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Las siete 7

María siempre tuvo esa mirada que lo intrigaba, pero no era una mujer cualquiera. Cuando le propuso ser su mascota, el mundo se detuvo. Ahora, con el riesgo de perderla o de conquistarla, la línea entre el deseo y la ofensa se vuelve más fina que un látigo.

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Capítulo 7.

Había quedado para cenar con María, la administrativa del puerto que adora las mascotas. Pero antes de ir a la cena, dejé a Isabel en la cama atada.

Al salir de casa me crucé con los vecinos que también salían. Parecía que teníamos tomada la hora para coincidir casi siempre. El marido de Ana tuvo que soltar una de sus gracias.

-¿Qué?, el soltero otra vez a divertirse ¿no? Esta vez no vas acompañado.-

-No, la he dejado atada a la cama y he quedado con otra.- Le dije medio en broma. Pero Ana me miró fijamente sabiendo que podría ser verdad y no solo una broma tonta. El marido se limito a reírse y soltar algo sobre la suerte de los solteros. Cosa que no le hizo ninguna gracia a Ana.

Llegué al restaurante donde había quedado con la bella María unos diez minutos antes y ella ya estaba allí. Fue una cena muy agradable. María tenía un sentido del humor fino y lo pasamos bien. Después nos fuimos a tomar una copa a un sitio tranquilo donde seguimos charlando. La acompañé a una parada de taxis y le dije:

-Al final no me has preguntado sobre la información de las mascotas. Tendremos que quedar de nuevo.- Soltó una carcajada.

-Pensé que me preguntarías si volvíamos a quedar, pero ya veo que usas el mismo anzuelo.-

-Vamos a hacer una cosa,- le propuse, -te aviso que no pretendo de ninguna manera ofenderte ni enfadarte. Me pasas tu correo privado y te envío un par de relatos, creo que te darán una idea de lo que quiero decirte.-

-Vaya, no pensé que fueras falto de palabras para tener que recurrir a unos artículos para hablarme de tu opinión sobre las mascotas.-

-No es eso María. El tema es delicado y no quiero que te ofendas o incluso que te asustes.-

-Pues diciéndome eso sí me asustas.- Dijo ya seria.

-Vale, ¿Me permites que sea claro dejando por delante que no pretendo insultarte ni denigrarte?.-

-Por supuesto, ya me tienes intrigada con tanta vuelta al tema.-

-Me gustaría mucho que fueras mi mascota.-

-¿Cómo?.- Los ojos se le abrieron como platos de incredulidad.

-Es sencillo. Con una ropa adecuada, un cuenco de comida y un cajón de arena. Es como un juego de rol. Te metes en el personaje que en este caso sería ser una perrita o una gatita. Así puedes vivir eso que tanto deseas. Y la verdad es que yo también tengo ganas de tener una mascota así.-

-No se si lo dices en serio o es una broma Hugo.-

-Déjame que te pase esos relatos, y un par de vídeos. De esa forma lo verás más claro.-

-Definitivamente estás como una cabra. Ahora me estoy planteando la segunda cita.-

-No quiero ni busco una segunda cita. No voy detrás de ti por un polvo, quiero algo más pero tampoco una relación normal de pareja. No te enfades por favor. Dejemos esto antes de que llegue a más, pásame tu correo y cuando quieras me llamas y lo hablamos. O no me vuelvas a llamar jamás, yo no te perseguiré. ¿Que tienes que perder por leer un poco?.-

Algo enfadada pero intrigada me dio su correo. No le sentó muy bien que le dijera que no buscaba una segunda cita ni un polvo. Creo que eso no le había ocurrido nunca y lo entiendo. Una chica atractiva y guapísima no está acostumbrada a según que desplantes.

Regresé a casa y fui derecho a mi despacho. Sabía que Isabel se habría despertado y estaría deseándome pero quise hacerla esperar y ni hablé. En el despacho escogí un par de relatos y unos vídeos y se los envié a María. Estaba seguro que ella disfrutaría siendo una esclava mascota y yo lo deseaba desde hacía años, era una fantasía que no logré cumplir ni teniendo siete esclavas.

Salí del despacho juguetón, así que quise hacer rabiar a Isabel. Entré en el dormitorio y al encender la luz la miré atada en la cama haciéndome el sorprendido. Exclamé algo así como “vaya lo olvidé”. La miré y lentamente quité la almohada y me fui al otro dormitorio. Me desnudé y regresé para dejar la ropa mirando disimuladamente a Isabel. Pero no me salió bien el jueguecito de hacerla rabiar. Primera o Isabel era demasiado sumisa para enfadarse por eso. Si el Amo decidía ir a dormir a otro lado es su derecho, ella me miraba resignada sin abrir la boca tumbada en cruz y atada.

