Un viaje inesperado a Sevilla … (Parte II)
Sevilla es solo el escenario; el verdadero viaje comienza cuando Carla se deja llevar por la impulsividad de un encuentro nocturno. Entre el calor de la ciudad y la privacidad de un ático, la frontera entre el placer casual y la conexión real se difumina. ¿Podrá ella resistirse a la tentación de volver, o el adiós será definitivo?
Un viaje inesperado a Sevilla… (Parte II)
El sábado me desperté sin saber dónde estaba, completamente desubicada. Esa sensación de confusión me fascina; es como un dulce desvarío, señal de que había dormido profundamente, tanto que mi mente aún vagaba en un limbo. Me costó un buen rato recordar que estaba en Sevilla y que la noche anterior había sido una mezcla de deseo y placer que me dejó marcada. Mi Cayetanito particular, su beso en el bar, y... ¡dios mío, mi orgasmo en plena calle! El calor subió a mis mejillas, y busqué mi móvil, que yacía perdido en algún rincón de la habitación. Mientras se cargaba, me di una ducha revitalizante, dejando que el agua fría despertara cada rincón de mi piel. Al encender el móvil, allí estaba, un mensaje de Lucas que me hizo sonreír de inmediato. Había dormido hasta tarde, y me sentía renovada, con una energía que solo la expectativa de verlo de nuevo podía alimentar.
Lucas:
11:32 ¿Cómo está hoy la señorita impulsos?
11:32 Yo he dormido como un tronco.
11:35 Hoy no tengo ningún plan, y me preguntaba si te gustaría hacer algo con un Cayetanito la mar de majete y atractivo, jajajaja.
11:37 No quiero parecer demasiado descarado, pero… ¡joder! No puedo sacarme de la cabeza lo de anoche…
11:38 No significa que tenga que repetirse… aunque no te voy a mentir, se me han ocurrido mil formas nuevas, jajajaja.
11:40 Estoy de broma… ¿o no?
11:42 En fin, ¿te apetece que nos veamos?
12:47 ¿Me estás dando largas? ¿O sigues dormida?
Sonreí al leer sus mensajes, sintiendo cómo su juguetón descaro me hacía vibrar. Me encantaba que me llamara “señorita impulsos”; había algo en su manera directa y sin rodeos de expresarse que me envolvía, me hacía sentir deseada sin artificios. Y la forma en que mencionaba mi orgasmo, con esa mezcla de picardía y seducción, provocó un cosquilleo en mi cuerpo que solo alimentaba mis ganas de verlo y explorar hasta dónde más podría llevarnos esa química innegable. Así que respondí rápidamente:
Carla:
13:36 Hola Cayetanito, ¿llego demasiado tarde con mi respuesta? Más que dormir, creo que he hibernado.
Lucas:
13:40 Jajajajaja. Me alegra que hayas descansado; cuanto más energía tengas, mejor podrás aprovechar el día:-P. Y claro, espero que esa energía la gastes en algo que implique pasar tiempo conmigo…
Carla:
13:44 Jajajaja. ¡Pervertido!
Lucas:
13:47 Oye, ¡en ningún momento dije cómo quería que usaras esa energía renovada! Pero si necesitas inspiración, puedo darte algunos detalles... Jajajaja. Y nada de perversión, solo puro placer, muuucho placer…
Carla:
13:52 La verdad es que no tengo plan, mi plan era no tener plan. Si tu propuesta sigue en pie, sería un placer compartir tiempo con mi Cayetanito pervertido favorito.
13:53 Acabo de darme una ducha, puedo estar lista en 20 minutos. ¡Tengo hambre! De comida, ¡que te veo venir, pervertido!
Lucas:
13:55 Estaré en la puerta de tu hotel en 20 minutos. Por favor, no te pongas demasiado sexy… Me cuesta la vida resistirme a tus encantos, y no quiero pasarme todo el tiempo pensando en hincarte el diente, jajaja:-P
Dejé el móvil a un lado y traté de pensar rápido en qué diablos me iba a poner... Tenía que ser algo cómodo, que insinuara sin ser demasiado evidente. Soy de las que prefieren sugerir en lugar de mostrar. Me parece mucho más sensual y provocador cuando una mujer deja algo a la imaginación, permitiendo que los hombres fantaseen antes de desvelar el verdadero contenido.
Opté por una falda vaquera ajustada que moldeaba mis caderas, insinuando sin exagerar. La combiné con una camiseta negra suelta de cuello ancho, que dejaba al descubierto uno de mis hombros. El calzado fue una elección fácil: las clásicas Vans negras, informales y cómodas, perfectamente en sintonía con mi estilo. Recogí mi melena corta con una pinza, dejando que algunos mechones cayeran sueltos, dándome un aire casual y despreocupado. Después, me apliqué mi crema solar, seguido de un toque de rímel transparente para resaltar mis pequeñas pestañas, y lo que no podía faltar, mi perfume favorito. Me encanta oler bien, casi al punto de querer bañarme en perfume. Con el aroma perfecto, me sentí lista para enfrentar lo que el día me tenía preparado.
Al salir a la calle, la brisa fresca típica de la temporada acarició mi piel, haciendo que el paseo prometiera ser mucho más placentero. No sabía cuál era el plan de Lucas, pero estar con él y disfrutar de su compañía era suficiente para mí.
Sin darme cuenta, apareció a mi lado, rodeando mi cintura y depositando un beso casto en mi frente, como la noche anterior. Ese aroma fresco a recién duchado, combinado con su sonrisa, me estremeció. Sin preguntar ni una sola vez lo que deseaba, me tomó de la mano y me guió por las encantadoras calles del casco antiguo de Sevilla. Cruzamos el puente de Triana y nos dirigimos a un barecito a orillas del Guadalquivir. Nos sentamos en la terraza, donde la suave brisa hacía que todo se sintiera más relajado.
Lucas, seguro y encantador, pidió por ambos. Confié en él para elegir las mejores opciones. Pronto, el camarero trajo cazón, pescadito frito, croquetas, y unas patatas especiales del lugar. Para beber, un vino blanco ligero y agua fría, según Lucas, "para hidratar". La comida fue tranquila, la conversación fluía con naturalidad. Lucas me sorprendía con su habilidad para envolverme en cada palabra, haciéndome reír y disfrutar de su compañía.
Tras la comida, sugirió dar un paseo por Triana, el barrio donde vivían sus padres. Mientras caminábamos, me deleitaba con sus historias sobre la cultura sevillana, los cantaores, bailaores y la rica tradición marinera del lugar. Nos adentramos por las calles, visitando el Castillo de San Jorge, el mercado de Triana, la calle Betis, y finalmente volvimos al centro. En medio del puente, me detuve a contemplar la belleza del lugar, apreciando cada detalle tras el recorrido guiado por mi "Cayetanito particular".
De regreso, noté a Lucas más callado, como si algo lo preocupara. Su silencio me hizo pensar que tal vez quería terminar nuestro encuentro.
