensar en lo irresistibles que se veían, como si invitaran a ser besados.
Paulo pareció leer mis pensamientos y, justo cuando estaba a punto de inclinarse hacia mí, me aparté de repente, la razón ganando apenas en el último instante.
La sensación de mareo y las emociones entremezcladas me invadían. No podía negar la atracción que me arrastraba hacia él, pero, a la vez, una pequeña voz dentro de mí intentaba traerme de vuelta.
— Creo que… será mejor volver —dije, en un susurro—. Aún podemos dormir unas horas y recuperarnos.
Paulo me miró con una expresión enigmática, como si estuviera calculando cuidadosamente su respuesta.
— Claro —respondió—, volvemos… para dormir.
La complicidad en su tono me hizo dudar por un momento, pero lo seguí, intentando calmar la maraña de emociones que me rondaban mientras salíamos juntos de la discoteca.
Tardamos poco en subirnos a un taxi en dirección al hotel, y el silencio se instaló entre nosotros, cargado de una tensión sexual no resuelta que ambos sentíamos. Paulo colocó su mano en mi muslo, sin cruzar el límite, pero el simple contacto hizo que mi piel se erizara. Por un segundo, deseé que su mano se deslizara un poco más arriba, pero me obligué a apartar esos pensamientos de la cabeza, mirando hacia la ventana mientras intentaba recuperar la calma.
La distancia que había intentado mantener se difuminaba cada vez más, y aunque mis pensamientos me gritaban que aquello era un juego peligroso, la emoción que sentía a cada segundo era como una droga. Me gustaba que me trataran como a una mujer, con deseo, y no como a una niña que necesita protección.
Entramos en el hotel en silencio y nos dirigimos al ascensor. Apenas se cerraron las puertas, sentí a Paulo acercarse por detrás, su cuerpo tan próximo que parecía un volcán lo que tenía detrás, me hacía perder la noción de cualquier cosa a nuestro alrededor.
En ese momento, mi móvil volvió a vibrar. Aunque era de madrugada, ahí estaba nuevamente Manuel, con un mensaje que me preguntaba si estaba enfadada. Exhalé lentamente, negando con la cabeza casi sin darme cuenta, mientras las palabras de una de mis compañeras de trabajo resonaban en mi mente: “Nunca has estado con un mulato, ¿verdad?”
Sin querer, mi mente volvió a la pista de baile, a aquel momento en el que había bajado la mano y sentido lo que no quería admitir. Pero la noche tenía que llegar a su fin; ya me había divertido lo suficiente.
Paulo me miró a través de los espejos del ascensor y, con voz grave, sugirió:
— ¿Quieres que te acompañe a tu habitación? Todavía podemos tomar una última copa, si quieres.
Sentí un nudo en el estómago, y tras un momento, respondí:
— No
El ascensor se sumió en una calma peligrosa, roto solo por mi respiración agitada. El calor me envolvía de tal manera que creía que me desharía en cualquier momento, como si estuviera en el mismísimo infierno. Cuando el ascensor se detuvo en mi planta, no me moví. En cambio, sin apartar la vista de los espejos, susurré:
— Mejor subimos a la tuya, tomamos la última… —murmuré— y me vuelvo después.
Pude ver en los espejos cómo se relamía los labios, mirándome de arriba abajo con deseo. La fuerza de su mirada me hacía sentir expuesta, y aún así, no aparté la vista.
Avanzamos por el largo pasillo sin hablar, no había nada de lo que conversar. Ya estaba todo dicho. Solo el repiqueteo de mis tacones contra la moqueta rompía el silencio hasta que llegamos a su habitación. Paulo pasó la tarjeta, y las luces se encendieron automáticamente, revelando una habitación idéntica a la mía.
Dejé el bolso en el pequeño armario de la entrada y me volví hacia él.
— ¿Qué tenías pensado tomar? —pregunté.
Paulo se giró hacia mí, dejando sus cosas en el escritorio frente a la cama doble, debajo del espejo, con una expresión segura y cautivadora que hacía que el ambiente entre nosotros se tensara aún más.
