Xtories

Mi mujer se folla a un yogurín

Ella no quería solo una noche, quería borrar el recuerdo de lo que le hicieron. Y esta vez, el espectáculo sería en vivo, frente a los ojos de quien más la ama: su propio marido.

Rocio y Victor28K vistas8.7· 15 votos

Aunque no habíamos hablado de ello entre nosotros, la noche anterior había sido divertida pero nos había dejado un regusto a oportunidad perdida. Podía notar a mi mujer inquieta y si bien al salir del local tenía dudas sobre volver cuando despertó por la mañana ya no albergaba ninguna. Avanzada la tarde ya se estaba preparando para nuestro regreso. Esa noche hacía algo de frío y cuando salimos por la puerta de nuestra habitación R llevaba dos trenzas recogidas con unos pasadores rojos, una cazadora vaquera, un jersey negro y por debajo de este una blusa blanca y un sujetador gris transparente. Además vestía un pantalón negro y debajo una minifalda también de color negro así como unas zapatillas deportivas blancas. No llevaba bragas.

Ese día había más gente en el local, especialmente más parejas. Empezamos con nuestras copas como la noche anterior y veíamos cómo bailaban en la pista. Hacía bastante calor allí dentro y al poco me quedé en camisa y pantalón. R también notaba el calor y fue haciendo viajes a los vestuarios. Cada vez que se iba volvía con una prenda menos. Primero fue el jersey y luego fue el pantalón. Allí estaba, de pie, a mi lado, con su minifalda que dejaba al aire casi todos sus muslos y su blusa blanca, con un botón desabotonado. No pude resistirme y le desabotoné otros tres botones. Sin esos cuatro botones la blusa se abría formando un escote espectacular que le llegaba hasta debajo de los pechos, dejando entrever el sujetador gris que llevaba. R no me lo impidió, se dejó hacer y se limitó a sonreírme. Mi polla se endureció al verla así, tan hermosa y sexy.

En la pista de baile también se calentaron las cosas. Varias mujeres y hombres se desvistieron quedando en diferentes grados de desnudez, y se acariciaban y metían mano mientras el resto les mirábamos. Me puse detrás de R, abrazándola por debajo de sus pechos, contemplando los dos el espectáculo. Notaba a mi esposa cada vez más encendida. La besé y vi sus mejillas enrojecidas por la inevitable excitación de observar aquel show en vivo.

- ¿Te gusta? - le pregunté al oído.

- Sí – me respondió en voz baja.

- ¿Te excita? - volví a preguntarle.

- Sí – me contestó.

Seguí abrazándola hasta que el espectáculo que estaban dando terminó. La música seguía y la zona de baile volvió a llenarse de gente.

- Ese es uno de los dos que me gustan – me confesó R en bajito. Miré en la dirección que me señalaba. Era un yogurín, no le daba más de veinte años, guapito, parecía en buena forma. Me sorprendió un poco. R siempre había dicho que no le interesaban los chicos tan jóvenes. De todas nuestras aventuras solo recordaba que se hubiese follado a uno en esas edades aunque algo mayor que este, pero desde luego aquel encuentro lo había disfrutado y mucho.

- ¿Y quién es el otro? - pregunté curioso.

- Uno que va con chaqueta, de treinta y tantos. Ahora no le veo.

- Pues ve a por ellos – la animé.

El chico volvió a pasar por delante de nosotros y mi mujer me cogió de la mano y tiró de mí. La seguí hacia un pasillo pero el chico había desaparecido detrás de una puerta. Reconocí dónde había entrado. Nos lo habían enseñado el día anterior. Era una sala casi a oscuras con dos puertas dividida por unos barrotes que permitían interactuar a través de ellos. Por una de las puertas se accedía a la zona de parejas y por otra a la zona de solteros. El chico había accedido a la zona de solteros. R se quedó un tanto desconcertada. Solo en una ocasión había entrado a un cuarto oscuro y siempre había dicho que no le había gustado demasiado.

- ¿No vas a entrar?

