De concierto
En medio del estruendo del concierto, Belén no busca solo la música. Busca la mirada de dos desconocidos que saben lo que ella quiere, mientras su marido observa, impotente y encendido, cómo ella se entrega a ellos en plena pista.
El frío de febrero se sentía en los huesos, pero no le molestaba. Todo lo contrario. A Belén le gustaba la sensación de tener el cuerpo ligeramente en tensión, de saber que en cuanto cruzaran la puerta del Palau Sant Jordi, la calidez del ambiente se pegaría a su piel y la haría sentir más viva.
Fran estaba a su lado, con las manos en los bolsillos y la paciencia de siempre. Para cualquiera que los viera desde fuera, parecían una pareja más en la fila, charlando de vez en cuando, compartiendo miradas cómplices sin necesidad de palabras.
Pero lo que nadie sabía era que esa noche era diferente.
No salían a jugar siempre. Solo de vez en cuando, cuando el hambre cornudo de Fran lo pedía y la libido de Belén necesitaba una prueba. No era algo forzado, ni siquiera planificado al milímetro. Simplemente, pasaba.
Como esa noche.
Ella escaneó el ambiente con calma, aunque con la mirada entrenada de quien ya sabe lo que busca. Antes de soltarse del todo, había que asegurarse de algo.
—No veo a nadie conocido —susurró, inclinándose apenas hacia Fran.
Él la miró de reojo y sonrió.
—¿Eso significa que puedes portarte mal?
Belén se humedeció los labios, fingiendo distraerse con el movimiento de la fila.
—Significa que podemos jugar tranquilos.
El viento helado le revolvió el pelo, pero ella no hizo nada por apartarlo. Ya tenía en qué entretenerse.
Porque un poco más adelante en la fila, los vio.
No encajaban allí. O quizás sí, pero no de la forma en la que lo hacía el resto. Se notaba en la manera en que ocupaban el espacio, en cómo se movían sin urgencia, en la forma en que su presencia pesaba más que la del resto.
Uno era alto, de hombros anchos, con el aire de quien no teme al frío ni a nada en general. Su rostro, curtido pero atractivo, tenía una seriedad que no resultaba hostil, sino intrigante. No hablaba demasiado, pero cuando lo hacía, su amigo reía con esa confianza que solo se tiene cuando se ha compartido más de una historia juntos.
El otro era todo lo contrario. Más bajo que su compañero, aunque igual de sólido. De piel más tostada, con el cabello oscuro y rebelde, y con esa actitud de tipo que siempre está en su punto justo de relajación. Italiano, pensó Belén, y supo que no se equivocaba.
No eran modelos de revista, eran algo mejor.
Hombres con kilómetros recorridos, con miradas que no pedían permiso y con la seguridad de quienes han estado en demasiados sitios como para dejarse impresionar fácilmente.
Belén dejó que la imagen quedará suspendida en su mente sin decir nada. Por ahora.
La pista estaba abarrotada, la música previa sonaba lo suficientemente alta como para que las conversaciones fueran más gritadas que susurradas. Belén se pegó un poco más a Fran mientras avanzaban entre la multitud, pero su mente seguía enganchada a ellos.
Los localizó en segundos.
Estaban cerca, sin chaquetas ya, y con esa misma actitud de antes: el nórdico, con los brazos cruzados, observando el escenario como si todo fuera un trámite antes de que pasara algo interesante; el italiano, con una copa de plástico en la mano y la sonrisa ladeada, como si ya supiera qué iba a ocurrir antes de que pasara.
El calor subió de golpe. No solo en el ambiente, sino en su piel.
Se quitó el abrigo con un movimiento lento, casi inconsciente, dejando que la tela se deslizará por sus brazos y exponiendo su espalda desnuda. Sintió la diferencia de temperatura en la piel y supo que, aunque no los estuviera mirando, ellos sí la estaban mirando a ella.