Se acercó lentamente, y dijo con voz profunda:
— Voy a tomarme una rubia, fuerte e intensa, de color muy claro, con mucho cuerpo y carácter. Me muero por probarla.
Sentí cómo se me secaba la boca y cómo el ardor en mis bragas crecía con cada palabra. Me obligué a mantener la mirada, sin retroceder.
— No me gusta la cerveza —contesté, arrugando los morros.
Paulo levantó la comisura de sus labios, sin dejar de acercarse.
— ¿Quién está hablando de cerveza? —pronunció, mientras sus dedos apartaban un mechón de mi frente y su mano se deslizó hasta agarrar suavemente mi nuca.
Antes de que pudiera reaccionar, sus morros se encontraron con los míos en un beso lento y profundo. Al principio, me aparté tímidamente, insegura, pero él volvió a besarme con una firmeza que me desarmó. Esta vez, no puse resistencia. El beso, que comenzó cariñoso, pronto se convirtió en algo más profundo, envolvente, mientras el resto del mundo parecía desvanecerse a nuestro alrededor, fundiendo nuestras lenguas y explorando la boca del otro.
Pero me aparté, evitando que el beso escalara, respirando profundamente mientras trataba de ordenar mis pensamientos.
— No deberíamos hacer esto… tengo pareja —dije, en un último intento por evitar lo inevitable a estas alturas.
A él le dio igual y, con voz tranquila, replicó:
— Nadie tiene por qué enterarse.
Intenté resistirme, aunque la duda me duró apenas unos segundos. Había contenido tantas emociones durante toda la noche que ya no podía más. Con un suspiro entrecortado, volví a acercarme a él y, esta vez, dejé que mis emociones tomaran el control, dándole rienda suelta a todo lo que había sentido desde el primer momento.
Nos tocábamos con urgencia, dando rienda suelta a esa ansia que habíamos contenido toda la noche. Con la misma urgencia, desabroché los botones de su camisa, deslizando la tela por sus hombros hasta que cayó, revelando su torso hercúleo. Sin dejar de besarnos, él hizo lo mismo conmigo, quitándome la camisa y el sujetador antes de lanzarlo al suelo junto con el resto de la ropa.
Cambió de objetivo, sintiendo la calidez de su lengua recorrer mis enormes tetas. Noté chispas de placer recorriendo todo mi cuerpo mientras pellizcaba mis pezones, tan sensible que creía que desfallecería en cualquier momento.
De golpe, me empujó contra la cama, y al caer sobre el colchón pegué un pequeño grito.
Me incorporé un poco, con la respiración acelerada, y de un fuerte tirón me arrastró al borde. Subió mi falda hasta dejarla arrugada en la cintura, lamiéndome los muslos con pasión, y no tardó en dirigirse a mi entrepierna.
— Están empapadas —dijo, retirándolas hacia un lado y descubriendo mi hinchado clítoris.
Sin dejarme responder, hundió su cabeza entre mis piernas y comenzó a comerme el coño. Llevé las manos a su cabeza y, sin pensarlo, enredé mis dedos entre sus rizos, sintiendo su suavidad mientras le instaba a acelerar la velocidad de la comida.
Los fluidos me resbalaban entre los muslos junto a su saliva. El coño me palpitaba y no aguanté más, eché la cabeza hacia atrás muerta de placer.
Sus dedos exploraban el interior de mi vagina, curvándolos con precisión, alcanzando ese punto dulce que me hacía retorcerme sobre el colchón.
— Ah.. ah… ah… —gemí, incapaz de contenerme más.
Introdujo un tercer dedo, aumentando la velocidad. El sonido del chapoteo indicaba lo cerca que estaba de correrme, y justo cuando era inminente, se separó, dejándome con una sensación devastadora de orgasmo robado.
— ¿Por qué paras? —le increpé, entre respiraciones entrecortadas—. Estaba a punto de acabar…
— Caaaalma —respondió con una sonrisa segura, al mismo tiempo que se quitaba los pantalones y liberaba su miembro—. Ahora nadie va a venir a interrumpirnos, como en aquel bar.
