Hakin, el argelino 3
Hakin nunca imaginó que salvar a su amante significaría matar a su esposo. Ahora, con la policía corrupta cazándolos y el mar como único testigo de su huida, cada respiración es un milagro que podrían perderlo todo.
Hakin el argelino
Cap. 3
Estuvimos esperando que Antonio llegara al punto de encuentro, desde las 5 de la madrugada, cuando aún era de noche, se me hizo eterna la espera hasta que amaneció, porque él y yo quedamos en vernos con las primeras luces del día. Pero Antonio se retrasaba, no aparecía con su lancha, y yo, que soy un pesimista total, a pesar de haber resistido tantos embates de la vida, seguía pensando con pesimismo... Pero me equivoqué, porque cuando aún no eran las nueve de la mañana apareció Antonio con su embarcación.
Fue el viaje más feliz que nunca había realizado, porque por fin mi hermano se venía conmigo a España. Llegamos a Alicante, después de otras 7 horas de navegación; al llegar, nos fuimos directamente a la casa de Gema; ella e Ivette ya conocían la historia de mi hermano y Gema nos buscó una casa para que mi hermano Ismail pudiera vivir allí de alquiler. Yo le llevé a los pocos días a que le viera un buen dermatólogo, y este le puso un tratamiento a Ismail y poco a poco comenzó a ver mejorar sus manos para alegría de los dos.
Una vez al mes, Germán hacía un viaje a la costa de Marruecos y no volvía hasta el día siguiente; ese viaje se repetía así una vez y otra como una norma fija, y esa noche Ivette y yo aprovechábamos para dormir juntos; y ella y yo nos saciábamos de hacernos el amor.
Estuvimos haciéndolo así durante más de cuatro meses. Pero una noche que él se había ido a hacer ese viaje, mi chica y yo, como siempre hacíamos, dormíamos en su cama después de saciarnos y llenarnos de nuestro amor. Ambos estábamos desnudos y casi dormidos, cuando sentimos que entraban en la casa. Como en un relámpago, Ivette y yo nos levantamos justo a tiempo de ver cómo Germán desde la puerta del dormitorio nos miraba con los ojos abiertos como platos.
Inmediatamente, le vi que se lanzaba sobre mí y sacaba un enorme cuchillo de su cintura; me cogió por el cuello y con el impulso que traía su cuerpo, ambos caímos al suelo; yo vi cómo su cuchillo venía a mi pecho, le sujeté el brazo a tiempo, y encogiendo y estirando mis piernas, le lancé por encima de mí al otro lado del dormitorio.
Ivette nos miraba inmóvil y aterrada, porque se había quedado paralizada con su cuerpo pegado a la pared.
Mientras, Germán y yo seguíamos luchando, él seguía intentando clavarme ese cuchillo y yo seguía tratando de impedirlo. En un momento que pude le propiné un rodillazo en el vientre con todas mis fuerzas, y por un segundo se quedó doblado, mirándome con odio, pero enseguida se rehízo y otra vez se lanzó sobre mí, pero ahora comenzó a atacarme lanzándome viajes con ese cuchillo; y yo evitaba esa arma, haciendo quiebros intentando que no me diera; en unos de esos intentos le sujeté el brazo y le puse una zancadilla cayendo otra vez los dos al suelo, pero él fue más rápido que yo y se puso a horcajadas sobre mi cuerpo dominándome con su peso, y fue cuando vi su cuchillo llegándome al cuello mientras yo le sujetaba el brazo para que no llegara a clavármelo.
En ese momento, yo veía que no lograba sujetarle esa mano, y el cuchillo ya me pinchaba en mi cuello. De pronto, vi como Ivette le estrellaba un jarrón en la cabeza a Germán y este se quedaba inmóvil unos segundos y luego su cuerpo caía a mi lado, quedándose inconsciente en el suelo.
