Las siete 12
La casa vacía a las nueve, pero el juego apenas comienza. Con Daniela como nueva pieza en el tablero y Cristina bajo presión, cada noche trae nuevas pruebas de sumisión y humillación que ponen a prueba los límites de la obediencia.
Capítulo 12.
Tras la cena y copas, acompañamos a Cristina y a Irene a su casa y continuamos María, Isabel y Daniela a la mía.
Mientras María se acomodaba en su cama a los pies de la mía mirando con ansia y con su manopla en la entrepierna, Isabel, Daniela y yo nos metimos en la cama.
Aún tenía pendiente estrenar a Daniela y ya era muy tarde, así que me propuse que todo fuera rápido, ya tendría tiempo más adelante de estar con tranquilidad con la nueva.
Puse a Isabel a chupármela para levantarla que entre el polvo a María y las horas que eran estaba algo remolona. A Daniela la coloqué a cuatro patas y desde atrás me quedé mirando como colgaba su pollita tan sonrosada. Yo estaba de rodillas con Isabel entre mis piernas chupando preparado para en cuanto estuviera listo embestir, pero un extraño antojo me vino. Le dije a Daniela que se tumbara boca arriba y abriera las piernas. Allí estaba esa pollita que había visto colgar, destacando entre la piel tostada de Daniela y su color rosa tirando casi a rojo, tan pequeñita. La toqué y Daniela gimió, se puso dura, o todo lo que se podía poner dura y sin pensarlo me la metí en la boca y la chupé.
Entera metida en mi boca y jugando con mi lengua estuve un minuto, no más. Recreándome en su suavidad y blandura a pesar de saber que estaba empalmada. Pasado ese tiempo me vino a la cabeza los años de heterosexualidad aplastantes que me hicieron sacarla.
Cuantas veces he soltado a mis chicas que el sexo es diversión y da igual con quien o como lo hagas, todo para que vieran que el sexo entre ellas es algo normal, y por otro lado, hipócrita de mi, sentí que lo que hacía con Daniela no estaba dentro de los cánones de un amo. Con disgusto la saque de mi boca impulsado por esa invisible fuerza de la hipocresía.
Tal como estaba Daniela, levanté sus piernas hasta mis hombros y con la ayuda de Isabel que guió mi polla se la introduje en el culo sin esfuerzos a una Daniela que volvió a gemir con cada una de mis embestidas. Me fascinaba ver como en cada uno de mis empujones la pollita saltaba arriba y abajo, era hipnótico. Rompí ese hechizo con esfuerzo y le dije a Isabel que se la chupara mientras me dediqué a castigar los pezones de Daniela. Me corrí mirando la cara de placer de la rubita buscando algún signo en ella de masculinidad que no encontraba para calmar mi hipócrita heterosexualidad. Desde el suelo me venían los gemidos de María que supuse se masturbaba con el espectáculo.
Le dije a Isabel que siguiera hasta que se corriera Daniela echándome a un lado de la cama.
-No es… necesario… Amo…, a veces nunca me...corro...- decía como podía Daniela. Ella no conocía las dotes de mi Primera esclava y al poco rato se corrió también. Isabel, orgullosa de su mamada se acomodó a mi lado, para como siempre dejarme a mi en medio entre las dos. Y a los pocos segundos escuchamos a María conseguir su orgasmo.
Cuando el sueño nos estaba a punto de vencer, Isabel me dijo en voz baja -Amo, esa polla es deliciosa. Da gusto moverla dentro de la boca entera, y es tan sedosa...-
-¿Te gusta más que la mía?.- Se abrazó fuerte a mi costado.
-Nunca Amo, la de ella está muy rica pero la de mi Amo es superior, nunca dejaré de paladearla. No sea malo con esas preguntas, el Amo sabe que no existe para mi mejor polla que la suya.-
Y lo demostró cuando me desperté por la mañana con mi polla ya en su boca mientras Daniela la miraba estudiando lo que hacía tan cerca que su nariz casi tocaba mis huevos. Giré la cabeza de placer sintiéndome en el paraíso para encontrarme el rostro sonriente de María y demostrando que yo realmente estaba en el paraíso.
Puse un cuenco de leche en el suelo de la cocina que María atacó con avidez mientras preparaba el desayuno y las chicas se aseaban. Solía ser el momento en que ellas, normalmente Isabel e Irene, aprovechaban para ponerse su enema, aunque esta vez era con Daniela. En la otra ciudad tenía una esclava que era fanática de los enemas, tanto que había que controlarla para que no se pasara y pusiera en riesgo su salud. Pero a mi esa práctica solo me interesaba para no sacar la polla sucia, entiendo el componente de humillación para la esclava pero a mi no me atraía nada. Por eso las dejaba hacer como si no supiera que hacían.
Eso me recordó la charla de por la noche.
-Gatita, hoy no te vas sin cagar. Recuérdalo.-
-Por favor mi Dueño, que me da mucha vergüenza, y encima que la nueva me tenga que limpiar, que asco, no seré capaz de mirarla a la cara. ¿Como eres tan malo que le obligas a hacer eso?.-
-Pues vas a alucinar gatita. Resulta que a la nueva eso le pone. Ya le dije que en esta casa se quedaría con las ganas, que aquí no pasaría. Pero me acordé de ti y así todos contentos.-
-No, todos no mi Dueño. Yo no estoy contenta.- Era difícil tener esta conversación sin reírte cuando le mirabas la cara y le veías los bigotes blancos de la leche.