Fran lo notó, como siempre.
—Dámelo, lo dejo en el guardarropa.
—Gracias —susurró Belén, pasándole el abrigo y aprovechando para rozarle el pecho con la punta de los dedos.
Él sonrió, inclinándose un poco más.
—No te vayas muy lejos.
—No lo haré.
Y por primera vez en la noche, se quedó sola.
El aire a su alrededor cambió. Lo supo antes de poder reaccionar.
Pero entonces, otro apareció.
El equivocado. O quizás, no tanto.
Un tipo con camisa de botones, con los puños arremangados y una barba bien recortada que le sentaba bastante bien. No era de esos que se acercan con torpeza. Lo hizo con confianza, con la sonrisa de quien ya ha ligado más de una vez en conciertos.
—Te vi en la fila, ¿cómo es que una mujer como tú está aquí sola?
Belén sonrió de lado, sin responder al instante. Bien, tenía labia.
—No estoy sola.
—No te veo con nadie.
Ella ladeó la cabeza. Vale, no estaba mal. En otra noche, tal vez hasta habría charlado con él un rato.
—Estoy esperando a alguien.
El tipo arqueó una ceja, divertido.
—A mí, seguro.
—Seguro que no.
Él soltó una risa baja.
—Tienes una boca muy bonita para decirme que no.
Antes de que Belén pudiera responder, sintió que algo cambiaba detrás de ella.
No necesitó girarse para saber que ellos estaban allí.
No hicieron ruido. No hubo anuncio. Simplemente aparecieron.
El italiano fue el primero en hablar, inclinándose un poco hacia ella, lo justo para que su perfume especiado la envolviera.
—¿Molestando a la signora?
Su acento hizo que un escalofrío le recorriera la piel.
El otro no dijo nada, pero su presencia era suficiente. No hacía falta hablar cuando todo en su cuerpo decía que no estabas invitado.
El tipo de la camisa captó la indirecta rápido. Levantó las manos en un gesto de rendición, sonrió y se alejó sin decir nada más.
Belén soltó el aire lentamente, consciente de que ahora estaba entre ellos.
Dos cuerpos grandes. Uno a cada lado.
Y un pensamiento la golpeó con la misma violencia con la que la música explotó en los altavoces.
Los dos.
Las luces del escenario se encendieron y "Nuestro baile del viernes" retumbó en la sala.
Fran volvió a la pista. No la vio de inmediato.
Tardó en encontrarla.
Y cuando lo hizo, sonrió.
Porque allí estaba ella. Entre los dos.
No se acercó enseguida.
Porque lo mejor estaba por venir.
Fran no perdía detalle.
Desde su posición, apoyado contra la valla con la cerveza en la mano, tenía la mejor vista del puto concierto.
Y no precisamente del escenario.
Belén ya estaba metida en su papel. Lo veía en su postura, en la forma en que se inclinaba apenas hacía el italiano, en cómo su cuerpo reaccionaba a la presencia del nórdico sin que él tuviera que hacer absolutamente nada.
Era el momento.
Lo supo cuando el italiano se acercó un poco más, con esa seguridad descarada de quien ya tiene claro cómo va a terminar la noche.
—Tu uomo está mirando —murmuró, con la voz lo suficientemente ronca como para que pareciera que le estaba diciendo algo sucio.
Belén sonrió apenas.
—¿Sí? No me había dado cuenta.
Él rio por lo bajo y negó con la cabeza.
—Che bugiarda… —susurró, acercándose más—. Sabes perfectamente que nos está viendo.
El nórdico, al otro lado, no dijo nada. Solo la miraba.
Pero qué manera de mirar.
Belén sintió ese peso sobre su piel, esa presencia densa, contenida. No hacía falta que hablara, su cuerpo lo decía todo.
No se había movido ni un centímetro, pero de alguna forma, estaba más cerca.
Y eso, joder, eso la tenía mucho más excitada.