-Si tienes algo que hacer o prefieres irte a casa, no hay problema, - dije en tono conciliador. - Ya me has entretenido bastante. La verdad, disfruté mucho la comida, el paseo turístico, y, por supuesto, al guía, que hizo un trabajo impecable desde mi punto de vista. -
- ¿Por qué dices eso? ¿Parece que quiero abandonarte? - Dijo soltando una risa juguetona.
-No sé...- respondí reflexiva. - Te he visto abstraído. Y he pensado que quizás era hora de retirarme a mis aposentos y dejar que mi guía descanse. -
-Cómo adivina, no te ganarías la vida, - rió pícaramente. -Estaba pensando en ir a la terraza de una coctelería, es lo que llaman ahora los modernos un “rooftop”, aunque hay que caminar un poco. La otra opción es tomar algo en mi casa. Tengo una terraza preciosa y acogedora, vivo en un ático con unas vistas no tan bonitas como la coctelería, pero preciosas a mi forma de ver... No quería proponértelo de golpe, para que no pienses que quiero llevarte a mi cuarto oscuro y perverso… aunque lo desee. - Volvió a hacer eso que tanto me gustaba: levantar las cejas varias veces mientras esbozaba esa sonrisa pícara y perversa que me tenía completamente enganchada.
Su tono divertido me hizo sonreír, despertando en mí el deseo de seguir descubriendo más de ese día con él. Ahora, la que estaba pensativa era yo... No es que no quisiera subir a su casa, de hecho, me apetecía mucho. Pero lo que no me gustaba era la idea de ir directamente al grano, como si fuera un guion preestablecido que ambos conocíamos demasiado bien. Me molestaba la previsibilidad de la situación, como si la certeza de lo que iba a pasar le restara todo el interés. Siempre he preferido lo impredecible, lo que surge sin ser planeado, porque ahí es donde realmente encuentro la emoción. Me excita más la sorpresa, el no saber qué va a pasar a continuación, y si esa sorpresa viene envuelta en sensualidad, es un combo perfecto para mí.
—Iremos a la coctelería—, dijo él con una tranquilidad que casi me desarmó. Notó mi indecisión y, con una sonrisa suave, agregó: —Te veo pensativa, y de verdad, no me importa. El que subas a mi casa no tiene ningún significado oculto. Simplemente me gustaría que la conocieras, y siendo sincero, creo que estaríamos más cómodos en el sofá que en una simple silla...—. Se echó a reír, consciente de lo absurda que sonaba su excusa, y me contagió con su risa.
—No, de verdad, no me importa subir a tu casa, de hecho, me encantaría—, respondí, intentando aclarar cualquier malentendido. —No es terreno neutral, pero me gustaría ver dónde vives y disfrutar del atardecer desde tu terraza… Lo único que no quiero es que pienses que subo con alguna intención o esperanza de... Ya sabes, no tiene por qué ocurrir nada. Lo de anoche... --
—No te preocupes, lo entiendo—, me interrumpió suavemente, su tono lleno de comprensión. —Lo de anoche simplemente surgió, y tengo que admitir que fue tan inesperado para ti como para mí. Puede que le haya dado alguna vuelta...—, confesó, con una chispa traviesa en los ojos, —pero no espero que en cuanto entres por la puerta te desnudes. Solo espero que te sientas como en tu casa, que te relajes, y que hablemos y bebamos sin ningún tipo de compromiso ni pretensión. De verdad, lo paso bien contigo. Me ha gustado conocerte, y ya que te vas mañana, un simple polvo no es lo más importante. El verdadero placer está en otras pequeñas cosas. Te prometo que no haré nada que te incomode…
—Lo sé—, asentí, agradecida por su sinceridad. —Lo único que no quiero es dar falsas esperanzas, y de verdad que a mí también me apetece disfrutar un poco más de tu compañía, sin pretensiones. Vamos, enséñame tu "choza de barro" y tu "letrina de madera". Seguro que me sentiré como en casa, jajajaja.
Ambos reímos, y Lucas, con su sentido del humor inagotable, comenzó a relatar alguna experiencia con letrinas que hizo que el camino a su casa se hiciera corto y ameno. Su apartamento, situado en pleno centro, resultó ser un piso sin ascensor, y al llegar, mi respiración podría haber sido confundida con la de un elefante, eso y la falta de aire hicieron que mi querido "Cayetanito" se riera a carcajadas.
—Pues estás tú como para una noche de pasión con el "gato salvaje" del Cayetanito, jajajaja.
—Creo que con mi ejercicio de hoy, cardio incluido, ya me siento bastante satisfecha. Suerte tienes de que no haya empezado a sudar como un cerdo—, dije entre risas, aun recuperando el aliento.
—Siempre puedes ducharte en uno de mis enormes siete baños—, respondió él, haciendo alarde de su inexistente fortuna. —Me prestaría incluso a ayudarte con esas arduas labores de quitarte los sudores... jajajaja. Anda, entra, pongo el aire acondicionado y te recuperas un poco.
—En verdad, lo que me apetecería más sería una bebida fría y una terracita… No he llegado a sudar lo suficiente—, dije con una sonrisa provocadora, lo que hizo que él riera aún más.
Su casa resultó ser pequeña y acogedora, con un estilo que mezclaba lo rústico y lo moderno de una manera que me encantaba. Había muchas plantas, muebles de madera que parecían hechos a mano, mucho mimbre y artesanía antigua. Las paredes en tonos claros contrastaban con la madera y los tapices de los sofás y sillas en tonos tierra, lo que le daba un aire de casa típica ibicenca. El pequeño recibidor también actuaba como distribuidor, conservando los típicos ladrillos antiguos y con tres puertas: una que daba a un despacho, otra a la habitación principal con baño en suite, y una más al baño de invitados. La cocina-comedor era un espacio amplio, con una gran isla que delimitaba las áreas creando una zona sencilla y acogedora. Los suelos de cerámica que imitaban la madera le daban un toque aún más especial.
—Es precioso tu piso—, dije, abstraída por el encanto del lugar.
—Gracias—, respondió con una sonrisa. —No sé por qué, pero sabía que te gustaría. Pero espera, viene lo mejor—, añadió con una gran sonrisa pícara.
—¡Vamos! —, exclamé, soltando un gritito de alegría como una niña entusiasmada.
Lucas apartó las cortinas que quedaban a la izquierda de la zona de descanso, donde un gran y aparentemente cómodo sofá daba la bienvenida. Tras ellas, una cristalera corrediza enorme revelaba una terraza que parecía un jardín, llena de plantas distribuidas estratégicamente que le daban mucha calidez al espacio. Había una pequeña barbacoa y una mesa grande, y al otro extremo, un techado de fibras naturales presidía la zona chill out, con un par de sofás enormes hechos con palets cubiertos de cojines que parecían llamarme por mi nombre. La terraza mantenía el carácter del resto de la casa; era simplemente preciosa.
—¿Esto venía así? Quiero decir, ¿ya estaba reformado y decorado cuando lo alquilaste? —, pregunté, deslumbrada.