-Mira, vamos a hacer una cosa. Cuando tengas ganas esperas que la cocina esté vacía, avisas a Daniela que se quede en la puerta y no deje entrar a nadie. Cuando termines la avisas y entra ella sola y te limpia. Así tendrás intimidad hasta que te acostumbres, como te pasó con el pis.-
-No hay mucha intimidad cuando una chica que no conoces te limpia el culo con su lengua y recoge tu mierda en una bolsa.-
-¿Prefieres que lo haga Isabel?.- Le dije riendo.
-Tratas muy mal a tu mascota.- Se puso melosa pasando entre mis piernas y ronroneando.
Le levanté la cara y le lamí los restos de leche para terminar besándola.
Fue una mañana muy hogareña como en cualquier otra familia. Yo jugaba con la gatita mientras veía como Isabel le enseñaba las posturas a Daniela.
En un momento que me recreaba viendo como nuestra gatita intentaba atrapar la luz de un puntero láser, ella se paró y se vino hacia mi. En el centro de la habitación seguían con sus clases Isabel y Daniela.
En una voz muy baja y tímida María me dijo, -Dueño, ahora tengo ganas, ¿como se lo digo a Daniela?.- Su cara estaba pálida de la vergüenza.
Pensé que se lo dijera sin más, pero eso quitaba el morbo de ser una gatita que no debe hablar. Mordisquear sus tobillos, maullar, no me decidía por nada hasta que mirando a Daniela se me ocurrió.
-Te acercas a Daniela y te metes su polla en la boca sin chupar ni lamer. Le aprietas sin hacerle daño y tiras de ella hasta la cocina.-
María me miró perdiendo la palidez por unas mejillas rojas de la vergüenza pensando en todo lo que tenía que hacer y decidiendo que lo de agarrar esa polla era lo menos humillante de todo.
Gateó hasta Daniela que sin tener conocimiento de nada vio como María se metía su polla en la boca y tiraba de ella.
Tanto Daniela como Isabel me miraron comprendiendo que era cosa mía esperando alguna orden.
-Daniela, cuando la gatita actué así es que quiere ir a su arenero, tanto para el pis como para algo más. La acompañarás y cuando ella termine la limpiarás. ¿De acuerdo?.-
-Sí Amo.- Dijo dejándose llevar por María mientras notaba una leve erección dentro de su boca.
Isabel se arrodilló en espera y yo me quedé en el sillón, ambos en silencio como si quisiéramos escuchar algo de lo que ocurría dentro que nos trajera un poquito de morbo o no, nunca había probado ese tipo de humillación.
María salió al poco rato con la cabeza gacha y la cara enrojecida gateando hacia su cama. Parecía que la humillación le había quitado las ganas de seguir jugando. Unos segundos después apareció Daniela sonriendo camino del baño. A su regreso continuó con Isabel y las posturas.
Llamé a gatita con ese sonido tan típico para llamar a los gatos y moviendo los dedos como si tuviera una golosina en ellos. Como si el mundo entero se apoyase en su espalda, se levantó y gateando vino a mi. Le cogí la cabeza y la levante para mirarla.
-¿Que tal ha sido todo?.- Pregunté muy curioso, de hecho tenía la intención la próxima vez de entrar a verlo.
-Humillante Dueño, muy humillante.-
-¿Y Daniela?, es nueva y necesito saber como se porta.-
-Le da morbo humillarme, ¿verdad?. Lo haces por eso, podría seguir como hasta ahora y nadie tiene que enterarse cuando… defeco. Pero a mi Dueño le gusta ver como me humillan.- Me miró con odio, pero con una preciosa cara de odio sumiso.
-Es un poco de todo gatita. Me gusta humillar a mis esclavas a veces, me gusta que seas una mascota en todos los sentidos sin ocultar ninguno, y como te dije a Daniela le encanta. Sumas eso y todos felices.-
-Menos yo.-
-Quizás ahora no. Como cuando empezaste no querías venir los fines de semana por vergüenza. Y a pesar de que eres libre de venir y de irte cuando quieras, te plantas los viernes y no te vas hasta el lunes. Disfrutas cuando alguna de las esclavas juega con un trapo para que lo cojas, o cuando le ordeno a Irene que te coma el coño mientras tú se lo comes a Isabel. Seguro que la primera vez que lo hiciste con una mujer sufriste pero ahora aquí estás. Quizás no te hayas dado cuenta pero cada día que pasa te veo moverte más como gata que como mujer, eso me gusta pero a ti te encanta. Esto pasará, te habituarás a hacerlo como una función más de ser una linda gatita.-
-Es probable pero ahora me siento sucia.-
-¿Daniela no ha hecho su trabajo?.-
-Sí, lo ha hecho. Y muy bien mi Dueño. Se colocó a mi espalda, supongo que para que no tuviera que verla mientras… apretaba. La recogió con una bolsa y la tiró a la basura. Después se agachó y estuvo un buen rato limpiando. Es verdad que debe gustarle porque estuvo bastante rato, y para aumentar mi vergüenza llegó a gustarme.- Me miró a los ojos. -Me excité y eso me humilló más.-
-Eso me gusta,- le dije tirando cariñosamente de su pelo, -ven sube al sillón conmigo quiero enseñarte algo.-
Subió al sillón en mi regazo, cogí la tablet y empecé a enseñarle fotografías.
-Son adosados y chalets, ¿va a mudarse mi Dueño?.-
-Sí, lo he decidido. El alquiler de este piso me lo pagó la empresa los cuatro primeros meses, pero después lo he estado pagando yo. Y el avaricioso del casero ha decidido aumentar el alquiler, así que he pensado en comprar uno. Además Irene cada vez es mas chillona y no me gusta azotarla con la mordaza y aquí no tengo sótano que es lo suyo. Ya lo estoy viendo decorado como unas mazmorras. Además necesito un jardín para que mi gatita juegue y tome el sol.- Le dije acariciando su barriga.