El italiano la miró con picardía, esperando su respuesta.
Belén dejó que pasara un par de segundos antes de devolverle la mirada.
—Claro que lo sé —dijo, bajando la voz—. Para eso hemos venido.
No hubo sorpresa. Solo satisfacción.
El italiano sonrió abiertamente, como un jugador que acaba de recibir la señal para hacer su mejor jugada.
—Eso me gusta. Una donna sincera.
El nórdico no sonrió. No lo necesitaba.
Pero sus dedos se deslizaron sutilmente por su espalda baja. Un roce ligero, apenas un toque.
Suficiente para que Belén se estremeciera sin poder evitarlo.
Fran apoyó la lengua contra su paladar y respiró hondo, intentando calmarse un poco.
Pero no había manera.
Estaba empalmado.
Desde el momento en que Belén reconoció el juego en voz alta, en el instante en que vio cómo esos dos cabrones la rodeaban con descaro, su polla reaccionó al instante, endureciéndose bajo los vaqueros.
La cerveza fría no ayudaba una mierda. Su mujer lo estaba poniendo a mil.
La vio moverse entre ellos, jugar con el italiano, estremecerse apenas cuando el nórdico la rozó con sus dedos grandes y seguros. Y supo que ella también estaba igual.
Belén mordió su labio con suavidad. Estaba empapada.
No necesitaba tocarse para comprobarlo. Lo sabía. Su tanga de encaje negro estaba completamente húmedo, pegado a su piel, y cada vez que se movía, la fricción le arrancaba un escalofrío delicioso.
La estaban jodiendo viva sin siquiera tocarla bien.
Y entonces pasó.
El italiano se movió apenas, girándose un poco para hablarle más de cerca, y su erección chocó contra su cadera.
No fue accidental.
Belén sintió esa dureza caliente y gruesa apretándose contra ella, marcando territorio. Quiso gemir.
Él sonrió, porque sabía exactamente lo que había hecho.
—Así que esto te gusta, ¿eh? —murmuró con la voz cargada de lujuria—. Eres una puttana deliciosa…
Belén sintió su respiración entrecortada.
Y justo cuando iba a responder, el nórdico también se movió.
No había hablado, no había hecho ningún gesto brusco. Pero de pronto, su cuerpo estaba más cerca.
Y su erección también.
No tenía la descarada agresividad del italiano. Era otra cosa.
Era una presencia densa, firme, dura y peligrosa.
Se frotó contra su trasero con una calma controlada, dejándola notar cada jodido centímetro de su polla dura.
Belén sintió un espasmo entre las piernas.
Los dos. Eran los dos.
Estaba atrapada entre ellos, entre dos cuerpos enormes, con dos pollas duras clavándose contra su cuerpo sin vergüenza.
Y joder, iba a correrse ahí mismo.
Desde su sitio, Fran se pasó la mano por el muslo, tratando de acomodarse discretamente. Pero su polla no bajaba.
No con esa imagen.
Su mujer, metida entre esos dos cabrones, empapándose más a cada segundo.
Si cerraba los ojos, podía imaginarla gemir.
Si los abría, veía cómo Belén se estaba entregando por completo.
Y lo mejor de todo era que todavía no habían hecho nada.
Pero pronto lo harían. Fran tragó saliva.
Estaba completamente fuera de control.
No había querido acercarse tanto. No había querido ser descubierto tan rápido. Pero el deseo lo había empujado hacia ellos, hacia ella, hasta que se encontró en la distancia justa.
Lo suficientemente cerca para verlo todo.
Para ver cómo su mujer, su preciosa Belén, se entregaba sin reservas.
El italiano la tenía atrapada contra su cuerpo, su boca devorándola con hambre, su mano firme en su cadera, guiándola contra él con un descaro absoluto. No tenía prisa. Disfrutaba de cada roce, cada mínimo movimiento, como si supiera que cuanto más lento fuera todo, más se mojaría.