—No—, contestó. —El dueño quería vender el piso, pero decidí probar unos meses para ver si me sentía cómodo…, como en casa. Al final, firmamos un contrato de alquiler con opción a compra. Si todo va bien, en dos años podría ser mío, así que hice algunas reformas. Tampoco invertí demasiado; soy manitas y me encargué de la mayoría de los arreglos. Los baños y la cocina ya estaban reformados, así que cambié el suelo, descubrí las paredes antiguas y las restauré... La mayoría de los muebles los hizo un amigo mío, es su hobby y pasión, y me los deja a buen precio. Reciclé muchas cosas, aunque no lo parezca... Me gusta cómo ha quedado y lo cómodo que me siento aquí.
—Es un espacio precioso, desprende calma y paz...—, dije, sentándome en el cómodo sofá, disfrutando de la brisa agradable que entraba.
—¿Qué quieres beber? Tengo whisky, ron, Martini, agua, zumo, algún refresco...—, ofreció Lucas mientras se dirigía a preparar la bebida.
—Mmmm...—, puse cara de interesante, fingiendo pensar. —Un Martini blanco con un poco de limón exprimido. Y agua fría para hidratarme también estaría genial—, respondí, recostándome en el sofá, sintiéndome completamente a gusto.
Lo primero que hizo Lucas fue poner música de fondo. Eran artistas originarios de Triana, dijo, para que entendiera mejor el tour que habíamos hecho esa mañana. Luego se puso a preparar las bebidas, optando por lo mismo que yo. Vino con todo a la terraza, ambos decidimos hidratarnos antes de empezar con el cóctel. ¿El Martini estaba delicioso, o quizá yo estaba muy sedienta y necesitada?
La conversación fluía sin esfuerzo. Vimos el atardecer, reímos y descansamos en nuestros respectivos sofás. Estaba disfrutando mucho, no necesitaba más. Estar con alguien con quien te diviertes, que te da paz y calma, y con quien los silencios no son incómodos, es un verdadero placer. Lucas era así... joder, pensé, estoy perdida, mientras cerraba los ojos y dejaba que la brisa erizara mi piel.
Fui al baño. No recordaba la última vez que había entrado en un baño de hombre que estuviera tan limpio y oliera tan bien, así que me tomé mi tiempo. Al mirarme al espejo, vi que mi cabello, antes recogido, ahora estaba alborotado por dar vueltas en ese endemoniado sofá tan irresistible. Esta vez no me importó, me sonreí a mí misma y salí en busca de mi bebida.
Lucas estaba en la cocina, exprimiendo limón en los cócteles, concentrado en su "complicada" tarea como coctelero. Me acerqué por detrás y coloqué mis manos en su cintura, lo que lo hizo sobresaltarse.
—Tranquilo, no muerdo ni soy ninguna asesina en serie. No te haré daño—, susurré cerca de su oído.
—Estoy intrigado por saber qué es lo que vas a hacer. Me espero cualquier cosa de la señorita Impulsos—, respondió con voz ronca.
La música había cambiado; ahora se escuchaba el primer disco de “Chambao”, manteniendo la línea flamenca, pero en un tono más relajado, que creaba una atmósfera perfecta. Me encantaba ese disco, lo habíamos escuchado tantas veces en las tardes de verano con amigos que aún recordaba las canciones. Ese fue el punto que hizo que toda la excitación contenida en mí se desbordara.
Mis manos recorrieron suavemente la espalda de Lucas. Aún no habíamos explorado esos terrenos, y yo apenas había tocado más allá de sus hombros. En cuanto a él, supongo que aún recordaría cómo se erizaban mis pezones bajo sus dedos... Pero esta vez, me apetecía conocer sus curvas, explorar su cuerpo. Era alto y grande, aunque no excesivamente musculoso. Podía intuir al tacto los brazos definidos y los músculos de su espalda, pero no parecía ser alguien que pasara horas en el gimnasio. Y, la verdad, me gustaba. Me deleité acariciando su espalda, sus hombros, y cuando llegué a su cuello, él lo inclinó hacia adelante, dándome más acceso. Presioné ligeramente la rígida musculatura de su cuello y lo escuché gemir.
—Si sigues así, no voy a querer que pares este agradable masaje—, dijo con una voz que denotaba gusto y placer.
Deslicé mis manos por debajo de su camiseta, sintiendo su piel directamente. Experimenté cómo poco a poco se le erizaba la piel al contacto, y cómo mi deseo crecía. Sabía que estaba entrando en un terreno que había insistido en no querer explorar... ¡Hay que ser gilipollas! No pude resistirme; el impulso estaba ganándome la partida. Y no podía culpar a los cócteles, porque la verdad es que ya lo deseaba desde antes. Soy de las que con su propio juego se queman y terminan tragándose sus palabras, y este era un claro ejemplo de ello.
La forma de ser de Lucas me provocaba cada vez más a medida que pasaban los minutos. No había hecho ni una insinuación, ni una mirada sugerente, y eso solo incrementaba mi deseo.
Así que seguí, explorando cada centímetro de su piel con deleite, sintiendo la calidez y la tensión bajo mis dedos. Me tomé mi tiempo, disfrutando cada toque, bajando lentamente hasta su cintura, sus caderas, mmm… Luego, mis manos se deslizaron por su pecho, recorriendo su vientre antes de regresar a su espalda. Él permanecía quieto, relajado, disfrutando de cada caricia. Verlo así, tan entregado al placer, me gustaba tanto que decidí interrumpir de golpe. Le di un suave cachete en el trasero y, con una sonrisa traviesa, le dije que esperaba mi cóctel en la terraza. En cuanto se recuperó de la sorpresa, sus carcajadas resonaron por todo el barrio.
—Me vas a matar —dijo, divertido—. Pero si muero, tú vendrás conmigo, te lo aseguro —añadió con ese tono cargado de morbo con el que yo había empezado a jugar.
—No he dicho que me importe morir… si es de placer —respondí provocativamente.
No dijo nada, solo me lanzó una mirada pícara, consciente de que yo caería en su juego. Yo también lo sabía. Dejé pasar unos minutos, disfrutando de mi bebida fría mientras Lucas se entretenía con un cigarrillo, inhalando el humo de esa manera tan suya. Estuvimos un rato en silencio, escuchando la música que envolvía el ambiente, tarareando canciones y recordando momentos. Observé a Lucas en el sofá, con los ojos cerrados, saboreando la última calada, completamente ajeno a los pensamientos perversos que me invadían. Estaba irresistible.
Me levanté silenciosamente, descalza, disfrutando de la frescura del suelo bajo mis pies. Había dejado mis zapatos al sentarme en el sofá, algo que siempre me provoca un placer sencillo en verano. Me acerqué sigilosamente y, sin decir una palabra, me senté en su regazo. Lucas se movió lo justo para hacerme espacio, permitiéndome acomodar la cabeza en su hombro mientras él me abrazaba suavemente. Un ronroneo de placer escapó de sus labios, y un escalofrío recorrió mi cuerpo.
Sus manos acariciaban mi espalda de manera tan agradable que, sin darme cuenta, me quedé dormida. Pero esas caricias, que en un principio eran tan reconfortantes, comenzaron a volverse más sensuales, más provocativas.
