TU MADRE, LA PUTA DE TODOS III Temporada Cap. 5
Javier no solo descubrió el secreto de Fátima; decidió convertirlo en su juego. Desde el mercado hasta el abandono urbano, ella aprende que su cuerpo ya no le pertenece. ¿Hasta dónde está dispuesta a llegar para obedecer?
CAPITULO V
SUMISION DE FATIMA
Nos dimos de tortas, por no habernos fijado que era lo que estaba viendo en el móvil, cuando entramos, pero bueno ya no había solución. Fernando nos dijo que por el miráramos lo que quisiéramos, pero que no encontraríamos nada.
A la mañana siguiente, quedamos en casa de Fernando, después de que nos avisara de que su madre había salido, y le había dicho que no volvería hasta la hora de la comida. Nos acompañaba Alba a la que no le había sentado muy bien el madrugón, pero la patrulla pollina la necesitaba.
Nos fijamos unas tareas de inspección en su casa, ordenador, cajones, etc. Después de tres horas de búsqueda infructuosa dimos por finalizado el registro.
Dado el escaso éxito que habíamos tenido con nuestros registros en casa de Fátima, decidí pasar a la acción con ella.
Me decidí a seguirla, y esperara el momento apropiado para abordarla. Tuve que seguirla durante una semana, por las mañanas, para ver la monotonía de ir a la compra día a día.
Así es que me decidí a coincidir con ella en un puesto del mercado.
"Hola, Fátima, que casualidad, ¿que haciendo la compra?”, le dije por decirla algo.
"Hola, si, ¿tú también?", me contestó.
Llevaba un vestido vaporoso por encima de la rodilla. Le quedaba muy bien.
"He venido por algo de fruta. Vengo del gimnasio, Quizás plátanos, ¿que me aconsejas?", le dije dándole importancia a su opinión.
"Pues eso depende de lo que te guste. Las peras están bien, muy maduras", me dijo.
"Si, de eso doy fe", le dije mirándola las tetas.
A Fátima le subieron todos los colores y miraba a todos lados a ver si alguien cerca se había dado cuenta de mi comentario.
Haciendo un alarde me dijo,
"Y que se supone que debía de haber contestado yo a lo de los plátanos?, ¿que no hace falta que comas, que vas servido?", me dijo.
"Sí, hubiera sido un detalle, tampoco está mal demostrar y exteriorizar las emociones", le dije.
Me quedó bien, ¿ehh?
"Ya os dije que había estado genial", dijo Fátima.
"Ya, oye aquí hay muchos radares activos. ¿Vamos a tomar algo?", le dije.
"No sé qué pretendes, pero sí, será mejor irse fuera de aquí", me dijo ella.
Al menos no rehusaba la conversación.
Fuimos de vuelta para casa, hay un parque que alguna vez vamos nosotros.
"Oye, en el parque hay un quiosco donde podemos comprar algo de beber, y seguro que estamos más tranquilos que en una cafetería", le dije.
"Vale, ahora solo hay jubilados", me dijo.
Fuimos directos al quiosco, compré una coca cola, un nesteck para Fátima, y una bolsa de patatas, y nos fuimos buscando un banco. A posta, elegí uno que estaba enfrente de otro banco ocupado por tres jubilados.
Ya en el banco, empezamos a hablar, o mejor dicho, continuamos la conversación.
"Una cosa, todo lo que hemos hablado, o hablemos, se queda entre nosotros", me dijo nada más sentarnos.
"Por supuesto", le dije yo viendo que al final iba a entrar al trapo.
"O sea, que según tu hay que exteriorizar las emociones", me dijo ella.
"Es evidente. Yo no sé los hombres con los que habrás follado en tu vida, pero el otro día fuimos cinco de golpe. Yo creo que es algo para estar radiante", le dije.
"Y lo estoy. Antes de casarme folle con muchos. No sabría decirte la cantidad, pero si te digo 30 o 40, seguramente me quede corta", me dijo.
"Ostia", dije yo.
"Sí, realmente era todo un pendón. En aquel entonces estaba estudiando enfermería, y les decía a mis padres que tenía prácticas de noche, pero claro no le decía que prácticas. Básicamente buscaba una cama para dormir, sin importarme con quien o con cuantos", me dijo sincerándose de una forma que yo no daba crédito.
"Vaya, vaya, quien lo iba a decir", dije yo realmente sorprendido.
