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El reencuentro con sorpresa 1

La pantalla del móvil ya no basta; el deseo acumulado durante meses de mensajes y fotos explícitas estalla cuando finalmente se ven. Pero la verdadera prueba no está en el restaurante, sino en la oscuridad de un coche aparcado, donde la vergüenza se rinde ante la urgencia de tocarse.

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El reencuentro con sorpresa 1

Sandra arrastraba problemas del pasado, no solo por relaciones de pareja tóxica, sino también por tener una familia algo desordenada, aunque decidme cuántas familias desestructuradas conocéis. Sin embargo, había algo en mí que le transmitía confianza; algo bueno debía tener, digo yo, y llegamos a tener tanta confianza que nos lo contábamos todo… y además nos gustábamos. Nos acostábamos a las tantas hablando por WhatsApp, calentando motores y enviando fotos sugerentes.

Tras horas y horas de conversaciones, selfies que podían hacer arder un iceberg y dimes y diretes sobre lo que íbamos a hacer cuando nos viéramos, por fin llegó el día. Tras hacer muchas cábalas, decidimos cenar en un italiano que le gustaba mucho y después tomar los mojitos de rigor. Hasta ahí todo estaba previsto, lo que sucediera después quedaba en el aire. Queríamos crear ambiente, mirarnos a los ojos y sentir el deseo en ellos, esperar a que pasara la cena y después tomar algo para seguir pensando en cómo iba a acabar la noche. Mis pantalones estaban literalmente echando fuego desde el momento en que pasé a recogerla.

Fue una cena en la que nos pusimos al día, cosas que habíamos hablado por WhatsApp de pasada, porque chatear nunca será lo mismo que conversar. Escuché sus problemas, sus dudas y sus inseguridades, eran situaciones delicadas que necesitaban toda mi atención y empatía. No tenía la solución a sus problemas, pero sí podía animarla y hacer que los olvidara durante una noche que había comenzado muy bien, en su restaurante favorito y con una sonrisa en la boca. El deseo se había apartado, ocupaba su lugar la confianza y el entendimiento.

Acabamos de cenar y era hora de ir a tomar mojitos. No iba a ser en una terraza con buenas vistas, sino en un lugar más íntimo, con poca luz y toques orientales que ambos conocíamos y al que siempre habíamos querido ir. Había conversación para rato, y si después de una buena cena en un italiano te vas a tomar un mojito de postre, se asientan las bases para una noche desenfrenada y llena de pasión.

Nos habíamos enfriado un poco en el trayecto desde el coche hasta el local oriental donde preparaban los mejores mojitos de la zona, pero tardamos poco en entrar en calor gracias, aparte del alcohol, a lo original y bonito que era el lugar. Había poca luz, perfecto para una noche íntima y, por qué no decirlo, para establecer confianza y cercanía entre las parejas que acudían a tomar una copa mientras compartían confidencias y susurros. Luces cálidas rodeadas por figuras y cuadros de corte budista; un lugar barroco, atestado de elementos que, sin embargo, estaban colocados de manera que pudieran ser admirados. Me pregunté cuánto dinero se habrían gastado en la decoración, aunque tras ver la carta de cócteles y entendí quién lo pagaba.

El local estaba lleno y nos sentaron al lado de un par de parejas más, solo que no estábamos tan cerca de ellas y todavía conservábamos cierta intimidad. Todos sentados alrededor de un gran tronco de árbol que sostenía las bebidas, medio tumbados en largos y cómodos sofás con la luz justa para distinguir un billete de cinco de uno de diez. Nadie de allí parecía interesado en las demás parejas, sino que bebían, charlaban y se reían amparados en una ola de buenrollismo contagioso. En aquellos sofás se estaba bien, y Sandra y yo compartíamos uno, aunque no tardamos en ponernos cómodos y medio estirarnos, de manera que ella apoyaba la cabeza en mi pecho mientras su fragancia me embargaba.

El silencio nos acunó entre sus brazos, pero no era para nada incómodo, era un buen confidente para nuestras caricias y muestras de cariño. Un beso protector en la frente, un jugueteo con su ondulado pelo mientras con la otra mano acariciaba su brazo. Ella ronroneaba; la cena había ido bien y el lugar se ofrecía a la relajación total. Qué mejor momento para intimar y susurrarle al oído muchas de las cosas que estaba pensando.

—Estás muy guapa hoy, ¿eh? —dije intentando imitar su voz.

—Tú tampoco estás mal —contestó dándole otro sorbo al mojito.

Se había ruborizado y, aunque habíamos hablado mucho por WhatsApp, todavía no teníamos tanta confianza para decirnos según qué cosas. Decidí que aquella noche debía cambiar y, de paso, pondría los límites de mi timidez a prueba. A la mierda la zona de confort.