No pude evitar girar mi cabeza, acercando mis labios y mi nariz a su cuello, tan expuesto y tentador. Sentí cómo volvía a ronronear al notar mi respiración tan cerca de su piel. Las respuestas de su cuerpo a esos simples pero intensos estímulos me resultaban tan eróticas que no pude resistir la tentación de lamer su piel expuesta. Él gimió y me apretó más contra su cuerpo. Sabía que no quería que parara, y yo tampoco quería hacerlo. Pero también sabía que, si quería llevar esto más lejos, tendría que dejarlo claro, tan claro como había dejado horas antes que no quería nada. "Manolete, si no sabes torear, ¿para qué te metes?", me decía a mí misma. Pero ya estaba en la arena, y esta vez no iba a retroceder.
Introduje mis manos nuevamente por debajo de su camiseta, inclinándome ligeramente para tener mejor acceso a su torso. Lucas permanecía inmóvil, con la cabeza apoyada en el respaldo del sofá y los ojos cerrados, completamente entregado a la sensación de mis caricias. Recorrí su piel con lentitud, deleitándome con cada curva y músculo bajo mis dedos. Cuando llegué a su ombligo, noté cómo su cuerpo respondía con una sonrisa apenas contenida, probablemente por las cosquillas que mis movimientos le provocaban.
A medida que mis dedos se deslizaban hacia sus pezones, jugando suavemente con ellos, Lucas abrió los ojos y me miró, como preguntando si estaba segura de lo que estaba haciendo. Sentí un calor recorrerme al ver cómo sus pezones se endurecían bajo mi toque, acompañado de un suave gemido que escapó de sus labios. Fue en ese momento que no pude resistirme más. Con movimientos suaves y cuidadosos, le quité la camiseta, sintiendo cómo él me ayudaba, aunque aún sin hacer ningún movimiento brusco.
Lucas volvió a recostarse, dejando sus brazos relajados a ambos lados de mis piernas, sin tocarme, como si todavía dudara de si mis impulsos eran reales o simplemente un juego. Esta indecisión suya, esta expectante espera, solo aumentaba mi deseo. Quería más, mucho más. Así que seguí explorando, pasando mis manos por su pecho desnudo, sintiendo el calor de su piel, notando cómo su respiración se hacía más profunda.
Incliné mi cuerpo hacia él, acercando mis labios a los suyos, notando cómo la proximidad hacía que el ambiente se cargara de tensión. Sabía que él no haría ningún movimiento, que se dejaría llevar, disfrutando de lo que yo quisiera hacer. Y yo también estaba disfrutando, siguiendo mis deseos, sin prisa, pero con una certeza creciente de que no quería parar.
Rocé sus labios con los míos, apenas un susurro de contacto, lo suficiente para sentir la suavidad de su piel. El recuerdo de nuestros besos anteriores invadió mi mente, haciendo que el deseo se encendiera aún más. Mordí suavemente su labio inferior, degustándolo con placer. Mmm... qué rico. El sabor, la textura, todo en ese momento era perfecto.
-Mírame - Susurré con firmeza, deseando intensamente que me mirara. Quería verlo, sentir su placer reflejado en sus ojos, esa mezcla de deseo y necesidad que me enloquecía. —Abre los ojos, — insistí.
Lucas parecía sumido en sus sensaciones, pero finalmente abrió los ojos y me miró. Al hacerlo, sentí un estremecimiento recorrerme al ver cómo sus pupilas se oscurecían, consumidas por el deseo. Verlo reaccionar así era un placer en sí mismo. Se inclinó hacia mí, sus labios rozando los míos, y un gemido suave se escapó de su garganta antes de fundirse en un beso profundo y lento. Sus manos rodearon mi cabeza, dirigiendo el ritmo, manejándome con una dulzura que contrastaba con la intensidad del momento.
—Carla… —murmuró entre besos.
—¿Lucas? —respondí, con un toque de ironía.
—Me vas a matar… —sus palabras, susurradas al oído, me hicieron estremecer.
—No es eso lo que pretendo… —repliqué, divertida pero cargada de deseo.
—Me estás matando… —repitió, y el calor en mi cuerpo se intensificó.
—¿Quieres que pare? —pregunté, mientras mis manos exploraban su cuerpo y el beso continuaba sin prisa, pero con una creciente intensidad.
—No, no quiero que pares. Quiero que seas tú quien necesite y desee más… —sus últimas palabras me hicieron sentir un poder embriagador. Él me estaba dando las riendas, dejando claro que era yo quien dirigía este juego. Esa sensación de control, combinada con mi propio deseo creciente, me llevó a querer más, mucho más.
Me apreté más contra él, profundizando el beso, mostrándole cuánto lo deseaba. Sentí sus manos posarse en mis nalgas, al principio suavemente, pero luego con una urgencia creciente que reflejaba la mía. Nos estábamos buscando mutuamente, ambos necesitados de más contacto, más intensidad.
De repente, Lucas se levantó, cogiéndome entre sus brazos con una facilidad que me sorprendió y me hizo reír. Él también parecía disfrutar del momento, sonriendo mientras me llevaba en volandas hacia su habitación. Al llegar, me dejó de pie frente a su cama, sentándose en el borde con una mirada traviesa que dejaba claro que esperaba que yo continuara. Si realmente quería esto, era mi momento de avanzar.
Sin prisa, pero con determinación, deslicé la camiseta por mi cuerpo, dejándola caer al suelo. Lucas sonrió, vi sus ojos recorriendo mi piel con un deseo palpable. Su expresión de diversión mezclada con lujuria me hizo sentir poderosa, deseada. Quería que siguiera, que me desnudara completamente para él, levantaba sus cejas mientras sonreía para darme ánimos. Con una sonrisa en los labios, dejé caer mi falda, apartándola con un movimiento de pies, quedándome solo en ropa interior.
Normalmente, en ese estado de desnudez parcial me sentiría vulnerable, pero la forma en que Lucas me miraba, con una mezcla de admiración y hambre, me hizo sentir como una diosa. Sonreí y levanté las cejas, imitando su gesto anterior. Él respondió bajándose los pantalones, quedándose completamente desnudo frente a mí. No pude evitar sonreír. Esa imagen lo hacía aún más deseable. Mientras sonreía, sentía cómo el deseo me invadía cada vez más. Su cuerpo, aunque no perfecto, era increíblemente apetecible, y la forma en que se mostraba tan relajado y confiado solo me atraía más. Estaba salivando, literalmente deseándolo, lista para dejarme llevar completamente por el momento.
Mi Cayetanito se levantó, y mi dedo, por decisión propia, comenzó a trazar un largo recorrido por su piel, noté cómo contenía la respiración, cada movimiento mío lo tenía expectante, completamente cautivo de lo yo que haría a continuación. Mi dedo dibujaba lentamente el camino que luego recorrería mi boca, y esa anticipación lo mantenía en una mezcla de placer y tensión. Subí desde su mano izquierda, trazando una línea sutil por todo su brazo, hasta llegar a su hombro. Me acerqué más, sintiendo la necesidad urgente de tenerlo cerca, de sentir su calor contra mi piel.