"Una vez más, Javier, te pido que esto quede entre nosotros", me dijo ella.
"Tranquila, soy una tumba. ¿Y que fue de aquella Fátima?", le dije.
"Pues aquella Fátima se casó tuvo un hijo, y olvidó sus devaneos sexuales hasta la otra mañana", me dijo.
"Y te arrepientes de lo de la otra mañana?", le pregunté.
"Si te dijera que sí, te mentiría, pero son cosas que no están bien, y menos con Fernando delante y follándome también", me dijo.
"Ya. Te puedo asegurar que la primera vez que se la metí a mi madre, fue un mundo. Ahora ya es la cosa más normal del mundo", le dije.
"Ya, pero las circunstancias, son distintas", me dijo ella.
"Oye, no mires descaradamente, ¿pero te has fijado como te miran los abuelillos?, le dije intentando tantearla.
" Anda tonto. Los abuelillos, como tú dices, miran con la vista perdida, seguro que pensando en la vida que les pasa, no me van a estar mirando a mí", me dijo.
"A mí si que no me miran. ¿Porque no separas un poco las piernas a ver si te miran o no?", le dije.
"Estas loco? ¿Que quieres que los provoque?", me preguntó.
"Exacto", le contesté.
Me miraba incrédula. En ese momento dudaba si hacerme caso o no.
“Venga, mujer, sepáralas un poquito a ver si tienen alguna reacción”, le insistí.
“Debo estar loca. Solo un poquito, ¿vale?”, me dijo.
“Vale”, le dije yo. Lo importante es que empezara.
Lo hizo. Lógicamente, para los jubilados, aquello era anecdótico. Apenas las había separado dos o tres dedos. Pero aun así se habían dado cuenta, y se fijaban en su entrepierna.
Aproveché el momento de sin duda cierto morbo, para preguntarla,
“Oye, el otro día cuando te pillamos masturbándote, ¿que veías en el móvil?”.
“No pienso contestarte a eso”, me dijo Fátima.
“Venga va, sé que era porno, ¿pero de que categoría?”, le insistí.
“No sé que tienes, pero terminas convenciéndome, me dijo.
“Encanto personal, venga cuenta, y separa un poco más las piernas”, le dije.
“¿Mas?, se me va a ver todo”, dijo ella.
“Si claro, eso es lo que quiero, venga obedece”, le dije.
“Si señor”, dijo ella ante mi sorpresa. “voy abriendo, dígame cuando parar”.
Ahora si que estaba flipando. La deja abrir, a ver hasta donde llegaba.
Veía a los hombres darse uno a otro con el codo, señalando aquella apertura de piernas. Las abría poco a poco, esperando que yo la dijera, basta.
“Así que es eso, te gusta que te dominen. Seguro que de tanto follar de joven, el sexo convencional se volvió monótono para ti, y necesitabas algo más, ¿no es así puta?”, yo ya me había venido arriba.
“Así es señor, llevaba mucho tiempo esperando recibir órdenes”, dijo Fátima que ya tenía las piernas casi abiertas del todo. A la vez que abría las piernas, se la subía el vestido, y yo ayude con lo último que quedaba, para que se quedara prácticamente en tanga delante de los hombres.
Los hombres no daban crédito al o que veían.
“Bien zorra, levántate, dirígete a los caballeros, y pregúntales si alguno desea quedarse con tu tanga, y si alguno lo desea que te lo quite, y se quede con él”, le dije.
“Señor…”, dijo ella.
“Ni rechiste, perra, o te azoto aquí mismo”, yo había visto muchas películas, sin duda.
No rechistó se levantó y se acercó al banco de los hombres. Habló con ellos un instante, y en seguida vi como uno, el que parecía más joven, metió las manos por debajo de su vestido, y le sacó el tanga por los pies. El hombre lo olio, y luego se lo dio a oler a los otros dos.
Fátima se quedó de pie delante de ellos, sin saber muy bien que hacer, y si yo le daría alguna orden más.
Me levanté fui hasta ellos, y dije,
“Yo creo, zorra, que los caballeros desean ver que tapaba el tanga”.
Fátima se subió el vestido prácticamente para dejar a duras penas ver el coño. Yo me acerque, subiéndoselo hasta la cintura, y diciéndole,
“Eres una inútil”.
Los hombres alucinaban viendo aquel coño de una mujer, seguramente 20 años más joven que ellos.
La hice darse la vuelta para que vieran también su culo.