Cuando me levanté, Ivette y yo nos abrazamos y ella rompió a llorar, y entre hipos y lloros me iba diciendo:
—¡Mi amor por poco te mata!, Qué miedo he pasado, mi amor, que susto; no me esperaba que pudiera regresar tan pronto, nunca ha regresado tan pronto como hoy, casi nos mata a los dos, y repetía… Que miedo he pasado, amor mío.
Y luego, mirando a su marido inerte en el suelo, decía:
—No se mueve Hakin, Germán, no se mueve.
Yo le toqué el pulso y luego me fijé en sus ojos vidriosos, y me di cuenta de que Germán estaba muerto; el golpe le había matado al instante.
—Está muerto, cariño, Germán está muerto.
—¿Y ahora qué hacemos? Decía Ivette.
—No sé, tenemos que sacar su cuerpo de casa, pero tenemos que pensar muy bien cómo lo hacemos.
—Mira, dijo Ivette, mira qué mochilas traía.
Miré qué contenían las mochilas y vi que una estaba llena a rebosar de dinero, y la otra contenía paquetes de un polvo blanco, que inmediatamente me di cuenta de que eran paquetes de cocaína.
Tratamos de tranquilizarnos los dos, para pensar con serenidad cuál era la mejor forma, de sacar ese cuerpo de la casa sin que nadie nos viera, y donde sería el mejor sitio para dejarlo u ocultarlo.
Al final hablamos, sobre la idea que a mí me parecía la mejor para no tener problemas con la policía, o con los narcos.
—Mira, Ivette, pienso que si ocultamos el cuerpo pueden pensar que alguien de aquí del pueblo le ha matado para robarle. Pero si le dejamos en la playa, justo por donde él siempre desembarca la droga, pueden pensar que han sido sus propios compinches que trabajan con él, que lo han matado por el dinero.
—Si, Hakin, ¿pero no sería mejor que yo me entregara a la policía, diciendo la verdad de lo que ha pasado?
—Tendríamos muchos problemas, porque inmediatamente pensarían que somos cómplices de su mercadeo de traficantes.
—Dios mío, qué problema se nos ha venido encima, Hakin, no sé cómo vamos a salir de esta.
—Bueno, lo primero, vamos a aprovechar que son las tres de la madrugada y no habrá nadie en la calle, para sacar el cuerpo y llevarlo a la playa, sin que nadie nos vea, ¿te parece?
Y decidimos hacerlo así, y entre los dos, como pudimos y haciendo descansos, pues el cuerpo de Germán pesaba lo suyo, lo fuimos llevando hasta la playa y allí, cerca de donde llegaban las olas, lo dejamos tendido en la arena. Luego regresamos a la casa, y pusimos todo en orden para que todo se viera, como si allí no hubiera pasado nada.
Yo me puse a contar el dinero, y se me erizaba el pelo asombrado de la gran cantidad de billetes que había dentro de esa bolsa que traía Germán. Conté 650.000 euros en billetes de 50, de 100 y de 20.
La avaricia empezó a llenar mi mente, pensaba todo lo que podíamos hacer con todo ese dinero si nos lo quedábamos, pero sabía que no era nada fácil hacer eso, porque la policía o los narcos, nos acecharían cuando supieran que ese dinero había desaparecido. Pensé en alquilar una lancha e irnos a vivir a Argel llevando a mi hermano, y esa idea empezó a fraguarse en mi cabeza. Pero, por otra parte, también estaba la droga, seguro que esa droga valía tanto o más de toda esa cantidad de dinero, y esa la buscarían porque Germán la llevaba para entregarla.
Esa noche Ivette y yo abrazados en la cama, intentamos dormir, quisimos intentar relajarnos en esas tres horas que faltaban hasta que se hiciera de día, pero ninguno de los dos conseguimos pegar un ojo. Y decidí irme para la casa de Gema, a la misma hora que lo habría hecho cuando Germán volvía de su viaje a Marruecos.
Cuando llamé a la puerta de Gema eran las ocho de la mañana, y al abrirme lo primero que me dijo me dejó paralizado.