Mi dedo siguió subiendo, rozando suavemente su cuello. Lucas inclinó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un gemido profundo, lo que hizo que mi deseo creciera aún más. Mis labios se curvaron en una sonrisa mientras mis caricias continuaban. Rodeé sus pezones con pequeños círculos, sintiendo cómo se endurecían bajo la suave presión de mi toque. Cada suspiro que escapaba de sus labios me hacía sentir un poder embriagador; sabía que estaba disfrutando de cada segundo y eso solo intensificaba mi propio deseo.
Bajé lentamente hacia su abdomen, jugando con su ombligo, trazando pequeños círculos alrededor, sintiendo cómo su respiración se volvía más pesada. Su mirada, oscura y expectante, estaba fija en mí, como si intentara adivinar cuál sería mi siguiente movimiento. Sentí su cuerpo temblar ligeramente bajo mi toque, y un ronroneo escapó de su garganta cuando bajé aún más, acercándome peligrosamente a su zona más sensible.
Justo cuando mi dedo estaba a escasos milímetros de tocarlo, me detuve. Dejé de rozar su piel, dejando un vacío intencional que lo hizo respirar más rápido, completamente consciente de lo que estaba a punto de perder. Mis ojos se encontraron con los suyos, y vi en ellos una mezcla de deseo y frustración que me hizo sonreír de nuevo, saboreando el control que tenía sobre su placer.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó, su voz ronca, cargada de necesidad.
—Dime tú, ¿qué es lo que quieres que haga? -. Susurré inclinándome hacia él, apenas rozando sus labios con los míos…
No dijo nada, no se movió, mientras, mis labios iniciaban el recorrido que había marcado antes con mi dedo, cada beso, cada caricia con mi lengua hacía que Lucas se sumergiera más en el placer. Sentí cómo su piel se estremecía bajo mi toque, sus músculos tensándose en respuesta. Su respiración era cada vez más irregular, y los pequeños gemidos que dejaba escapar me incitaban a seguir, a explorar cada rincón de su cuerpo.
Cuando llegué a su cuello, Lucas comenzó a acariciarme suavemente, pero no quería distracciones. Quería que se concentrara únicamente en lo que yo le estaba haciendo, en las sensaciones que estaba creando. Así que bajé sus manos, ordenándole en silencio que no me tocara. Obedeció sin resistencia, dejándome a cargo, y eso me dio aún más confianza para continuar. Mis labios recorrieron sus hombros, bajando lentamente hasta su pecho, donde jugué con sus pezones, excitándolos con suaves mordiscos y lamidas. Cada vez que su pecho se elevaba bajo mi toque, sentía cómo mi propio deseo se incrementaba. Los pequeños gemidos y su respiración entrecortada me decían que estaba disfrutando tanto como yo.
Finalmente, mi boca llegó a su abdomen, y noté cómo sus músculos se contrajeron. Sus ojos seguían cada uno de mis movimientos, llenos de anticipación y deseo, esperando que en cualquier momento ese toque se desvaneciera, como había ocurrido anteriormente con mi dedo... Sabía exactamente lo que quería, y ese deseo reflejado en su mirada solo alimentaba el mío. Frente a mí, su erección era evidente, un músculo rosado y brillante que había estado esperando pacientemente mi toque.
Como si hubiese leído sus pensamientos, me detuve, me tomé mi tiempo, y acerqué mi lengua a la punta de su erección. La rocé suavemente, llevándome una gota de sus fluidos, y luego, con una mezcla de provocación y deseo, me incorporé para besarlo. Sentí una oleada de excitación al compartir su sabor en un beso que rápidamente se intensificó. Era uno de esos besos que te dejan sin aliento, cargado de deseo, de una profundidad que electriza cada fibra de tu ser. Un beso tan lleno de tensión que, al recordarlo, aún te hace temblar las piernas, como esos besos de aeropuerto, esos que sabes que no se repetirán en mucho tiempo.
El gemido de Lucas resonó en mis oídos cuando mi mano se cerró firmemente alrededor de su erección. Sentí su cuerpo tensarse bajo mis caricias, su miembro palpitando en respuesta a cada movimiento que lo empujaba más cerca del límite. Sus labios, que devoraban los míos con urgencia, se entreabrieron en un jadeo profundo, una mezcla perfecta de placer y desesperación. Su mano intentó detenerme, buscando prolongar ese instante de agonizante placer, pero no le di tregua. Este juego lo había comenzado yo, y no pensaba detenerme hasta que ambos estuviéramos completamente saciados.
Con una mirada firme, aparté su mano y retomé el control, aumentando la presión y el ritmo. Su respiración se volvió más errática, los gemidos escapaban de su boca sin control, cada uno más alto, más cargado de deseo. Podía ver cómo se debatía entre resistirse y dejarse llevar, pero no lo dejé decidir. Quería verlo entregarse completamente, sin reservas, y sabía que estaba muy cerca.
Mis dedos trabajaban con precisión, explorando cada rincón, asegurándome de que cada caricia fuera una combinación perfecta de suavidad y firmeza. Sentí cómo todo su cuerpo se tensaba bajo mis toques, cómo sus músculos se contraían y su piel se volvía aún más caliente. No podía apartar la vista de su rostro, de esos ojos que se oscurecían con cada segundo que pasaba, cargados de deseo. Y entonces, sucedió. Su cuerpo se arqueó hacia mí, un gemido profundo y gutural escapó de su garganta mientras alcanzaba su clímax. Sentí cómo su orgasmo estallaba en oleadas mientras su líquido caliente se deslizaba por mi mano y mi pierna. Fue un momento de pura intensidad, un estallido de placer que nos envolvió a ambos. Verlo perderse en ese placer tan profundamente, sentir cómo se rendía completamente bajo mis caricias, me encendió aún más.
A medida que su respiración comenzaba a calmarse, el ambiente quedó impregnado de una sensación de satisfacción compartida, una conexión que iba más allá de lo físico. Sabía que, aunque él había alcanzado su punto culminante, esto solo era el comienzo de lo que podría ser una noche larga y llena de nuevas experiencias.
No me moví mientras observaba a Lucas ir al baño a por unas toallitas. Con ellas limpió mi pierna, y los restos de mi mano los lamió con deseo, mirándome de una manera que grabé en mi memoria, una estampa digna de conservar toda la vida. Luego, tiró de mí, haciéndome caer en la cama a su lado. Yo reía mientras él me abrazaba y acariciaba.
—¿Por qué has hecho eso? —preguntó, curioso.
—¿Y por qué no? —contesté, con una sonrisa juguetona.
—Me vas a matar, señorita impulsos… —rió, y esa risa, tan genuina y contagiosa, tenía la capacidad de abstraerme de todo lo demás.
—Espero morir si es de la misma forma que tú —dije provocativamente.
Mis palabras parecieron avivarlo, como una chispa encendiendo una hoguera. No me dejó ir; al contrario, comenzó a repartir besos y mordiscos por todo mi cuerpo, como un lobo hambriento. Se detenía en algunas partes más que en otras, dedicando especial atención a mi cuello, mi clavícula, e incluso mis manos, como si saboreara cada pedazo de mi piel.