Regresé con la almohada y comencé a desatarla.

-Creo que mejor dormiré aquí.- Quizás pensó que la mandaría a ella al otro dormitorio.

La empujé un poco y me tumbé dándole la espalda.

-Estoy muy cansado,- lo cual era verdad, -pero si quieres te permito que me abraces para dormir.-

En dos segundos noté sus pechitos aplastados en mi espalda y sus manos y piernas abrazándome.

El domingo fue tranquilo. Me levanté tarde con la magnífica mamada de Isabel. Pasé la mañana leyendo mientras ella estaba arrodillada frente a mi en silencio. Después de comer llegó Irene que se puso frente a mi a ensayar las posturas según le decía Isabel. Aunque eran sólo cinco, la idea es que las hiciera sin pensar y parece que lo consiguió. Le enseñé el dormitorio de los castigos, que ya no era dormitorio, no había cama, así que empecé a llamar a la habitación la sala de los castigos. Irene se emocionó mucho al verla y quedamos ese martes al salir de su trabajo para usarla. Pasé el resto del día esperando un correo o una llamada de María que no se produjo.

El martes regresé a las oficinas del puerto. La mesa de María estaba libre de toda decoración sobre mascotas. Ella ni me miró y entré al despacho directamente pero al salir me acerqué a su mesa y le pregunté:

-¿Que ha pasado con todo lo que tenías en la mesa?.- Me miró seria y en voz baja me dijo:

-No quiero que nadie pueda confundirse como lo has hecho tú.- No me miraba directamente a la cara.

-Lo siento, no pretendía que te enojaras conmigo. Sólo fui directo contándote una fantasía mía por si daba la casualidad que la compartías. De verdad que lo pasé genial el sábado, no quiero que esto termine en un enfado. ¿Hay algo que pueda hacer para no verte así conmigo?.-

-Ya hiciste demasiado, no soy ninguna degenerada. Por favor, vamos a dejarlo como está.-

Su voz aunque baja se notaba irritada así que no quise seguir, me disculpé una vez más y me despedí.

Por mucho que ella me dijera, durante la conversación que tuvimos y el como se comportaba yo estaba seguro que ella disfrutaría mucho siendo una esclava mascota. Quizás la parte de esclava le costase más, pero al final le gustaría seguro.

Por la tarde llegó Irene nerviosa. Se desnudó dejando su ropa en la taquilla y me siguió a la sala de castigos directamente. Al entrar se puso de rodillas y me besó los pies. Eso no se la había enseñado ni yo ni Isabel. A lo mejor venía en alguno de los relatos que le di.

-¿Has estado en la ginecóloga? No voy a azotarte para que después aparezcas en la consulta con marcas y tengamos un problema.-

-Sí Amo, esta mañana. Me ha dicho que no me preocupe, que no es nada normal con mi edad pero con lo gorda que estoy y que cuando hace años me pasé con el alcohol y el sexo puede ocurrir. Me ha puesto una dieta que no entiendo mucho para perder unos diez kilos y unos ejercicios. Si lo hago todo me ha dicho que en un mes lo empezaré a notar.-

-Te pasaré el teléfono de Primera, la llamas y que te explique y ayude con la dieta. Además de los ejercicios de la doctora, usarás las bolas chinas ¿las has comprado?.-

-Aún no me ha dado tiempo Amo.-

-Hazlo cuanto antes. ¿Le preguntaste si los azotes pueden afectarte?.-

-Lo hice Amo. Me dio mucha vergüenza pero sabía que era importante. Me dijo que no afecta pero que no debo hacerlo, que es una zona con mucho nervio y puede doler mucho. Que debería no hacerlo.-

-Vale, imagino que no diría con mucho nervio sino con muchos nervios.-

-No lo recuerdo Amo, pero cuando estoy nerviosa se me nota en la pierna que no paro de moverla pero no en el coño, nunca me ha pasado.-

-No es eso, se refiere a que tiene mucha sensibilidad.- Mejor no insistir.