—¿De dónde vienes?
— Ya lo sabes, ¿por qué me lo preguntas?
—Porque anoche vino Germán buscándote, y yo tuve que decirle que no estabas aquí, y le vi que se iba como un rayo derecho a su casa. Por eso te pregunto, ¿dónde estabas?
Y ya tuve que contarle lo que había sucedido y cómo nos deshicimos del cuerpo de Germán.
La vi que se llevaba las manos a la cabeza, y con los ojos desmesuradamente abiertos exclamaba:
—Dios santo, en qué lío os habéis metido, hijos míos.
—Si… No sabemos si entregarnos a la policía contando la verdad de lo que ha sucedido, y pienso que quizás sea lo mejor.
—No corráis para hacer eso, esperad a ver cómo se desenvuelven las cosas; para hacer eso, siempre estáis a tiempo.
—No creas, Gema, hay otro problema añadido.
—¿Qué más sucede?
Que Germán llevaba una bolsa llena de droga, y los narcos la van a buscar por todas partes, cuando sepan que esa droga no estaba junto a su cuerpo en la playa.
—Dios mío, qué marrón tenéis, hijos míos, pensar bien qué vais a hacer, porque yo ahora ya pienso que sí, que lo mejor sería que os entregarais a la policía, dándoles esa droga y el dinero.
—Si… si tienes razón, Gema, creo que eso sería una prueba de nuestra inocencia, además puedo decirles que fui yo quien le golpeó con el jarrón en la cabeza a Germán.
—Pues Hakin, cariño, no sé si te olvidas de que estás aquí como inmigrante ilegal, eso tampoco va a ser una ayuda para ti.
—Es cierto, Gema, pero creo que no tenemos otra mejor opción que entregarnos, porque si los narcos se enteran de que yo tengo la droga, no se van a contentar con tan solo darme una paliza.
—Hijo, en lo que yo pueda ayudaros, podéis contar con mi ayuda incondicional, decirme que queréis que haga, y con tal de que salgáis bien librados de este embrollo, lo haré sin dudarlo.
—Gracias, Gema, eres muy buena persona.
—No, Hakin, es que yo quiero mucho a mi sobrina, y a ti también te he tomado cariño.
Y al llegar a casa, le dije a Ivette que viniera a la casa de Gema para que entre los tres decidiéramos qué hacer.
Cuando llegó estaba delante Gema, y le conté lo que habíamos hablado, y lo que a mí me parecía que era lo mejor que debíamos de hacer.
—Ivette, he decidido llamar a la policía para entregarnos, pero tú tienes la última palabra.
—Yo también lo he estado pensando, Hakin, y también he llegado a esa conclusión.
Bueno, chicos, tenéis otra salida, dijo Gema —podéis tratar de alquilar una lancha e iros con el dinero a Argel, al fin y al cabo, esa es la tierra de Hakin.
—Si, pero si hiciéramos eso, tú tendrías que venirte con nosotros, Gema, porque aquí los narcos acabarían contigo, porque pensarían que en algo habrías participado.
—Ya, pero eso es una cosa que yo no iba a hacer, Hakin, esa no es mi tierra y además sabéis que habría una orden de extradición por asesinato y tráfico de drogas, etc. etc.
—Bueno, pues mañana mismo me entrego a la policía, y llevo el dinero y las drogas para entregarlo también.
—Yo voy contigo, amor, yo no te puedo dejar solo, máxime habiendo sido yo la que maté a Germán, aunque haya sido sin querer hacerlo.
Yo mismo hice la llamada a la policía, se puso un inspector al habla, y le conté que queríamos entregarnos porque habíamos matado a un traficante defendiendo nuestra vida, y que queríamos entregarnos junto a la droga y el dinero que llevaba el traficante en ese momento.