Ronroneó y se arqueó levemente ante mis caricias.
-Pero mi Dueño, el jardín debe ser reservado, sin vecinos curiosos.- Decía sin parar de ronronear y con una voz suave, quizás viéndose ya allí.
-El problema es que los que me gustan están a las afueras. Hay uno que está muy bien dentro de la ciudad pero el precio es exagerado. Y no tiene piscina. De los otros he seleccionado cuatro, con sótano, jardines amplios con altos muros o separados para que no vean los vecinos a mi gatita mientras atrapa pajarillos y de precio razonables. Al final me he rendido y me he hecho a la idea de usar el coche hasta para comprar el pan, pero no me queda otra. Dime que te parecen.-
Le fui enseñando las fotos y los comentábamos sin llegar al final a una conclusión. Aunque ella los redujo a dos por tener en el jardín árboles grandes.
-A nosotras las gatitas,- dijo melosa, -nos gusta subir a los árboles. Quizás si tenemos suerte nos vengan a rescatar fornidos bomberos.- La broma le costó un azotito en el culo que recibió con un maullido y la mirada curiosa de mis otras esclavas.
Todos odiamos los lunes. Es algo intrínseco al ser humano desde que se creó la semana y se decidió que los domingos no se trabajara. Pero se hace más llevadero cuando sientes la boca de Isabel mamando y los besos y lametones de María por mi cara.
Después de una buena corrida y una limpieza a fondo de mi polla, las dos saltaron a la ducha para después de vestirse marcharse al trabajo.
Daniela se quedó algo descolocada y sin saber que hacer.
-Cuando no tengas nada que hacer, te quedas de rodillas en espera en el salón hasta que te necesite.-
-Sí Amo.-
-Cuando venga Cristina le diré que le ayudarás en las tareas. Eso te vendrá bien porque si vas a vivir un tiempo en su casa es muy exigente.-
-Sí Amo.-
-Hasta ahora no te lo había dicho. Los dos castigos que te he dado este fin de semana han sido suaves. Pero como parte de la prueba de si te acepto, prepárate para el sábado que viene que tendrás uno intenso y que durara casi todo el día.-
-¿Todo el día azotándome Amo?.- Se vio miedo en sus ojos.
-Sí, ¿quieres volver a pensarte ser mi esclava?.-
-Nunca Amo, lo aguantaré.- Dijo con determinación.
Cuando llegó Cristina y le dije que Daniela le ayudaría protestó como ya me esperaba farfullando algo de que sería una rémora y que ella tenía muchas cosas que hacer. Y me lo hizo pagar al rato.
Como todos los días entre semana llegó Ana a por su café y charla. Y estando los dos sentados en la cocina entró Daniela por supuesto desnuda y con el collar, haciendo que Ana casi tirara la taza aunque recomponiéndose rápidamente.
-Perdón Amo. La Señora Cristina me ha dicho que le pregunte si prefiere que ponga las sábanas color crema o las azules.-
Mi cerebro se puso a procesar la información hasta descubrir que no tenía ni idea de los colores de mis sábanas y preguntarme si eso era el castigo que me daba Cristina por poner a Daniela a limpiar con ella. Pero yo también se lo haría pagar.
-Perdona Ana, ella es Daniela, es una esclava nueva.-
-Hola.- Dijo escuetamente Ana.
-Hola Señora.- Saludó Daniela sin saber exactamente como actuar.
-Dile a Cristina que ponga las del color que ella quiera y que después le pondré el culo rojo que es el color que me gusta.- Y con un gesto de mi mano se marchó.
-Tiene...ella...él...tiene pene.- Fue lo único que le salía de la boca a una sorprendida Ana.
-Sí, es mujer con pene. Y es bonito ¿no te parece? A mi me gusta.-
-No se, no me he querido fijar mucho.- Su cara no relajaba la sorpresa.
-Ana, son esclavas, puedes mirarlas todo lo que quieras que no te dirán nada, por eso van desnudas. Si quieres la llamo y se lo miras detenidamente, puedes hasta tocárselo, y cuando se empalma no crece mucho más. ¿La llamo?.-
-Como la llames me marcho. No seas cabrón que se que te gusta ponerme en compromisos.-
-Pero al final te gusta. Cuando está aquí la gatita bien que la acaricias.-
-Eso es diferente, es ella la que me busca y no quiero entristecerla a la pobre. Pero esa chica, ¿o es chico? ¿Como la has…? Eres un cabrón, la pobre es muy joven aún.-
-Es chica, y tiene veinticuatro años aunque su carita sea de más joven. Se puso coloradísima el sábado cuando le pidieron el carnet en el pub. Y en realidad esta no la busqué, me vino ella solita.-
-Sí claro, de regalo en un paquete de cereales.-
Le conté gran parte de la historia de Daniela que la dejo más triste que indignada, sobre todo cuando le hablaba del padre o de las intenciones de prostituirla con drogas del primo.
-¿De donde salís todos vosotros? Cada semana que vengo a esta casa me encuentro una sorpresa.-
-No salimos, estamos. Lo que ocurre es que nosotros hemos decidido hacer lo que nos apetece y no ocultar nuestros deseos como haces tú.- Se lo dije sin acritud.
-Yo no oculto nada. Lo nuestro fue un desliz que me arrepiento pero soy muy feliz con mi marido.-
-Si te lo quieres creer me parece estupendo, ya te dije que no te insistiría y como ves somos buenos vecinos. Pero si hubieras seguido tus instintos y te hubieras dejado de moralidades buscando el placer, ahora serías una de ellas. Sin salir de ningún lado, solo estando.-
No encontró valor para discutirme o no quiso hacerlo. Se tomó su café y se marchó.