—No se está mal aquí, ¿no?

—Sí… me voy a dormir y todo —contestó poniendo ojitos.

—Pues te llevo a casa. —Era ironía, claro, ni de coña iba a llevarla a casa con lo bien que se estaba allí.

—Nooo… —ronroneó mientras echaba su cabeza en mi hombro—. Estoy un poco mareada ya.

—Si solo le has pegado dos sorbos.

—No, ya solo queda el hielo, ¿ves? —Y cogió el vaso, que casi se le resbala de las manos, y comenzó a traquetearlo para que viera cómo los hielos chocaban entre sí.

—No hace falta que te lo bebas tan rápido, hay que amortizar los diez euros —dije dándole un toquecito en la nariz.

—Cuando acabes pedimos otro —dijo sonriendo mientras se recostaba en mi pecho.

—¿Quieres un poco del mío?

—Me quieres emborrachar.

—No hace falta.

—¿De qué es?

—Mojito normal.

—Qué soso. El mío era de fresa —contestó incorporándose—. A ver cómo está este.

La miré a los ojos y, cuando fue a coger el vaso, hice un recorte y comencé a beber. Alzó las cejas y gruñó.

—Ah, ¿no me das?

No pudo acabar la frase, porque antes de hacerlo estaba probando el mojito de mis propios labios. Estos estaban mojados y ella comenzó a besarlos con ansia, llevada por la pasión y por el frescor de mi boca. Cuando acabó con mis labios atacó con fuerza con su lengua. Estaba fría, pero más cálida que nunca; una sensación única que hizo que me pusiera a mil.

—Creo que quiero más —solicitó tras unos intensos minutos de pasión. No sabíamos cuánto tiempo habíamos pasado besándonos, pero una de las parejas de alrededor era nueva.

—Dos mojitos, por favor —pedí a la camarera, que pasaba por allí para llevarse las copas vacías.

Llegaron nuestros mojitos y le pedí que me dejara probar el de fresa, así que ni corta ni perezosa me imitó y con los labios humedecidos volvió a besarme. Su aliento sabía a fresa fresca y eso me animaba a seguir besándola, como si estuviera sediento de agua en un oasis en el desierto.

—No está mal —dije—, pero prefiero el mío.

—Pues bien que te relames, hijo.

Tras decir eso la miré con ojos desafiantes, acaricié su rostro con los dedos y la acerqué lenta y suavemente hacia mi boca para volver a besarla. Habíamos roto la barrera de la vergüenza, en eso los mojitos habían hecho su parte de trabajo, y notaba que se establecía una proximidad cómoda, que éramos capaces de acercarnos y darnos un cariño que antes no nos atrevíamos a demostrar.

Me aferré a su cuerpo con más deseo del que había tenido nunca. No estaba delgada, aunque tampoco demasiado gorda. Lo que ahora se le llama curvy, gordibuena o fofisana, según algún idiota maníaco de las etiquetas. El caso es que había donde agarrar y nunca me habían parecido tan sensuales las curvas de una mujer hasta que la conocí a ella.

Serían ya casi las dos de la mañana y seguíamos allí besándonos, tirados en lo que parecía ser más una cama que un sofá. Los dos mojitos hacían efecto y nos habían desinhibido, de manera que nos encontrábamos en nuestra burbuja particular. Rodeados por parejas, amigos o amantes, a nadie le importaba ni nos hacía caso, de la misma manera que nadie les hacía caso a ellos. Como si el local se tragara lo que sucediera allí y no quisiera saber más.

—Tengo sueño —dijo.

—No sé si voy a poder llevarte —contesté—. Igual te llevo haciendo derrapes.

—Podemos quedarnos un rato a que se te pase.

Salimos de allí adormilados, pues aquello de tumbarse tras beber, y de besarse como si no hubiera un mañana, era un arma de doble filo, pero la pasión todavía nos invadía. Sandra iba haciendo eses y tuvo que agarrarse a mí desde que salió del local hasta que llegamos al coche. Era una zona muy popular de la costa, así que andamos durante unos minutos y perdimos algo de tiempo en encontrarlo, porque ni nos acordábamos de dónde lo habíamos aparcado.

—Conduces tú —dije al llegar—. Será más divertido.

Me dio un codazo y se tiró derrotada en el asiento del acompañante. Mantuvo los ojos cerrados, mientras se quejaba de que todo le daba vueltas. Supuse que estaría viendo ponis y ovnis, no necesariamente por ese orden, así que me reí, arranqué el coche y traté de orientarme, cosa nada fácil teniendo en cuenta que yo también había bebido.

En cinco minutos llegamos al bloque de pisos donde vivía, a pie de playa y con unas vistas más que interesantes. Dormía con el rumor de las olas de fondo, un lujo que no todo el mundo podía permitirse y a la que ella le daba mucho valor. Detuve el coche cerca de la entrada, pero ella no parecía tener muchas ganas de marcharse. Y yo menos.