-Hasta pasado un mes como ha dicho la doctora y si cumples dieta y ejercicio, y usas las bolas chinas no usaré tu coño. Así que si deseas que tu Amo te folle no olvides hacerlo todo.-

-Sí Amo, hablaré con Isabel para que me ayude.-

-También me gustaría que leyeras más para ampliar algo el vocabulario. Pero empezaremos por algo más fácil,- le dije viendo la cara de disgusto, -te pasaré unos audiolibros y podrás escucharlos mientras trabajas en el hotel.-

-No sé que es eso Amo.-

-Son libros leídos como si fuera música, te lo pones en el móvil con los auriculares y los escuchas.-

-Vale Amo, eso me puede gustar.-

-No se trata de que te guste o no. Se trata que te lo mando yo. Y aquellas palabras que oigas y no entiendas si no tienes tiempo para buscarla en el momento las apuntas y las buscas después.-

-Sí Amo.-

-De acuerdo, vamos a lo nuestro. Aquí no hay palabra de seguridad.- Le dije mientras la ataba en el potro boca abajo dejando bien abiertas sus piernas. -Como ya te he dicho no soy un Amo que disfrute mucho de las disciplinas así que no soy muy rudo con ellas, quiero decir, muy fuerte dándolas. Si en algún momento no lo soportas sólo debes decir que quieres irte y dejaré de hacerlo, pero también dejarás de ser mi esclava sin otra oportunidad. ¿Entendido?.-

-Sí Amo. ¿Puedo preguntar algo?.-

-Dime.- Ella ya tenía la respiración algo sofocada y sólo la había atado.

-¿Puedo correrme?- Me sorprendió su pregunta, estaba aún decidiendo que coger para azotarla, no la había tocado aún salvo para atarla.

-¿Ahora?.-

-No Amo, mientras me pega.-

-Sí, te doy permiso para hacerlo. Pero hay algo que debes entender, yo no pego, yo castigo o azoto. Pegar es otra cosa normalmente no consensuada, es decir, que uno de los dos no quiere.- Cansa tener que buscar palabras que ella entienda, no sabía si consensuar la conocía o no. -¿Entiendes la diferencia?.-

-Lo siento Amo pero no. Yo soy su esclava y estoy dispuesta a que me pegue, no veo la diferencia.-

-La diferencia no está en las palabras, aunque el verbo pegar no me gusta en absoluto y no quiero que se use. Pero por esta vez te lo explicaré usándolo. Si te pego sin un orden, especialmente con los puños, o a patadas mientras te insulto y te trato como si no fueras nadie sin tener en cuenta tu salud, eso es maltrato. Pero si te pego para el placer de los dos pensando en lo que hago y teniendo en cuenta tu cuerpo para no dañarlo de forma grave y sobre todo que tú también lo quieras o deseas, entonces es disciplinar a una esclava, que puede ser por un castigo o como hoy por puro placer mío. Por eso no me gusta la palabra pegar, esa la dejaremos para otras cosas, lo nuestro será azotar o disciplinar o castigar. ¿Ahora lo entiendes?.-

-Un poco Amo.- La entiendo a ella, a mi me es difícil explicar la diferencia aunque le vea muy claramente en mi cabeza.

-Aunque la sala tiene insonorización, esta no es perfecta, así que si gritas mucho te pondré la mordaza.- Y conforme terminé de decirlo comencé a azotarla el culo con el látigo de nueve puntas.

Ella no dio grandes muestras de dolor aunque daba pequeños grititos cuando le azotaba. Esos grititos pasaron a ser pronto gemidos hasta que le llegó un orgasmo. Miré el reloj, llevaba tan sólo cinco minutos de azotes. Dejé ese látigo y cogí uno de tres puntas que pasé por su espalda hasta sus muslos con una intensidad algo más fuerte y dejando marcas rojas sobre su blanca piel. Cuando me cansé la desaté y la puse boca arriba. Continué con el látigo dando en sus pechos y su vulva expuesta en la postura en la que estaba. En esa postura según mi reloj tuvo otro orgasmo a los doce minutos de azotes. Ahí paré y dejé que se recuperara un poco. Al final la veía más agotada por los orgasmos que por los azotes. Seguí otros quince minutos hasta cambiar.

La bajé del potro y la puse en la mesa boca arriba con las piernas y los brazos sujetos al techo y abiertos. Me decidí por la pala, no me gusta mucho pero tenía que usarla con ella para ver como reaccionaba. Los golpes los dirigía a los pechos y la vulva que estaba muy mojada. De nuevo tuvo un orgasmo, pero esta vez tardó algo más, estaba a punto de dejarlo cuando le vino a los quince minutos. Sus pechos y su vulva estaban rojos e hinchados pero ella seguía sin gritar, como mucho pequeños ayes y muchos gemidos. Dejé la pala, no me gusta mucho, pasa del rojo al morado sin darte cuenta y no es un color que me guste. Cogí de nuevo el látigo corto y estuve casi media hora dándole por todo el cuerpo.

De la mesa la até de sus muñecas al techo y la elevé hasta que quedó de puntillas. Le puse un antifaz y cogí el látigo largo. Es muy difícil de usar en una habitación como aquella por las dimensiones pero yo tenía práctica de cuando tuve a mis otras esclavas.