En menos de 20 minutos, llegó un coche hasta la puerta de la casa de Germán y llamaron a la puerta. Les abrimos, y ellos se identificaron enseñándonos su placa, les estuvimos contando todo tal como había sucedido. Nos preguntaron enseguida donde estaba el dinero y la droga y se lo mostramos. Vimos que se les abrían los ojos como platos al ver tanto dinero junto. Luego, sin hacernos más preguntas, nos dijeron que teníamos que acompañarlos a la comisaría de policía, y nos condujeron escoltados hasta su coche; yo iba muy extrañado porque lo lógico era que nos hubieran esposado, pero no lo habían hecho así. Y lo entendí enseguida cuando al llegar al coche, vi que el coche no era de la policía y vi cómo golpeaban a Ivette en la cabeza, y cuando quise revolverme, sentí que al instante me golpeaban a mí.
Sentí como entre esos dos hombres me metían dentro del asiento trasero del coche y con Ivette hacían lo mismo; yo no había perdido el conocimiento tal como ellos esperaban, y pude darme cuenta de que pretendían matarnos, para quedarse con el dinero y con la droga.
Al llegar a los acantilados el coche paró, y a mí me sacaron del asiento de atrás y me metieron delante, en el asiento del conductor, y a Ivette la pusieron en el otro asiento, a mi lado, y ya entendí lo que iban a hacernos. Efectivamente, sentí como empujaban el coche para que se deslizara cuesta abajo, dando tumbos, y botes, hasta que sentí que caíamos al vacío; cogí fuerte a Ivette protegiéndola la cabeza, hasta que sentí como con un tremendo golpe impactamos contra el agua. Inmediatamente, empecé a moverme, sabiendo del poco tiempo de que disponíamos para salir con vida del coche.
Rompí un cristal del coche con la hebilla del cinturón, y tiré de Ivette hacia fuera del coche, nadando con toda la fuerza que pude para salir a la superficie. Una vez pude respirar, empecé a nadar de espaldas, llevando a Ivette tirando de ella, sujetándola por la nuca, y apoyándola en mi pecho, mientras nadaba con la otra mano empleándome a fondo, y taloneaba lo más fuerte que podía… Al ir vestido me supuso un esfuerzo titánico poder avanzar en el agua, pero nos iba en ello la vida y luché con todas mis fuerzas para salvarnos.
Al llegar a la orilla con el cuerpo aún sin sentido de Ivette, la dejé fuera del agua, y me paré observando si esos policías nos habían visto salir nadando a la superficie. Estuve un rato esperando para ver si veía u oía algo que me indicara que estaban allí, y al cabo de unos largos minutos decidí intentar hacer volver en sí a mi amor, y pensé que ella es el amor de mi vida, porque en ese instante reconocí que la quería más que nadie en este mundo.
Estuve dándole palmaditas en la cara y llamándola en su oído, hasta que conseguí que empezara a dar signos de vida. Le seguí hablando con tranquilidad, y lo hice todas las veces diciéndole esas cosas muy bajito en su oído por precaución, y cuando ella comenzó a moverse, le dije que estuviera tranquila que ambos estábamos a salvo.
—Cariño, estoy contigo a tu lado, no te va a pasar nada porque yo te voy a cuidar, tranquilízate y estate quieta, hasta que puedas ponerte de pie con seguridad.
Cuando Ivette me habló fue para preguntarme.
—¿Qué ha pasado, Hakin?, estoy empapada de agua, tengo frío.
—No te preocupes que estás bien, luego te explico que es lo que nos ha pasado.
Yo me puse encima del cuerpo de Ivette, abrazándome a ella para transmitirnos calor. Al cabo de un rato, cuando vi que ella se movía intentando sentarse, la ayudé para ponernos de pie, y poco a poco fuimos dando unos pasos, y luego empezamos a andar camino de la casa de Gema. Al llegar a su puerta yo la llamé con unos pequeños golpes en la puerta, y ella al abrirnos se asustó mucho.