—¿Qué hacemos? —soltó de pronto.

No iba a contestarle que me estaba muriendo de ganas de desnudarla y poner a prueba la resistencia de los amortiguadores mi coche.

—Yo estoy un poco mareado —contesté alzando una ceja finalmente—, pero si tienes sueño…

—Vamos ahí atrás, que hay un parking—dijo señalándolo con el dedo.

Estaba muy cerca y lleno de coches aparcados, seguramente de los pisos que rodeaban la zona. A pesar de eso, no había nadie rondando por allí, de manera que aparqué el coche pegado a un árbol, rezando para que su amparo fuera suficiente como para que nadie pudiera ver un coche ardiendo en pasión.

—Vaya, sí que te conoces lugares oscuros, sí.

Me dio un golpe en la pierna y sonrió.

—Igual atrás estamos más cómodos —dije cogiéndola de la mano. Ambos ya nos habíamos ladeado, pero el cambio de marchas y el freno de mano seguían ahí, como un muro de hielo.

—A ver si te vas a dormir —contestó abriendo la puerta.

La seguí y, una vez detrás, tuvimos que echar los asientos del conductor y del pasajero hacia delante.

—Aquí se está mejor que en el local, ¿eh? —dije apoyando mi cabeza en su hombro mientras la rodeaba con mis brazos por la cintura. Estábamos casi tumbados, con sus pechos desbordándose dentro de un escote que comenzaba a volverme loco.

—Sí, muy cómodo te estás poniendo tú —contestó, para luego besarme.

Aquello nos llevó un buen rato, como debe ser siempre cuando se está en la parte trasera de un coche, ya sea verano, invierno o caigan chuzos de punta. Apasionados besos amparados en una cálida noche de verano, como también lo eran sus labios.

—Me encantas —dije. Yo no era de decir esas cosas tan a la ligera, pero es que era verdad.

—Y tú a mí.

En ese momento, y casi asegurándolo también por su parte, el fuego recorrió mi estómago y mis vellos se erizaron; los besos ya no eran suficientes. Comencé a desabrocharle todo lo que encontraba a mi paso y se quedó solo con sujetador y tanga. Se alejaba de los estúpidos estándares de la sociedad, a años luz de una talla 36, pero con unas curvas salvajemente sensuales y llamativas. Un cuerpo precioso al que me entregué sin remisión.

Estaba hipnotizado y mordisqueaba y lamía su cuello, algo que le gustaba, a tenor de sus leves gemidos. Continué lamiendo el lóbulo de su oreja y comenzó a arquearse y a atraerme hacia sus pechos. No iba a hacerla esperar, llevaba tiempo muriéndome de ganas de perderme y no volver a salir de allí jamás. Se quitó el sujetador y la abundancia llenó mis ojos, apartando cualquier otra cosa de mi vista de inmediato. Me lancé hacia ellas sabiendo que mi polla desaparecería de abrigarla con sus tetas.

—Joder —dije en un momento de respiro, pero sin dejar de besar y morder sus pezones con ansia—. ¿Qué talla usas?

—La 105 —contestó con voz entrecortada—. Casi 110.

—Madre mía. —Y volví al trabajo.

Las besé y acaricié como si no fuera a tocarlas nunca más en mi vida, apreciando su tacto, recorriendo su abundancia una y otra vez con mi lengua y ralentizando el ritmo en las areolas, algo que la excitaba cada vez más y más. Mordía sus pezones y tiraba de ellos con la boca, hipnotizado y fuera de mí. Las bermudas comenzaban a aprisionarme y ella lo percibió, así que con presteza se deshizo de ellos y se sorprendió por lo que sus ojos vieron.

—¿Star Wars? —preguntó riéndose.

¿De qué pensabais que se iba a sorprender?

—La fuerza es intensa en mí —solté alzando una ceja.

Bien cierto era que mi sable de luz no brillaba, pero se había desplegado por completo.

Me empujó hacia atrás para que me tumbara. Era su momento y quería que lo disfrutara. Y lo hizo con entrega y dedicación, demostrando que la vergüenza y la timidez no tenían cabida en el sexo.

Mi vida sexual parecía resucitar gracias a Sandra, que me llevó a los límites del placer con su pericia con manos y boca. Tuve que detenerla antes de que fuera demasiado tarde, así que se quedó sentada y me coloqué encima. No supe ni cómo podíamos hacer eso en el coche, pero me las apañé para que mi sable Jedi quedara a la altura de sus pechos, esperando ser abrigados.