El primer azote se enredó en su vientre e impactó en la espalda sacando un grito de Irene.

Me acerqué con la mordaza.

-Te voy a poner una mordaza para que no se oigan tus gritos. Pero si no aguantas y quieres marcharte abrirás la mano y la cerrarás tres veces. Prueba que yo lo vea.-

-Sí Amo.- Dijo con dificultad por la respiración y abrió tres veces las dos manos y las cerró.

La amordacé. Empecé sin parar a darle con el látigo, unas veces para que impactara por la espalda y otras por los pechos que al ser grandes le ocupaban parte del vientre. Con cada uno de ellos escuchaba el grito atenuado por la mordaza pero en ningún momento abrió las manos ni una sola vez. Cuando vi ya demasiadas marcas por su piel, sobretodo en los pechos paré. La dejé descansar pero sin quitarle ni la mordaza ni el antifaz. Esta vez no aprecié que hubiera tenido ningún orgasmo pero su coño sí se le veía muy mojado, cayendo gotas como lágrimas por sus muslos. Colgada del techo la dejé mientras me marché a la cocina a tomar un refresco.

Regresé y cogí la fusta. Comencé en una vulva ya muy hinchada y en las ingles, al poco pasé a los pechos y entonces sí le llegó otro orgasmo. Cuando pararon sus temblores le di en el culo sin parar al tiempo que metía mi mano en su coño para masturbarla. Como la postura era incómoda para azotar dejé de masturbarla. Después de diez minutos, dejé la fusta y la azoté en el culo con la mano. Cuando la vi a punto de otro orgasmo paré y le metí la mano en su coño, me entraron sin problema los cuatro dedos y mientras con el dedo gordo intentaba frotar su clítoris. Le vino un orgasmo fuerte, paré y la dejé temblando y colgada del techo, ya que las piernas no le sostuvieron. Cuando dejó de moverse no pudo contenerse y se orinó.

La descolgué y la ayudé a sentarse en el suelo. Traje un cubo y unos trapos. Al final tendría que comprar una fregona.

-Cuando te recuperes, sin prisas, friega bien tu meado guarra.- Ya pensaba en lo enfadada que estaría Cristina si dejaba ese charco allí. -Después te duchas que te espero en el salón. Pero no hace falta que te apresures.-

Apareció por el salón a los cuarenta minutos, al entrar se puso a cuatro patas y vino gateando hasta mi para besarme los pies sin parar de decir: -Gracias Amo, gracias Amo...-

-Debes saber una cosa esclava. Este tipo de castigo no suelo darlo, para empezar no me agradan mucho con tanta intensidad, además no me gustan nada las marcas que se quedan en la piel. Si esperas que esto sea habitual no soy el Amo que buscas.- En realidad estaba excitado pero no se lo quise hacer saber, aunque me hubiera gustado follarla o por lo menos una mamada pero me aguanté.

-Tengo en mente un trabajo que casi seguro que puede salir para ti. Es de repartidora a media jornada muy temprano por las mañanas, terminarás antes de tu entrada a trabajar al hotel. Ganarás más que con las pizzas y podrás dejar ese trabajo estando los fines de semana libres. ¿Te interesa?-

-Sí mi Amo, mucho, así podré venir con usted y con Isabel a pasar el fin de semana.-

-Para, no he dicho que vayas a venir a pasar el fin de semana aquí en mi casa. Vendrás si me apetece y te llamo. Eso debes tenerlo claro. Pero sabiendo que te interesa haré las gestiones para que empieces cuanto antes. Ya puedes marcharte esclava.-

Mi dio risa como se despidió. Arrodillada iba hacia atrás sin dejar de mirarme los pies y agachándose cada vez que decía “gracias Amo”. Me recordó a las películas cuando uno está frente a un rey o un sultán.

Al día siguiente seguía muy excitado y nada más entrar Cristina, que tenía llave, la apoyé sobre la mesa del salón y de espaldas me la follé.

-Gracias Señor,- me dijo sorprendida cuando acabamos,-¿a que ha venido esto? Normalmente me folla a media mañana.-

-Eres mi esclava y me apeteció. ¿algún problema?.-

-No Señor. Como si lo quiere convertir en costumbre.- Me dijo sonriendo mientras se arreglaba su exiguo vestido de criada.

El fin de semana, cuando llegó Isabel me presentó un plan de ejercicios para Irene en la cinta y la bicicleta, pero sólo para hacerlos los fines de semana, durante la semana haría los ejercicios que le indicó la doctora que son muy sencillos, se limitan a apretar los músculos de la vagina durante unos segundos, descansar y volver a hacerlo durante un tiempo. También me dijo que fue a su casa y le está enseñando a cocinar para cumplir su dieta. Premié a Isabel por su dedicación con un noche de sexo hasta altas horas de la madrugada.