Finalmente, su boca se posó en uno de mis pechos. Sentí cómo sus labios capturaban mi pezón por encima de mi ropa interior, su lengua jugaba con él mientras su otra mano acariciaba suavemente mi piel. Cada beso, cada mordisco, despertaba en mí sensaciones que me hacían suspirar, y lo único que podía hacer era aferrarme a él, disfrutando de cada segundo, mientras mi cuerpo respondía a sus atenciones con un deseo cada vez más intenso.
Durante un rato, Lucas se dedicó a masajear mis pechos y a jugar con ellos. Saltaba de uno al otro continuamente, dándoles la misma atención a ambos sin llegar a excitar ninguno del todo. Lo hacía a un ritmo tan lento que dolía, como si quisiera prolongar el placer hasta el punto de tortura. Mientras lo hacía, no dejaba de mirarme, observando mis reacciones, estudiando cada pequeño movimiento y sonido que hacía. Era como si estuviera aprendiendo de mí, averiguando qué era lo que más me gustaba.
No podía estarme quieta. Mi cuerpo reaccionaba a cada uno de sus estímulos; me retorcía, me arqueaba, gemía. Era mi manera de entregarme por completo al placer que me proporcionaba. Finalmente, desabrochó mi sujetador. Su mirada volvió a brillar con ese descaro que tanto me excitaba. No pudo evitar acercar su boca para saborear ese manjar que tanto tiempo había estado deseando.
Mientras sus labios y su lengua exploraban mis pechos, su mano se deslizó suavemente por mi abdomen, introduciéndose por debajo de mis bragas. Un gemido escapó de mis labios al sentir su toque. Uffff… ¡Qué placer tan intenso! Cada caricia, cada movimiento de sus dedos era una descarga de electricidad recorriendo mi cuerpo. No podía evitar aferrarme a él, deseando más de ese contacto, más de esa intensidad que me hacía perder la cabeza.
Un sonido ronco escapó de su garganta justo en el momento en que sintió mi humedad, un sonido tan profundamente sexy que resonó en mis oídos y me provocó un estremecimiento. Sin poder evitarlo, me arqueé hacia él, ofreciéndole más acceso, mostrándole lo lista y deseosa que estaba. Con una suavidad exquisita, Lucas se deslizó entre mis piernas, y un suspiro escapó de mis labios cuando sentí su lengua recorrer todo mi sexo.
Lo hacía con una lentitud que me volvía loca, cada movimiento de su lengua era un juego sensual que me empujaba al borde del abismo. Mi cuerpo, como si tuviera vida propia, se contoneaba, buscando más de ese placer que tan desesperadamente anhelaba. La forma en que su lengua exploraba, probaba, y se deleitaba en cada rincón de mi piel era pura tortura y puro éxtasis al mismo tiempo. Aferré mis manos a las sábanas, tratando de encontrar un ancla en medio de esa vorágine de sensaciones que me consumían, mientras cada gemido que escapaba de mi boca parecía alentarle a seguir, a no detenerse, a seguir torturándome de la manera más deliciosa posible.
Cuando ya estaba al borde, a punto de perderme por completo en el placer, le di un tirón, sin poder contenerme más, y lo atraje hacia mí, subiéndome a su altura. Lo necesitaba, lo necesitaba a él, dentro de mí, como nunca antes. Al mirarlo, vi su rostro completamente entregado a la lujuria, sus ojos oscuros y llenos de deseo. Las palabras salieron de mi boca sin pensarlo:
—Te quiero dentro de mí, ahora.
Mi comentario, travieso y cargado de urgencia le arrancó una sonrisa.
—Mmmm… pensaba que no me lo pedirías nunca —dijo mientras sus ojos brillaban con un deseo juguetón.
Se enderezó, comenzando a rozar su dureza contra mi sexo. La sensación me hacía estremecer; sentirlo tan duro y caliente, deslizándose suavemente gracias a nuestra mezcla de fluidos, me provocaba un placer indescriptible. Mis caderas se movían solas, siguiendo un ritmo sensual y lleno de deseo, como si estuviera poseída por el placer. Lo estaba utilizando para mi propio deleite, y podía ver en su expresión que eso lo excitaba aún más.
Jugué con su punta, llevándola hasta mi abertura, deteniéndome justo en el borde, sintiendo cómo él contenía el aliento una y otra vez, casi penetrándome, pero luego retrocediendo, ambos consumidos por la anticipación.
Entonces, el sonido inconfundible de un paquetito rompiéndose llenó el aire, y en cuestión de segundos, ya estaba protegido. Pero, en lugar de apresurarse, me dejó seguir jugando, permitiéndome tomar el control. Esa consideración me encendió aún más, haciendo que mi deseo por él alcanzara un nuevo nivel. Sorprendiéndolo, me incorporé, lo abracé, y con un rápido giro, lo tumbé boca arriba, atrapándolo entre mis piernas. Ahora era yo quien tenía el control, quien marcaba el ritmo. Sus ojos se encontraron con los míos, llenos de lujuria y entrega, mientras me posicionaba sobre él, lista para tomarlo completamente.
Me dejé caer suavemente, permitiéndole acceso total a mis pechos mientras retomaba el movimiento que hacía que nuestros sexos se rozaran, esta vez con más intensidad. La visión que se desplegaba ante mí era de un erotismo puro y único: su boca y sus manos abarcaban mis pechos, devorándolos con un hambre insaciable, como si fueran la única fuente de alimento que había probado en mucho tiempo. Mientras, mi cuerpo seguía con su juego poderoso, cada roce, cada toque, intensificaba nuestra conexión.
Todo cambió cuando dejé de jugar en mi puerta y poco a poco le permití entrar. La sensación de que se hundiera lentamente en mí casi me hizo explotar de placer en ese mismo instante. Su gemido, profundo y lleno de necesidad, lo decía todo: él estaba tan loco por mí como yo lo estaba por él. Finalmente, habíamos alcanzado el momento que ambos anhelábamos. A medida que comencé a moverme, noté cómo su locura se intensificaba. Sus manos apretaban con más fuerza mis pechos, y su boca se volvía más intensa, con movimientos duros y precisos sobre mis pezones, ya demasiado sensibles y duros. Nuestros gemidos se fusionaban, como lo hacían nuestros cuerpos en ese baile de placer.
—Ahhh… —susurré sin poder contenerme, mis caderas moviéndose sin descanso, y el sonido salió de mis labios como un reflejo de mi deseo—. Sigue... así —lo alentó mi voz cargada de urgencia.
Mis palabras parecieron encenderlo aún más, y aumentó el ritmo y la fuerza de sus movimientos, haciéndome perder el control. Mi cuerpo se movía solo, con movimientos más bruscos, mientras el sonido rítmico del choque de nuestros cuerpos se hacía eco en la habitación. Sentía cómo mi orgasmo se acercaba, llamando a la puerta con una fuerza que no podía ignorar. Cuando los dientes de Lucas se clavaron suavemente en uno de mis pezones, fue mi punto de quiebre. Mi orgasmo llegó como un huracán, arrasando con todo a su paso. Gemidos incontrolables salieron de mi boca, rogándole que no parara, que prolongara ese momento de puro éxtasis. Y no lo hizo. Siguió hasta que ya no pudo más.