Y el nórdico, joder…
El nórdico estaba justo detrás de ella, tan pegado que apenas había espacio entre sus cuerpos.
No hacía ruido. No interrumpía. Pero estaba ahí.
Y Belén lo sentía. Claro que lo sentía.
Porque su erección la presionaba contra la parte baja de su espalda.
Porque su respiración se aceleraba justo contra su cuello.
Porque una de sus manos le envolvía la cintura, fijándola en su sitio con una firmeza que no admitía discusión.
No había espacio. No había escape.
Solo calor.
Solo cuerpos apretados, frotándose entre sí, con cada nueva pulsación de la música envolviéndolos en un ritmo sucio y lento.
Y entonces, el italiano la soltó con una sonrisa oscura, pasando la lengua por su labio inferior. Como si la saboreara.
El nórdico levantó la mirada.
Y encontró a Fran.
No hubo dudas. No hubo preguntas.
Solo una conexión brutal y directa.
"Mírala bien, porque ahora la voy a besar yo."
Fran sintió un pulso caliente recorrerle la espalda.
Belén apenas tuvo tiempo de recuperar el aliento antes de sentir la presión en su mandíbula. Firme. Dominante. Sin prisa.
El nórdico giró su rostro con un simple movimiento de dedos y la besó.
No fue como el italiano. Fue peor.
Porque no la devoró.
La reclamó.
Su boca se movió sobre la suya con una seguridad aplastante, como si ya supiera exactamente cómo le gustaba. Como si le estuviera dejando claro quién mandaba ahora.
Y mientras la besaba, mientras sus labios se abrían con la misma naturalidad con la que su cuerpo se entregaba, el italiano no se apartó.
No. Él tampoco la soltó.
Sus labios bajaron a su cuello. Su lengua probó su piel.
Y cuando su mano ascendió lentamente por su muslo desnudo, mientras la música vibraba en el aire y la multitud seguía ajena a lo que ocurría en ese rincón de la pista, Belén sintió que se estaba volviendo loca.
Dos cuerpos.
Dos bocas.
Dos erecciones duras pegadas a ella.
Y en la distancia, su marido viéndolo todo.
Fran no tenía intención de acercarse. No todavía.
Pero Luca lo llamó.
No con palabras, no necesitaba palabras.
Solo le bastó con levantar la barbilla en su dirección y mirarlo con esa expresión de "ven aquí, cornudo, no te escondas."
Fran sintió cómo se le tensaban los músculos, la piel demasiado caliente, los vaqueros insoportablemente ajustados.
Y aún así, avanzó.
Se detuvo junto a Belén, que le lanzó una mirada traviesa antes de posar suavemente una mano en el brazo de Luca, como si ya le perteneciera.
—Cariño… —Belén deslizó los dedos por el pecho del italiano antes de girarse un poco hacia Erik—. Quiero que conozcas a estos dos hombres.
Hombres.
No chicos. No simples desconocidos.
Hombres.
—Él es Luca —continuó, acariciando la tela de su camisa con las yemas de los dedos—. Un cabrón encantador con mucho peligro que ahora mismo me esta tocando el culo.
El italiano sonrió con arrogancia.
—Y él… —Belén bajó un poco la voz, como si estuviera saboreando el momento— es Erik.
El nórdico no sonrió. No lo necesitaba.
Solo inclinó la cabeza levemente en dirección a Fran, midiéndolo.
Belén esperó un instante antes de completar la presentación.
—Chicos… —su tono fue dulce, meloso, pero con un filo evidente—, este es Fran. El cornudo de mi marido.
Luca extendió la mano con una sonrisa de satisfacción.
—Encantado, Fran. Tienes una mujer espectacular y muy zorra por lo que veo.
Y sin dudarlo, sin la más mínima vergüenza, continuo sobándole el culo a Belén.