El sábado, cuando llegó Irene y después de inspeccionarla que no tuviera ya marcas de los azotes del martes, la tuve a las dos en espera buena parte de la tarde mientras yo leía. Una hora antes de marcharse a trabajar le enseñamos a Irene los ejercicios que debía hacer. Encomendé a Isabel la tarea de azotarla con la fusta si no se esforzaba. Nos reímos mucho con la cara que ponía con la bicicleta cada vez que le entraba el dildo. También me di cuenta que en la cinta solía bajar el ritmo cada poco sólo para que Isabel la azotara con la fusta. No le di importancia y dejé que disfrutara sin decir nada.

La semana siguiente fue un horror. Me llamaron del puerto por un problema serio y tuve que acudir el miércoles. Al llegar María ni me saludó y antes de entrar en el despacho del director de planificación me acerqué a ella y en voz baja le dije:

-Fuiste tu quien me dijo que no te enfadarías si te contaba lo que al final hice. Ya me disculpé en su momento y no pienso hacerlo de nuevo pero quiero que sepas que me has decepcionado tomando el camino de chica ofendida. Soy una persona directa pero nunca busco molestar, al contrario lo hice de buena fe pensando que te agradaría un modo de vida diferente, y sigo pensando que es lo que te gustaría.-

Sin darle tiempo a responder entré en el despacho.

De allí salí enfadado, y mucho. Se habían unido unos problemas en Suez que retrasarían un importante envío, con otros de documentación para aduanas en el propio puerto que retrasarían la salida de unos contenedores, y para rematar se me informó que otro grupo de contenedores no cumplía con la normativa de conservación y no permitían su salida hasta que los trasvasara a otros y esos los desechara. Salí hecho una furia sin ni siquiera mirar a María. En el coche, antes de arrancar llamé a la empresa y empecé a regañar por la falta de la documentación y por los contenedores en mal estado. Organicé una reunión para esa misma tarde de los jefes de departamento correspondientes además de recursos humanos y el de almacén para que estuvieran al tanto de esos errores. Llegue a casa y al entrar mi enfado no se calmaba. Le puse un wasap a Isabel, “si puedes librarte de las clases que te quedan te quiero en mi casa ya”. Dos segundos, o quizás fueron cinco, me respondió “voy Amo”.

Me fui al despacho y al sentarme apareció Cristina sonriendo y con movimientos insinuantes. En ese momento no estaba para sexo y además me molestó que lo hiciera.

-Ven guarra y arrodíllate delante de mi.- Ella en ese momento se dio cuenta del enfado que tenía.

Con una mano le sujete la barbilla y con la otra acaricié su cara y sin más le dí un bofetón. No fue muy fuerte pero al no esperárselo se cayó al suelo desde donde me miró asustada.

-Levanta y vuelve a ofrecerme la cara esclava.- Le dije serio y enfadado.

Lo hizo y de nuevo le di otro bofetón en la otra mejilla que la tiró. Me enfadé más porque no eran tan fuertes como para eso, y porque se puso a llorar, cosa que me enerva.

-Lo siento Señor, no se que he hecho para que me haga esto. Por favor no siga.-

-Pon la cara de nuevo y no quiero que la muevas ni te apartes.- Dije serio. -Si no puedes aguantarlo te marchas de esta casa esclava.-

Se puso de nuevo sin dejar de llorar. Le di varios bofetones más con las dos manos, creo que fueron unos tres con cada una.

-Vete y sigue con tu trabajo. No olvides que eres mi esclava y puedo hacer lo que quiera contigo.-

Se levantó con la cara roja y se marcho hipando. Pero ya me había relajado un poco.

En diez minutos llegó Isabel y sin decirle nada la enganché de la correa y la llevé a la sala de castigos. La até en el potro boca abajo y con el látigo corto empecé a flagelarla hasta que me cansé, quizás fueron veinte minutos o algo más. No fueron intensos pero si muy seguidos unos detrás de otro. La solté y me fijé que no tenía apenas marcas.

-Puedes marcharte zorra. ¡Cristina ven aquí!.- Grité.

Cristina entró asustada, la apoyé en la mesa, le levanté la falda y con un poco de lubricante se la metí por el culo de un solo envite. Isabel salió camino del vestíbulo para vestirse y marcharse sin saber que había ocurrido realmente. Seguro que mientras se vestía escuchaba los golpes que daba contra el culo de Cristina de forma ruda y agitada.