Yo me fui derecho a buscar a Cristina. La agarré de un brazo y de forma brusca la llevé a la sala. Daniela no sabía que hacer o donde meterse, pero como buena sumisa optó por seguirme por si la requería. En el fondo ella pensaba que también debía ser merecedora de un castigo.
-¿Pero que pasa Señor? ¿Que me va a hacer? Solo fue un despiste, no recordaba que la señora Ana estaba todavía en casa.-
Yo la llevé en silencio a la sala, sin decir una sola palabra ni responder a preguntas la até en el potro. Le levanté la escueta falda y con el látigo no paré hasta que me dolieron los nudillos de apretar. No recuerdo el número de latigazos, pero sí como tenía el culo y los muslos rojos y llenos de verdugones. Cristina lloraba a moco tendido cuando terminé y la solté.
-Daniela, ponle pomada a esta puta y cuando termines si ella quiere seguir en mi casa la atas colgada de las cadenas desnuda, pero si prefiere marcharse y no volver le ayudas a que recoja lo suyo y la acompañas a su casa. Ya te buscaré a ti otro alojamiento.- Y sin que mi enfado menguara por todos esos azotes me marché al salón a reposar.
En unos cinco minutos apareció Daniela y se arrodilló en espera sin decir nada.
-¿Está la puta atada?.- Dije aún enfadado.
-Sí Amo. Quiero pedir perdón por lo que hice Amo, lo siento mucho si le avergoncé delante de la señorita.-
-No tienes la culpa. Eres nueva y Cristina se aprovechó. No me avergonzaste, no estoy enfadado por eso. Ve a preguntarle a Cristina que debes limpiar de la casa, ella no podrá hacerlo en el resto de la mañana.-
-Sí Amo.- Se levantó como un resorte y se fue.
Otros quince o veinte minutos en los que escuchaba a Daniela limpiando, me levanté ya algo calmado y entré en la sala cerrando la puerta con tranquilidad.
Nunca había visto a Cristina desnuda entera. De piel blanca como la cera y carnes blandas. La poca celulitis que tenía cuando la conocí la había perdido por el ejercicio pero aún así sus muslos y la barriga seguían siendo blandos. Sus pechos caídos aunque no mucho. Era una cincuentona que a pesar de su edad tenía un cuerpo aún muy apetecible, pero lo que más llamaba la atención era su cara. Ese pelo negro largo cogido en una cola con un lazo de encaje con la diadema de criada, y un flequillo que rodeaba su cara, sus ojos claros y todo bien proporcionado. No era una belleza pero si muy atractiva. A veces cuando se pintaba los labios de rojo estaba de lo más insinuante, a pesar de que no me gusta el maquillaje.
Allí estaba atada por las muñecas del techo de puntillas.
-Lo siento Amo, por favor. Se que debe castigarme pero por favor perdóneme.- Nunca me había llamado amo, siempre era señor y yo la dejé hacer, es más casi lo prefería.
-Realmente no te has dado cuenta de lo que has hecho. Y no vuelvas a llamarme amo nunca te lo pedí.-
Eso lo interpretó como que la echaría y su cara cambió al terror de repente.
-Por favor Amo o Señor, me arrepiento pero no me deje sola ahora. No por favor, no puede hacer eso, somos una familia ¿no? Por favor Señor ahora no.- No lloraba pero los lagrimones le caían por las mejillas.
-No tengo intención de dejarte. Pero si de castigarte, y quiero que sepas por qué lo hago, ¿lo sabes?.-
-Por hacer que Daniela le interrumpiera en el café. Pero no lo haré más. Reconozco que ha sido una rabieta tonta y ahora me arrepiento. Se lo imploro, perdóneme.-
-No es por eso Cristina. Primero has abusado de Daniela utilizándola aprovechándote de que es nueva. Y segundo has interferido nuestras relaciones de esclavas con una persona que no lo es por mucho que sepa lo que hay en esta casa. Si esa broma la haces con la familia no me importa, igual te castigo algo. No me molestan tus pequeñas rebeldías, tus salidas de tono y este tipo de gracias que al final yo decido si castigarte o no y como hacerlo. Lo que me molesta es que no sepas separar nuestra vida en familia del resto de la gente que nos rodea. Ana puede que sepa lo que pasa en esta casa, pero ni es de la familia ni tiene por que saber más de lo que yo decido. ¿Lo entiendes?.-
-Sí Señor. Lo siento una y mil veces.-
-Te dije que cuando Daniela estuviera en tu casa podrías usarla. Eso se ha acabado antes de empezar, no le pondrás un dedo encima si yo no lo autorizo. Pero lo que harás todas las noches antes de que os acostéis es que le chuparás la polla hasta que se corra. Aunque tarde una hora o dos. Y eso será hasta nuevo aviso. Y olvídate por ahora de dormir una noche conmigo, eso sólo lo pospondré una o dos semanas según tu actitud.-
-Sí Señor.-
-Ahora vamos con el castigo de los azotes. Será fuerte teniendo en cuenta que nunca te lo he dado. Ya sabes, en cualquier momento me dices que pare que te quieres marchar y lo hago.-
-Sí Señor, no lo diré, trataré de aguantar.-
Le puse un antifaz y con la fusta le repartí azotes por todos sitios, especialmente por los pechos y el culo que ya estaba de antes rojo y maltrecho. De la fusta pasé a la pala y empecé por el culo y los muslos pero a los dos golpes se los vi tan mal que pasé a la barriga y los pechos. Su piel blanca ya apenas se veía, toda era roja. Retomé la fusta.