Mis ojos se abrieron de par en par al ver la verga de Paulo: marrón oscuro, casi negro, larga, ligeramente curvada hacia un lado y sorprendentemente gruesa. El glande, de un tono rosado oscuro, apuntaba hacia mí de una manera casi intimidante. El de mi novio era de buen tamaño, pero “eso” era otra cosa completamente distinta.
— Pienso reventarte el coño —anunció, colocándose entre mis piernas—. Llevo queriendo hacerlo desde que te vi en la barra aquel día.
— Eso… eso no va a caber dentro de mí —dije, mirándolo con los ojos muy abiertos—. Es imposible.
— Tu cuerpo está pidiendo a gritos ser rellenado, Maca. —Escupió en su mano y embadurnó el glande, colocándolo en la entrada de mi coño—. Y una vez que lo pruebes… ya no habrá vuelta atrás.
— Pero… Ah… —me quejé, entre respiraciones tensas, mientras él avanzaba lentamente, sin detenerse a pesar de mis quejas.
Empezó despacio, poco a poco, pero de manera contundente. La retiraba, dejando el glande dentro, y volvía a enterrarla. Se aferraba tan fuerte a mis caderas que me hacía daño.
— Tranquila… te haré chillar. Hasta que me supliques que no me detenga.
Abrí aún más las piernas, para facilitar la penetración. La sacaba y volvía a meterla, cada vez con más violencia. Sentía como si mi cuerpo fuera a partirse en dos en cualquier momento. Gritaba con la voz entrecortada cada vez que alcanzaba un nuevo tope.
A medida que embestía, cada vez notaba más placer. Mi cuerpo comenzó a acostumbrarse a tal castigo. La velocidad aumentaba, y con ello, el sonido acuoso era cada vez más escandaloso.
Paulo apoyó la rodilla sobre la cama, incrementando todavía más el ritmo, moviéndose al mismo nivel que en la pista de baile. El placer me nublaba la vista. Solo podía gemir y pedir más, más rápido, más profundo, más intenso.
Me cegaba el placer, y la expresión de mi cara era de puro gozo, placer extremo. Notaba como las piernas me temblaban, y las gotas de sudor me caían por entre las tetas. Paulo bufaba como un animal furioso.
— No puedo más… —sollozo, echando la cabeza de nuevo hacia atrás—. Me muero.
Cada vez me estremecía más, el temblor era incontrolable.Sentía que tenía algo dentro, luchando por salir.
Paulo se retiró, masturbándome con la mano el clítoris muy rápido, alcanzando un punto mágico. Ya no podía retenerlo más…
— P-para, para... que me… meo... —sollocé, sintiendo cómo me era imposible contenerme más.
— Córrete para mí, vamos —me pidió, aumentando la fricción de su mano en la vulva, volviéndome loca.
Incapaz de controlarme, levanté las caderas y comencé a correrme como nunca lo había hecho: soltaba chorros del coño, manchando el suelo de la habitación y sintiendo uno de los mayores gustos de mi vida. La liberación fue absoluta.
— Buena chica… —murmuró, con una sonrisa satisfecha mientras se tumbaba en la cama—. Ahora es tu turno.
Se había agarrado el enorme falo, masturbándose con parsimonia mientras se mordía el labio inferior. Disfrutaba de mi cuerpo, sabía que le volvía loco, y eso me hacía sentir poderosa.
Lo miré con determinación y respondí:
— Ahora sí que te vas a enterar.
Me acerqué hasta él a cuatro patas por el colchón, hasta colocarme a horcajadas encima de él. Sin contemplaciones, moví las bragas hacia un lado y me comí su polla con el coño.
Estaba hambrienta, necesitaba sentir más. Subía y bajaba todo el peso, haciendo temblar toda la estructura de la cama, clavando con fuerza los tacones sobre las sábanas.
— Sabía que ibas a ser mía, ufff —suspiró él, al sentir como apoyaba las manos en su pecho para aumentar la velocidad de mi cabalgada—. Desde el momento en el que te vi en aquel bar, te había llevado al lavabo y… Mmm… —Paulo gimió y dejó de hablar, para centrarse en lamerme mis pezones.
El sonido de los cuerpos chocar era atronador, rebotando en las paredes. Los gemidos cada vez eran más altos, sin importarme quien pudiera escucharnos. Era seguro, esa habitación era el mismo infierno por lo mucho que estábamos sudando.