Sentí cómo su cuerpo se tensaba, dejándose ir también, acompañado de un gemido tan sexy y morboso que me dejó deseando volver a escucharlo una y otra vez. Finalmente, me dejé caer sobre él, agotada por el esfuerzo y por la intensidad de las sensaciones. Lucas me abrazó suavemente, plantando pequeños besos en mi frente. Así, permanecimos unos minutos, mientras él me acariciaba la espalda con suavidad, nuestros cuerpos aún entrelazados, disfrutando de la calma después de la tormenta.
La magia que habíamos creado permaneció intacta, incluso cuando Lucas me invitó a la ducha. Sin embargo, en ese momento, un torbellino de inseguridades me invadió. Todos mis complejos se manifestaron de golpe, acompañados de una vergüenza innecesaria, la misma que muchos sentimos cuando nuestro cuerpo no se ajusta a los estándares de belleza actuales. Pero Lucas, como si pudiera leer mi mente, me tranquilizó sin decir una sola palabra. Su mirada y sus gestos me mostraron que, a través de sus ojos, yo era realmente una diosa.
En la ducha, jugamos con el agua, nos enjabonábamos mutuamente y nos reíamos como niños. El ambiente ligero y divertido me hizo olvidar mis inseguridades, al menos por un rato. Después de ese momento íntimo, decidimos que era hora de comer algo. Lucas me prestó una de sus camisetas. Me quedaba bastante grande, pero era infinitamente más cómoda que mi propia ropa. Acepté con gusto, y juntos nos dirigimos a la cocina para preparar algo para cenar.
Aunque ya era bastante tarde, no nos importó. Lucas sugirió abrir una botella de vino tinto, y yo accedí, aunque siempre acompañada de agua para mantenernos hidratados. La cena fue sencilla, pero deliciosa: un poco de queso, jamón ibérico, tostas de pan con tomate rallado, uvas y almendras. Disfrutamos de cada bocado mientras charlábamos sobre nuestros gustos culinarios. Lucas presumía de sus habilidades en la cocina, entre otras cosas, y yo no dudaba que fuese tan hábil como decía.
La conversación fluyó con naturalidad, entre risas y miradas cómplices. Nos reímos de nuestras anécdotas, hablamos de nuestras comidas favoritas y compartimos historias sobre nuestras experiencias en la cocina. La sencillez de la cena y la calidez de su compañía hicieron que el tiempo pareciera detenerse. Fue un momento perfecto, uno de esos que te hacen sentir plenamente satisfecho, no solo por la comida, sino por la conexión que habíamos construido.
Después de la cena, me recosté en el sofá que ya había reclamado como mío, mientras observaba a Lucas, completamente embelesada por la forma en que fumaba. Sus movimientos eran hipnóticos, cada inhalación y exhalación del humo parecía tener un ritmo propio, uno que me tenía cautivada. Estaba tan absorta en mis pensamientos que cuando Lucas habló, me tomó un segundo volver a la realidad.
—¿Qué piensa la señorita impulsos? Estás muy calladita, ¿pensativa quizás? —me preguntó, interrumpiendo mi trance.
—Estaba admirando la forma tan sensual que tienes de fumar —respondí, sin filtro alguno, simplemente siendo sincera.
—¿Sensual? —rió, incrédulo—. ¿Te parezco sexy mientras fumo? —preguntó con curiosidad.
—Sí, demasiado sensual y sexy, muy apetecible, la verdad… —dije, como si no fuera gran cosa, aunque claramente lo era para mí.
Lucas no pudo evitar acercarse y se sentó en el mismo sofá que yo había ocupado.
—Eh, ¡este es mi sofá! —protesté juguetonamente, intentando mantener mi posición.
Mi protesta solo provocó una carcajada en él, mientras con movimientos seductores me levantaba, acomodándome en su regazo, igual que antes, dejándose encajar entre mis piernas. Con un gesto suave, apartó un mechón de mi alborotado cabello, mirándome con una intensidad que me derretía por dentro. Intentó besarme, pero justo en el último segundo, giré la cabeza, dejándolo en el aire.
—¿Me estás haciendo la puta cobra? ¡No jodas…! —dijo, con un tono que parecía el de un niño al que le acaban de quitar su juguete favorito. Su confusión era tan evidente y adorable que no pude evitar soltar una carcajada.
No quise alargar su sufrimiento más de un segundo, así que me lancé sobre él, besándolo con pasión, como si quisiera compensar la broma que acababa de hacerle. Su sorpresa inicial se desvaneció rápidamente, y sentí cómo su cuerpo se relajaba y respondía al beso, profundizándolo, haciendo que el ambiente volviera a cargarse de esa tensión eléctrica que había estado presente durante toda la noche.
Ese beso no tardó en encendernos, revelando que el deseo que compartíamos seguía siendo intenso. Lucas me guiaba con sus manos, explorando mi rostro y marcando un recorrido de lujuria que, hasta ese momento, desconocía. Me sentí como un coche de lujo, acelerando de 0 a 100 en apenas dos segundos. Mi cuerpo reaccionó al instante, moviéndose deliciosamente, con una fluidez que hacía que todo pareciera tan natural, tan inevitable.
Su erección era evidente, palpable contra mí, y eso no hacía más que avivar el fuego que ya ardía en mi interior. Esta vez no quise perder tiempo, sin rodeos, aparté mi ropa interior, dándole acceso directo a mi cuerpo. Aunque disfrutaba de los juegos previos y las provocaciones, también había momentos como este en los que un sexo rápido y excitante era lo que deseaba. Había algo irresistible en la urgencia del momento, en la necesidad mutua de satisfacción inmediata. Este encuentro no necesitaba preludios largos; cada segundo contaba, y cada movimiento tenía un propósito claro. Lucas no dudó en tomar el control, y mientras nuestros cuerpos se unían, supe que este instante, este "postre" improvisado, sería tan memorable como lo nunca habíamos imaginado.
Mis movimientos eran instintivos, dejándome llevar completamente por el deseo que me quemaba por dentro. No había control, solo una necesidad apremiante de encontrar el placer a través de su cuerpo, sin pudor alguno, sin frenar el ritmo. Lo monté, lo follé con una intensidad que no permitía descanso, hasta que finalmente me corrí, dejándome llevar por la ola de placer que me atravesaba mientras seguía cabalgándolo, tal y como sabía que le gustaba.
No tardó mucho en seguirme, alcanzando su clímax con la misma urgencia que yo. Supongo que ambos estábamos sobrepasados por todo lo que habíamos vivido esa noche. Exhaustos y satisfechos.
Nos quedamos en esa posición, sin necesidad de palabras, simplemente disfrutando de la brisa suave y de la intimidad que nos ofrecía la penumbra de la terraza. La noche nos envolvía, y en ese momento, no había nada más que nosotros dos, relajados y unidos en una calma que contrastaba con la intensidad de lo que acababa de suceder.
Me quedé dormida en sus brazos, mientras el agotamiento me arrastraba al sueño. A lo lejos, escuché su pregunta sobre la hora de mi vuelo, que afortunadamente era a las 7 de la tarde. No presté atención a nada más que a mi respuesta, el cansancio me había vencido por completo.