Mi esposa me miró.

- Me da corte.

Estaba claro que mi mujer quería entrar y buscar a ese chico pero no terminaba de decidirse.

- No pasa nada. No pierdas la oportunidad. Disfruta el momento.

R me miró y tras un momento de indecisión volvió a tirar de mí entrando a la zona de las parejas en el cuarto oscuro. El repentino paso a la oscuridad hizo que tardase unos segundos en reconocer a mi alrededor al menos a tres parejas. Una estaba de pie un poco apartados, otra estaba jugando junto a los barrotes y una tercera sentada en un sofá. R los esquivó a todos y avanzaba decidida. Yo no sabia a dónde iba hasta que paró junto a los barrotes. Me encontraba detrás de ella y entreví en la oscuridad a alguien más allá de los barrotes con una camisa o camiseta de color claro. Recordé que el chico que me había señalado poco antes llevaba una camiseta parecida.

Mi mujer le dijo algo que no llegué a escuchar e inmediatamente noté que ella se movía. Sin luz apenas veía qué estaba pasando. Noté cómo su brazo se agitaba y reconocí los familiares movimientos de una masturbación. R ya se había apoderado de la polla del chico y le estaba haciendo una soberana paja. Extendí la mano para tocar la parte delantera del cuerpo de mi mujer y encontré las manos del chaval acariciando sus pechos por encima de la blusa. Qué desperdicio, pensé. Aparté suavemente esas manos que sustituyeron las tetas por el culo de mi esposa y empecé a desabotonar los pocos botones de la camisa que restaban. Uno, dos, tres... en la oscuridad la blusa dejó de tener un profundo escote y pasó a estar completamente abierta. Solo el sujetador gris transparente contenía los pechos de R. Busqué una mano del chico y agarrándola la llevé hasta el pecho izquierdo de mi mujer, que empezó a amasar con suavidad.

Volví a prestar atención a R que seguía masturbando al chico. Besé su cuello, acaricié su espalda y su culo, bajé mis manos hasta su depilado y húmedo coño y aproveché la falta de ropa interior para penetrarla con mis dedos. Cuando los saqué mojados los llevé a su boca que se abrió para recibirlos y limpiarlos con su lengua. A continuación R giró su cabeza hacia mí y saboreé su boca degustando sus labios en un morreo profundo, sintiéndola gemir y volví a llevar mis manos a su delantera. Para mi sorpresa, y aunque había pasado ya un rato, el chaval seguía magreando las tetas por encima del sujetador. De nuevo le aparté las manos y de un tirón bajé las dos copas liberando las tetas de mi mujer que acaricié notando lo duros que estaban sus pezones. Esta vez no tuve que hacer nada, el propio chaval estaba ansioso y en cuanto alejé mis manos las suyas ocuparon mi lugar. No sé si fueron mis acciones o era el placer que se estaban dando los dos pero cada vez les percibía más excitados, agitando sus cuerpos en la oscuridad. Una de las manos del chico se separó de los pechos de mi mujer y empujó su nuca hacia los barrotes con intención de besar los labios de R. Pero mi esposa se zafó suavemente diciéndole que no y en su lugar se giró hacia mí.

- ¿Podemos llevarlo a una habitación? - me consultó.

Le respondí afirmativamente. Trasladó el ofrecimiento al chaval y este no lo dudó. Mientras salíamos del cuarto oscuro R se adecentó un poco, metiendo sus pechos en las copas del sujetador y cerrando un poco la camisa. En el pasillo encontramos al chico. Efectivamente era el que le gustaba a mi esposa. Mi mujer le cogió de la mano y entró con él en la primera habitación que vio libre. Les seguí y cerré la puerta con pestillo detrás de nosotros.