Apretó con descaro, sin miramientos, sin preocuparse lo más mínimo por la presencia de su marido.
Belén soltó un suspiro leve y se inclinó un poco más hacia él, dejándose hacer.
Fran sintió su polla palpitar.
Pero antes de que pudiera decir algo, el otro se movió.
No ofreció la mano. No lo consideró necesario.
Simplemente se acercó a Belén y le susurró algo al oído.
Fran vio el escalofrío recorrer su espalda.
Vio cómo sus labios se entreabrieron.
Vio cómo apretó los muslos.
Su cuerpo reaccionó antes que su boca.
—¿Qué le has dicho?
Erik levantó la mirada.
—Que nos vamos a por una cerveza.
Fran frunció el ceño, confuso por un segundo.
Erik esbozó una sonrisa mínima, breve, casi imperceptible.
—Tu mujer se queda con Luca, el sabrá como hacerla disfrutar mientras volvemos.
Fran sintió el calor subirle por la nuca. Un nudo de nervios y excitación.
Miró a Belén, pero ella ni siquiera se giró.
No le dedicó una última mirada, ni una palabra. Nada.
Simplemente se quedó allí, entre Luca y su agarre seguro, como si su noche acabara de comenzar.
Erik se dio la vuelta y comenzó a caminar.
Fran lo siguió.
Y en cuanto se perdió de vista, Luca y Belén dejaron de contenerse.
No había necesidad de tanteos ni palabras. Ambos sabían por qué estaban allí, solos, y lo iban a aprovechar.
Luca la tomó por la cintura, tirando de ella con una firmeza que no dejaba dudas. Su cuerpo duro chocó contra el de Belén, sus manos recorriendo la línea de su espalda hasta aferrarla bien contra él.
Ella soltó un suspiro entrecortado y deslizó sus manos sobre su pecho, notando la tensión de sus músculos bajo la ropa. Le gustaba cómo la sujetaba, cómo la guiaba sin pedir permiso.
—Tu marito es un hombre con suerte… —murmuró Luca, su boca peligrosamente cerca de la suya.
Belén sonrió con descaro y se movió contra él, sintiendo su dureza crecer entre sus cuerpos.
—¿Por qué lo dices?
Luca dejó que una de sus manos bajara lentamente, resbalando por la curva de su cadera hasta deslizarse bajo la falda.
—Porque tiene una mujer increíble… y sabe compartirla.
Un escalofrío le recorrió la piel. Qué jodidamente fácil le resultaba a este cabrón decir las cosas como eran.
Ella deslizó una pierna entre las suyas, rozándolo con intención, sintiendo su polla completamente dura. Le encantaba provocarlo.
—¿Y qué piensas hacer con eso? —susurró contra su boca mientras la mano de Belén acariciaba su paquete.
Luca la miró con esa sonrisa de hombre que ya tiene claro lo que va a pasar.
—Follarte, pero eso será después.
Y la besó.
No con suavidad, sino con hambre.
La atrajo con fuerza, sus bocas uniéndose con una intensidad que hizo que la piel de Belén ardiera. Sus labios se abrieron sin dudarlo, su lengua encontrándose con la de él en un juego húmedo y profundo.
Las manos de Luca la recorrían sin pausa, bajando por sus muslos, agarrando su trasero con firmeza, marcando cada centímetro de piel con la seguridad de quien sabe lo que está haciendo.
Belén jadeó contra su boca, sus caderas moviéndose de manera instintiva contra él, sintiendo la dureza de su erección apretándose contra su cuerpo. El contacto la encendió aún más.
Se aferró a su cuello, profundizando el beso, sintiendo cómo las luces del concierto parpadeaban a su alrededor, cómo la multitud gritaba sin tener idea de lo que ocurría en ese rincón de la pista.
No existía nada más en ese momento.
Solo él.
Solo el deseo hirviendo entre ellos.