Me corrí y entonces ya me sentí más relajado. Sin decirle nada a Cristina me volví al despacho para averiguar como se habían cometido los errores del trabajo. Lo de Suez no tenemos culpa pero lo otro era un error nuestro que no estaba dispuesto a dejar pasar. Entre otras cosas porque nos iba a retrasar mucho y fastidiar la planificación mensual.

Por la tarde en la reunión, ya bastante más calmado, escuché las excusas de cada uno sin decir nada. Cuando terminaron cada uno de exponer sus justificaciones que no me sirvieron de nada me levanté muy serio.

-Esta ha sido la primera vez que ocurre esto estando yo al frente. Si hay una segunda vez llamó a la Central para reorganizar todos los departamentos y si tiene que haber despidos no me temblará la mano en firmarlos. No quiero ni un sólo contenedor en mal estado, ni siquiera una rayadura en la pintura, y por supuesto ni un sólo documento de aduanas que falte o esté incompleto. No me vale que un becario o un trabajador lo haga mal, sois los jefes de departamento y vuestra función es supervisar, si no lo hacéis no me servís de nada. Ahora que se quede el de recursos y el de almacén, quiero tratar otro asunto con ellos.- Salieron todos menos esos dos que estaban bastante asustados. Les expuse el caso de Irene por si podíamos contratarla. Creo que después de la tensa reunión de antes no se atrevieron a poner ninguna pega y quedamos en que mandaría sus datos para que empezara a trabajar el lunes siguiente.

Al día siguiente cuando llegó Cristina la llamé. Vino algo asustada.

-Ayer perdí algo los nervios por un problema en el trabajo. No voy en absoluto a disculparme, aceptaste ser mi esclava y puedo disponer contigo como me apetezca. Te he llamado para decirte que lo que queda de semana y quizás la próxima estaré muy atareado y quizás algo tenso, así que limítate a hacer tu trabajo y procura no interrumpirme.-

-Sí Señor, ni notará que estoy aquí.- Bajó la cabeza y se volvió a sus quehaceres.

El sábado le di la noticia a Irene de que empezaba ese mismo lunes a trabajar en los repartos y que podía dejar las pizzas si quería. Ni se lo pensó, vino gateando hacia mi y me besó los pies pidiendo permiso para llamar. Le dejé hacerlo y llamó para despedirse ese mismo día.

Mientras ella llamaba me acordé de cuando le envié el wasap a Isabel y me respondió tan rápido.

-Isabel, como es que me respondiste tan rápido el miércoles, ¿no estabas en clase?.-

-Sí Amo, pero en las llamadas y wasap de usted tengo un tono específico y al oírlo lo leí rápida.-

-Me gustó que pudieses venir y no lo olvidaré pequeña.- Le dije.

Pude ver como se hinchó de orgullo y sonrió. Entonces Irene colgó y nos dijo que ya no trabajaba como repartidora de pizzas.

-Bien, Isabel se ha portado muy bien esta semana e Irene tiene un trabajo nuevo. Esta noche saldremos a cenar los tres y a tomar una copa o las que sean.- Les dije riendo.

Isabel llevaba ya mucho tiempo conmigo y como pasaba todos los fines de semana en mi casa le había dejado una parte del armario del dormitorio/gimnasio para ropa, pero Irene no tenía ropa para salir. Le dije que fuera a su casa y que para otra vez dejara algo de ropa en su taquilla por si la necesitaba.

Esta vez cuando fuimos a salir los tres me esperé a la hora en la que sabía que salían los vecinos. Eran de costumbres y lo hacían a la misma hora siempre. Me los encontré en el portal.

Tanto Ana como su marido se quedaron algo sorprendidos al verme con las dos abrazadas por los hombros y muy juntitos.

-Vaya vecino que bien acompañado vas.- Me dijo el marido de Ana mientras ella con su cara de mala leche me miraba fijamente.

-Sí, no me decidía a cual dejar atada y he tenido que llevarme a las dos.- Tanto Isabel como Irene se pusieron algo coloradas y agacharon la cabeza con una leve sonrisa.

-¿Pero es que acaso sales con las dos?.- Preguntó Ana de sopetón.

-Cariño, ¿como preguntas eso?, no seas indiscreta. Perdona vecino.- Dijo el marido.

-No te preocupes, si entre tu mujer y yo ya hay mucha confianza, son muchas mañanas de cafetito. Aunque creo que se está empezando a convertir en algo así como mi madre. Lo siguiente es que me ponga hora de regreso.- Le dije riendo.

Ana hizo una mueca de enfado y su marido se rió.

-Ten cuidado con ella que es muy mandona.- Dijo el marido.