Uno de los hombres, dijo,
“Buah, se me ha puesto dura y hacía años que no lo hacía, ¿cuánto cuesta pasar un rato con ella?”.
Tócate los cojones. ¿Y ahora que le decía yo al pavo este?.
“30 minutos, 30 euros chupar y follar”, se me ocurrió decirles.
“Está muy bien de precio para lo buena que está. Yo me apunto”, dijo el hombre.
Otro también se apuntó. El que parecía más mayor dijo,
“Que más quisiera yo que poder follarte también, pero a mí no se me ponte tiesa”.
“Bueno hombre siempre puede usted chupar, y tocar, seguro que eso también le resulta gratificante”, le dije.
“Si, vale, yo también me apunto”, dijo.
“El problema es donde, aquí no podemos hacer nada, nos verían”, les dije.
El más joven me dijo,
“Seguirme”.
Le mandé a Fátima bajarse el vestido para no ir llamando la atención. No obstante, los viejetes, la sobaban por el camino todo lo que podían.
El hombre nos condujo, a un edificio abandonado.
“Es el viejo invernadero. Aquí hacen botellón los chicos, sobre todo en invierno. Está sucio, pero valdrá”, nos dijo.
Efectivamente al entrar olía a meados, a humedad, a suciedad en general.
Pero tenían hasta un colchón, donde supongo que los del botellón follaban como locos, pero que, sin duda, tenía que estar más sucio que nada.
Yo en la bolsa, llevaba una toalla, afortunadamente grande, de baño, que, aunque estaría algo húmeda de mi sudor, seguro que estaba más limpia que aquel colchón.
La saqué y la extendí sobre el colchón.
“Ponte encima de la toalla, y desnúdate del todo”, le ordené a Fátima.
Una vez más obedeció sin rechistar, quitándose el vestido, y el sujetador. Me los dio y se quedó desnuda delante de los tres hombres, que yo creo que hasta babeaban.
Fueron a echarla mano, y les dije,
“Señores, antes de empezar, hay que pagar”.
Los tres se echaron mano a la cartera, y me dieron 30 euros cada uno. Al mas viejete, solo le cogí 20, ya que él no iba a follar en teoría.
Los tres se acercaron a ella y le tocaban las tetas, el coño, el culo… aunque no se decidían a sacarse la polla.
“Perra, los caballeros están esperando que les saques la polla, y empieces a comértelas”, le dije.
Fátima se arrodilló y empezó a soltar botones de pantalones y bajar cremalleras dejándoles a los tres en gayumbos.
Me acerqué yo por detrás y le toque el coño. Estaba encharcado.
Pronto estaba mamando la polla a uno, y con las otras dos en las manos.
Al que se la estaba comiendo le dijo,
“No me la comas más que me corro ya mismo”.
“Tienen condones?”, les pregunté.
Los tres dijeron que no.
Fátima me dijo,
“En mi bolso hay”.
Efectivamente lo abrí y vi una caja de condones. Le di uno al que se la acababa de mamar, para que se lo pusiera, y saqué otros dos, por si acaso.
El hombre se puso el condón, y se colocó detrás de Fátima para metérsela ya mismo. Fátima al ver que ya iba a follarla se puso a cuatro patas, facilitándole al hombre la tarea.
El primer hombre, follaba a Fátima con ganas, mientras ella mamaba al segundo, y con la mano intentaba encontrar algo de vida en la polla del más viejete. Realmente era un colgajo inerte, la típica pila SSPM, como el chiste, y no de Sano Sanote Puro Machote, sino de Solo Sirve Para Mear.
No tardo mucho el que la follaba en empezar a gruñir, antesala de que se corría. Efectivamente lo hizo sacando la polla del coño de Fátima.
Se quitó el condón, e hizo ademán de tirarlo. En el suelo había gran cantidad de condones de muy diferentes fechas, según su estado de conservación. Le dije que lo dejara en un extremo de la toalla.
Ahora fue el segundo hombre, el que se enfundo el condón, empezando a follar a Fátima. Esta a su vez, tenía la polla del viejete ya en su boca, aunque era algo meramente testimonial.
La follo igual que el primero con ganas, como si fuera su primer polvo y tampoco tardó mucho en correrse, dejando al igual que el primero y a instancias mías el hondón al lado del otro.