Solo el hecho de que Fran no estaba allí para verlo.
Pero si lo hubiera estado…
No habrían parado.
Fran y Erik se alejaron de la pista en silencio.
Fran no miró atrás. No hacía falta.
Sabía exactamente lo que estaba pasando con Belén y Luca.
Sabía cómo su mujer lo estaba calentando a su ritmo, cómo le dejaba saborear su boca solo cuando ella quería, cómo sus manos se deslizaban sobre su cuerpo, pero sin darle aún todo.
Porque ella manejaba la situación.
Cuando llegaron a la barra, Erik pidió dos cervezas sin preguntar, le pasó una a Fran y bebió de la suya con la misma calma con la que parecía observarlo todo.
—Luca la debe de estar disfrutando —comentó con tono neutro, como si quisiera tantearlo—. Seguro que ya la tiene donde quiere.
Fran dejó escapar una leve risa y giró la cabeza hacia él.
—¿Eso es lo que crees?
El nórdico no respondió enseguida.
Fran apoyó la botella en la barra con tranquilidad.
—Yo veo otra cosa. Es Belén la que lo está disfrutando a él.
Erik entrecerró los ojos.
Fran continuó, seguro de cada palabra.
—Luca no está decidiendo nada. Está donde ella quiere que esté, tocándola cuando y donde a ella le apetece. Cuando ella se lo permite. Y cuando volvamos, lo va a dejar al borde, con la polla dura y la cabeza dándole vueltas.
Erik apoyó el codo en la barra, ahora visiblemente más interesado.
Fran le sostuvo la mirada y tomó un trago de su cerveza antes de responder.
—Después irá a por ti. Te hará lo mismo. Jugará contigo hasta dejarte igual que a él ahora mismo. Hasta que no acabe el concierto ella se encargará de que ninguno de los dos os enfriéis, tal y como yo quiero que haga para mi, atentos a cada uno de sus movimientos. Asi de zorra es mi mujer.
El nórdico ladeó la cabeza, observándolo con detenimiento. —¿Y luego?
Fran sonrió, disfrutando de cada segundo.
—Cuando termine el concierto, si cree que seréis capaces de estar toda la noche follándola como a ella le gusta, iremos a tomar una copa cerca de nuestro hotel.
Erik bebió un sorbo sin apartar la mirada.
—¿Un bar?
Fran sonrió.
—Más oscuro, intimo y discreto. Allí ella querrá probar lo que lleva poniendo duro toda la noche, para saber si es cierto. Es una zorrita muy exigente. Primero se la comerá a uno y luego a otro, no sé por cual empezará. Hizo una pausa, dejando que la idea se asentara antes de continuar. —Tal vez sea yo quien se lo diga, depende de la luz que haya y lo zorra que aparezca en la pantalla de mi movil.
Los ojos de Erik se oscurecieron apenas. —¡Qué cabrones!.
Fran negó con la cabeza, sonriendo.
—Básicamente lo tenemos muy claro, y cuando salimos a disfrutar de la noche, sabemos muy bien cómo hacerlo.
El silencio entre ellos pesaba.
Hasta que, por primera vez en toda la noche, Erik sonrió de verdad.
—Vaya, cornudo… Me gusta cómo pensáis.
Fran alzó su botella.
—Entonces lo vamos a pasar bien esta noche.
Las botellas chocaron en la barra.
Fran y Erik avanzaban con las cervezas en la mano, volviendo a la caza.
Desde la distancia, la escena era exactamente la que Fran había anticipado.
Luca la tenía abrazada por detrás, pegando su cuerpo al de ella sin reservas, sintiéndola moverse contra él con el ritmo de la música.
Belén, completamente en su elemento, cantaba y bailaba de manera sensual, dejando que su cuerpo se balanceara contra el suyo, rozando sus nalgas contra su entrepierna cada vez que el ritmo lo permitía.