—Estamos bien, Gema, lo primero, por favor, danos ropa seca para ponernos, y vamos a darle calor a Ivette que viene congelada.
La desnudamos completamente y la secamos bien todo el cuerpo, le pusimos la ropa que Gema nos dejó y yo me puse la ropa que también me dejó a mí. Luego empecé a contarle lo que nos había sucedido.
—Hakin, tú tienes siete vidas como los gatos, me dijo Gema.
—Puede, Gema, pero ahora estamos como al principio, pero con un problema añadido, a ver cómo yo, siendo inmigrante ilegal, denuncio a unos policías que se han quedado con el dinero y las drogas queriéndonos matar si nos encuentran, después de haber matado yo a un traficante… Vamos, tan fácil de creer como se puede creer en un cuento de hadas.
—Bueno, lo cierto es que no podéis quedaros en esta casa, porque la policía os buscará aquí en cuanto sepan que teníamos relación de vecinos o que yo soy la tía de Ivette.
—Tienes razón, Ivette, y yo debemos de irnos a un hotel, porque ese será el sitio más seguro para nosotros de momento.
Cuando pedimos una habitación en ese hotel y nos vimos solos, lo primero que hicimos, fue abrazarnos con tanta fuerza que ambos entendimos que nos estábamos transmitiendo nuestro amor, como si esa fuera nuestra última noche juntos; habíamos corrido tantos peligros y escapado de las garras de la muerte que ahora, necesitábamos desahogarnos y darnos la recompensa de nuestro cariño. No sabíamos si mañana podríamos seguir estando juntos, si al final todo se solucionaría, o tendríamos un mal desenlace.
Y por eso decidimos hacer el amor como nunca lo habíamos hecho; decidimos hacerlo de una manera especial y diferente a cómo lo habíamos hecho hasta ahora.
Ivette y yo nos desnudamos despacio, muy despacio y dándonos besos a cada instante; cuando hubimos dejado caer la última de nuestras prendas de vestir a nuestros pies, nos abrazamos desnudos y permanecimos estrechamente unidos, besándonos con infinito amor.
Ella se tendió en la cama esperándome, mientras me miraba avanzar entre sus piernas hasta tenderme encima de su cuerpo, y así permanecimos un buen rato estrechamente abrazados; luego Ivette me abrió sus piernas para que yo entrara en ella. A pesar de que apenas habíamos tenido un preludio, ya estábamos tan deseosos de unirnos, que yo entré en ella suavemente hasta sentir ambos, como yo estaba totalmente dentro de ella.
Al hacerlo, un cúmulo de sensaciones me inundó; sentí el calor de su piel, suave, sedosa, que irradiaba un calor que me envolvía, y al sentir la envoltura de sus brazos me hizo desear no separarme de su cuerpo nunca.
Empecé a percibir cada latido de su corazón en mi pecho; pensé que era una melodía que resonaba maravillosa en lo más profundo de mi ser. Sus ojos, brillantes de felicidad, reflejaban el amor que compartíamos; cada beso que nos dábamos era como un viaje del que yo no quería terminar; yo me sentía lleno de un feliz éxtasis y deleite.
Entonces comenzamos a movernos suavemente, muy suavemente, y yo deslizándome dentro de ella, lentamente, y mientras lo hacíamos, nuestras bocas no paraban de besarse.
—Te quiero, amor mío. Me dijiste.
—Ivette, mi amor, eres lo mejor que me ha pasado en toda mi vida.
Y así continuamos largo tiempo intentando no follar, si no, hacernos el amor. Y los dos sentíamos cómo al entrar y salir yo de ella notábamos en nuestros cuerpos el roce maravilloso de nuestra unión. Ella venía a mi encuentro en cada penetración y se me habría entregándose, cada vez. Y yo entraba en ella y la apretaba con mi miembro interiormente, sintiendo la más íntima unión.
Casi sin darnos cuenta, sin apenas excitarnos ni aumentar el ritmo de mis penetraciones, sentimos que nos llegaba nuestro éxtasis final, y ambos notamos con inmenso placer como yo descargaba en su interior todo mi amor.