-Escucha zorra, quiero terminar ya y darte cinco azotes fuertes en la vulva. Para eso abrirás las piernas y las dejarás abiertas hasta que termine, si las cierras una sola vez volveré a empezar la cuenta.-
Le di el primer golpe y las cerró instintivamente con un grito.
-Empiezo de nuevo.- Esta vez ya logró aguantar los azotes pero sin dejar de gritar con cada uno de ellos.
En el momento que notó el quinto fustazo se dejó caer rendida. Solté la fusta mientras ella se quedó colgando de las muñecas. Sin decir nada, salí de la habitación buscando a Daniela.
-Daniela, a partir de ahora y hasta que yo lo mande, Cristina tendrá que chuparte la polla hasta correrte antes de acostarte para dormir. Eso cuando estéis en su casa. Otra cosa, descuélgala y ponle pomada donde creas conveniente. Que se quede acostada en la cama donde está la bicicleta hasta que la avise.-
-Sí Amo.-
Llegó el temido fin de semana para Daniela. Las chicas le decían que no tenía que temer, que era muy duro con la sesión de azotes de la primera vez pero se soportaba. Por esa razón no teníamos palabra de seguridad. Si en algún momento deseaba parar sólo tenía que decirlo, pero entonces quedaba fuera de la familia. Por mi parte estaba muy aprensivo con los azotes en su zona genital, a pesar de que me contó que su primo le solía dar patadas ahí. Pero era un dolor que por mi posición de amo masculino no me agradaba evocar ni realizar.
No fueron más azotes ni menos que los que recibieron en su momento Isabel o Irene. Alguno con la fusta le cayeron en la polla que se puso tan roja que me asustó. Daniela resultó ser muy gritona y a mitad de los azotes la tuve que amordazar explicándole que si abría y cerraba las manos significaba que parase. Sudábamos mucho los dos y al final eso fue lo que me hizo parar. Además Daniela era delgada, con curvas pero delgada, y no me excitaba nada azotarla, si lo hice era como prueba para ella más que para mi. Con Irene era distinto, sus carnes me llamaban a fustigarla sin descanso. A Daniela le noté unos pechos muy sensibles a los azotes, sus gritos eran intensos cuando le caía uno a diferencia del culo o incluso de la polla.
Cuando terminé envié a las dos chicas a soltarla y limpiarla. Le pusieron pomada donde se necesitó y cuando terminó y aparecieron por el salón se arrodilló en postura de castigo, con el culo hacia arriba, la frente apoyada en el suelo y los brazos por encima de la cabeza extendidos.
-Gracias Amo por usar a esta despreciable esclava. Ahora está ya preparada para lo que desee de nuevo.- Nadie la había dicho que hiciera ni dijera eso.
-Está bien, descansa hasta la hora de la cena, ve a echarte en la cama.-
-Mi Amo, prefiero quedarme con usted por si me necesita para cualquier cosa.-
-Sigues sin darte cuenta que estar sometida a mi significa que hagas lo que yo digo y no lo que te gustaría.-
-Lo siento Amo.- Sin apenas cambiar su postura fue reculando por el suelo para salir del salón. Entonces, delante de Isabel e Irene que estaba en espera frente de mi, y de María que tumbada sobre su cama no perdía detalle, la llamé.
-Espera esclava, antes de irte tengo ganas de orinar.- No dije más y con una sonrisa en la cara Daniela se volvió, me bajó el pantalón y engulló la polla ante el asombro de las chicas. Yo no tenía muchas ganas pero era más por probar esa sensación. Solté mi orina sin mucha energía lo que le servía a Daniela para tragar toda sin que se le escapara ni una gota. Terminé, me la limpió y se relamió tras guardarla subiendo mi pantalón.
-Ahora a la cama y descansa, estoy muy contento contigo.- Se marchó con una sonrisa orgullosa.
Pasó un mes de calor del verano asfixiante. Cada vez que hacíamos algo de sexo era agotador y terminábamos sudando a chorros. La más perjudicada fue Irene, en la sala de castigos no tenía aire acondicionado y restringí mucho sus azotes y la duración. Un día llegó a plantearme que Isabel o Daniela podían abanicarme mientras le azotaba para que no sufriera yo tanto. Casi me carcajeo de la imagen en mi cabeza. Lo que hice fue poner un ventilador, pero aún así era agotador.
Tomamos esos días la costumbre de salir a cenar a una terraza. Daniela ya estaba integrada en la familia y no tenía dudas en aceptarla como esclava para regocijo de Sara que me daba mucho la tabarra con el tema. Una noche entre bromas y chistes malos, a la pobre de Daniela no se le ocurre otra cosa que decir señalándonos, primero a Cristina.
-La abuelita, papa y mama,- nos señaló a mi y a María, -y sus hijitas.- Y nos reímos, menos Cristina claro. Con un mohín de enfado le dijo mirándola fijamente.
-Tú ten cuidado, que la abuelita no tiene dientes postizos, aún los conserva todos.- Y eso sí que me hizo gracia.
-Daniela, se ha acabado el que Cristina te la chupe por las noches, a partir de ahora serás suya para que haga contigo lo que quiera. Y Cristina, no te pases.-
-Señor,...- decía Cristina pensando, -al ser mía puedo seguir si lo deseo comiendo esa pollita que tiene ¿no?. Es que me gusta tan chiquita sentirla en la boca.-
-Claro, es tuya, hará lo que le ordenes. ¿Verdad Daniela?.-
-Sí Amo, lo que usted me diga.- Y puso cara de traviesa mirando lasciva a Cristina.
Pasó la ola de calor aunque no el verano. Y un miércoles le dije a Cristina que se quedase, que dormiría conmigo. Se ilusionó mucho y vino a darme un beso que me dejó descolocado.