Luca inclinaba la cabeza y le mordisqueaba el cuello, su aliento cálido resbalando sobre su piel desnuda.
Las manos de él se deslizaban con descaro bajo su chaleco, colándose por los costados, acariciando la piel suave de su abdomen, subiendo lentamente sin encontrar resistencia.
Belén sonrió, girando apenas la cabeza hacia él, dejándole hacer.
Pero sin darle todo.
Porque incluso entre sus manos, seguía siendo ella quien marcaba los tiempos.
Y justo cuando Fran y Erik llegaron, las luces parpadearon y los primeros acordes de "No Salgo Más" retumbaron en el Palau.
"No llames más... Déjame en paz... Te vuelvo a decir, que no salgo más..."
El público gritó.
Y Belén sonrió.
Joder, qué bien jugaba su mujer.
Bebió un sorbo de la cerveza que le había dado Fran y, con una ligereza que contrastaba con la tensión sexual que flotaba en el aire, levantó los brazos y empezó a moverse con la música.
Fran no pudo evitar reírse.
Ella tarareaba la letra, bailando sola por unos segundos, con ese aire despreocupado que lo volvía loco.
Y entonces, fue a por él.
Se pegó a su cuerpo, moviéndose con él, bailando de forma juguetona, sin dejar de cantar en su oído.
Fran la sujetó por la cintura y la giró con él, disfrutando de su calor, de la forma en que su cuerpo encajaba perfectamente contra el suyo.
Pero justo cuando parecía que iba a quedarse con él…
—Cornudo, a ti ya te tendré luego, ahora voy a probar al otro.
Giró sobre sí misma y fue directamente a por Erik.
El nórdico ni se inmutó.
Esperó. Dejó que fuera ella quien cruzara la distancia.
Belén se pegó a Erik con la misma intensidad con la que lo había hecho con Luca, él entendió que había llegado su turno… solo que esta vez, no hubo tanteos previos.
No había necesidad. Ya no estaban tanteando nada.
Erik la atrapó por la cintura en cuanto sus cuerpos se encontraron, y ella, sin dudarlo, deslizó las manos por su pecho, sintiendo la firmeza de sus músculos bajo la camiseta.
El ambiente en la pista era un caos de luces y sonido, la multitud saltaba y cantaba, pero entre ellos todo se volvió más lento, más denso.
—Mmm… —Belén sonrió contra su boca, sin separarse ni un milímetro—. Veamos si eres tan bueno como pareces.
Erik no respondió. Simplemente actuó.
La besó con fuerza, con hambre, con la seguridad de un hombre que no necesita pedir permiso.
Y ella le respondió con el mismo deseo.
Las manos del nórdico descendieron por la espalda de Belén, recorriendo la piel desnuda que dejaba su chaleco abierto. No hubo titubeos, no hubo dudas.
Belén gimió contra su boca.
Un sonido breve, casi ahogado por la música. Pero lo suficientemente claro para que Erik sonriera contra sus labios.
La tenía encendida.
Y ella también lo notó.
Se pegó más, sintiendo la dureza creciente en sus pantalones, le susurro al oído
—ufff, no se cual me va a gustar más. ¿Me dejareis quedarme con las dos?—.
Sus cuerpos encajaron de forma tan natural que Fran sintió un pulso de calor recorrerle el cuerpo.
Bebió un trago de su cerveza y, sin apartar la mirada de la escena, se giró levemente hacia Luca.
—¿Te gusta mi mujer? —preguntó, con una media sonrisa.
Luca, que no había despegado los ojos de Belén, esbozó una sonrisa de lado.
—Mucho.
Fran bebió otro sorbo, disfrutando de la tensión en el ambiente.
—Es una zorra increíble, ¿verdad?
Luca soltó una risa baja y volvió a beber de su cerveza.
—Joder, sí.
Y en ese momento, Belén bajó las manos por la espalda de Erik, hundiendo los dedos en su camiseta, pegándolo más a ella, restregándose sin vergüenza contra su dureza.