Mientras, Fátima había conseguido que al viejete le creciera un poquito la polla y arriesgándonos a que le diera un infarto, al final consiguió que se corriera en su boca. Supongo que la corrida sería abundante. Seguro que llevaba tiempo sin correrse.
Fátima lo trago. A instancias mía, agradeció a los hombres su leche y la pérdida de tiempo que sin duda había ocasionado el atender a una puta como ella.
Joder, me estaba gustando bastante esto. Me saqué la polla que estaba a reventar, y aprovechando que aún estaba a cuatro patas, se la metí en el culo, por supuesto sin condón.
"Miren, señores, como traga la puta por su culo", les dije.
No para a de enfilar la con todas mis ganas y los hombres miraban atónitos. Seguro que no habían tenido ocasión antes de ver en directo una enculada.
"Cuanto por follarla el culo a pelo?, me preguntó el primero que le había follado.
"20 euros", le contesté.
Sacó la cartera me dio los 20 euros y volvió a ponerle la polla en la boca a Fátima, para que se la pusiera dura otra vez.
Yo estaba dándole con todas mis ganas, hasta que le solté el corridón dentro del culo.
Para entonces el hombre ya tenía de nuevo la polla operativa, y se fue como una fiera a por su culo. Le gustaba metérsela, darle un par de meneos y sacarla para ver el ano como había abierto, y se lo decía a los otros dos que se acercaban a verlo.
No tardó mucho en correrse nuevamente, ahora dentro de su culo. Cayó exhausto sobre el mugriento colchón.
"Perra coge esos dos condones, y vacía la leche en tu boca", le dije a Fátima.
Obedeció escurriendo bien cada uno con los labios para sacar toda la leche que había.
"Enséñale la leche en tu boca a los señores", le dijo.
Lo hizo.
" Ahora trágala y vuelve a enseñarla bien abierta para que vean que has hecho buen uso de su leche", le dije.
Era evidente que le encantaba obedecer.
Los hombres ya no daban más de sí, y más que satisfechos me dijeron,
“Estamos las mañanas por aquí, por si le interesa traer a la perra", me dijo el más joven.
Recogimos la toalla, se puso Fátima el vestido, que era lo único que le había quedado y salimos del antro aquel.
De camino para casa, Fátima me dijo,
“Será usted mi amo?”.
“Lo seré, pero antes de nada tenemos que dejar clara algunas cosas”, le dije.
“Usted dirá Amo”, me dijo ella.
“Lo primero es buscar las ocasiones para ejercer nuestros roles. Tenemos una vida que nos hará coincidir, y no puedes tratarme siempre de Amo, a no ser que quieras, que esto lo sepa todo el mundo”, le dije.
“Usted dirá como hacer Amo”, dijo ella.
“Pues, utilizaremos una frase. Una frase que sea relativamente común. Por ejemplo, Va a llover. Esa frase, no puede sorprender a nadie, y tu cuando la oigas, entras en sumisión automáticamente. Y para finalizar la sumisión, puedo decirte, Ha escampado”, le dije.
“Bien Amo, Va a llover, y ha escampado. Las recordaré”, me dijo.
“Utilizaremos una palabra de seguridad, que tu podrás usar cuando algo de lo que te mande, exceda tus límites”, le dije.
“No quiero tener límites, Amo”, dijo ella.
“No obstante, recuerda la palabra, ROJO. Eso me hará entender que debo replantear o cancelar lo que te haya ordenado”, le dije.
“Si, Amo”, me dijo.
“Ha escampado”, le dije.
“Gracias Javier. No veas lo que deseaba poder obedecer a un Amo. Te aseguro que no te defraudaré”, me dijo Fátima.
“Eso espero. Ahora dime que tipo de sumisión te gusta. Lo de hoy con los viejetes, lo encuadro dentro de la humillación. ¿Te ha humillado?”, le pregunté.
“Imagínate tener que ofrecerme como he hecho a ellos. Luego ser una prostituta, porque has cobrado por que me follen, tener que mamarles las viejas pollas, soportar que me follen, y luego tragarme su leche. Es todo muy humillante”, me dijo.
“Y es eso lo que quieres, ¿no?”, le pregunté.
“No solo eso. También me gustaría sumisión física, ataduras, azotes, cosas así”, me dijo ella.
“Bien, tomo nota. Tienes un lush, ¿no?”, le pregunte, sabiendo perfectamente que lo tenía.
“Si, nos lo regalaron en la reunión esa del TupperSex, que hicimos en casa de Marisa”, me dijo.