Terminamos de comer y me eché una siesta. Al despertarme Cristina estaba limpiando la cocina.
-Desnúdate y prepara café para los dos o lo que te apetezca y lo traes al salón.-
-Sí Señor.-
Apareció totalmente desnuda, salvo su collar que era más discreto que los otros de mis esclavas, uno de terciopelo negro con un aro. Traía mi café y un té para ella. Nos medio tumbamos en el sofá, haciendo como la postura de la cucharita o lo más parecido que nos dejaba el sofá poniéndome yo a su espalda. Puse la tele y le dije que eligiera una película o una serie.
-No estoy para películas ahora Señor. Me tomo el té y sigo con la cocina que está patas arriba.-
-Pues la cocina que espere. Elije tú o lo hago yo.-
-Es que no soy mucho de cine y no entiendo. El otro día las chicas hablaron de una, “Habitación en Roma” que va de dos enamoradas de vacaciones. ¿Esa vale?. No se me ocurre otra.-
-Esa vale, pero no son enamoradas. Es una buena película con un buen guion para tener sólo dos actrices durante toda la peli.-
La puse y cada vez que daba un sorbo al café y dejaba la taza en la mesita pasaba mi mano por sus pechos, agarrándolos de forma suave y disfrutando de sus carnes blandas. Con mi otra mano descansando en su monte de venus la arañaba levemente.
-Uf, no sabía que la película fuera tan guarrilla. Me estoy calentando Señor.-
-Vaya decepción, pensaba que te calentabas por mis caricias.-
-Pues ni lo uno ni lo otro. La película me calienta, sus manos más aún, pero lo que me está calentando tanto es sentir entre mis cachetes como crece la polla del Señor.-
Ni película ni caricias, empecé a amasar sus mullidas tetas con una mano, la otra buscó mi polla que se aventuró entre sus nalgas para dirigirla al coño que notaba húmedo y allí entró. No fue una follada salvaje, tampoco me apetecía, fue cadenciosa sin parar de amasar sus tetas acompañada por continuos gemidos de Cristina. Estuvimos como veinte minutos, notaba como mi pecho y su espalda estaban empapados de sudor. Me corrí abundantemente con dos fuertes empujones y me quedé lacio. Ella estaba esperando mi leche para correrse y lo hizo temblando todo su cuerpo pegado al mío y soltando continuos ayes hasta pararse y quedarse casi dormida.
No pasó mucho tiempo de relax que quiso levantarse. El calor de los dos juntos me decía que era buena idea, pero me apetecía disfrutar un poco más de su cuerpo maduro y la retuve abrazándola.
-Señor, tengo que levantarme. Se me escurre su semen y va a manchar el sofá.-
-Déjalo, ya se limpiará después, relájate y disfruta, la peli está terminando.- Lo dije medio soñoliento y eso que había echado una siesta poco antes.
-No Señor, la mancha ahora se limpia bien, después es más complicado. Por favor Señor.-
Me imploró varias veces y por pesada la dejé ir. Después de pasar por el baño vino con un producto y un trapo. Me miró seria como decidiendo. Se agachó y se metió mi polla en la boca para dejarla reluciente. Después me empujó sin miramientos y se puso a frotar el sofá. Me rendí, la dejé hacer y llevé las tazas a la cocina. Al entrar me quedé mirando una impoluta cocina sin nada fuera de su sitio. ¿Donde estaba esa cocina patas arriba?. No tiene remedio pensé, así que me fui al ordenador a seguir mirando los adosados y los chalets, imprimiendo los que me gustaban.
Intenté varias veces que Cristina y yo nos relajáramos juntos leyendo, o viendo la tele, disfrutando de estar los dos pegados en el sofá o incluso en el suelo que con el calor del verano apetecía el suelo fresquito. Pero no lo conseguí, algo veía fuera de lugar o recordaba una repisa que debía limpiar o un trapo de limpieza que tenía que planchar. La dejé hacer hasta la hora de la cena.
Los dos estábamos cenando sin apenas hablar hasta que ella me preguntó.
-¿El Señor se va a mudar?.- La miré interrogante.
-He visto impresas ofertas de casas en el despacho Señor.-
-Pues sí, creo que este piso se nos hace pequeño. Además no me gusta pagar alquileres. Demasiado lo he demorado. ¿Los has mirado bien?.- Le pregunté para que me diera su opinión.
-No Señor, no soy fisgona. Sólo los he visto sobre la mesa pero aparte de ordenarlos no los he mirado.-
-¿Como que ordenarlos? Estaban correctamente apilados.- Lo dije con sorna.
-Pero Señor, no los puso por orden de precio.- Muy tranquila, lo dijo muy tranquila como si eso fuera lo más normal del mundo. Eran cuatro, 4, cuatro folios, no eran más, ¿qué orden se necesita en cuatro folios?.
-Después de cenar los miramos juntos, me interesa tu opinión.-
Esperé una eternidad a que después de la cena dejara lista la cocina. Nos sentamos uno al lado del otro sin tocarnos por el calor. Hubiera sido buena idea que le hubiese permitido llevar al menos una camiseta, así nos hubiéramos juntado más sin la molestia del sudor. Después de un rato mirando me eligió los mismos dos que María.
-A Maria les gustaron estos por los árboles, ¿a ti porqué?.- Le pregunté.
-Los otros dos son adosados, no me gusta tener paredes comunes con vecinos cotillas. Los de los árboles son chalets y parecen más discretos.-
Nos centramos en esos dos mirando todas sus características, ambos con piscina y jardín amplio, dos plantas más sótano, precio similar, pero uno le llamó la atención a Cristina.