A unos metros, entre el público, una mujer le susurró algo al oído a su amiga.
Una, con los brazos cruzados y cara de absoluta incredulidad, se inclinó hacia su amiga y le soltó al oído:
—Tía… se acaba de comer a uno, y ahora casi se tira al otro en mitad de la pista.
La otra, con la boca entreabierta, no dejaba de mirar fijamente a Fran.
—Espera, espera… —se rió con incredulidad—. ¿Y el otro que lo está viendo todo es su marido?
La primera asintió, mordiéndose el labio con malicia.
—Y encima parece que le pone.
—Qué zorra, tía… —susurró la segunda, con una mezcla de asombro y pura envidia—. Y qué suerte tiene.
Fran captó la escena.
Y sonrió para sí mismo.
El concierto seguía su curso, pero para ellos, la música era un simple telón de fondo.
Belén estaba completamente en su elemento.
Iba de uno a otro, sin prisa, sin apuros, como si estuviera en su propio juego privado, probándolos, midiéndolos, asegurándose de que ambos merecían lo que estaba por venir.
Primero con Erik, que la sujetaba con firmeza, explorándola con sus manos como si ya la hiciera suya.
Luego con Luca, que no se cortaba en hacerle saber que podía devorarla en cualquier momento.
Y de vez en cuando, volvía a Fran.
Se acercaba a él, con esa sonrisa suya que lo decía todo, y sin decir una palabra, lo besaba con la misma intensidad con la que se entregaba a los otros.
Fran lo disfrutaba, lo saboreaba.
Y la dejaba ir, sabiendo que su lugar estaba reservado.
El concierto estaba llegando a su fin. Las luces, la música, el sudor en sus cuerpos.
Para ese punto, Erik y Luca ya habían recorrido cada centímetro de Belén con sus manos.
Habían sentido lo caliente que estaba.
Habían notado cómo se estremecía con cada roce, cómo se apretaba contra ellos, cómo cada beso y cada caricia la encendían más.
Y Fran lo sabía.
Con la cerveza ya casi vacía en la mano, la miró fijamente y, con su tono tranquilo, seguro, le dio la orden que llevaba rato pensando.
—Quítate el tanga.
Belén, con la respiración agitada y el pulso acelerado, no dudó ni un segundo.
Con una mirada de pura malicia, se giró de espaldas a ellos y, con un movimiento tan sutil como descarado, deslizó sus manos bajo la falda.
Luca y Erik miraban cada gesto, cada segundo, sin pestañear.
Y cuando finalmente lo tuvo en la mano, se giró y se lo entregó a Fran.
Él lo cogió con calma, lo sostuvo entre los dedos, y sin dejar de sonreír, se lo pasó a Erik.
—Dímelo tú —le dijo, mirándolo con complicidad.
El nórdico lo tomó, lo apretó entre los dedos y dejó escapar una leve risa antes de llevárselo a la nariz.
—Joder… —murmuró, su voz cargada de deseo.
Luego, sin decir nada más, se lo pasó a Luca.
Este lo cogió, lo miró unos segundos y repitió el gesto, dejando escapar un gruñido gutural.
—Está empapada.
Fran sonrió, satisfecho.
—Ya lo sabía. Pero quería que vosotros también lo supierais.
Belén, encendida por completo, les arrebató el tanga de las manos, se lo metió en el bolsillo y se volvió hacia el escenario.
Las luces bajaron, los músicos desaparecieron entre aplausos y ella, con la piel ardiente y el pulso desbocado, gritó entre la multitud.
—¡OTRA! ¡OTRA!
Pidiendo un bis.
Fran le susurró al oído, con la voz ronca y la mirada encendida.
—Amor, el bis… en el hotel.
Belén le sostuvo la mirada. Y sonrió.
No hizo falta decir nada más.
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