Cuando desperté, era todavía de madrugada. La habitación estaba envuelta en un silencio suave, interrumpido solo por el sonido tranquilo de su respiración. Lucas dormía abrazado a mí, su cuerpo cálido contra el mío, algo que me hacía sentir bien. Y me acomodé nuevamente a su lado, disfrutando de los últimos momentos de tranquilidad antes de que el nuevo día llegara.
Los primeros rayos de sol se filtraban a través de la ventana, aterrizando justo en mi rostro y devolviéndome abruptamente a la realidad. Poco a poco, fui tomando conciencia de mi entorno. Me sentía increíblemente cómoda y tranquila, como si estuviera en mi propia casa. Giré sobre mi costado en busca de mi compañero de cama. Sus ojos estaban abiertos, fijos en los míos, con esa mirada serena y traviesa que siempre le caracterizaba, y su sonrisa, perpetuamente dibujada en sus labios, irradiaba una calidez que me envolvía.
—Buenos días, señorita Impulsos —susurró con su voz dulce, impregnada de un tono juguetón.
—Buenos días, Cayetanito —respondí, devolviéndole la sonrisa.
—Espero que mi dama haya disfrutado de un descanso reparador y, por supuesto, placentero —dijo, con una preocupación encantadora por cómo había pasado la noche.
—He dormido de maravilla, salvo por los ronquidos que me despertaron en mitad de la noche y que tardaron unas tres horas en cesar —le respondí, con un tono de fingida indignación, buscando provocarlo.
Estalló en una carcajada sincera, vibrante, que resonó en la habitación.
—¡Jajajaja! No suelo roncar, pero debes entender que alguien me hizo hacer demasiado ejercicio ayer, y estaba exhausto. Si roncaba, ni me enteré.
—Te estoy tomando el pelo —admití con una sonrisa traviesa—. Dormí y descansé de maravilla. Es cierto que me desperté de madrugada, pero me tenías atrapada entre tus brazos, y no me quedó más remedio que rendirme nuevamente al sueño —añadí, dejando que la picardía se reflejara en mi voz.
Lucas se levantó y preparo el desayuno mientras yo me vestía y luchaba contra mi revoltoso pelo. Cuando entre en la cocina olía a café recién hecho y a tostadas. Devoré mi desayuno en un abrir y cerrar de ojos, mientras mi acompañante me explicaba los trucos para elaborar un buen pan de calidad con masa madre, fue divertido fingir que no me importaba su conversación y ver cómo el la continuaba por seguir hablando de algo, se le veía un poco nervioso.
En realidad, ya no era hora de desayunar; más bien, el sol anunciaba la llegada del mediodía. Pronto tendría que regresar a mi hotel, recoger mis cosas y dirigirme al aeropuerto. En teoría, había planeado llegar temprano para poder terminar los informes de las reuniones que debía entregar al día siguiente. Pero mi mente estaba lejos de eso. No quería despedirme de Lucas. No quería que lo que habíamos compartido se desvaneciera en el aire, como un sueño al despertar. No quería que se convirtiera en un recuerdo distante, ni mucho menos que desapareciera de mi vida. Lucas había sido un descubrimiento inesperado. Como pareja quizás nuestras vidas iban en direcciones diferentes, pero como amigos, aún había una esperanza de mantener el contacto.
Sumida en estos pensamientos, apenas me di cuenta cuando Lucas se acercó y me envolvió con sus brazos, regalándome un beso dulce y tierno, cargado de una emoción que me hizo estremecer. No sabía exactamente lo que yo había significado para él, pero sabía que el momento de la despedida había llegado. No estaba en mis planes que me acompañara al hotel, ni al aeropuerto; prefería que todo terminara aquí, en este rincón de calma y paz que tanto había disfrutado. Con la esperanza de que este adiós no fuera definitivo, me aferré a la idea de volver a visitarlo algún día, más pronto que tarde, provocando que nuestras vidas, quizás, pudieran entrelazarse de nuevo.
—Tengo que irme —dije con un tono más triste de lo que había pretendido.
—Lo sé... —respondió Lucas, su voz reflejando una mezcla de timidez y resignación. Tras un breve silencio, añadió, casi en un susurro—: ¿Quieres que te lleve?
Podía sentir en su pregunta las pocas ganas que tenía de que este momento llegara a su fin.
—Mejor no —respondí, tratando de mantenerme serena—. Mi hotel no está lejos, compraré algo para comer de camino y ya tengo el taxi pagado hasta el aeropuerto. -
Mi tono era conciliador, aunque dejaba entrever que esta despedida, al menos por mi parte, pretendía ser breve. —También quiero llegar con tiempo a la terminal para aprovechar el rato y terminar los informes de las reuniones que debo entregar mañana a primera hora. Creo que es mejor así, aunque no me apetezca que lo sea... —admití, dejando que mi sinceridad se reflejara en esas últimas palabras.
Nos quedamos juntos un poco más, como si ambos estuviéramos intentando prolongar el inevitable adiós. Una media hora después, seguíamos riendo por una de las tantas ocurrencias de Lucas, esas que tenían el poder de borrar cualquier sombra de tristeza. Cuando finalmente nos despedimos, le di un beso suave en los labios, un gesto casto pero cargado de significado, cómo haciéndole saber lo mucho que había significado encontrarlo en mi camino, que la experiencia compartida había merecido la pena, y que siempre podría regresar... o, si se animaba, visitar mi "preciosa cueva".
—Tienes mi número de teléfono. Puedes borrarlo o utilizarlo sabiamente —dije, mientras me encontraba ya en el descansillo, intentando mantener la compostura.
—Cuando llegues abajo y cierres el portal, lo borraré inmediatamente —respondió Lucas, riendo con ese toque pícaro que siempre lo acompañaba—. Espero volver a verte, preciosa. Que tengas un buen regreso a casa-.
Esas fueron sus últimas palabras. Luego, desaparecí entre las calles, compré algo rápido para comer y me dirigí al hotel. Ya llevaba una hora de retraso respecto a mis planes, así que no tenía tiempo que perder.
A las 5:30 de la tarde, ya estaba en la terminal. Abrí mi ordenador y me sumergí en los informes, utilizando el trabajo como una distracción eficaz para no pensar en lo perfecto e irrepetible que había sido mi inesperado viaje a Sevilla. Al final, resultó ser una técnica sorprendentemente útil. Cuando abordé el avión, había terminado todo lo pendiente, y me dejé llevar por un sueño ligero y reconfortante, solo interrumpido por el golpe suave de las ruedas del avión al tocar tierra.
Mi fin de semana había llegado a su fin. En unas horas, todo se habría desvanecido, y volvería a sumergirme en esa rutina que, después de este fin de semana tan perfecto, ya no me resultaba tan atractiva.
Al llegar a casa, informé a Lucas, quien había estado pendiente de todos mis movimientos hasta mi llegada. Su último mensaje del día llegó poco después.
Lucas: 22:03 Que descanses señorita Impulsos. Me alegra saber que has llegado sana y salva.
P.D.: Estoy viendo muy buenos precios en los vuelos Sevilla-Valencia…
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