-Este Señor, tiene que ser este.-
-¿Qué diferencia tiene con el otro?.-
-Los dos tienen en la segunda planta cuatro dormitorios. Los dos tienen en la primera planta un dormitorio extra o una salita que se puede convertir en su despacho. Pero este Señor, tiene al lado de la cocina un pequeño dormitorio con baño incluido. Es una construcción antigua, de cuando las criadas vivían en la casa y esta era su habitación. Tiene que ser este, sería para mi la habitación perfecta.-
-Cristina, no necesitas habitación, seguiremos como hasta ahora, tu jornada es de mañana.-
-Disiento Señor, unas casas como esas tan grandes requieren de limpieza el día completo. No tendré más remedio que ir a vivir con el Señor para que la casa esté siempre al menos algo decente. Y no le diré que igual necesitamos contratar a alguien que me ayude cocinando o con la ropa.-
-Eh, uhm.- No sabía que decir, ni siquiera sabía que pensar.
-Cristina, tú tienes tu casa, tu vida fuera de estas paredes. No puedes venirte a vivir conmigo para estar todo el día limpiando. Además que no es legal.-
-De nuevo disiento del Señor. Mi vida está ahora con la familia, fuera de ella nunca tuve a nadie, ni amigos ni parejas. Ahora el Señor y el resto de esclavas son mi familia y es responsabilidad mía que estén en una casa decente y limpia. Que sus collares estén limpios y las sábanas del Señor también entre otras miles de cosas.- No estaba alterada ni ansiosa, todo lo decía serena como intentando hacerme ver que era lo correcto y lo normal.
-¿Limpias los collares de las esclavas?.- Fue lo único en ese momento que se me ocurrió.
-Por supuesto Señor, no quiero que nadie piense que son unas cochinas. Los limpio siempre después de su uso.-
-Vale, está bien. Pero no te puedes venir a vivir conmigo, no es legal que trabajes más de las ocho horas.-
Seguimos hablando bastante del tema sin conseguir que cambiara de posición. Incluso hablaba ya de poner su piso en alquiler. Venderlo no, puesto que en unos años estaría muy vieja para mi y la echaría, tendría que conservar su casa para entonces. Yo no sabía ni que decirle así que dejé que siguiera con su particular cuento de la lechera. Lo que si era cierto es que tener a una criada a tiempo completo me sedujo. También es verdad que esa casa tenía un sótano muchísimo más grande que el otro, ahí además de una amplia sala de castigos me cabrían celdas, trastero e incluso un baño grande.
Hice una cosa que nunca había hecho con Cristina. Le enganché la correa a su collar. Me miró desconcertada y cuando tiré levemente de él, me siguió sumisa hasta el dormitorio.
Nos metimos en la cama y comenzamos a besarnos y a hacernos arrumacos.
Cristina deseaba dormir conmigo, decía que hacía mucho que no le pasaba con un hombre. Así que pensé que lo que le apetecía era algo romántico. Y a ello me puse intentando recordar cuando fue la última vez que había tenido sexo tan sentimental. Posiblemente con mi antigua novia Sara antes de someterla, o mejor dicho, antes de que ella quisiera que la sometiese.
Mis manos no se estaban quietas, acariciaban ese mullido cuerpo por todos lados aunque se detenían más en los pechos. No paraba de besarla, en la boca, en las mejillas y en el cuello. Me dediqué a morderle suavemente la oreja.
-Me los he quitado Señor.- Susurró Cristina.
-¿Te has quitado qué?.- Pregunté sin darle importancia a sus palabras enfrascado en los besos.
-Los pendientes Señor. Daniela y María nos dijeron a las chicas que no te gustaban y nos lo hemos quitado todas.- Es cierto que se lo dije a Daniela junto con los piercings. A María se lo dije por que no se ajustan a la imagen de una mascota pero a las demás no les dije nunca nada. Y no es que me disgusten, pero cuando me apetece morder una bonita oreja se interponen. Con las otras chicas nunca los sentí, igual en esos momentos que se va a la cama en que las mujeres paran el tiempo para hacer sus cosas como cambiarse la ropa interior, quitarse anillos, pendientes, pulseras… Esos momentos en que se limpian el maquillaje, aunque mis chicas no llevan, y eso sí lo tienen prohibido salvo si salimos y es discreto, momentos en los que se acicalan y se lavan los dientes, se vuelven a peinar. En fin una serie de actividades de las que los hombres no nos enteramos ansiosos por tenerlas en la cama. Quizás en esos momentos ellas se quitaban sus pendientes que por otra parte salvo Irene que siempre llevaba grandes aros, el resto eran discretitos. Pues ni siquiera los grandes aros de Irene los eché de menos, no podría decir cuando decidieron quitárselos, eso es lo poco que nos fijamos a veces en ellas que tanto les disgusta.
No hice mucho caso a lo que me decía y seguí amasando sus pechos bajando mi boca a tirar de sus pezones que es una de las cosas con las que más disfruto. Ella se dejaba hacer acariciando mi espalda y gimiendo a cada tirón de mi boca.
Yo estaba prácticamente sobre ella cuando noté que su mano agarraba mi dura y muy caliente polla.
-No, aún no.- Le dije. Pretendía retardar más el acto.
-¿Quiere mejor por el culo Señor?.- Me dijo entrecortadamente por su respiración algo forzada ya.
-No, quiero seguir un rato para intentar gastarte las tetas con mis manos y mi boca. ¿Te importa?.-
-No Señor, puede gastarme todo lo que quiera, soy suya y le pertenezco.- Creo que fue la frase más sumisa que me había dicho desde que nos conocimos.
Después de quedarme sin saliva me volteé.