Esa noche dormimos en un hotel, y al día siguiente Ivette y yo hablamos de cómo poner fin a esta serie de calamidades que nos habían ocurrido, de entrada, ambos estuvimos de acuerdo en que debíamos de ir a la policía y contarles todo tal como ocurrió desde el principio.
Discutimos tranquilamente en qué forma hacerlo, y estuvimos de acuerdo en que desde luego no podíamos ir a la misma comisaría de policía; decidimos ir a la más lejana de la que nos habíamos puesto en contacto el día anterior, y decidimos ir personalmente, sin antes avisar por teléfono. Y así lo hicimos.
Esa misma mañana nos personamos en la comisaría del otro extremo de la ciudad; cuando entramos le dijimos a la persona que estaba en recepción que veníamos a denunciar un crimen, pero que queríamos hablar con el jefe del departamento, porque lo que le íbamos a contar era muy grave y enrevesado, porque estaba implicada la misma policía en lo que había sucedido.
Nos pasaron a un despacho vigilados por cuatro agentes, que dijeron que serían testigos de lo que fuéramos a declarar. Y les contamos todo desde el principio, empezando por mi naufragio, mi rescate, lo sucedido con Germán y el desenlace que habíamos tenido con aquella pareja de policías. Se quedaron asombrados, pero allí mismo ya pudieron comprobar lo de mi naufragio, el descubrimiento del cuerpo y muerte de Germán, que este era un traficante del que ya tenían noticias, y solo quedaba demostrar el intento de matarnos por esa pareja de policías.
Nos estuvieron enseñando fotografías de los agentes que pertenecían a la comisaría de policía donde ese día habíamos llamado. Enseguida reconocimos a los dos que intentaron matarnos despeñándonos con el coche, esos qué se habían quedado con el dinero y la droga.
Y nos dieron instrucciones de cómo debíamos de actuar, asegurándonos de que no teníamos nada que temer de esos agentes, porque ellos nos darían la cobertura necesaria para proteger nuestras vidas.
Al día siguiente, desde la casa de Ivette llamamos a la comisaría de policía, a la misma que hicimos aquella llamada para entregarnos. Les dijimos que queríamos hablar con los agentes Sebastián García y Ricardo Alfaro. Cuando se pusieron al habla les dijimos quienes éramos, y que queríamos negociar con ellos la devolución del dinero a cambio de nuestro silencio. Les pusimos unas condiciones que podían parecer lógicas, ellos nos citaban en sitios en los que no nos daban seguridad alguna y entonces les citamos en nuestra propia casa (la casa de Ivette).
A la noche siguiente estábamos en el salón de Ivette, esperándoles sentados tranquilamente en nuestro sofá. Esos policías a los que les dijimos que queríamos negociar, nos avisaron de que tomarían todas las precauciones y nos avisaron de que, si era una trampa, nos matarían en el acto.
Y cuando menos nos lo esperamos, vimos que entraban por la ventana del piso de arriba y se presentaron delante de nosotros con toda tranquilidad.
—Hola, imbéciles, aquí estamos.
—Os estábamos esperando.
—¿Ah si? ¿Y qué pensáis, que os traemos el dinero?
—¿No lo traéis?
—Cómo podéis ser tan estúpidos como para creer que vamos a ceder a vuestro chantaje.
—Porque si no lo hacéis tendríais que matarnos para que guardemos silencio, en cambio, si nos dais una parte del dinero podéis quedaros con el resto y con la droga, y no tendréis que hacer nada, y nosotros nos olvidamos que habéis querido matarnos.
—¿Y no habéis pensado que esto último es lo más fácil para nosotros?
—Bueno, hemos pensado que sois policías y algo de honradez quedará en vosotros.