“Tenlo siempre cargado. Lo utilizaras muchas veces cuando salgamos por ahí. Busca la forma de depilarte el coño por completo, tú sabrás que le cuentas a tu marido. Te voy a hacer una llamada perdida al móvil. Agrégame como Terapeuta. Conectaré contigo por wasap. Por seguridad, en cuanto leas el mensaje, lo borras. ¿Sabes hacerlo?”, le dije.
“No”, dijo ella.
“Es muy sencillo mantienes pulsado el mensaje, y arriba aparecerá una papelera, la pinchas y le das a borrar para todos. Y listo. Dime tu número de móvil, y lo probamos”, le dije.
Me lo dio y le hice la llamada perdida. Me agregó como Terapeuta, y yo a ella como Amiga.
La mande un mensaje poniendo, PROBANDO, y la dije como borrarlo.
“Vale, es muy fácil”, me dijo Fátima.
“Sabes, me está poniendo cochinísima hacer todo esto aquí contigo en mitad de la calle y sin tanga ni sujetador, Me da la impresión de estar desnuda”, dijo ella.
“No me des ideas”, le dije.
Llegamos al portal de Fátima, y me ofrecí cortésmente a ayudarla a subir la compra.
Según entramos en el ascensor, dije "va a llover".
"A sus pies, mi Amo", dijo ella.
Afortunadamente, vivía en un sexto, con lo que me daba cierto margen de operación.
"Quítate el vestido y ponte a cuatro patas", le dije.
Obedeció sin rechistar. Saqué tres plátanos de los que había comprado, y le metí uno en el coño, otro en la boca, y otro en el culo, hasta la mitad.
"Mantenlos tal y como están, si se te caen llamaré a tus vecinos para que te lo vuelvan a meter”, le dije.
El ascensor llegó a su piso, y se abrieron las puertas. Podía pasar que hubiera algún vecino esperándolo, pero no fue el caso.
La di un par de azotes en las nalgas, y le dije,
“Camina”.
Salió a cuatro patas del ascensor en dirección a su puerta. Eran descansillos de cuatro puertas, malo sería que alguna cotila, no estuviera mirando por la mirilla al escuchar el ascensor. Yo aproveché para hacerla un pequeño video con el móvil. Estaba dándole vueltas en la cabeza a una idea.
Apenas había dado dos pasos, cuando primero el plátano del culo, y luego el del coño, salieron disparados.
“Vaya, vaya, eso no ha estado nada bien. Hay que aprender a controlar tus músculos vaginales y anales”, le dije dirigiéndome hacia una de las puertas de los vecinos para llamar al timbre.
“ROJO”, dijo Fátima, soltando también el plátano de la boca.
Saque sus llaves del bolso, y abrí la puerta de su casa.
“Anda, pasa”, le dije dándole una patada en el culo.
Entro, yo recogí los plátanos, y entré tras ella.
“Ha escampado”, le dije cerrando la puerta tras nosotros.
“Ves cómo hay que tener una palabra de seguridad?, puede ser muy útil”, le dije.
“Sí, Javier”, dijo Fátima levantándose, “lo he pasado fatal, primero intentando que no se salieran los plátanos, y luego cuando vi que ibas a llamar”.
“Supongo, pero haz esos ejercicios, intenta controlar los músculos vaginales y anales por separado”, le dije.
“¿Eso se puede hacer?”; preguntó ella.
“Claro que se puede hacer”; le dije.
“Pues haré todo lo posible por controlarlos”, me dijo Fátima.
“Ven conmigo y tráete una bolsa de basura”, le dije yendo hacia su cuarto.
Me dirigí hacia la cómoda, donde tenía la ropa interior. Lógicamente de cuando habíamos estado buscando, sabía perfectamente donde estaba.
Me dediqué a sacarla todas las bragas, aunque la dije,
“Voy a tirarte todas las bragas. Solo usaras tanga. Quédate con una por si tienes que ir al médico o algo así”.
“Está bien”, dijo Fátima, “me quedo con estas”.
Rescató unas de encaje color burdeos.
“Vale”, le dije terminando de echar en la bolsa el resto.
“Con el dinero que has ganado hoy, te comprare tangas de hilo, que es lo que debes usar a partir de ahora”.
“Bueno ahora me voy. Recibirás noticas mías”, le dije.
Cogí mis plátanos, y la bolsa de basura con las bragas, y me fui.
CONTINUARA
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