-Ponte encima y te la metes.- No se demoró, la metió entera con una exhalación y una mirada lasciva apoyando sus manos al lado de mis hombros. Me encantaba esa postura, veía sus tetas colgando y bailando según nos movíamos. Jugaba a cogerlas en mi boca, mientras mis manos le agarraban las nalgas y las apretaba para dirigir el ritmo que lo pretendía lento.
-Señor, no puedo seguir así, llevo un rato al borde del orgasmo, por favor...-
-Puedes correrte pero no descabalgues al menos hasta que lo haga yo.-
-Síííííí Señorrrrrr. Queeee buenooooo.- Se corrió levantando la cabeza y aumentando sus empujones a pesar de tenerla agarrada por el culo. Noté como las paredes de su vagina se contraían y agarraban fuerte mi polla pero me había propuesto durar y no me dejé amilanar por esos estímulos tan agradables.
Ella siguió de nuevo bajando y subiendo a mi ritmo despacio pero sus brazos llegó un momento que no la sujetaban y cayó rendida en mi pecho abrazándome por mis hombros.
-Por favor Señor, me va a matarrrrr.- No le quedaba apenas resuello y decidí terminar, aunque estaba seguro que podría haber seguido más tiempo.
Solté sus carnosas nalgas y la abracé fuerte mientras empujaba tres o cuatro envites en los que se iba mi leche y me llegaba mi orgasmo, y el de ella que tembló y de nuevo me apretó la polla al sentir el líquido caliente que la llenaba.
No dijimos nada, un par de besos al recuperarnos un poco y nos quedamos uno al lado del otro dormidos.
Me desperté con la cara de María frente a mi y haciendo el gesto con el dedo de silencio. Como siempre estaba guapísima pero se le notaba su noche en vela trabajando. Me giré un poco y antes de verla ya escuché los ronquidos de Cristina a mi lado. Me giré de nuevo para mirar a María y nos reímos los dos.
-Anda, vete a dormir gatita.- Le dije en voz baja a María. Ella tenía llaves de casa y la libertad de venir cuando quisiese. Y eso hacía, el martes y el jueves tenía teletrabajo y para poder estar todo el día en mi casa se pasaba las noches anteriores trabajando y después las mañanas durmiendo en mi salón.
Puso un mohín de disgusto y se marchó gateando moviendo el culo para agitar su cola. Era muy temprano y no quise levantarme pero al final los ronquidos de Cristina se volvieron insufribles. Con mucho cuidado pero parece ser que no el suficiente me levanté y Cristina se despertó. Me miró medio incorporado, me cogió entre sus brazos y me devolvió a la cama abrazándome.
-¿Ha dormido bien el Señor?.- Me dijo en un susurro soñoliento.
-Muy bien, ¿y tú?.-
-Mucho Señor, aunque me hubiera gustado verle despertarse.- Me decía mientras me acariciaba torpemente por el sueño.
-Es difícil que no me despierte antes con tus ronquidos.- Le dije con maldad.
-Yo no ronco Señor, ha debido confundirse con algún ruido de la calle.-
-Ya, ha debido ser eso.- Y me reí levantándome y dándole un azote cariñoso en el culo.
-¡Auch! Es verdad Señor, yo no ronco.-
-¿Y como lo sabes?¿Cuando fue la última vez que te acostaste con un hombre toda la noche.?.- Le decía socarrón mientras iba al baño.
-Eso es una maldad, el Señor sabe que no lo he hecho en muchos años. Pero con Daniela todas las noches dormimos juntas.- Me dijo alzando la voz mientras yo en el baño orinaba. Entró en el baño y fue a arrodillarse a mi lado junto al retrete.
-Isabel me ha enseñado como tengo que ponerle a orinar. ¿Me permite?.- Dijo acercando su mano a mi polla.
-No es necesario Cristina, ya estoy acabando pero te agradezco el gesto. ¿Has dicho que todas las noches duermes con Daniela?.- Ella siguió de rodillas mirando directamente el chorro de mi meada.
-El Señor me dio permiso y a las dos nos gusta.-
-¿Te folla?.- Le pregunté curioso.
-A veces por el culo pero por delante ninguna lo sentimos, es muy pequeñita.- Decía aún absorta por mi meada y como me la sacudía. No pensé que eso le diera tanto morbo, y en efecto, no le daba tanto morbo, estaba estudiando.
-¡Ah! Ahora entiendo porque los hombres salpicáis tanto.- Me dejó avergonzado y salí rápido a vestirme y a desayunar. Seguro que ella se demoró más para limpiar la taza del retrete.
Pasé por el salón y ahí estaba María durmiendo plácidamente en su cama a pesar de la luz que entraba por las ventanas. Otra razón para cambiar por otra casa más grande.
Pasado un mes y después de mirar por internet decenas de casas y descartarlas, para seguir con las cuatro iniciales me decidí ponerme en contacto con la inmobiliaria para visitarlas. En realidad Cristina había convencido a María que la casa idónea era la del dormitorio de sirvienta y las dos convencieron al resto en una pequeña rebelión. Pero las casas no se compran por los datos y las fotos, uno tiene que ir a verlas en persona.
Quedé con la chica de la inmobiliaria, Rosa, una mujer de unos cuarenta largos algo llenita y con kilos de maquillaje en la cara. Me fue enseñando una por una las cuatro casas finalistas y en medio de los datos le dije que la elegida tendría que hacerle una reforma grande. Intentaba con eso que el precio bajara un poco. No me sorprendió cuando me dijo que ella además de trabajar en la inmobiliaria, tenía una empresa de reformas y decoración. Quedé en lo típico, si el precio de la vivienda me convenía y su presupuesto también que lo haría todo con ella.
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