—Jajajaja, qué estúpidos sois, antes de entrar aquí, os hemos estado vigilando y sabemos que estáis solos, y… vais a ver ahora, qué fácil nos lo habéis puesto. Y uno de ellos sacaba dos armas, una de su cartuchera y otra de su calcetín.
—¿Qué vais a hacer?
—¿No lo sabéis? Os vais a suicidar, ¿veis qué fácil?
De pronto aparecieron tres policías encañonándoles con sus pistolas.
—No os mováis. Estáis rodeados.
—Os estamos apuntando, dijeron varias voces.
—Soltar las armas muy despacio, y levantar las manos.
—Levantar las manos bien arriba, que se vean.
—Al suelo, dijeron varias voces.
—Las manos a la cabeza, dijeron después.
Y les leyeron sus derechos y les esposaron para llevárselos.
Varios policías habían estado escondidos desde primeras horas de la madrugada en nuestra casa, habían colocado micrófonos y todo había quedado grabado.
Al final de tantos problemas y de tantos sufrimientos, el Estado español nos ayudó, dándome a mí y a mi hermano el permiso de residencia en España; me dijeron que, además, si Ivette y yo nos casábamos, me darían la nacionalidad automáticamente. Así lo hicimos y en el viaje de novios después de nuestra boda, Ivette me recordó que no me había ido nada mal en España, que ahora tenía un dinero ahorrado de lo que me pagó Germán, y por fin teníamos todas las posibilidades de ser felices en este país. Y luego siguió recordándome:
—Cariño, has estado a punto de morir en cuatro ocasiones y has salido victorioso en todas burlando a la muerte, por eso estoy muy de acuerdo con lo que te dijo Gema.
—¿A qué te refieres?
—A qué tienes siete vidas como los gatos.
—Sí, Ivette, pero tuve en mis manos tanto dinero, cuando tú te cargaste a Germán, que me da cabreo, no habérnoslo podido quedar.
—Bueno… Algo sí que me quedé yo, porque le quité un pellizquito importante.
—¿Cómoooo…? Jajajajaja.
Decididamente, pensé que Ivette me había curado, me había salvado la vida, y ahora nos la estaba arreglando… ¡Genial! Ella es mi providencia.
Continúa en
- Relato #220854— title-regex: contiguous parts (2 -> 3)
Relatos similares
- Hetero: General
Morbo cuento 2
Sophie sabía que su profesor Miguel la observaba, pero nunca imaginó que él también la deseaba con tanta intensidad.
Comparte:Relacion profesor alumnaInfidelidad consentidaPrimera vez
- Hetero: Infidelidad
Cambio de mujer decente a una mujer liberada 7
Ella sabía que cruzar esa línea no habría retorno. Pero cuando él cerró las llaves del agua y la obligó a abrir las piernas, su resistencia se…
Comparte:Infidelidad consentidaPrimera vezRelacion profesor alumna
- Hetero: General
El ingeniero desvirga a la doméstica
Ella sabía que él la deseaba, pero temía la magnitud de su promesa. Él sabía que ella era virgen, pero aún más temía no poder contenerse.
Comparte:Infidelidad consentidaPrimera vezPoder y control
- Hetero: Infidelidad
Angy mi socia, se convierte en mi amante
A sus cincuenta y cinco años, Angy tiene el control de su vida y su negocio, pero le falta la chispa que solo un hombre joven y audaz puede encender.
Comparte:Infidelidad consentidaRelacion medico pacienteRelacion profesor alumna
- Hetero: Infidelidad
La hija de mi vecina 2
La hija de mi vecina nunca imaginó que su madre sería la puerta de entrada a un mundo de placer prohibido.
Comparte:Infidelidad consentidaPrimera vezRelacion medico paciente
- Hetero: Infidelidad
Mensaje por error. Resaca de lujuria
Cristian no esperaba que Marta respondiera. Pero cuando el teléfono vibró, supo que la noche anterior no había sido un error.
Comparte:Infidelidad consentidaRelacion profesor alumnaRelacion medico paciente