— ¿Y qué… qué es lo que… habrías hecho? —pregunté, jadeando y empapada en sudor.
— Follarte en el lavabo, como la perra que eres —me espetó, con un brillo malicioso en su mirada—. Te habría follado mientras el celoso de tu novio te buscaba por fuera.
Sus palabras hicieron que aumentara el ritmo; me había puesto cachonda escuchar eso, imaginaba esa escena y temblaba de placer, sin poder controlarme.
Me eché sobre él, incapaz de seguir la cabalgada y comencé a frotarme en esa posición. La polla entraba y salía, mi cuerpo se había acostumbrado a albergar semejante monstruo. Clavé mis uñas en sus hombros y movía frenéticamente las caderas, era inevitable; me iba a volver a correr.
— Ah… ah… —gemía, con la respiración errática y sin aliento.
Abrí la boca de forma instintiva, pero después del segundo gemido Paulo me la tapó; los gritos cada vez eran más potentes. Desfallecida, caí hacia un lado, empapada en sudor.
El descanso no duró mucho, me agarró con sus fuertes brazos y colocó a cuatro patas en dirección a la pared. Me ensartó el rabo sin contemplaciones.
— Levanta las caderas —ordenó, seguido de un sonoro PLASS, notando como el culo me iba a dolor al día siguiente—. Voy a reventarte el culo de blanquita que tienes —pronunció Paulo, totalmente fuera de control.
No obstante, obedecí y lo hice, facilitando su penetración. Me enterró tan profundamente la polla que sentí que en cualquier momento saldría por mi boca.
— No puedo seguir… Me vas a partir… —murmuré, dejando caer la cabeza sobre el colchón, agotada por seguir ese ritmo frenético.
— Claro que puedes —dijo él, mientras me cogía del pelo y levantaba mi cabeza con brusquedad, haciéndome sentir un tirón que casi arrancaba mi cuero cabelludo—. Mírate en el espejo que tienes delante… —añadió, con voz firme—. Mira como estás disfrutando.
Me veo a mi misma, con la cara roja y desencajada de placer, mientras él me embiste una y otra vez. Siento una oleada de placer formándose en mi vientre, y no tarda en explotar. Me vuelvo a correr, sintiendo que ha sido la sesión de sexo más intensa de mi vida.
— Tienes el coño tan apretado que parece que me esté chupando la polla. —Y ya sin fuerzas, me dejé caer… pero, aún tumbada, él siguió bombeando—. Joder, qué gusto —rugió, sintiendo como le temblaban las caderas al empotrarme por última vez, vaciando sus testículos en mí hasta que se desbordó todo. Puse los ojos en blanco al sentir esa calidez invadirme, había sido el mejor sexo de mi vida.
Al sacar el rabo, se produjo un sonido de succión obsceno, sucio. Comenzó a salir todo el jugo de dentro de mi, manchando las sábanas de líquido blanquecino y pegajoso.
— ¿Estás loco? —le solté, tratando de recuperar el aliento mientras me levantaba de la cama y recogía mi ropa del suelo, sintiendo un líquido pegajoso resbalarme por los muslos—. ¿Acaso pretendes dejarme embarazada?
Él se echó a un lado de la cama, su enorme cuerpo extendido, y el aire de la habitación se volvió aún más pesado. El olor era intenso, una mezcla penetrante de su sudor y el rastro de nuestro encuentro. Todo estaba impregnado de ese aroma a sexo salvaje, cargado y profundo, como si las paredes mismas hubieran absorbido la huella de lo que acababa de suceder.
Su miembro comenzó a perder tamaño, pero no dejó de sonreír, como si le hiciera gracia mi queja. Me devoraba con los ojos, relamiéndose los labios.
— Me encantaría hacerte mía… y hacerte un hijo —respondió Paulo, mirándome con una intensidad que hacía imposible apartar la vista—. No puedes negar la conexión que sentimos desde la primera vez que nos vimos.
Un calor me subió de golpe al rostro, encendiendo mis mejillas. Sabía que era una locura, pero algo en su afirmación me hizo sentir deseada de una forma distinta. Me sonrojé y aparté la cara, tratando de sonar firme al responder:
— Pues para que sepas que tomo la pastilla… así que eso no va a pasar.