Cuando me giré ya estaban frente a frente y comenzaban a tocarse por encima de la ropa. Ahí ya R, que poco antes le había negado sus labios, empezó a besarlo, y acabó atrapándolo contra la pared mientras se morreaban y él tocaba su culo por encima de la minifalda negra. Me sorprendía lo lanzada que veía a mi esposa. Era como si tuviese que apagar su ansiedad de alguna forma. En aquel momento pensé que solo quería resarcirse de la noche anterior. Así estuvieron un rato, besándose y metiéndose mano, hasta que mi mujer se separó de él, dándole la espalda.

- ¿Me lo das? - me preguntó sonriéndome y empezando a desvestirse.

Por un momento me desconcertó, no sabía a qué se refería hasta que caí en la cuenta de que me estaba pidiendo un preservativo. Metí mi mano en el bolsillo mientras miraba cómo se desnudaba delante de mí y a sus espaldas el chaval se quitaba la ropa rápidamente. Se lo entregué y ella lo cogió, ya desnuda, justo cuando el chico se aproximaba por detrás y la abrazaba. Mi mujer se giró sin soltar el preservativo y se besaron de nuevo. Pero R rompió el beso y le hizo echarse en la cama. Ahí pude ver que el yogurín se gastaba un rabo por encima de la media y que ya estaba bastante duro.

R rompió el envoltorio del preservativo y con una mano cogió su polla y empezó a meneársela para que ganara aún más dureza. Cuando le pareció suficiente se detuvo, colocó el preservativo en la punta del glande del chaval y solo con sus labios terminó de enfundárselo. Normalmente mi mujer se recrea más en la situación pero esa noche estaba como poseída, en cuanto le puso el condón se subió encima de él y metió la polla en su coño. Un suspiro salió de su boca al sentir cómo entraba hasta el fondo y empezó a montarlo a un ritmo muy alto. Ver cómo su culo se movía a toda velocidad era hipnótico. Me puse a un lado para contemplarlos mejor y era una escena bellísima, mi hermosa mujer arrebolada de la excitación cabalgando aquella polla con sus tetas y coletas moviéndose al compás y debajo de ella aquel yogurín guapito que extendía las manos para acariciar su piel mientras su polla aparecía y desaparecía dentro del coño de mi esposa. Era como si con cada golpe de cadera cabalgando aquel rabo mi esposa estuviese exorcizando algún demonio personal.

-¿Qué haces? ¿Por qué no participas? - me preguntó R girándose hacia mí sin parar de montarlo.

- Pensaba que querías un tiempo a solas con él – le contesté.

- No, acércate.

Me desnudé entero.

- ¿Queréis que abra la cortina? - les pregunté sabiendo las tendencias exhibicionistas de R.

- Sí, hazlo – contestó mi esposa.

- ¡No, no lo hagas! - exclamó el chico.

- Déjala cerrada – añadió mi mujer con una mueca de decepción en tanto seguía montándolo.

Subí a la cama y acaricié a mi esposa, que seguía moviendo su culo a toda velocidad sobre el chaval. Luego la besé y pasé de magrear sus pechos y pinzar sus pezones a abofetear sus tetas acompañado siempre por el coro de sus gemidos. No sé si en esa situación alcanzó el orgasmo pero si no fue así poco le faltó. La abandoné por un momento y las manos del chico ocuparon mi lugar.

- ¿No te irás a correr ya, no? - le preguntó mi esposa.

- ¡No, no! ¡Aguanto! - le contestó.

Aun así mi mujer bajó el ritmo, desmontó su polla y empezó a besarlo en los labios primero y a continuación lamió su cuello y sus pectorales. De ahí siguió bajando y empezó a chupársela con el preservativo puesto lleno de los flujos de su coño. La polla del yogurín seguía totalmente dura y vi cómo llevaba su mano a la vagina de mi mujer y la penetraba con sus dedos. Yo me incliné y viendo que tenía el coño ocupado empecé a lamer el ano de R que incrementó aún más sus gemidos a pesar de tener la boca llena de polla. Se corrió así y entonces se giró para chupármela a mí.