-Aún tendrá que tomarse muchos cafés para lograr mandarme a mi. Bueno os dejo con vuestra diversión,- lo dije guiñando un ojo a Ana, -que nosotros nos vamos a ver si buscamos a alguien más que se una a nuestra diversión, que uno tiene muchas ganas de divertirse, igual tres somos pocos.- Dije riendo viendo como Ana me fulminaba cada vez que repetía la palabra divertir. Esto seguro que me costaría una bronca en el café del lunes, o al menos un discurso moralista.

El domingo me desperté después de una noche de sexo con las dos, mientras escuchaba cuchichear y notaba mamar pero no con la pericia a la que estaba acostumbrado. Me la chupaba Irene mientras Isabel le iba indicando como tenía que hacerlo para mi gusto. Hubiera preferido que me la mamara como siempre Isabel pero las dejé hacer y aunque tardé en correrme algo más de lo habitual al final no lo hizo mal.

El lunes muy temprano se marchó Irene a su nuevo trabajo. Algo más tarde lo hicimos juntos Isabel y yo. La dejé en la universidad y me dirigí al puerto a solucionar los papeles de aduanas y los contenedores en mal estado.

Al entrar en las oficinas hice un saludo general y entré directo en la oficina del director que me esperaba. Estuve reunido con él unas dos horas eternas de papeleo insufrible. Al salir de nuevo me despedí de todos y salí camino del coche. Antes de llegar me llamó María que venía corriendo detrás de mi. Me agarró suavemente del brazo y nos apartamos un poco de oídos indiscretos.

-Perdona Hugo, tienes razón, quizás me he enfadado conmigo misma y te echo la culpa. Pero esos vídeos y los relatos son fuertes, es pornografía y dura. Yo pensaba que era algo más suave.-

-María, tienes que apartar todo aquello que la sociedad de hoy hace para que no disfrutes de lo que te apetezca, siempre sin molestar a nadie. A todos nos gusta el sexo aunque quieran negarlo o disfrazarlo. Déjate llevar y piensa en lo que son tus fantasías, lo demás es cuento de la sociedad.-

-Pero lo que me pides es que me ponga en tus manos para que me hagas lo que quieras, para que me folles como te apetezca y cuando te apetezca.-

-Un poco es así. Pero no es en mi en quien tienes que pensar sino en tus deseos. ¿No te gustaría una relación de ese tipo?.- Yo estaba seguro de que ella lo deseaba casi más que yo. El sentirse un animal, una mascota era una ilusión reprimida que tenía.

-No lo se, tengo que pensarlo. Pero llevas razón en lo de estar enfadada contigo, dejaré esa máscara. Aunque no es así como esperaba que terminara la noche del otro sábado.-

-¿Esperabas sexo?.- Le dije con media sonrisa.

-No, esa noche no. Pero si esperaba alguna cita más. Desde que entraste la primera vez en la oficina hace meses ya fantaseaba con hacerlo. Pero nunca me diste oportunidad de hablar contigo, saludabas y te marchabas, sin una palabra.- Me dijo en tono algo triste y compungido. Como si la culpa hubiese sido mía.

-La verdad es que me fijé en ti ese primer día, pero también me fije en todas las fotos y figuritas de gatos y perros que tenías y eso me echó para atrás. Ahora que se realmente porqué las tenías me arrepiento de no haber tonteado antes.- Dije algo alegre por el cariz de la conversación.

-Ya, bueno, ¿amigos otra vez?.- Me dijo poniendo hoyuelos en su bella cara. Quizás no sacara una mascota pero un polvo con semejante belleza no creía tenerlo difícil.

-Amigos si quedamos de nuevo, para comer o cenar el sábado te dejo elegir.-

-Vale, esta vez comer por si nos da por charlar más de la cuenta.- Esa frase me alegró, parece que bajaba un poco sus defensas.

-Hagamos una cosa. Te invito a mi casa, allí podemos charlar tranquilos.- Puso una cara rara y rápidamente le dije.

-No te asustes, estarán mis criadas que nos servirán, no estaremos solos.-

-¿Tienes criada en sábado?.- Lo preguntó algo incrédula, de mi trabajo podía deducir un buen sueldo, ¿pero tanto como para tener también servicio en fin de semana?.

-Criadas, en plural. Pero en realidad no son criadas. Pretendía decírtelo el sábado pero no quiero que suene a encerrona. Son esclavas, como las de los vídeos o relatos que te pasé, sólo que ellas no son mascotas. Así puedes conocerlas y ver en directo como estarías.-

-Joder. No se, me da un poco de miedo y de corte.- Dijo reculando un poco.

