Xtories

Con el amigo del taxista. parte 2

César tenía el dinero y la obsesión; Alfonso, la excusa. Andrea sabía que cruzar esa línea significaba perder el control, pero el riesgo en la parte trasera de un taxi ya no era suficiente. Esta vez, el precio era alto, y la promesa de un trío prometía destruir su matrimonio con la misma rapidez con la que encendía su deseo.

andrea7.6K vistas8.8· 12 votos

Queridos amigos lectores: Mi nombre es Andrea, es nombre ficticio de verdad, lo demás es real, tengo 32 años de edad actualmente, soy casada, mido 163 centímetros de estatura, 65 kilogramos de peso, contextura mediana, buena pierna con unas buenas nalgas como una buena hormiga culona, unas tetas talla 34 b, mi piel es clara, mi cabello es lacio color miel, lo tengo corto en este momento, mis ojos son café claros, en fin tengo gracias a Dios, un buen cuerpo, unos atributos que muchas envidian y los hombres desean, mi cuerpo me encanta, sé que no pasa desapercibido, ya que cuando voy por la calle recibo muchos piropos unos muy bonitos, otros un tanto pasados y hasta morbosos, recibo también miradas, gestos y otras cosas de parte de los hombres y algunas mujeres que botan su cabeza para mirar o envidiar, tampoco tengo hijos debido a que cuando niña me practicaron un aborto en una clínica clandestina, allí me sacaron la matriz, por ese motivo no puedo concebir.

Mi esposo es un buen hombre, 2 años mayor que yo, de 180 estatura, de 72 kilos de peso, trigueño, pelo crespo y negro, delgado, bien aspectado en todos los sentidos, las chicas lo ven y no son indiferentes a sus gustos, llama la atención de ellas en todos lados, profesional, trabajador, juicioso, bueno en la cama, sé que me la ha jugado varias veces, lo he perdonado porque aprendí a pagar con la misma moneda. Aquí sólo quiero desahogarme de estos recuerdos, revivirlos y compartirlos con aquellos que buscan algo de diversión por este medio, dejo constancia de que mis relatos son verídicos y no sacados de la fantasía de alguien.

Hoy les continuaré mi historia del taxista Alfonso y de su amigo César, iniciada en el anterior relato: de romance con mi vecino taxista por aceptarle una cerveza.

Recordemos que Alfonso está por los 30 años, es trigueño, cejas pobladas, usa barba de candado, 170 estatura, atlético, es bien parecido y esos ojos negros picarones brillan cuando se emociona, su herramienta de unos 16 centímetros no la usa como debiera, está centrado en sus gustos. Su amigo César, llega a los 38 años, es más bajo de estatura, unos 165 cm, tez blanca, ojos amarillos oscuros, pelo café, muy barrigón, viste con pantalones de poliéster, camisa manga corta, zapatos de vestir, es como chapado a la antigua, pero muy decente y algo calmado.

Llevaba un par de veces encontrándome con Alberto, aunque no me gustaba su cama, sí me gustaba lo generoso, sus regalos en bonos, dinero, atenciones y lo agradable de su compañía, pero todo llega a su fin de alguna manera y en mi mente estaba la idea de terminar con esa relación, para ello estaba maquinando cómo terminar y que todo quedara en el olvido, pero no tenía afán tampoco. Era la cuarta vez que estábamos en la intimidad, su amigo César siempre nos llevaba y traía de nuestros escondites amorosos, ya era una camaradería entre los tres.

Alfonso me dijo con voz algo temblorosa, “mi amor”, tengo algo que decirte o proponerte, peo no sé cómo empezar. Lo animé para que soltara de una vez, no me gusta estar rogando por nada. “Es que a César le gustaría estar contigo también, está encachorrado con el tema y me está presionando con que le lleve alguna razón, él tiene mucho más dinero y está dispuesto a pagar lo que sea por una vez o las que se lleguen a presentar, hasta me ha propuesto un trío, pero eso es demasiado, pienso que no es correcto.

Le dije que no le iba a contestar, que yo iba a hablar personalmente con César, que aprovecharía para que me llevara a mi casa y por el camino le daba una respuesta pero a él, pero que solo íbamos a estar los dos, sin testigos. Alfonso aceptó quedarse y me fui con César, yo iba en el puesto de atrás, César estaba como asustado, callado y solo me miraba por el espejo retrovisor. Rompí el silencio y le dije, “oiga César”, cual es la razón que me manda con Alfonso, tenga el valor de decírmelo personalmente.