Captó enseguida la idea y me dedicó una pícara sonrisa. Estaría acostumbrado a que sus amantes se lo pidieran, algo que a los hombres les volvería locos, así que no dudó y arropó mi miembro con devoción, haciéndolo desaparecer entre sus senos. Yo ya hacía rato que me encontraba en otro lugar, con la mente en blanco, disfrutando de todo lo que me hacía, concentrado en el placer, en la imagen que tenía delante de mí, en sus pechos y en la cantidad de oportunidades que me brindaba su cuerpo. El éxtasis se apoderaba de mí, pero no podía acabar de ninguna manera, no sin ella haber recibido antes lo que se merecía. Porque la dedicación ha de ser recompensada.

La tumbé tras despedirme con tristeza de sus tetas. Estaba a punto de explotar, pero me contuve y deslicé mi mano por su estómago, hasta dar con un tanga empapado, húmedo y deseoso de que mis dedos lo penetraran. Ella misma se encargaba de demandarlo arqueándose, haciendo más corta mi llegada, creando atajos mientras se encorvaba. Si por ella hubiera sido, sus manos habrían cogido las mías y las habrían llevado al lugar adecuado, pero no podía ser tan fácil. Quería que padeciera, que deseara el más leve roce con su sexo, así que mientras mis dedos seguían el camino, mis labios se lanzaron de nuevo hacia su cuello y ella gimió abrazándome con fuerza. Mientras dejaba mi espalda marcada con sus uñas, mi boca descendió hasta sus pechos, lamiendo con fuerza, uniéndome a su desbocada respiración en el mismo instante en que mis dedos tocaban la tela que envolvía su sexo.

Dio un respingo de placer y ahogó un gemido. Sentí que, a pesar de llevar el tanga, estaba tan húmedo que notaba mis caricias como si no lo llevara puesto. Pasé los dedos de arriba hacia abajo con lentitud, dejando que los sintiera, que estaba allí y había llegado para quedarme. Mis dientes se desprendieron de sus pezones y comenzaron un éxodo por el desierto hacia su oasis. Besaba todo lugar por el que pasaba, y al llegar al ombligo la engañé y me dirigí hacia sus caderas, alargando un ansia que comenzaba a ser tortura. Besé y lamí sus ingles, recorriendo su amplitud sin prisa, todo su cuerpo me guiaba. Hasta que decidí no hacerla esperar más.

Mis labios llegaron a su sexo, aunque no le desprendí del tanga todavía. Lo intentó, pero no la dejé. Mi boca y mi lengua comenzaron a moverse por encima, esa suave y fina tela no dejaba nada a la imaginación y añadía un plus de placer y morbo al hecho de que parecía no llevarla. Estaba tan humedecida que sentía todos y cada uno de mis movimientos con la lengua. Mis suaves y sedosos besos no hacían más que acelerar su respiración y su deseo.

No pude controlarme durante más tiempo, de manera que retiré su tanga con ansia mientras ella me ayudaba levantando sus piernas. Así se quedó, porque la sostuve con las manos mientras sus pies chocaban en el techo del coche, en una imagen inolvidable para quien fuera a buscar el coche al parking en aquellos momentos. Gimió cuando mi boca encontró su sexo y mi lengua lamía una y otra vez su botón mágico; no dejé de recorrerlo de arriba hacia abajo y de derecha a izquierda. Iba depilada, no totalmente, pero sí facilitaba mucho el trabajo, así que llegaba la hora de que los dedos la penetraran mientras me centraba en estimular su zona más erógena.

Comencé a dibujar letras con mi lengua mientras lo lamía. El abecedario completo, de hecho. Se repite todas las veces que haga falta, haciendo que nunca se acostumbrara al movimiento, que no pudiera predecir por dónde se movería la lengua a continuación. Después sentí cómo sus manos se posaban en mi cabeza y apretaban contra su sexo hasta que finalmente se plegó en sí misma y gimió de placer, arqueándose y encorvándose en formas imposibles, produciendo un estallido de placer inigualable, momento en el que su cuerpo dejó a de moverse, su respiración se entrecortó y las aguas volvieron a su cauce.

Me incorporé con la boca húmeda, excitado. La miré y me miró. Nos dimos cuenta de que habíamos dejado los asientos del coche empapados y, algo que nos enorgulleció, pues la lujuria de una mujer se apoderó del coche como nunca nadie antes lo había hecho.

Sin embargo, no estaba dispuesto a que eso acabara ahí, no cuando Sandra se tumbó y me invitó con sus piernas a que entrara con todo. Había tenido un buen orgasmo, pero no le hizo falta descansar demasiado para desear más.

—¿Vienes, o qué? —dijo allí tendida, casi ansiosa mientras se mordía el labio inferior.

Pocas cosas me ponían más que una mujer mordiéndose el labio mientras estaba abierta de piernas.

Estaba listo para volver al ataque.

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