Él simplemente ensanchó su sonrisa, mostrando esa confianza inquebrantable, y yo me quedé desconcertada al verlo reaccionar así.
— Ahora no… pero algún día lo lograré —replicó Paulo, con una mirada que parecía prometer mucho más.
Evité responder y me vestí a toda prisa, sin mirarlo. Me sentía desorientada, y, sin pensarlo, las palabras salieron solas:
— Esto ha sido un error.
Salí de la habitación antes de que pudiera responderme, con el maquillaje corrido y el pulso acelerado, temiendo que alguien pudiera verme. Por suerte, no me crucé con nadie en el pasillo. A cada paso, sentía mis muslos pegajosos, y una sensación de asco se instalaba en mí al recordar cómo me había comportado, cómo le había permitido correrse dentro de mí.
Llegué a mi habitación, abrí la puerta y crucé el umbral, sintiendo la realidad de mis actos caer sobre mí con fuerza. Cerré la puerta detrás de mí, plenamente consciente de la gravedad de lo que había hecho. Aun así, mientras intentaba calmarme, no estaba segura de si realmente me arrepentía.
Estaba en shock. Cada palabra de Macarena rebotaba en mi cabeza como una bomba, y sentía la sangre hervir en mis venas. Colérico, con los puños cerrados y la mandíbula tensa, observaba cómo seguía haciendo las maletas, como si yo no estuviera ahí, como si todo lo que había contado no fuera un golpe mortal. Apenas podía respirar, intentando procesar que la mujer que había protegido y adorado me había traicionado de esa manera.
Cuando terminó de llenar su maleta, la seguí al comedor, y fue allí donde ya no pude contenerme.
— ¡Eres una puta! Una maldita guarra desagradecida… —comencé, lanzando una retahíla de insultos, con una voz entrecortada de rabia y dolor. Pero, antes de que pudiera seguir, alguien tocó la puerta.
Maca abrió, y allí estaba Paulo, como si nada, como si él no fuera la razón de mi ruina. Se veía aún más grande y fuerte de lo que recordaba, cada músculo en tensión mientras me devolvía la mirada. Me acerqué un paso hacia él, temblando de ira.
— Todo esto es tu culpa —dije, con voz temblorosa por la rabia. Paulo solo me lanzó una mirada segura, como si yo no fuera más que una molestia.
— No voy a entrar en tu juego infantil, Manuel. Acepta de una vez que Macarena no quiere estar contigo —dijo, con tono calmado y desdeñoso.
— Cabrón, que sepas que acabamos de follar. Claro que quiere estar conmigo; solo que aún no lo acepta —le solté, alzando la voz.
Paulo, con una expresión tranquila, respondió sin titubear:
— Me da igual. La he traído en coche y, antes de dejarla aquí, nosotros también tuvimos lo nuestro. Espero que lo hayas disfrutado, aunque dudo que ella haya sentido algo… está acostumbrada a mí.
Sentí la rabia burbujear dentro de mí y, sin pensarlo, levanté el puño, listo para abalanzarme sobre Paulo. Pero antes de que pudiera dar un paso, Macarena se interpuso entre nosotros, sujetándome por el brazo.
— ¡Basta, Manuel! —exclamó.
La miré, buscando en sus ojos algún remordimiento, alguna señal de arrepentimiento, por leve que fuera.
— Mira, Maca, todo esto… es solo un pequeño error. Te perdono si vuelves conmigo, ¿vale? —le dije, tratando de controlar el tono, mientras el nudo en mi estómago crecía.
Ella soltó un suspiro, con una expresión amarga.
— Manuel, ya no estoy contigo; ahora estoy con Paulo. Lo que hice contigo… fue por lástima, nada más.
— Pero… Maca, no puedes estar hablando en serio… —comencé, pero ella me cortó, sin darme opción a responderle.
— Aún no he terminado de contarte todo. En ese momento me maldije por lo que te había hecho, pero tú te encargaste de recordarme lo tóxico que eres. Lo peor vino después de esa primera vez.
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