-No te asustes, será una comida normal sólo que verás a unas chicas que sabrás que son mis esclavas y si te molesta solo tienes que decirlo y las mando a su habitación. Pero es una buena oportunidad de ver lo que hacemos. No quiero presionarte pero estoy seguro que te gustará esa vida.-

-Vale, ¿a las dos es buena hora?.- Dijo algo cohibida.

-Te paso mi dirección y nos vemos el sábado.-

Hablé con Cristina y le conté la comida del sábado que podría alargarse a cena, que la quería en casa para prepararla por la mañana de ese día. Puso mala cara pero asintió, creo que no le molestaba venir en sábado sino que la mostrara ante otras personas.

El jueves por la mañana estaba tomando café con Ana, que en toda la semana no me dijo nada de nuestro encuentro del sábado. Y entró en la cocina Cristina, nunca lo hacía mientras estaba Ana. No le hice ni caso, se agachó un par de veces poniendo el culo en pompa frente a mi. Al final se arrodilló en el suelo y se puso a fregarlo con un trapo enseñando toda su entrepierna que la exigua falda no llegaba a taparle. Ana me miró intrigada pensando que era un juego mío.

-Cristina, por favor, deja eso para más tarde. Sal de la cocina, ya lo harás cuando hayamos terminado.- Se lo dije muy serio y enfadado. Nunca había hecho nada así y no sabia a que venía.

-Sí Señor.- Se levantó enojada, recogió el cubo y los trapos y salió de la habitación cerrando la puerta de forma algo brusca, no fue un portazo pero se acercó mucho.

-Lo siento Ana, ya sabes como está en servicio hoy en día. Sobre todo si son esclavas.- Me reí.

Cuando Ana se marchó me dirigí a Cristina.

-¿Se puede saber que fue eso?. Precisamente cuando el sábado tengo una comida y esperaba un servicio impecable.- Le dije indignado.

-Lo siento Señor.- Se había dado cuenta ya de su error y estaba algo afligida.

-Eso no ha sido un despiste, llevas demasiados meses conmigo para que ocurra. ¿Por qué lo has hecho?.-

-Yo…, no es justo Señor. Desde hace una semana sólo tengo la bicicleta.- Dijo bajando la voz según hablaba.

-¿Qué bicicleta?¿De que me hablas?.- Ya estaba yo exasperado.

-Señor, lleva una semana, desde las bofetadas que me dio, que no follamos porque dice que tiene mucho trabajo pero para la vecinita si tiene tiempo de un café, y eso no es justo.-

Inhalé aire y lo solté despacio y sonoramente para que viera que en realidad me intentaba calmar.

-Vamos a dejar las cosas claras. Eres mi esclava y hago contigo lo que me apetezca. Si quiero follar follo y si no me apetece no lo hago. Tu no eres quien para ni siquiera insinuarme como debo tratarte. Con cualquier otra esclava esto supondría un castigo grave, pero asumo parte de culpa por no relacionarme contigo como debo y dejarte claro tu posición como esclava. Así que lo dejaré pasar, pero ahora mismo te marchas de mi casa y te dejo todo...- No me dejó terminar y se abalanzó sobre mis piernas abrazándolas.

-No Señor, por favor no me eche. Por favor Señor prefiero que me castigue. Soy su esclava y me gusta esta vida que me ha dado. Por favor...- Le corté la retahíla.

-¡Calla!, no vuelvas a interrumpirme. Por esto si que te castigaré y me lo recordarás el lunes si sigues aquí. Te decía que te marches y pases el día de hoy pensando si es lo que de verdad quieres, ten en cuenta que apenas te trato como esclava pero que no dejas de serlo. No quiero un espectáculo como el que has dado, no lo consiento y la próxima vez te largas de mi casa definitivamente. Ahora márchate y lo piensas. Si decides no volver no vengas mañana, si tienes algo tuyo aquí ya vendrás a recogerlo otro día. Lo único es que te agradecería que me enviases los planes de la comida del sábado para hacerlo con las otras esclavas. Y sin abrir la boca sal ahora de mi casa antes de que me arrepienta.-

Me miró unos segundos a la cara y tal como estaba arrodillada se fue gateando hasta el vestíbulo. Minutos después escuché la puerta de la casa cerrarse al salir ella.

Realmente no sabía como tratarla. Estaba seguro que no era sumisa al cien por cien pero hasta ese momento no me había dado motivos para cambiar nuestra relación. Quizás fueron las bofetadas. Esperaba que al día siguiente vendría, como me mostró al suplicarme antes de irse. Decidí darle un castigo algo fuerte el lunes por interrumpirme y ver sus reacciones.

En efecto, al día siguiente apareció y ninguno comentamos nada. Sólo me habló sobre la lista de la compra para el día siguiente.

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