Perdón, perdón, señora Andrea, lo que pasa es que no he podido estar tranquilo desde el día que bebimos esas cervezas, mis pensamientos solo están en usted y siento como celos y rabia de Alfonso por saber que están saliendo, por molestarlo le dije que te llevara saludes y que te propusiera que me diera una oportunidad a mí también, que no sería gratis, pues todo tiene su precio y estoy dispuesto a pagar lo que sea si es necesario.

Ves que, si puedes hablar, no tienes por qué andar mandando razones, entre menos gente sepa de una conversación, todo queda en secreto, que te sirva de experiencia para tu vida, le dije como en tono de seriedad. ¿Por qué quieres estar conmigo?, ¿sabes que soy una mujer casada?, sí señora, pero usted sale con Alfonso y no pasa nada, mejor dicho, yo estoy como enamorado de usted, eres mi amor platónico.

Usted sabe que Alfonso es muy generoso conmigo, ¿verdad?, ¿qué te hace pensar que yo quiera estar contigo? Le pregunté como para desanimarlo. César se apresuró a responder: “yo estoy dispuesto a pagar el doble”, quedé fría con esa noticia, no la podía rechazar tan fácilmente. César se detuvo en un semáforo y sacó un rollo de billetes, me largó dos de alta denominación, “mire, es para usted y que se compre algo de mi parte”, “si los acepta, sabré que tengo una oportunidad”, obviamente se los recibí y cuadramos lugar y horas para el día siguiente, con la condición de que Alfonso no debería saber nada, que le dijera que lo insulté o que de mala gana le había dicho que no.

Al día siguiente, en el sitio acordado nos encontramos muy puntuales, a una media cuadra de una residencia, salí adelante caminando y César detrás de mí, como dos extraños, entré sin mirar atrás, César hizo su ingreso y pagó el servicio, entramos a la habitación del tercer piso, desde allí se veía una parte de la ciudad, como todas las residencias, una cama doble, sábanas con un sello de garantía de limpieza, un televisor en el canal de pornografía, una nevera con unas cervezas, agua y gaseosa.

Con César quedábamos casi de la misma estatura, solo que él es más barrigón, antes de empezar con algún movimiento, sacó de su bolsillo el rollo de billetes y me entregó lo convenido. “Es para que vea que soy serio en mis asuntos”, los guardé en mi bolso, lo abracé con cariño y agradecimiento, nos comenzamos a besar, tomé la iniciativa de empujarlo para caer en la cama vestidos como estábamos, así permanecimos un buen rato besándonos, yo llevaba la iniciativa, era jugosa mi paga y así lo debería hacer sentir.

Me paré en la cama y comencé a desvestirme, a hacer un striptease, “mira mi rey”, “por esto es lo que has pagado”, mis sandalias salieron a volar cerca de la puerta, con estilo de bailarina, mi blusa, mi lycra cayeron en la mesita de noche, desabroché mi brasier y lentamente le fui mostrando mis tetas, luego mi panty que con mi pie se lo hice llegar a su cara. César estaba sin palabras, no podía dar crédito a lo que estaba ocurriendo, sus ojos se abrieron enormes, su boca no se quedó atrás al ver mis labios vaginales, bien rasurados y carnosos; agarró mis calzones, los enrolló en sus manos y se los llevó a la nariz, respiraba con fuerza para absorber los olores. Lo agarré de una mano y lo hice levantar para ducharnos.

Cuando se quitó la ropa, César estaba con su herramienta bien parada, una verga de unos 14 centímetros, torcida hacia un lado, su glande estaba protegido por piel, cuando se lo pajeaba se le notaba que estaba echando líquidos viscosos que brillaban con la luz del bombillo, parecía estar que no se aguantaba de meterlo en mi rajita. Nos juagamos abrazados, quitándonos el jabón chiquito y acariciando nuestras partes íntimas, él me besaba en la boca, besaba y mordía mis téticas, sus dedos jugaban con mis labios vaginales, entrando y saliendo, además ingresando lo más profundo que podían, yo lo pajeaba apretando como ordeñando su falo.

Mientras el agua tibia caía por mi espalda, me arrodillé para darle una buena mamada en el baño, sin mayor esfuerzo me tragaba ese trozo de carne, mientras mis manos se agarraban de sus piernas para mayor estabilidad, César me apretaba la cabeza con sus manos, no cabía de la dicha con esa mamada profunda que estaba recibiendo, “uy que cosa tan rica”, “eres la mejor”, “lo mamas de película” y muchas cosas más, claro, con una voz entrecortada por la emoción.