La dejé un rato mientras el chaval seguía masturbándola pero yo también quería probar su coño. La puse a cuatro patas y empecé a follarla a pelo desde atrás. En esa posición tenía la polla del chaval a tiro y se la volvió a meter en la boca. Aproveché para cogerle de las dos trenzas, empuñarlas como si fuesen unas riendas y tirar de ellas mientras la seguía penetrando. Los gemidos de R se incrementaron pero no perdía la oportunidad de volver a comerse esa polla en cuanto aflojaba un poco los tirones a su pelo. El alarido que soltó me dijo que había vuelta a correrse. Salí de ella. Mi mujer ni me miró y volvió a subirse en la polla del chaval para retomar la cabalgada.

- ¡Cómo me ponen esas trenzas! - le dijo aquel chico mientras se las cogía y tiraba un poco de ellas. R le sonrió.

Pensé que el chaval necesitaba un empujoncito. Estaba visto que respetaba demasiado a R y a R le gusta un sexo más duro. Me puse en pie encima de la cama y me acerqué a ellos. El chaval soltó las trenzas de mi mujer. Cogí con mis manos la cabeza de mi esposa y penetré sus labios con mi polla. Moví su cabeza adelante y atrás, follando su boca mientras ella seguía el ritmo de monta y las manos del chico se movían por todo su cuerpo: tetas, muslos, culo...

- Cómo te gusta follar, ¿eh? Cómo te gustan las pollas, ¿eh, puta? - le dije totalmente cachondo.

- Mrpfff, ¡fí!, ¡fí! - me contestaba mi esposa de manera casi ininteligible perdida en constantes gemidos.

Miré para el chaval. Aquel yogurín no iba a aguantar mucho más. Saqué mi polla de la boca de R y poco después observé cómo el chico se corría entre gruñidos dentro de mi esposa.

Mi mujer fue bajando el ritmo, le acarició con un gesto de cariño y se salió de él volviéndose hacia mí.

- Échate – me ordenó.

Me eché en la cama cerca del chaval y mi esposa subió encima de mí. En ese momento no la tenía dura así que, bajo la mirada del chaval que observaba excitado lo que hacía, R meneó y chupó mi rabo hasta que alcanzó una erección aceptable y la introdujo en su coño. Y esta vez me montó a mí. Así estuvimos un rato hasta que el que el chico se vistió, se despidió de nosotros y se marchó. R a continuación se aseguró de volver a cerrar la puerta con pestillo y abrió la cortinilla para que cualquiera nos pudiese ver. Y volvió a montarme. Era delicioso sentir mi polla dentro de su caliente coño. Pero R quería tener su venganza después de lo que le había hecho y dicho en esa habitación.

- Te gusta ver cómo follan a tu mujer, ¿eh, cornudo? - me dijo R con una mirada de fuego sin parar de montarme.

No aguanté más, la avisé que me corría pero esta vez mi esposa no bajó a tragarse mi corrida como había hecho tantas veces en nuestras aventuras. R se limitó a dejar salir mi rabo de su coño y que mi polla, libre, escupiese semen encima de mi barriga.

- Ven aquí – me dijo R echándose boca arriba en la cama y abriendo sus piernas para mí dándome un primer plano de su coño sin un solo pelo -. Ya sabes lo que quiero.

Claro que lo sabía.

- ¿No te has corrido ya? - le pregunté.

- Sí, me he corrido varias veces pero necesito correrme otra vez. Necesito correrme mientras me lo comes – me contestó mientras se acomodaba en la cama, abriéndose de piernas todavía más.

Bajé sobre ella y empecé a lamer su coño y acariciar sus pechos. R gemía y se retorcía debajo de mí. De acariciar sus pechos pasé a tironear de sus pezones que estaban durísimos. Su orgasmo fue una explosión larguísima en aquella cama donde primero se había follado a un chavalín delante de su marido y ahora su marido le había comido el coño húmedo y abierto de haber follado con los dos.

Nos limpiamos un poco y nos vestimos. Al salir de la habitación R se volvió hacia mí. El fuego de su mirada se había calmado.

- Vas a escribir un relato sobre esto, ¿verdad? - me preguntó sonriente.