Al llegar a la cama me hizo sentar en el borde, se arrodilló, se acomodó entre mis piernas, le eché mis piernas sobre sus hombros, comenzó a dar lengua en mis labios que ya estaban empapados de jugos vaginales, dos o tres dedos ingresaban en mi gruta vaginal, entrando y saliendo como si fuera un miembro más, los juntaba todos y trataba de meterlos en forma de racimo, lo intentaba, aunque no lo logró, tampoco le quise ayudar o se metían con todo y mano.

Me hizo dar la vuelta, quedé apoyada con mis manos en el colchón, ofreciéndole mis nalgas a César, con mis piernas algo separadas empecé a recibir el mete y saca, por momentos lo metía con mucha fuerza y lo dejaba clavado en mis entrañas, lo sacaba y volvía a su ritmo, pronto uno de sus dedos empezó a hurgar en mi culito, “me encanta este hermoso culo que te gastas”, me apresuré a decirle: “si quieres, hazlo pero con cuidado”, no se hizo del rogar, sacó su verga de mi vagina, con una de sus manos apartaba mis nalgas y con la otra ayudaba a presionar su pene en mi orificio anal, yo alcanzaba a escuchar y sentir cuando escupía sus babas como lubricante, por fin entró la cabecita y sentí como un corrientazo, se acomodó y comenzó a meterlo con empujones suaves, hasta que se perdió entre mis esfínteres, ahí fue cogiendo ritmo y velocidad, yo gemía de placer, estaba recibiendo una buena dosis de verga, bien trabajada, sin brusquedad pero con firmeza.

En un momento se salió de esa gruta y quiso meterla en mi rajita, buscaba el orificio, pero no le permití, me senté en la cama y le dije, no señor, ya sufrí una infección de niña y no quiero repetir esa historia, si quieres más chochita, ve y te bañas, terminas por donde lo tenías o te masturbas aquí, yo te ayudo si quieres.

Lo acompañé a bañarse, haciendo énfasis en su verga, volvimos a la cama, me senté y volví a mamárselo con avidez, César empujaba y sacaba su verga tal como si estuviera en una vagina, yo lo hacía llegar hasta el fondo hasta que mi respiración me lo permitiera, lo sacaba para tomar aire y volver a dejarlo entre mi garganta, al rato sentí que estaba más duro y entendí que se iba a venir, lo mamé con velocidad hasta que hizo explosión en mi boca, tragué toda esa leche espesa, la verga de César fue perdiendo velocidad y fortaleza, hasta que se desinfló un poco, me levanté y me le colgué a su nuca, caímos en la cama en un beso, yo le metía mi lengua en su boca y César sentía algo de repulsa, y eso me causaba algo de risa, hasta que dejó esos prejuicios y se tranquilizó para disfrutar nuestros besos con sabor a semen.

Descansamos un rato y volvimos a la ducha, queríamos empezar un nuevo round y sentimos los golpes en la puerta: “toc, toc, se acabó el tiempo” nos arreglamos nuestras ropas y quedamos en volver a repetir o pasar una noche entera, este barrigón era buen polvo y merecía un premio de mi parte. Le recordé que Alfonso no debería enterarse de este encuentro por nada del mundo, me confesó que Alfonso le había dicho que yo estaba buena para que hiciéramos un trío y que eso era lo que lo había emocionado más, aunque en silencio me deseaba cuando nos transportaba en el taxi, en ese momento le dije: “pues lo del trío habrá que verlo, eso no es tan fácil para algunos de ustedes, además no lo voy a hacer gratis, espero una propuesta más adelante y ya veremos”.

En adelante duramos saliendo con César a escondidas de Alfonso, el uno me traía noticias del otro, así sabía qué estaban tramando en mi contra, pero entre ellos se la pasaban planeando cómo me iban a proponer lo del trío, César me mantenía al tanto, hasta que la propuesta me llegó por parte de Alfonso y terminé aceptando el acuerdo, pero eso será otra historia.

Aquí termino otra historia de mi vida, son situaciones nada del otro mundo, pero que he vivido plenamente. Envío un abrazo y un beso a los lectores. Igualmente agradezco a quienes dan su voto como malo el relato, tienen toda la razón, no soy escritora ni estoy compartiendo fantasías, solo hechos reales, tampoco uso figuras literarias y uso mi propio estilo de escribir.